Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie
Part 17
La regla adoptada a bordo del buque en el cual conocí al "hombre sin patria" era la misma que se había observado desde el principio, según creo. En ninguna mesa agradaba tenerle de continuo, porque su presencia cortaba toda conversación sobre la patria o el regreso futuro, sobre política y literatura, paz o guerra; suprimiendo, en fin, más de la mitad de los temas que agrada tratar a los hombres durante una navegación. Pero se creyó siempre demasiado duro que le estuviera vedado reunirse siquiera alguna vez con nosotros más allá de un simple saludo; y adoptamos, por último, cierto sistema definido. No se le permitía conversar con los tripulantes a menos que hubiese algún oficial de por medio. Con los oficiales no existía restricción, naturalmente, hasta donde él y los otros quisieran extenderlo. Pero él se volvía más y más tímido, aunque tenía sus favoritos: yo era uno de ellos. Entonces el capitán le invitó a su mesa todos los lunes, y cada mesa le tomó un día por turno. Según las proporciones del barco, cada uno le tenía a su mesa con mayor o menor frecuencia. Tomaba el almuerzo en su camarote--siempre tenía su camarote particular--donde había un centinela o alguien de guardia para vigilar la puerta. Y todo lo demás que comía o bebía, lo tomaba solo. En ciertas ocasiones, cuando los marinos o la tripulación tenían algún día de fiesta, se les permitía invitar a "_Plain Buttons_" (Botones llanos), como le llamaban. Entonces enviaban a Nolan con algún oficial, y mientras se encontraba con ellos, tenían los hombres prohibición de hablar de la patria. Tengo para mí que el espectáculo de su castigo era moralizador. Llamábanle "Plain Buttons," porque aun cuando él prefería vestir el uniforme regular del ejército, no se le permitía usar los botones que llevaban las iniciales o la insignia del país que había desconocido.
Recuerdo que poco tiempo después de haberme agregado a la marina, me encontraba una vez en tierra con algunos de los oficiales más antiguos de nuestro buque, y los del _Brandywine_ con quienes nos reunimos en Alejandría. Teníamos licencia para hacer una excursión al Cairo y a las Pirámides. Mientras nos zangoloteábamos a lomo de burro en aquella dirección, algunos de estos caballeros (los jóvenes les llamábamos "Dons" entonces, pero la frase cambió hace largo tiempo) comenzaron a hablar de Nolan, y uno de ellos manifestó el sistema que se seguía con respecto a sus libros y a sus lecturas. Como casi nunca se le permitía desembarcar aunque el buque estuviera fondeado en el puerto largos meses, el tiempo se le hacía pesado con frecuencia, y cualquiera estaba autorizado para prestarle libros siempre que no fueran publicados en América, ni hicieran mención de este país. Esta clase de libros era muy común en aquel tiempo, en que la gente del otro hemisferio se preocupaba de los Estados Unidos tanto como nosotros del Paraguay. Recibía así, pronto o tarde, todos los periódicos extranjeros que llegaban al buque; solamente que alguien los revisaba primero y recortaba cualquier aviso o capítulo en que se aludiera por incidencia a la América del Norte. Esto resultaba un poco cruel a veces, cuando lo escrito detrás de lo cortado era tan inocente como el Hesiodo. En la mitad de alguna relación sobre las batallas napoleónicas, por ejemplo, o de cierto discurso de Cánning, encontraba de repente el pobre Nolan un gran vacío porque a la vuelta de la página venía el aviso de algún paquebote para Nueva York, o cualquier trozo insignificante del mensaje del presidente. Aquélla fué la primera vez, digo, que llegaba a mi conocimiento algo de este sistema, con el cual tanto y tanto tuve que hacer después. Lo recuerdo, porque apenas se hizo alusión a las lecturas, el pobre Phillips, que era de la partida, nos refirió algo acontecido a Nolan en su primer viaje al cabo de Buena Esperanza; siendo esto todo lo que alcancé a saber de tal viaje. Habían tocado en el cabo, y después de cumplir los deberes de cortesía con el almirantazgo y la marina ingleses, se preparaban a partir para una larga travesía en el océano Índico. En previsión del pesado viaje, Phillips consiguió que un oficial le prestara una colección de libros ingleses, lo cual entonces como en nuestros tiempos significaba una suerte inesperada. Entre ellos, como si el diablo lo hubiese preparado, contábase _The Lay of the Last Minstrel_ (El canto del último trovador), poema del cual más o menos todos habían oído