Part 3
Es imposible contemplar aquella antigua y privilegiada mansion de los árabes, aquel palacio donde las costumbres orientales desplegaron todo su esplendor y elegancia, sin que se renueven en la imaginacion las antiguas escenas que se han leido en las novelas: casi espera uno ver la blanca mano de una princesa que hace señas desde un balcon, ó bien unos ojos negros que lanzan miradas de fuego al traves de una celosía. El asilo de la hermosura existe aun allí como si lo hubiesen habitado ayer; mas ¿qué se han hecho las Zoraidas y Lindaraxas?
Al lado opuesto del patio de los Leones está la _sala de los Abencerrages_, llamada así en memoria de los valientes caballeros de aquella ilustre familia que fueron degollados en este sitio. No falta quien ponga en duda la verdad de esta historia en todos sus pormenores; pero nuestro humilde guia nos enseñó la portezuela por donde los hicieron entrar uno á uno, y la fuente de mármol blanco que existe en medio de la sala, en cuya taza cayeron sus cabezas; haciéndonos ademas observar en el pavimento ciertas manchas rogizas, las cuales nos dijo eran los rastros de su sangre, que jamas han podido borrarse; y persuadido de que le escuchábamos con fácil credulidad, añadió que algunas noches se percibia en el patio de los Leones un rumor sordo y confuso como el murmullo de una multitud, al que se unia de cuando en cuando un crujido semejante al estrépito de cadenas oido á cierta distancia. Es muy probable que estos ruidos provengan de las corrientes de agua que por diferentes cañerías pasan por bajo el piso para alimentar las fuentes; mas el hijo de la Alhambra los atribuía á las almas de los abencerrages degollados, que vagan durante la noche por el teatro de su suplicio, é imploran la venganza divina sobre su asesino.
Del patio de los Leones volvimos atras, y cruzando de nuevo el de la Alberca, llegamos á la torre de Comáres, que lleva el nombre del arquitecto que la construyó. Es fuerte, sólida, de atrevida elevacion, y domina todo el edificio y el lado mas escarpado de la colina, que baja rápidamente hasta la orilla del Darro. Por un cobertizo pasamos al salon inmenso que ocupa el interior de la torre, el cual era la sala de audiencia de los reyes de Granada, y se llama por esta razon la _sala de los Embajadores_. Todavía se descubren en él algunos vestigios de su antigua magnificencia: las paredes están adornadas de ricos arabescos de estuco; y en el techo, cimbrado de madera de cedro, que por la mucha elevacion apenas se distingue, brillan los hermosos dorados y ricas tintas del pincel árabe. Por tres lados del salon hay ventanas abiertas en el inmenso espesor de las paredes, y desde sus balcones, que dan á las frondosas márgenes del Darro, y á las calles y conventos del Albaicin, se descubre á lo lejos la vega.
Bien pudiera yo describir prolijamente otras piezas elegantes como son el _Tocador de la reina_, que es un mirador abierto en lo mas alto de una torre, adonde solia subir la sultana á respirar la brisa refrigerante de los montes, y gozar de la vista de aquel paraiso que rodea el palacio; el pequeño patio retirado ó jardin de Lindaraxa con su fuente de alabastro, sus rosales y sus bosquecillos de mirtos y limoneros; y en fin, las salas y grutas de los baños, en donde la claridad y el calor del dia quedan reducidos á una luz misteriosa y una temperatura suave; mas no quiero detenerme en dar una relacion circunstanciada de estos objetos, porque mi idea en este momento se limita á introducir al lector en una mansion, que si quiere podrá recorrer conmigo durante todo el curso de esta obra, hasta irse familiarizando con sus localidades.
