Cuando la tierra era niña

Part 7

Chapter 74,029 wordsPublic domain

Era una habitación amplia y cómoda, con una ventana semicircular en uno de los extremos, en cuyo hueco había una copia en mármol del Ángel y el Niño, de Greenough. A un lado de la chimenea había muchos estantes con libros severa y ricamente encuadernados. La luz blanca de la lámpara que colgaba del techo y el reflejo rojo del hogar, hacían la habitación brillante y alegre, y junto a la lumbre, en un gran sillón, estaba sentado el señor Pringle. Era un caballero alto y simpático, con una gran calva, y siempre estaba tan bien vestido, que Eustaquio Bright no se atrevía nunca a presentarse ante él sin detenerse un momento en la puerta para arreglarse el cuello de la camisa. Pero ahora, como Primavera le llevaba cogido de una mano y Margarita de la otra, se vio obligado a entrar con un aspecto bastante desaliñado, como si se hubiese pasado el día rodando por un montón de nieve, lo cual era verdad.

El señor Pringle se volvió hacia el estudiante con benevolencia, desde luego, pero de un modo que le hizo sentir lo despeinado y mal cepillado que estaba, y lo mal peinados y mal cepillados que estaban también sus pensamientos.

--Eustaquio--dijo el señor Pringle con una sonrisa--, me he enterado de que estás causando sensación grandísima entre el pequeño público de Tanglewood con el ejercicio de tus facultades de narrador. Primavera, como la llaman los pequeños, y los demás chiquillos, han elogiado de tal modo tus cuentos, que mi mujer y yo quisiéramos oir una muestra de ellos. Y a mí me agradará especialísimamente, porque parece que los cuentos son un intento de trasladar las fábulas de la antiguedad clásica al idioma del sentimiento y la fantasía modernos. Al menos, eso he sacado en consecuencia de unos cuantos incidentes que han llegado hasta mí de segunda mano.

--No es usted precisamente el oyente que yo hubiese elegido, señor--observó el estudiante--, para fantasías de esta naturaleza.

--Es posible que no--replicó el señor Pringle--. Sospecho, sin embargo, que el crítico más útil para un autor joven es precisamente aquel que menos hubiese querido elegir.

--Creo que la simpatía debe tener algo de parte en la opinión de un crítico--murmuró Eustaquio--. En fin, señor, si usted encuentra paciencia, yo encontraré historias que contar. Pero tenga usted la bondad de recordar que me dirijo a la imaginación y a la simpatía de los niños, no a la de usted.

E inmediatamente el estudiante aprovechó el primer tema que se le presentó. Sugiriósele un plato de manzanas que alcanzó a ver sobre la chimenea.

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LAS TRES MANZANAS DE ORO

No habéis oído nunca hablar de las manzanas de oro que se criaban en el jardín de las Hespérides? ¡Oh, aquéllas sí que eran manzanas! Si se encontraran iguales en los huertos de ahora, ¡ya valdrían dinero! Pero no hay en todo el mundo, supongo yo, ni un solo árbol injerto en aquel frutal maravilloso, ni queda ninguna pepita de aquellas manzanas.

Hasta en los tiempos antiguos, muy antiguos, ya casi olvidados, en que el jardín de las Hespérides no había sido invadido aún por la mala hierba, dudaba mucha gente de que pudiera haber árboles verdaderos, cuyas ramas tuvieran manzanas de oro macizo. Todos habían oído hablar de ellas, pero nadie recordaba haber visto ninguna. Sin embargo, los niños solían escuchar, boquiabiertos, los cuentos del árbol de las manzanas de oro, y se proponían descubrirle cuando llegasen a mayores. En busca de ese fruto iban los jóvenes valerosos que deseaban realizar hazañas más señaladas que sus compañeros. Muchos de ellos no volvieron jamás, y ninguno trajo las manzanas. ¡No es maravilla que les fuera imposible cogerlas! Decíase que, bajo el árbol, había un dragón de cien terribles cabezas, cincuenta de las cuales vigilaban siempre, mientras las otras cincuenta dormían.

