Cuando niño

Chapter 2

Chapter 24,306 wordsPublic domain (Wikisource)

I Esta mañana me desperté muy contento porque yo sé que a la escuela por fin iré y muchas cosas aprenderé. II Anoche cuando me acosté y al dormir mis ojos yo cerré. ¿Sabes qué es lo que soñé? ¡Que ya sabía leer! Sabía escribir, sabía contar, sabía sumar y también restar. Sabía colorear; también dibujar y muchas cosillas más. III Al ir a la escuela veo: árboles bonitos, coches feos. Camiones gruñones, señores gritones, la panadería y la lechería; puestos de revistas donde miro artistas y las bicicletas y motocicletas. Allí está el mercado, la juguetería y a unos cuantos pasos el cine del barrio. IV Cuando en las mañanas a la escuela vengo, se ve tanto tránsito que yo me entretengo. Hay grandes camiones y carros pequeños y unos enojones que quitan el sueño. Circula, circula, circula, se la pasan repitiendo y las pobres ruedas no ruedan, no ruedan: ¡Ay qué tarde se va haciendo! Circula, circula, circula; ahora sí ya voy corriendo y con tanto círculo, círculo, círculo, bizquito me estoy poniendo. V Sus trinos me despiertan muy de mañana y al irme yo a la escuela mueven sus alas. Revoloteando juegan por los jardines y en la fuente se bañan los chiquilines. Unos son amarillos; otros rojillos; algunos picaflores o gorrioncillos. Sus trinos me despiertan muy de mañana y al irme yo a la escuela mueven sus alas. VI Mi escuela es así: grande y chiquita; muy alta y bajita; ancha y delgadita. Tiene sus ventanas de rombos cuadrados, de estrellas redondas y triángulos largos. Y aunque les parezca que estoy delirando, conforme yo crezca ya la iré ordenando. VII Cuando llego a la escuela me gusta fantasear y quiero caminar como quien vuela. Subir las escaleras al bajarlas y todas las pizarras borronearlas. Correr por los pasillos lentamente y entre los corredores ser durmiente. Tocar bellas canciones con campana. Hacer con muchos días la semana En el jardín sembrar una sardina y en la fuente pescar una gallina. Cuando llego a la escuela me gusta fantasear la bandera me saluda y su escudo me hace chao. Cuando llego a la escuela me gusta fantasear: Hoy no tengo tarea; me voy a juguetear. VIII Hay niñitos y niñotes en el patio de mi escuela. Unos juegan o platican y muchos se corretean. En las bancas del jardín o en algún rincón del patio comen tortas, toman jugos o unos exquisitos tacos. Es la hora de recreo: cuadernos a descansar, los libros toman la siesta y yo voy a imaginar. Ya suena la campana es la hora de entrar. La bandera se mueve y hay que saludar. IX Ya suena la campana. Es hora del recreo. Vamos a descansar de tanto leo y leo. Ya suena la campana. Es hora de salir. Haremos la tarea y lueguito a dormir. X -¡Hey, salón de clases!- habla el pizarrón- dile al escritorio quién es el mejor. Contesta el estante: -Sin duda el reloj. Las bancas aplauden tanta distinción. Libros y libretas sin gran confusión deciden el triunfo del televisor. Entonces el radio le grita al salón: -Cállense toditos: la reina es la flor. XI El cuaderno dijo a la mochila: -Anda, sácame de aquí. Y los libros aplaudieron: -Sácanos también, sí, sí. Comenzó a pedir el lápiz: -Sacapuntas por favor- y las pinturas dijeron: -También salga el borrador. Con regla, compás y escuadra, qué figuras de primor. -Soy estudiante atareado que domina el dominó. XII Alto y alto y alto. Es un árbol. Crece y crece el tronco y el ramaje. Se llena de hojas: ¡Qué lindo follaje! Refresca y da sombra su verde ropaje. Alto y alto y alto: Voy cambiando. Crezco y crezco y crezco: Soy como árbol. XIII Cuantas casitas se ven por las calles; algunas grandotas, otras chaparritas. Unas, edificios; otras, vecindades; unas de ladrillos; otras de cristales. Abriendo sus puertas y sus ventanales hay muchas historias que pueden contarnos. Cuantas casitas miro por las calles abundan en cuentos y curiosidades. XIV Por calles y carreteras por calzadas y callejones; en invierno o en primavera nunca paran los camiones. Van y vienen de a montones; cargan bultos de madera, gallinas, botes, limones y andan por toda la tierra. XV Si mueven la cola, son buenos amigos. Si ladran y ladran, son como enemigos. Y saltan y saltan y a veces te tiran y en otras te ayudan a cuidar tu vida. Hay perros pintitos, bonitos, feotes, blanquitos, negrotes, graciosos, chiquitos. Y los hay dientones furiosos, gruñones, mechudos, pelones y salamerones. XVI Buenos días, ¿cómo está usted? Tome leche. Tome café. Aquí se vende. Allí se alquila. Ganga. Descuento. ¡Qué golosina! Super refresco. Ropa divina. Tenis contentos. Gran medicina. Buenas tardes. Pásela bien sin salir de nuestro almacén. Toque violín. Toque acordeón. Hay letrero hasta en el colchón. Buenas noches don locutor, si