Part 9
Pero no malgastemos nuestras valiosas páginas en hablar tontamente de la primavera y de sus flores. Hay algo, me parece, más interesante de que tratar. Si miráis al grupo de niños, veréis que están todos reunidos en torno de Eustaquio, el cual, sentado en el tronco de un árbol caído, parece estar a punto de empezar un cuento. El caso es que los más jóvenes de la tropa han encontrado que hacen falta demasiados pasos para medir la altura de la colina, y por lo tanto, el primo Eustaquio ha decidido dejarles en este mismo sitio, a mitad de camino, esperando a que el grupo de mayores termine la ascensión y vuelva a buscarles. Y como se quejan un poco, porque no les gusta que les dejen atrás, les reparte unas cuantas manzanas que saca del bolsillo, y les propone contarles un cuento muy bonito. Con lo cual vuelven a alegrarse, y cambian sus miradas ofendidas en la más radiante de las sonrisas.
En cuanto al cuento, yo, que estaba escondido detrás de unas matas, le pude oir, y os le contaré en las páginas siguientes.
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EL CÁNTARO MILAGROSO
Una tarde, hace mucho tiempo, el anciano Filemón y su mujer, Baucis, también anciana, estaban sentados a la puerta de su cabaña, disfrutando la tranquila y hermosa puesta de sol. Ya habían cenado frugalmente, y querían pasar una o dos horas tranquilas antes de acostarse. Hablaban de su huerto, de su vaca, de sus abejas y de su parra, que trepaba por la pared de la choza, y cuyos racimos empezaban ya a ponerse color púrpura. Pero del pueblo próximo llegaban hasta ellos gritos de chiquillos y ladridos de perros, que cada vez iban siendo más fuertes; tanto, que Filemón y Baucis apenas podían entenderse.
--Mujer--dijo Filemón--, temo que algún pobre viajero venga buscando hospitalidad, y que nuestros vecinos, en vez de darle alimento y posada, hayan soltado contra él los perros, como acostumbran.
--Sí--respondió Baucis--. Ya podían nuestros vecinos tener un poco más de bondad con sus semejantes, y no educar a sus hijos en tan malos sentimientos, animándoles a tirar piedras a los forasteros.
--Estos niños nunca harán nada bueno--dijo Filemón moviendo la cabeza ya blanca--. A decir verdad, esposa mía, no me sorprenderá que el día menos pensado suceda algo terrible a todas las gentes del pueblo, si es que no se enmiendan. Pero tú y yo, mientras la Providencia nos dé un pedazo de pan, estaremos dispuestos a repartirlo con cualquier pobre forastero que lo necesite.
--Es verdad--dijo Baucis--. Así lo haremos.
Estos dos viejos eran muy pobres y tenían que trabajar mucho para vivir. Filemón cultivaba cuidadosamente su huerto, mientras Baucis estaba siempre hilando en su rueca o haciendo un poco de manteca y de queso con la leche de su vaca, o arreglando la casa. Su alimento consistía casi siempre en pan, leche y verduras, y algunas veces un poco de miel de su colmena o un racimo de uvas de la parra. Pero eran dos personas de las mejores del mundo, y con alegría se hubiesen quedado alguna vez sin comer, con tal de no negar un pedazo de su pan moreno, una taza de leche recién ordeñada y una cucharada de miel, al caminante cansado que pasase por su puerta. Les parecía que tales huéspedes tenían una especie de santidad, y que, por lo tanto, estaban obligados a tratarles mejor que a sí mismos.
La cabaña estaba en una altura a alguna distancia del pueblo, que yacía en un hondo valle de una media milla de ancho. Aquel valle, en tiempos pasados, cuando el mundo era nuevo, probablemente había sido el lecho de un lago. Allí habían vivido peces, y en las orillas habían crecido juncos, y los árboles y las colinas habían visto reflejada su imagen en el ancho y pacífico espejo. Pero cuando las aguas disminuyeron, los hombres cultivaron el suelo y edificaron casas sobre él; de modo que a la sazón era un terreno fértil y no quedaban más huellas del antiguo lago que un arroyo que iba haciendo curvas por en medio del pueblo y surtía de agua a los habitantes... Tanto tiempo hacía que el valle era terreno seco, que habían nacido en él árboles, habían crecido robustos, se habían muerto de viejos y habían sido sustituídos por otros que ya eran tan altos y majestuosos como los primeros. Nunca ha habido valle más hermoso ni más fértil. Sólo la vista de la abundancia que les rodeaba hubiera debido hacer a sus habitantes buenos y compasivos, dispuestos a demostrar su gratitud a la Providencia, haciendo bien a sus semejantes.
