Part 5
«Poco despues encontré á un viejo dérvis muy versado en los secretos y tradiciones del pais, á quien referí mi aventura. «Lo que has visto, me dijo, es el célebre jardin de Hirám, una de las maravillas del desierto, el cual aparece de cuando en cuando á los viageros estraviados como tú, los divierte con la vista de sus torres, jardines y árboles cargados de frutos, y se desvanece al momento, dejando en su lugar una inmensa y árida soledad. En los tiempos antiguos, cuando este pais estaba habitado por los Additas, el rey Sheddah, hijo de Ad, biznieto de Noé, fundó en él una ciudad magnífica, y cuando estuvo concluida y vió su grandeza y hermosura, enchido de orgullo su corazon, resolvió levantar un palacio y unos jardines que igualasen á lo que refiere el Alcorán de las bellezas del paraiso. Pero su presuncion atrajo sobre él la maldicion del cielo: él y todo su pueblo desaparecieron de la tierra, y su opulenta ciudad, su palacio y sus jardines fueron puestos bajo la influencia de un encanto que los separa de la vista de los hombres, fuera de ciertos momentos en que aparece para perpetuar la memoria de su pecado.»
«Esta historia y las maravillas que habia visto no se borraron jamas de mi imaginacion, y cuando estuve mas adelante en Egipto, dueño ya del libro del sábio Salomon, resolví visitar de nuevo el jardin de Hirám. Le hallé en efecto con el ausilio de mi libro, tomé posesion de él, pasé muchos dias en aquella imitacion del paraiso, y obedientes á mi poder mágico los genios que le guardan, me revelaron los encantos por cuya fuerza habia sido construido, y los que le hacian invisible.
«Yo pues, ó rey, puedo construirte un palacio semejante en la montaña que domina la ciudad; conozco todos los secretos mágicos y poseo el libro del sábio Salomon: nada es inaccesible á mi poder.
--¡Ó hijo de Abou Agib! ¡ó el mas sábio de todos los hombres! dijo Aben-Habuz ardiendo en deseos, ¡tú eres un gran viagero, tú has visto y aprendido cosas maravillosas! Débate yo un paraiso semejante, y pide en recompensa cuanto quieras, que yo te lo concedo, aunque sea la mitad de mi reino.
--¡Ah! replicó el astrólogo, ya sabes que yo no soy mas que un anciano, un pobre filósofo bien fácil de contentar; no te pido otra cosa sino la primera cabalgadura que pase por la puerta del palacio mágico, con la carga que lleve.»
Aceptó gustoso el monarca esta modesta condicion y el astrólogo puso manos á la obra. Ante todo, en la cumbre de la colina que dominaba inmediatamente su retiro subterráneo, hizo erigir una gran portada, que pasaba por el centro de una torre fortísima. Sobre la piedra fundamental del arco esterior que formaba el pórtico, esculpió el mismo mágico una mano gigantesca, y en la del arco interior, encima de las puertas, representó una gran llave; cuyas figuras eran poderosos talismanes, sobre los cuales pronunció ciertas palabras en lengua desconocida.
Concluida esta puerta, permaneció por espacio de dos dias encerrado en su cámara mágica, y el tercero se subió á la colina, y se estuvo en la cumbre hasta alta noche. Bajó á esta hora, y presentándose á Aben-Habuz: «En fin, ó rey, le dijo, ya está terminada mi obra: en la cumbre de ese monte he erigido el palacio mas delicioso que pudo inventar jamas el ingenio humano; allí está reunido todo lo que puede contribuir á la felicidad de la vida; salones magníficos, jardines sombríos y floridos, fuentes cristalinas, baños perfumados: en una palabra, la colina se ha trasformado en un paraiso; y á la manera que el palacio de Hirám, se halla tambien este protegido por un encanto de gran poder, que le hace invisible á todos los que no poseen el secreto de su talisman.
