Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie

Part 14

Chapter 143,947 wordsPublic domain

Pero la linda Polly Gookin no pensaba de esta manera. La pareja paseaba entonces a través de la habitación: Feathertop, con su andar distinguido y su no menos distinguido semblante; la joven con cierta gracia femenina natural, realzada por un toque ligero de afectación que no la perjudicaba y que parecía aprendido del arte perfecto de su compañero. Mientras más se prolongaba la entrevista más encantada estaba la linda Polly; hasta que, pasado un cuarto de hora, la joven comenzó positivamente a sentirse enamorada, como pudo notarlo el viejo magistrado desde su escondite. No era necesaria magia alguna para provocar este rápido resultado; el corazón de la pobre niña era sin duda tan apasionado que se fundía a su propio calor, reflejado en la hueca semblanza de un amante. Nada importaba lo que Feathertop dijera: sus palabras levantaban profundo eco y repercutían en los oídos de la joven; nada importaba lo que hiciera: sus acciones revestían siempre caracteres heroicos ante los ojos de Polly. Y puede suponerse que en aquellos momentos se encendían las mejillas de la joven y brillaba en sus labios tierna sonrisa, y húmeda dulzura en sus miradas; mientras la estrella chispeaba en el pecho de Feathertop y los pequeños demonios corrían con regocijo más y más frenético alrededor de la cabeza de la pipa. ¡Oh, linda Polly Gookin! ¿Por qué se regocijan tan locamente aquellos diablillos de que una necia doncella esté a punto de dar su corazón a una sombra? ¿Es acaso una desgracia tan inusitada, un triunfo tan raro?

De pronto se detuvo Feathertop y adoptando una actitud majestuosa pareció imponer a la joven la contemplación de su figura y desafiarla a que resistiera su atractivo si esto era posible. La estrella, los bordados, las hebillas, brillaban en aquel momento con esplendor indecible; los matices pictóricos de su atavío tomaron mayor riqueza de colorido; desprendíase de toda su persona el lustre y cortesanía que traduce el encanto de modales refinados. La doncella levantó los ojos y los fijo en su compañero con expresión tímida y maravillada. Luego, como deseosa de juzgar por sí misma el valor que su sencilla belleza pudiera tener al lado de tal esplendor, lanzó una mirada al espejo de grandes dimensiones enfrente del cual se hallaban incidentalmente. Era una lámina de las más claras e incapaz de lisonja. Apenas tropezaron los ojos de Polly con las imágenes allí reflejadas, lanzó un agudo grito, alejóse del extranjero, le miró un momento con desordenado espanto, y se desplomó insensible sobre el pavimento. Feathertop, siguiendo la dirección de su mirada en el espejo, contempló también, no el brillante remedo que su exterior aparentaba, sino la imagen del sórdido conjunto de su composición real, despojada de toda hechicería.

¡Miserable simulacro! Casi debiéramos compadecerle. Levantó los brazos con expresión desesperada, más intensa que todas sus manifestaciones anteriores para vindicar sus pretensiones de considerarse humano; pues quizá por primera vez desde que inició la vida mortal, tan a menudo vacía y decepcionada, se había forjado y aceptado plenamente la ilusión de su propia personalidad.

Mamá Rigby estaba sentada al fondo de su cocina hacia el crepúsculo de este día tan lleno de acontecimientos, y sacudía justamente las cenizas de una pipa nueva, cuando escuchó un paso precipitado a lo largo de la carretera. No se asemejaba mucho al ruido de pasos humanos, sino que parecía más bien el golpeteo de leños o el chocar de huesos descarnados.

"¡Ah!" pensó la vieja bruja, "¿qué pasos son éstos? ¿Qué esqueleto ha salido fuera de su tumba?"

Una figura se precipitó por la puerta de la cabaña. ¡Era Feathertop! Su pipa estaba todavía encendida; la estrella flameaba aún sobre su pecho; los bordados brillaban todavía en su atavío; y tampoco había perdido aún, en forma apreciable, el aspecto que le hacía asemejarse a los mortales. Sin embargo, por algo indescriptible en su continente, como sucede en todos los casos en que el desengaño se ha apoderado por completo de nosotros, la triste realidad, se discernía bajo el hábil artificio.

