Cuando la tierra era niña

Part 8

Chapter 84,095 wordsPublic domain

En este viaje fué, si no me equivoco, donde encontró a aquel prodigioso gigante, concertado por la Naturaleza de tan admirable manera, que cada vez que tocaba la tierra se hacía diez veces más fuerte que antes de caer. Se llamaba Anteo. Fácilmente comprenderéis que era cosa muy difícil pelear con él, porque en cuanto se le derribaba a tierra de un golpe, se levantaba de nuevo más fuerte, más fiero, más diestro para manejar sus armas, que si el enemigo le hubiera dejado en paz. Así, cuanto más fuerte golpeaba Hércules al gigante con su maza, más lejos parecía de alcanzar la victoria. Yo he discutido algunas veces con personas así, pero nunca me he peleado con ninguna. El único medio que encontró Hércules para poner fin al combate fué el de levantar a Anteo, sosteniéndole con los pies separados del suelo, y estrujarle, estrujarle y estrujarle hasta que le sacó toda la resistencia del enorme cuerpo.

Terminado este asunto, prosiguió Hércules su viaje y llegó a tierras de Egipto, en donde le cogieron prisionero, y le habrían quitado la vida, de no haber matado al rey del país, escapando de ese modo. Cruzó luego los desiertos de África, y marchando lo más aprisa que pudo, llegó por fin a la orilla del gran Océano. Y allí, a menos que pudiera andar sobre las crestas de las olas, parecía que su viaje tenía que darse por concluído.

Nada había delante de él, salvo el Océano espumante, impetuoso, inmenso; pero de pronto, al mirar hacia el horizonte, vió a mucha distancia algo que no se veía un momento antes. Relucía con gran brillo, casi como el redondo y dorado disco del sol cuando se alza o se pone tras el borde del mundo. Se iba acercando evidentemente, porque a cada momento aquel objeto maravilloso se hacía más grande y más brillante. Al cabo se acercó tanto, que Hércules reconoció que era una inmensa copa o un tazón enorme, hecho o de oro o de bronce pulido. Cómo podía flotar sobre el mar, es cosa que yo no sé explicaros; pero, de todos modos, allí estaba balanceándose sobre las olas tumultuosas, que lo mecían a un lado y a otro, levantando sus crestas espumantes contra las paredes, pero sin hacer pasar nunca la espuma por encima del borde.

--He visto muchos gigantes en mi vida--pensó Hércules--, pero ninguno que para beber necesitara copa como ésta.

Y, verdaderamente, ¡vaya una copa que hubiera sido! Era tan grande... tan grande... ¡Me asusta deciros lo inmensamente grande que era! Para compararla con algo, os diré que era diez veces mayor que una gran piedra de molino, y siendo toda de metal, flotaba sobre las olas embravecidas más ligera que una cáscara de nuez en las aguas de un arroyo. Las olas la empujaron hacia adelante, hasta que rozó la orilla a corta distancia del sitio en donde estaba Hércules.

Tan pronto como sucedió esto, comprendió lo que había de hacer: que no le habían ocurrido tantas aventuras notables para no aprender perfectísimamente cómo había de conducirse cuando sucediera algo que se apartara de lo acostumbrado. Era claro como la luz del día que aquella copa maravillosa había sido enviada sobre las olas por algún poder oculto, y guiada hasta allí a fin de llevar a Hércules a través del mar, siguiendo su ruta hacia el jardín de las Hespérides. En consecuencia, sin perder momento saltó por encima del borde y se deslizó hasta el fondo, en donde, extendiendo su piel de león, se dispuso a reposar un poquito. Hasta entonces, apenas si había descansado desde que se despidió de las jovencitas a la orilla del río. Las olas se estrellaban, con agradable y metálico sonido, contra la superficie de la cóncava copa; la bamboleaban ligeramente de un lado para otro, y el movimiento era tan suave, que Hércules, blandamente mecido, cayó pronto en un sueño delicioso.