no pone otra canción, apago el radio por hoy. XVII El mundo está lleno de cosas unas bonitas, otras graciosas. Hay mesas, relojes y rosas; muñecas, pelotas y lozas. Hay platos y vasos y tazas y dados y libros y casas. Y clavos, martillos y mazas y frutas, pasteles y pasas. El mundo está lleno de cosas; algunas baratas, otras muy costosas. XVIII Panadero, panadero, panadero ¿ya está el pan? Abra la panadería que ya quiero merendar: ricos cuernos, polvorones, rejas, huesos y volcanes; roscas, pasteles, cocoles y otros sabrositos panes. ¡ Qué gusto me voy a dar! XIX Con mi mamá al mercado vamos por el mandado. Compramos las verduras y las frutas maduras. Me invitan una piña de prueba o un durazno; un trozo de sandía o un jugosito mango. Por eso yo prefiero ir al mercado y no las cosas frías del supermercado. Me gustan más los puestos porque son muy variados. XX En la juguetería hay juguetes noche y día: redondas pelotas y trompos que botan: Hay trenes que en rieles van caminando y carreteritas con coches paseando. Yo sólo los miro. No puedo comprarlos. XXI Un calcetín rima con patín; una paleta con bicicleta. Una bota con la pelota y una botella con esa estrella. Camión y avión riman en –on; jarro y carro rimas son. En toro y loro -oro es. Dado y soldado -ado ha de ser! Piña y niña; ropa y copa; casa y taza; rimas son. El caballo con el gallo y el melón con el pelón. rima, rima -on y –on XXII Las cosas están llenas de figuras. La luna como un círculo la ves. Los pinos que adornan las montañas; cada uno un triángulo es. Un rectángulo forma un camión; un cuadrado un ventanón y un huevito blanquito o rojito es, sin duda, un círculo cachetón. Las cosas están llenas de figuras; son líneas que se forman muy bien: derechas, quebradas, redondeadas. Todo el mundo de figuras es. Imagino y me imagino cuántas hay escondidas atrás. Adivino y adivino lo que es y mil cosas curiosas voy a ver XXIII La luna comelona se ha comido una tuna por eso en la laguna se ve tan cachetona. La luna comelona se ha comido un conejo por eso en el espejo se ve tan gordinflona. Del círculo que era ahora está ovalada, mas cuando haga la dieta se va a poner delgada. XXIV Cuando la noche su negro velo tiende en los pueblos y en la ciudad veo como salen luces muy bellas: son las estrellas que luz darán. Lindas estrellas del atardecer cuando anochezca brillen otra vez. Lindas estrellas del amanecer cuando el sol salga, duérmanse bien. XXV Una casita y un gran camión fácil los dibujo yo; Unas ventanas y hasta un tren me salen re que te bien. Con rectángulos un automóvil haré y a un castillo de rectángulos a todos los llevaré. Con rectángulos mi nave espacial tendré y con mi traje rectángulo la luna visitaré. Con rectángulos la nave manejaré y vestidos con rectángulos a todos los pasearé. XXVI Ronca y ronca va el autobús: Carreteras va a recorrer. Sube cerros y ríos ve. Va en la ruta de un cielo azul. Rueda que rueda la rueda, la rueda del ferrocarril. Roza la ruta de fierro. Rodando se ve feliz. Ruge que ruge, el auto va entre los barrios de la ciudad y en cualquier rumbo repetirá con tanto ruido quién dormirá. XXVII Salta y salta la pelota; corre y corre por ahí. Brinca y brinca muy burlona quién la puede detener. Huye, huye la pelota de tantas manos y pies. Pelotita juguetona cuanto nos haces correr. Pelotita pelotona pelotucha pelotón Pareces una balota que se siente el gran balón. XXVIII En el agua clara de la fuente clara se asoma un pescado que está muy pescado. Lindo pescadito que estás pescadito, ¿no quieres salir conmigo a salir? Mi mamá me ha dicho que tu mamá ha dicho que si tú te sales te puedes morir; pero yo te digo esto que te digo que si yo me meto me puedo ahogar. Pobre pescadito que estás pescadito: tú del agua clara; yo de la ciudad. XXIX Si supieras tú, papá; si supieras tú, mamá, cuánto me hablan los monitos cuando ustedes se van a trabajar. Me cuentan sus aventuras; mil historias del gran mar; me pasean por los planetas en traje de navegar y ligeros cual cometas hay tanto qué imaginar. Las palabras bailotean y me pongo ya a pensar. Son mis amiguitos los monitos que en mis libros hay y aunque chiquititos no me canso con ellos de platicar. Me invitan a tiempos que no existen ya; y visito pueblos en la eternidad. Y tanto imagino que en algún camino de una gran ciudad entre tanto viaje los voy a encontrar y al llegar a casa al fin ustedes me comprenderán. XXX ¿Qué seré, qué seré? Yo no sé lo que seré: un minero, un marinero, carpintero o no se qué. ¿Qué seré, qué seré? Yo no sé lo que seré: jardinero, tesorero, manda poco o manda más. Por ahora soy un niño y niño me gusta ser; fantasioso como Alicia; valiente cual Peter Pan. Estos juegos divertidos algún día crecerán.

