Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie
Part 18
Mis relaciones con Phílip Nolan comenzaron seis u ocho años después de la guerra con Inglaterra, en ocasión de mi primer viaje cuando fuí nombrado guardia marina. Eran los primeros tiempos del tratado sobre el mercado de esclavos, cuando la casa reinante que era aún la casa de Virginia,[44] experimentaba cierto sentimentalismo provocado por los horrores del tráfico de esclavos, e hizo algo entonces en favor de su supresión. Nos encontrábamos por este motivo al sur del Atlántico.[45] Por el tiempo en que yo me agregué al buque, creía que Nolan era una especie de clérigo secular, un clérigo de levita azul. Nunca pregunté nada acerca de él. Todo en el barco me resultaba extraño. Yo sabía que era de novatos el preguntar y se me figura que pensé que debía haber un "Plain Buttons" en todas las naves. Le teníamos a comer en nuestra mesa una vez por semana, y se nos recomendaba que aquel día no habláramos una sola palabra acerca de la patria. Pero si nos hubieran dicho que no debíamos hablar del planeta Marte o del Deuteronomio, tampoco habría preguntado la causa. Tan desprovistas de razón como ésta había muchas otras cosas, a mi entender. Llegué a comprender algo por primera vez acerca del _hombre sin patria_ en cierta ocasión en que dimos caza a una sórdida goleta que llevaba esclavos a bordo. Enviaron un oficial al abordaje, y pasados algunos minutos, regresó el bote pidiendo que se enviara a alguien que hablara portugués. Mirábamos todos desde la barandilla cuando llegó el mensaje, y cada uno deseaba poder adivinarlo, cuando preguntó el capitán si alguno de nosotros sabía hablar portugués. Pero ninguno de los oficiales conocía este idioma; y en momentos en que el capitán trataba de averiguar si alguien de la tripulación era capaz de hacerlo, se adelantó Nolan y dijo que, si el capitán lo deseaba, podía servir de intérprete puesto que conocía el portugués. El capitán le dió las gracias, hizo preparar otro bote para él, y allí tuve la suerte de acompañarle. Cuando abordamos la goleta, se presentó a nuestra vista una escena que rara vez es posible contemplar y que, por otra parte, nunca se experimentaría tampoco el deseo de hacerlo. La suciedad y la confusión más espantosas reinaban sobre cubierta. No había muchos negros; mas con el objeto de que comprendieran que se hallaban libres, habíales hecho quitar Vaughan los grillos y esposas que llevaban, los cuales en obsequio a la ocasión se colocaron a los bribones que componían la tripulación de la goleta. Los negros, libres ahora en su mayor parte, hormigueaban en el sucio puente, amontonándose en torno de Vaughan, a quien se dirigían en todos los dialectos imaginables, y en el _patois_ de cada dialecto, desde las modulaciones zulúes hasta el dialecto de _Beled-el-jerid_.
Cuando llegamos al puente, Vaughan miraba desde lo alto de un gran barril donde se había encaramado en su desesperación, y exclamaba:--¡Por el amor de Dios! ¿Hay alguien que pueda hacer entender algo a estos infelices? La gente les ha dado ron, pero eso no los ha aquietado. He aporreado dos veces a ese grandullón, pero tampoco ha servido de nada. Luego, les hablé en choctaw; pero ¡que me cuelguen si entendieron esto mejor que el inglés!--
Nolan dijo que podía hablar portugués, y entonces hicieron salir de las filas a dos hermosos africanos de la tribu de Kroo, que según se había puesto en limpio anteriormente, trabajaron alguna vez con colonos portugueses en la costa de Fernando Po.
--Explicadles que están libres,--dijo Vaughan;--y que estos bribones serán ahorcados tan pronto como tengamos cuerda suficiente para todos ellos.--
Nolan "dijo esto en español;" es decir, lo explicó en portugués inteligible para los negros de Kroo, quienes a su vez lo transmitieron a los demás negros en idioma que todos fueran capaces de comprender. Hubo entonces un grito salvaje de delectación, un apretar los puños y saltar y danzar y besar los pies de Nolan; y un precipitarse general hacia el barril en adoración espontánea a Vaughan, el _deus ex machina_ de la ocasión.