Diferentes acueductos de construccion árabe conducen de las montañas el agua que circula en abundancia por todo el palacio, llena los baños y los estanques, salta en medio de los salones y murmura bajo los enlosados de mármol. Cuando ha pagado su tributo á la mansion de los reyes y visitado sus prados y jardines, desciende en riachuelos y fuentes innumerables por los lados de la alameda que conduce á la ciudad, y mantiene en perpetua primavera los bosquecillos que embellecen y dan sombra á la colina de la Alhambra.
Se necesita haber habitado en los climas ardientes del mediodía para conocer todo el precio de un retiro, en donde los vientos frescos y suaves de los montes se unen á la frondosa verdura de los valles.
Entre tanto que la parte baja de la ciudad desfallece abrasada por los rayos de un sol devorador, y mientras la hermosa vega se mira agostada por un ardor sofocante, las frescas brisas de Sierra-Nevada juguetean en las altas salas de la Alhambra, difundiendo por todo su recinto los suaves aromas de los jardines que la rodean. Todo convida allí á aquel reposo profundo que constituye el mayor recreo en los paises meridionales; los medio cerrados ojos distinguen por entre los sombríos balcones el risueño paisage, y se gozan en aquella vista deleitosa, hasta que halagados por el manso ruido de los árboles y el suave murmullo de las aguas, se quedan dulcemente dormidos.
Economía doméstica.
Tiempo es ya de dar alguna idea del método de vida que establecí en esta singular habitacion. El palacio de la Alhambra está al cuidado de una buena vieja llamada D.ª Antonia Molina; pero mas conocida con el nombre familiar de _la tia Antonia_. Esta procura tener en buen estado las salas y jardines, y enseñarlos á los curiosos; y en recompensa recibe los regalos de los viageros y dispone de todo el producto de los jardines, escepto el tributo de frutas y flores que envia de cuando en cuando al gobernador. Esta buena muger y su familia, compuesta de un sobrino y una sobrina, hijos de dos hermanos suyos, habitan un ángulo del palacio. El sobrino Manuel Molina, es un jóven de carácter sólido y de una gravedad verdaderamente española. Despues de haber servido algun tiempo en España y en América, dejó la carrera militar y se puso á estudiar medicina, con la esperanza de ser un dia médico de la Alhambra, plaza que cuando menos vale tres mil reales al año. En cuanto á la sobrina es una andalucilla fresca y rolliza, de ojos negros y gesto risueño, que aunque se llama Dolores, desmiente con su alegre afabilidad la tristeza de este nombre. Esta jóven es la heredera declarada de todos los bienes de su tia, que consisten en algunas bicocas de lo interior del fuerte, cuyo alquiler produce cerca de tres mil reales. Desde los primeros dias de mi residencia en la Alhambra, ya descubrí yo que un amor discreto unia al prudente Manuel y á su vivaracha prima, los cuales solo esperaban para ver colmados sus votos la dispensa del Papa, precisa á causa del parentesco, y el título que debia dar al futuro el carácter de doctor.
