Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos

Part 1

Chapter 13,883 wordsPublic domain

OBRAS COMPLETAS DE EMILIA PARDO BAZÁN

CUENTOS DE NAVIDAD Y REYES

CUENTOS DE LA PATRIA

CUENTOS ANTIGUOS

EMILIA PARDO BAZÁN

OBRAS COMPLETAS.--TOMO XXV

CUENTOS

DE NAVIDAD Y REYES

CUENTOS DE LA PATRIA

CUENTOS ANTIGUOS

ADMINISTRACIÓN _calle de S. Bernardo, 37, principal_, MADRID

Es propiedad.--Queda hecho el depósito que marca la ley.

MADRID.--Est. tip. de I. Moreno, Blasco de Garay, 9. _Teléfono 3.020._

ADVERTENCIA DE LA AUTORA

_En este volumen incluyo, bajo el título de_ CUENTOS DE LA PATRIA, _algunos de los cuales cabría decir, como dijo el poeta del_ Canto á Teresa, _que son un desahogo de mi corazón y el lector puede saltarlos_.

_Cuando en 1898 publiqué el titulado_ Vengadora, _me llamaron_ Soñadora _los muy benignos_.

_Algo de realidad prestó á mi sueño el trágico fin del Presidente Mac-Kinley..._

_Y si fuese soñar creer en la justicia inmanente, ¿qué mal habría? ¿qué más inofensivo consuelo?_

_Emilia Pardo Bazán._

CUENTOS DE NAVIDAD Y REYES

LA NOCHEBUENA DEL PAPA

Bajo el manto de estrellas de una noche espléndida y glacial, Roma se extiende mostrando á trechos la mancha de sombra de sus misteriosos jardines de cipreses y laureles seculares que tantas cosas han visto, y, en islotes más amplios, la clara blancura de sus monumentos, envolviendo, como un sudario, el cadáver de la Historia.

Gente alegre y bulliciosa discurre por la calle. Pocos coches. A pie van los ricos, mezclados con los _contadinos_, labriegos de la campiña que han acudido á la magna ciudad trayendo cestas de mercancía ó de regalos. Sus trapos pintorescos y de vivo color les distinguen de los burgueses; sus exclamaciones sonoras resuenan en el ambiente claro y frío como cristal. Hormiguean, se empujan, corren: aunque no regresen á sus casas hasta el amanecer--que es cosa segura,--quieren presenciar, en la Basílica de _Trinitá dei Monti_, la plegaria del Papa ante la cuna de _Gesú bambino_.

Sí; el Papa en persona--no como hoy su estatua, sino él mismo, en carne y hueso, porque todavía Roma le pertenece--es quien, en presencia de una multitud que palpita de entusiasmo, va á arrodillarse allí, delante de la cuna donde, sobre mullida paja, descansa y sonríe el Niño. Es la noche del 24 de Diciembre: ya la grave campana de Santángelo se prepara á herir doce veces el aire, y la carroza pontifical, sin escolta, sin aparato, se detiene al pie de la escalinata de _Trinitá_.

El Papa desciende, ayudado por sus Camareros, apoyando con calma el pie en el estribo. Con tal arte se ha preparado la ceremonia, que al sentar la planta Pío IX en el primer escalón, vibra, lenta y solemne, la primer campanada de la media noche, en cada campanario, en cada reloj de Roma. El clamoreo dramático de la hora sube al cielo imponente como un _hosanna_ y envuelve en sus magníficas tembladoras ondas de sonido al Pontífice que poco á poco asciende por la escalinata, bendiciendo, entre la muchedumbre que se prosterna y murmura jaculatorias de adoración. A la luz de las estrellas y á la mucho más viva de los millares de cirios de la Basílica iluminada de alto abajo, hecha un ascua de fuego, adornada como para una fiesta y con las puertas abiertas de par en par, por donde se desliza apretándose el gentío ansioso de contemplar al Pontífice,--se ve, destacándose de la roja muceta orlada de armiño que flota sobre nívea túnica, la cabeza hermosísima del Papa, el puro diseño de medalla de sus facciones, la forma artística de su blanco pelo dispuesto como el de los bustos de rancio mármol que pueblan el Museo _degli Anticchi_.

