Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos

Part 12

Chapter 123,969 wordsPublic domain

A los diez y ocho años, recio, brillante y animoso, entró el príncipe en acción por primera vez, al lado del rey, que invadía la comarca de Sogdiana y Bactriana, para someterla. Erguíase Durvati sobre un elefante que llevaba á lomos formidable torre guarnecida de flecheros; cubría el cuerpo de la bestia un caparazón de cuero doble, y en sus defensas relucían agudas lanzas de oro. Escogida hueste de negros armados de clavas cercaba al príncipe, y cuando se trababa la lid, Durvati se estremecía sintiendo que los pies enormes del belicoso elefante, que barritaba de furor, se hundían en cuerpos humanos, reventaban costillas, despachurraban vientres y hollaban cráneos, haciendo informe masa sanguinolenta y palpitante. Al acabarse una batalla más reñida, Durvati osó preguntar á su padre, el gran rey, si aquella gente aplastada sufría mucho y si placía á Brama que la gente sufriese. Y Ramasinda, colérico de la pregunta, que le pareció rasgo de flaqueza en el novel guerrero, sólo contestó con palabras de un cántico sagrado: «Mira delante de ti la suerte de los que fueron; mira delante de ti la suerte de los que serán. El mortal madura como el grano, y como el grano renace.» Acababa de pronunciar estas palabras Ramasinda, cuando cortó el aire una flecha, y vino á fijarse temblando en la espalda del rey. Durvati, precipitándose hacia su padre, sólo alcanzó á recibirle en brazos moribundo. La tropa, después de hacer pedazos al matador del rey, proclamó á Durvati, gritando que era preciso llevar á sangre y fuego aquel país, y que el nuevo rey sabría cumplir tan alta empresa.--Aquella noche, el huérfano se durmió con sueño de plomo y soñó cosas raras. Representósele otra vez el triste fin de su padre; sintió la humedad de la sangre que manaba la herida y la humedad del llanto que él mismo, Durvati, no se había atrevido á derramar en presencia del ejército, pero que ahora fluía copioso, empapando sus ropas. Y cuando desahogaba así el dolor, parecióle que sobre su pecho notaba un calor grato y suave, como un peso delicioso, y rozaba su cara algo fino cual seda. Era, á su parecer, una blanquísima paloma, de rosado pico, de cuello de bizantinos esmaltes verdiazules, de benignos y amorosos ojos negros, que arrullando mansamente murmuraba á su oído una frase misteriosa. El arrullo calmó las angustias del príncipe, y le sepultó en un anonadamiento absoluto, reparador.--Al despertar gritó de sorpresa. Echada á su lado, recostando la frente en su pecho, había una mujer muy joven, celestialmente bella, de blanco seno, de rosada boca, de cabellera sombría y suelta como plumaje de ave, de negras pupilas; y al preguntar atónito Durvati quién era la admirable criatura, fuéle respondido que una cautiva, una esclava, por hermosa señalada para botín real, y que á no haber sido muerto el rey Ramasinda, estaría ahora en su tienda y no en la de Durvati.

Mozo era, y nunca había ardido en su corazón el incendio que transforma y perpetúa los seres. En aquel punto y hora lo sintió con tal fuerza, que se borró de su mente cuanto no fuese la cautiva. Olvidando planes de conquista y dominación, fijó sus reales en la ciudad más próxima, y embelesado en coloquios deleitosos se pasaba la existencia. No por eso se crea que Durvati se entregó á la molicie y al desenfreno. Al contrario; poseído casi siempre de exquisita delicadeza, con casto arrobamiento, amaba á la cautiva á la manera que enseñan los _kandas_, ó himnos védicos,--con el _atmán_, que quiere decir _aliento_ ó _espíritu_;--repitiendo aquellas palabras consagradas:--«En verdad lo que amamos en la mujer no es la mujer, sino el espíritu; y quien busque en la mujer más que el espíritu, será abandonado por Brama.»--Recordando que la primer noche en que tuvo cerca á su amiga soñó Durvati que una paloma se le arrimaba arrullando, Paloma la llamó, y Paloma la nombraron todos.