--Basta, dijo lleno de júbilo Aben-Habuz: mañana al despuntar la aurora subiremos á la colina, y tomaremos posesion de esa morada de ventura.» Aquella noche durmió poco el monarca, y apenas los primeros rayos del sol comenzaban á dorar los picos de Sierra-Nevada, montó en su caballo, y seguido de una corta y escogida comitiva, subió la colina por un camino angosto y escarpado. Al lado de Aben-Habuz iba la princesa, montada en un palafren blanco; su trage estaba sembrado de diamantes, y del hermoso cuello colgaba segun costumbre la lira de plata. El astrólogo, que nunca montaba á caballo, caminaba á pie al otro lado del rey, apoyado sobre su baston geroglífico.
Hacíase todo ojos Aben-Habuz, esperando ver en lo alto las torres del palacio con sus jardines y bosquecillos; mas nada podia descubrir. «Ved ahí, dijo el astrólogo, en lo que consiste la seguridad y el misterio de este lugar: nada puede distinguirse hasta que se ha pasado la puerta encantada.»
Luego que llegaron delante de la puerta, deteniéndose el astrólogo, enseñó al rey la mano y la llave misteriosas grabadas sobre el arco. «Las figuras que veis, dijo, son los talismanes que guardan la entrada de este paraiso: entre tanto esa mano no se baje hasta tocar la llave, ningun poder humano, ningun artificio mágico podrá triunfar del señor de esta colina.»
Mientras Aben-Habuz contemplaba embelesado, y en un silencio de admiracion y pasmo los misteriosos talismanes, el palafren de la princesa, que seguia caminando, se entró por el pórtico hasta el centro de la torre.
«He aquí, dijo el astrólogo, la recompensa que me habeis prometido; la primera cabalgadura que entre por estas puertas mágicas, con la carga que lleve.»
Sonrióse Aben-Habuz, creyendo que era un chiste del viejo; mas cuando conoció que hablaba con seriedad, temblaron de indignacion las canas de su barba.
«Hijo de Abou Agib, dijo con airado semblante, ¿qué significa este engaño? Bien sabes tú lo que yo creí prometer: la primera cabalgadura que entrase por la puerta con la carga que llevase. Ve pues, toma la mula mas poderosa de mis caballerizas, cárgala de los objetos mas preciosos que se hallen en mi tesoro, tuya es; mas no levantes tus pensamientos hasta la que forma, las delicias de mi corazon.
--¿Y qué se me da á mí de tu oro ni de tus riquezas? dijo con aire de desprecio el astrólogo. ¿No poseo yo el libro del sábio Salomon? ¿No tengo á mi disposicion todos los tesoros de la tierra? La princesa me pertenece de derecho: tu palabra real está empeñada, yo la reclamo como alhaja mia.»
Á todo esto, desde lo alto de su palafren les dirigia la princesa mirandas altivas, y se sonreía desdeñosamente al contemplar á aquellos dos vestiglos disputándose la posesion de su juventud y belleza.
Despues de un largo debate, dominando la rabia del monarca sobre su prudencia, esclamó: «¡Hijo vil del desierto! tú puedes ser sábio en mas de una ciencia; pero reconoce en mí á tu señor, y no lleves la temeridad hasta el punto de burlarte de tu rey.
--¡Tú mi señor! replicó el astrólogo, ¡tú mi rey! ¡El soberano de una ratonera daria leyes al que posee el libro de Salomon! Adios, Aben-Habuz, reina en tu pequeño reino, y gózate en tu paraiso de los locos; que yo voy á reirme á tus espensas en mi retiro filosófico.»
Dichas estas palabras, cogió de la brida el palafren de la princesa, hirió la tierra con el baston y se hundió con la hermosa dama al traves del centro de la torre. Tras esto se cerró la tierra sobre sus cabezas, sin dejar el menor rastro de la abertura por donde habian desaparecido.
Quedó Aben-Habuz tan asombrado, que por algunos momentos no acertó á articular una palabra. Vuelto al fin de su sorpresa, dispuso que mil obreros hiciesen una escavacion profunda en el sitio por donde se habia hundido el astrólogo: trabajaron con teson, pero todos sus esfuerzos fueron vanos: en algunos puntos saltaban los picos rechazados por la peña, y la tierra llenaba en otros el hoyo practicado, casi tan pronto como lo habian hecho. Aben-Habuz buscó en la falda de la montaña la boca de la caverna que conducia al palacio subterráneo del pérfido mago; pero no fue posible descubrirla, pues en el lugar donde estaba la entrada de la cueva, no se veía ya otra cosa que la roca firme y unida.