Entra por fin en la Basílica; cruza las naves, desciende la escalera dorada que conduce á la cripta, y mientras á sus espaldas la guardia brega para reprimir el empuje del torrente humano que pugna por arrimarse á la balaustrada, en el recinto descubierto, más bajo que la multitud, el Papa queda solo. Artista por instinto; con el andar rítmico de las grandes solemnidades; con un sentimiento de la actitud que sólo él posee en grado tal,--Pío IX se acerca á la cuna, junta las manos de marfil, eleva al cielo un instante los ojos como si invocase la presencia de Dios; se arrodilla, se abisma, y los paños de su cándida vestidura se esparcen esculturales y clásicos cual los plegados de alabastro de un ropaje de Canova.

El Niño, el _Bambino_, duerme desnudito, color de rosa, reclinado en su rubio colchón de sedeña paja. En toda la Basílica no se escucha más ruido que el chisporroteo suave de los cirios y el murmullo de la oración que el Papa empieza á elevar.--A las primeras palabras, anímase el Niño con vida fantástica: la escultura se hace carne. Sus ojos se entreabren, sus puñitos se tienden hacia el Papa, como se tenderían hacia un abuelo cariñoso, haciendo fiestas. Incorporado y sentado en la paja, llama al Pontífice, que sigue orando, pero que cree percibir en sus rodillas la sensación de que ya no reposan en los cojines de terciopelo carmesí, en sus codos algo que los sube y aparta del esculpido reclinatorio. Ligero y como fluído, su cuerpo no le pesa; flota apaciblemente en una atmósfera de oro y luz, hecha de las partículas de los cirios que se derraman ardientes y centelleantes.--La cuna ha desaparecido; el Niño está de pie, alto, crecido ya, convertido en adolescente; y en vez de la gracia infantil, en su cara se lee la meditación, se descubre la sombra del pensamiento. Alrededor del Jesús de quince años van juntándose, saliendo de las paredes de la cripta, que parece trasudarlos, docenas de chiquillos, otros _Bambinos_, pero feos, encanijados, sucios, envueltos en andrajos ó desnudos, mostrando la enteca anatomía. Docenas primero; cientos después; luego millares, millones, un hervidero tan incontable, un ejército tan infinito, que estallan las paredes de la cripta, las de la Basílica, las de Roma, las de todo cuanto pretendiese contener la expansión de la horda de miserables. Extiéndese por una llanura sin límites, y su bullir de gusanera rodea al _Gesú_, que ha ido insensiblemente transformándose en hombre hecho y derecho: ya tiene barba ahorquillada y rizoso cabello castaño, ya su rostro ha adquirido la gravedad viril. Y siguen acudiendo desharrapados y con las carnes al aire, lisiados, enfermos, famélicos, tristes, venidos de todos los puntos del horizonte, de todos los confines de la tierra. Lloran de hambre; tiemblan de frío; gimen de abandono; enseñan sus lacras; se cogen á la vestidura inconsutil de Cristo; se quieren abrigar bajo sus pies, reclinarse en su seno, agarrarse á sus manos pálidas y luminosas. Huelen mal, y su punzante vaho de miseria envuelve y sofoca al Papa, siempre en oración.

La figura de Cristo se oculta un instante; densas tinieblas suben de la tierra y caen del firmamento, reuniendo sus crespones. El Pontífice siente miedo: la oscuridad le ciega, y entre aquella oscuridad vibran maldiciones y palpitan sollozos. Un relámpago brilla; erguida en una colina aparece la Cruz, sobre la cual blanquea el desnudo cuerpo del Mártir, estriado de verdugones por los azotes y veteado de negra sangre. Los labios cárdenos se agitan; el Papa interrumpe la plegaria, se confunde, se deshace en adoración, quiere salir de sí mismo para mejor escuchar y beber la palabra divina; y el Crucificado--señalando con mirada ya turbia hacia el océano de criaturas que bullen allá abajo, escuálidas, transidas, gimientes, dolorosas, maltratadas, ofendidas, en el abandono--dice al Papa, en voz que resuena _urbi et orbi_:

--Por ellos.