Pero, triste es decirlo, los moradores de aquel hermoso valle no eran dignos de vivir en lugar sobre el cual había sonreído el cielo con tal benevolencia. Eran egoístas y duros de corazón, no tenían lástima de los pobres ni simpatía hacia los desvalidos. Si alguien les hubiese dicho que todo ser humano tiene una deuda de amor para con los demás hombres, porque ese es el único modo de pagar el amor que a todos nos tiene la Providencia, se hubiesen echado a reir. Trabajo os costará creer lo que voy a contaros. Aquellas gentes malvadas enseñaban a sus hijos a ser peores que ellos, y aplaudían para animarlos, viendo a los niños y a las niñas correr detrás de algún forastero pobre, dando gritos y tirándole piedras. Criaban perros grandes y feroces, y cuando un viajero se atrevía a pasar por las calles del pueblo, aquellos animales le seguían, ladrando y enseñando los dientes. Luego, si podían, le mordían una pierna o la ropa, y si andrajoso estaba el infeliz antes de entrar en el pueblo, cuando salía de él era una pura lástima. Cosa terrible para los pobres caminantes, como podréis suponer, especialmente cuando acertaban a estar enfermos
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o débiles, o eran cojos o viejos. Estos infelices (si sabían ya de antes el modo de portarse que tenían aquellos niños y aquellos perros) eran capaces de rodear leguas enteras por no volver a pasar por el pueblo.
Y lo peor de todo era que cuando acertaba a pasar por allí algún viajero que llevase coche con buenos caballos, y sirvientes con ricas libreas acompañándole, no había gentes más amables y obsequiosas que los habitantes de aquel pueblo. Se quitaban todos el sombrero y hacían profundas reverencias. Y si los niños chillaban por costumbre, de seguro se ganaban un buen pellizco; y si un solo perro se atrevía a ladrar, su amo le daba una paliza y le ataba sin darle de cenar; todo lo cual hubiera estado muy bien, a no ser porque demostraba que los aldeanos se preocupaban mucho del dinero que los forasteros pudieran llevar en el bolsillo, y nada del alma humana, que lo mismo vive en el mendigo que en el príncipe.
Ahora podéis comprender por qué el anciano Filemón y su mujer, Baucis, hablaban con tanta tristeza al oir los gritos y ladridos que les llegaban desde el extremo de la calle del pueblo.
--Nunca he oído a los perros ladrar tan fuerte--observó el buen anciano.
--Ni a los chiquillos gritar tanto--respondió su mujer.
Se miraban cabeceando, y el ruido se acercaba cada vez más, hasta que al pie mismo de la altura sobre la cual estaba edificada su casita, vieron a dos caminantes que se acercaban. Los perros les seguían de cerca, ladrando. Un poco detrás venía corriendo multitud de chiquillos que chillaban y tiraban piedras a los dos forasteros. Una o dos veces, el más joven de los dos (era delgado y de aspecto muy vivo) se volvió y golpeó a los perros con un bastón que llevaba en la mano. Su compañero, que era muy alto, andaba despacio, como si no se dignase reparar en los chiquillos ni en los perros.
Los dos viajeros iban pobremente vestidos, y parecía que no tuviesen dinero bastante en el bolsillo para pagar el alojamiento de una noche. Por eso, sin duda, los del pueblo habían consentido a sus hijos y a sus perros que les tratasen tan mal.
--Vamos, mujer--dijo Filemón--, salgamos al encuentro de esas pobres gentes. Sin duda les falta valor para subir hasta aquí.
--Anda tú--dijo la mujer--, mientras yo voy dentro y veo si encuentro algo que darles de comer. Una buena taza de sopas de leche me parece que les sentaría admirablemente.
