Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie

Part 2

Chapter 24,016 wordsPublic domain

Las cosas iban de mal en peor para Rip Van Winkle a medida que transcurrían los años de matrimonio. El carácter desapacible nunca se suaviza con la edad, y una lengua afilada es el único instrumento cortante que se aguza más y más con el uso continuo. Por algún tiempo trató de consolarse en sus escapadas fuera de la casa, frecuentando una especie de club perpetuo de los sabios, filósofos y otros personajes ociosos del pueblo, que celebraba sus sesiones en un banco a la puerta de un pequeño mesón que ostentaba como muestra un rubicundo retrato de su majestad Jorge III. Acostumbraban sentarse allí a la sombra durante los largos y soñolientos días de verano, repitiendo indolentemente la chismografía del vecindario o relatando inacabables historias sobre cualquier friolera. Pero habría representado cualquier capital para los estadistas escuchar las profundas discusiones que a menudo tenían lugar cuando por casualidad algún viejo periódico tirado por cualquier transeúnte caía entre sus manos. ¡Cuán solemnemente atendían a su contenido conforme iba desentrañándolo el maestro de escuela, Dérrick Van Búmmel, docto y vivaracho hombrecillo que no se amedrentaba por la palabra más altisonante del diccionario! Y ¡cuán sabiamente deliberaban sobre los acontecimientos públicos algunos meses después de realizados!

Las opiniones de esta junta se sometían completamente al criterio de Nicholas Védder, patriarca de la aldea y propietario del mesón, a cuya puerta sentábase de la mañana a la noche, cambiando de sitio lo justamente indispensable para evitar el sol, y aprovechar la sombra de un gran árbol que allí junto crecía; de manera que los vecinos podían decir la hora por sus movimientos con tanta exactitud como por un cuadrante. Verdad es que rara vez se le oía hablar, pero en cambio fumaba su pipa constantemente. Sus admiradores (¿qué grande hombre carece de ellos?) le comprendían perfectamente y sabían la manera de interpretar sus opiniones. Cuando le disgustaba algo de lo que se leía o refería, podía observarse que fumaba con vehemencia lanzando frecuentes y furiosas bocanadas; pero cuando estaba satisfecho arrancaba suaves y tranquilas inhalaciones, emitiendo el humo en nubes plácidas y ligeras; y aun algunas veces, separando la pipa de sus labios y dejando que el humo fragante se ondulara a la extremidad de su nariz, movía gravemente la cabeza en señal de perfecta aprobación.

Pero aun de esta fortaleza se vió desalojado el infortunado Rip por su agresiva mujer, quien atacó repentinamente la paz de la asamblea volviendo polvo a todos sus miembros; y ni la augusta persona de Nicholas Védder quedó a salvo de la atrevida lengua de la terrible arpía que le acusó de alentar a su marido en sus hábitos de ociosidad.

El pobre Rip vióse al fin en los umbrales de la desesperación; siendo su única alternativa para escapar del trabajo de la alquería y de los clamores de su mujer, coger su fusil e internarse entre los bosques. Sentábase allí a veces al pie de un árbol y compartía el goce de sus alforjas con Wolf, con quien simpatizaba como compañero de miserias. "¡Pobre Wolf," acostumbraba decir, "tu ama te da una vida de perros; pero no te importe, compañero, que mientras yo viva no te faltará un fiel amigo!" Wolf movía la cola, miraba de hito en hito al rostro de su dueño y, si los perros pudieran sentir piedad, creería yo verdaderamente que experimentaba en el fondo de su corazón un sentimiento recíproco al que expresaba su amo.

En un hermoso día de otoño en que llevaba a cabo una de sus largas correrías, trepó Rip inconscientemente a uno de los puntos más elevados de las montañas Káatskill. Perseguía su distracción favorita, la caza de ardillas, y aquellas soledades habían retumbado varias veces al eco de su fusil. Fatigado y jadeante, echóse hacia la tarde a descansar en la cima de un verde montecillo cubierto de vegetación silvestre y que coronaba el borde de un precipicio. A través de un claro entre los árboles podía dominar toda la parte baja del terreno en muchas millas de rica arboleda. Veía a la distancia, lejos, muy lejos, el majestuoso Hudson deslizándose en curso potente y silencioso, reflejando aquí y allá ya una nube de púrpura, ya la vela de alguna barquilla remolona adormilada entre su seno cristalino, y perdiéndose al fin entre las azules montañas.