LA TENTACIÓN DE SOR MARÍA

Siguiendo costumbre tradicional del convento, las monjitas de la Santísima Sangre preparan, adornan y ofrecen á la adoración de los fieles, en el altar mayor, á la hora en que se celebra la misa del Gallo, el Misterio del pesebre y gruta de Belén, donde puede admirarse la efigie del Niño Dios, obra maravillosa de un escultor anónimo.

Más que inerte imagen de madera, criatura viva parece el Niño de las monjas. La encantadora desnudez de su torso presenta el modelado blando y sólido de la carne. Mollas regordetas en cuello, piernas y brazos; hoyuelos de rosa en carrillos, codos y rodillas; picardía angelical en la expresión de los ojos y en la cándida risa; naturalidad sorprendente en la actitud, que se diría de tender las manos al pecho maternal... así es el Niño, y por eso las monjitas, cada vez que le visten y enfajan, cada vez que le reclinan en la paja y el heno aromático de la humilde cuna, exclaman enternecidas y embelesadas: «¡Ay mi divino Señor! ¡Pero si es un pequeñito de veras!»

Turnan rigurosamente las monjitas en el oficio y honor de camareras del Jesusín,--y aquel año correspondió la suerte á Sor María, monja profesa, la más joven y linda de todas. Sor María ha dejado el mundo, no como suelen dejarlo otras religiosas, por contrariados ó infelices amores, por sufrimientos, desengaños ó escaseces de fortuna, sino en la flor de sus veinte abriles, con el espíritu tan virgen como el cuerpo, y el cuerpo tan hermoso como el porvenir que sin duda la esperaba al lado de unos padres amantes y opulentos, y en un mundo donde todo la halagaba y sonreía. Por su serena frente no ha cruzado ni una nube; no ha rozado su sién ni un aliento de hombre, y su corazón no ha palpitado sino para Dios. Su mística vocación fue tan firme, que resistió á la oposición decidida y enérgica de una familia que no se avenía á ver sepultarse en el claustro tanta hermosura y juventud. Pero Sor María demostró tal júbilo al tomar el velo, que ya sus mismos padres la envidiaban, creyéndola llegada al puerto de paz.

Sintió un gozo inexplicable Sor María al ser encargada de la grata faena de vestir al Niño para depositarle en el pesebre. Jugar con aquel sagrado muñeco había sido el sueño de la joven monja en los cinco años que de profesa contaba.--«¡Cuando me toque á mí el Niño, verán qué precioso le pongo!»--solía decir á menudo. Era llegado el instante: el Niño la pertenecía por algunas horas, y ya sus manos temblaban de emoción ante la idea de poseer la efigie del nene celestial.

¡Con qué esmero planchó Sor María los pañales por ella misma bordados y calados! ¡Con qué diligencia recogió en el jardín rosas tardías y frescas violetas oscuras, á fin de esparcirlas sobre la camita de paja del Niño! ¡Con qué respeto tocó la escultura; con qué reverencia la desnudó, con qué avidez miró sus formas inocentes y con qué ímpetu repentino, de las entrañas, se inclinó para besarla, mordiéndola casi en las mejillas, en los hombros, en el redondo ventrezuelo!

Algunas monjas, de las más ilustradas y benévolas, estuvieron conformes en que nunca había salido tan mono y tan bien adornado el Jesusín; pero las viejas gangosas, ñoñas y esclavas de la rutina, murmuraron que le faltaban dijes de abalorio y talco y cintas de colores.--Y cuando Sor María se recogió á su celda y se arrodilló para rezar antes de extenderse en la pobre tarima, donde, sin regalo, casi sin abrigo, dormía el sueño de los ángeles, sintióse de repente profundamente triste, y le pareció que delante de ella se abría un abismo negro, muy hondo, y que la entraban ganas vehementes de morir. No penséis mal, oh escépticos, de Sor María. ¡No la creáis una monja liviana!

No era el amor profano y su deleitosa copa lo que el tentador hacía girar ante sus ojos preñados de lágrimas de fuego. Tened por seguro que la pureza de Sor María llegaba al extremo de ignorar si renunciando al amor sacrificaba venturas. En el amor sólo sospechaba fealdades, desencantos, humillaciones y groserías indignas de un alma escogida y bien puesta. Lo que en aquel momento hacía sollozar á la monja era el instinto maternal, despertado con fuerza irresistible á la vista y al contacto del monísimo Jesusín...