Me parece a mí que apenas si valía la pena de correr tanto peligro por una manzana de oro macizo. Si hubieran sido manzanas dulces, jugosas, sazonadas, ya sería otra cosa. Podría haber tenido entonces algún sentido el tratar de cogerlas, a pesar del dragón de las cien cabezas.

Pero, como os he dicho, era cosa muy corriente entre los jóvenes, cuando se cansaban del exceso de paz y descanso, ir en busca del jardín de las Hespérides. Y una vez fué emprendida la aventura por un héroe que había disfrutado de bien poca paz y descanso desde que vino al mundo. En el tiempo de que os voy a hablar, vagaba por la apacible tierra de Italia con una pesada maza en la mano y un arco y una aljaba pendientes de los hombros. Iba envuelto en la piel del león más grande y más fiero de aquellos bosques, que él mismo había matado, y aunque en el fondo era bueno y generoso y noble, tenía en su corazón mucho de la fiereza del león. Mientras caminaba, iba constantemente preguntando cuál era el camino más derecho para llegar al famoso jardín; pero nadie sabía palabra de ello, y muchos se hubiesen reído de la pregunta, si el forastero no hubiera llevado una maza tan enorme.

Así fué andando, andando, preguntando siempre lo mismo, hasta que al fin llegó a la orilla de un río, en donde unas cuantas jóvenes hermosísimas estaban tejiendo guirnaldas de flores.

--Lindas doncellas--preguntó el forastero--, ¿podéis decirme si éste es el camino derecho para ir al jardín de las Hespérides?

Las jóvenes se estaban divirtiendo en hacer guirnaldas y en coronarse con ellas unas a otras. Parecía como si en sus dedos hubiese algún poder mágico, porque al tocarlas se volvían las rosas más frescas y se cuajaban de rocío, se avivaban sus colores y exhalaban más suave fragancia que cuando estaban en la planta; pero al oir la pregunta del forastero dejaron caer todas las flores en el césped, y se miraron unas a otras con asombro.

--¡El jardín de las Hespérides!--exclamó una--. Creíamos que, después de tanta decepción, se habrían cansado los mortales de buscarle. Y dime, intrépido viajero, ¿para qué deseas ir allí?

--Cierto rey, primo mío--replicó el viajero--, me ha mandado que le lleve tres de las manzanas de oro.

--Casi todos los jóvenes que van en busca de esas manzanas--advirtió otra de las damiselas--, desean adquirirlas para sí mismos o para regalarlas a alguna hermosa doncella de quien están enamorados. ¿Tanto quieres tú a ese rey, primo tuyo?

--Tal vez no--replicó el forastero, suspirando--. Ha sido severo y cruel conmigo muchas veces, pero es mi destino obedecerle.

--¿Y no sabes--preguntó la que había hablado primero--que un terrible dragón de cien cabezas está bajo el árbol de las manzanas de oro, guardándole?

--Bien sabido lo tengo--respondió el forastero--; pero desde la cuna ha sido mi ocupación y casi mi entretenimiento el habérmelas con serpientes y dragones.

Las jóvenes miraron su pesada maza y la peluda piel de león que llevaba, y también sus heroicos miembros y aspecto, y unas a otras se dijeron muy bajito que el forastero parecía ser persona de quien razonablemente cabía esperar que realizara hazañas muy fuera del alcance de los demás hombres.

Pero, ¡el dragón de las cien cabezas! ¿Qué mortal, aunque tuviera cien vidas, podría abrigar esperanza de escapar a los colmillos de semejante monstruo? Tan compasivas eran las doncellas, que no podían ver con tranquilidad que aquel valiente y hermoso viajero intentara cosa tan arriesgada y se condenara a ser, muy probablemente, pasto para las cien voraces bocas del dragón.

