Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos
Part 10
Ante una orden á rajatabla salieron á caza del armero, con la convicción de no encontrarle, y quedóse el duque embutido en la coraza, echado sobre la cama, sin poderse revolver, ni resollar. La opresión de su pecho, la sensación de asfixia, eran ya tormento insufrible. Y pasaban las horas de la noche con cruel lentitud, y comprimía sus pulmones, hasta ahogarle, una mano de plomo. ¡Armadura odiosa! ¡Cuánto daría el descendiente de los paladines por verse libre de ella, por tenerla colgada en la pared, en panoplia decorativa, luciendo sus labores riquísimas, sus figuras paganas del más puro Renacimiento! ¡En la pared, sí; en el pecho, no! ¿Qué sugestión diabólica había sido aquella? Incrustarse en el molde de otros siglos... ¡y no poder salir! Sentir sobre un costillaje débil, sobre un corazón sin energía, la cáscara del heroísmo antiguo... ¡y no romperla! ¡Prisionero en una armadura! El golpe de sus arterias remedaba el trotar de bridones; el zumbido de la sangre era el fragor de la batalla...
--Así verás que no es tan fácil disfrazarse de abuelo de sí mismo--dijo soltando la carcajada Perico Gonzalvo, que, según costumbre, subió á casa de su amigo al retirarse del baile, y penetró en la alcoba de Lanzafuerte tocando una trompeta de cotillón, toda guarnecida de cascabelitos dorados. ¿Parecerse á la gente de _entonces_? ¡Hombre! Ni en guasa...
Y como Lanzafuerte gimiese medio muerto (ya ni respirar podía), añadió el gomoso:
--¿Sabes qué me ocurre? España está como tú... metida en los moldes del pasado, y muriéndose porque ni cabe en ellos ni los puede soltar... Bonito simbolismo, ¿eh? Vaya, voy en persona á traerte alguien que te libre de ese embeleco... Porque ¡si esperas á los criados!...
EL TORREÓN DE LA ESPERANZA
¿Conocéis por tradiciones y descripciones el torreón fatídico desde cuya plataforma la infeliz Isaura, séptima esposa de Barba Azul, aguardó con sudores de agonía á sus hermanos, que venían á libertarla de la muerte? Aferrada á una almena como si ya se defendiese instintivamente del cuchillo, Isaura, con el rostro del color de la cera y el cuerpo tembloroso, no tenía ánimos ni para seguir avizorando el horizonte. Su esposo y verdugo, después de sorprender la delatora mancha de sangre en la llave del terrible gabinete, mandó á Isaura subir á lo más alto de la torre para encomendarse á Dios, advirtiéndola que de allí á media hora, sin remisión, iría á degollarla. Isaura, flaqueándole las piernas, nublados por el miedo los ojos, sólo acertaba á preguntar de minuto en minuto, con voz á cada paso más apagada y desfallecida: «Hermana Ana, ¿no ves nada? ¿no viene nadie?» Y Ana, dolorosamente, respondía: «Sólo veo la hierba que verdea y el camino que blanquea.» Cuando ya faltaban pocos instantes para cumplirse el plazo; cuando Isaura, crispadas las manos, se agarraba á las piedras creyendo sentir en la garganta el frío del cuchillo, Ana exhaló un grito loco, delirante: «¡Allí vienen, allí vienen!» y disipada la nube de polvo que arremolinaba el galope de los corceles, Isaura reconoció á los paladines que volaban á salvarla...