hablar, pero que ninguno conocía a fondo. Creo que no haría mucho que se había publicado. Bien; nadie pensó que hubiera riesgo de encontrar allí nada nacional, aunque Phillips juraba que el viejo Shaw había arrancado la _Tempestad_ de Shákespeare antes de dársela a Nolan porque decía, "las islas de Bermuda deben ser nuestras y, por Júpiter, algún día lo serán." Así, permitióse a Nolan que se reuniera a la compañía cierta tarde en que un grupo fumaba y leía en voz alta en el puente. Ahora no se hace esto a menudo, pero cuando yo era joven matábamos así el tiempo con mucha frecuencia. Bien; sucedió que llegó el turno a Nolan de leer para los demás; y leía muy bien, por lo que me sé. Ninguno de los presentes conocía una palabra del poema; solamente que trataba de magia y caballería, y que pasaba hacía diez mil años. El pobre Nolan leyó de seguido el canto quinto, detúvose un minuto, bebió un trago, y comenzó de nuevo, sin la menor idea de lo que venía a continuación:
Allí vive un hombre tan desgraciado, que nunca a sí mismo pudo decir,
Parece imposible que ninguno de nosotros hubiera oído antes aquel poema; pero así era, y el pobre Nolan prosiguió, inconsciente o mecánicamente:
¡Ésta es mi patria, mi país natal!
Entonces todos advirtieron que algo doloroso se acercaba; mas Nolan, esperando pasar pronto, supongo, empalideció un poco, pero siguió adelante:
"¿Cuyo corazón jamás ardió dentro del pecho, tras largos años en ajenas tierras, al enderezar sus pasos al hogar?... Si allí vive ese hombre, id, miradle bien...."
En este momento todos deseaban en sus adentros que hubiera forma de saltar dos páginas del poema; pero Nolan no tuvo presencia de ánimo para esto; tartamudeó un poco, volvióse color de escarlata y balbuceó:
Para él no entona el ministril sus trovas; a pesar de sus títulos, su nombre famoso, riquezas sin número, cuanto el deseo puede forjar, aquel infeliz, dentro de sí concentrado....
Y aquí se ahogó el desgraciado; no pudo continuar; y levantándose precipitadamente, arrojó el libro al mar, desapareció en su camarote, "y ¡por Júpiter!" decía Phillips, "no le vimos más por espacio de dos meses. Y yo tuve que inventar una triste historia para explicar al cirujano inglés por qué me era imposible devolverle su Wálter Scott."
Esta anécdota revela más o menos el tiempo en que la fanfarronería de Nolan se había venido abajo. Al principio, decían, era altanero, consideraba una farsa su prisión, afectaba gozar con el viaje, y así en lo demás; pero, dice Phillips, que cuando volvió a salir de su camarote no era ya el mismo hombre. Jamás leyó en voz alta otra vez, a menos que fuera la Biblia o algo de Shákespeare o cualquiera otra cosa de que estuviese muy seguro. Pero no fué esto solamente. Jamás volvió a mostrar con los jóvenes el compañerismo de otros tiempos. Siempre era tímido después cuando yo le conocí, hablaba rara vez y sólo para contestar, excepto con unos pocos amigos. Entusiasmábase en contadas ocasiones--recuerdo haberle oído expresarse con bella elocuencia en los últimos años de su vida, sobre tema inspirado en uno de los sermones de Fléchier--pero generalmente tenía el aspecto fatigado y nervioso de un hombre herido en el corazón.
Cuando efectuaba su viaje de regreso el capitán Shaw, siempre que fuera Shaw, como he supuesto, abordó con sorpresa general a una de las islas Windward o Antillas menores, permaneciendo allí casi una semana. Los marineros decían que los oficiales estaban hartos de carne salada y querían probar sopa de tortuga antes de regresar a la patria. Mas después de algunos días llegó el _Warren_ al mismo fondeadero; cambiaron señales; enviaron cartas y documentos a Phillips y a todos aquellos hombres que estaban de retorno al hogar, y dijeron que el _Warren_ zarpaba para el extranjero, quizás hasta el Mediterráneo, y que tomaba a bordo al pobre Nolan y sus petates para la segunda travesía. Él empalideció profundamente cuando recibió la orden de alistarse para el transbordo. Sabía bastante de astronomía para comprender que hasta aquel momento seguían rumbo a "la patria." Esto era prueba evidente de algo en que no había pensado, de que quizá nunca regresaría a su país, ni siquiera para estar en prisión. Y fué éste el primero de los veinte o más transbordos, que le llevaron a habitar pronto o tarde, más de la mitad de nuestros mejores buques; manteniéndole durante su vida entera a cien millas de distancia más o menos de la patria de la cual manifestó una vez el deseo de no volver a oír hablar.
