Part 2
El anciano se dirigió hácia Archidona, su pais natural, que descubríamos á poca distancia en la cima de un monte escarpado, y en el camino nos hizo reparar en las ruinas de un antiguo castillo de los moros, que habitó uno de sus reyes en tiempo de las guerras de Granada. «La reina Isabel, nos dijo, le sitió con un egército poderoso; mas él, mirándolo desde lo alto de su fortaleza, se burlaba de sus esfuerzos. Entonces se apareció la Vírgen á la reina, y á ella y á sus soldados los condujo por un camino misterioso, que nadie hasta entonces habia frecuentado ni frecuentó despues. Cuando el moro vió llegar á la reina quedó pasmado, y acosando el caballo hácia el precipicio, se arrojó en él y se hizo pedazos. Aun se ven á la orilla del peñasco las señas de las herraduras, y ustedes mismos pueden descubrir desde aquí el camino por donde la reina y el egército subieron á la montaña, que se estiende á manera de una cinta á lo largo de sus laderas; mas lo que hay en esto de milagroso es, que aunque á cierta distancia puede conocerse, desaparece luego que se trata de examinarle de cerca.» El camino ideal que el buen pastor nos enseñaba, no era probablemente otra cosa que alguna arroyada arenosa, que se distinguia á cierta distancia en que la perspectiva disminuía su anchura, y se confundia con el resto de la superficie cuando se miraba mas de cerca.
Como con el vino y la buena acogida se habia restablecido el anciano, nos refirió otra historia de un tesoro que el rey moro habia enterrado bajo el castillo, junto á cuyos cimientos estaba situada su casa. El cura y el boticario del pueblo, habiendo soñado por tres veces en el tesoro, hicieron una escavacion en el parage que sus sueños les habian indicado, y el yerno de nuestro convidado oyó por la noche el ruido de los azadones. Nadie sabe lo que hallaron; pero lo cierto es que ellos se hicieron ricos de repente y guardaron su secreto. De modo que el viejo pastor se habia visto al umbral de la fortuna; mas estaba decretado que él y esta no habian de morar jamas bajo un mismo techo.
Tengo observado que las historias de tesoros enterrados por los moros corren principalmente entre las gentes mas pobres de España, como si la naturaleza quisiese compensar con la sombra la falta de la realidad: el hombre sediento sueña arroyos y fuentes cristalinas, el que tiene hambre banquetes opíparos, y el pobre montes de oro escondido: no hay cosa mas rica que la imaginacion de un mendigo.
La última escena de nuestro viage que referiré, es la noche que pasamos en la pequeña ciudad de Loja, célebre plaza fronteriza en tiempo de los moros, y en cuyas murallas se estrelló el poder de Fernando. De esta fortaleza salió el viejo Aliatar, suegro de Boabdil, acompañado de su yerno para la desastrada espedicion, que acabó con la muerte del general y la prision del monarca. Está Loja en una situacion pintoresca en medio de un desfiladero que sigue las márgenes del Genil, circuida de rocas inaccesibles, bosquecillos, prados y jardines. Nuestra posada, que en nada desdecia del aspecto del pueblo, la tenia una jóven y linda viudita andaluza, cuya basquiña negra de seda guarnecida de franjas, dibujaba graciosamente unas formas mórbidas y elegantes. Paso firme y ligero, ojos negros y llenos de fuego, y su aire de presuncion y su esmerado aliño, manifestaban sobradamente que estaba acostumbrada á escitar la admiracion.
Un hermano, que tendria en corta diferencia la misma edad, ofrecia con ella el perfecto modelo del majo y la maja andaluces. Era alto, robusto y bien dispuesto; color moreno claro, ojos negros y brillantes, y patillas castañas y rizadas que se unian por bajo de la barba. Ajustaba su cuerpo una chaquetilla de terciopelo verde, adornada de un sinnúmero de botoncillos de plata, y por cada una de las faltriqueras asomaba la punta de un pañuelo blanco; calzon de la misma tela, con una carrera de botones que bajaba desde la cadera á la rodilla; rodeaba su cuello un pañuelo de seda color de rosa, que pasando por una sortija, bajaba á cruzarse sobre una camisa aplanchada con esmero. Llevaba ademas un cinto, lindos botines de hermoso becerro leonado, que abiertos hácia la pantorrilla, dejaban ver una media muy fina; y en fin, zapatos anteados, que hacian campear con ventaja un pie perfecto.