Mucho se ha escrito y discutido acerca del torreón de Barba Azul. La opinión más general es que yace en ruinas, y que si los medrosos subterráneos, con sus mazmorras y pozos donde aparecen aún hoy, al excavar y registrar, huesos y calaveras humanas, se conservan intactos, el torreón de la Esperanza se vino á tierra.--Mejor informada, puedo asegurar que el torreón existe.--Es tan fuerte y sólido, sus piedras están tan bien trabadas, con cemento tan indestructible; su gorguera de elegantes almenas posee una resistencia tal, que ni las tormentas, ni la lluvia, ni el aire, ni siquiera el transcurso del tiempo y el abandono, han podido dar cuenta de él. Hay más todavía. No sólo no ha sufrido deterioro el torreón, sino que actualmente es visitado por innumerables peregrinos y viajeros de todos los países del mundo, que acuden allí como en romería, atraídos por la leyenda. Esta asegura que encaramándose al torreón de la Esperanza y aguardando con paciencia--sin dejar de implorar el auxilio del cielo,--cada cual acaba por ver venir, alzando la indispensable nube de polvo, una representación de su porvenir y su destino. Ya se adivina si estará concurrida la plataforma de la torre, y si los que se agarran á sus almenas--las mismas á que Isaura se abrazó en trance apretadísimo--sentirán latir el pecho de ansiedad, á veces de dolor, á veces de suprema alegría.
No hace mucho--esta noticia nos interesa especialmente--una caravana de viajeros españoles, como pasase cerca del torreón de la Esperanza, deseó subir á él. Antes de realizar la ascensión conferenciaron, y con la verbosa familiaridad y la espontánea franqueza que caracteriza á los españoles, se confiaron recíprocamente sus aspiraciones y hasta sus fantásticos sueños. Abrieron su corazón como se abre una puerta, de par en par, y resultó que existía entre sus anhelos afinidad y analogía extraña. Querían encaramarse al torreón de la Esperanza, porque, aburridos y hastiados de lo presente, sólo fiaban en las novedades que diese de sí lo futuro. Mostrábanse los peregrinos descontentos de cuanto existe, y andaban conformes en atribuir los males y decaimiento de España á los individuos que figuran á la cabeza de la nación. Sólo un ciego no vería la decadencia y lastimoso agotamiento de nuestros _héroes_. Sobre este tema había que oir á los peregrinos, oportunos, decidores y epigramáticos. Las flaquezas, las deficiencias, las torpezas y los yerros de las celebridades salieron á relucir con salsa de mostaza picante, con fuego graneado de chistes y anécdotas. Quedaron allí las altas famas pulverizadas, las glorias disueltas y devoradas por el ácido corrosivo de una crítica mofadora. ¿Los estadistas? garduñas, vividores sin conciencia. ¿Los caudillos? cobardones, y por contera ineptos, sin el acierto instintivo del guerrillero ni la vasta estrategia del verdadero gran capitán. ¿Los artistas? imitadores misérrimos, que se traían del extranjero las ideas y hasta las formas, como las bailarinas se traen pantorrillas de algodón. ¿Los literatos? pobres diablos secos y vacíos hasta la médula de los huesos, y además, pesadísimos... «¡_Lateros_ insufribles!» gritó uno de los peregrinos, que frisaría en los veintitrés años y lidiaba á la sazón con el tercero de Derecho. La frase resumió el debate; todos convinieron en que se estaba erigiendo una catedral de hojalata para que se riese la posteridad. Urgía refrescar, variar el personal; era llegado el instante de cambiar de baraja, estrenando una nueva, tersa, reluciente, no sobada ni fatigada del uso... ¡Vengan otros, los desconocidos, los ignorados genios que encierra en su seno la multitud anónima!--Por eso ardían los españoles en deseos de subir al torreón y divisar á lo lejos el remolino de polvo que anuncia la irrupción triunfante del porvenir...
A la mañana siguiente, al despuntar el día, trepando por las piedras, agarrándose á las matas de hiedra, valiéndose de escalas y de sogas, arañándose las manos, alcanzaron la plataforma, y reclinados en el parapeto y el almenaje, consultaron ansiosos el horizonte.--Desde luego pudieron cerciorarse de la verdad histórico-topográfica que envuelve la conseja de Barba Azul. Arrancando de la calzada que conduce al puente levadizo del castillo, y prolongándose hasta perderse allá entre dos montañas casi difumadas en la lejanía, serpeaba por frescos prados la cinta de plata del camino. En lo más distante que de él podía percibirse clavaron los ojos los españoles, como los había clavado la despavorida Isaura; y repitiendo su pregunta con afán poco menor, preguntaban los cortos de vista á los que asestaban poderosos gemelos: «Qué, ¿nada? ¿No asoma nada aún?» Y los otros respondían: «Nada... Sólo se ve la hierba que verdea y el camino que blanquea.»