Concerté con la señora Antonia todo lo relativo á mi habitacion y asistencia, y quedó convenido que la gentil Dolores cuidaria de mi aposento y me serviria á la mesa. Tenia ademas á mis órdenes un muchacho alto, rojo y tartamudo llamado Pepe, que trabajaba de ordinario en el jardin, y que me hubiera servido de criado con la mejor voluntad, á no haberle ganado por la mano Mateo Gimenez, el hijo de la Alhambra. Este despejado y oficioso personage, sin saber cómo, habia conseguido no separarse de mí desde nuestro primer encuentro; se entrometia en todos mis planes, y al fin logró ser admitido en debida forma como ayuda de cámara, _Cicerone_, guia y escudero-historiógrafo. Habíame sido preciso mejorar el estado de su guardaropa para que no afrentase al amo en el desempeño de sus diversas funciones; y en consecuencia, bien como la serpiente deja la piel, habia él dejado la vieja capa parda, y con no poca sorpresa de sus camaradas, se presentaba en la fortaleza con una chaqueta y un sombrero andaluz muy graciosos. El principal defecto de Mateo era un celo escesivo y un deseo inquieto de ser útil, con que llegaba á hacerse importuno. Como no dejaba de conocer que casi me habia forzado á admitirle en mi servicio, y que mis costumbres sencillas y tranquilas hacian de su empleo un beneficio simple; daba tormento á su ingenio para hallar medios de hacerse necesario á mi bien estar interior. En cierto modo era yo víctima de su solicitud, porque no podia poner el pie en el umbral del palacio para salir á dar un paseo por la fortaleza, sin verle luego á mi lado para esplicarme todo lo que se presentase, y si me resolvia recorrer las colinas inmediatas, se empeñaba en seguirme para servirme de guarda; bien que yo estoy íntimamente convencido de que en caso de algun ataque, antes hubiera apelado á la ligereza de los pies que á la fuerza de los brazos. Con todo eso el pobre mozo era algunas veces divertido: sencillo, siempre de buen humor, y parlanchin como un barbero de lugar, está al corriente de todos los chismes del pueblo; pero lo que le da mas orgullo es el tesoro de noticias locales que posee. No existe en la fortaleza una sola torre, una puerta, una bóveda de la que no sepa una historia llena de prodigios, y creida por él como artículo de fe. La mayor parte de estas consejas las ha heredado de su abuelo, un sastrecillo hablantin y novelero, que habiendo vivido cerca de cien años, solo dejó dos veces el recinto de la fortaleza. Su tienda fue por mas de un siglo el punto de reunion de un enjambre de venerables chuzonas, que pasaban allí una parte de la noche hablando de los tiempos antiguos, de los acontecimientos maravillosos y de los misterios del edificio. Toda la vida, las acciones, los pensamientos del sastrecillo historiador habian quedado encerrados en los muros de la Alhambra: aquellos muros le vieron nacer, crecer y envejecer; allí halló su existencia, allí murió y allí fue enterrado. Mas felizmente para la posteridad, sus tradiciones no murieron con él: el auténtico Mateo, cuando era mozalvete, escuchaba embelesado las narraciones de su abuelo y de las viejas que formaban su tertulia, y de este modo acumuló en su cabeza un tesoro de conocimientos verdaderamente preciosos sobre la Alhambra: conocimientos que no se hallan en ningun libro, y que en realidad son dignos de la atencion de todo viagero curioso. Tales eran los personages que contribuían á hacer cómoda y agradable mi vida doméstica de la Alhambra; y yo creo que ninguno de los soberanos cristianos ó musulmanes que me precedieron en aquel palacio, fue servido con mas fidelidad, ni gozó de un imperio mas pacífico.
Luego que me levantaba, Pepe, el jardinero tartamudo, me traía flores acabadas de coger, y la diestra mano de Dolores, que no dejaba de tener cierto orgullo mugeril en la decoracion de mi cuarto, las colocaba luego en jarros dispuestos al intento. Almorzaba y comia segun el humor que reinaba, ya en una de las salas, ya bajo los pórticos del patio de los Leones, rodeado de flores y de fuentes; y cuando deseaba correr la campiña, mi infatigable escudero me acompañaba á los parages mas pintorescos de los montes ó valles inmediatos, refiriéndome en cada uno de estos puntos alguna aventura maravillosa de que habia sido teatro. No obstante mi aficion á la soledad, solia interrumpir la uniformidad de la mia, pasando algunos ratos con la familia de Doña