Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie

Part 16

Chapter 163,899 wordsPublic domain

La espesura en cuya dirección había hecho fuego crecía cerca de la cima de una ondulación del terreno, apretándose en torno de la base de una roca que por la forma y pulido de uno de sus lados, no estaba lejos de asemejarse a una gigantesca piedra tumularia. Como reflejada en un espejo se reproducía la imagen de esta roca en la memoria de Rubén: reconocía hasta las venas que parecían formar una inscripción en olvidados caracteres. Todo continuaba igual, excepto una densa maleza que envolvía la parte baja de la roca, y habría ocultado a Róger Malvin en caso que permaneciera todavía sentado en aquel sitio. En este momento las miradas de Rubén advirtieron otro cambio que el tiempo había efectuado desde que se encontró por última vez en el mismo lugar que ahora ocupaba, detrás de las raíces enterradas del árbol caído. El árbol joven en cuya copa había atado el sangriento símbolo de su juramento, había crecido y, desarrolládose hasta convertirse en un gran roble, lejos todavía de su madurez, pero abundantemente provisto de umbrosas ramas. Pero había en este árbol una particularidad que hizo temblar a Rubén. El centro y las ramas inferiores mostraban vida exuberante, y el exceso de vegetación cubría el tronco casi hasta la tierra; pero alguna circunstancia había esterilizado la parte superior del roble, y su rama más alta aparecía marchita, sin savia y tristemente muerta. Rubén recordaba cómo había flotado la pequeña bandera al tope de aquella rama cuando estaba verde y fresca, dieciocho años atrás. ¿Qué crimen pues la había marchitado?

* * * * *

Después de la partida de ambos cazadores, Dorcas continuó sus preparativos para la cena. Su mesa silvestre era el gran tronco de un árbol caído y cubierto de musgo, en cuya parte más ancha había extendido un mantel blanco como la nieve y dispuesto toda la vajilla de brillante metal que les restaba de lo que había sido su orgullo en la colonia. Era algo extraño encontrar aquel rincón de lujo doméstico en el seno desolado de la naturaleza. El sol lanzaba todavía sus resplandores sobre las ramas altas de los árboles que crecían en terreno elevado; pero las sombras de la tarde obscurecían ya la hondonada donde habían acampado, y el fuego comenzaba a enrojecerse reflejándose en los negros troncos de los pinos o revoloteando sobre la densa y obscura masa de follaje que circundaba aquel paraje. Dorcas no estaba triste; porque sentía que era preferible viajar en el desierto con los amados de su corazón, que vivir aislada en medio de una multitud que no se interesara por ella. Mientras se ocupaba en arreglar asientos de trozos de madera cubiertos de hojas para Rubén y su hijo, flotaba su voz en la selva sombría siguiendo el ritmo de una canción aprendida en la juventud. La ruda melodía, producción de un bardo que no conquistó la gloria, describía una noche de invierno en una cabaña de la frontera, cuando la familia, asegurada contra las irrupciones de los salvajes por las avalanchas de nieve, se regocijaba al fuego de su hogar. Toda la canción poseía el indecible hechizo peculiar de la idea original; pero cuatro líneas, insistentemente repetidas, brillaban entre el conjunto como el fuego de los corazones cuya alegría celebraban. En ellas, con la magia de unas cuantas palabras, había destilado el poeta la verdadera esencia del amor de la familia y de la felicidad doméstica, y eran un cuadro y un poema a la par. Mientras Dorcas cantaba, los muros de su casa abandonada parecían rodearla; no veía ya los tétricos pinos, ni escuchaba el rumor del viento que enviaba, sin embargo, su fuerte hálito a través de las ramas con cada verso, a morir allá lejos en hondo lamento cargado de los ecos de la canción. Sobrecogióse al ruido de un disparo en las cercanías del campamento; y, sea a causa del repentino estallido o de su soledad al lado del fuego, comenzó a temblar violentamente. Mas en seguida rió con todo el orgullo de su corazón maternal.