Diciendo esto, entró en la casa. Filemón, por su parte, se adelantó y alargó la mano con aire tan hospitalario, que no era menester decir lo que, sin embargo, dijo con el tono más amable que podáis figuraros.
--¡Bien venidos, señores forasteros, bien venidos!
--Gracias--respondió el más joven con tono jovial, a pesar de su cansancio y su molestia--. Éste es un recibimiento muy distinto del que hemos encontrado en el pueblo. ¿Cómo vives en tan mala vecindad?
--¡Ah!--observó Filemón con tranquila y bondadosa sonrisa--, creo que la Providencia me ha puesto aquí, entre otras razones, para que pueda desagraviaros por la falta de hospitalidad de mis vecinos.
--¡Bien dicho, viejo!--exclamó el viajero echándose a reir--. Y a decir verdad, desagravios necesitamos mi compañero y yo. Esos chiquillos, ¡grandísimos tunantes!, nos han puesto perdidos de barro, y uno de los perros me ha rasgado la capa, que ya estaba la pobre bastante andrajosa. Pero le he dado en el hocico con el bastón. Me figuro que le habréis oído aullar desde aquí.
Filemón se alegró al verle tan contento. En realidad, nadie hubiese dicho, por su risueño aspecto y sus modales, que venía cansado por todo un largo día de viaje, ni que estaba descorazonado por el mal trato que encontró para fin de jornada. Iba vestido de modo más bien extraño, y llevaba una especie de gorro, cuyas alas sobresalían a los lados. Aunque era tarde de verano, llevaba capa y se envolvía estrechamente en ella, acaso porque la ropa que llevaba debajo estaba demasiado rota. A Filemón le sorprendió también la forma extraña de sus zapatos; pero estaba anocheciendo, y como el anciano tenía ya la vista cansada, no pudo darse cuenta exacta de en qué consistía la rareza. Una cosa le intrigaba sobre todo: el viajero era tan extraordinariamente ligero y activo, que parecía como si los pies se le levantasen del suelo por sí mismos y tuviese que sujetarlos a la fuerza.
--En mi juventud tenía yo también los pies ligeros--dijo Filemón al caminante--, pero recuerdo que al llegar la noche solía tenerlos un poco cansados.
--No hay nada como un buen bastón para aligerar el camino--respondió el forastero--, y el mío es excelente, como puedes ver.
El bastón, en efecto, era el más extraño que Filemón había visto en su vida. Estaba hecho de madera de olivo y tenía en el puño como un par de alitas. Dos serpientes, talladas en la madera, se retorcían en derredor del palo, y estaban tan bien esculpidas, que al anciano Filemón (cuyos ojos, como ya he dicho, estaban un poco torpes) casi le parecieron vivas.
--Curioso trabajo, en verdad--dijo--. ¡Un bastón con alas! No haría mal caballito de palo para un niño.
Filemón y sus huéspedes habían ya llegado a la puerta de la casa.
--Amigos--dijo el viejo--, sentaos y descansad en este banco. Mi mujer, Baucis, ha ido a ver qué puede daros de comer. Somos pobres, pero vuestro es todo lo que haya en la alacena.
El más joven de los viajeros se tendió descuidadamente en el banco y dejó caer el bastón. Y sucedió una cosa maravillosa. El bastón pareció levantarse del suelo con movimiento propio, y extendiendo su par de diminutas alas fué medio volando, medio saltando, a apoyarse en la pared. Allí se estuvo quieto, pero las serpientes se retorcían. Esto vió Filemón; pero, a mi parecer, los ojos cansados le hacían ver visiones.
Antes de que pudiesen preguntar nada, el viajero de más edad distrajo su atención del bastón, diciéndole:
--¿No había aquí, en tiempos muy antiguos, un lago que cubría el lugar donde ahora está la aldea?
La voz del forastero era extraordinariamente grave.
--No en mis días, amigo--respondió Filemón--, y eso que, como ves, soy ya viejo. Siempre hubo, como ahora, los mismos campos y las mismas praderas, y los árboles viejos, y el arroyo que murmura en medio del valle. Ni mi padre ni el padre de mi padre vieron cosa distinta, y sin duda todo estará lo mismo cuando el viejo Filemón esté ya muerto y olvidado.