Y mal de su grado, ofuscada por la insidiosa tentación (solo el Maldito pudo infundirla tan trasnochados y estemporáneos pensamientos), Sor María no estaba á dos dedos de renegar de los votos y de las tocas y de los deberes que al convento la sujetaban. Nunca estrecharía contra su infecundo seno una tierna cabecita de rizada melena; nunca besaría una frente pura y celestial; nunca unos brazos mórbidos ceñirían su garganta. La única criatura que le había sido dado tener en brazos y á la cual pudo prodigar ternezas, era un chiquillo de palo, duro, frío, que ni respondía á las caricias, ni balbucía entrecortado el nombre de madre. Y Sor María, cada vez más hondamente desesperada, acordábase, en aquella hora fatal, de su propio hogar que había abandonado, y pensaba en el delirio con que su padre amaría á un nietezuelo, y lloraba con llanto más amargo, con lágrimas sangrientas, como lloraría una virgen de Israel, condenada á muerte, la esterilidad de su seno y la soledad eterna de su corazón, sentenciado á no probar nunca el más intenso y completo de los cariños femeniles...

Mas he aquí que al hallarse Sor María fuera ya de sentido y á punto de rebelarse impíamente contra su destino y de romper su juramento de fidelidad al Divino Esposo, cuentan las crónicas (no sé si protestaréis los que lleváis sobre las pupilas la membrana del topo, la incredulidad) que la celda se iluminó con luz blanca y suave, y que de súbito el Niño del Misterio, no rígido é inmóvil en su invariable actitud, sino animado, hecho de carne, sonriendo, gorgeando, acariciando, salió de una nube ligera y se vino apresuradamente á los brazos de la monja.

--Soy yo, tu Jesusín, el que nació hoy á las doce--parecía balbucir la criatura, halagando blandamente á Sor María. Y como ésta pagase con besos los halagos, el chiquillo rompió á llorar tiernamente, y la monja, olvidando sus propias lágrimas y su reciente desconsuelo, comenzó á bailar para entretenerle, á arrullarle, á cantarle, á contarle cuentos, y al fin le arropó en su cama, llegándole al calor de su propio cuerpo y recostándole sobre su pecho tibio, que henchían activas corrientes de vitalidad y de amor. Y allí se pasó la noche el pobre nene, hasta que la blanca aurora, que disipa las sombras y ahuyenta las tentaciones, lanzó sus primeras claridades al través de la reja, y la campana llamó al templo á las monjas, que se pasmaron del resplandor extático que brillaba en el hermoso semblante de Sor María...

Desde entonces Sor María hace prodigios de austeridad, mortificación y penitencia. Sus rodillas están ensangrentadas, sus costados los desuella el cilicio, sus mejillas las empalidece el ayuno, su boca la contrae el silencio.--Pero todos los años, después de la misa del Gallo y el Misterio del pesebre, se repite la visita del Niño á la celda melancólica y solitaria, y por espacio de unas cuantas horas, Sor María se cree madre.

LA NAVIDAD DEL PELUDO

Catorce años de no interrumpida laboriosidad podía apuntar el _Peludo_ en su hoja de servicios; catorce años en que no hubo día sin ración de palos y sin hambre. ¡El hambre especialmente! ¡Qué martirio!