Entre tanto, con la desaparicion de Ibrahim Eben Abou Agib perdieron la eficacia sus talismanes: el guerrero de bronce quedó inmóvil, vuelto el semblante hácia la colina, y con la lanza apuntada al sitio por donde se habia hundido el astrólogo, como si quisiera indicar que se ocultaba allí el mayor enemigo de Aben-Habuz.
Algunas veces se oían en aquel sitio los sonidos de un instrumento, y los acentos de una voz de muger, que apenas se distinguian, y al parecer salian de las entrañas de la tierra. Cierto dia refirió un labrador al rey que la noche anterior habia notado en la peña una hendedura, y habiéndose introducido por ella habia distinguido á gran profundidad un salon subterráneo, en el cual, recostado el astrólogo sobre un magnífico sofá, dormitaba dando cabezadas al sonido de la lira de la princesa, que segun los efectos egercia un poder mágico sobre sus sentidos.
Buscó Aben-Habuz esta hendedura; mas no le fue posible encontrarla, porque sin duda habia vuelto á cerrarse. Tambien reiteró las tentativas de la escavacion; mas fueron tan infructuosas como las primeras: y es que ningun poder humano podia superar al encanto de la mano y la llave. En cuanto á la cumbre del monte, donde debian haberse construido el palacio y los jardines ofrecidos, ora fuese que dicho elíseo permaneciese invisible por efecto del encanto, ora que no hubiese existido jamas, y solo fuera una fábula del astrólogo; lo cierto es que allí no se veía otra cosa que una soledad árida; y escabrosa. Las gentes adoptaron piadosamente la última opinion, y unos llamaban á aquel sitio la _Locura del rey_, y otros el _Paraiso de los locos_.
Para poner el colmo á las desgracias de Aben-Habuz, los vecinos, á quienes habia desafiado, insultado y deshecho á su placer cuando poseía el talisman, habiendo llegado á conocer que ya no se hallaba protegido por la mágia, invadieron por todos los puntos su territorio, de modo que el resto de la vida del mas pacífico de los monarcas fue una serie de guerras y disturbios.
En fin, Aben-Habuz murió, y hace algunos siglos que está enterrado; y sobre la colina venturosa se edificó mas adelante la Alhambra, que realiza en cierto modo las fábulas del jardin de Hirám. El pórtico encantado, que se conserva aun entero, protegido sin duda por la mano y llave misteriosas, forma la puerta llamada _del Juicio_ y la entrada principal de la fortaleza; y es opinion comun que el astrólogo permanece todavía bajo este pórtico en el salon subterráneo, dormitando en su sofá al son de la lira de la princesa.
Los inválidos que dan la guardia de dicha puerta, suelen oir estos sonidos en las noches de verano, y cediendo entonces á su virtud soporífica, se quedan tranquilamente dormidos en sus puestos. Todo lo cual, segun las leyendas, debe perpetuarse de edad en edad: la princesa, dicen, permanecerá cautiva del astrólogo, y el astrólogo sometido á la mágia somnífera de la princesa hasta el dia del juicio; á menos que la mano, empuñando la llave fatal, deshaga antes el encanto de la montaña.
Historia del príncipe Ahmed Al Kamel, ó el peregrino de amor.
Antiguamente habia en Granada un rey, que solo tenia un hijo, llamado Ahmed, á quien los cortesanos, á causa de los signos indubitables de superioridad que notaron en él desde su tierna infancia, le dieron el sobrenombre de Al Kamel, que quiere decir El Perfecto. Las predicciones de los astrólogos se conformaban bastante con esta lisonja, pues habian leido en los astros que el príncipe seria el mas perfecto y dichoso de los soberanos. Una sola nube amenazaba su destino, y aun en esta se distinguia cierto color purpúreo que la hermoseaba: habíale dotado naturaleza de una propension irresistible al amor, y esta pasion le habia de hacer correr grandes riesgos. Con todo, si se conseguia libertarle de sus ataques hasta la edad madura, se desvanecerian estos peligros, y su vida ofreceria una serie no interrumpida de prosperidades.