Llevaba ya mucho tiempo de siesta, probablemente, cuando la copa acertó a tropezar contra una roca, y en consecuencia resonó y repercutió, a través de su substancia de oro o de bronce, cien veces más fuerte que la mayor campana de iglesia que hayáis podido oir. Al ruido despertó Hércules, que inmediatamente se levantó y examinó el lugar en que se hallaba. No tardó mucho en reconocer que la copa había flotado a través de gran parte del mar, y estaba acercándose a la costa de lo que le pareció ser una isla. Y en aquella isla, ¿qué pensaréis que vió?

No, no lograréis jamás adivinarlo, ni aun cuando lo intentéis cincuenta mil veces. Creo positivamente que aquél fué el más admirable espectáculo de cuantos había visto Hércules en todo el curso de sus maravillosos viajes y aventuras. Era una maravilla más grande que la hidra de las nueve cabezas, que se duplicaban a medida que las iban cortando; más grande que el hombre-monstruo de las seis piernas; más grande que Anteo; más grande que todo lo que haya podido ver nadie antes o después de los días de Hércules, y que cualquier cosa que haya aún de ser vista por los viajeros de los tiempos futuros. ¡Era un gigante!

Pero, ¡qué gigante más intolerablemente enorme! Un gigante alto como una montaña; un gigante tan grande, que las nubes rodeaban su talle como un cinturón y pendían de sus mejillas como una barba blanca, y volaban por delante de sus ojos inmensos, de modo que no le dejaban ver ni a Hércules ni a la copa de oro en que viajaba. Y lo más maravilloso de todo era que el gigante tenía levantadas sus grandes manos, y parecía sostener el cielo, que según pudo entrever Hércules a través de las nubes, se apoyaba sobre su cabeza. Realmente, esto parece demasiado para creerlo.

Mientras tanto, la copa resplandeciente seguía flotando y avanzando hasta tocar la orilla. En aquel momento la brisa barrió las nubes que ocultaban la cara del gigante, y Hércules contempló sus enormes facciones: ojos que

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parecían lagos, nariz de una milla de largo y boca de igual anchura. Con su enormidad de tamaño tenía un terrible aspecto, pero desconsolado y fatigado, como le podemos observar ahora en muchas personas obligadas a sobrellevar cargas excesivas para sus fuerzas. Lo que era el cielo para el gigante, son los cuidados de la tierra para los que se dejan aplastar por ellos. ¡Cuántas veces acometen los hombres más de lo que permiten sus facultades, y encuentran su perdición, como al pobre gigante le había ocurrido!

¡Pobre hombre! Evidentemente llevaba allí una larga temporada. Una selva espesa había crecido y envejecido alrededor de sus pies, y encinas de seis o siete siglos habían brotado y arraigado entre sus dedos.

El gigante miró entonces hacia abajo desde la remota altura de sus ojos enormes, y divisando a Hércules, gritó con voz que parecía un trueno salido de la nube que acababa de quitarse de delante de su cara:

--¿Quién anda ahí entre mis pies? ¿De dónde vienes en esa tacita?

--¡Soy Hércules!--tronó el héroe con voz tan fuerte o poco menos como la del gigante--. Voy en busca del jardín de las Hespérides.

--¡Oh! ¡Oh!--rugió el gigante en un acceso de risa inmenso--. Si que es una aventura prudente.

--¿Y por qué no?--exclamó Hércules, un tanto enojado por la hilaridad del gigante--. ¿Piensas que tengo miedo al dragón de las cien cabezas?

Mientras estaban hablando, se reunieron unas cuantas nubes negras alrededor de la cintura del gigante y estalló una tormenta de truenos y relámpagos, causando tal estrépito, que Hércules no pudo entender ni palabra. Únicamente se veían las piernas inmensas del gigante bajo la negrura de la tempestad, y de cuando en cuando aparecía momentáneamente su figura entera envuelta en la niebla. Parecía estar hablando la mayor parte del tiempo; pero su enorme, profunda y ronca voz se confundía con el retumbar de los truenos, e iba, como ellos, rodando sobre las montañas. De ese modo, hablando fuera de oportunidad, el aturdido gigante malgastó inútilmente cantidad incalculable de aliento, porque el trueno hablaba tan alto como él.

Al fin cesó la tempestad tan súbitamente como había empezado. De nuevo pudo verse el cielo sereno, y al fatigado gigante sosteniéndolo, y la luz del sol irradiando sobre su colosal altura, iluminándole y haciéndole destacarse sobre el fondo negro de las nubes tempestuosas ya lejanas. Tan por encima del chaparrón había quedado su cabeza, que ni un solo cabello se le había mojado con la lluvia.