--¡Vuelve atrás--exclamaron todas--, vuelve a tu casa! Tu madre, al verte sano y salvo, llorará lágrimas de alegría. ¿Qué más podría hacer si lograras tan gran victoria? No hagas caso de las manzanas de oro. No hagas caso del rey, tu cruel primo. Nosotras no queremos que te coma el dragón de las cien cabezas.

El forastero pareció impacientarse con estas advertencias. Levantó negligentemente su poderosa maza, y la dejó caer sobre una roca que allí cerca había, medio enterrada en el suelo. Con la fuerza de aquel golpe indolente, la roca saltó hecha toda pedazos. El dar aquella señal de fortaleza gigantesca no costó al extranjero más esfuerzo que a una de las doncellas tocar con una flor la rosada mejilla de su hermana.

--¿No creéis--dijo mirándolas y sonriéndo--que un golpe como éste habría aplastado una de las cien cabezas del dragón?

Sentóse después sobre la hierba y les contó la historia de su vida, o por lo menos todo lo que de ella podía recordar desde el día en que tuvo por cuna el escudo de bronce de un guerrero. Estando echado en él, llegaron, arrastrándose por el suelo, dos enormes serpientes, y abrieron sus horribles mandíbulas para devorarlo; pero él, un bebé de meses nada más, agarró una de las fieras culebras en cada uno de sus puñitos y las estranguló.

Cuando era un chiquillo mató a un león enorme, casi tan grande como aquel cuya piel amplia y peluda llevaba entonces sobre los hombros. Lo primero que hizo después fué luchar con una especie de monstruo feísimo, al cual llamaban hidra, y que tenía nueve cabezas nada menos, y con dientes afiladísimos en todas ellas.

--Pero el dragón de las Hespérides, ya lo sabes--observó una de las doncellas--, ¡tiene cien cabezas!

--Sin embargo--replicó el forastero---, mejor hubiera querido pelear con dos dragones así, que con una sola hidra; porque tan pronto como cortaba una cabeza, nacían otras dos en su lugar, y además, entre las cabezas había una a la que no era posible matar de ningún modo, sino

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que seguía mordiendo tan fieramente como antes, mucho después de haber sido cortada. Así es que me vi obligado a enterrarla bajo una gran piedra, donde, sin duda, hoy mismo estará viva todavía; pero el cuerpo de la hidra, con sus otras ocho cabezas, ya no volverá a hacer daño a nadie.

Las jóvenes, calculando que la relación iba a durar buen rato, habían dispuesto una merienda de pan y uvas para que el forastero pudiera refrescar en los intervalos de su charla. Se complacían en animarle a tomar tan frugal alimento, y de cuando en cuando una de ellas se ponía un dulce grano de uva entre los labios rojos, para que no se avergonzara de comer solo.

El viajero pasó a contar cómo había dado caza a un velocísimo ciervo, corriendo detrás de él durante un año entero, sin pararse ni a tomar aliento, y cómo le cogió al fin por los cuernos, llevándosele vivo a casa. Y cómo había peleado con una casta de gentes rarísima, mitad caballos y mitad hombres, y los había matado a todos, creyéndolo su deber, para que nunca volvieran a verse tan horribles figuras. Y además de todo esto, se dió mucho tono por haber limpiado un establo.

--¿Y a eso le llamas hazaña maravillosa?--preguntó, sonriendo, una de las doncellas--. Cualquier trabajador del campo lo haría.

--Si hubiera sido un establo ordinario--replicó el forastero--, no lo habría mencionado; pero fué una tarea tan gigantesca, que habría consumido mi vida toda en acabarla, a no ocurrírseme felizmente la idea de meter un río por la puerta, desviándole de su cauce. ¡Eso realizó el trabajo en muy poco tiempo!