--Decidles,--continuó Vaughan, muy complacido,--que los llevaré a todos al Cabo de Palmas.--
Esto no hizo ya tan buen efecto. El Cabo de Palmas estaba realmente tan alejado de su patria como Nueva Órleans o Río de Janeiro, lo cual significaba que quedarían allí eternamente separados de su hogar. Y como comprenderéis, los intérpretes dijeron inmediatamente,--¡Ah, Palmas no!--y comenzaron a proponer multitud de expedientes diversos con la mayor volubilidad. Vaughan parecía decepcionado por el resultado de su magnanimidad, y preguntó seriamente a Nolan lo que decían. Gotas de sudor perlaban en la pálida frente del pobre Nolan cuando hizo callar a los hombres y repitió:
--Dicen que a Palmas no. Dicen que se les lleve a su patria, a su propia tierra, a su propia casa; que se les lleve adonde están sus propios chiquillos y sus propias mujeres. Dice uno que tiene padre y madre ancianos que morirán si no le ven. Y este otro dice que dejó a todos enfermos en su casa, y que remaba con dirección a Fernando para rogar al médico blanco que les socorriese, cuando estos demonios le cogieron en la bahía justamente enfrente de su hogar, y que desde entonces no ha vuelto a ver a nadie de su familia. Y este otro dice,--se atragantó Nolan,--que no ha sabido una sola palabra de su tierra durante seis meses que ha pasado encerrado en una barraca infernal.--
Vaughan decía después que se sentía envejecer mientras Nolan bregaba para dar la traducción. Yo mismo, que no comprendía todo el alcance de aquello, podía observar que hasta los elementos parecían fundirse a algún ardiente calor, y que alguien sufría los resultados. Hasta los negros dejaron de aullar al ver la agonía de Nolan y la agonía de Vaughan, casi tan intensa por simpatía. Tan pronto como éste pudo encontrar palabras exclamó:
--¡Decidles que sí, que sí, que sí! Decidles que irán a las montañas de la luna, si lo desean. ¡Si yo oriento el rumbo a través del gran desierto blanco, ellos volverán a su hogar!--
Y después de algún esfuerzo, Nolan lo repitió. Entonces se lanzaron todos a besarle otra vez, y querían que frotara su nariz contra las suyas.
Pero Nolan no pudo soportar más tiempo; y, logrando que Vaughan le diera autorización para regresar, me arrastró hacia el bote. Cuando estuvimos instalados a popa y los hombres comenzaron a remar, me dijo:
--¡Joven, que esto os enseñe lo que es estar sin familia, sin hogar y sin patria! Y si alguna vez os sentís tentado a decir una palabra o a hacer algo que pueda levantar una barrera entre vos y vuestra familia, vuestro hogar y vuestra patria, ¡pedid a Dios la gracia de que en aquel mismo instante os lleve a su propia casa, el cielo! Uníos estrechamente a vuestra familia, joven; olvidaos a vos mismo cuando laboréis para ella. Pensad en vuestro hogar, joven; escribid, enviad mensajes, hablad de los vuestros. Conservad vuestro hogar más cerca de vuestro corazón mientras más lejos os encontréis; y apresuraos a volver en cuanto estéis libre, como lo hacen ahora estos infelices esclavos. Y con respecto a vuestra patria, joven,--y las palabras se ahogaban en su garganta,--y por esta bandera,--y señalaba a la del barco,--nunca tengáis otro anhelo que servirla como ella lo exige, aunque el servicio os procure mil infiernos. Cualquiera cosa que os suceda, quienquiera que os lisonjee o que os seduzca, nunca miréis otra bandera, nunca paséis una noche sin rogar a Dios que bendiga este emblema. ¡Recordad, joven, que detrás de todos aquellos hombres con quienes tratáis, detrás de los oficiales y del gobierno, y aun del pueblo, existe la Patria misma, vuestra patria, y que le pertenecéis como pertenecéis a vuestra madre! ¡Defendedla siempre, joven, como defenderíais a vuestra madre, si estos demonios se hubieran hoy apoderado de ella!--
