Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos
Part 11
Cualquiera pensaría que Vu, en tal esplendor de triunfo, no envidiaba á nadie en la tierra. Y sin embargo, á los tres años de reinar, dió marcadas señales de cansancio y hasta de melancolía, por lo cual los médicos y astrólogos de palacio no sabían á qué santo encomendarse, pues la Emperatriz, encerrada en sus habitaciones, se negaba á ver á nadie, y hasta hubo días en que rehusaba el alimento. Mil versiones corrían acerca del padecimiento incomprensible de la Emperatriz,--y es que nadie podía sospechar que Vu, la ambiciosa, la caprichosa, estaba perdidamente enamorada de un joven bonzo, sacerdote de Fo (á quien en la India llaman el Buda).
Ni toda la ciencia del gran Confucio y de Lao-Seu, el filósofo de las blancas cejas, alcanzaría á explicar la secreta razón del enamoramiento y del sufrimiento de la Emperatriz. Así como se habían reclinado en los cojines de seda de su gabinete los esculturales hijos de Corea ó Kaolín (la tierra cuyo barro sirvió al Espíritu para modelar al primer hombre), los indianos del Himalaya, de negros ojos de gacela y dorada piel; los siberianos, de azules pupilas, y los montañeses Kirguizos, de arrogante apostura, nada más fácil para la celeste Emperatriz que prender al joven bonzo Hoay y encerrarle allí, entre jardines de arbustos enanos en flor, que convidan á la molicie. Mas no era eso lo que Vu deseaba. Había visto al bonzo en ocasión de hallarse ella pescando en un estanquito peces de colores. Al tirar de la cuerda y sacar un plateado ciprino de aletas de carmín, el budista, que pasaba con los ojos bajos, había alzado la voz, exclamando severamente: «Mujer, ¿por qué haces daño á los seres vivos é inofensivos? Si quieres saciar tu crueldad, clávame el anzuelo á mí.» Y desde aquel instante, Vu veía siempre el grave rostro, la mirada intensa, de fuego, la figura penitente del bonzo Hoay; y en memoria suya, á ningún sér viviente se hacía mal en el inmenso palacio. Vu comía frutas confitadas, legumbres cocidas, y las aves anidaban pacíficamente en el imbricado reborde de los pabellones de recreo.
Un día, ya desesperada, sintiendo que la tristeza la consumía hasta la médula de los huesos, Vu se hizo conducir al monasterio donde habitaba el bonzo, y arrojándose á sus pies, sin orgullo ni alarde de poderío, le explicó su mal y le pidió el remedio. «Yo sanaré si tú me guías; yo sanaré si tú estás á mi lado.» Hoay levantó del suelo á la Emperatriz celeste, y con palabras fraternales la calmó: «Empieza--la dijo--por elevar un templo á la Luz y otro al Cielo..., y después llámame.» Vu erigió dos templos altísimos, que agotaron su tesoro; terminadas las obras, avisó al bonzo, el cual acudió, y, armado de una antorcha, incendió los maravillosos edificios. No quedó de ellos más que ceniza. Después dijo á la consternada Emperatriz: «Ahora, mujer, eleva un templo más alto, más alto, dentro de ti, en tu corazón, al Cielo y á la Luz... y cuando esté erigido vuélveme á llamar.» Vu ignoraba cómo arreglárselas para elevar un templo dentro de su corazón; no obstante, por instinto del querer--instinto infalible,--adoptó vida distinta de la anterior: abrió las prisiones, prohibió los suplicios, rebajó los impuestos, oyó las quejas justas, dió premios á la piedad filial, amparó la agricultura, y en su palacio estableció tal moralidad, que podrían ser de vidrio las paredes. El bonzo, satisfecho, venía á visitarla todas las tardes, y cogidos de las manos, apaciblemente, conversaban sobre las cuatro virtudes sublimes y la liberación de la bienaventuranza final. Vu era dichosa como en su vida lo había sido.