Por el otro lado hundía sus miradas en un valle profundo, salvaje, escabroso y desolado, cuyo fondo estaba sembrado de fragmentos amenazadores de rocas alumbradas apenas por la refracción de los rayos del sol poniente. Por algún tiempo reposó Rip absorto en la contemplación de esta escena. La noche caía gradualmente; las montañas comenzaban a tender sus grandes sombras azules sobre el valle; Rip comprendió que reinaría la obscuridad mucho antes de que pudiera regresar a la aldea y lanzó un hondo suspiro al pensamiento de afrontar la temida presencia de la señora Van Winkle.

Cuando se preparaba a descender, oyó una voz que gritaba a la distancia: "¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!" Miró en torno suyo, pero sólo pudo descubrir un cuervo cruzando la montaña en vuelo solitario. Creyó que hubiera sido una ilusión de su fantasía e iniciaba de nuevo el descenso, cuando llegó hasta él idéntico grito atravesando el ambiente tranquilo de la tarde: "¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!" al mismo tiempo que Wolf, erizando el lomo y lanzando un ladrido concentrado, refugiábase al lado de su amo, mirando temerosamente al valle. Rip sintió que una vaga aprensión se apoderaba de su espíritu; miró ansiosamente en la misma dirección y advirtió una figura extraña que avanzaba con dificultad en medio de las rocas, inclinándose bajo el peso de cierto bulto que llevaba en sus espaldas. Sorprendióse Rip de ver un ser humano en aquel lugar desierto y aislado; pero juzgando que pudiera ser alguien del vecindario necesitado de su ayuda, se apresuró a brindarle su asistencia.

Conforme se aproximaba sorprendíase más y más ante el aspecto singular del desconocido. Era un viejo pequeño y cuadrado, de barba gris y cabellos ásperos y enmarañados. Vestía a la antigua usanza holandesa: coleto de paño recogido a la cintura y varios pares de calzones, el de encima muy ancho y adornado de hileras de botones a los costados y borlas en las rodillas. Llevaba al hombro un barril que parecía lleno de licor y hacía señas a Rip para que se acercara y le ayudase a llevar su carga. A pesar de sentirse tímido y desconfiado con respecto de su nuevo conocido, obedeció Rip a su celo acostumbrado; y sosteniéndose mutuamente treparon ambos por una estrecha garganta que parecía el lecho desecado de algún torrente. Mientras subían, oía Rip de vez en cuando ruidos que retumbaban en ondulaciones como truenos lejanos y que parecían brotar de una profunda hondonada, o hendedura mejor dicho, entre inmensas rocas hacia las cuales conducía el áspero sendero que seguían. Detúvose Rip por un momento; mas prosiguió luego su camino imaginando que el rumor provendría de alguna de aquellas pasajeras tempestades de lluvia y truenos que a menudo estallan en la altura. Introduciéndose por la hendedura llegaron a una cavidad semejante a un pequeño anfiteatro rodeado de precipicios perpendiculares, sobre cuyas orillas tendían grandes árboles sus ramas colgantes, de manera que sólo podía vislumbrarse a trozos el cielo azul y las brillantes nubes de la tarde. Rip y su compañero, habían marchado en silencio durante todo el trayecto, pues aun cuando el primero se maravillaba grandemente al conjeturar el objeto de acarrear un barril de licor en aquellas montañas agrestes, había algo extraño e incomprensible en el desconocido que inspiraba temor y cortaba toda familiaridad.