Quizá sí fué durante esta segunda travesía--pues que ello aconteció en el Mediterráneo--cuando tuvo ocasión de bailar con Mrs. Graff, famosa belleza del sur en aquella época. Habían estado fondeados largo tiempo en la bahía de Nápoles donde los oficiales intimaron mucho con la marina inglesa que les ofreció grandes fiestas; por lo cual pensaron nuestros hombres corresponder las atenciones dando un suntuoso baile a bordo del buque. Cómo pudo realizarse esto a bordo del _Warren_, no sabría decirlo. Tal vez no era el _Warren_, o tal vez las damas de aquel tiempo no necesitaban tanto espacio como las de hoy. Precisaba a los oficiales disponer con algún fin del camarote de Nolan, y les disgustaba pedírselo sin invitarle para el baile; de manera que el capitán autorizó la invitación, siempre que ellos aceptaran la responsabilidad de evitar que conversara con personas inconvenientes "que pudieran darle noticias." Así, el baile se verificó, siendo la fiesta más hermosa de la temporada, me atrevo a decir; pues jamás he sabido que no lo fueran los saraos de la gente de guerra. Entre las damas contábase la familia del cónsul de los Estados Unidos, una o dos viajeras que se habían aventurado hasta allí y un lindo grupo de señoritas y señoras inglesas, quizá si hasta la misma Lady Hámilton.
Bien; diferentes oficiales se turnaban conversando amistosamente con Nolan en forma de evitar que otra persona le hablase. La fiesta transcurría alegremente; y después de las primeras horas los mismos camaradas que montaban la guardia honoraria con Nolan dejaron de temer que ocurriera ningún contratiempo. Solamente cuando una dama inglesa, quizá Lady Hámilton como dije antes, pidió "las danzas americanas de figuras," sucedió algo muy original. Todos bailaban contradanzas en aquella época. La banda negra, muy entusiasta, convino en lo que serían "las danzas americanas de figuras," y se abrió con _Virginia Reel_, continuando con _Money-Musk_, al cual debía seguir _The Old Thirteen_ según el orden cronológico. Mas, precisamente en el momento en que Dick, el director de orquesta, golpeaba la batuta para que comenzaran los violines, y se inclinaba hacia adelante para decir con todo el ceremonial negro: "_¡The Old Thirteen_, señoras y caballeros!" como había dicho, "_¡Virginny Reel_, si gustáis!" y "_Money-Musk_, si gustáis!" el asistente del capitán le tocó en el hombro, y murmuró algo en su oído que le impidió anunciar el nombre de la danza; se inclinó simplemente, comenzó el aire, y todos le siguieron; enseñando los oficiales las figuras a las jóvenes inglesas sin decirlas por qué la danza no tenía nombre.
Mas no era ésta la historia que iba yo a referir. En tanto que se deslizaba la fiesta, Nolan y los camaradas habían recobrado su aplomo, como digo, a tal punto que pareció enteramente natural que, inclinándose ante la arrogante Mrs. Graff, dijera el primero:
--Espero que no me habréis olvidado, Miss Rútledge. ¿Puedo aspirar al honor de teneros por pareja?--
Hizo esto tan impensadamente que Shúbrick, que estaba a su lado, no pudo impedírselo. Ella rió y dijo:
--Ya no puedo llamarme Miss Rútledge, Mr. Nolan; pero bailaré con vos lo mismo que si lo fuera;--e hizo una seña con la cabeza a Shúbrick como diciendo que le confiara a Nolan, a quien condujo al lugar donde se formaba la cuadrilla.
Nolan pensó que al fin le llegaba su vez. Había conocido a la dama en Filadelfia y se había encontrado con ella en otras partes, y pensó que era una enviada de Dios. No es fácil conversar en contradanzas como se hace en el cotillón y aun en los intervalos del vals; pero allí había oportunidad para la voz y los sonidos lo mismo que para las miradas y los sonrojos. Comenzó hablando de sus viajes y de Europa y el Vesubio y los franceses; y luego, cuando terminaron la figura, y tenían bastante tiempo de conversar mientras los demás desempeñaban su turno, dijo él con intrepidez, aunque algo pálido, afirmaba ella cuando me refirió la anécdota años después:
--Y ¿qué habéis sabido de la patria, Mrs. Graff?--
Entonces la arrogante criatura le miró con ojos penetrantes. ¡Júpiter! ¡Qué mirada más penetrante debió lanzarle!