--¿Qué cosa salió mal?--preguntó la bruja.--¿Olfateó el hipócrita juez más de lo preciso y arrojó a mi niño de su casa? ¡Infame! Enviaré veinte demonios para atormentarle hasta que te ofrezca su hija de rodillas!

--No, madre,--dijo Feathertop desesperadamente;--no es eso.

--¿La chica desdeñó a mi precioso?--preguntó Mamá Rigby lanzando rayos feroces de sus ojos, semejantes a dos brasas de Tóphet.--¡Cubriré su rostro de barros! ¡Volveré su nariz tan roja como el fuego de tu pipa! ¡Haré caer sus dientes delanteros! ¡Dentro de una semana no será ya digna de ti!

--Dejadla tranquila, madre,--respondió el pobre Feathertop;--la doncella estaba casi vencida; y creo que un beso de sus dulces labios me habría hecho sentirme completamente humano. Pero,--añadió tras breve pausa y con un grito de desprecio para sí mismo,--¡me he visto, madre! ¡He visto la miserable, harapienta y vacía criatura que soy! ¡No quiero vivir más!--

Arrancando la pipa de su boca, la estrelló con toda su fuerza contra la chimenea, y se desplomó en el mismo instante convertido en una mezcla de paja y andrajos con algunos palos sobresaliendo del montón y una arrugada calabaza en el centro. Los huecos de los ojos carecían ya de luz; pero la abertura toscamente rasgada, que había hecho las veces de boca, parecía retorcerse aún en desesperada mueca y tenía aspecto casi humano.

"¡Pobre chico!--exclamó Mamá Rigby, lamentándose ante los restos de su desventurada creación.--¡Pobre querido mío, lindo Feathertop! Hay millares y millares de mequetrefes y charlatanes en el mundo, formados de la misma mescolanza de desechos, andrajos y cosas inútiles que entraban en su composición. Gozan, sin embargo, de buena fama y jamás se aprecian a sí mismos en lo que valen. ¿Por qué mi pobre muñeco había de ser el único en conocerse y en sufrir y perecer por ello?--

Murmurando estas palabras, había llenado la bruja una nueva pipa de tabaco, y sostenía el tubo entre sus dedos vacilando entre colocarla en sus propios labios o en los de Feathertop.

--¡Pobre Feathertop!--continuó.--Podría darle fácilmente ocasión de ensayar una nueva vida haciéndole salir mañana al mundo. Pero no; es demasiado tierno, demasiado exquisitamente sensible. Tiene demasiado corazón para manejarse con provecho en este mundo tan vacío e indiferente. ¡Vaya! ¡vaya! Le haremos servir de espantajo, después de todo. Es un oficio inocente y útil, y vendrá bien a mi protegido. Si todos sus semejantes encontraran ocupación tan adecuada, sería un gran bien para la humanidad. Y en cuanto a la pipa, yo la necesito más que él.--

Diciendo así, Mamá Rigby llevó el tubo a sus labios.

--¡Dickon!--gritó con su aguda e imperiosa voz,--fuego para mi pipa!

EL ENTIERRO DE RÓGER MALVIN

LA EXPEDICIÓN proyectada el año 1725 en defensa de las fronteras, y que terminó en la renombrada "batalla de Lóvell," es uno de los pocos incidentes de la guerra india susceptibles de la luz fantástica del romance. Dejando a la sombra judiciaria ciertas circunstancias, la imaginación encuentra mucho que admirar en el heroísmo de una pequeña banda que presentó batalla a enemigo dos veces superior, en el corazón de su propio país. La valentía desplegada por ambas partes estuvo de acuerdo con las ideas civilizadas sobre el valor; y aun la caballería andante no se avergonzaría de registrar en sus anales las hazañas individuales de uno o dos de aquellos combatientes. La batalla a que nos referimos, aunque fatal para los beligerantes, no tuvo consecuencias funestas para la nación, porque derrocó el poderío de una tribu y condujo a la paz que subsistió durante varios años consecutivos. La historia y la tradición son minuciosas en sus crónicas sobre este asunto; y el capitán de una partida de exploradores en la frontera adquiría renombre militar tan positivo como el del jefe que condujera millares de hombres a la victoria. A pesar de la substitución de nombres ficticios por los verdaderos, será fácil reconocer algunos de los incidentes que se refieren en las páginas siguientes, como el mismo relato escuchado de labios de los ancianos sobre la suerte de los pocos combatientes que sobrevivieron en la retirada de la "batalla de Lóvell."