--¡Mi bello cazador! ¡Mi hijo ha derribado algún ciervo!--exclamó, recordando que Cyrus había partido a cazar en la dirección hacia donde resonó el tiro.

Aguardó un espacio razonable de tiempo creyendo escuchar sobre las crujientes hojas el paso ligero de su hijo que volvía a referir sus proezas. Pero el joven no apareció inmediatamente; y entonces ella lanzó su alegre voz a encontrarle entre los árboles.

--¡Cyrus! ¡Cyrus!--

Aun se retardaba su aparición; y Dorcas decidió ir personalmente a su encuentro, ya que el disparo había sido muy cerca al parecer. Quizá si su ayuda era también necesaria para traer al campamento el venado que se lisonjeaba haber derribado su hijo. Se adelantó, de consiguiente, enderezando sus pasos en la dirección del ya lejano disparo, y cantando mientras avanzaba para que el mancebo pudiera advertir su llegada y correr a su encuentro. Tras cada tronco de árbol y cada sitio que podía servir de escondite creía descubrir el semblante de su hijo riendo con la malicia jovial que nace de la afección. El sol estaba ya muy bajo en el horizonte y la luz que atravesaba los árboles era suficientemente indecisa para crear muchas ilusiones en su bien preparada fantasía. Varias veces creyó vagamente ver su rostro mirándola entre las hojas; y una vez imaginó que la hacía señas desde la base de una escarpada roca. Mirando este objeto con más atención, encontró que no era más que el tronco de un roble cubierto hasta el suelo de pequeñas ramas, una de las cuales, más saliente que las otras, movíase a impulsos de la brisa. Rodeando la base de la roca, se encontró súbitamente junto a su marido que había llegado por otra dirección. Inclinando el cañón de su fusil cuya culata descansaba en las hojas marchitas, Rubén parecía absorto en la contemplación de cierto objeto que yacía a sus pies.

--¿Qué es eso, Rubén? ¿Derribaste al ciervo y te quedaste dormido sobre él?--exclamó Dorcas, riendo alegremente al observar a la ligera la posición y aspecto de su marido.

Él no se movió, ni volvió los ojos hacia ella; y cierto horror frío y siniestro, indefinible en su origen y en su objeto, comenzó a apoderarse de la sangre de Dorcas. Advertía ahora que el rostro de su marido tenía palidez mortal y que sus facciones estaban rígidas, como si fueran incapaces de asumir otra expresión que la de la horrible desesperación que las petrificaba. No dió el más ligero signo de haber notado su presencia.

--¡Por el amor del cielo, háblame, Rubén!--exclamó Dorcas, y el eco extraño de su propia voz la aterrorizó más aún que el silencio de muerte.

Su marido se estremeció, la miró en el rostro, condújola al frente de la roca y señaló con el dedo.

¡Oh! ¡Allí yacía el mancebo, dormido, pero sin sueños, sobre las hojas caídas de la selva! Descansaba la mejilla sobre el brazo; sus suaves rizos caían echados hacia atrás sobre su frente; sus miembros estaban ligeramente laxos. ¿Algún súbito desfallecimiento había acometido al joven cazador? ¿Despertaríale la voz de su madre? ¡Dorcas sabía bien que aquello era la muerte!

--Esta inmensa roca es la piedra tumularia de tu familia más cercana, Dorcas,--dijo su marido.--Tus lágrimas regarán a la vez la tumba de tu padre y la de tu hijo.--

Ella no le oyó. Con un alarido salvaje, que pareció brotar de lo más hondo de su alma dolorida, se desplomó insensible junto al cuerpo de su amado hijo. En el mismo instante la rama marchita en la copa del roble se deshizo en el ambiente tranquilo y cayó en ligeros y suaves fragmentos sobre la roca, sobre las hojas, sobre Rubén, sobre su mujer y su hijo y sobre los huesos de Róger Malvin. Entonces se conmovió el corazón de Rubén y brotaron lágrimas de sus ojos como el agua de una roca. El hombre abatido por la desgracia redimió la solemne promesa del mancebo herido. Su crimen quedaba expiado; la maldición se apartaba de su lado; y después de haber vertido sangre más querida a su corazón que la suya propia, subió a los cielos por primera vez en largos años una plegaria de labios de Rubén Bourne.