POEMAS DE LOS ESCRIBANOS

I La plaza de Santo Domingo se está quedando sin árboles. Ya no tendremos los niños donde treparnos. II Cuando se tarda mi abuela en llegar por mí a la escuela, me escapo a oír historietas que no cuenta la maestra. III Dicen que un arenero por las noches nos atrapa a los que no nos dormimos y seguimos dando lata. IV Hoy descubrí una cocina que dicen fue de Malinche. Todavía están sus metates, sus ollas, y otros tiliches. V Por las noches se le ve salir como la llorona toda vestida de blanco espantando a las personas. VI Cuando amanece, no tengo miedo. Cuando anochece, mejor me duermo. VII Don Evaristo es un señor listo las señoras le dictan y él hace el escrito. Cuando le pagan mete el dinero en un cajoncito. VIII Me da pena que lloren las señoras de las cartas. Todas dicen: regresa pronto que de esperar ya están hartas; yo no entiendo por qué sufren, si así nadie las manda. IX ¿Cómo le hará el señor para decir tantas cosas que nunca le dictaron las señoras? ¿Escribir será cambiar unas verdades por otras? X Mi prima Elena con su balanza me toma el pelo con la ganancia. Compramos dulces y ella los pesa, luego me dice que así es la cuenta. Yo se lo digo al evangelista y el me responde qué prima lista. XI Mi prima Guille va por la leche; yo la acompaño sin que sospeche que voy con ella por escuchar lo que le cuentan al evangelista que inventa todo como un artista. XII Este señor escritor me sorprende a cada rato; habla de vida y dolor o de oficios o contratos; algo dicen de un amor o necesita zapatos. Según quien vaya a contarles habla de todo bonito para a sus clientes cobrarles hasta por poner puntito. XIII Al escribir siento gusto, hoy que ya sé cómo hacerlo; pero me da mucho susto si nadie quiere leerlo. Las letras se me pasean por la cabeza y yo quiero que las lean como quien reza. XIV Señor escribano tome mi mano y haga que yo escriba de la vida como usted lo hace con gran fantasía que me da alegría. XV La señora Chinta dicta a Don Simón: adorado mío; tierno corazón, te envío estas palabras en prueba de amor; dame luego luego tu contestación porque casi muero de tanto dolor. Si mandas dinero será más mejor. Don Evangelista que sigue la pista anota el temblor con que ella suspira, solloza y lo mira de extraño fulgor. Yo no entiendo mucho pero los escucho. Cómo gasta tinta esta doña Chinta.