--¡La patria?? ¡Mr. Nolan!!! ¡Yo creía que erais vos el hombre que no deseaba volver jamás a oír hablar de su patria--y subió inmediatamente al puente en busca de su marido, dejando al pobre Nolan solo, como estaba de ordinario. Nunca volvió él a bailar.
No podría referir una historia ordenada de su vida: nadie sería capaz de hacerlo ahora; y a la verdad, tampoco trato yo de hacerlo. Ésta es la tradición que he arreglado, porque es lo que creo entre las fábulas que han circulado acerca de este hombre durante cuarenta años. Las mentiras que se cuentan de él son innumerables. La gente acostumbraba decir que era el "hombre de la máscara de hierro;" y el pobre George Pons fué a la tumba con el convencimiento de que era el autor de "Junius," castigado por su famoso libelo contra Thomas Jéfferson. Pons no era muy fuerte en materia de historia.
Anécdota más feliz que todas las que he referido, es la que se refiere a la guerra. Esto sucedió poco después. He oído contar la historia en tres o cuatro formas diferentes, y quizá haya pasado más de una vez. Pero no sabría decir en cuál de los buques tuvo lugar. Sin embargo, en uno de los grandes duelos de fragata con los ingleses, en los cuales recibió realmente el bautismo de fuego nuestra armada, aconteció que un proyectil redondo del enemigo cogió de lleno una de nuestras baterías, llevándose al oficial y a casi todos los hombres de artillería. Podéis decir cuanto queráis acerca del valor; pero seguramente no era espectáculo muy agradable aquél. Mientras los hombres que estaban solamente heridos trataban de levantarse, y los sanos ayudaban a los asistentes del cirujano a retirar los cuerpos, apareció Nolan en mangas de camisa, con la baqueta de un fusil en la mano; y, como si hubiera sido el oficial de mando, expresó con autoridad quiénes debían ir al sollado con los heridos y quiénes debían permanecer con él; completamente tranquilo y con aquel aire de seguridad que hace sentir a los demás que todo marcha perfectamente. Cargó en seguida el cañón con sus propias manos, apuntó y dió la orden de fuego. Permaneció allí, capitán de aquella batería, levantando el espíritu de sus hombres hasta la destrucción del enemigo; sentado en la cureña mientras el cañón se enfriaba, aunque estaba expuesto en todo instante; explicando la manera más sencilla de preparar las descargas pesadas; haciendo que los inexpertos rieran de sus propias chambonadas; y cuando el cañón estaba frío, cargándolo de nuevo y disparando con rapidez dos veces mayor que cualquiera otra batería del buque. El capitán rondaba para alentar a sus hombres, y Nolan, tocando su sombrero, dijo:
--Estoy aquí enseñándoles cómo hacemos esto en la artillería, señor.--
Y en esta parte de la historia concuerdan todas las leyendas; que el comodoro dijo:
--Ya lo veo y os lo agradezco, señor; y nunca olvidaré este día, señor, ni vos tampoco lo olvidaréis.--
Y después que todo hubo pasado y que recibió la espada del inglés, en medio del fausto y ceremonia del alcázar, el comodoro exclamó:
--¿Dónde está Mr. Nolan? Decid al señor Nolan que venga acá.--
Y cuando vino Nolan, dijo el capitán:
--Mr. Nolan, todos tenemos mucho que agradeceros hoy; hoy sois uno de los nuestros; seréis nombrado en el parte oficial de la batalla.--
Y entonces el anciano, desciñéndose su propia espada de ceremonia, la dió a Nolan e hizo que éste la ciñera. El hombre que me lo contó fué testigo ocular de la escena. Nolan lloraba como un niño y tenía, en verdad, razón de hacerlo. No había ceñido espada desde aquel infernal día en el fuerte de Adams. Pero después, en ocasiones de ceremonial, llevaba siempre aquella antigua espada francesa, primorosamente cincelada, del viejo comodoro.