Antonia, que se reunia de ordinario en una antigua cámara morisca que servia de cocina y de salon. Á un estremo de la pieza estaba una chimenea groseramente construída, cuyo humo habia tiznado las paredes, y borrado casi del todo los arabescos; al otro habia un balcon que caía á la orilla del Darro, y daba libre entrada á la fresca brisa de la noche. Allí pues hacia yo mi frugal cena, compuesta de frutas y leche, entreteniéndome al mismo tiempo con la conversacion de aquellas buenas gentes. Nunca deja de hallarse entre los españoles lo que ellos llaman ingenio natural; y de ahí es que cualquiera que sea su educacion y su clase, siempre su conversacion es interesante y agradable; á lo cual debe añadirse, que merced á cierta dignidad inherente al carácter, nunca son bajos sus modales. La buena tia Antonia es una muger de no menos ingenio que juicio, aunque sin ninguna especie de cultura; y la graciosa Dolores, que en todo el discurso de su vida no habia leido cuatro volúmenes, ofrecia una reunion interesante de sencillez y agudeza, y muchas veces me dejaba admirado con sus discretas ocurrencias. Algunas noches el sobrino, con el conocido objeto de instruir y agradar á su primita, nos leía una comedia de Calderon ó Lope de Vega; mas con grande mortificacion suya, la muchacha solia quedarse dormida antes de concluirse el primer acto. De cuando en cuando recibia la tia Antonia á sus humildes amigos y dependientes las mugeres de los inválidos y los habitantes de la aldea, todos los cuales miraban con el mayor respeto á la intendenta del palacio, la hacian la córte, y la participaban las noticias de la fortaleza y las novedades que corrian por Granada, cuando llegaban por casualidad á sus oidos. En estos corrillos de viejas he aprendido yo muchas veces hechos curiosos, que me han ilustrado mucho sobro las costumbres del pueblo español, instruyéndome en ciertas particularidades muy interesantes de los usos locales. Que se me perdone pues la relacion de estas sencillas diversiones, que tal vez parecerá insignificante á los que no conocen el embeleso que las daban á mis ojos los sitios en donde pasaban. Hallábame en un suelo encantado y rodeado de recuerdos romanticos. Salido apenas de la infancia, recorrí en las riberas del Hudson una antigua historia de las guerras de Granada, y esta ciudad se hizo el objeto de mis dulces delirios. Desde aquel momento mi imaginacion me habia trasportado mil veces á los salones de la Alhambra, y al verme ahora en ellos, bastaba apenas el testimonio de mis sentidos á persuadirme que se hubiese realizado para mí un verdadero castillo en España[1]. ¿Me hallo efectivamente, decia, en el palacio de Boabdil? ¿Es aquella Granada tan célebre en los fastos de la caballería, la que distingo desde este elevado balcon? Sí, no es ilusion: recorro á mi placer estos salones orientales, oigo el murmullo de las fuentes, respiro la fragancia de las rosas, cedo á la influencia de esta atmósfera embalsamada, y casi me persuado que me hallo en el paraiso de Mahoma, y que la tierna y graciosa Dolores es una de las hurís de brillantes ojos, destinadas á hacer la felicidad de los verdaderos creyentes.
[1] Esto alude á la frase francesa: _Faire des châteaux en Espagne_, que equivale á la castellana: _Hacer castillos en el aire_.
Tradiciones locales.
El pueblo español tiene una pasion oriental á los cuentos, y señaladamente á los que refieren acontecimientos maravillosos. Es muy comun en España el ver á las gentes vulgares reunidas en un corro á la puerta de sus cabañas, ó bajo las inmensas campanas de las chimeneas de las ventas, escuchando embelesadas las leyendas en que se trata de las peligrosas aventuras de los viageros, ó de las refriegas de los ladrones y contrabandistas. Pero los temas favoritos de estas historias son los tesoros escondidos por los moros: al atravesar aquellas montañas desiertas, teatro otro tiempo de tantos combates gloriosos, no encuentra el viagero una sola atalaya puesta sobre un pico elevado en medio de las rocas, ó dominando un lugarejo que parece abierto á pico en la peña, sin que el mozo que le acompaña no se quite el cigarro de la boca para referirle alguna conseja de las monedas árabes que están enterradas bajo sus cimientos. Ni se halla tampoco un solo alcázar en las ciudades que no tenga tambien su historia dorada, trasmitida entre los pobres del pueblo de generacion en generacion.