ÉDWARD ÉVERETT HALE

Édward Éverett Hale nació en Boston, Massachusetts, el 3 de abril de 1822; murió en la misma ciudad el 10 de junio de 1909. Procedía de una familia distinguida de patriotas y hombres importantes en intelectualidad y en moral. Se educó en la Boston Latín School y en Harvard University, graduándose en la universidad a la temprana edad de diecisiete años. Comenzó su carrera enseñando latín por corto tiempo, dedicándose luego al estudio de la teología, y más tarde fue ministro unitario, ejerciendo el ministerio de pastor en varias iglesias principales de Wórcester y Boston, Massachusetts. Desde 1903 hasta 1909, época de su fallecimiento, fué capellán del senado nacional. Fué abolicionista ardiente, caudillo en varios movimientos de reforma, famoso conferenciante, anticuario, naturalista, sociólogo y filántropo. Colaboraba en muchos diarios y revistas y escribió sobre temas muy diversos. Entre sus obras pueden mencionarse: _History of Kansas and Nebraska_ (1854); _Ninety Days' Worth of Europe_ (1861); _A Man without a Country_ (1861); _Puritan Politics in England and New England_ (1869); _The Ingham Papers_ (1870); _Ten Times One Is Ten_ (1870); _His Level Best_ (1872); _Philip Nolan's Friends_ (1876); _A New England Boyhood_ (1892); _How to Live_ (1902); _Memories of a Hundred Years_ (1902); _We, the People_ (1903); _Foundation of the Republic_ (1907); y muchos volúmenes de sermones, libros para niños, etc.

EL HOMBRE SIN PATRIA

SUPONGO que pocos lectores del _New York Herald_ del 13 de agosto de 1863 observarían por casualidad en una humilde esquina, entre las defunciones, el anuncio siguiente:

NOLAN: Fallecido el 11 de mayo, a bordo de la corbeta _Levant_ de los Estados Unidos. Lat., 2° 11´ S. Long., 131° O., PHÍLIP NOLAN.

Por mi parte lo advertí, debido a la circunstancia de encontrarme desamparado en la antigua casa de la misión en Máckinac, aguardando un vaporcito del lago Superior que nunca se decidía a llegar; y devoraba, por consiguiente, cuanta lectura podía acaparar, hasta las defunciones y matrimonios anunciados en el _Herald_. Tengo buena memoria para nombres y personas, y el lector echará de ver conforme avance que tenía razones suficientes para recordar a Phílip Nolan. Muchas personas, en cambio, se habrían interesado en este anuncio, si el oficial del _Levant_ que lo redactó, hubiéralo hecho en esta forma: "Falleció, mayo 11, _El hombre sin patria_". Pues bajo el nombre de "El hombre sin patria" había sido generalmente conocido este pobre Phílip Nolan por todos los oficiales de marina que le tenían bajo custodia hacía cosa de cincuenta años y, a la verdad, por todos los marineros de la armada. Hasta podría decir que muchos de los hombres que acostumbraban beber con él un vaso de vino una vez a la quincena durante viajes de tres años, nunca supieron que su nombre era Nolan, y ni siquiera si el infeliz tenía nombre alguno.

