Cuentos de la Alhambra

Part 6

Chapter 63,990 wordsPublic domain

El sábio Eben Bonabben quedó tan asombrado como si hubiese caido un rayo á sus pies; tembló, perdió el color, y le pareció que la cabeza le bamboleaba ya sobre los hombros.

«¿Y quién ha podido sugerir á mi príncipe semejante pregunta? ¿En dónde ha aprendido esa palabra vana?»

El príncipe, llevando á su preceptor á la ventana: «Escucha, le dijo, Eben Bonabben.» Escuchó el sábio, y oyó el dulce canto de un ruiseñor, que escondido en un bosquecillo que estaba al pie de la torre, dirigia tiernas querellas á su amada: de todos los rosales, de todas las ramas floridas salian trinos melodiosos, que espresaban el mismo pensamiento: _Amor_, _amor_, _amor_, era el tema de todos los cantos.

«¡Allah akbar! ¡Dios es grande! esclamó el sábio Bonabben; ¿quién será osado á ocultar al hombre este secreto, cuando las mismas aves del aire conspiran á revelárselo?»

Entonces volviéndose á Ahmed: «¡Ó príncipe mio! le dijo juntando las manos, cierra los oidos á esos cantos peligrosos; huye de tan nocivo conocimiento. Sabe que la mitad de los males que afligen á la humanidad no reconocen otra causa que ese funesto amor: él es el que fomenta la discordia y el rencor entre los hermanos y los amigos; él enciende la guerra, él escita á la traicion. Los cuidados, la tristeza, los dias inquietos, las noches sin sueño; he aquí sus efectos. Marchita la flor, destruye la alegria de la juventud, y lleva consigo los males y los pesares de una vejez prematura. Consérvete Allah, ó príncipe mio, en la feliz y total ignorancia de esa cosa que se llama amor.»

Dichas estas palabras se salió el sábio Bonabben, dejando al príncipe en una perplejidad mas profunda aun que la que le mortificaba antes de hablarle. En vano procuraba separar de su imaginacion este objeto que absorvia todas sus ideas: á pesar suyo le ocupaba continuamente, y su espíritu se fatigaba y se perdia en vanas congeturas. «Seguramente, decia prestando oidos á las dulces canciones de las aves, estos acentos no tienen nada de tristes, y antes bien, parece que solo espresan placer y ternura. Si el amor causa tantas desgracias y enemistades, ¿en qué consiste que estas aves no están todas gimiendo en la soledad, ó bien despedazándose unas á otras, en vez de revolotear alegremente por las selvas, y juguetear bulliciosas entre las flores?»

Cierta mañana, tendido blandamente en su lecho, discurria entre sí sobre este misterio inesplicable. Abierta la ventana, penetraba por ella el fresco vientecillo, que despues de empaparse en el suave aroma de los azahares que florecen á la orilla del Darro, subia á recrear los sentidos del príncipe; oíase á lo lejos la voz del ruiseñor que repetia su tema acostumbrado, y cuando el príncipe le escuchaba suspirando, oyó cerca de sí el ruido de las alas de un ave. Perseguido por el gavilan un hermoso palomo, se entró en su aposento y cayó palpitando en el suelo; y el gavilan, viéndose privado de la presa, dirigió el vuelo hácia los montes.

Levantó el príncipe al pobre palomo que estaba medio muerto, le besó y le abrigó en su seno. Luego que lo hubo tranquilizado con sus caricias, le puso en una jaula de oro, y le presentó con sus propias manos trigo del mas puro y agua cristalina. El ave sin embargo se negaba á tomar alimento, y permanecia con la cabeza caida, lamentándose con tono lastimero.

«¿De qué te afliges? decia Ahmed, ¿no tienes todo lo que puede desear tu corazon?

--¡Ah! no, replicó el palomo; ¿por ventura no estoy separado de mi amada compañera, y precisamente en la época feliz de la primavera, en la estacion hermosa de los amores?

--¡De los amores! replicó Ahmed, ¡ah! yo te lo suplico, ave graciosa, ¿podrias decirme lo que es amor?