Estas tradiciones, como la mayor parte de las fábulas populares, deben su orígen á algunos hechos verdaderos. Durante las guerras de moros y cristianos, que afligieron por tanto tiempo el pais, los castillos y las ciudades mudaban de dueño con gran frecuencia, y sus habitantes cuando se veían sitiados, solian enterrar sus alhajas y dinero en las cuevas y en los pozos, como se practica aun en las naciones guerreras del oriente. En la época de la espulsion de los moros, muchos de ellos escondieron los efectos mas preciosos que poseían, con la esperanza de regresar muy pronto á su tierra natal y recobrar su tesoro. Ello es cierto que algunas veces cavando entre las ruinas, ó en las inmediaciones de las casas ó palacios moriscos, se han hallado arcas llenas de monedas de oro y de plata, que vuelven á ver la luz despues de haber estado enterradas por espacio de muchos años; y basta un corto número de estos hechos para dar lugar á mil fábulas.
Estas historias se presentan con aquella reunion de gótico y oriental, que en mi concepto caracteriza todos los usos y rasgos esenciales de las costumbres de España, señaladamente en las provincias meridionales: el tesoro escondido está siempre protegido por un encanto; unas veces le defiende un horrible dragon, otras le guardan unos moros encantados, que al cabo de siglos permanecen aun armados de punta en blanco, con la espada desnuda é inmóviles como unas estátuas, en el sitio donde fueron enterradas sus riquezas.
Es muy natural que la Alhambra, en razon de las circunstancias particulares de su historia, preste materia mas amplia á estas ficciones que ninguno de los otros lugares célebres en las crónicas; y algunos vestigios encontrados de tarde en tarde entre sus ruinas, han acreditado las maravillosas tradiciones que sobre ellos andan esparcidas. En una ocasion se desenterró una olla llena de oro, y el esqueleto de un gallo; y los mas inteligentes en estas materias, opinaron que esta ave habia sida enterrada viva. En otro tiempo se descubrió una caja, y dentro de ella se halló un grande escarabajo cubierto de inscripciones árabes, que se creyó fuesen palabras mágicas de gran virtud. En una palabra, los ingenios mas aventajados de la poblacion andrajosa de la Alhambra, se han devanado los sesos hasta lograr que no hubiese en esta antigua fortaleza una torre, una sala, ni una bóveda sin su correspondiente historia prodigiosa. Creo que los capítulos anteriores habrán familiarizado ya á mis lectores con las localidades de este palacio, y así voy á engolfarme atrevidamente en sus pasmosas leyendas, que me ha sido preciso restaurar enteramente, reuniendo los fragmentos que me fueron contados en diferentes épocas y por distintas personas; bien así como un sábio anticuario suele formar un documento histórico con algunas letras sueltas de una inscripcion medio borrada por el tiempo.
Si el lector encontrase en mis relaciones alguna cosa increible, tenga la bondad de considerar que el sitio en que me hallo no puede gobernarse por las leyes de la probabilidad que rigen en las escenas de la vida comun. El suelo que piso está encantado, y los acontecimientos mas tribiales reciben en él un aspecto sobrenatural y maravilloso.
La Casa del Gallo.
En la cumbre de la alta colina del Albaicin, que es el barrio mas elevado de Granada, se ven los restos de un castillo levantado poco despues de la conquista de España por los árabes. Al presente está trasformado en una fábrica, y ha caido en tal olvido, que á pesar del ausilio que me prestaba el sapientísimo Mateo, me costó gran trabajo el descubrirle. Este edificio conserva aun el nombre con que fue conocido por espacio de algunos siglos; esto es, el de _casa del Gallo de viento_. Se llamó así por tener en la parte superior una figura de bronce que giraba á modo de veleta á todos vientos, y representaba un guerrero á caballo, armado de lanza y adarga, con dos versos árabes, que dicen así traducidos al castellano:
Dice el sábio Aben-Habuz Que así se defiende el andaluz.