Cuando el gigante pudo ver a Hércules, en pie todavía a la orilla del mar, le gritó de nuevo:

--Yo soy Atlas, el gigante más fuerte del mundo, y sostengo el cielo sobre mi cabeza.

--Ya lo veo--contestó Hércules--; pero, ¿no puedes enseñarme el camino del jardín de las Hespérides?

--¿Qué buscas allí?--preguntó el gigante.

--Quiero tres manzanas de oro--gritó Hércules--para mi primo, el rey.

--Nadie más que yo--afirmó el gigante--puede ir al jardín de las Hespérides y coger las manzanas de oro. Si no fuera por este encarguito de sostener el cielo, daría media docena de zancadas a través del mar y te las traería.

--Eres muy amable--replicó Hércules--. ¿Y no puedes dejar el cielo apoyado sobre una montaña?

--No hay ninguna de bastante altura--dijo Atlas, moviendo la cabeza--; pero si fueras a ponerte en la cima de esa que está más cerca, quedaría tu cabeza casi a nivel con la mía. Pareces ser muchacho forzudo. ¿Por qué no tomas mi carga sobre tus hombros, mientras yo hago ese recado por ti?

Hércules, según recordaréis, era un hombre notablemente vigoroso, y aunque el sostener el cielo requiere gran dosis de fuerza muscular, si algún mortal había a quien pudiera suponerse capaz de semejante hazaña, era él. Sin embargo, tan difícil parecía aquéllo, que vaciló por vez primera en su vida.

--¿Pesa mucho el cielo?--preguntó.

--¡Bah! No gran cosa, al principio--respondió el gigante encogiendo los hombros--; pero al cabo de un millar de años, se hace un poquito pesado.

--¿Y cuánto tiempo tardarás--preguntó el héroe--en traerme las manzanas de oro?

--¡Oh! Eso es cosa de un momento--exclamó Atlas--; salvaré doce o quince leguas de cada paso, e iré y volveré antes de que empiecen a dolerte los hombros.

--Entonces, bueno--respondió Hércules--. Subiré a la montaña que hay detrás de ti y te libraré de tu carga.

La verdad es que Hércules era muy compasivo de suyo, y consideró que haría un gran favor al gigante proporcionándole aquella oportunidad de hacer una escapatoria. Además, pensó que si lograba sostener el cielo, alcanzaría más gloria que realizando hazaña tan corriente como vencer a un dragón de cien cabezas. En consecuencia, sin decir más palabra, Hércules levantó el cielo de las espaldas de Atlas y lo puso sobre las suyas.

Cuando quedó ultimado el trueque sin novedad, lo primero que hizo el gigante fué desperezarse, y os podéis figurar qué prodigioso espectáculo sería. Primero, con mucho cuidadito, sacó un pie de la selva que había crecido alrededor; luego, el otro. Después, de pronto, comenzó a brincar y a saltar y a bailar de alegría por verse libre. Se lanzaba al aire, nadie sabe hasta qué altura, y al dar de nuevo en el suelo, era tan grande el golpe, que toda la Tierra temblaba. Después se echó a reir con tal estruendo, que su carcajada repercutió de montaña en montaña, cerca y lejos, como si el gigante y ellas fueran otros tantos hermanos regocijados. Cuando se calmó un poco su alegría, echó a andar por el mar; diez leguas avanzó del primer paso, llegándole el agua a media pierna; diez leguas del segundo, con el agua justamente a las rodillas, y otras diez leguas del tercero, con lo cual iba sumergido hasta cerca de la cintura.

Hércules miraba cómo iba avanzando el gigante. Realmente, era maravilloso ver aquella inmensa forma humana a más de treinta leguas, medio sumergida en el Océano, pero con su mitad superior tan alta, brumosa y azulada como una montaña lejana. Al cabo, la forma gigantesca se perdió enteramente de vista, y entonces fué cuando se puso Hércules a considerar qué haría en el caso de que Atlas se ahogara en el mar o fuera muerto a dentelladas por el dragón de las cien cabezas que guardaba las manzanas de oro del jardín de las Hespérides. Si ocurría tal desgracia, ¿cómo podría llegar a desembarazarse del cielo? Porque, entre paréntesis, ya comenzaba su peso a ser un poquito molesto para su cabeza y sus hombros.