--¡Ay príncipe mio! ¡Demasiado! El amor hace el tormento de uno, la felicidad de dos, y se convierte en una fuente de enemistades y desgracias si llegan á ser tres. Es un encanto poderoso que atrae mútuamente á dos séres, y los une con la mas dulce simpatía; los hace dichosos si están unidos; pero muy dignos de lástima cuando se hallan separados. Mas ¿acaso no existe ningun sér con quien os haya unido un afecto tierno?

--Sí, yo amo á mi anciano preceptor Eben Bonabben mas que á ningun otro sér conocido; pero sin embargo suele parecerme fastidioso, y algunas veces me creo mas feliz en su ausencia que en su compañía.

--No trato yo de esa clase de afecto: hablo del amor, del gran misterio y principio de la vida, de la felicidad inefable de la juventud y delicia tranquila de la edad madura. Mira en torno de tí, príncipe mio, y verás como todo respira amor en esta deliciosa estacion: de cuantas criaturas existen, no hay una que no tenga su compañera; el mas pequeño pajarillo canta para agradar á su amada; el insecto, que apenas se distingue sobre la yerba, busca tambien á su querida, y esas mariposas que suben volando hasta por encima de la torre, y vagan jugueteando por el aire, son felices por su mútua ternura. ¡Ah príncipe mio! ¿será posible que hayas perdido los dias mas preciosos de tu juventud sin conocer el amor? ¿Ningun sér de sexo diferente, ninguna hermosa princesa, ninguna jóven agraciada ha cautivado tu corazon, y hecho nacer en tu seno una dulce inquietud, un conjunto agradable de penas y deseos?

--Ya empiezo á comprenderte, dijo el príncipe suspirando; mas de una vez he esperimentado una inquietud semejante á la que me dices sin adivinar la causa. Mas reducido á esta espantosa soledad, ¿dónde podré hallar un objeto tal como tú le pintas?»

La conversacion continuó aun por algun tiempo sobre el mismo objeto, y la primera leccion que recibió el príncipe fue completa.

«¡Ay! esclamó despues, si el amor es una felicidad tan grande, y tanta pena causa la ausencia del objeto amado, ¡no permita Allah que yo turbe la alegria de dos amantes!»

Dicho esto abrió la jaula, sacó el palomo y le dejó sobre la ventana. «Ve, dijo, ave dichosa, goza con la amada de tu corazon los hermosos dias de la juventud y la deliciosa estacion de la primavera. ¿Con qué razon habia yo de retenerte en este triste encierro, adonde jamas podrá penetrar el amor?»

Batió el ave las alas en señal de contento, formó un círculo en el aire, y voló como una flecha hácia los floridos bosquecillos del Darro.

Siguióla Ahmed con los ojos hasta perderla de vista, y quedó sumergido en la mas profunda tristeza. El canto de las aves que tanto le complacia pocos momentos antes, redoblaba ahora sus penas ¡Amor, amor, amor! ¡Ah pobre jóven! Entonces conoció el significado de este tema tan repetido.

La primera vez que vió al sábio Bonabben despues de esta conversacion, le dirigió una mirada de resentimiento. «¿Por qué me has dejado en tan crasa ignorancia? le dijo encolerizado. ¿Por qué me ha de ser desconocido el gran misterio, el principio de la vida que está al alcance del mas humilde insecto? La naturaleza entera se entrega en este momento á los mas dulces placeres; todas las criaturas se gozan con una compañera, y ve ahí precisamente ese amor que yo queria conocer. ¿Por qué he de ser yo el único que se halle privado de sus delicias? ¿Por qué he de haber pasado los dias mas floridos de mi juventud, sin conocer la felicidad que puede proporcionar?»

El sábio Bonabben conoció sobradamente que ya era inútil toda reserva, puesto que el príncipe habia adquirido la ciencia prohibida. Le reveló pues las predicciones de los astrólogos; y le enteró de las precauciones que se habian tomado en su educacion para conjurar la tempestad que le amenazaba.

«Ahora, príncipe mio, añadió, teneis mi vida en vuestras manos. Si el rey vuestro padre llega á entender que bajo mi vigilancia habeis aprendido lo que es amor, perezco sin remedio; porque respondí con mi cabeza de vuestra completa ignorancia en esta materia.»