Sin embargo, los veteranos generales, los eunucos directores de las fiestas, los panzudos mandarines y hasta los literatos, envidiosos de la privanza de Hoay, al ver que ya no se ordenaban suplicios, conspiraron. Y Vu, aquella Emperatriz que (según el dicho del historiador Padre Amiot) emprendió y ejecutó impunemente las cosas más extraordinarias y más opuestas al criterio y costumbres de la China, fue sorprendida en su pabellón y secretamente estrangulada, en castigo de haber concebido un amor diferente de otros amores, y de haber, á impulsos de ese extraño sentimiento, elevado en su corazón un templo muy alto al Cielo y á la Luz.
EL MILAGRO DE LA DIOSA DURGA
La historia religiosa y la civil y militar se encuentran tan íntimamente enlazadas en los pueblos antiguos de la India, que ni la crítica intenta separarlas; los textos históricos se hallan en los libros sagrados; las mismas epopeyas tienen carácter teológico, y obra son de bramanes ó sacerdotes. En una epopeya de las más difusas encuentro el relato del hecho sobrenatural que vais á leer, si lo leéis, y á meditar, si gustáis. De mí sé decir que me dejó buen rato pensativa.
La ciudad y estados de Kapala, florecientes bajo los reyes de la casa de Dapatamali, decayeron poco á poco de su antiguo esplendor, y en plazo relativamente corto vinieron á ser invadidos y sometidos por sus constantes enemigos los de Kamurti. Tributos onerosos, vejámenes intolerables, humillaciones continuas, las leyes y las instituciones, el comercio y la agricultura de Kapala sometidos á la fiscalización y á la avidez codiciosa del enemigo, todo esto tuvieron los kapaleños que sufrir y llevarlo en paciencia, pues al soberbio vencedor le parecía harto haberles dejado la vida salva. Es verdad que cuando aconteció á Kapala tal desventura, ya estaba muy abatida y desbaratada por culpa de la mala administración, rapacidad y desmanes de los exactores, y de infinitos vicios que se habían ido arraigando en su constitución y enfermándola, hasta producir una atonía que hizo á los kapaleños indiferentes á su propio decaimiento y vergüenza.
Como si todas las manifestaciones del espíritu se agotasen á la vez en Kapala, cayó también en olvido la religión, y quedó abandonado el maravilloso templo de la diosa Durga, emplazado al pie de la montaña de Sindoro, que es el Olimpo javanés, residencia favorita de los inmortales. Y se necesitaba que Kapala hubiese descendido tanto para que yaciese desierta la sacra montaña, poblada de arbustos en flor, regada por ríos y manantiales de deleitosa frescura, en cuyos remansos abrían los lotos azules, blancos y rosados, sus redondas y geométricas corolas; la montaña poblada de lindas _apsaras_ (las ninfas de la mitología indostánica) y de aves canoras y dulces, cuyos gorjeos hacen insensible el transcurso de las horas, de los años y hasta de los siglos.--En la vertiente de la montaña alzábase la mole del templo de Durga, cuyas imponentes ruinas son aún hoy asombro de arqueólogos y viajeros. Salvada la puerta, lo primero que se divisa es la efigie colosal de la diosa, de aspecto venerando. Bajos los ojos como en misterioso éxtasis, y cubierta la cabeza por la alta mitra, en cuyo centro refulge enorme esmeralda; apoyados los pies en el lomo del toro Nandi, Durga tiende sus ocho brazos, y en cada uno de ellos lleva un atributo de sus enseñanzas y doctrinas. El primero empuña la cola de un búfalo, emblema de la agricultura; el segundo una espada, que significa el heroísmo; el tercero el vaso sagrado, símbolo de la religión; el cuarto la maza, representación del vigor y la fuerza; el quinto la luna, imagen de la sabiduría; el sexto el escudo, que aconseja prudencia y ánimos para defenderse; el séptimo el estandarte, que es la ley, y finalmente, el octavo agarra, con brío y violencia los cabellos del muñeco Maikasur, personificación del vicio, ordenando así la diosa que no se omita el castigo de los culpables, tan necesario para ejemplo y escarmiento en las bien ordenadas repúblicas. Dentro no faltaban otras efigies de Durga, y se adoraban las de Siva y Ganesa.--Pena infundía ver el magnífico templo sin sacerdotes ni acólitos, vacío y mudo, invadido por las plantas parásitas que se agarran á la piedra y consuman su destrucción.