--Compadezco al pobre gigante--pensó Hércules--. Si el cielo me pesa tanto en diez minutos, ¡cuánto no le habrá pesado a él en mil años!

¡Oh, hijitos!... No tenéis idea de lo que pesaba ese cielo azul que tan aéreo y tenue parece sobre nuestras cabezas. Y hay que tener en cuenta, además, el viento impetuoso y las frías y húmedas nubes, y el sol abrasador, todo lo cual contribuía a que Hércules se encontrara incómodo. Comenzó a temer que el gigante no volviera nunca. Miró atentamente el mundo que tenía debajo, y reconoció que se era mucho más feliz siendo pastor al pie de una montaña, que estando en su cumbre vertiginosa sosteniendo el firmamento con cuerpo y alma. Porque, según comprenderéis, desde luego tenía Hércules tan inmensa responsabilidad sobre su conciencia como peso sobre la cabeza y los hombros; porque, si no mantenía perfectamente firme al cielo, y no le conservaba inmóvil, podría ocurrir que el sol se desquiciase, o que, después de anochecer, se salieran muchas estrellas de su sitio y cayeran como lluvia de fuego sobre la cabeza de las gentes. Y ¡qué vergüenza para el héroe si, por no aguantar firme el peso, crujía el cielo y se rajaba de punta a punta!

No sé cuánto tiempo hubo de pasar antes de que, con alegría indecible, viera de nuevo la inmensa forma del gigante, como una nube, en el remoto límite del mar. Cuando se acercó, alzó Atlas la mano, y Hércules pudo distinguir tres magníficas manzanas de oro, grandes como calabazas, pendientes todas de una rama.

--Me alegro de volverte a ver--gritó Hércules, cuando el gigante estuvo suficientemente cerca para oirle--. ¿De modo que traes las manzanas de oro?

--Claro, claro--respondió Atlas--. ¡Y qué hermosas son! He cogido las mejores que había en el árbol; puedes creerme, sí, y el dragón de las cien cabezas es cosa digna de verse. Después de todo, mejor sería que hubieras ido tú mismo a buscarlas.

--No importa--replicó Hércules--. Has hecho una excursión agradable y arreglado el asunto tan bien como hubiera podido hacerlo yo mismo. Te doy las gracias muy de veras por tu molestia. Y ahora, como he de ir lejos y tengo prisa, porque el rey, mi primo, está impaciente por recibir las manzanas de oro, ¿tendrás la amabilidad de volver a coger el cielo y quitarle de encima de mis hombros?

--En eso--dijo el gigante tirando al aire las manzanas a veinte leguas de altura o cosa así, y cogiéndolas cuando caían--, en eso me parece, mi buen amigo, que eres poco razonable. ¿No podría llevar yo las manzanas de oro al rey, tu primo, mucho más de prisa que tú? Ya que Su Majestad tiene tanto afán por recibirlas, yo te prometo dar las zancadas más largas que pueda. Y además, que no tengo humor de cargar ahora mismo con el cielo otra vez.

Al oir esto se impacientó Hércules, e hizo un gran movimiento de hombros. Era durante el crepúsculo, y hubierais podido ver caer de su sitio dos o tres estrellas. Todo el mundo, en la Tierra, miró hacia arriba asustado, pensando si el cielo se caería inmediatamente después.

--¿Qué es eso?--gritó el gigante Atlas riendo estrepitosamente--. En los últimos cinco siglos no he dejado yo caer tantas estrellas. Cuando lleves ahí tanto tiempo como he estado yo, aprenderás a tener calma.

--¡Cómo!--gritó Hércules muy rabioso--. ¿Te propones hacerme sostener esta carga toda la vida?

--Eso lo veremos un día de éstos--respondió el gigante--. Y, en todo caso, no debes quejarte si tienes que aguantarla cien años o mil. Mucho más tiempo la he sostenido yo, a pesar del dolor de espaldas. Si al cabo de mil años me da la humorada, muy bien puede suceder que venga a relevarte. Eres hombre muy fuerte, y nunca tendrás mejor ocasión de demostrarlo. La posteridad hablará de ti, te lo aseguro.