Al penetrar en el anfiteatro aparecieron nuevos motivos de admiración. En el centro de una planicie veíase un grupo de extraños personajes jugando a los bolos. Vestían de fantástica y exótica manera; algunos llevaban casaca corta, otros coleto con gran daga al cinto, y la mayor parte ostentaban calzas enormes de estilo semejante a las del guía. Su aspecto era también peculiar: uno tenía larga barba, rostro ancho y ojos pequeñitos de cerdo; la cara de otro parecía constar únicamente de nariz y estaba coronada por un sombrero blanco pan de azúcar adornado de una pequeña cola de gallo encarnada. Todos llevaban barba, de diversas formas y colores. Había uno que aparentaba ser el jefe. Era un viejo y robusto gentilhombre de aspecto curtido por la intemperie; llevaba casaca, chorrera de encaje, cinturón ancho y alfanje, sombrero de copa alta adornado de una pluma, medias rojas y zapatos con rosetas. El conjunto del grupo recordaba a Rip las figuras de cierto cuadro antiguo flamenco, traído de Holanda en tiempo de la colonización y que se conservaba en el salón de Dominie Van Shaick, el párroco de la aldea.

Lo que encontraba Rip más extraño era que aun cuando indudablemente todos aquellos personajes trataban de divertirse, conservaran tanta gravedad en su semblante, un silencio tan misterioso, y formaran, en una palabra, la partida de placer más melancólica que pudiera presenciarse. Sólo interrumpía el silencio el ruido de los bolos, cuyo rodar repercutían los ecos a través de la montaña semejando el rumor ondulante de los truenos.

Cuando Rip y su compañero se aproximaron, los jugadores abandonaron súbitamente el juego y fijaron en el primero una mirada tan persistente, tan sepulcral, con tan singular y apagado continente, que sus rodillas se entrechocaron y el corazón le dió un vuelco dentro del pecho. Su compañero vaciaba entretanto el contenido del barril en grandes frascos, haciéndole señas de que sirviera a la compañía. Rip obedeció trémulo y asustado; bebieron ellos el licor en profundo silencio, volviendo luego a su juego.

Poco a poco fueron desapareciendo el terror y las aprensiones de Rip. Aun se aventuró a probar el licor cuando nadie le miraba, encontrando que tenía mucho del sabor de excelente holanda. Sediento por naturaleza, pronto sintió la tentación de repetir la prueba. Un trago provocaba otro trago; e hizo al fin al frasco visitas tan reiteradas, que sus sentidos se adormecieron, sus ojos nadaron en sus órbitas, su cabeza inclinóse gradualmente y quedó sumergido en profundo sueño.

Al despertar, encontróse en la verde hondonada donde vió por primera vez al viejo del valle. Se frotó los ojos. Era una brillante y hermosa mañana. Los pajarillos gorjeaban y revoloteaban entre la fronda, el águila formaba círculos en la altura, y se respiraba la brisa pura de las montañas. "Seguramente," pensó Rip, "no he dormido aquí toda la noche." Rememoró los sucesos antes de que el sueño le acometiera: el hombre extraño con el barril de licor; la hondonada de la montaña; el agreste retiro entre las rocas; la tétrica partida de bolos; el frasco.... "¡Oh, ese frasco, ese condenado frasco!" pensó Rip. "¿Qué excusa daré a la señora Van Winkle?"

Buscó su fusil al rededor; pero en vez de la limpia y bien aceitada escopeta de caza halló una vieja arma con el cañón obstruido por el polvo, el gatillo cayéndose y la madera roída por la polilla. Sospechó entonces que los graves fanfarrones de la montaña le habían jugado una pasada y, embriagándole con su licor, le habían robado la escopeta. Wolf había desaparecido también; pero era posible que se hubiera extraviado persiguiendo alguna ardilla o alguna perdiz. Le silbó y llamó a gritos por su nombre, pero en vano; los ecos repitieron su silbido y su llamada, pero ningún perro apareció en lontananza.

Determinó entonces regresar al lugar donde se había realizado la broma de la noche anterior y si encontraba a alguno de la partida, reclamarle su perro y su fusil. Cuando se levantó, encontróse con las articulaciones rígidas y falto de su acostumbrada actividad. "Estos lechos de montaña no me sientan bien," pensó Rip, "y si la broma me resulta en reumatismo, voy a tener un tiempo bendito con la señora Van Winkle." Con bastante dificultad pudo llegar hasta el valle y encontró la garganta por donde él y su compañero subieron la víspera; pero observó con gran estupor que espumaba allí un torrente saltando de roca en roca y llenando el valle de parleros murmullos. Trató, sin embargo, de ingeniarse para trepar por los costados, ensayando una fatigosa ascensión a través de matorrales de abedules, sasafrases y arbustos de varias clases, más difícil aún por la trepadora vid silvestre que lanzaba sus espirales o tijeretas de árbol a árbol tendiendo una especie de red en el sendero.