--Eso ya no se puede asegurar--observó el forastero, y en su voz había severidad extraordinaria. Movió la cabeza, sacudiendo con el movimiento su cabello negro y rizado--. Puesto que los habitantes de este valle han olvidado los afectos y simpatías de su naturaleza, más valdría que el lago cayese de nuevo sobre sus moradas.
El viajero parecía tan serio, que Filemón casi se asustó; tanto más, cuanto que al fruncir él el ceño, el crepúsculo pareció obscurecerse de pronto, y cuando movió la cabeza sonó un trueno en el aire.
Pero, un momento después, el rostro del viajero volvió a ser tan amable y bondadoso, que el anciano olvidó su terror casi por completo. Sin embargo, no pudo menos de pensar que aquel caminante no era un ser vulgar, aunque iba vestido tan modestamente y viajaba a pie. No es que Filemón le tomase por algún príncipe disfrazado o cosa por el estilo; más bien creyó que sería algún hombre muy sabio, que andaba por el mundo en tan pobre atavío despreciando la riqueza y los bienes terrenos, y buscando por todas partes algo que pudiese aumentar su sabiduría. Esta idea parecía más probable, porque cuando Filemón alzó los ojos hasta el rostro del viajero, le pareció ver más pensamiento en una sola mirada de las suyas, que todo el que hubiese podido dar una vida entera consagrada al estudio.
Mientras Baucis estaba preparando la comida, los viajeros empezaron a charlar con Filemón muy amablemente. El más joven era extraordinariamente locuaz, y hacía observaciones tan agudas e ingeniosas, que el buen hombre no podía menos de echarse a reir, y pensaba que nunca había tropezado con persona más divertida.
--Amigo--le preguntó, cuando ya fué tomando más confianza--, ¿cómo te llamas?
--Soy bastante vivo, como ves--respondió el viajero--; así es que puedes llamarme Azogue; creo que el nombre no me estará mal.
--¿Azogue?--repitió Filemón, mirando cara a cara al viajero, por ver si se estaba burlando de él--. Sí que es nombre raro. Y tu compañero, ¿también tiene uno por el estilo?
--Pregunta al trueno y te lo dirá--respondió Mercurio misteriosamente--. No hay voz bastante fuerte para pronunciarle.
Esta observación, fuese en serio o en broma, hubiese asustado un tanto a Filemón, si al mirar al forastero de más edad no hubiese reparado en la expresión extraordinariamente bondadosa de su rostro. Sin duda era la figura más grandiosa que había visto nunca.
Cuando hablaba, lo hacía con gravedad y de tal modo, que Filemón se sentía irresistiblemente impulsado a decirle todo lo que tenía en el corazón. Esto es lo que las gentes sienten siempre cuando se encuentran con una persona lo suficientemente sabia y prudente para comprender todo el bien y el mal, y no despreciar ni lo uno ni lo otro.
Pero Filemón, hombre sencillo y bondadoso, no tenía muchos secretos que descubrir. Habló, sí, gárrulamente, de los acontecimientos de su vida pasada, en cuyo transcurso nunca se alejara unas cuantas leguas de aquel lugar. Su mujer, Baucis, y él, habían vivido desde su juventud en aquella casita, ganando el pan con su trabajo honrado, siempre pobres, pero siempre contentos. Dijo cuán excelentes eran el queso y la manteca que hacía Baucis, y cuán sabrosas las verduras que cultivaba él en el huerto. También dijo que por lo mucho que se querían, su único deseo era que la muerte no les separase, y que anhelaban morir juntos, como habían vivido. Cuando oyó esto el forastero, una sonrisa iluminó su rostro, y su expresión se hizo tan suave como grandiosa.
--Eres un buen viejo--dijo a Filemón--y tienes una excelente mujer por compañera. Justo es que se logre vuestro deseo.
Y parecióle a Filemón, precisamente entonces, como si las nubes de la puesta del sol se encendiesen repentinamente hacia Poniente, iluminando en fugitiva llama todo el cielo.
Baucis había preparado ya la comida, y saliendo a la puerta comenzó a disculparse por la pobreza de los manjares que podía ofrecer a sus huéspedes.