Era el príncipe mas razonable de lo que pudiera esperarse de un jóven de su edad, y así escuchó las reflexiones de su preceptor con tanta mayor deferencia, cuanto que nada le hablaba contra ellas. Por otra parte Ahmed profesaba un verdadero afecto al sábio Bonabben, y como solo conocia la teórica del amor, consintió fácilmente en encerrar en su seno todas las noticias que sobre este objeto acababa de adquirir, antes que poner en peligro la cabeza del filósofo.

Su discrecion empero tuvo que sufrir muy pronto una prueba mas fuerte. Algunos dias despues, hallándose engolfado en tristes imaginaciones junto á las almenas de la torre, apareció en los aires el palomo á quien habia restituido la libertad, y abatiendo el vuelo, se le puso sobre el hombro con singular familiaridad.

Cogióle el príncipe, y estrechándole contra su corazon: «¡Ave dichosa, esclamó, que puedes volar con la rapidez de la luz de la mañana de un estremo á otro de la tierra! ¿Qué pais has visitado despues que no nos hemos visto?

--Vengo, ó príncipe, de una region muy distante; y en recompensa de la libertad que os debo, os traigo las mas alegres nuevas. En mi remontado vuelo puedo cernerme sobre una altura prodigiosa, y dominar una estension inmensa de pais. Cierto dia pues descubrí bajo de mí un jardin delicioso, lleno de toda suerte de frutas y flores: un límpido arroyuelo corria serpenteando por entre las flores, que esmaltaban una frondosa pradera; y en el centro del jardin se levantaba un magnífico palacio. Poséme sobre un árbol para descansar, y junto al arroyuelo que pasaba bañando el tronco, descubrí una princesa en todo el brillo de la primera juventud, rodeada de doncellas de su misma edad, que la adornaban con guirnaldas de flores tan frescas como ella, pero no con mucho tan hermosas. Tantos hechizos sin embargo florecian en aquella soledad ocultos á los ojos de todos; porque el jardin se hallaba cercado de murallas altísimas, y nadie podia penetrar en él. Á la vista de una tierna jóven tan llena de atractivos, á quien su separacion del mundo ha conservado toda la inocencia de la edad infantil, he discurrido que esta era la que el cielo tenia destinada para inspirar amor á mi querido Ahmed.»

Esta descripcion se grabó con caracteres de fuego en el corazon sobrado sensible de Ahmed. La vaga ternura que comprimia en su seno hacia tanto tiempo, hallaba en fin un objeto en que fijarse, y la pasion que concibió por la princesa, se enunció desde su nacimiento con la mayor violencia. Escribió una carta, en la que con las frases mas apasionadas espresaba el ardiente amor y tierno cariño que ya profesaba á la bella desconocida; lastimándose del cautiverio que le impedia arrojarse á sus pies. Á este amoroso billete añadió algunas estancias, en las que la verdad de los afectos iba unida á la delicadeza de las palabras; porque ademas de que el príncipe era naturalmente poeta, en este momento le inspiraba el amor. La carta iba dirigida _Á la bella desconocida: del príncipe cautivo Ahmed_. Y despues de haberla perfumado con almizcle y esencia de rosas, se la entregó al palomo.

«Parte, dijo, ó el mas fiel de los mensageros, salva los montes y los valles, y no te detengas en ninguna floresta, hasta haber entregado esta carta á la señora de mi corazon.»

Remontóse el palomo hasta una altura prodigiosa, y en seguida dirigió el vuelo en línea recta. Siguióle el príncipe largo rato con la vista, ya no le distinguia sino como un punto casi imperceptible, y al fin se ocultó enteramente detras de una montaña.

Contaba Ahmed con impaciencia los dias que se siguieron á la partida de su mensagero, y cada mañana se prometia verle antes de la noche; mas esperaba en vano. Ya comenzaba á acusarle de ingratitud, cuando á la caida de una hermosa tarde, vió al fiel palomo que llegó volando á su habitacion y cayó muerto á sus pies. La flecha cruel de algun desapiadado cazador habia atravesado su pecho, y la pobre avecilla empleó toda la fuerza y vida que le quedaban en llegar al término de su viage y dejar cumplida su mision.