Lo que más encantaba á Durvati en Paloma, y lo que justificaba tal apodo, era la ternura, la mansedumbre, la piedad, la blanda condición, tan diferente de la de aquellas feroces guerreras sin atributos femeniles, entre cuyas manos se había criado el joven rey; y según éste intimaba con Paloma, y la frecuentaba, y se apegaba á ella, y pasaban juntos las largas siestas del estío á orillas de los lagos cristalinos y bajo los copudos árboles, le repugnaba más y más la idea de la crueldad y de la matanza, se le hacía más cuesta arriba lanzar al combate otra vez sus huestes. Ya dueña de su confianza, y usando de la libertad que da el afecto, Paloma le pintaba con sus colores horribles el estrago de la guerra, y le aseguraba que todos tienen derecho á vivir y deber de amarse, para disminuir los males que cercan en la tierra al mortal.

Por desgracia, no poseía cada soldado de Durvati su Paloma; furiosos con la inacción, vejaban y oprimían á los naturales, y el país se alzaba indignado, clamando independencia ó muerte. Los jefes, compañeros del victorioso Ramasinda, aficionados al combate, maldecían y renegaban de la hechicera que tenía embaucado al rey, y suspiraban por el momento de armar á sus elefantes de combate y arrojarse al botín y á la gloria.--La sorda conjuración contra la favorita tomó cuerpo al difundirse una noticia grave: contra todos los ritos, costumbres y leyes, contra el decoro de su nombre y las tradiciones heroicas de su raza, Durvati iba á elevar al trono á aquella mujer, y regresar después á los bordes del Ganges, abandonando la tierra ganada por el empuje de sus armas, devolviendo la libertad á sus moradores, sin apropiarse ni una pulgada de territorio ni una oveja de ajeno rebaño. Cundió la nueva entre las tropas, y oyéronse maldiciones é imprecaciones contra el afeminado rey que los deshonraba y envilecía. Era preciso que su razón estuviese perturbada, y que aquella bruja, secuaz de los magos, hubiese dado algún bebedizo ó hierba mala al joven héroe, para que olvidase la dignidad real y los deberes de su cargo altísimo, que principalmente en la guerra se resumen. Persuadidos ya de haber adivinado la causa de la decadencia y trastorno de Durvati, concertáronse las amazonas y los jefes, y una noche, sigilosamente, sorprendieron y robaron á Paloma de la misma cámara real.--No ha logrado la historia exclarecer su paradero; las desgarradoras quejas de Durvati, sus ruegos, sus amenazas, no consiguieron que los raptores se la restituyesen; únicamente, ante la insistencia del joven rey, quizá deseosos de hacerle irónica burla, idearon colocar en su lecho, mientras dormía, una paloma mansa, que llevaba por collar el anillo de la cautiva: paloma de níveo plumaje, de tornasolado cuello verdiazul, de rosado pico, de ojos negros, amantes y candorosos...

No se sabe si Durvati entendió la sátira, ó si, en efecto, supuso que aquella ave arrulladora y dulce era el _atmán_ ó espíritu de su amada.--Lo cierto es que, fingiendo atribuir el caso á un prodigio, convocó á sus huestes y les hizo saber que aquella metempsícosis de la amiga, vuelta paloma, significaba que Brama quería la paz perpetua, la paz luciendo como blanca aurora sobre el mundo; y que esta resolución estaba decidido á mantenerla, cortando la cabeza sin demora á quien se opusiese ó suscitase dificultades de cualquier género.--Y en efecto, en todo el reinado de Durvati no se derramó gota de sangre humana.

PREJASPES

Pensamos los occidentales haber inventado la lealtad monárquica, y atribuímos el desarrollo de este singular sentimiento á las ideas cristianas, confundiendo los afectos que debe inspirarnos Dios, suma Causa y Bien sumo, con los que tienen por objeto á hombre nacido de mujer. Yo no sé si un sentimiento se califica ó descalifica por ser antiguo, pero sé que la lealtad monárquica es tan vieja como los más viejos cultos, y en apoyo de esta opinión recordaré la aventura que le sucedió al adictísimo Prejaspes.