Yo estaba mortalmente aterrorizado por su calma cargada de pasión; mas, casi sin darme cuenta, protesté por lo más sagrado que así lo haría y que jamás había pensado en hacer lo contrario. Apenas parecía oírme; pero así era, sin embargo, porque casi en un murmullo profirió:--¡Oh! ¡si alguien me hubiera hablado así cuando tenía vuestra edad!--
Creo que esta confidencia a medias, de la cual jamás abusé, siendo ésta la primera vez que hago referencia a ella, fué lo que nos hizo después tan buenos amigos. Él se manifestaba siempre muy bondadoso para conmigo. Sentábase a menudo a mi lado, y aun se levantaba muchas veces por la noche para pasear conmigo en el puente cuando me tocaba la guardia. Me enseñó muchísimo de matemáticas, y a él debo mi afición por esta ciencia. Prestábame libros y me ayudaba a comprenderlos. Jamás aludió otra vez directamente a su historia; pero durante treinta años supe por diversos oficiales todo lo que voy refiriendo. Cuando terminada nuestra travesía, nos separamos en el puerto de Santo Tomás, estaba yo más triste de lo que podría expresar. Tuve el placer de encontrarle otra vez en 1830; y más tarde, cuando creí tener alguna influencia en Wáshington, removí cielo y tierra para obtener su gracia. Pero, fuera de su prisión, se había convertido en una especie de fantasma. Pretendían que no existía tal individuo, que jamás había existido. ¡Probablemente dirán lo mismo ahora en el departamento de marina! Quizá si lo ignoran en realidad. ¡No sería el primer asunto del servicio que parece ignorar el departamento del ramo!
Se cuenta que Nolan encontró una vez a Burr en uno de nuestros buques, cuando una partida de norteamericanos vino a bordo en el Mediterráneo. Pero creo que esto es falso; o más bien una fábula _ben trovata_ acerca del tremebundo golpe que asestó a Burr preguntándole si le agradaba mucho encontrarse "sin patria." A juzgar por la vida de Burr, nada de esto puede haber sucedido, por supuesto; y lo menciono únicamente como ilustración de las innumerables historias que circulan cuando existe un pequeño misterio en el fondo.
Así vió cumplido su deseo el infeliz Nolan. Sólo considero suerte más horrible que la suya, la de aquellos hombres que tienen un día para abandonar su patria por el destierro en castigo de haber intentado su ruina, y pueden comprobar al mismo tiempo la prosperidad que alcanza después de verse depurada de ellos y de sus iniquidades. El deseo del pobre Nolan, como todos aprendimos a llamarle, no porque su expiación fuera demasiado grande sino porque su arrepentimiento era tan visible, fué sin duda el mismo de los Bragg y Beáuregard, que faltaron a su juramento de soldados hace dos años, y el de los Maury y Barrón, que faltaron al suyo de marinos. No sé si ellos se habrán arrepentido a menudo. Sé que hicieron todo lo posible para destruir la patria; para convertir en átomos y arrojar a los vientos todos los honores, vínculos, recuerdos y esperanzas que constituyen la patria. Sé también que mientras vegetan por todo el resto de su vida en sitios miserables, como Boulogne y Léicester Square, dedicados a vituperarse mutuamente hasta la muerte, su expiación tendrá la misma punzante agonía que la de Nolan, agregada al tormento de que todo aquel que les conozca podrá verles despreciados y execrados. ¡Habrán satisfecho su deseo, lo mismo que Nolan!