Pasaron horas y horas, y mis españoles quietos allí, catalejo en ristre, ó haciéndose pantallas y tubos con periódicos los que de anteojo carecían. El sol, que iba remontándose al cénit, picaba más de lo justo y quemaba las pupilas y derretía los sesos; la sed inflamaba los gaznates y el hambre pellizcaba los estómagos; pero la magia de la Esperanza, como un filtro, sostenía á los expedicionarios, impidiéndoles retirarse. Cerca ya de la hora meridiana, un privilegiado que poseía unos soberbios _marinos_ exhaló chillido indescriptible. ¡Allá, allá, en lontananza remotísima, acababa de aparecer un punto blanco, el núcleo de un astro, la misteriosa nube de polvo!
Creyeron volverse locos los españoles. De mano en mano pasaron los gemelos. ¡Sí, sí, allí estaba, creciendo, dilatándose, la nube! Pronto, roto el turbio velo, lograron distinguir lo que se acercaba. Era una lucida cohorte á caballo, una hueste espléndida, bizarramente engalanada y armada de punta en blanco, apercibida al combate. Ya se podían admirar el corbeteo de los fogosos bridones, ya el damasquinado de los arneses y cotas; ya gallardeaba el ondear de las plumas y el flotar de las bandas de colores; ya se distinguían las empresas de los pendones y el blasón de los escudos... Los de la plataforma, ebrios de entusiasmo, gritaban, vitoreaban, cabalgaban en las almenas á riesgo de estrellarse... Faltábales sólo ver las caras de los paladines: era una fatalidad: llevaban todos baja la visera del casco. ¡Grande, ardiente era el anhelo de conocer á los que cifraban el destino de la patria española!...
Un clamoreo inmenso, de nervioso entusiasmo, se alzó de la plataforma cuando, llegados al pie del puente levadizo, los _héroes_ que venían alzaron la visera... Y otro clamor especial, de ironía y desencanto, siguió al primero.--Los de la hueste esperada, los de la hueste desconocida... no eran sino _aquellos_ mismos, ¡vive Dios! aquellos que desde hacía años lidiaban, resistiendo los embates de la censura y las exigencias del descontento y del cansancio. Todos iguales, invariables, ya curtidos, ya veteranos... Los mismos caudillos, los mismos estadistas, los mismos artistas y literatos célebres... ¡Ni una cara nueva, vive Dios!--Y los viajeros españoles, asaz mohinos, descendieron aprisa... A la noche se consolaron armando una tertulia, volviendo á pulverizar á los eternos _héroes_, y planeando, para el otoño próximo, otra subida al torreón de la Esperanza.
EL PALACIO FRÍO
¿Os acordáis de aquella princesa enferma, hija del rey de Magna, á quien curó como por ensalmo un viejo mostrándola cierto panorama muy lindo? Pues habéis de saber que á la vuelta de muchos años el cetro de Magna vino á recaer en un hijo de esta princesa, y este hijo, bajo el nombre de Basilio XXVII, reinó gloriosamente por espacio de más de un cuarto de siglo, persistiendo la huella de su paso por el trono en varios monumentos grandiosos y venerables, que estudian hoy los arqueólogos con particular interés, discutiendo si el estilo peculiar de tales construcciones es invención que exclusivamente pertenezca al vigesimoséptimo Basilio ó procede ya de la influencia de su madre y quizás se remonta hasta la de su abuelo. Punto es éste acerca del cual se han escrito doce voluminosos libros y cosa de sesenta monografías asaz doctas.--Lo que especialmente hizo darse de calabazadas á los sabios fueron ciertas imponentes ruinas que la tradición popular llama del _Palacio frío_, sin que hasta hace poco tiempo se consiguiese averiguar el origen de tal nombre, que contrasta con el aspecto de lo que del edificio resta en pie.