Viendo con qué atención le escuchaban sus hermosas oyentes, les contó luego que había matado unas aves monstruosas y había cogido vivo a un toro bravo y le había soltado otra vez, y que había domado muchísimos caballos muy salvajes, y vencido a Hipólita, la belicosa reina de las Amazonas. Refirió también que había cogido el cinturón encantado que tenía Hipólita, y se le había regalado a la hija de su primo, el rey.

--¿Era el cinturón de Venus--preguntó la más bonita de las doncellas--, que hace a las mujeres hermosas?

--No--respondió el forastero--. Había sido en tiempos el tahalí de Marte, y a quien le lleva puesto le hace valiente y animoso.

--¡Un tahalí viejo!--exclamó la damisela, levantando la cabeza con desdén--. ¡No daría un comino por tenerle!

--Harías muy bien--dijo el forastero.

Siguiendo su maravilloso relato, enteró a las doncellas de que la más extraña de cuantas aventuras se le presentaron fué su pelea con Gerión, el hombre de seis piernas. Bien podéis creer que sería una figura rarísima y temerosa. Quien mirara sus huellas en la arena o en la nieve, supondría que tres buenos compañeros habían pasado marchando juntitos. Al oir sus pisadas a corta distancia, nada más razonable que pensar que se acercaban varias personas. ¡Y era solamente el extraño Gerión, que venía pisando con sus seis pies!

¡Seis piernas y un cuerpo gigantesco! De fijo que sería un monstruo de aspecto sorprendente. Y, amiguitos, ¡qué gasto de piel para botas!

Cuando el forastero acabó la narración de sus aventuras, miró las atentas caras de las doncellas.

--Tal vez hayáis oído hablar de mí antes de ahora--dijo modestamente--. Me llamo Hércules.

--Ya lo habíamos sospechado--replicaron--, porque la noticia de tus hazañas maravillosas ha corrido por todo el mundo. Ahora no nos parece extraño que vayas en busca de las manzanas de oro de las Hespérides. Venid, hermanas, y coronemos de flores al héroe.

Entonces pusieron hermosas guirnaldas sobre su augusta cabeza y sus poderosos hombros, de manera que la piel de león quedó casi enteramente cubierta de rosas. Se apoderaron de la pesada maza y entretejieron a su alrededor los más brillantes, los más delicados, los más olorosos capullos, sin dejar al descubierto ni el ancho de un dedo, de su leñoso material; parecía toda ella un enorme ramo de flores.

Finalmente, se cogieron de las manos y danzaron a su alrededor, cantando palabras que, sin molestarse en procurarlo, resultaban poesía y formaban una composición coral en honor del ilustre Hércules.

Y Hércules se puso contento, como le hubiera ocurrido a cualquier otro héroe, al ver que aquellas hermosas jóvenes ya habían oído hablar de los valerosos hechos que tanto trabajo y tanto riesgo le habían costado llevar a cabo; pero no estaba aún satisfecho. No podía creer que lo realizado mereciera tanto honor, mientras quedase alguna aventura temeraria o difícil por emprender.

--Queridas doncellas--dijo cuando se detuvieron para tomar aliento--, ahora que ya sabéis mi nombre, ¿no me diréis cómo podré llegar al jardín de las Hespérides?

--¡Ah! ¿Te vas tan pronto?--exclamaron--. Tú, que has hecho tantas maravillas y que has llevado una vida tan trabajosa, ¿no puedes permitirte algún descanso a la orilla de este manso río?

Hércules movió la cabeza.

--Tengo que irme ahora mismo--dijo.

--Entonces te daremos las señas lo mejor que podamos--replicaron las jóvenes--. Tienes que ir a orilla del mar, encontrar al Viejo y obligarle a informarte de dónde se encuentran las manzanas de oro.

--¡El Viejo!--o repitió Hércules, riéndose de ese nombre--. ¿Y quién es el Viejo?