--¡Me importa un rábano que hable o no hable!--exclamó Hércules con otra sacudida de hombros--. Sostén el cielo un instante con la cabeza, ¿quieres? Voy a hacerme una almohadilla con mi piel de león, para apoyar el peso encima. Realmente me está despellejando, y me causaría una molestia innecesaria en tantos siglos como he de estar aquí.

--Eso sí lo haré--dijo el gigante, que no quería mal a Hércules, y si se portaba de tal manera lo hacía sólo por buscar, con demasiado egoísmo, su propia conveniencia--. Consiento en sostener otra vez el cielo, cinco minutos justos; pero cinco minutos nada más, acuérdate bien. No tengo ganas de pasar otros mil años como estos últimos. La variedad es la sal de la vida.

¡Ah, y qué torpe era aquel gigante! Echó a rodar las áureas manzanas, y recibió otra vez el cielo de la cabeza y las espaldas de Hércules sobre las suyas, que eran las que debían sostenerle. Hércules recogió las tres manzanas de oro, grandes como calabazas, o más, y se fué derechito hacia su casa, sin prestar la más pequeña atención a las desaforadas voces que le daba el gigante, gritándole que volviera. Alrededor de sus pies creció una nueva selva, y se hizo vieja allí, y otra vez pudieron verse robles de cinco o seis siglos, que se habían hecho añosos entre sus enormes dedos.

Y allí está el gigante aún, o por lo menos allí hay una montaña tan alta como él y que lleva su nombre. Y cuando el trueno retumba en la cima, podemos figurarnos que es la voz del gigante Atlas, que en vano llama a Hércules.

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AL AMOR DE LA LUMBRE

Primo Eustaquio--preguntó Trébol, que durante todo el cuento había estado sentado a los pies del narrador con la boca abierta--, ¿qué altura exacta tenía el gigante?

--¡Oh, Trébol, Trébol!--exclamó el estudiante--. ¿Te figuras que estaba yo allí con la vara en la mano para medirle? En fin, si quieres saberlo, poco más o menos, supongo que debía tener de tres a quince millas de alto.

--¡Dios mío--dijo el niño con un gruñido de satisfacción--, eso es ser gigante de veras! ¿Y qué largo tenía el dedo meñique?

--Desde esta casa al lago--dijo Eustaquio.

--¡Eso es ser gigante de veras!--repitió Trébol, en éxtasis ante la precisión de las medidas--. ¿Y qué anchura tendrían los hombros de Hércules?

--Eso no lo he podido averiguar nunca--respondió el estudiante--. Pero me figuro que debían ser un poco más anchos que los míos o que los de tu padre, y en general un poco más que los de cualquier hombre de los de ahora.

--Quisiera--murmuró Trébol, acercando sus labios al oído del estudiante--que me dijeras qué tamaño tenían las encinas que brotaron entre los dedos del gigante.

--Eran más grandes--dijo Eustaquio--que el castaño que hay delante de la casa del capitán Smith.

--Eustaquio--observó el señor Pringle, después de un momento de meditación--, me es imposible expresar respecto de este cuento una opinión que halague tu amor propio de autor. Te aconsejo que no vuelvas a meterte con los mitos clásicos. Tu imaginación es completamente gótica, e inevitablemente dará un carácter gótico a todo lo que toques. Lo cual es de tan mal efecto como embadurnar con pintura una estatua de mármol. ¡Ese gigante! ¿Cómo te has atrevido a intercalar esa masa inmensa y desproporcionada entre los correctos perfiles de la fábula griega, cuya tendencia es reducir a límite hasta lo extravagante, a fuerza de dominadora elegancia?

--He descrito al gigante como me ha parecido--respondió Eustaquio un poco molesto--. Y si usted, señor, quiere tomarse el trabajo de poner su entendimiento en relación con esas fábulas, como es de necesidad si ha de modelarlas usted de nuevo, verá usted, sin duda, que un griego antiguo no tenía más derecho sobre ellas que un yanqui moderno. Son propiedad común del mundo, y en todos los tiempos. Los antiguos poetas las amoldaron a su gusto, y ellas cedieron entre sus manos con su plasticidad maravillosa. ¿Por qué no han de ceder también entre las mías?