En efecto; el palacio, del cual se conservan galerías, salones y estancias que decoran restos de ricas maderas y preciosos mármoles y jaspes, parece haber sido erigido por la madre de Basilio XXVII para asilo de un feliz amor conyugal; y su traza, su adorno, su carácter, en fin, son marcadamente amables y alegres, con la alegría de una dicha soberana, ostentosa y triunfante. El emplazamiento, su orientación al Mediodía, su situación en el punto más despejado y dominando la perspectiva más risueña, sobre la bahía y entre bosquecillos de naranjos, limoneros y granados siempre en flor, tampoco permitían inducir por qué hubo de ser llamado _frío_, nombre que parece delatar solemnidad y tristeza.--El enigma de semejante tradición llegó á preocupar al Dr. Herr Julius Tiefenlehrer, sabihondo catedrático alemán, que se propuso descifrarlo á toda costa. Con la cachaza del que no regatea tiempo, se instaló en las mismas ruinas, y araña de aquí, escarba de allí, rebusca por allá y escudriña por acullá, consiguió desenterrar, al pie de una columna, en la cripta bajo lo que fue salón del trono, un cofrecillo de hierro que contenía un rollo de manuscritos. A pique estuvo el Dr. Tiefenlehrer de volverse loco de júbilo con el inestimable descubrimiento; como que los manuscritos eran nada menos que unas instrucciones muy prolijas, de puño y letra del mismo Basilio XXVII, y destinadas á sus herederos y sucesores, para adoctrinarles en la recta gobernación del Estado y en la conducta que debe seguir un monarca. Pero lo que sobre todo arrebató á Herr Julius al quinto cielo, fue que, por vía de ejemplo, Basilio refería allí con pormenores la historia del _Palacio frío_. Y nosotros, al traducirla del enorme volumen en lengua alemana en que el sabihondo la publicó, enriqueciéndola con toda especie de documentos, glosas, advertencias, referencias, notas, comentarios, planos y estudios comparativos con otras tradiciones de Magna y de los demás pueblos del mundo, la extractamos rápidamente y sólo damos en forma escueta el relato del extraño suceso por el cual se llamó _frío_ el palacio de Basilio XXVII.
Es el caso que cuando el joven Basilio heredó la corona, hallóse en un estado de ánimo parecido al fervor de los que ingresan en una orden religiosa, y se dió á pensar cómo debía conducirse á fin de cumplir sus deberes y desempeñar á perfección la alta y ardua tarea que le señalaba el destino. Penetrado de la grandeza y hasta de la santidad de su cargo, pidió á Dios luz y fuerza para que su nombre pasase á la Historia con la aureola y el prestigio de los reyes que saben ejercer el poder sumo en provecho y honor de la patria. Sin embargo, tan excelentes intenciones se estrellaban contra una dificultad: el rey quería el bien, pero no sabía dónde estaba, ni en qué consistía, ni cómo era preciso arreglárselas para descubrirlo.
Así las cosas, y mientras Basilio cavilaba en el modo de acertar, empezó á darse cuenta de un sorprendente fenómeno; y es que dentro de su palacio--aquel deleitoso palacio construído por una reina enamorada para albergue de la dicha, y enclavado en un oasis, en lo mejor de un país de clima naturalmente benigno,--hacía frío, mucho frío, un frío cruel. La sensación de este frío, al principio sutil y casi imperceptible, iba siendo á cada paso más fuerte y penetrante. Nadie dudará que el rey aplicó al punto los remedios que suelen emplearse contra el descenso de la temperatura; y el primero fue abrigarse, envolverse en ropas de invierno. Desde la hopalanda de enguatada seda hasta el manto de finas pieles de rata polar, colchón vivo que crea una atmósfera suave y tibia en torno del cuerpo; desde el casacón de terciopelo de media pulgada de alto hasta la funda de raso rehenchida de plumón de pato silvestre; desde la vedijosa zalea de cordero blanco hasta la gruesa manta lanuda, Basilio usó cuanto juzgó á propósito para entrar en calor, sin que se desvaneciese aquel frío singular, siempre más intenso. Desesperando ya del abrigo suyo, se dió prisa á calentar el palacio. De entonces procede la construcción de las suntuosas y amplias chimeneas que por todas partes lo decoran, y en las cuales noche y día se quemaba un monte entero de leña seca, levantando mil lenguas y jirones de llama. No se conocía en aquel tiempo otro sistema de calefacción; pero sobraba para disipar cualquier frío natural y explicable en lo humano. No obstante, el frío continuó, arreció, redobló, invadiendo ya la médula del rey, que daba diente con diente á todas horas.