POEMAS DE LAS INUNDACIONES

I Un diluvio en la ciudad dicen por la radio hoy. Me asomo desde mi azotea y un lago contemplo yo. Las calles se han vuelto ríos y la gente va en canoas; se parece a lo que dice mi maestra de la historia. II Me inundo de agua hasta las rodillas. Al fin hay lago todos los días. III Que cerrarán los negocios, que nos iremos de aquí, que dejaré mi azotea que era sólo para mí. ¿Por qué está pasando esto, si yo era tan feliz? IV Mañana cumpliré nueve años y no tengo a dónde ir. Aquí en mi nueva casa no hay azotea ni plaza ni librerías ni jardín. V La nueva casa en que vivo, es como una jaula, pero por suerte me quedan las palabras. VI Vamos palabritas vamos a cantar, así no nos damos cuenta que estamos solos y ya. VII Desde este balcón extraño mi azotea y miro la lluvia. Sólo veo una larga calle que se inunda. VIII Hoy el poeta me dijo sigue cantando para alejar esos días de estar callado. IX Hoy mi abuela me ha encerrado en la zotehuela y me siento como preso castigado. He llorado y he berreado porque mi abuela ha gritado que por no portarme bien me saldría el diablo malvado. Pero después de un gran rato de estar temblando, esperando y esperando, me di cuenta que pensando en Dios no aparece, sino mi ángel de la guarda que me cuenta mil historias para poder platicarlas. Así que cuando salgo no me queda más remedio que contarlo a mi abuela que se queda sorprendida de lo que hablo. X No tengo abuela cuentera; pues yo se los cuento a ella y le pido que me encierre en mi cárcel placentera. Ella llora arrepentida y no quiere castigarme, entonces hago maldades y tiene así que encerrarme. Y como dice don León no hay prisiones para el alma; así comienzo a escribir lo que una voz me declama. No sé explicar lo que siento, pero me llueven palabras. XI Todos los domingos me escapo a la Lagunilla; allí venden muchos libros que son una maravilla. Puestos y puestos y puestos forman largas filas; encuentro tantas historias que me abren la fantasía. Así descubrí a Sandokan, héroe de mis aventuras, y supe que Julio Verne había viajado a la luna. Con las Mil y una noches me he pasado muchos días gozando con Sherezada su divertida agonía. Juan de Pardaillan qué astuto sorteando la cruel intriga que Catalina de Médicis tramaba en cualquier esquina. Los libros de Paul Feval me entretienen como pocos y Xavier de Montepin casi me vuelve loco. He descubierto a Dumas y todos sus mosqueteros, El conde de Montecristo y otros cuentos muy amenos como los del General que se llamaba Vicente y sus leyendas en verso que disfruta tanta gente. Gracias Lagunilla amiga que me brindas la emoción de gastarme mis domingos en esta gran diversión de leer y de leer: el más hermoso placer. Víctor Hugo quiero ser. XII Cuando sea grande voy a ser un escritor e inventar muchas historias de grande imaginación donde la gente se vea reflejada por mi voz y cuando me lea piensen en un señorón de grande barba y anteojos que entre palabras vivió. Cuantos cuentos contaré, como esos escribanos que miraba en los portales cuando yo tenía siete años. Por eso comenzaré a escribir lo que imagino y cuando cumpla los diez voy a publicar un libro con los cuentos que a mi abuela le parecen un delirio. Sólo mi papá Pedro se asombra con lo que escribo y Luis Octavio Madero me dice qué niño vivo.

ENTRE LOS DIEZ Y LOS DOCE

CUENTOS PARA MI ABUELA*

Leer historias es ganar experiencia; ganar experiencia es poder vivir sin cometer tantos errores. DH 11 años