Ciro había sido un soberano glorioso y justo, pero su hijo y sucesor Cambises, á medida que fue catando el vino del absoluto poder, mostró los síntomas de la embriaguez especial que ocasiona este terrible licor, destilado con sudor humano, sangre y lágrimas. Creyóse el centro de la vida y el ojo del mundo, y contribuyó á engreirle más y á persuadirle de que su voluntad no reconocía ley ni freno, su incursión por el Egipto, reino que había llegado á brillante esplendor de civilización bajo el Faraón Amasis y que el persa rindió y subyugó, entrando triunfante en las magníficas ciudades de la ribera del Nilo, henchidas de palacios, jardines en terrazas, obeliscos, pirámides, esfinges y colosos de pórfido y basalto. Dueño del Egipto Cambises, y viendo su nombre grabado en caracteres jeroglíficos en el pedestal de las estatuas naóforas y en las columnas de los templos, se tuvo, más que por mortal, por una divinidad como Osiris, y los egipcios se postraron ante aquel conquistador de tiara de oro, aquella faz pálida venida del Oriente. Sólo hubo una clase social que se resistió á tributar adoración á Cambises, y fué la de los sacerdotes. La religión era lo único que resistía en medio del abatimiento de todos, y por lo mismo Cambises tuvo empeño en humillarla y vencerla, en satirizarla y, como hoy diríamos, ponerla en solfa. No perdía ocasión de burlarse de aquel culto tributado á dioses con cabezas de animales, tan risibles para un adorador de la Luz, el Fuego y el eterno Sol; y si casualmente sorprendía alguna ceremonia de la religión egipcia, ideaba bufonadas para escarnecerla. Acertó á regresar impensadamente á Menfis en ocasión en que se celebraba la fiesta del sagrado buey Apis; y entrándose de rondón por el templo, mandó que le sacasen allí inmediatamente al bovino dios, y tirando de cimitarra, le hirió de una cuchillada, que quiso dar en el vientre y dió en el muslo. «Este dios que sangra y muge es digno de vosotros», gritó á los egipcios, horrorizados de la profanación. Entonces el gran sacerdote, alzando las manos á la bóveda celeste, profetizó que el impío que hería al dios Apis recibiría herida igual. Cambises mandó azotar mortalmente al profeta, pero la profecía quedó grabada en la mente de los egipcios como esperanza, como vago terror en la del rey.

Tenía Cambises entre sus servidores al mayordomo Prejaspes, hombre valeroso, capaz de echarse al fuego por su monarca. Veía Prejaspes en Cambises la forma de lo divino sobre la tierra, y entendía que un acto era óptimo ó pésimo según á Cambises placía ó desplacía. Sin embargo, al mismo tiempo que tan decidida abnegación, existía en el alma de Prejaspes un instinto natural de veracidad y de honradez, que le enseñaba á discernir el valor moral de las acciones, y á darse cuenta de su alcance, al menos en su propia conducta. La única noción que Prejaspes no alcanzaba, es que si hay regla moral para las acciones humanas, esta regla obliga lo mismo ó más á los príncipes que á los vasallos, y cuando las órdenes de los príncipes están con la regla en contradicción, la obediencia sólo á la regla es debida. No lo entendía así Prejaspes, y hasta suponía, por exceso de nobleza de ánimo, que su sangre y su vida entera y su alma inmortal pertenecían á Cambises.

Sucedió, pues, que Cambises, conocedor de la incondicional lealtad de su mayordomo, preguntóle un día qué decían de su rey los vasallos. Y como Prejaspes hubiese observado que al monarca le enfurecía y exaltaba el beber, contestóle lleno de buena intención y con entereza y respeto: «Señor, opinan que eres un soberano valeroso y grande, pero que te gusta el vino en demasía.» No complació la respuesta á Cambises, por lo mismo que exhalaba el acre aroma de la verdad; frunció el poblado entrecejo de azabache, y por sus ojos cruzó un relámpago como el que despide el puñal al salir de la vaina. Sin embargo, no hizo la menor objeción--señal malísima,--y siguió hablando con agrado á su mayordomo.