* * * * *

Brillaban alegremente los primeros rayos del sol sobre la copa de los árboles a cuyo pie reposaron la noche anterior dos hombres, sus miembros fatigados y heridos. Habían preparado su lecho de hojas secas de roble sobre el pequeño plano que se extendía al pie de una roca situada cerca del punto prominente de una de aquellas ondulaciones del terreno que prestan tan variado aspecto a la comarca. La masa de granito, elevando su bruñida y lisa superficie a quince o veinte pies sobre sus cabezas, semejaba una gigantesca piedra tumularia, en que las venas naturales parecían formar una inscripción en caracteres olvidados. En una extensión de varios acres en torno de esta roca, los robles y otros árboles de madera dura habían reemplazado a los pinos, producto ordinario del terreno, y un joven y vigoroso renuevo de roble se erguía inmediatamente detrás de los viajeros.

Las graves heridas del hombre más anciano le habían privado del sueño evidentemente; pues apenas se posó el primer rayo del sol en la copa del árbol más elevado, enderezóse penosamente de su posición yacente y se sentó. Las líneas profundas de su rostro y algunas hebras grises en sus cabellos acusaban que había pasado de la edad mediana; pero su musculoso cuerpo habría sido capaz de resistir la fatiga como en la fuerza de la juventud, a no ser por el efecto de sus heridas. La languidez y el agotamiento se revelaban en sus macilentas facciones; y la mirada desolada que arrojó a las profundidades de la selva manifestaba la íntima convicción de que su peregrinaje había terminado. Volvió en seguida los ojos al compañero que estaba acostado al lado suyo. Era un joven que apenas habría alcanzado la edad viril, y yacía, con la cabeza sobre el brazo, entregado a un sueño intranquilo, que un estremecimiento causado por el dolor de sus heridas parecía a cada instante a punto de romper. Su mano derecha asía un fusil; y a juzgar por el juego violento de sus facciones, su sueño le mostraba de nuevo la visión del conflicto del cual era uno de los escasos sobrevivientes. Un grito, agudo y fuerte sin duda en su soñadora fantasía, llegó a sus labios en vago murmullo; y, estremeciéndose a este ligero eco de su propia voz, despertó repentinamente. Su primera preocupación al recobrar sus sentidos fué preguntar ansiosamente por el estado de su compañero herido. Éste sacudió la cabeza.

--Rubén, hijo mío,--dijo,--esta roca tras de la cual nos encontramos servirá de piedra tumularia a un viejo cazador. Hay todavía largas millas de tétrica soledad ante nosotros; y sería lo mismo para mí aun cuando el humo de la propia chimenea de mi casa estuviera al extremo de esta ondulación del terreno. Las balas indias son más mortíferas de lo que yo pensaba.

--Estáis débil por efecto de nuestra caminata de tres días,--replicó el joven,--y un poco de descanso os devolverá la fuerzas. Quedad aquí mientras busco en el bosque las hierbas y raíces que deben sustentarnos; y después de haber comido, apoyándoos en mí, emprenderemos la vuelta al hogar. No dudo de que con mi ayuda podréis llegar hasta una de las guarniciones de la frontera.

--No tengo dos días de vida, Rubén,--dijo el otro, serenamente,--y mi cuerpo inútil no debe ser más tiempo una carga para ti, que con dificultad puedes sostenerte a ti mismo. Tus heridas son profundas y tus fuerzas decaen rápidamente; sin embargo, puedes salvarte aún, si te apresuras a avanzar solo. Para mí no hay esperanza, y aguardaré aquí la muerte.