El ciprés y la rosa

Ya la tarde iba cayendo los campos amarilleando; iba el arroyo cantando y el viento veloz gimiendo. A la orilla del camino que pasa por la montaña, se encontraba una cabaña al lado de un verde pino. En la cabaña habitaba un buen hombre muy anciano y todo el pueblo cercano desde siempre lo escuchaba. El historias les contaba siempre cuando atardecía porque el anciano quería enseñar al que ignoraba. Y llegaban los aldeanos mirándose muy contentos a escuchar el nuevo cuento de labios del buen anciano. -Como todos ya llegaron, voy a contar una historia que tengo aquí en mi memoria desde que me la contaron. Hace mucho, me decían, que todos hablar pudieron que caminaron y rieron hasta que por fin morían. En un bosque muy hermoso muy felices todos eran porque de la primavera llegaba su eterno gozo. Y las flores renacieron y mil canciones cantaron. Las mariposas volaron y en el cielo se perdieron. Tuvieron nuevo follaje los árboles y sonrieron cuando sobre ellos oyeron cantar las aves salvajes. Todo siempre era alegría. Todos contentos estaban y gracias al Señor daban por la dicha que tenían. Mientras todo era amistad, cerca del lago, orgullosa, una perfumada rosa decía con vanidad. -¿Quién es más bella que yo? ¡Soy la diosa de las flores! ¡A nadie tengo temores! ¡Ni al viento que me sembró! -Es verdad- todos decían al contemplar su belleza. Las flores que la veían siempre quedaban cual muertas. Y en lo alto de la montaña habitaba un gran ciprés. Todos decían: ¡Bello es! Esa belleza no engaña. Ese ciprés se ufanaba de su hermosura sin par y a todos llegó a gritar que ninguno lo igualaba: -Mi follaje es sin igual. Miren lo fuerte que estoy. Como otros yo no soy, porque no tengo rival. El tiempo así fue pasando y en el bosque inmenso, un día, todos gritaban y huían y a esconderse iban temblando. La rosa y el ciprés rieron al ver que todos sufrían. Al invierno no temían y del invierno no huyeron. La nieve al bosque cubrió e hízolo una blanca fosa Sepultó a la bella rosa y al ciprés lo derrumbó. El tiempo pasó otra vez. Los pajarillos cantaron. Las mariposas volaron compadeciendo al ciprés. Nacieron flores hermosas. Los árboles verdes fueron y con repugnancia vieron lo marchito de una rosa. Así un consejo les doy. Otro que daré a saber. Lo tendrás tú que aprender y un aviso tendrás hoy. Si te jactas de lo que eres, un día ya lo verás de pronto lo perderás y sabrás que todo muere.

El fantasma y el niño

Ya estando el anochecer todos estaban oyendo al abuelito diciendo de lo sucedido ayer. - Y como estamos reunidos contarles voy otra historia que ha quedado en mi memoria al hacer un recorrido. En un pueblo muy hermoso igual que el de un cuento de hadas; las mujeres asustadas y los hombres temerosos, pues la gente murmuraba que en las noches de congoja la luna era siempre roja y horribles lobos aullaban. En las montañas, decían, donde se encuentra un castillo, no se escuchaban los grillos; sólo gemidos se oían. Mas todo esto terminó cuando un niño entró al castillo y miró a un fantasma pillo que al pueblo entero aterró, porque al haberse metido tras las paredes grotescas, seguro dijo unas frescas al fantasma entrometido. Para la noche pasar, porque casa no tenía, entrado al castillo había y así poder descansar. De súbito aparecióse el fantasma carcajeando; hizo muecas manoteando y el niño no conmovióse. Pero el fantasma admirado viendo que no se moría ni hablaba ni se movía se dijo muy asustado: -¡Pobre de mí! ¡Ya no espanto! Éste ya no se ha asustado. ¡Soy fantasma fracasado! ¿O me estoy volviendo un santo? ¿Y si este niño malvado jugar conmigo ha querido? ¡Pues éste qué se ha creído! ¿Que de mí ya se ha burlado? ¡Anda! Contesta muchacho. ¿Por qué quieres tú retarme? Y si no has de contestarme, de ti no ha de quedar cacho. El chiquillo aquél, de pronto, que lo miraba calmado, le contestó con enfado al pobre fantasma tonto. -Piensas que tengo pavor porque me asustas con ruidos; yo les tengo más temor de los muertos, a los vivos. El fantasma avergonzado de allí para siempre huyó y nunca más se le vio rondar por esos poblados. Cuando alguien quiera asustarnos hay que enfrentarnos valientes y cuenten lo que nos cuenten la verdad ha de acabarlos.

El campirano mandón.