Inclinóse el príncipe lloroso sobre el cuerpo inanimado de aquel mártir de la fidelidad, cuando notó al rededor de su cuello una cadena de perlas, de la que pendia un retrato que estaba oculto bajo el ala, y representaba sobre esmalte una hermosa princesa en la flor de su edad. Esta era sin duda la bella desconocida del jardin; mas ¿quién era? ¿En dónde estaba? ¿Habria recibido la carta y le enviaba en cambio aquel retrato, como prenda de correspondencia?

Todo esto quedaba desgraciadamente envuelto en la duda y en la oscuridad con la lastimera muerte del palomo.

Contemplaba el príncipe la miniatura, y arrasábanse de lágrimas sus ojos. Estrechábala contra su corazon y contra sus labios, pasaba horas enteras mirándola sumergido en una tierna agonía. «Bella imágen, decia, ¡ah! no eres mas que una imágen; empero tus ojos cristalinos se fijan en mí con ternura; tus labios de rosa parece se abren para consolar mi pena.... ¡Vanos delirios! Esos hermosos ojos, esa boca adorable, tal vez habrán hablado un lenguage tan dulce á un rival mas feliz. Pero ¿en dónde podria yo hallar el original de esta copia divina? ¿Quién sabe cuántos reinos y montes nos separan, ni qué acontecimientos podrán impedir nuestra union? Acaso en este momento la colma de atenciones y obsequios una turba de admiradores, y yo triste, prisionero en mi torre, paso mis amargos dias adorando una sombra.»

El príncipe tomó de repente una resolucion estraordinaria. «Huiré, dijo, de este palacio, ó mas bien de esta prision odiosa, y peregrino de amor, buscaré por todo el mundo á la desconocida princesa que reina en mi corazon.»

Era inútil pensar en huir durante el dia; mas la guarda del palacio estaba bastante descuidada por la noche, en razon de que no se temía ninguna tentativa de este género de parte del príncipe, que siempre habia llevado con paciencia su cautiverio. Con todo eso Ahmed no sabia cómo conducirse para efectuar una fuga nocturna por un pais que le era absolutamente desconocido; pero discurriendo que el buho, como acostumbrado á pasearse durante la noche, debia conocer todos los caminos escusados de las inmediaciones, pasó á su retiro para consultarle. Puso el buho un semblante grave, y dándose grande importancia, contestó en estos términos al príncipe Ahmed: «Habeis de saber, ó príncipe, que nosotros los buhos pertenecemos á una familia muy antigua y numerosa, que aunque algo decaida tiene todavía mucho poder. En todos los puntos de España poseemos castillos y palacios; y puedo aseguraros con verdad que me seria imposible hallar una torre, una ciudadela, un edificio cualquiera, tanto en las ciudades como en los campos, en donde no esté seguro de encontrar un hermano, un tio ó un primo. Ademas, haciendo mi vuelta de visitas de parentela, he cruzado el pais en todas direcciones, y conozco los sitios mas ocultos.» Lleno el príncipe de júbilo al encontrar al buho tan profundamente versado en la topografía le confió el secreto de su amor y su proyecto de fuga, y le suplicó tuviese á bien servirle de guia y consejero.

«¡Cómo! respondió el buho algo picado, ¿he nacido yo acaso para mezclarme en intrigas de amor? ¿Yo que tengo consagrado todo mi tiempo á la meditacion y á la luna?

--Sosegaos, augusto buho, repuso el príncipe, y dignaos de salir por un instante de vuestras meditaciones y de la luna para ausiliar mi fuga, y yo os concederé en cambio todo lo que acerteis á pedirme.

--Yo poseo todo lo que deseo, replicó el buho: algunos ratones bastan para la provision de mi frugal mesa, y este agujero es harto capaz para poder meditar. ¿Qué mas necesita un filósofo?

--Considera sin embargo, sapientísimo buho, que entre tanto que tú meditas y miras á la luna en tu retiro, tus talentos son perdidos para el mundo. Yo seré un dia soberano, y podré colocarte en algun puesto honroso, y darte alguna dignidad en donde brille y sea útil tu profunda sabiduría.»