El capitán le mencionó en el parte oficial. Siempre se ha dicho que pidió entonces la gracia de Nolan. Escribió una carta particular al secretario de guerra; pero nada resultó. Como he dicho antes, sucedía esto cuando comenzaba a ignorarse en Wáshington todo el asunto y cuando la prisión de Nolan continuaba simplemente porque nadie había capaz de ordenar que se suspendiera sin nuevas órdenes del gobierno. He oído decir que estuvo con Pórter cuando tomó posesión de las islas de Nukahiwa. No este Pórter, comprendéis, sino el viejo Pórter, su padre, Éssex Pórter; quiero decir, el viejo Éssex, no el Éssex de nuestros días. Como oficial de artillería que había servido en el oeste, Nolan sabía más que todos ellos de fortificaciones, troneras, revellines, empalizadas y todo lo demás; y trabajó con la mejor voluntad para fijar convenientemente la batería. He pensado siempre que fué una lástima que Pórter no le dejara el mando en unión de Gamble. Esto habría arreglado el asunto con respecto a su castigo. Habríamos conservado las islas y tendríamos ahora un puerto en el océano Pacífico. Y cuando nuestros amigos los franceses pretendieron esta pequeña bahía, habrían encontrado que se hallaba ya ocupada de antemano. Pero Mádison y sus partidarios los virginianos descartaron por completo esta posibilidad.
Todo esto sucedía hace cincuenta años. Si Nolan tenía treinta entonces, debió contar cerca de ochenta a su fallecimiento. Parecía un hombre de sesenta cuando solamente contaba cuarenta. Pero después de aquella época me parece que no cambió una línea su fisonomía. Según imagino yo su vida, por lo que he sabido, debe haber recorrido todos los mares sin desembarcar casi nunca. Debe haber conocido mejor que nadie a todos los jefes de nuestro servicio naval. Me dijo una vez, con grave sonrisa, que ningún hombre llevaba vida tan metódica como la suya.--Sabréis que la gente me llama el "hombre de la máscara de hierro," y no ignoráis cuán ocupado vivía este personaje.--Acostumbraba decir que no aconsejaría a nadie leer continuamente, como no es posible dedicarse de continuo a ninguna ocupación; pero que él leía precisamente cinco horas diarias.--"Luego," añadía,--pongo al día mis anotaciones, escribiendo a determinadas horas los comentarios sobre mis lecturas e incluyendo en ellas mi colección de recortes.--Esta colección era muy interesante a la verdad. Tenía seis u ocho libros sobre temas diferentes. Uno de historia, otro de ciencias naturales y otro que él llamaba "Misceláneas." Mas no eran simplemente colecciones de recortes de periódicos. Había además ejemplares de plantas y gramíneas, conchas cerradas y trozos cincelados de huesos y madera que él mismo había enseñado a labrar a los marineros y que figuraban hermosamente como ilustraciones en su colección. Dibujaba admirablemente. Tenía algunos cuadros sumamente divertidos y otros de lo más patéticos que he visto en mi vida. Quisiera saber quién conserva las colecciones de Nolan.
Bien; acostumbraba decir que sus lecturas y apuntes constituían su profesión, y les dedicaba cinco y dos horas diarias, respectivamente.--Luego,--proseguía,--todo hombre necesita alguna distracción tanto como una profesión. La historia natural es mi distracción.--Esto le tomaba dos horas más todos los días. Los marineros acostumbraban traerle pájaros y peces; pero en las largas travesías tenía que conformarse con ciempiés, cucarachas y otros menudos ejemplares de este estilo. Era el único naturalista que he conocido que hubiera observado algo de las costumbres de la mosca casera y del mosquito. Todos os dirán si son lepidópteros o estrepsíteros; pero en cuanto a la manera de librarse de ellos o a la forma en que estos bichos escapan cuando se les golpea, ¡vamos! Linneus sabía tanto acerca de esto como el idiota John Foy. Estas nueve horas formaban la "ocupación" diaria y regular de Nolan. El resto del tiempo conversaba o paseaba. Hasta que envejeció, subía a cubierta con frecuencia. Hacia siempre bastante ejercicio, y nunca supe que hubiera estado enfermo. Si alguna otra persona experimentaba algún malestar en el buque, convertíase en el enfermero más atento y afectuoso y sabía más que muchos cirujanos. Así, siempre que alguien estaba enfermo o moría a bordo, o siempre que el capitán requiriese sus servicios en estos casos, Nolan estaba dispuesto a recitar las oraciones. He dicho que leía admirablemente.