Este Aben-Habuz, segun las crónicas árabes, fue uno de los capitanes de Tarik, quien le nombró alcaide de Granada; y es probable que hiciese erigir dicha efigie guerrera, para recordar á los habitantes musulmanes del pais, que hallándose como se hallaban rodeados de enemigos, su seguridad exigia que estuviesen á toda hora prontos á combatir.
Sin embargo, las tradiciones populares esplican de otro modo lo que concierne á Aben-Habuz y su palacio, y nos enseñan que el guerrero de bronce fue en su orígen un talisman que tenia oculta una gran virtud; mas que con el tiempo ha perdido su poder mágico, quedando reducido á una simple veleta.
Estas tradiciones son las que me he propuesto dejar consignadas en el capítulo siguiente.
Leyenda del Astrólogo Árabe.
En cierto tiempo, hace muchos siglos, reinaba en Granada un rey moro llamado Aben-Habuz, el cual era un conquistador retirado de los negocios; esto es, un hombre que despues de haber llevado en su juventud una vida de hostilidades y rapiñas continuas, cuando se vió viejo y débil, ya no deseó otra cosa sino vivir en paz con todo el mundo, poner á cubierto sus laureles, y gozar tranquilamente de los estados que habia usurpado á sus vecinos.
Sucedió sin embargo, que este monarca tan razonable y pacífico, tuvo que medir sus fuerzas con algunos rivales jóvenes, que hallándose con todo el fuego de su pasion á la gloria y á los combates, estaban decididos á pedirle cuentas de lo que habia usurpado á sus padres. Algunos puntos distantes de su territorio, que en los dias de su mocedad no se atrevian á rebullirse bajo su mano de hierro, trataron tambien de alborotarse ahora que aspiraba al descanso, llegando á amenazar á la capital. De modo que el desventurado Aben-Habuz, atacado en lo interior y en lo esterior, vivia en continuo sobresalto en medio de las montañas que rodean á Granada, sin saber por qué parte romperian las hostilidades.
En vano levantó atalayas en los montes, en vano hizo guardar todos los pasos por tropas estacionarias, que tenian órden de anunciar la proximidad de los enemigos con fuegos por la noche y ahumadas durante el dia: las habia con enemigos mas activos y vigilantes que él, y que á pesar de todas sus precauciones hallaban siempre medios de penetrar en sus tierras por algun desfiladero, talaban el pais y se llevaban consigo muchos prisioneros. ¿Se vió nunca un conquistador retirado y pacífico mas atormentado que el pobre Aben-Habuz? Hallábase en tan triste situacion, abrumábanle las tribulaciones que por todas partes le rodeaban, cuando se presentó en su córte un médico árabe. Bajábale hasta la cintura una barba blanca y poblada, y todo su aspecto anunciaba una estrema vejez; mas no por esto habia dejado de hacer el viage á Egipto, á pie y sin mas ayuda que el apoyo de un baston en el que estaban grabados algunos geroglíficos. Habíale precedido su celebridad: llamábase Ibrahim Eben Abou Agib, creíasele nacido en tiempo de Mahoma, y se decia que su padre Abou Agib habia sido el último compañero de este profeta. El Eben Abou Agib de que ahora hablamos, habiendo seguido en su juventud el egército victorioso de Amrou en Egipto, fijó su residencia en este pais, en donde permaneció muchos años con el objeto de estudiar las ciencias abstractas, y particularmente la mágia con aquellos sacerdotes. Decíase ademas que poseía el secreto de prolongar la vida, y que por su medio habia cumplido ya mas de dos siglos: la lástima era que habia descubierto el secreto siendo ya muy viejo, y solo habia podido perpetuar sus rugas y sus canas.