La filosofía del buho le hacia muy superior á las necesidades de la vida; mas no le habia libertado enteramente de la ambicion. Rindióse pues á las ofertas del príncipe, y consintió en servirle de guia y Mentor en su peregrinacion.

Los proyectos de un amante se egecutan con mucha prontitud. Ante todo reunió el príncipe sus diamantes y demas alhajas, y las ocultó entre sus vestidos como caudal para el viage; y la noche siguiente, sirviéndole de escalera una de sus fajas, y siguiendo las indicaciones del buho, saltó de la torre por un balcon de la muralla esterior, y antes de amanecer ya se hallaban en medio de los montes él y su esperimentado guia.

Allí consultó con su Mentor sobre la ruta que deberian tomar.

«Yo creo, dijo el buho, que seria acertado ir á Sevilla; porque habeis de saber que hace muchos años hice yo una visita á mi tio, un buho de ilustre abolengo, que habitaba en uno de los ángulos arruinados del alcázar: con esta ocasion hice muchas escursiones nocturnas por aquella ciudad, y habiéndome llamado La atencion cierta luz que brillaba en una torre abandonada, dirigí una noche el vuelo á las almenas, y ví que aquella luz era la lámpara de un mágico árabe, á quien descubrí tambien en su escondrijo rodeado de los libros de su ciencia, y que tenia sobre el hombro un cuervo muy viejo que habia traido consigo de Egipto. Trabé estrechas relaciones con dicho cuervo, y aprendí de él la mayor parte de los conocimientos que poseo. Despues de aquella época murió el mágico; mas el cuervo habita aun la torre, porque estos pájaros son admirables por su longevidad. Yo pues, ó príncipe, os aconsejaria que buscaseis á este cuervo; porque ademas de que es adivino y algo hechicero, profesa tambien la mágia negra, en la que son muy celebrados los cuervos, y señaladamente los de Egipto.»

Admirado el príncipe de este consejo, se dirigió á Sevilla; mas por consideracion á su compañero, caminaba únicamente durante la noche, y pasaba el dia en alguna gruta oscura, ó en una torre arruinada; pues el buho conocia todas estas guaridas secretas, y su aficion á las ruinas era igual á la de un anticuario.

Llegaron en fin á Sevilla una mañana antes de salir el sol, y el buho, que detestaba la luz del dia y el tráfago de una ciudad tan populosa, se quedó fuera de los muros, y puso su cuartel en el hueco de un árbol.

Entró el príncipe en la ciudad, y no tardó á hallar la torre mágica, que descollaba por encima de las casas, no de otra manera que una palma sobre los matorrales del desierto. Dicha torre era la misma que existe hoy, y es conocida con el nombre de _la Giralda_. Una escalera trabajosa condujo al príncipe hasta la estancia mas elevada, en donde halló efectivamente al cuervo cabalístico. Era este un pájaro viejo, de cabeza cana y plumage ralo, semblante ceñudo, y una nube en el ojo izquierdo que le daba una mirada de espectro. Sostenido sobre una pata tenia la cabeza inclinada, y con el ojo que le quedaba estaba examinando un diagrama que se veía trazado en el suelo.

Llegóse á él el príncipe con todo el respeto que su alta reputacion y venerable aspecto debian naturalmente inspirarle: «Perdonadme, le dijo, respetable y sapientísimo cuervo, si me atrevo á distraeros por un instante de los estudios con que teneis admirado al mundo entero. Veis en vuestra presencia á un amante que desea vivamente le indiqueis los medios de que podrá valerse para lograr el objeto de su amor.

--En otros términos, contestó el cuervo con una mirada significativa, ¿queréis que os diga la buena ventura? Enhorabuena, enseñadme la mano, y dejadme descifrar las líneas misteriosas de vuestro destino.

--Perdonad, replicó el príncipe: yo no vengo aquí con objeto de conocer los decretos del destino que Allah ha querido ocultar á los ojos de los mortales; soy un peregrino de amor, y solo pido un hilo que pueda dirigirme por entre el laberinto del mundo hácia el objeto de mi peregrinacion.