Aparte de las aves y de los reptiles, no quedaba dentro del santuario de Durga más sér viviente que un anciano solitario. Es verdad que valía por cien bramanes: la austeridad increíble de sus mortificaciones, que le habían desecado el cuerpo y consumido y destuetanado hasta los huesos, le tenían hecho una momia, pero tan comunicado con la esfera superior de Brama, que cuantas veces hincaba en el suelo su báculo, el seco tronco brotaba rama y flor, y que, sin sentirlo, á ratos se elevaba de tierra siete codos el penitente, con otros prodigios que despacio refiere la epopeya. La fama del santísimo Majamí, tal era su nombre, empezó á divulgarse, y llegando á oídos de tres kapaleños que no podían resignarse al triste estado presente de su nación, resolvieron peregrinar al santuario de Durga y pedir á Majamí consejo y á la diosa intervención eficaz.
Pertenecían estos tres últimos kapaleños patriotas á la casta de los _chatrias_ ó guerreros, que forma, después de los bramanes ó sacerdotes, la primer aristocracia de la India. Bien montados y llevando ofrendas para la deidad, se encaminaron á Sindoro al rayar la mañana, y salvando la odorífera selva y los lagos deliciosos, no tardaron en avistar las galerías de arcadas y las innumerables cupulillas del vasto templo. Pasaron, sobrecogidos de religioso pavor, bajo la enorme puerta de entrada, en cuyas jambas hacen la guardia dos colosos armados de sendas porras; y dentro del patio, al pie de la estatua de la diosa, cruzado de piernas y mirándose al sitio en que debía estar el vientre,--la posición en que suelen representar á los Budas,--calcinándose bajo un sol de fuego, hecho un pedazo de yesca ó un tronco que abrasó el estío, vieron al santo Majamí, tan quieto, que un pájaro se había posado en su cráneo y sólo voló al ver aparecer á los tres chatrias.
--Grande y venerable asceta--dijo el que llevaba la palabra,--hemos venido á turbar tu quietud y á interrumpir las místicas meditaciones que te ponen en contacto con las esferas divinas, para rogarte que te acuerdes del daño, desastre y acabamiento de nuestras comarcas y reino de Kapala, y ejercites el formidable poderío que te otorga tu santidad para obtener de la diosa Durga, en otro tiempo tan propicia á los kapaleños, que nos restaure. Únicamente Durga puede hacer un milagro que nos saque del abismo. Concentra tu voluntad, y obtén de la diosa el favor que solicitamos.
Permanecía Majamí como si fuese labrado en piedra. Los chatrias, respetando su inmovilidad, se prosternaron y adoraron á Durga, admirando los atributos de sus ocho brazos y la esmeralda que en su mitra resplandecía como una esperanza dulce. Entonces, con imponente lentitud, los blancos ojos del solitario giraron en sus órbitas; su boca quemada y negruzca se abrió solemnemente; su esternón, en que se contaban las costillas apenas sujetas por la piel, jadeó para recobrar el ritmo de la respiración olvidada; y al fin, con voz discorde y cavernosa, como el chirrido de una puerta de oxidados goznes, murmuró gravemente:
--Contemplad ¡oh chatrias! los atributos de la diosa. ¡Ellos os dirán cómo se hacen los milagros!