Cosa de una semana después, al levantarse de la mesa, hora en que solía Cambises pasear por los jardines entreteniéndose en tirar agudas flechas á los pajarillos, llamó á Prejaspes y al hijo de Prejaspes, copero mayor de palacio; y al verles en su presencia, dijo á Prejaspes en tono alegre: «¿Sabes que he estado pensando en eso de que mis vasallos comenten mi afición al vino? Porque capaces serán de creer que soy algún insensato y que el abuso de la bebida ha turbado mis sentidos, nublado mis pupilas y debilitado este brazo que puso al Egipto por alfombra de mis pies. ¿Lo creerás? Yo mismo siento aprensión y quiero hacer un ensayo. ¡Ea! Que tu hijo se coloque ahí enfrente... Cuádrale bien, échale atrás los brazos para que descubra el pecho... Así... Voy á flechar el arco y disparar... Si coloco la punta en mitad del corazón, convendrás en que se engañan mis súbditos y Cambises conserva íntegras sus facultades.»

Prejaspes, silencioso, obedeció. Temblor profundo sacudía sus miembros; gruesas gotas de sudor helado asomaban en la raíz de sus cabellos; un vértigo oscurecía sus ojos. Pero aún le sostenía la esperanza quimérica de que aquello fuese una chanza feroz, y no más. Cambises tendió el arco, apuntó cuidadosa y lentamente, pellizcó la cuerda; un silbido desgarró el aire, y el hijo de Prejaspes giró sobre sí mismo y cayó al suelo desplomado. «Hola», gritó Cambises; «aquí mis trinchantes... Abrid el pecho de ese, á ver si el hierro ha partido de medio á medio el corazón.» Palpitaba éste débilmente aún cuando se lo presentaron á Cambises, con la flecha plantada en el centro, sin desviación de una línea. Soltó el rey gozosa carcajada, y volvióse hacia el anonadado Prejaspes, preguntándole en tono de buen humor: «¿Qué tal? ¿Sé yo disparar? ¿Sé acertar? ¿Conoces otro arquero mejor que tu rey?» Tardó Prejaspes en contestar á la regia chanza cosa de medio minuto. Estaba inmóvil, y sus pupilas, inmensamente dilatadas, no sabían apartarse de aquel corazón sangriento, tibio todavía,--el corazón de su dulce hijo, cuyas débiles contracciones expirantes, á cada segundo parecían decirle con misterio: «Padre, véngame.» ¡Arrancar aquella flecha misma, clavarla en la tetilla de Cambises! ¡Oh ventura, oh goce!...--De pronto, Prejaspes volvió en sí: era el rey, era su rey, su dueño, su árbitro, la imagen del eterno Sol sobre la tierra...!; y devorándose el labio en desesperada mordedura, su lengua profirió esta respuesta cortesana: «Señor, el dios Apolo no flecha mejor que tú...» É inclinándose hasta el suelo, desapareció para revolcarse á solas, para poder morderse las manos y herirse el rostro y cubrirse el cabello de ceniza.

Y en presencia de Cambises, Prejaspes ocultó sus lágrimas. Fiel como el perro, acompañóle siempre. Pasado el primer horrible dolor, diríase que le amó más desde que hubo entre los dos sangre y sacrificio. A su lado estaba el día en que, montando Cambises precipitadamente para sofocar una rebelión, se hirió con su propia cimitarra en el muslo, donde había herido al dios Apis; y á su cabecera, cuando se gangrenó la herida y le llevó á la sepultura, Prejaspes fue quien ungió con aromas de nardo y cinamomo el cadáver, y le colocó en las yertas sienes la tiara de oro.

ZENANA

Alejandro Magno es de esos caracteres históricos que se prestan igualmente á severa censura y á hiperbólica alabanza. Atrae en virtud de un contraste vigoroso. Es ya luz, ya tinieblas, pero grande siempre. La complejidad de su alma extraordinaria se explica por antecedentes de familia y de educación. Era hijo de Filipo--que reunía á un valor de león una sensualidad de cerdo,--y de Olimpias--reina de arrestos viriles, capaz de ajusticiar á sus enemigos por su propia mano, y de mirar con tan despreciativa majestad á doscientos soldados encargados de asesinarla, que se volvieron sin hacerlo, declarando no poder resistir aquella mirada dominadora y terrible.--Era alumno de Aristóteles, cuyo solo nombre lo dice todo, y durante ocho años había bebido de tal fuente la sabiduría, que sirve para templar y engrandecer el ánimo, y la ciencia política, que señala rumbos gloriosos á la ambición. Y en un espíritu donde la levadura de todas las pasiones humanas fermentaba al lado de las nociones de todos los ideales divinos, tenían que surgir, entre impulsos atroces y violentas concupiscencias, bellos rasgos de continencia, piedad y magnanimidad, y hasta poéticos romanticismos, semejantes al que da asunto á este cuento.