Llegó al cabo al sitio donde las rocas de la hondonada se abrían para llevar al anfiteatro; pero no quedaba rastro de semejante abertura. Las rocas presentaban un muro alto e impenetrable sobre el cual se despeñaba el torrente en capas de rizada espuma para caer luego en una ancha y profunda cuenca, obscurecida por las sombras de la selva circundante. Aquí el pobre Rip vióse precisado a detenerse. Llamó a su perro y lo silbó una y otra vez; pero sólo obtuvo en respuesta el graznido de una bandada de cuervos holgazanes solazándose en lo alto de un árbol seco que se proyectaba sobre un asoleado precipicio desde el cual, seguros en su elevación, parecían espiar lo que pasaba abajo y mofarse de las perplejidades del pobre hombre. ¿Qué se podía hacer? La mañana transcurría rápidamente y Rip sentíase hambriento por la falta de su desayuno. Apenábale abandonar su perro y su fusil; temblaba a la idea de encontrarse con su mujer; pero no podía morirse de hambre entre los montes. Sacudió la cabeza, echó al hombro la vieja escopeta, y con el corazón lleno de angustia y de aflicción enderezó los pasos al hogar.

Conforme se acercaba a la aldea iba encontrando varias personas a quienes no reconocía, lo cual le sorprendía un tanto pues siempre había creído conocer a todo el mundo en los alrededores de la comarca. Los vestidos que llevaban eran también de estilo diferente al que estaba él acostumbrado. Todos le observaban con iguales demostraciones de sorpresa, y apenas fijaban en él sus miradas llevaban invariablemente la mano a la barba. La repetición unánime de este gesto indujo a Rip a hacer el mismo movimiento sin darse cuenta; y ¡cuál no sería su estupor al notar que su barba tenía un pie de largo!

Llegaba ahora a los arrabales de la aldea. Una turba de chiquillos extraños corría a sus talones, burlándose de él y señalando su barba gris. Los perros ladraban también a su paso y no podía reconocer entre ellos a ninguno de sus antiguos conocidos. Todo el pueblo estaba cambiado; era más grande y más populoso. Había hileras de casas que él jamás había visto, y habían desaparecido sus habituales guaridas. Veíanse nombres extraños sobre todas las puertas, y rostros extraños en todas las ventanas; todo era extraño, en una palabra. Sus ideas comenzaban ya a abandonarle; principiaba a recelar que tanto él como el mundo que le rodeaba estaban hechizados. Evidentemente éste era su pueblo natal, el mismo que abandonó la víspera. Allí estaban las montañas Káatskill; allí a corta distancia se deslizaba el plateado Hudson; las colinas y cañadas ocupaban exactamente el mismo lugar donde siempre estuvieran; pero Rip se hallaba tristemente perplejo. "¡Ese frasco de anoche," pensaba, "ha dejado huera mi pobre cabeza!"

Con alguna dificultad encontró el camino de su propia casa, hacia la cual se aproximaba con silencioso pavor esperando oír a cada instante la voz chillona de la señora Van Winkle. Todo estaba arruinado, el techo cayéndose a pedazos, las ventanas destrozadas y las puertas fuera de sus goznes. Un hambriento can, algo parecido a Wolf, andaba huroneando por allí. Rip lo llamó con el nombre de su perro, mas el animal gruñó enseñando los dientes y escapó. Esto fué una herida dolorosa, en verdad. "¡Aun mi perro me ha olvidado!" sollozó el pobre Rip.

Penetró en la casa que, a decir verdad, mantenía siempre en meticuloso orden la señora Van Winkle. Aparecía ahora vacía, tétrica y en apariencia abandonada. Tal desolación se sobrepuso a sus temores conyugales, y llamó en alta voz a su mujer y a sus hijos. Las desiertas piezas resonaron un momento con sus voces y luego quedó todo nuevamente silencioso.