--Si hubiéramos sabido que veníais--dijo--, mi marido y yo no hubiésemos probado bocado, para que pudieseis encontrar mejor cena. Pero he gastado casi toda la leche en hacer queso, y el último pan casi nos le hemos comido. ¡Ay de mí: nunca siento ser pobre, más que cuando un necesitado llama a mi puerta!
--Todo se arreglará; no te apures, mujer--repuso el forastero de más edad, bondadosamente--. Un recibimiento honrado y cordial hace maravillas y es capaz de convertir los manjares más humildes en néctar y ambrosía.
--Recibimiento cordial sí le tendréis--exclamó Baucis--, y además un poco de miel, que por casualidad me queda, y un racimo de uvas color de púrpura.
--Pero, ¡madre Baucis, eso es un festín!--exclamó Azogue, riéndose--. ¡Un festín completo! Y ya verás qué bien represento yo mi papel de invitado. ¡Creo que en mi vida he tenido más hambre!
--¡Los dioses nos ayuden!--dijo por lo bajo Baucis a su marido--. ¡Si este joven trae el hambre que dice, temo que va a quedarse a medio cenar!
Todos entraron en la cabaña.
Y ahora, oyentes míos, ¿queréis que os cuente algo que os hará abrir los ojos de par en par? Verdaderamente es una de las cosas más extrañas de toda esta historia. Recordaréis que el bastón de Mercurio se había apoyado en la pared de la casa. Bueno; pues cuando su dueño entró en ella, dejándole olvidado, ¿qué hizo el bastón? Abrir inmediatamente las alas y subir, dando saltos, los escalones de la puerta. Tap, tap, tap iba haciendo por el suelo de la cocina, y no se quedó quieto hasta que llegó a colocarse, con gran seriedad y decoro, junto a la silla de Azogue. El anciano Filemón y su mujer estaban tan atareados atendiendo a sus huéspedes, que no repararon en lo que estaba haciendo el bastón.
Como Baucis había dicho, la comida era escasa para dos caminantes hambrientos. En medio de la mesa había un trozo de pan negro con un pedacito de queso, y en un plato un panal con miel. Había un gran racimo de uvas para cada uno de los huéspedes. Y un cantarillo de barro, casi lleno de leche, estaba en un extremo de la mesa; pero cuando Baucis hubo llenado dos tazones y los hubo colocado delante de los forasteros, sólo quedaba un poco de leche en el fondo del cantarillo. ¡Ay, es triste cosa cuando un corazón generoso se encuentra apretado por la escasez! La pobre Baucis hubiera deseado pasar hambre toda una semana, con tal de que pudiera hacerse el milagro de dar a los hambrientos viajeros cena más abundante.
Y ya que la cena era tan escasa, no podía menos de desear que hubiesen tenido un poco menos de apetito. En cuanto se sentaron, los viajeros se bebieron del primer sorbo casi toda la leche de los tazones.
--Un poco más de leche, madre--dijo Azogue--. El día ha sido caluroso y estoy sediento.
--¡Ay de mí!--respondió Baucis, confusa--. ¡Me da tanta pena y tanta vergüenza! Pero la verdad es que apenas queda en el cántaro una sola gota. ¡Ay, marido, marido!, ¿por qué no nos habremos pasado sin cenar?
--Me parece--dijo Azogue, levantándose y cogiendo el cantarillo por el asa--, me parece que no andan las cosas tan mal como dices. De seguro hay más leche en el cántaro.
Diciendo esto, ¡cuál fué el asombro de Baucis, al ver que el viajero llenó no sólo su tazón, sino el de su compañero, con leche del cántaro que ella se figuraba estar casi vacío! La buena mujer apenas podía creer lo que estaba viendo. Seguramente había echado en los tazones casi toda la leche, y había visto la poca que en el fondo del cántaro quedaba, antes de volverle a dejar encima de la mesa.
--Como soy vieja--pensó Baucis--, ya no veo tan bien como antes. Me habré equivocado. De todos modos, ahora sí que no puede menos de estar vacío, después de haber llenado dos veces los tazones.
--¡Qué leche tan rica!--observó Azogue, después de sorberse el segundo tazón--. Perdón, excelente huéspeda, si te pido un poquito más.