Sacar fuerzas de flaqueza para el cochinero trote, obligado por los pinchazos del recio aguijón; aguantar picadas de tábanos y de moscas borriqueras, enconadas, feroces con el sol y el polvo, en las llagas de la reciente matadura; sufrir talonazos y ver cortar la vara de avellano ó de taray que, silbadora y flexible, se ha de ceñir á su piel averdugándola; probar la dentellada de la espuela y el sofrenazo violento del bocado; recibir puñadas en el suave hocico y en los ojos, en los dulces y grandes ojos cuya mirada siempre expresa mansedumbre; doblegarse bajo la excesiva carga; arrastrarse molido y pugnar por no caer al suelo antes de que se termine una caminata tres veces más fatigosa de lo que cabe dentro de los límites del vigor asnal;--todo esto, con ser tanto, le parecía miseriuca al _Peludo_, en cotejo de pasar rozando una pradería verde como la esperanza, mullida y aterciopelada como tapiz de seda, y no poder hartar la panza vacía, redondear los ijares metidos y chupados y la tripa hueca como tubería de órgano. Era tal la impresión que causaba al _Peludo_ la vista de la hierba apetitosa, rociada, velluda, de los dorados pajares y de las mieses en sazón; tal la rabia que sentía al oir el murmurio de la fuente cuando secaba sus fauces el anhelo del trabajo y la polvareda pegajosa del camino real; tal la violencia de su furioso apetito y el ímpetu de su colosal gazuza, que más de una vez, él--el manso, el resignado, el trabajador, el obediente--_pensó_ hacer una muy gorda y sonada: soltar un rebuzno de guerra y arremeter á coces y á muerdos contra su despiadado jinete, su espolique, su amo, su tirano... ¡Qué deleite arrojar al suelo el lastre de sacos de harina, que pesan cual plomo, patearlos, reventarlos; que la harina se esparciese por la carretera; meter en ella el hocico, aventarla, hacerla volar en blanquísimas nubes! Y si era mucha el ansia de comer, no menor la de revolcarse. ¡Revolcarse! ¡Cuánto tiempo, desde su tierna infancia, su época de buchecillo retozón y candoroso, que no se revolcaba, con las cuatro patas batiendo el aire y la gris barriga al sol, el _Peludo_!

Cruzaban estas ráfagas de emancipación por la deprimida mollera del esclavo, pero no adquirían consistencia; eran aleteos pasajeros que abatía al punto la convicción de su eterna servidumbre y de que la había dispuesto la suerte, el _fatum_ que preside á la existencia del jumento. Sí; lo peor del caso es que al _Peludo_ la desgracia le había hecho fatalista; no esperaba nada de la Providencia, ni se atrevía á creer que pudiese lucir para él jamás un instante de relativa dicha. Hiciese lo que hiciese, lo mismo tenía que ser... Hambre y palos, palos y hambre... Arriba con la carga; avante por la senda--y nada de protestas ni de quiméricos ensueños.

Razón llevaba el paciente _Peludo_ en desconfiar de la suerte y en prometerse mayores desventuras; su amo, en vez de mostrarle algún apego, una pizca de consideración, á medida que el _Peludo_ perdía fuerzas, agilidad y bríos, iba tratándole con mayor dureza y encomendándole las tareas más rudas y bajas, los transportes más reventadores y las jornadas á palo seco en todo el rigor de la frase. Por eso, la glacial y lluviosa noche del 24 de Diciembre encontró al cuitado _Peludo_ sufriendo la intemperie con cachaza estoica, atado á una argolla de hierro, á la puerta de la conocida taberna del _Pellejón_, una de las varias que salpican las orillas de la carretera de Marineda á Brigos. Otras veces no faltaba para el _Peludo_ en aquel templo báquico el abrigo de una cuadra ó de un estercolero, ó siquiera de un cobertizo cerquita del pajar; pero ésta era noche de bulla y parranda de regodeo y jarros colmados de vino y aguardiente, y cuando el _Peludo_, al trotecillo desmayado de sus provectas patas, se acercó á la taberna, no quedaba sitio ni techo para él. De dos puntillones, el amo le pegó á la pared, le amarró á la anilla, y allí se quedó el jumento, sin más techo que un emparrado desnudo de follaje, cuyas ramas goteaban hilos de agua llovediza, formando una charca bajo los cascos.