Apresuróse a salir y se dirigió rápidamente a su antiguo refugio, el mesón de la aldea; pero éste también había desaparecido. En su lugar veíase un amplio y desvencijado edificio de madera con grandes y destartaladas vidrieras, rotas algunas de ellas y recompuestas con enaguas y sombreros viejos, el cual ostentaba pintado sobre la puerta un rótulo que decía: "Hotel Unión, de Jónathan Dóolittle." En vez del gran árbol que cobijaba con su sombra al silencioso y menudo mesonero holandés de otros tiempos, alzábase ahora una larga y desnuda pértiga con algo semejante a un gorro rojo de dormir en su extremidad superior, y de la cual se desprendía una bandera de rayas y estrellas en singular combinación: cosas todas extrañas e incomprensibles. Reconoció en la muestra, sin embargo, la rubicunda faz del rey Jorge, debajo de la cual había saboreado pacíficamente tantas pipas; pero aun la figura se había metamorfoseado de manera singular. La chaqueta roja habíase convertido en azul y ante; ceñía una espada en lugar del cetro; la cabeza estaba provista de un sombrero de tres picos, y debajo del retrato leíase en grandes caracteres: GENERAL WASHINGTON.

Había, como de costumbre, una multitud de gente delante de la puerta, pero Rip no podía reconocer a nadie. Aun el espíritu del pueblo parecía cambiado. Oíanse acaloradas y ruidosas discusiones en lugar de las flemáticas y soñolientas pláticas de otros tiempos. Buscaba en vano al sabio Nicholas Védder con su ancho rostro, su doble papada y su larga y hermosa pipa, lanzando nubes de humo en vez de discursos ociosos; o al maestro de escuela Van Búmmel, impartiendo a la concurrencia el contenido de antiguos periódicos. En lugar de ellos, un flaco y bilioso personaje con los bolsillos llenos de proclamas, peroraba con vehemencia sobre los derechos de los ciudadanos, las elecciones, los miembros del congreso, la libertad, Búnker Hill, los héroes del setenta y seis, y otros tópicos que resultaban una perfecta jerga babilónica para el trastornado Van Winkle.

La aparición de Rip con su inmensa barba gris, su escopeta mohosa, su exótica vestimenta, y un ejército de mujeres y chiquillos pisándole los talones, atrajo muy pronto la atención de los políticos de taberna. Amotináronse a su alrededor mirándole con gran curiosidad de la cabeza a los pies. El orador se abalanzó hacia él y llevándole a un costado inquirió "de qué lado había dado su voto." Rip quedó estupefacto. Otro pequeño y atareado personaje cogiéndole del brazo y alzándose de puntillas le preguntó al oído: "¿Demócrata o federal?" Veíase Rip igualmente perdido para comprender esta pregunta, cuando un sabihondo, pomposo y viejo caballero, con puntiagudo sombrero de tres picos, abrióse paso entre la muchedumbre apartándola con los codos a derecha e izquierda, y plantándose delante de Rip Van Winkle con un brazo en jarras y descansando el otro en su vara, con ojos penetrantes y su agudo sombrero amenazador, preguntó con tono austero, como si quisiera ahondar hasta el fondo de su alma, "qué motivo le traía a las elecciones con fusil al hombro y una multitud a sus huellas, y si intentaba por acaso provocar una insurrección en la villa."

--¡Ay de mí, caballero,--exclamó Rip con desmayo,--yo soy un pobre hombre tranquilo, un habitante del lugar y un vasallo leal de su majestad, a quien Dios bendiga!--

Aquí estalló una protesta general de los concurrentes.

--¡Un conservador! ¡un conservador! ¡un espía! ¡un emigrado! ¡golpe con él! ¡afuera!--Con gran dificultad pudo restablecer el orden el pomposo caballero del sombrero de tres picos; y, asumiendo tal gravedad que produjo diez arrugas por lo menos en su entrecejo, preguntó de nuevo al incógnito criminal el motivo que le traía y a quién andaba buscando por el pueblo. El pobre hombre aseguró humildemente que no tenía proyectos subversivos sino que venía simplemente en busca de algunos de sus vecinos que acostumbraban parar en la taberna.