La casualidad ha traído á mi poder algunas monografías que dejó inéditas el doctísimo alemán Julius Tiefenlehrer, y que forman parte de las doscientas setenta y cinco que este profesor de la Universidad de Gotinga consagró á esclarecer la biografía de Alejandro; las cuales consultan fructuosamente y rebañan sin escrúpulo los más recientes historiadores. Parece que la leyenda contenida en la monografía que hoy saco á luz, es la misma que representa una tapicería gótica perteneciente al barón de Rothschild, y en la cual, con donoso anacronismo, Alejandro luce una armadura de punta en blanco, del siglo XIV, y Zenana el luengo corpiño, el brial y el ancho tocado de las damas contemporáneas de la Santa Sede en Aviñón.

Ha de saberse que Alejandro, después de aniquilar á Darío y hacerse dueño de Persia, fue corrompido por la muelle y refinada vida asiática y por el servilismo de aquellas razas que, á diferencia de los griegos, se postraban ante el rey tributándole honores divinos. Pero, en los primeros tiempos, antes de que el vencedor se dejase vencer por las delicias que reblandecen el alma, luchó para sobreponerse y conservar sus energías morales, y esta lucha, sostenida por un hombre omnipotente, debe serle contada más gloriosa que la victoria de Arbelas.

Claro es que entre las tentaciones de que se veía asaltado Alejandro á cada instante, descollaba la tentación de la mujer, dulcísima asechanza en que caen las almas grandes, igual ó acaso más hondo que las pequeñas. No son más hermosas que las griegas las hijas de la Susiana, y acaso sus formas no se prestan tanto á que el pincel las reproduzca; pero en cambio poseen un hechizo perturbador, que enciende la fantasía y subyuga potencias y sentidos. Los rostros pálidos y prolongados como la luna en su creciente--según la comparación del poeta Firdusi,--donde se abren los labios sinuosos, color de cinabrio, parecidos á una flor de sangre; los ojos luengos, de negrísimas y pobladas pestañas, _lagos á la sombra_, dice una canción persa; los cuerpos flexibles, delgados de cintura y que en lo alto se ensanchan á manera de jarrón que contiene dos tersas magnolias; el cutis impregnado de aromas sabeos, el pie diminuto encerrado en la delicada babucha de piel de serpiente bordada de perlas, el vestir artificioso, las gasas que muestran y encubren hábilmente el tesoro de la beldad, los cabellos rizados con primor, los brazos lánguidos que saben ceñirse á guisa de anillos de culebra,--otros tantos anzuelos y redes para Alejandro, de los cuales no acertaba á desenvolverse.--Y como quiera que á cada instante venían á su tienda ó á su palacio damas persas á impetrar clemencia ó justicia, Alejandro, conociéndose y no queriendo prevaricar en sus funciones de árbitro del mundo, ideó un extraño preservativo: al acercarse una mujer, cubríase el rostro y los ojos con un paño de púrpura, y así las recibía y escuchaba, creyendo ellas que era misterio de la majestad real lo que sólo era prevención contra la humana flaqueza.

Acaeció, pues, que estando prisionero de un general de Alejandro el sátrapa Artasiro--y habiéndose resuelto que si el sátrapa no entregaba pingües tesoros que suponían ocultos le matarían cortándole en pedazos,--la única hija del sátrapa, Zenana, se dió arte para llegar hasta el rey, con propósito de abrazar sus rodillas y librar á su padre del suplicio. El candor y la pureza de Zenana se revelaban en la sencillez no estudiada de su atavío; vestida ya de luto, sin adornos ni joyas, con el cabello suelto, sólo por natural efecto de la gracia juvenil podría agradar. Y es preciso que, á fuer de verídica, añada que Zenana no era tampoco lo que se llama una hermosura, ni menos poseía el hechizo malvado de las grandes cortesanas de Babilonia, que saben con añagazas y tretas enredar un albedrío. Sin embargo, Alejandro, al oir que una mujer moza solicitaba audiencia, se echó el paño por cara y hombros, y así la recibió.