Hallándose este á la puerta llegó un hombre á caballo, y en voz baja entabló con él una conversacion que parecia muy séria. Su trage era del mismo gusto, y casi tan elegante como el del huésped: podria tener treinta años, era alto y fornido, y aunque ligeramente pintado de viruelas, no dejaba de haber gracia en sus bellas facciones; su ademan y su aire, no solo tenian soltura sino resolucion, y aun osadía. El poderoso caballo que montaba, negro como el azabache, estaba adornado de gallardos arreos, y llevaba un par de trabucos pendientes del arzon trasero. La figura de este hombre me hizo acordar de los contrabandistas que habia visto en los montes de Ronda. Conocí que tenia íntimas relaciones con el hermano de nuestra huéspeda, y tambien pensé, salvo error, que era amante favorecido de la graciosa viuda. Con efecto, toda la casa y sus habitantes tenian cierto aspecto de contrabando: la carabina descansaba en un rincon, junto á la guitarra. El referido caballero pasó la noche en la posada, y cantó con mucha espresion diferentes romances guerreros de las montañas. Estando nosotros cenando, llegaron dos pobres asturianos pidiendo un pedazo de pan y un asilo para pasar aquella noche. Habíanlos asaltado los ladrones al volver de una feria, y despues de robarles el caballo con las mercaderías que llevaba, el dinero y una parte de sus vestidos, los habian apaleado porque quisieron defenderse. Mi compañero, con la pronta generosidad que le es natural, pidió cena y cama para los dos, y les dió el dinero que necesitaban para llegar á sus casas.
Á medida que entraba la noche, iban presentándose en la escena nuevos personages. Un hombre alto y gordiflon, de unos sesenta años, vino á tomar parte en la alegre cháchara de la huéspeda. Vestia el trage ordinario del pais, con la adicion de un enorme sable que llevaba bajo el brazo; sus anchos bigotes daban al semblante cierta gravedad, que anunciaba una especie de insolente confianza, y al parecer le miraban todos con mucho respeto.
Sancho nos dijo al oido que aquel personage era D. Alfonso Gutierrez, el héroe y campeon de Loja, célebre por su fuerza prodigiosa, y por las muchas hazañas con que se señaló en tiempo de la invasion francesa. Con efecto, su lenguage y singulares maneras me divertian estraordinariamente; porque nuestro hombre era un verdadero andaluz, cuya jactancia igualaba cuando menos á su bravura. Iba siempre cargado con su sable como una niña con la muñeca; tan pronto le tenia en la mano como bajo el brazo, llamábale su _santa Teresa_, y solia decir: «Cuando le saco tiembla la tierra.»
Estuvimos hasta muy tarde oyendo las conversaciones de tan diversos personages, que platicaban juntos con toda la franqueza de una posada española. Oimos cantares de contrabandistas, historias de ladrones, antiguos romances moriscos, y por fin de fiesta, nuestra bella huéspeda cantó _los infiernos_, ó las regiones infernales de Loja, que son unas cavernas sombrías, por donde corren y se precipitan con espantoso estruendo rios y cascadas subterráneas. El vulgo cree que desde tiempo de los moros, cuyos reyes tenian sus tesoros en estas cuevas, habitan en ellas monederos falsos.