Cuando Basilio XXVII preguntaba á sus ministros y magnates y á los mil agradadores que bullen alrededor de los poderosos si sentían como él aquel extraño frío, le desesperaba oirles responder vagamente que sí, y al mismo tiempo verles andar á cuerpo y abanicarse, mientras él se encogía castañeteando los dientes. Notaron los áulicos la contrariedad del soberano, quisieron llevarle la corriente y fue muy gracioso verles fingir que también se helaban, vestidos de riguroso invierno y sudando como pollos. Y el joven rey, que tenía un espíritu sincero y leal, se indignó ante la comedia y miró á sus cortesanos con desprecio profundo al observar que en cosa tan evidente y palmaria le mentían y engañaban sin temor. Acometido de tristes recelos, pidiendo la verdad á la ciencia, Basilio llamó á un médico y le preguntó si el terrible frío que sólo él padecía sería debido á mortal enfermedad. Reflexionó el sabio, y después quiso saber si el rey notaba el mismo frío en todas partes. Abriendo una ventana, suplicó á Basilio que se asomase; y cuando éste pensó tiritar y morir helado, observó que, por el contrario, el aire exterior le calentaba y reanimaba mucho.
--La solución de este problema no depende de la Medicina--declaró el doctor.--V. M. no está enfermo. No me consulte á mí, sino á su conciencia y á Dios, y pues aquí tiene frío y ahí no, salga, salga á todas horas; viva fuera de este palacio fatal.
Y Basilio salió, en efecto, huyendo de la espléndida morada en que se congelaba su sangre y los mármoles parecían témpanos, y los dorados, irisaciones del sol en las paredes de alguna nevera. Echóse á todas horas á la calle, gozando con delicia la suave temperatura,--y poco á poco fue tomándose interés en lo que le rodeaba y estudiando y conociendo lo que preocupaba y convenía á sus vasallos.--Vió con extrañeza que el mundo no era como sus cortesanos lo pintaban, y le pareció que se le barrían de los ojos unas telarañitas y que el cerebro se le despejaba y se le despabilaba el sentido. Mil cuestiones que no comprendía se le aparecieron claras, transparentes; conoció las necesidades, oyó las quejas, se asimiló las aspiraciones, hizo suyos los deseos y afanes del pueblo, y de tal modo se identificó á la vida de sus súbditos, que su corazón llegó á latir enteramente al unísono del gran corazón de la Patria, como si á los dos los regase la misma sangre y los dilatasen y contrajesen iguales alegrías y tristezas. Basilio estaba transportado; lo único que todavía le contrariaba era que, al retirarse á palacio, le acometía el frío otra vez. Y, en un momento de inspiración, se le ocurrió que, pues fuera hacía calor, quizás el palacio se templaría abriendo de par en par las puertas y las ventanas para que lo llenase el ambiente exterior, las ráfagas de la calle y hasta la gente de la calle, la gente humilde. Dió, pues, la orden, y fueron franqueadas á los súbditos las puertas del regio alcázar. Y á medida que el pueblo, respetuoso y lleno de amor por su buen monarca, recorría las estancias magníficas, verificábase el portento: derretíase el hielo, el aire se hacía blando, templado; las avecillas de las pajareras cantaban, los tiestos florecían, reía el dulce hálito de la primavera.--Resuelto estaba el enigma. Basilio XXVII no volvió á tener frío en su palacio.
EL TEMPLO
Sucedía lo que voy á referir en los tiempos modernísimos de la China, séptimo siglo de nuestra era, reinando la emperatriz Vu. No incluyen los historiógrafos sinenses á esta dama en la lista de los soberanos, alegando que Vu era una usurpadora, ni más ni menos que la actual emperatriz, que tanto preocupa á la Europa culta.