El no ver la faz augusta prestó ánimo á la tímida Zenana: arrojóse á los pies del macedón, y bañándolos con muchas lágrimas, expuso el objeto de su venida. Notando que Alejandro la escuchaba atentísimo y al parecer con extraña complacencia, explicó detenidamente el caso. Y así que hubo oído la promesa de que su padre tenía salva la vida, Zenana, después de estrechar otra vez las rodillas de Alejandro, desapareció, yendo á ocultarse con su nodriza en una cueva cercana á Babilonia, pues temía ser perseguida y ultrajada por los mismos que intentaban matar al sátrapa.

Pocos días después de este suceso, habiendo notado Higinio, el mayor amigo y confidente de Alejandro, que éste andaba asaz pensativo, cabizbajo y melancólico, le preguntó la causa, y Alejandro, exhalando un suspiro, respondió:

--Es una cosa extraña, querido Higinio, lo que me sucede. Ya sabes que para precaverme recibo á las mujeres con el rostro cubierto, porque las hermosas persas hacen daño á los ojos[1]. ¡Ay! ¿De qué me ha servido? ¡Ya veo que el enemigo más allá de los ojos tiene su fortaleza!--Recordarás que últimamente me pidió audiencia una dama, hija del sátrapa Artasiro; y yo, fiel á mi propósito, no alcé el trozo de púrpura que me impedía verla. Pero escuché su voz, y no hay arpa hebrea ni lira eolia que á la cadencia de esa voz pueda compararse. El corazón me salta al recordar la música de esa voz. A solas repito palabras que ella pronunció, por evocar mejor el recuerdo del tono con que las dijo. No sé cómo no atropellé por todo y no la detuve aquí cautiva, para seguir oyéndola: creo que fue efecto del mismo encanto que la voz me produjo. Estaba que ni me atrevía á respirar.--Y ahora, de día, de noche, tengo aquella voz en los oídos, sueño con ella, y sólo puede aliviar mi mal oirla resonar otra vez. Ya lo sabes. Búscame á Zenana, tráemela aquí, porque si no, conozco que perderé el juicio.

Obedeció Higinio prontamente, y puso en movimiento numerosa cohorte, á fin de descubrir á la misteriosa beldad:--por tal la tenía.--Bien escondida estaba Zenana, pero al fin se averiguó su refugio, é Higinio, antes de llevarla á la presencia de Alejandro, la enteró de cómo el rey, prendado de su voz, se moría por ella. La joven persa, al saber esto, murmuró dulcemente, con su voz melodiosa, que la emoción timbraba:

--Gloria es para mí haber causado tal impresión en el gran rey; pero la placa de plata bruñida en que contemplo mi rostro después del baño y el tocado, me dice que no soy bella; Alejandro, al verme, perderá las ilusiones. Temo su indignación, y temo ante todo que recaiga su cólera sobre mi padre. ¿Por qué no le haces creer á Alejandro que estoy obligada por un voto á los dioses á presentarme cubierta la cara con un velo? Yo no he visto á Alejandro; él no me verá... y así tal vez consiga evitar su enojo.

Pareció á Higinio tan excelente el ardid de la discreta Zenana, que estuvo conforme, y la misma noche la condujo á los jardines del gineceo de Alejandro. Embriagado éste con la divina voz de la joven persa, se resignó á la condición del velo, y hasta encontró en ella un misterio picante y un singular hechizo. Le parecía que aquel amor velado y despojado del vulgar incentivo de unas facciones más ó menos lindas, era algo delicado y original, que no había gustado nunca. El casto imán de aquel velo triunfó de las desnudeces y la licencia impúdica de las otras damas persas, obstinadas en requerir al héroe. «Habla y no te descubras», murmuraba tiernamente Alejandro, sentado cerca de una fuente donde la luna fingía en el agua de los surtidores continuo desgrane de perlas; y las rosas del Gulistán, que después se llamaron de Alejandría, dejaban caer sobre las cabezas de los amantes perfumados pétalos.--Fue el amor de Zenana el más largo é intenso de cuantos disfrutó Alejandro en su corta vida.