No les contentó la respuesta, é insistieron. El gran Majamí podía solicitar de Durga milagrosa intervención: ¡el poder de la diosa era tan infinito! Entonces el penitente, levantándose con trabajo, y renqueando y vacilando sobre sus canillas huesosas, registró bajo el zócalo de la estatua y sacó un pez muerto, ó mejor dicho, un pez seco ya, de tonos metálicos, momificado como el propio Majamí--un pez que parecía de estaño y cobre,--y se lo tendió á los chatrias, que no pudiendo comprender el sentido de tan raro presente, sin replicar lo tomaron.
--Durga os manda alimentaros de ese pez,--declaró Majamí.--Al sestear en la montaña lo asaréis... y el pez os dirá cómo se hacen los milagros.
Asaz mohínos se despidieron los tres kapaleños patriotas, comentando el regalo del pez y conviniendo en que Durga, airada ó indiferente, no quería socorrer á Kapala. Con todo, á la primer parada bajo un grupo de limoneros y tamarindos, dócilmente encendieron una hoguera y arrimaron á la brasa el pez. Y, al caer sobre las ascuas, el pez empezó á hincharse, á esponjarse; sus metálicas escamas se hicieron flexibles; al cabo de pocos instantes, sus aletas se abrieron, se coloreó de rojo su abierta boca, palpitaron sus branquias, y ¡oh prodigio de Durga! el pez, de un brinco, saltó de la llama á la hierba, fresco, vivo, coleando.
--Durga nos manda imitar á ese pez--exclamó el primer chatria.--He comprendido, hermanos míos. _¡Resucitemos!_
ENTRE RAZAS
Al admirar la colección de objetos de arte de mi amigo el conde de Boltaña, me llamó la atención uno que no descollaba por su mérito, pero que decía á mi alma cosas muy expresivas. Era la efigie--de talla, con ropaje dorado y estofado--de San Benito de Palermo. La negra faz del Santo, su testa de cabellera lanuda, se destacaban con singular energía sobre las ricas vestiduras sacerdotales. Notando el interés con que yo miraba la estatuilla, me advirtió el conde:
--Esa escultura es de lo más flojo que hay aquí.
--Pero encarna una idea--respondí al punto.--Encarna la idea tan esencialmente democrática del Catolicismo. Es la apoteosis de la igualdad humana; reprueba la división en razas superiores é inferiores que estableció el paganismo. Por eso me conmueve el santito negro, que estará ahora bañándose en la blanca luz celestial.
--Si yo le refiriese á usted--exclamó el conde--cuándo y en compañía de quién adquirí esa talla y lo que después ocurrió, tal vez pensaría usted que á fines de nuestro siglo la civilización vuelve al cauce pagano, restaurando la desigualdad basada en la fuerza material... y que pierde terreno, en los pueblos directivos, la noción del derecho.