No hay ningún mal en referir la historia de este ser infortunado. Hasta hoy ha habido razón para guardar secreto absoluto, aun cuando terminó la administración de Mádison en 1817; secreto de honor entre los oficiales de la armada que tenían sucesivamente bajo custodia a Nolan. Y dice muy alto ciertamente del _esprit de corps_ de la profesión y del honor personal de sus miembros que la historia de este hombre haya sido totalmente desconocida a la prensa y, según creo, a toda la nación. Por ciertas investigaciones hechas en los archivos navales, cuando fuí agregado al despacho de los astilleros, me inclino a pensar que los informes oficiales a su respecto se quemaron cuando el incendio de los edificios públicos en Wáshington. Uno de los Túcker, o quizá uno de los Watson, estuvo a cargo de Nolan a la terminación de la guerra; y cuando, al regresar del viaje, presentó su informe en Wáshington a uno de los Crówninshield, que se encontraba entonces en el departamento de marina, descubrió que en las oficinas de estado se ignoraba por completo tal historia. No sabría decir si era desconocida en realidad o si la política adoptada consistía en un "_Non mi ricordo._" Pero lo que sé es que, desde 1817 y quizá antes, ningún oficial de marina ha mencionado a Nolan en sus informes de viaje.

Como dije antes, no existe ahora la necesidad de misterio. Y ya que ha muerto la desgraciada criatura, paréceme interesante referir un poquillo de su historia, siquiera sea para enseñar a los jóvenes americanos del día lo que significa ser _un hombre sin patria_.

Phílip Nolan era un joven oficial de los más distinguidos en la "Legión del Oeste," como se llamaba entonces la división de nuestro ejército originaria del oeste. Cuando Aarón Burr realizó su primera y arrojada expedición a Nueva Órleans en 1805,[38] encontró en el fuerte de Mássac o en algún otro punto de la ribera, como cosa dispuesta por el diablo, a aquel alegre, intrépido y brillante joven, en, alguna cena, imagino. Burr le observó, conversó con él, paseó con él, llevóle uno o dos días a navegar en su barco y le fascinó, en una palabra. Al año siguiente la vida de cuartel era demasiado insípida para el pobre Nolan. Hizo uso del permiso de escribirle que le había concedido el gran hombre. El pobre mozo escribió una tras otra largas, floridas y pomposas cartas, y volvió a escribir, y envió las copias, sin que jamás viniera una línea de respuesta del fastuoso impostor. Los demás jóvenes de la guarnición se burlaban de él porque, en su afección mal recompensada por un político, había sacrificado en escribirle el tiempo que ellos dedicaban al _monongahela_,[39] al _sledge_ y al _high-low-jack_.[40] El _bourbon_,[39] el _euchre_ y el _poker_,[40] eran aun desconocidos. Pero un día Nolan tuvo su desquite. Aquella vez descendió Burr el río, no como abogado en busca de lugar adecuado para establecer sus reales, sino como conquistador disfrazado. Había derrotado a no sé cuántos procuradores, había asistido a no sé cuántos banquetes públicos; su nombre había salido en letras de molde en no sé cuántas revistas semanales; y se rumoraba que tenía un ejército a sus espaldas y un imperio delante de él. El día de su llegada fué un gran día para el pobre Nolan. No haría una hora que se encontraba Burr en el fuerte cuando ya había enviado a buscarle. Aquella noche pidió a Nolan que le acompañara en su esquife para mostrarle un cañaveral o un árbol de algodón, según decía; en realidad, para seducirle; y cuando arriaron la vela, Nolan estaba ya alistado en cuerpo y alma. Desde entonces, aun cuando él todavía lo ignoraba, se convirtió en _un hombre sin patria_.

Lo que Burr proyectaba lo sé tanto como vos, querido lector. No nos interesa, de otro lado. Solamente, cuando estalló la gran catástrofe, y Jéfferson y los partidarios de la casa de Virginia[41] de aquel entonces se propusieron enrodar a todos los Clárence posibles de la Casa de York[42] con motivo del juicio de alta traición en Ríchmond, algunos de los acalorados de segundo orden en aquel distante valle del Misisipí, más alejado entonces de nosotros de lo que hoy se encuentra la sonda de Púget, introdujeron la novedad en su escenario provincial; y para disipar la monotonía del verano en el fuerte de Adams, se dieron como espectáculo una serie de juicios militares de los oficiales. Varios coroneles y mayores fueron enjuiciados, y para completar la lista entró también Nolan contra quien existían indicios más que suficientes, Dios lo sabe: que estaba aburrido del servicio, que había querido abandonarlo, que habría obedecido gustoso la orden de marchar a cualquier lado con todo el que quisiera seguirle, siempre que la orden apareciera firmada: "Por mandato de Su Excelencia, A. Burr." La corte marcial proseguía sus tareas. Pero los pájaros gordos volaban, a lo que yo me sé. La culpabilidad de Nolan quedó suficientemente establecida, como decía; sin embargo, ni vos lector ni yo hubiéramos sabido nunca de él, si no fuera porque al preguntarle el presidente del tribunal, momentos antes de terminar si deseaba decir algo para probar su lealtad constante a los Estados Unidos, en un frenesí de rabia gritó:

"¡Al diablo los Estados Unidos! ¡No quisiera oír hablar jamás de los Estados Unidos!"

Supongo que Nolan no imaginó hasta qué punto iban a herir sus palabras al viejo coronel Morgan que presidía la corte marcial. La mitad, por lo menos, de los oficiales presentes había servido bajo la revolución, arriesgando la vida, por no decir el cuello, en obsequio a los ideales que él zahería tan desdeñosamente en su locura. Phílip Nolan, por su parte, había crecido en el oeste[43] de aquellos días, en medio de la "conspiración española," y la "conspiración de Órleans," y todo lo demás. Habíase educado en una colonia cuya mejor sociedad estaba formada por uno que otro oficial español o algún mercader francés de Órleans. Su educación, tal como era en la actualidad, se había perfeccionado en sus expediciones industriales a Veracruz, y creo que me dijo alguna vez que su padre tomó a un inglés como ayo suyo durante un invierno en la colonia. Había pasado la mitad de su juventud con un hermano mayor persiguiendo caballos salvajes en Tejas; en una palabra, los "Estados Unidos" apenas pasaban de una idea vaga para él. Sin embargo, había vivido a costa de los "Estados Unidos," todo el tiempo que estaba en el ejército. Había jurado, por su fe de cristiano, ser leal a los "Estados Unidos." Los "Estados Unidos" le habían dado el uniforme que vestía y la espada que llevaba al costado. Nada, mi pobre Nolan; solamente porque los "Estados Unidos" os habían aceptado entre los primeros como uno de sus leales hombres de honor, aquel "A. Burr" se preocupaba de vos un pelo más que de los hombres de su chata que izaban la vela de la embarcación.

No excuso a Nolan; explico simplemente al lector por qué enviaba al diablo a su patria y deseaba no volver a oír hablar de ella jamás.

Sólo volvió a oír el nombre de su patria una vez después de aquellas palabras. Desde aquel instante, el 23 de septiembre de 1807, hasta el día en que murió, 11 de mayo de 1863, jamás oyó nombrar de nuevo a los Estados Unidos. Durante este largo medio siglo fué un hombre sin patria.

El viejo Morgan, como he dicho, sintióse terriblemente ofendido. Si Nolan hubiera comparado a George Wáshington con Bénedict Árnold, o gritado "¡Dios guarde al rey George!" no habría quedado Morgan más dolorosamente impresionado. Transladó la corte marcial a sus habitaciones particulares, y volvió al cabo de quince minutos con el rostro más blanco que un sudario, para decir:

"¡Prisionero, escuchad la sentencia del tribunal! El tribunal decide, sujeto a la aprobación del presidente, que jamás volváis a oír el nombre de los Estados Unidos."

Nolan soltó una carcajada. Pero nadie le imitó. El tono del viejo Morgan había sido demasiado solemne, y todo el cuarto quedó en silencio mortal durante un minuto. Aun Nolan perdió su fanfarronería pasado un momento. Entonces Morgan añadió:--"Señor mariscal, llevad al prisionero a Órleans en un buque de guerra y entregadlo allí al jefe naval."

El preboste dió sus órdenes, y sacaron al prisionero de la sala del tribunal.

"Señor preboste," continuó el viejo Morgan, "cuidad de que nadie mencione los Estados Unidos en presencia del prisionero. Señor preboste, ofreced mis respetos al teniente Mítchel en Órleans, y pedidle que nadie nombre a los Estados Unidos mientras el prisionero se encuentre a bordo del buque. Recibiréis órdenes escritas del oficial de servicio esta noche. La corte se suspende sin día determinado."