En cuanto a éste, ¡infeliz! se arrepintió de su locura y se sometió valerosamente a la suerte que había invocado. Nunca agravó intencionalmente la dificultad o delicadeza de la misión de quienes le tenían bajo custodia. Sucedieron algunos incidentes; mas nunca fueron provocados por su culpa. El teniente Truxton me refería que cuando la anexión de Tejas hubo acalorada discusión entre los oficiales acerca de la conveniencia de arrancar este estado de la hermosa colección de mapas que tenía Nolan; del mapa universal y del mapa de Méjico, conforme arrancaron el de los Estados Unidos cuando compraron un atlas para él. Pero se decidió, con bastante buen criterio, que hacerlo así sería revelarle virtualmente lo que había sucedido, o como decía Harry Cole, hacerle pensar que el viejo Burr había llegado a triunfar al fin. Así, no fué culpa de Nolan que tuviera lugar un gran contratiempo en mi propia mesa, cuando me encontré por pocos meses al mando de la corbeta _George Washington_ en un viaje a la América del Sur. Estábamos anclados en la bahía de La Plata, y algunos de los oficiales que desembarcaron y volvían justamente a bordo nos entretenían con la relación de sus malaventuras montando los caballos bravios de Buenos Aires. Nolan estaba a la mesa con nosotros, y de humor inusitadamente jovial y comunicativo. La historia de cierta caída hízole recordar una de sus aventuras cuando era todavía adolescente y cogía caballos salvajes en Tejas con su hermano Stephen. Refirió la anécdota con muchísima gracia, tanto que él mismo rompió el silencio de un instante que sigue generalmente a las historias interesantes, preguntando sin darse cuenta:
--Decidme ¿qué ha sido de Tejas? Después que Méjico proclamó su independencia, creía yo que Tejas le seguiría muy pronto. Es verdaderamente una de las regiones más hermosas de la tierra; es la Italia de este continente. Pero no he sabido una palabra de Tejas durante casi veinte años.--
Había en la mesa dos oficiales de Tejas. La razon por la cual ignoraba Nolan todo lo que se relacionaba con esa zona era que se habían cortado lastimosamente de sus periódicos todas las noticias desde que Austin inició la colonización; de manera que aun cuando leía de Honduras y de Tamaulipas, y hasta últimamente de California, aquella virgen provincia que tanto había recorrido, y donde había muerto su hermano según creo, no existía ya para Nolan. Waters y Williams, los dos tejanos, miráronse ferozmente tratando de no reír; Édward Morris parecía absorto en la contemplación del tercer eslabón de la cadena de la lámpara del capitán. Watrous tuvo una convulsión de estornudos. Nolan comprendió que algo había en el aire, no sabía qué. Y yo, como dueño de la fiesta, me vi obligado a decir:
--Tejas está fuera del mapa, Mr. Nolan. ¿Habéis visto la curiosa relación de la bienvenida a Sir Thomas Roe, por el capitán Back?--
Después de este viaje no volví a ver a Nolan. Escribíale por lo menos dos veces al año porque en aquella travesía intimamos muchísimo; pero él jamás me contestó. Los compañeros me contaron que _envejeció_ muy rápidamente en los últimos quince años, para lo que había motivo, en verdad; pero que siempre era el mismo suave, estoico y silencioso sufridor, soportando lo mejor posible la pena impuesta por su propio deseo; menos sociable quizá con la gente nueva a quien no conocía, pero más ansioso que nunca al parecer, de hacerse util, de ayudar y enseñar a los jóvenes que sentían por él una especie de adoración. Y ahora parece que ha muerto este querido y viejo compañero. ¡Ha encontrado al fin una patria y un hogar!
Después de haber escrito estas líneas, y mientras dudaba si las haría publicar como enseñanza a los jóvenes Nolan y Vallándigham y Fátnall de nuestros días, recibí una carta de Dánforth, a bordo del _Levant_, con la relación de las últimas horas de Nolan. Esto ha venido a desvanecer todos mis escrúpulos con respecto a la publicación de su historia.