Mi ángel cuentero me habló con esmero y yo muy atento me aprendí este cuento que ahora te cuento. Era un campirano que siempre temprano decía a su mujer quiero mi café de puro café. Y es que cada día apenas los ojos abría todos tenían que aguantar sus gritotes al mandar sin saber mandar. Sus cinco obedientes hijas se empujaban entre prisas para encender las hornillas y hacer las blancas tortillas que eran sabrosas tortillas. Lázaro que era su nombre lo lucía cual todo un hombre y ay si no lo obedecían a manazos las curtía como a pieles que curtía. Y es que este buen campirano a pesar de ser serrano era un buen trabajador, mas nunca logró su amor darle un hijo de su amor. Cinco mujeres activas, todas guapas y muy vivas adoraban a su padre sin importar que comadres criticaran por comadres. Tenía como un gran enojo que se miraba en sus ojos por no tener un varón que alegrara su bastón, pues ya usaba un gran bastón. Así que desde las cinco andaban de brinco en brinco las cinco chicas solteras y en su plena primavera no gozaban primaveras. Su padre las traía cortitas y andaban muy derechitas; hacían labores hombrunas por no ser hombre ninguna; sin desobedecer ninguna. Pero un día que grande gusto su madre con algún susto dijo que ya venía el heredero ese día y nació un niño ese día. Don Lázaro alzó su copa de mezcal y nueva ropa les compró a las señoritas que luciendo tan bonitas al fin se casaron bonitas. El niño creció cuidado por seis madres adorado y cuando estuvo en edad le fue dada la heredad de su viejo en heredad. Lástima que el jovenzuelo no respondió a los desvelos y cuando creció voló a vender lo que heredó y al final ya no heredó. Despilfarró toda herencia en la ciudad sin paciencia y borracho de pobreza destruyó tanta riqueza que se perdió de riqueza Esta historia nos enseña que lo fácil nos despeña y no valoramos lo que ganamos y no lo ganamos.

La moza enojona

Ahora, querida abuela, voy a contarte otra historia que nació de mi memoria y al decirla me consuela. Hubo una vez una moza que era terrible y furiosa; de todo siempre molesta no reía ni en una fiesta. Por más que sus familiares la paseaban por los mares nunca se hallaba contenta y con ninguno era atenta. De los lindos ventanales de su casa palaciega hacía añicos los cristales cuando armaba una refriega. Volaban platos y tazas, cuchillos y tenedores. No tenía miedo a las brasas y agarraba los carbones para quemar los colchones o a los gatos o a los perros y hasta los pobres becerros. En fin que era una diabólica que todo el mundo temía; decían que porque era alcohólica pero en verdad, no bebía. Alguna cosa pasaba en su vida solitaria y como nadie la amaba se hizo fiera temeraria. Sin embargo, era muy bella; con sus ojazos de estrella aunque con un vocerón que parecía un león. Cierta vez un forastero pidió asilo en una noche; viajaba en un lindo coche y se veía de dinero. Los padres de la gruñona lo aceptaron muy amables, mientras que doña enojona lo recibió poco afable. El buen mozo la miró quedando muy fascinado, mas cuando la saludó ella descubrió su enfado. -Largo de aquí, majadero- lo corrió con voz tan fuerte que sin mediar más esmero huyó como de la muerte. La odiosa doncella bella cuando él parecía muy lejos, furiosa con su querella rompió todos los espejos. De pronto se abrió la puerta y entró el joven despreciado. La dama quedó cual muerta, pálida por el osado. -Soy el dueño de tu alma; vengo a llevarte conmigo; al infierno irás sin calma, por tu soberbia castigo. Ella quiso defenderse, pero fue como quemándose y no pudo desprenderse desmayándose. Cuando abrió los ojos se miró en sus aposentos; el forastero de hinojos le decía sus sentimientos: -Desde siempre yo te he amado, pero tú ni me veías; después que te has desmayado regresé porque sufrías. Yo no quiero que padezcas; te ofrezco mi amor eterno, no te enojes, no te crezcas en pesadillas de infierno. Yo colmaré tus anhelos y llenaré tu vacío te llevaré hacia los cielos tuyo será lo que es mío.- Al sentirse amada al fin por vez primera en su vida, desapareció lo ruin y se curó toda herida. Si sabemos aguardar y no nos desesperamos, un día veremos llegar lo que amamos. Y si no hay dos, ni modo; tenemos a Dios y es todo.

Había una vez...