Y como yo insistiese en conocer sin tardanza la historia de la compra del San Benito, nos sentamos en cómodos y vetustos sillones de badana cordobesa, y el conde habló así:
--Ha de saber usted que hace años, un primo mío, cónsul en Baltimore, me recomendó á cierto norteamericano que venía á recorrer las principales ciudades de España y proyectaba detenerse en Madrid cosa de un mes. Con la hospitalaria cortesía de que nos preciamos los españoles, sacrificando tiempo y dinero, me dediqué á acompañar y obsequiar al yanqui, llevándole adonde mostraba deseos de ir: á las casas de los anticuarios y también á los cafés flamencos y teatrillos de mala muerte, con todas sus consecuencias. Para que usted se explique éstas al parecer contradictorias aficiones de mi extranjero, habré de retratarle en cuatro rasgos. Podría tener de veintiséis á treinta años de edad; era alto, anguloso, como tallado á hachazos; y el contraste de su figura consistía en aquel corpachón de boxeador y púgil terminado por una cara imberbe, rasa, de ojos incoloros y fríos, de boca femenil. Llevaba el pelo muy recortado, y al sol su cabeza parecía bola de oro pálido; en suma, la facha de un _clergyman_, y desmintiendo el tipo clerical y beatífico, una fisiología poderosa. Su carácter era poco expansivo, con súbitos arrebatos de voluntariosos antojos; y noté fácilmente cómo en las tiendas de antigüedades pasaba de la glacial indiferencia al violento deseo, determinado, no por la belleza de un objeto, sino por su alto precio ó su rareza. «Dentro de poco--solía decir en regular castellano al sacar la cartera atestada de billetes--tendremos _allá_ lo mejor de la vieja Europa.» Compraba lo mismo que quien roba, y sin mirar sus adquisiciones segunda vez, las encajonaba y expedía. Lo único que despertaba en él una emoción parecida al respeto, eran los cachivaches de carácter nobiliario--que suelen hacernos sonreir á los españoles.--Un carcomido escudo de armas, una amarillenta ejecutoria con miniaturas, le atraían y borraban la contracción irónica de sus labios. Llamábase Ricardo Stoddard, y sospecho que poseía fábricas de harinas y pastas; pero jamás lo confesó, y pidióme por favor que le llamase siempre _don_ Ricardo, en lo cual á poca costa le dí gusto.
Una mañana, mientras rebuscábamos tesoros de arte, apareció ese San Benito de Palermo, cubierto de polvo y destrozadillo. _Don_ Ricardo miró la efigie y pronunció con calma: «Estúpida, una religión que pone en altares á los negros.» No sé si porque me soliviantó la grosería de la frase ó por espíritu de contradicción, en el acto compré la escultura y mandé que la llevasen á casa del restaurador directamente. Quería desagraviar al Santo de la obscura tez, y dar de paso una lección al ciudadano demócrata.
Por casualidad, estábamos de acuerdo en visitar aquella misma noche un cafetucho de no muy buena fama, cerca de los barrios bajos. Si bien me desagradaban tales excursiones, no me creí dispensado de acudir á la cita, y nos instalamos ante una mesa, pidiendo cerveza y café. Habría transcurrido un cuarto de hora, cuando ví que en la mesa próxima acababa de ocupar una silla un corpulento negrazo. Es tan poco frecuente ver negros en Madrid, que le miré con profunda sorpresa, admirando su atlética complexión, su arrogante estatura, su vigor, sus ojos brillantes y la corrección de su traje; vestía de gris, con chaleco blanco, y calzaba guantes de gamuza barquillo. Sin poder contenerme, toqué en el brazo á _don_ Ricardo y le dije sonriendo:
--Buen tipo, ¿eh? ¡Qué ejemplar!
Volvióse el yanqui y posó en el negro sus pupilas descoloridas y aceradas. No recuerdo mirada así: el desprecio condensado hasta producir la frigidez del hielo, y la altivez que encuentra su fórmula definitiva y triunfante, se revelaron de la ojeada que siguió á mi observación. Y con voz incisiva, estridente, que azotaba, pronunció en alto:
--¡Oh! Sí. ¡Vale mil dollars!
No puedo describir el efecto que me causó aquel precio de mercado, aquella tasa de caballo ó de res vacuna, arrojada á la faz de un racional, de un sér humano; pero describiré el que causó en el negro, que había oído perfectamente. Palideció poniéndose verdoso--es como palidecen ellos;--la blancura de sus ojos giró, y levantándose de un brinco de tigre, quitóse un guante y lo proyectó contra la mejilla del norteamericano. Éste esquivó el choque ladeando la cabeza; sin perder su flema, asió las tenacillas del azúcar y con ellas cogió el guante, sobre la mesa caído; llamó al mozo, y ordenó chapurreando más que de costumbre:
--¡Se lleve usted pronto esto porquería!