Veía el _Peludo_, al través de los vidrios de la ventana, la sala de la taberna iluminada, alegre, llena de hombres que jugaban á los naipes, disputaban, despachaban guisotes de bacalao y apuraban vasos de caña y tinto. Mientras los racionales celebraban así la Navidad, el asno, transido y empapado hasta los huesos, rendido de cansancio y desfallecido de necesidad, no tenía ánimos ni para exhalar un suplicante y doloroso rebuzno pidiendo sustento y calor. Una nube veló sus pupilas; sus corvas se doblaron. Iba á caer sobre el fango líquido, cuando advirtió una claridad suave, muy diferente de la que derramaban las pestíferas candilejas de la taberna, y divisó á su lado, con profunda sorpresa, á otro borrico: un asno plateado, de luciente pelo, vivaracho, cordial. ¡Qué compañía tan grata! «_¡Hi--ho!_» flauteó dulcemente el caduco y asendereado jumento. Púsose el recién venido á roer con los dientes la cuerda que al _Peludo_ sujetaba, y presto le dejó libre. Echó á andar el argentado borriquillo, y detrás de él, sin meterse en más averiguaciones, el _Peludo_, ya regocijado y fuerte. A medida que adelantaban, la noche se hacía transparente, estrellada, tibia; el camino fácil, seco, llano, lindo. A derecha é izquierda, prados de un tono de felpa verdegay, esmaltados de violetas y ranúnculos, convidaban al _Peludo_ á saciar su apetito; arroyos cristalinos le brindaban con qué apagar su sed. Y el _Peludo_, entrando á saco, descuidado, libre, se entregó á la hierba jugosa; desde lejos podía oírse el ruido de molino que al mascar producía su vieja dentadura. Bebió á su talante en los manantiales; atracóse de trébol y hierba mollar, y al paso que devoraba, redondeábase su panza como globo que se infla, hasta que de súbito estallaron las cinchas que sujetaban la albarda, y quedóse en pelota, feliz como un rey. ¡Ahora sí que no se sentía fatalista el _Peludo_! Tan dichosa aventura le convertía en el mayor providencialista del universo. En lontananza empezaba á despuntar la mañanica dorada y risueña; las violetas del prado olían á gloria; todo incitaba á un revuelco deleitable, y ¡zás! el _Peludo_ se dejó caer y se puso á nadar en aquel golfo de verdura, impregnándose de olores floreales, recogiendo en su pelambrera hojas de manzanilla. El asno se sentía victorioso, envuelto en luces de gloria. Y allá en los aires, lejos, alto, voces misteriosas repetían la profética cláusula: «Nos ha nacido un niño, y se llama Emanuel...» El asno de plata, salvador del _Peludo_, le miraba entre compasivo y amigable, y le rebuznaba bondadosamente: «_¡Hi--ho!_ ¿No me conoces? Soy el que calentó con su aliento á Jesús en el establo... y el que llevó á Egipto á María la Nazarena...»

A la puerta de la taberna, el amo del _Peludo_, al salir de madrugada con los humos de la embriaguez muy densos aún, vió á su montura tendida en la charca, los ojos vidriosos, las patas rígidas.--Rompióse la cuerda--observó el tabernero.--No le dé patadas--agregó--que de poco sirve; tiene la oreja fría; está difunto.--Pero el amo, con la terquedad característica de los beodos, seguía descargando puntapiés al animal, jurando, blasfemando y maldiciendo. Al fin, convencido de lo inútil de sus esfuerzos, soltó una opaca risotada.--Para lo que servía...--gruñó.--Ya ni podía conmigo...

JESUSA

El matrimonio vió al fin cumplidos sus deseos: la niña vino al mundo un 24 de Diciembre, circunstancia que pareció señal del favor divino; pusiéronle en la pila el dulce nombre de Jesusa, y la rodearon de cuanto mimo pueden ofrecer á su único retoño dos esposos ya maduros, muy ricos, y que sólo pedían á la suerte una criatura á quien transmitir fortuna y nombre. La cuna fue mullida con pétalos de rosa, y hasta el ambiente se hizo tibio y perfumado, para acariciar el tierno rostro de la recién nacida...

Todos hemos narrado alguna vez la triste historia de la niña pobre y desamparada, que harapienta y arrecida, con el vértigo del hambre y la angustia del abandono, vaga por las calles implorando caridad, hasta que cae rendida y la nieve la envuelve en blanco sudario. El grito de la miseria, el clamor del vientre vacío, es penetrante y humano... pero también sufre el rico, y sus dolores, inaccesibles al fácil consuelo que se reparte con un puñado de monedas, no hallan alivio sino en la misericordia de Dios... El que compare á la chiquilla sin pan ni hogar con la chiquilla envuelta en algodones y harta de goces y juguetes; á la que jamás recibió un beso con la que agasaja en su seno una madre idólatra,--se indignará contra la injusticia social y apelará de ella á la justicia infalible.