El señor Pringle no pudo contener una sonrisa.

--Y además--continuó Eustaquio--, en el momento en que pone usted en un molde clásico algo que sea calor de corazón, pasión o afecto, moralidad divina o humana, lo convierte usted en algo completamente distinto de lo que fué antes. Mi opinión es que los griegos, al tomar posesión de estas leyendas, que fueron patrimonio inmemorial de la Humanidad, y ponerlas en forma de belleza, indestructible, es cierto, pero fría y sin corazón, han hecho a todos los siglos subsiguientes un daño irreparable.

--Que tú, sin duda, has nacido para remediar--dijo el señor Pringle, echándose a reir--. Está bien; sigue, sigue, pero sigue también mi consejo, y no imprimas nunca ninguna de tus historias vestidas de máscara. Y para tu próximo esfuerzo, ¿por qué no intentas renovar alguna de las leyendas de Apolo?

--¡Ah, señor mío! Me lo propone usted como si fuera un imposible--observó el estudiante después de un momento de reflexión--. Y a decir verdad, a primera vista, la idea de un Apolo gótico parece un tanto descabellada; pero aprovecharé la indicación, y no desespero de hacer algo que valga la pena.

Durante la discusión precedente, los niños, que no entendieron palabra de ella, se habían ido quedando dormidos, y ahora los mandaron a la cama. Se oían sus vocecillas soñolientas, mientras iban subiendo la escalera, y un viento Noroeste rugía ásperamente entre las copas de los árboles y cantaba antífonas en torno a la casa. Eustaquio Bright se volvió al despacho, y de nuevo intentó forjar unos cuantos versos, pero se quedó dormido entre dos rimas.

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EL CÁNTARO MILAGROSO

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EN LA VERTIENTE DE LA COLINA

¿Dónde y cómo piensan ustedes que volvemos a encontrar a los niños? No ya en invierno, sino en el alegre mes de Mayo. No ya en el cuarto de juegos de Tanglewood, ni junto a la lumbre, sino a media vertiente de una monstruosa colina o más bien montaña, porque acaso montaña nos podamos atrever a llamarla. Habían subido de casa con el valeroso propósito de subir esta alta colina hasta la misma pelada cumbre. Claro que no era tan alta como el Chimborazo o el Mont-Blanc. Pero, de todos modos, era más alta que miles de collados o que millones de toperas. Y medida en relación de los pasos cortos de los niños pequeños, se la podía considerar como montaña verdaderamente respetable.

¿Iba con ellos el primo Eustaquio? De eso pueden ustedes estar seguros; porque, a no ser así, ¿cómo iba el libro a adelantar un solo paso? Estaba ahora en sus vacaciones de primavera, tenía próximante el mismo aspecto que cuando le vimos hace cuatro o cinco meses, excepto que si se le miraba muy de cerca, se podía advertir sobre el labio superior un asomo de bigote sumamente cómico. Dejando aparte esta señal de madura virilidad, pueden ustedes seguir considerando a Eustaquio tan chiquillo como cuando le conocieron por vez primera. Seguía tan alegre, tan divertido, tan de buen humor, tan ligero de pies y de ingenio, y continuaba siendo el favorito de los pequeñuelos, como lo había sido siempre. Esta expedición a la montaña era por completo idea suya. Y durante todo el camino cuesta arriba, había ido animando a los mayores con su alegre voz; y cuando los pequeños se cansaban, los llevaba a cuestas por turno. De este modo habían pasado ya los huertos y los pastos de la parte baja de la colina, y habían llegado al bosque que trepa hacia la cumbre pelada.

El mes de Mayo se había portado esta vez mejor que de costumbre, y era el día más agradable que pudiera desear un corazón de hombre o de niño. Monte arriba, la gente menuda iba encontrando infinidad de violetas, azules, y blancas, y algunas tan doradas como si las hubiese tocado el mismo Midas. Las margaritas blancas cubrían las praderas. En el linde del bosque había columbinas rojo pálido, tan modestas que a toda costa querían esconderse del sol, y geranios silvestres, y las mil flores blancas del fresal silvestre...