No seria difícil llenar estas páginas de incidentes de nuestra espedicion; pero me llaman otros objetos. Viajando de este modo, Salimos en fin de los montes para entrar en la hermosa vega de Granada. Sentámonos á la orilla de un riachuelo sombreado de frondosos olivos, y allí hicimos nuestra última comida á campo raso, teniendo á la vista la antigua capital del postrer reino musulman en España. Las altas torres de la Alhambra comunicaban á la ciudad un interes irresistible, al paso que la Sierra-Nevada descollaba por encima de los edificios á manera de una corona de plata. Brillaba el dia puro y despejado, y la fresca brisa de los montes templaba los ardores del sol. Cuando hubimos comido tendimos las capas, y disfrutamos por última vez del placer de dormir sobre el césped, halagados por el blando susurro de las abejas que vagan de flor en flor, y el tierno arrullo de las tórtolas que posan en los olivos. Pasadas las horas del calor volvimos á emprender la marcha, y despues de haber caminado entre vallados de aloes y bananos, y atravesado una multitud de jardines, llegamos á la que anochecia á las puertas de Granada.
Á los ojos del viagero que se halle poseido de un sentimiento de predileccion hácia la histórica y poética Alhambra de Granada, es este monumento tan venerable como para los peregrinos musulmanes la Kaaba ó casa sagrada de Mahoma. ¡Cuántas leyendas y tradiciones verdaderas ó fabulosas, cuántos cantares, cuántos romances amorosos ó heroicos, españoles ó árabes tienen por objeto este edificio encantado! ¡Figúrese pues el lector cuál seria nuestro alborozo, cuando á poco de haber llegado á Granada, nos permitió el gobernador de la Alhambra que habitásemos los aposentos que tenia desocupados en aquel palacio de los reyes moros! Los siguientes rasgos son el fruto de mis investigaciones y meditacion durante esta deliciosa permanencia; y si pudiesen comunicar á la imaginacion del lector una parte del misterioso interes que inspiran los sitios donde fueron trazados, yo sé que habia de lastimarse de no haber pasado un verano conmigo en aquellos salones de la Alhambra, tan fecundos en memorias maravillosas.
Gobierno de la Alhambra.
Es la Alhambra una fortaleza antigua, ó un palacio fortificado, desde cuya morada dominaban los reyes moros de Granada su ponderado paraiso terrenal, y en donde estuvo la última silla de su imperio en España. El palacio forma solo una parte de la fortaleza, cuyas almenadas murallas se estienden en direccion irregular en derredor de la cresta de una elevada colina que se desprende de la cadena de montes nevados y domina la ciudad. En tiempo de los moros podia esta fortaleza contener en su recinto un egército de cuarenta mil hombres, y no pocas veces sirvió á los soberanos de asilo contra sus vasallos sublevados. Despues de haber pasado el reino á manos de los cristianos, siguió la Alhambra siendo una morada real, y la habitaron algunas veces los monarcas castellanos. Cárlos V comenzó á levantar un palacio dentro de sus muros; mas los repetidos terremotos no dejaron llevar adelante esta empresa. Los últimos reyes que habitaron este edificio, fueron Felipe V y su esposa la reina Isabel de Parma, al principio del siglo diez y ocho.
Hiciéronse grandes preparativos para recibirlos, se reparó el palacio y los jardines, y se construyeron nuevas habitaciones, que fueron ricamente adornadas por artistas italianos. Mas á pesar de todo, despues de la mansion pasagera de estos príncipes, la Alhambra quedó de nuevo desierta y desolada, si bien se conservaba siempre en ella un estado militar y guarnicion bastante numerosa. El gobernador era nombrado directamente por el rey, y su jurisdiccion se estendia hasta los arrabales de la ciudad, sin ninguna dependencia del capitan general de Granada. Habitaba la parte que corresponde á la fachada del antiguo palacio, y jamas bajaba á Granada sin algun aparato militar. La fortaleza era en efecto una pequeña ciudad, pues que contenia muchas calles, un convento de franciscos y una iglesia parroquial.