Para comprender las primeras palabras de esta carta, debe recordar el lector profano que desde 1817 era sumamente delicada la posición de los oficiales que conservaban a Nolan bajo su custodia. El gobierno no había renovado las instrucciones de 1807 a su respecto. ¿Qué debían hacer en esta situación? ¿Dejaríanle marchar? Y ¿qué responderían en caso de que el departamento de marina les pidiera cuentas por haber violado las órdenes de 1807? ¿Seguirían guardándole? ¿Qué sucedería, si alguna vez llegaba la liberación de Nolan, y entablaba él juicio criminal por falsa prisión o secuestro contra todos los que le habían tenido prisionero? Yo hice presente e insistí con Soúthard sobre todas estas circunstancias, y tengo mis razones de creer que los demás oficiales procedieron de igual manera. Pero el secretario contestaba siempre, como sucede en Wáshington con bastante frecuencia, que no había órdenes especiales que dar y que debíamos resolver según nuestro propio criterio. Lo que significaba, "Si tenéis suerte, seréis sostenido; si fracasáis, seréis abandonado." Bien; como dice Dánforth, todo ha pasado ahora, aun cuando no sé si me expongo a ser perseguido criminalmente por las revelaciones que vengo haciendo.
He aquí la carta:
_Levant_, 2° 2´ S. a 131° O.
QUERIDO FRED:
Estoy tratando de reunir mi valor para deciros que todo ha terminado para nuestro viejo y querido Nolan. Durante esta travesía he estado con él más que nunca y he podido comprender ampliamente la forma en que acostumbrabais expresaros acerca de este viejo camarada. Pude advertir que no andaba muy fuerte en los últimos tiempos, pero no tenía la menor idea de que su fin estuviese tan cercano. El médico le atendía con gran esmero, y ayer por la mañana vino a decirme que Nolan no se sentía muy bien y que no había podido dejar su camarote; algo que yo no recordaba haber sucedido jamás. Permitió que le visitara el doctor mientras él permanecía acostado--primera vez que el médico había entrado en su camarote--y manifestó deseos de verme. ¡Oh, amigo mío! ¿Recordáis las historias misteriosas que inventaban los marineros a propósito de su camarote, en los lejanos días del _Intrepid_? Bien; acudí, y allí yacía el pobre hombre en su lecho, sonriendo plácidamente al darme la mano, pero con aspecto muy débil. No pude evitarme de lanzar una mirada en torno, la cual me mostró el pequeño santuario que se había formado en el hueco que habitaba. Las estrellas y las rayas lucían rodeando un retrato de Wáshington, y había pintado un águila majestuosa, arrojando rayos por el pico y sujetando con las garras el globo que sus alas cubrían. El querido y antiguo compañero sorprendió mi ojeada y dijo con triste sonrisa: "Como veis, ¡aquí tengo patria!" Y señaló entonces a los pies de su lecho, donde yo no había dirigido antes la mirada, un gran mapa de los Estados Unidos, dibujado de memoria, y que había colocado en aquel sitio para mirarlo mientras yacía acostado. Veíanse allí en grandes letras nombres originales y anticuados: _Indiana Territory_, _Mississippi Territory_ y _Louisiana Territory_, como supongo que aprenderían la geografía nuestros padres; pero el viejo camarada había agregado también Tejas, llevando la frontera occidental hasta el Pacífico; sólo que en estas costas no había nada definido.
"¡Oh, Dánforth! Sé que me muero. No volveré a ver mi patria!" dijo. "¡Espero que querréis decirme algo ahora? ¡Aguardad, aguardad! No pronunciéis una palabra hasta que yo haya dicho lo que estoy seguro que sabéis: que no hay en este buque, que no hay en los Estados Unidos ¡Dios los guarde! hombre más leal que yo. ¡No puede haber hombre que ame tanto como yo nuestro pabellón, que ore por él como yo lo hago, o invoque para él porvenir tan brillante como yo! Cuenta ahora treinta y cuatro estrellas, Dánforth. Doy gracias a Dios por ello, aunque ignoro sus nombres. Jamás se ha arrancado ninguna de sus estrellas; ¡doy gracias a Dios por ello! De allí deduzco que ningún Burr ha triunfado. ¡Oh, Dánforth, Dánforth!--suspiró--¡qué espantosa pesadilla parece la idea juvenil de gloria personal o de soberanía independiente, cuando uno la recuerda tras vida semejante a la mía! Pero ¡decidme algo, que yo sepa todo, Dánforth, antes de morir!"