Baucis había visto claro, como la luz, que Azogue, al servirse, había vuelto el cántaro completamente boca abajo, echando hasta la última gota de leche al llenar el segundo tazón. Por lo tanto, no era posible que quedase más. Y para hacérselo comprender así, levantó el cántaro e hizo el movimiento de echar leche en el tazón de Azogue, sin la más remota esperanza de que cayese nada. ¡Cuál fué, por lo tanto, su sorpresa, cuando cayó en la taza tan abundante cascada, que el tazón se llenó inmediatamente y la leche empezó a correr por la mesa! Las dos serpientes, que estaban enroscadas en el bastón de Azogue, alargaron la cabeza y empezaron a lamer la leche que se había vertido. Pero ni Filemón ni Baucis repararon en esta circunstancia.
¡Y qué deliciosa fragancia tenía! Parecía como si las vacas de Filemón hubiesen pastado aquel día la hierba más rica del mundo. ¡Cómo me alegraría si cada uno de vosotros pudiese tomar un tazón de leche como aquélla, a la hora de cenar!
--Y ahora, un poco de pan moreno, madre Baucis--dijo Azogue--, y un poco de miel.
Baucis cortó una rebanada, y aunque el pan, cuando ella y su marido le comieron, estaba ya duro y seco, ahora estaba tierno como si acabase de salir del horno. Probando una miga que se había caído en la mesa, le pareció el pan más delicioso que había comido en su vida, y apenas podía creer que ella misma lo hubiese amasado y cocido. Y sin embargo, ¿de qué otra hogaza podía ser?
¡Y la miel! Más vale que no intente describiros el color y el olor exquisito que tenía: su color era el del oro más puro y transparente, y olía a mil flores, pero flores como nunca han crecido en ningún jardín de la tierra; para buscarlas, las abejas debieron haber volado muy por encima de las nubes. Y lo maravilloso era que, después de revolotear sobre jardines de tan deliciosa fragancia e inmortal florecimiento, se hubiesen resignado a bajar otra vez a la humilde colmena del huerto de Filemón. Nunca miel de este mundo ha tenido el color, el sabor y el perfume de aquélla. El aroma flotaba en la cocina, y era tan delicioso que, cerrando los ojos, instantáneamente hubieseis olvidado el techo bajo y las paredes ahumadas, y hubieseis creído estar bajo una glorieta de madreselvas. Aunque la pobre Baucis era mujer sencilla, no pudo menos de pensar que allí estaba pasando algo extraordinario. Así es que, después de servir a sus huéspedes el pan y la miel, se sentó al lado de Filemón, y le dijo en voz baja lo que había visto.
--¿Has oído nunca cosa semejante?--le preguntó.
--No, nunca--respondió Filemón sonriendo--. Y creo más bien, vieja de mi alma, que has estado soñando despierta. Si hubiese yo servido la leche, hubiese visto lo que en realidad pasaba. Puede que hubiese en el cántaro un poco más de la que tú creías; eso es todo.
--¡Ay, marido!--dijo Baucis--, di lo que quieras; pero éstas son gentes muy extrañas.
--Bien, bien--respondió Filemón sin dejar de sonreir--, puede que lo sean. Ciertamente, parece que en otros tiempos han debido estar en mejor posición que ahora, y me alegro en el alma de ver que cenan con tanto gusto.
Cada uno de los huéspedes había cogido su racimo de uvas. Baucis, que se estaba restregando los ojos para ver más claro, se figuró que los racimos habían crecido, y que cada uno de los granos estaba a punto de estallar, maduros y jugosos. Y era completamente incomprensible para ella cómo tales uvas hubieran podido producirse nunca en la parra vieja que trepaba por las paredes de su casa.
--¡Admirables uvas!--observó Azogue, que las iba tragando una tras otra, sin que, al parecer, el racimo disminuyese--. ¿De dónde las coges, amable huésped?
--De mi parra--respondió Filemón--. Desde aquí se pueden ver las ramas retorciéndose detrás de la ventana; pero mi mujer y yo nunca creímos que fuesen muy buenas.
--Nunca las he comido mejores--respondió el huésped--. Otra tacita de esa leche deliciosa, y bien puedo decir que he cenado mejor que un príncipe.