Pero el abandono de la córte fue un golpe fatal para la Alhambra: sus hermosas salas fueron deteriorándose de dia en dia, quedando muchas del todo arruinadas; destruyéronse los jardines, y las fuentes cesaron de correr. Un enjambre de vagabundos se fue apoderando poco á poco de las partes desiertas de los edificios; los contrabandistas se aprovechaban de la independencia de su jurisdiccion para seguir con seguridad sus criminales operaciones; los ladrones, los pícaros de todas clases se refugiaban en su recinto, y dirigian desde allí sus tiros sobre Granada y sus inmediaciones. Por fin, puso el gobierno la mano, y desapareció este desórden: la plaza fue enteramente purificada, quedando solo en ella aquellos moradores de notoria honradez, y cuyo derecho de residencia era incontestable; demoliéronse la mayor parte de las casas, y únicamente se conservó una pequeña aldea, el convento y la parroquia. Durante las últimas guerras de la península, habiendo ocupado los franceses á Granada, pusieron una guarnicion en la Alhambra: alojóse el comandante en el palacio, y este monumento de la grandeza y de la elegancia de los moros, se salvó entonces de una completa devastacion por efecto de aquel gusto ilustrado que distingue á la nacion francesa. Se repararon los techos, y lo que quedaba de las salas y las galerías fue puesto á cubierto de la injuria del tiempo; se cultivaron los jardines, pusiéronse corrientes los conductos del agua, y volvió á saltar esta en medio de las flores: de modo que España debe á sus invasores la conservacion del mas hermoso y mas interesante de sus monumentos históricos.
Antes de evacuar la fortaleza, volaron los franceses muchas torres de la muralla esterior é inutilizaron las fortificaciones; y como desde entonces no existe ya la importancia militar de esta plaza, su guarnicion consiste únicamente en algunos inválidos, cuyo principal servicio está reducido á guardar las torres esteriores, que suelen servir para prision de reos de estado. El mismo gobernador ha abandonado ya las alturas de la Alhambra y vive en el centro de Granada, en donde le es mucho mas fácil comunicarse con el gobierno.
No puedo terminar esta breve noticia sin dar testimonio de la exactitud y laudable celo con que el actual comandante de la Alhambra D. Francisco de la Serna, llena los deberes de su destino, y emplea los cortos recursos de que puede disponer en reparar las ruinas del palacio, y retardar por medio de sabias precauciones una ruina que por desgracia es sobrado cierta. Si hubiesen hecho otro tanto sus predecesores, este monumento conservaria aun casi toda su belleza primitiva, y si el gobierno ausiliase los buenos deseos de este benemérito oficial, aquellos preciosos vestigios adornarian aun el pais por largo tiempo, y de todos los puntos de la tierra conducirian á él á los curiosos ilustrados.
Interior de la Alhambra.
Son tantas y tan minuciosas las descripciones que se han hecho de la Alhambra, que sin duda bastarán algunos rasgos generales para refrescar la memoria del lector. Voy pues á referir sucintamente la visita que hicimos á este monumento la mañana inmediata á nuestra llegada á Granada.
Habiendo salido del meson de la Espada, en donde parábamos, atravesamos la célebre plaza de Vivarrambla, teatro en otros tiempos de justas y torneos, y trasformada ahora en mercado muy concurrido. De allí pasamos al Zacatin, cuya calle principal era en tiempo de los moros un gran mercado: sus pequeñas tiendas y angostos soportales conservan aun el carácter oriental. Despues de haber cruzado la plaza donde se halla el palacio del capitan general, subimos una calle tortuosa y no muy ancha, cuyo nombre recuerda los dias caballerescos de Granada; á saber, la calle de los Gomeles, así llamada de una tribu famosa en las crónicas y en los romances, la cual conduce á una puerta de arquitectura griega, edificada por Cárlos V, que da entrada á los dominios de la Alhambra.
Dos ó tres veteranos, sentados en un banco de piedra, reemplazaban á los zegries y abencerrages; y el canoso centinela estaba hablando con un ganapan alto y seco, cuyo pardo y raido capote cubria apenas el resto de unos vestidos mas miserables todavía, el cual luego que nos descubrió se vino á nosotros, ofreciéndose á acompañarnos y enseñarnos la fortaleza.
Yo he mirado siempre á los _Ciceroni_ con cierta repugnancia de viagero, y el aspecto de este no me inclinaba ciertamente á hacer una escepcion en su favor.