Hija de un príncipe de Mingrelia, Vu fue llevada al gineceo de Tai-Sung con otras veinte doncellas nobles, encargadas de hacer el té y plegar, guardándolos en cajas de sándalo oriental, los ropajes de seda del emperador. La reconocieron los eunucos; se cercioraron de que tenía el aliento sano, la dentadura pareja y completa, el cuerpo puro y gentil, y sabía trazar con el pincel los caracteres complicados del alfabeto, rasguear la guitarra y recitar de memoria las enseñanzas de la literatura Pan-hoei-pan, que ordenan á la mujer ser en su casa nada más que un eco y una sombra. Seguros ya de que Vu merecía el honor de divertir al glorioso soberano, la vistieron de bordadas telas, la perfumaron con algalia, salpicaron de flores de cerezo su negra cabellera, peinada en complicadas y relucientes cocas, y la presentaron á Tai-Sung. Este apenas la miró; altos designios, planes heroicos, sabias máximas ocupaban su mente. Estaba disponiendo las instrucciones que había de dar al príncipe heredero Kao-Sung, entre las cuales figuraba este consejo: «Reina sobre ti mismo y sujeta tus pasiones.» Y el príncipe heredero--asomado al balconcillo de un pabellón de bambú que adornaban placas de esmalte y cuyo techo escamoso guarnecían campanillitas de plata,--vió pasar á la nueva esclava de su padre y la codició en su corazón de un modo insensato.
Un mes más tarde, el emperador bebía una taza de té servida por Vu, y disuelta en la rubia efusión, fuerte dosis de opio ofrecía al mortal reposo eterno. Después del solemne entierro del ilustre guerrero y legislador, Kao-Sung repudió á sus legítimas esposas, emperatrices del Poniente y del Levante, y sentó á su lado, en el trono, á Vu, dándola el título nuevo é inaudito de reina celestial.
Jamás se había cometido tan grave y escandalosa acción. La piedad filial es la virtud china por excelencia, y Confucio dice en el Y-King ó _Libro de los libros_ que el padre es al hijo lo que el sol al mundo. Pero habían pasado los tiempos en que el prestigio de la ley podía más que el respeto al Monarca, y nadie se atrevió á chistar. Solamente un literato--en aquel país los literatos llevaban la voz de la conciencia pública--tuvo valor para anunciar á Kao-Sung que los Espíritus ó manes de los antepasados tomarían venganza de la ofensa; por lo cual el literato fue esmeradamente cortado en diez mil pedacitos, suplicio que se reserva á los grandes culpables.
Sin duda los Espíritus quisieron dejar bien al literato, pues Kao-Sung murió pronto, consumido por el incendio de sus venas, por el amor desesperado y loco. Sucedíale su hijo Shun-Sung; pero á los pocos días la emperatriz le hizo sorprender en su lecho y trasladar en palanquín á una fortaleza fronteriza, de las que defendían la Gran Muralla. Y apoderándose del trono, dió rienda suelta á su soberbia infinita. Mandó construir un palacio desmesurado, y en él reunió servidumbre innumerable, entre la cual había bailarinas, atletas, astrólogos, arqueros muy diestros y palafreneros tártaros de suma habilidad. Todas las noches los jardines se iluminaban con millares de farolillos, y barcas empavesadas, de figura de dragones ó cisnes, llenas de músicos, con mesas dispuestas para el banquete, recorrían los estanques y lagos; en la más suntuosa de las embarcaciones, la emperatriz, rodeada de su corte, se entregaba á los delirios de la orgía. Hasta tuvo el capricho de hacer un lago de vino rojo y ver cómo se bañaban en él, ebrios ya, los cortesanos. En medio de su desatinada vida, Vu pensaba en agrandar su Imperio, y veteranos generales consiguieron para sus armas brillantes victorias. Los literatos, no queriendo ser aserrados ó cortados en diez mil trozos, cantaban la gloria de la excelsa Vu, y el Imperio entero, postrado á sus casi invisibles pies, la reverenciaba acobardado, pues las proscripciones habían hecho oscilar, al extremo de un bambú corvo, muchas y muy ilustres cabezas.