--Si es así, permaneceré a vuestro lado y velaré por vos,--dijo Rubén con resolución.

--No, hijo mío, no,--insistió su compañero.--Deja que se imponga la voluntad de un moribundo; dame tu mano, que yo la estreche, y parte. ¿Piensas que mis últimos momentos serían más tranquilos con la idea de que te condenaba a morir de muerte más lenta? Te he amado como un padre, Rubén; y en momentos como éste debo tener la autoridad de un padre. ¡Te ordeno marchar, para que yo pueda morir en paz!

--Y porque habéis sido un padre para mí, ¿he de dejaros perecer y quedar insepulto en esta soledad?--exclamó el joven.--No; si vuestro fin se aproxima en verdad, velaré a vuestro lado y recibiré vuestra eterna despedida. Cavaré una tumba aquí, bajo la roca, en la cual descansaremos juntos, si la debilidad me hace desfallecer; o si el Cielo me da fuerzas, buscaré el camino de mi hogar.

--En las ciudades y en cualquiera parte donde viven los hombres,--replicó el otro,--se acostumbra enterrar a los muertos. Ocúltanlos así a la vista de los vivos; pero aquí, donde ningún ser humano pasará quizá en cien años, ¿por qué no habría de descansar bajo el cielo, cubierto únicamente por las hojas de roble cuando las hagan caer las ráfagas de otoño? Y si de monumento se trata, aquí tenemos esta roca gris, donde mi mano moribunda esculpirá el nombre de Róger Malvin, para que los viajeros futuros sepan que reposa aquí un cazador y un guerrero. No te retardes, por consiguiente, sino apresúrate al contrario, ya que no por ti mismo, ¡por ella, que quedaría desolada!--

Malvin pronunció con voz trémula las últimas palabras que produjeron visiblemente hondo efecto en su compañero. Hiciéronle recordar que existen deberes menos cuestionables que el de compartir la suerte de un hombre a quien la muerte de su camarada no iba a beneficiar. No podría afirmarse si algún sentimiento egoísta se abrió paso en el corazón de Rubén, a quien su conciencia hizo aun resistir obstinadamente las súplicas de su compañero.

--¡Cuán terrible sería aguardar la muerte en esta soledad!--exclamó el joven.--Un hombre valiente no tiembla en el campo de batalla; y aun la mujer puede morir valerosamente cuando los amigos rodean su lecho; pero aquí...

--Tampoco temblaré aquí, Rubén Bourne,--interrumpió Malvin.--Soy hombre de corazón; y aunque no lo fuera, hay una fuerza superior a la que pueden prestar todos los amigos del mundo. Eres joven y amas la vida. Tus últimos momentos necesitan comodidades que mi naturaleza no reclama; y cuando me hayas depositado en tierra y te encuentres solo, y la noche caiga sobre la selva, sentirás toda la amargura de la muerte a que ahora podías haber escapado. Mas no daré razones egoístas a tu generoso corazón. Abandóname por mi propia conveniencia, para que, después de haber murmurado una plegaria por tu salvación, tenga tiempo de arreglar mis cuentas sin sentirme perturbado por pesares terrenales.

--¿Y vuestra hija! ¿Cómo me atreveré a afrontar sus miradas?--exclamó Rubén.--¡Me interrogará sobre la suerte de su padre, cuya vida juré defender con la mía propia! ¿He de decirla que marchasteis tres días conmigo desde el campo de batalla y que os abandoné luego, dejándoos perecer, solo, en el desierto? ¿No es preferible que me acueste en la tierra y perezca al lado vuestro, antes que regresar salvo y verme obligado a decir esto a Dorcas?