--¿Quién ha de ser? ¡El Viejo del Mar!--contestó una de las muchachas--. Tiene cincuenta hijas y hay quien dice que son muy hermosas; pero no nos ha parecido bien relacionarnos con ellas, porque tienen el pelo de color verde mar y su cuerpo remata en cola como el de los peces. Tienes que hablar con ese Viejo del Mar. Siempre está cruzando mares. Sabe cuanto se refiere al jardín de las Hespérides, porque está en una isla que él acostumbra a visitar.

Hércules preguntó entonces dónde se podría encontrar más fácilmente al Viejo, y cuando las jóvenes le hubieron informado, les dió las gracias por todas sus bondades--por el pan y las uvas que le dieron, las flores exquisitas con que le coronaron y los cánticos y danzas con que le habían honrado--, y sobre todo, por haberle indicado el camino, y se puso en marcha inmediatamente.

Pero antes de que se hubiera alejado mucho, le llamó una de las doncellas.

--¡Agarra bien fuerte al Viejo cuando le cojas!--le gritó, sonriendo y levantando un dedo para dar más fuerza a la recomendación--, y no te asombres de ninguna cosa que pueda ocurrir. Sujétale bien, y él te dirá lo que deseas saber.

Hércules dió las gracias de nuevo y siguió su camino, mientras volvían las jóvenes a su agradable tarea de trenzar guirnaldas de flores. Siguieron hablando del héroe mucho después de haberse alejado.

--Le hemos de coronar con nuestras más hermosas guirnaldas--dijeron--cuando vuelva por aquí con las tres manzanas de oro, después de haber matado al dragón de las cien cabezas.

Mientras tanto, Hércules caminaba avanzando siempre, salvando montes y valles y cruzando bosques solitarios. Algunas veces alzaba su maza, y al descargar el golpe hacía astillas un poderoso roble. Tenía la imaginación tan llena de los gigantes y monstruos que había estado combatiendo toda su vida, que tal vez tomara al corpulento árbol por uno de ellos. Tan ansioso estaba Hércules de dar cima a la empresa acometida, que sentía casi haber perdido tanto tiempo con las doncellas, malgastando aliento en el relato de sus aventuras. Esto les ocurre siempre a las personas destinadas a llevar a cabo grandes cosas. Lo que ya tienen hecho les parece que no vale nada, y lo que traen entre manos les parece digno de poner en ello trabajo, correr peligros y aun arriesgar la vida.

Las personas que pasaran por el bosque, no podrían menos de asustarse al verle derribar los árboles con su gran maza. De un solo golpe se rajaba el tronco, lo mismo que herido por el rayo, y las ramas gruesas caían crujiendo y tronchándose.

Apresurando la marcha, sin hacer alto ni mirar hacia atrás, no tardó en oir a los lejos el rugido del mar. Esto le hizo aumentar la velocidad aún más, y pronto llegó a una playa en donde las olas, muy grandes, se deshacían sobre la arena dura, formando una larga faja de espuma, blanca como la nieve. Sin embargo, a un extremo de la playa había un sitio agradable, en donde unos cuantos arbustos verdes trepaban sobre un peñasco, haciendo que su roquiza superficie pareciera blanda y bella. Una alfombra de verde hierba, profusamente mezclada con trébol oloroso, cubría el estrecho espacio comprendido entre la base del peñasco y el mar. ¿Y qué pudo vislumbrar Hércules allí? Pues vió a un hombre viejo, profundamente dormido.

Pero, ¿era real y verdaderamente un hombre viejo? Cierto que a primera vista lo parecía; pero después de un examen detenido, semejaba más bien alguna especie de criatura marina. Sus piernas y sus brazos tenían escama como la de los peces; tenía las manos y los pies membranosos, a la manera de los patos, y su luenga barba, de tinte verdoso, más parecía un puñado de algas que una barba ordinaria. ¿No habéis visto nunca un leño que ha sido azotado por las olas mucho tiempo, y se ha cubierto enteramente de conchas y de algas, y que al fin, cuando se le saca a tierra, parece haber surgido de los más profundos senos del mar? Bueno; pues a aquel hombre anciano le hubierais tomado ni más ni menos que por un leño así. Pero Hércules, en cuanto puso los ojos sobre aquella extraña figura, se convenció de que no podía ser más que el Viejo, el que había de indicarle su camino.