Confiado el rey en los consejos de los astrólogos, adoptó la sábia resolucion de hacer educar al príncipe en un retiro absoluto, en donde no pudiese ver un rostro femenil, ni llegase á sus oidos el solo nombre de amor. Can esta mira hizo construir en la colina que domina la Alhambra un palacio suntuoso, y le rodeó de deliciosos jardines, cercados de murallas altísimas, que son los mismos que conocemos al presente con el nombre de _Generalife_.
En este retiro fue encerrado el jóven Ahmed Al Kamel, bajo la tutela de Eben Bonabben, filósofo árabe de saber profundo; pero de carácter severo é insensible. Habia este pasado la mayor parte de su vida en Egipto, ocupado en el estudio de los geroglíficos, y en hacer investigaciones científicas en los sepulcros y en las pirámides; y de ahí es que á sus ojos tenia mucho mas atractivo una momia egipcia, que la belleza viviente mas seductora. Confióse pues á tan digno preceptor la educacion del príncipe, previniéndole le instruyese en toda clase de conocimientos, escepto uno solo: debia ignorar completamente todo lo relativo al amor.
«Emplead, le dijo el rey, cuantas precauciones creais necesarias para conseguir este objeto; y tened presente, ó Eben Bonabben, que si mi hijo llega á adquirir la menor noticia de este objeto vedado, pagareis con la cabeza esta trasgresion á mis órdenes.»
Una sonrisa forzada conmovió el descarnado rostro del sábio Bonabben al oir esta amenaza. «Tan seguro podeis estar vos de vuestro hijo como yo de mi cabeza. ¿Creeis que un hombre como yo habia de ir á dar al príncipe lecciones de amor?»
Bajo la vigilante custodia del filósofo fue creciendo el príncipe, prisionero en aquellos jardines y palacio. Servíanle esclavos negros y mudos, de figura horrible, que ó no tenian ninguna noticia del amor, ó carecian de palabras para comunicarlas. Eben Bonabben trabajaba con teson en formar el entendimiento de su alumno, enriqueciéndole con toda suerte de conocimientos, y señaladamente con las ciencias abstractas de los egipcios; mas el príncipe hacia muy pocos progresos en estas últimas, y su Mentor se convenció muy pronto de que no se hallaba en él ninguna aptitud para la metafísica. Sin embargo, tenia une docilidad estraordinaria en un príncipe, y estaba siempre pronto á seguir las opiniones de los demas, dejándose guiar por el último que le aconsejaba: tanto que resistiendo con no pequeño esfuerzo los ataques del sueño, escuchaba con una paciencia verdaderamente egemplar los doctos y perdurables discursos de Bonabben, que dejaron en su espíritu una idea ligera de casi todas las ciencias. De este modo llegó felizmente Ahmed á los veinte años de su edad; mas aunque podia pasar por un prodigio de saber, ignoraba absolutamente lo que era amor.
Por este tiempo se cambiaron las costumbres del príncipe: abandonó de todo punto los estudios, y pasaba los dias vagando por los jardines, ó sentado á la orilla de una fuente, abismado en profundas cavilaciones. Habíanle enseñado algunos principios de música, y empleaba una parte del dia en cultivar este arte, manifestando al mismo tiempo una aficion naciente á la poesía. Estos caprichos sobresaltaron al sábio Eben Bonabben, el cual trató de desvanecerlos por medio de un curso de álgebra; mas el príncipe tenia horror á todo lo que era cálculo: «No puedo soportar el estudio del álgebra, dijo; necesito alguna cosa que hable á mi corazon.
--¡Medrados estamos! dijo para sí el sábio preceptor, meneando la despoblada cabeza. ¡Adios filosofía! el príncipe ha descubierto que hay corazon.» Desde entonces dobló la vigilancia con que celaba todos los pasos y acciones de su alumno, y no tardó en conocer que su propension natural á la terneza se habia ya desarrollado, y solo necesitaba un objeto para acabar de manifestarse. Veíasele con frecuencia discurriendo sin direccion por los jardines embebecido en una especie de enagenamiento, cuya causa ignoraba él mismo: algunas veces parecia hallarse sumergido en una ilusion deliciosa; otras tomaba un laud, y pulsándole con blandura, le hacia producir los sonidos mas tiernos, tras lo cual solia arrojarle con despecho lejos de sí, suspirando y prorumpiendo en esclamaciones apasionadas.