Siempre he creído que el coronel Morgan llevó a Wáshington los procedimientos de la corte marcial, explicando a Jéfferson lo que había pasado. Lo cierto es que el presidente aprobó la resolución; es decir, a creerse a las personas que aseguran haber visto su firma. Antes de que el _Nautilus_ diera la vuelta de Nueva Órleans por la costa septentrional del Atlántico llevando a su bordo al prisionero, la sentencia quedaba aprobada y él era un hombre sin patria.

El plan adoptado fué más o menos el mismo que se siguió siempre. Quizá nació de la necesidad de enviarle por agua desde el fuerte de Adams y de Órleans. Se solicitó del secretario de marina,--probablemente el primer Crówninshield, aun cuando no estoy seguro de la persona,--que pusiera a Nolan a bordo de algún buque del gobierno aparejado para larga travesía, ordenando que se le confinara de tal suerte que jamás volviese a oír hablar de su patria ni a volverla a ver. Pocas travesías largas se realizaban en aquel tiempo, y la marina no gozaba de gran favor; de manera que, siendo casi todo tradición en esta historia, como ya lo he explicado, no podría decir con certidumbre cuál fué su primer viaje. Pero el capitán a quien fué entregado Nolan--probablemente Tíngey o Shaw, aunque también pudo ser alguno de los jóvenes de aquel tiempo que, como yo, son viejos en la actualidad--el capitán, decía, reguló la forma y las precauciones necesarias para el caso, las mismas que, de acuerdo con aquel programa, se llevaron a cabo hasta la muerte del prisionero.

Treinta años después, cuando era yo oficial segundo del _Intrepid_, vi el pliego original que contenía las instrucciones. Siempre he lamentado no haber sacado entonces copia exacta de este papel. Decía, sin embargo, más o menos lo siguiente:

_Wáshington_ (y la fecha, que debe haber sido a fines del 1807).

SEÑOR: El teniente Neale os entregará la persona de Phílip Nolan, ex teniente en el ejército de los Estados Unidos.

En el transcurso de su juicio por la corte marcial, manifestó dicha persona, acompañado de un voto, el deseo de _no volver a oír hablar jamás de los Estados Unidos_.

La sentencia del tribunal fué que este deseo quedara satisfecho.

Por ahora ha confiado el presidente la ejecución de la sentencia a este departamento.

Tomaréis al prisionero a bordo de vuestro buque, y le guardaréis con toda clase de precauciones para impedir su fuga.

Le procuraréis alojamiento, mesa y vestidos en relación con el grado de oficial que había alcanzado en el ejército, como si fuera a bordo un pasajero por asuntos del gobierno.

Los caballeros pueden hacer a bordo cualquier arreglo que juzguen conveniente con respecto a su sociedad. No debe exponérsele a ninguna falta de cortesía, ni es necesario recordarle que se encuentra prisionero.

Pero bajo ningún concepto oirá hablar de su patria ni leerá la menor noticia concerniente a los Estados Unidos; y recomendaréis especialmente a los oficiales a vuestras órdenes que, en las diversas concesiones que dicha persona pueda obtener, cuiden de que se mantenga esta regla que envuelve su expiación.

La intención del gobierno es que jamás vuelva a ver el país de que ha renegado. Antes de la terminación de vuestro viaje, recibiréis órdenes acerca de la forma en que esto debe verificarse.

Respetuosamente, _Por el Departamento de Marina_, W. SÓUTHARD.

Si hubiera conservado yo en la memoria esta orden completa, no habría solución de continuidad al principio de mi historia. Por lo que respecta al capitán Shaw, siempre que fuera él, pasó la orden a su sucesor en el puesto, y éste, a su vez, al que le siguió; y supongo que el capitán del _Levant_ la conserva hasta hoy como documento para probar su derecho de conservar a aquel hombre bajo su indulgente custodia.