«¿Sin duda, le dije, conocereis muy bien el edificio?
--Palmo por palmo, señor; como que soy hijo de la Alhambra.»
No puede negarse, que los españoles tienen un modo de espresarse muy poético. ¡Hijo de la Alhambra! Este título hirió mi imaginacion, los andrajos de mi interlocutor adquirieron á mis ojos cierta dignidad, pareciéronme el justo emblema de la vária fortuna del sitio, y por otra parte, cuadraban perfectamente á la progenitura de unas ruinas.
Le hice algunas preguntas, y quedé convencido de que tenia un derecho legítimo al título que tomaba: su familia habitaba la fortaleza desde el tiempo de la conquista, y él se llamaba Mateo Gimenez.
«¿Seréis tal vez, le pregunté, algun pariente del gran cardenal Gimenez?
--Quién sabe, señor; todo podria ser.... lo que no cabe duda es que somos la familia mas antigua de la Alhambra, cristianos viejos sin mezcla de moro ni judío. Yo sé que pertenecemos á una gran casa, pero no me acuerdo cuál: mi padre lo sabe todo, y conserva nuestro blason colgado á la pared de su cabaña, que está en lo mas alto de la fortaleza.» Estas razones, y el primer título que se habia dado el andrajoso hidalgo me cautivaron de modo, que desde luego acepté con gusto los servicios del hijo de la Alhambra.
Entramos en un angosto y profundo barranco lleno de bosquecillos y cubierto de verdura. Atravesábale una avenida rápida, y cortábanle en todas direcciones varios senderos tortuosos, adornados de fuentes y bancos de piedra. Á la izquierda se elevaban por encima de nuestras cabezas las torres de la Alhambra, y á la derecha, por la parte opuesta del barranco, nos dominaban otras no menos altas, edificadas sobre la peña viva: estas eran las _Torres bermejas_, llamadas así á causa de su color. Nadie conoce su orígen, si bien se sabe que son mucho mas antiguas que la Alhambra: algunos las suponen construidas por los romanos, y otros las creen obra de una colonia errante de los fenicios. Subiendo la sombría y rápida avenida, llegamos al pie de una torre cuadrada, que es la entrada principal de la fortaleza. Allí encontramos otro grupo de inválidos, uno de los cuales estaba de centinela bajo el arco de la puerta, en tanto que los demas dormian sobre los bancos de piedra, envueltos en sus capas. Llámase á esta la _puerta del Juicio_, porque durante la dominacion de los moros se reunia bajo su pórtico el tribunal que juzgaba inmediatamente las causas de poca entidad. Esta costumbre, comun á todo el oriente, se halla consignada en muchos pasages de la Escritura.
El gran vestíbulo ó pórtico lo forma un arco inmenso que se eleva casi hasta la mitad de la torre. Sobre la piedra fundamental de la bóveda esterior esta esculpida una mano gigantesca, y en la correspondiente de la parte interior se ve representada del mismo modo una enorme llave. Los que creen tener algun conocimiento de los símbolos mahometanos, dicen que la mano es el emblema de la doctrina, y la llave el de la fe; añadiendo que este último signo era el distintivo constante de los estandartes musulmanes cuando subyugaron la Andalucía. Mas el hijo legítimo de la Alhambra esplicaba la cosa de otro modo.
Segun Mateo, que se apoyaba en la autoridad de una tradicion trasmitida de padres á hijos desde los primeros habitantes de la fortaleza, la mano y la llave eran figuras mágicas, y pendia de ellas la suerte de la Alhambra. El rey moro que hizo construir este edificio, mágico famoso, y que aun, segun la opinion de muchos, habia vendido su alma al diablo, puso la fortaleza bajo el influjo de un encanto, en fuerza del cual ha resistido siglos enteros á los asaltos y terremotos que han destruido la mayor parte de los edificios moriscos; y es fama comun que el encanto conservará toda su virtud hasta el momento en que la mano se baje de tal modo que llegue á tocar la llave, en cuyo acto se hundirá la Alhambra, y quedarán de manifiesto los tesoros de los reyes moros que están enterrados bajo sus moles.