Esta disposicion al amor la manifestaba hasta con los objetos inanimados: tenia algunas flores favoritas, á las que prodigaba las atenciones mas asiduas; tomó cariño á muchos árboles, y uno en particular le inspiró la mas viva pasion por su graciosa forma y delicado ramage, que se inclinaba al suelo blandamente. Esculpia su nombre en la corteza, adornaba sus ramas con guirnaldas, y acompañándose con el laud, cantaba coplas en su alabanza.
El sábio Eben Bonabben entró en graves temores al observar en su alumno estos síntomas de escitacion: veíale al umbral de la ciencia vedada, el menor indicio bastaba ya para descubrirle el secreto fatal. Temblando pues por la seguridad del príncipe y por su propia cabeza, se apresuró á alejarle de las seducciones del jardin, y con este objeto le confinó en la torre mas alta del Generalife. Contenia esta magníficas habitaciones, desde donde descubria la vista un horizonte inmenso; pero su elevacion la separaba de aquella atmósfera embalsamada, de aquellos bosquecillos risueños, tan peligrosos para el sobrado sensible Ahmed.
Mas era necesario conciliar al príncipe con esta medida violenta, y procurarle alguna distraccion que le hiciese mas llevadera su soledad. Habia ya apurado todos los estudios amenos, y no podia hablársele de álgebra ni de nada que se le pareciese; mas por fortuna Eben Bonabben se acordó de que en otro tiempo habia aprendido en Egipto la lengua de los pájaros, la cual le enseñára un rabino judío, que la habia heredado directamente del sábio Salomon. Al solo nombre de esta ciencia brillaron de alegria los ojos del príncipe, el cual se aplicó á su estudio con tal teson, que en poco tiempo se halló tan versado en ella como su mismo maestro.
La torre del Generalife dejó desde entonces de ser una soledad para Ahmed, pues este tenia á toda hora con quien hablar. Su primer conocimiento de vecindad fue el de un gavilan, que tenia su guarida en una hendidura de las almenas, desde cuya elevacion se lanzaba sobre la presa que á lo lejos descubria. Mas el príncipe halló poco agradable la amistad de este pájaro: verdadero pirata del aire, su conversacion se componia únicamente de fanfarronadas sobre sus rapiñas, su valor y sus hazañas.
Mas adelante se relacionó Ahmed con un buho de aspecto grave y presumido, cabeza voluminosa y ojos redondos y espantados. Este pasaba todo el dia dormitando en un agujero de la muralla, de donde no salia hasta la noche: picábase de sábio; de cuando en cuando dejaba escapar algunas voces campanudas sobre la astrología; hablaba de la luna, y daba á entender que no era del todo estraño á las ciencias ocultas; mas estaba furiosamente apasionado á la metafísica, y sus disertaciones eran aun mas intolerables que las del sábio Eben Bonabben.
Algunas veces tambien solia el príncipe comunicar con un murciélago, que pasaba el dia pegado á la pared en un rincon oscuro de la bóveda, y solo salia al anochecer para dar algunos paseos, por decirlo así, con chinelas y gorro de dormir. Esta ave no tenia tampoco sino ideas superficiales de todo, se mofaba de las cosas que ignoraba, ó de que solo habia adquirido conocimientos imperfectos, y no hallaba placer en nada.
Completaba la plumífera sociedad una golondrina, con quien el príncipe trabó al principio estrechas relaciones: era una habladora eterna, pero muy picotera y quisquillosa; y como nunca paraba en un punto, se hacia imposible tener con ella una conversacion seguida.