--Dirás a mi hija,--repuso Róger Malvin,--que, a pesar de encontrarte dolorosamente herido, débil y fatigado, sostuviste por muchas millas mis pasos vacilantes y te separaste de mí sólo a mis ruegos, porque no quise yo que tu muerte pesara sobre mi alma. Le dirás que fuiste fiel en medio del sufrimiento y los peligros, y que si tu sangre hubiera podido salvarme, la habrías derramado hasta la última gota; y dile también que serás para ella algo más querido que un padre, y que os bendigo a ambos y que mis ojos moribundos pueden vislumbrar una vía larga y placentera que recorreréis juntos.--

Mientras hablaba, habíase erguido Malvin, y la energía de sus últimas palabras pareció llenar la selva solitaria con una visión de felicidad; mas, al caer exhausto de nuevo sobre su lecho de hojas de roble, se apagó la luz que por un momento había brillado en los ojos de Rubén. Sintióse loco y culpable de pensar en la dicha en momentos semejantes. Su compañero espiaba su movible fisonomía, tratando de arrastrarle con arte generoso a procurar su propio interés.

--Quizá me equivoco respecto al tiempo que me resta de vida,--prosiguió.--Es posible que con pronta asistencia llegara a recobrarme de mis heridas. Los primeros fugitivos deben haber llevado ya a la frontera las nuevas de nuestro desastroso encuentro, y probablemente recorren el campo partidas para recoger a los que se hallan en condiciones semejantes a las nuestras. Si tropezaras con una de estas partidas y la guiaras a este sitio, ¿quién puede asegurar que no me vería otra vez sentado al fuego de mi hogar?--

Una dolorosa sonrisa vagó por las facciones del moribundo al insinuar esta infundada esperanza que, sin embargo, produjo efecto en Rubén. Ningún motivo puramente egoísta, ni siquiera la situación desolada de Dorcas le habría inducido jamás a abandonar a su compañero en momentos semejantes; pero sus deseos acogieron la idea de que era posible salvar la vida de Malvin, y su entusiasta naturaleza llegó casi a posesionarse de la remota posibilidad de encontrar ayuda humana en aquella soledad.

--Seguramente que hay razones, y razones poderosas para esperar que nuestros amigos no se encuentran muy distantes,--dijo a media voz.--Un cobarde huyó en salvo al comienzo de la pelea y es probable que haya ido bien de prisa. Todos los fieles de la frontera han empuñado sin duda el fusil a tales nuevas; y, a pesar de que ninguna partida se aventuraría tan adentro de los bosques, puedo encontrarla quizá después de un día de marcha. Aconsejadme escrupulosamente,--añadió, volviéndose a Malvin, desconfiado de su propio criterio.--Si estuvierais en mi lugar, ¿me abandonaríais mientras tuviera vida?

--Hace veinte años,--replicó Róger Malvin, suspirando, sin embargo, al reconocer íntimamente la disimilitud de ambos casos,--hace veinte años que escapé con un amigo muy querido del cautiverio de los indios cerca de Montreal. Vagamos durante muchos días entre los bosques, hasta que al fin, desfallecidos por el hambre y el cansancio, mi amigo se desplomó y trató de persuadirme que le abandonase, porque sabía que al permanecer pereceríamos ambos; y con muy poca esperanza de encontrar socorro, amontoné una almohada de hojas secas bajo su cabeza y me apresuré a partir.

--¿Y volvisteis a tiempo para salvarlo?--preguntó Rubén, pendiente de las palabras de Malvin como si fueran el profético anuncio de su propio éxito.

--Sí;--respondió el otro.--Llegué al campamento de una partida de cazadores el mismo día antes del ocaso. Los guié hasta el paraje donde mi amigo aguardaba la muerte; y ahora es un hombre sano y vigoroso que trabaja en sus propias tierras muy lejos de la frontera, mientras que yo estoy herido aquí pereciendo en las profundidades del desierto.--

Este ejemplo, actuando poderosamente sobre la decisión de Rubén, se fortalecía inconscientemente con muchos otros motivos en el alma del joven. Róger Malvin comprendió que el triunfo estaba cerca.

--¡Ahora ve, hijo mío, y que el cielo te proteja!--dijo.--Vuelve con nuestros amigos tan pronto como puedas encontrarlos, a menos que las heridas y el cansancio te hagan desfallecer; pero en este caso, envía dos o tres, los que sea posible, en busca mía; y créeme, Rubén, mi corazón se sentirá más ligero a cada paso que te acerque al hogar.--

Mas podía quizá observarse cierto cambio en su voz y en su fisonomía mientras hablaba así; porque era, en verdad, suerte horrible verse abandonado para expirar en la soledad.