Sin embargo de esta espantosa prediccion, nosotros pasamos sin vacilar por bajo del arco encantado.
Desde allí, por un camino angosto y sinuoso practicado entre las murallas, subimos á una esplanada interior, llamada la _plaza de los Algibes_, en razon de unos grandes depósitos de agua abiertos en la peña, y tambien hay un pozo inmenso que da un agua sobremanera fresca y cristalina. Estas obras prueban la esquisita voluptuosidad de los árabes, y lo mucho que apreciaban obtener este elemento en toda su pureza.
En frente de esta esplanada se halla el palacio de Cárlos V, que debia eclipsar segun dicen á la antigua mansion de los reyes moros. Mas á despecho de su magnificencia y de una arquitectura que no carece de mérito, este monumento no parece otra cosa que un intruso orgulloso; y de ahí es que mi compañero y yo pasamos por delante sin detenernos, y nos dirigimos á la sencilla puerta por donde se penetra en el palacio antiguo.
La transicion es casi mágica: creímonos trasportados de repente á otros parages y á otro siglo, y que íbamos á presenciar las escenas que refiere la historia de los árabes. Nos hallamos en un gran patio pavimentado de mármol blanco, y decorado á sus ángulos con ligeros perístilos moriscos. Era el patio de la Alberca ó del gran Vivero, y ocupaba su centro un estanque de ciento treinta pies de largo, lleno de peces y circuido de rosales.
Al estremo superior de este patio se halla la torre de Comáres; pero nosotros, dirigiéndonos al lado opuesto, entramos por un pasadizo cubierto en el célebre _patio de los Leones_. Ninguna parte del edificio da una idea tan completa de su antigua magnificencia; porque ninguna ha sufrido menos los estragos del tiempo. Vese en el centro aquella fuente, tan famosa en la historia y en los cantos populares; las tazas de alabastro derraman de continuo una lluvia de líquidos diamantes, y los doce leones arrojan por las narices torrentes de agua cristalina lo mismo que en los dias de Boabdil. El patio se halla cubierto de flores y rodeado de ligeros arcos, adornados de esculturas y filigranas de una labor tan delicada como el encage, y sostenidos sobre delgadísimas columnas de mármol blanco. La arquitectura, lo mismo que la del resto del palacio, tiene mas elegancia que grandeza, y está indicando un gusto blando y delicado, y cierta disposicion á los placeres de la indolencia. Cuando se dirige la vista á aquellos pórticos aéreos con sus frágiles apoyos, que parecen obra de las hadas, apenas puede concebirse cómo el tiempo, los temblores de tierra, el abandono y la rapiña de los viageros curiosos, no menos temible que la de los guerreros, ha perdonado una parte tan grande de este monumento: estas reflexiones podrian casi hacer admitir la tradicion que le supone protegido por un encanto. Á un lado del patio, por una puerta ricamente adornada, se entra á una gran pieza embaldosada de mármol blanco, llamada la _sala de las dos hermanas_. Una cúpula abierta da paso al aire esterior, y deja penetrar una luz templada; la parte inferior de las paredes está incrustada de hermosos azulejos moriscos, en los cuales se ven los escudos de armas de los reyes moros; la superior se halla revestida de aquel hermoso estuco inventado en Damasco, compuesto de grandes chapas vaciadas y unidas con tanto arte, que parece se hayan esculpido en el mismo sitio los elegantes relieves y caprichosos arabescos que en ellas se ven entrelazados con testos del alcorán é inscripciones árabes. Los adornos de las paredes y de la cúpula están ricamente dorados, y sus intersticios revestidos de lapislázuli y otros colores hermosos y permanentes. Á uno y otro lado de la sala están las alcobas destinadas á contener las otomanas ó lechos orientales. Sobre un pórtico interior corre una galería que comunica con la vivienda de las mugeres; y todavía se ven allí las celosías por donde las lindas odaliscas del harem podian ver sin ser vistas las fiestas de la sala inferior.