El negro permanecía de pie, lívido, cruzado de brazos, desafiando. Por un instante temí que iba á precipitarse hacia nosotros. Su corpachón gigantesco retemblaba de coraje; sus dientes castañeteaban de ira. Sin embargo, se contuvo, abrió los brazos, volvióse de espaldas, y yo, advirtiendo que en el café la gente, alborotada, se arremolinaba ya esperando alguna bronca, pagué el consumo y logré sacar al yanqui afuera. Al verse en la calle, dijo seca y acerbamente:
--¡Qué cosas pasan aquí! ¡Me echar el guante un esclavo!
Respondíle enojado que ya no hay esclavos, y creo que saqué á relucir en mi perorata el San Benito negro y las ideas de fraternidad. Debí de predicar en desierto, porque al dejar á _don_ Ricardo á la puerta de su fonda, todavía repitió, pegándome familiarmente en el hombro (me había cobrado afecto á su manera):
--¡Un esclavo! ¡By God!
Cuando me alejaba de allí, iba asaz preocupado. Juraría que _alguien_ nos había seguido á distancia, paso á paso, desde la Plaza Mayor hasta la calle del Caballero de Gracia, á tales horas poco concurrida. Miré en derredor, escruté las bocacalles, pero á nadie ví. Rumiando el incidente, me retiré, y los siguientes días rehuí acompañar á _don_ Ricardo. La curiosidad me movió á averiguar quién era el gigantesco negro, y supe que procedía de las Antillas, que ejercía las altas funciones de jefe en las cocheras del duque de S..., y que por su habilidad y maestría se ganaba un pingüe sueldo.
Y ya llegamos al desenlace de esta aventura, más dramático de lo que usted supone... Una semana después del episodio del cafetucho, leía yo en la peluquería un periódico, y á poco me degüella el barbero; tal respingo dí al tropezar con la noticia de que en una callejuela sospechosa de los barrios bajos, no lejos del consabido cafetucho, había sido encontrado el cadáver de un extranjero, cuyas iniciales, _R. S._, no me permitieron dudar de quién se trataba. El periódico traía más detalles: la muerte había sido causada por dos cuchilladas tremendas, y en los bolsillos del muerto estaban la cartera repleta y el soberbio reloj, signo evidente de que el crimen obedecía á una venganza...
Hacer luz... era bastante difícil, como yo no cantase... Y no canté. ¡No me atreví á echar el peso de mis palabras en la balanza terrible! ¿Hice mal? ¡Mi instinto me dictaba que guardase silencio!... Y siempre que pienso en esta página de mi vida moral, para tranquilizarme, para recobrar la paz, miro esa efigie del Santo de la cara obscura...
CUENTOS ANTIGUOS
LA PALOMA
Á NUESTRO PADRE EL ZAR
Cuando nació el príncipe Durvati, primogénito del gran Ramasinda, famoso entre los monarcas indianos, vencedor de los divos, de los monstruos y de los genios; cuando nació, digo, este príncipe, se pensó en educarle convenientemente para que no desdijese de su prosapia, toda de héroes y conquistadores. En vez de confiar al tierno infante á mujeres cariñosas, confiáronle á ciertas amazonas hircanas, no menos aguerridas que las de Libia, que formaban parte de la guardia real; y estas hembras varoniles se encargaron de destetar y zagalear á Durvati, endureciendo su cuerpo y su alma para el ejercicio de la guerra. Practicaban las tales amazonas la costumbre de secarse y allanarse el pecho por medio de ungüentos y emplastos; y al buscar el niño instintivamente el calor del seno femenil, sólo encontraba la lisura y la frialdad metálica de la coraza. El único agasajo que le permitieron sus niñeras fue reclinarse sobre el costado de una tigre domesticada, que á veces, como en fiesta, daba al principito un zarpazo; y decían las amazonas que así era bueno, pues se familiarizaba Durvati con la sangre y el dolor, inseparables de la gloria.