--¿Y os podrán faltar objetos de esta especie en la enamorada Andalucía? dijo el viejo cuervo dirigiendo al príncipe con semblante maligno el único ojo que tenia, sobre todo en la alegre y deliciosa Sevilla, donde mil bellezas de ojos negros bailan de continuo la zambra á la fresca sombra de los floridos bosques de naranjos.»

Sonrojóse el príncipe, y se escandalizó sobremanera al oir palabras tan libres en boca de un pájaro viejo, que estaba ya con un pie en la sepultura. «Creedme, le dijo con gravedad, mi objeto no es tan frívolo é innoble como parece lo suponeis. Las bellezas de ojos negros que bailan en los bosques de naranjos del Guadalquivir, no tienen atractivo alguno para mí: busco una beldad desconocida; pero inocente y pura, el original de este retrato; y vuelvo á suplicarte, muy poderoso cuervo, que si á tan lo alcanza tu ciencia, me digas en dónde podré hallarla.»

La seriedad del príncipe desagradó al cuervo estantigua, el cual contestó con secatura: «Todo lo que pertenece á la juventud y á la belleza me es estraño: la vejez, la decrepitud es lo único que tiene atractivo para mí. Soy el heraldo del destino; desde lo alto de las chimeneas anuncio con mis graznidos los pronósticos de la muerte, y me agrada cernerme sobre el tejado del enfermo moribundo. Id pues, y buscad en otra parte quien os dé mas señas de vuestra bella desconocida.

--¿Y en dónde buscarla sino entre los hijos de la sabiduría? Nací para reinar, y los astros que precedieron á mi nacimiento, me precisan á acometer una empresa misteriosa, de la que depende tal vez el destino de muchos imperios.»

Cuando el cuervo oyó hablar de imperios y destinos en que estaban interesadas las estrellas, cambió de tono, escuchó con oido atento la historia del príncipe, y cuando la hubo terminado, le dirigió con afabilidad estas palabras: «No puedo daros por mí mismo ninguna noticia; porque como ya os he dicho, frecuento muy poco los jardines y los retretes de las damas; pero dirigíos á Córdoba, y buscad la palma del grande Abderramen, que se halla en el patio principal de la mezquita. Al pie de este árbol hallareis un gran viagero que ha visitado todos los paises y todas las córtes: favorecido en todas partes por las reinas y las princesas, esta relacionado con todos los magnates del reino, y yo no dudo que podrá daros noticias del objeto de vuestras diligencias.

--Mil millones de gracias por tan precioso consejo, dijo el príncipe: adios, venerable brujo.

--Adios, peregrino de amor,» respondió el cuervo con tono seco, y se puso á calcular de nuevo sobre su diagrama.

Salió el príncipe de Sevilla, y se fue á buscar á su compañero el buho, que dormitaba todavía dentro de su árbol; despertóle, y tomaron ambos el camino de Córdoba, atravesando los bosques de naranjos y limoneros, que refrescan con su sombra las deliciosas márgenes del Guadalquivir. Llegados á las puertas de la ciudad, el buho levantó el vuelo, y se metió en una grieta de la muralla, y el príncipe se dirigió al momento á buscar la palma que plantára en los antiguos tiempos el grande Abderramen. Estaba en el patio de la mezquita, descollando por encima de los mas altos naranjos y cipreses; algunos dérvises y faquires, formaban diversos grupos sentados bajo los pórticos; y muchos devotos hacian sus abluciones en la fuente antes de entrar en la mezquita.

Al pie del árbol habia un numeroso concurso de gentes de todas clases, que segun parecia, estaban escuchando á una persona que hablaba con estraordinaria volubilidad. «Este es sin duda, dijo para sí el príncipe, el gran viagero que me dará noticias de mi princesa.» Mezclóse entre la multitud, y quedó sobremanera sorprendido al ver que el orador, en derredor del cual se reunia tan distinguido auditorio, era un papagayo de hermoso plumage verde, gesto remilgado y copete erguido, que tenia todas las trazas de un pájaro sumamente pagado de sí mismo.

«¿En qué consiste, dijo el príncipe á uno de los oyentes, que tantas personas de razon se estén divirtiendo con la parladuria de un pájaro de esta especie?