--Bien, ¿quiénes son ellos? Nombradlos.--

Rip meditó un momento e inquirió luego:--¿Dónde está Nicholas Védder?--

Hubo un corto silencio, hasta que un viejo replicó con voz débil y balbuciente:

--¡Nicholas Védder! ¡Vaya! ¡Si murió y está enterrado hace dieciocho años! Una lápida de madera daba razón de él en el cementerio de la iglesia, pero se gastó también y ya no existe.

--¿Dónde está Brom Dútcher?

--¡Oh! se fue al ejército al principio de la guerra; algunos dicen que murió en la toma de Stony Point;[8] otros que se ahogó en una borrasca al pie de Ántony's Nose.[9] Yo no podría decirlo; lo que sé es que nunca regresó.

--¿Dónde está Van Búmmel, el maestro de escuela?

--Se fué también a la guerra, se convirtió en un gran general y está ahora en el congreso.--

El corazón de Rip desfallecía al escuchar tan tristes nuevas de su patria y de sus amigos, y encontrarse de repente tan solo en el mundo. Las respuestas le impresionaban también por el enorme lapso de tiempo que encerraban y por los temas de que trataban y que él no podía comprender: la guerra, el congreso, Stony Point. No tuvo valor de preguntar por sus otros amigos, pero gritó con desesperación:

--¿Nadie conoce aquí a Rip Van Winkle?

--¡Oh, seguramente! Rip Van Winkle está allí recostado contra el árbol.--

Rip miró en la dirección indicada y pudo contemplar una exacta reproducción de sí mismo como cuando fué a la montaña; tan holgazán como él, al parecer, e indudablemente harapiento al mismo grado. El pobre hombre quedó del todo confundido. Dudaba de su propia identidad y si sería él Rip Van Winkle o cualquier otra persona. En medio de su extravío, el hombre del sombrero de tres picos le preguntó quién era y cómo se llamaba.

--¡Sólo Dios lo sabe!--exclamó, al cabo de su entendimiento.--¡Yo no soy yo mismo, soy alguna otra persona; no estoy allá, no; ése es alguien que se ha metido dentro de mi piel. Yo era yo mismo anoche, pero me quedé dormido en la montaña y allí me cambiaron mi escopeta y me lo han cambiado todo. Yo mismo estoy cambiado, y no puedo decir siquiera cuál es mi nombre ni quién soy!--

A estas palabras los circunstantes comenzaron a cambiar entre sí miradas significativas, sacudiendo la cabeza, guiñando los ojos y golpeándose la frente con los dedos. Corrió también un murmullo sobre la conveniencia de asegurar el fusil y aun al viejo personaje para evitar que hiciera algún daño; ante cuya suposición el sabihondo caballero del sombrero de tres picos se retiró con marcada precipitación. En tan crítico momento, una fresca y hermosa joven avanzó entre la multitud para echar una ojeada al hombre de la barba gris. Llevaba en sus brazos un rollizo chiquillo que asustado con el extranjero rompió a llorar.

--¡Sht, Rip!--dijo la joven, calla, tontuelo; el viejo no te hará ningún daño.--

El nombre del niño, el aire de la madre, la entonación de su voz, todo despertó en Rip Van Winkle un mundo de recuerdos.--¿Cómo os llamais, buena mujer?--preguntó.

--Judith Gardenier.

--¿El nombre de vuestro padre?

--¡Ah, pobre hombre! Llamábase Rip Van Winkle, pero hace veinte años que salió de casa con su fusil y jamás regresó ni hemos sabido de él desde entonces. Su perro volvió solo a la casa; y nadie podría decir si mi padre se mató o si los indios se lo llevaron. Yo era entonces una chiquilla.--

Quedábale a Rip sólo una pregunta por hacer y la propuso con voz desfallecida:

--¿Dónde está vuestra madre?

--¡Oh! ella murió poco después. Se le rompió una arteria en un arranque de cólera con un buhonero de Nueva Inglaterra.--

Aquello era una gota de alivio, a su entender. El buen hombre no pudo contenerse por más tiempo. Cogió a su hija y al niño entre sus brazos, exclamando:

--¡Yo soy vuestro padre! ¡El Rip Van Winkle joven de otros tiempos, y ahora el viejo Rip Van Winkle! ¿Nadie reconoce al pobre Rip Van Winkle?--