Tales eran los únicos compañeros con quienes podia el príncipe egercitar la nueva ciencia, que habia adquirido; porque la torre estaba demasiado elevada para que pudiesen frecuentarla otras aves. Cansóse pronto de sus nuevos conocimientos, cuya conversacion, poco interesante para su espíritu, no decia nada á su corazon, y poco á poco volvió á caer en su primera melancolía. Pasó el invierno, y volvió la primavera con su séquito de flores y verdura, y su dulce y balsámico aliento; llegó el tiempo dichoso en que las aves vuelan de dos en dos á labrar sus nidos en la enramada. De repente, cual si correspondieran á una señal convenida, se levantó de las florestas del Generalife un concierto de dulce melodía, y llegó hasta los oidos del príncipe en la elevada soledad de su torre. Todas las voces cantaban el mismo tema: _Amor_, _amor_, _amor_: esto era lo que se oía proferir en todos los tonos. Escuchaba el príncipe en silencio perplejo y sobresaltado: «¿Qué será este amor, discurria, que parece ocupar al mundo entero, al paso que á mí me es absolutamente desconocido?» Quiso tomar algunas noticias por medio de su amigo el gavilan; mas este bribon le respondió con tono de burla: «Dirigíos á las pacíficas y vulgares aves de la tierra, destinadas á servirnos de pasto á nosotros los príncipes del aire; ellas podrán satisfacer vuestras preguntas: por lo que á mí hace, no conozco mas oficio que la guerra, ni otras delicias que los combates; en una palabra, soy un guerrero é ignoro de todo punto lo que es amor.»
El príncipe se apartó de él disgustado, y se fue á buscar al buho que estaba escondido en su retiro. «Este, decia, es un pájaro sensato y reflexivo, que sin duda podrá darme las noticias que necesito.» Con efecto, suplicó al buho que le dijese qué venia á ser el amor que cantaban en aquel momento todas las aves de las florestas inmediatas á la torre.
Á esta pregunta se manifestó el buho sorprendido é incomodado. «Mis noches, contestó con cierto aire de dignidad ofendida, están consagradas á las investigaciones científicas, y mis dias á rumiar en mi retiro todas las especies que he recogido en mis viages. Por lo que hace á esas aves vocingleras de que me hablais, jamas me he cuidado de escucharlas; porque las desprecio á ellas y á los objetos de sus necias canciones. Yo no canto, loado sea Allah; soy un filósofo é ignoro de todo punto lo que es amor.»
Oida esta respuesta, se trasladó el príncipe al rincon, en donde su amigo el murciélago estaba colgado de las patas, y despertándole, le dirigió la misma pregunta. El murciélago, frunciendo el hocico, puso un gesto el mas ceñudo y emperrado, y le respondió regañando. «¿Á qué venís ahora á interrumpir de este modo mi sueño de la mañana para hacerme una pregunta necia? Yo no salgo sino al anochecer cuando se hallan durmiendo todas las demas aves, y nunca me mezclo en sus negocios. Á Dios gracias, no pertenezco á las aves ni á los cuadrúpedos; he descubierto los vicios de unos y otros, y los aborrezco á todos igualmente. En una palabra, soy misantropo é ignoro de todo punto lo que es amor.»
En último recurso acudió el príncipe á la golondrina, y la detuvo á la que pasaba en uno de sus círculos por lo mas elevado de la torre.
La golondrina, segun su costumbre, andaba muy atrafagada, y apenas se detuvo el tiempo preciso para contestar: «Os aseguro sobre mi palabra, le dijo, que como tengo que acudir á tantas cosas de interes general, no me he detenido jamas á pensar en el objeto de que me hablais. Todos los dias tengo cien visitas que hacer, y otros tantos negocios importantes que examinar, los cuales no me dejan tiempo para ocuparme en los frívolos objetos de las canciones que se oyen en derredor de los nidos. En una palabra, soy cosmopolita é ignoro de todo punto lo que es amor.»
Quedó Ahmed en la misma duda, y su curiosidad se aumentó todavía con la dificultad de satisfacerla. Hallándose un dia discurriendo sobre este objeto misterioso, entró en la torre su anciano preceptor, y viéndole el príncipe corrió luego á su encuentro, y le dijo con el mayor interes: «¡Ó sábio Eben Bonabben! tú me has revelado una gran parte de la sabiduría de la tierra; mas hay una cosa que ignoro absolutamente, y en la que tengo vivos deseos de instruirme.
--Diríjame mi príncipe las cuestiones que quiera, y toda la inteligencia de su siervo está á sus órdenes.
--Dime pues, ó el mas profundo de los filósofos, ¿cuál es la naturaleza de esa cosa que se llama amor?»