Rubén Bourne, convencido sólo a medias de que procedía con rectitud, alzóse y se preparó para la partida. Pero antes, aunque contrariando los deseos de Malvin, reunió un montón de las hierbas y raíces que habían sido su único alimento en los dos últimos días. Colocó la inútil provisión al alcance del moribundo, para quien dispuso igualmente un lecho fresco de hojas secas de roble. Subiendo entonces al ápice de la roca, que era áspera y rugosa por uno de sus lados, inclinó el joven roble y ató su pañuelo en la rama más alta. La precaución no era innecesaria para guiar a cualquiera que pudiese venir en busca de Malvin; porque los costados de la roca, salvo el ancho y bruñido frente, quedaban ocultos a poca distancia por la densa vegetación de la selva. El pañuelo era el vendaje de la herida del brazo de Rubén; y al atarlo en el árbol juró, por la sangre de que estaba manchado, que regresaría, ya fuera para salvar la vida de su compañero o para depositar su cuerpo en la tumba. Bajó después y se mantuvo con los ojos bajos, escuchando las últimas palabras de Malvin.

La experiencia de éste le sugería numerosos y detallados consejos respecto al viaje del joven a través de la intrincada selva. Habló de ello con serena gravedad, como si enviara al joven de caza o a la guerra mientras quedaba él en seguridad; y de ningún modo como si el rostro humano que contemplaba en aquellos momentos fuera el último que había de ver en su vida. Pero su firmeza se conmovió antes de concluir.

--Lleva mi bendición a Dorcas y dile que mi última plegaria será por ella y por ti. Encarécele de mi parte no conservar amargos sentimientos por tu abandono--aquí palpitó dolorosamente el corazón de Rubén--porque sé que si tu vida hubiera pesado en favor mío, la habrías sacrificado sin vacilar. Ella se casará contigo después de haber llorado algún tiempo a su padre; y ¡quiera el Cielo concederos largos y felices días, y puedan los hijos de vuestros hijos rodear vuestro lecho de muerte! Y vuelve, Rubén,--añadió, pues la debilidad de la muerte le vencía al fin,--cuando tus heridas estén curadas y tu cansancio haya pasado; vuelve a esta roca solitaria, a depositar mis huesos en la tumba y a murmurar una plegaria sobre mis restos.--

Los habitantes de la frontera prestaban atención casi supersticiosa a los ritos de la sepultura; lo cual se originaba quizá en las costumbres de los indios que hacían la guerra tanto a los muertos como a los vivos; presentándose muchos casos en que se sacrificaba la vida por el propósito de enterrar a los que habían perecido "en las fauces del desierto." Rubén comprendía, por consiguiente, toda la importancia de la solemne promesa que hizo de volver y de llevar a cabo las exequias de Malvin. Era digno de notarse que éste, al hablar a corazón abierto en sus palabras de despedida, no trataba ya de persuadir al joven de que quizá un rápido socorro podría salvarle. Rubén estaba íntimamente convencido de que era la última vez que veía vivo el rostro de Malvin. Su naturaleza generosa le impulsaba a quedarse a cualquier riesgo hasta que todo hubiera terminado; pero el ansia de vivir y la esperanza de la felicidad se habían fortalecido en su corazón, y fué incapaz de resistir.

--Es suficiente,--dijo Róger Malvin, después de escuchar la promesa de Rubén.--¡Ve, y que Dios te guíe!--

El joven oprimió su mano silenciosamente, volvióse y partió. Sus débiles y vacilantes pasos le habían conducido muy poco trecho, sin embargo, cuando la voz de Malvin le llamó de nuevo.

--¡Rubén, Rubén!--dijo débilmente; y Rubén regresó, y arrodillándose junto al moribundo.

--Levántame y déjame reclinado contra la roca,--fué su última petición.--Mi semblante se dirigirá así hacia mi hogar, y podré divisarte un instante más cuando desaparezcas bajo los árboles.--