Íngham, os juro que me sentí un monstruo por no haberle dicho todo desde antes. Hubiera o no peligro en hacerlo, fuera o no delicadeza, ¿quién era yo, para haber tiranizado todo este tiempo a aquel querido y santo anciano que había expiado largos años, en toda la fuerza de su virilidad, la locura de traición de un adolescente!
"Mr. Nolan," exclamé, "os diré todo lo que deseéis saber mas, ¿por dónde he de comenzar?"
¡Oh, la bienaventurada sonrisa que iluminó su pálido semblante! Estrechó mi mano y dijo: "¡Dios os bendiga! Decidme sus nombres," añadió, señalando las estrellas del pabellón. "La última que conozco es Ohío. Mi padre vivía en Kentucky. Pero he adivinado Míchigan, Indiana y Misisipí; allí estaba el fuerte de Adams. Esto suma veinte. ¿Cuáles son las otras catorce? ¡Espero que no habréis quitado ninguna de las antiguas?"
Bueno, no era mal examen éste; y yo le dije los nombres en el mejor orden que me fué posible, y él me pidió que bajara su hermoso mapa y que las dibujara al lápiz lo mejor que pudiese. Estaba loco de alegría a propósito de Tejas y me dijo que allí había muerto su hermano. Tenía marcada una cruz dorada en el sitio en que suponía encontrarse su tumba; y había conjeturado que Tejas pertenecía a la Unión. Luego se extasió al ver California y Óregon; esto, decía, lo había sospechado en parte porque jamás se le permitió desembarcar en dichas playas, aun cuando los buques se dirigían allá a menudo. Y los marineros--agregaba riendo--traían muchas otras cosas además de peletería. Luego retrocedió ¡cuán lejos, Dios mío! para averiguar de la _Chesapeake_[46] y lo que sucedió a Barron por rendirse al _Leopard_; y si Burr había hecho alguna nueva tentativa--rechinando los dientes con el único impulso de ira que demostró. Pero pronto lo hubo dominado, y exclamó: "¡Dios me perdone, como estoy cierto de haberle perdonado!" Luego me preguntó acerca de la antigua guerra, y refiriéndome la verdadera historia de sus proezas con el cañón el día en que tomamos el _Java_, inquirió por el querido viejo David Pórter, como le llamaba. Y después, tranquilizándose algo y demostrando sentir gran felicidad, me escuchó referir en una hora la historia de cincuenta años.
¡Cuánto deseaba yo que hubiera otro que supiera más! Pero hice lo mejor que pude. Hablé de la guerra inglesa. Le conté de Fulton y de los comienzos de la navegación a vapor. Le hablé del viejo Scott y de Jackson; le dije todo lo que sabía acerca de Misisipí, Nueva Órleans, Tejas y su tierra natal, el antiguo Kentucky. Y pensad, me preguntó quién estaba al mando de la Legión del Oeste. Díjele que era un bizarro oficial llamado Grant que, según las últimas noticias, iba a establecer su cuartel general en Vícksburg. Entonces, "¿dónde está Vícksburg?" dijo. Se lo dibujé en el mapa; está a cien millas más o menos de su viejo fuerte de Adams; y creo que el fuerte de Adams será una ruina en la actualidad. "Probablemente está situado en la antigua colonia de Vick," dijo, "¡vaya, qué cambio!"
Os aseguro, Íngham, que era tarea bien difícil condensar la historia de medio siglo en aquella conversación con un enfermo. No sé todo lo que le dije acerca de la inmigración y la manera de realizarla; de vapores, ferrocarriles y telégrafos; de inventos, libros y literatura; del colegio militar de West Point y de la escuela naval de Annápolis; todo esto con las interrupciones más originales que podáis imaginar. ¡Figuraos a Róbinson Crusoe haciendo las preguntas acumuladas en cincuenta y seis años!