Sí: era el mismísimo Viejo del Mar, de quien le habían hablado las hospitalarias jovencitas. Dando gracias a su estrella por la buena suerte de encontrarle dormido, Hércules fué hacia él de puntillas y le cogió de un brazo y de una pierna.

--Dime--exclamó antes de que el Viejo se despertase del todo--, ¿por dónde se va al jardín de las Hespérides?

Como os podéis figurar fácilmente, el Viejo del Mar se despertó asustado. Pero su asombro apenas pudo ser mayor que el que tuvo Hércules en el momento siguiente. Porque, de pronto, pareció que el Viejo se le deshacía entre los dedos, y en su lugar se encontró sujetando a un ciervo por una pata trasera y otra delantera. Pero siguió apretando. Entonces desapareció el ciervo, y en su lugar había un ave marina que chillaba y aleteaba, mientras Hércules le apretaba un ala y una pata. Pero el ave no pudo escaparse. Inmediatamente después había un horroroso perro de tres cabezas, que gruñó y ladró a Hércules, y mordió fieramente las manos con que le sujetaba. Pero Hércules no le soltó. Al minuto siguiente, en vez del perro de las tres cabezas, apareció nada menos que Gerión, el hombre-monstruo de las seis piernas, dando puntapiés a Hércules con cinco de ellas, para ver de libertar la otra. Pero Hércules siguió sujetando fuerte. En seguida, no estaba allí Gerión, sino una serpiente inmensa, como aquellas que Hércules había estrangulado en su niñez, sólo que cien veces más grande; se retorció y se enlazó alrededor del cuello y del cuerpo del héroe, y sacudió su cola erguida y abrió sus espantosas fauces como para devorarle de un bocado. De manera que el espectáculo era de lo más terrible. Pero Hércules no se desanimó ni pizca, y estrujó la grandísima sierpe con tanta fuerza, que la hizo silbar de dolor.

Habéis de saber que el Viejo del Mar, aunque generalmente se parecía muchísimo al mascarón de proa de un barco azotado por las olas, tenía el poder de tomar cualquier forma que se le antojase. Cuando se sintió tan fuertemente cogido por Hércules, tuvo la esperanza de producirle sorpresa y terror tales, con sus transformaciones mágicas, que el héroe le dejara escapar. Si Hércules hubiera aflojado un poco, el Viejo habría ido a hundirse en el mismo fondo del mar, de donde no se hubiera molestado en salir para contestar preguntas impertinentes. Supongo yo que noventa y nueve personas de cada ciento se habrían asustado hasta perder la cabeza, con la primera de sus horribles figuras, y habrían echado a correr en seguidita. Porque una de las cosas más difíciles en este mundo es comprender la diferencia entre los peligros reales y los imaginarios.

Pero como Hércules le sujetaba tan tercamente y no hacía sino estrujarle más a cada cambio de forma, haciéndole, en realidad, no poco daño, acabó por pensar que lo mejor sería reaparecer en su propia figura. Y así de nuevo se mostró aquel personaje, algo pez escamoso, con membranas en pies y manos y con una especie de mechón de algas en la barba.

--Haz el favor de decirme qué quieres de mí--exclamó el Viejo en cuanto pudo tomar aliento, porque el cambiar tantas veces de figura era tarea muy fatigosa--. ¿Por qué me aprietas tan fuerte? Déjame al momento, o me harás pensar que eres una persona sumamente incivil.

--¡Me llamo Hércules--dijo con voz bronca el poderoso forastero--, y no te soltaré si no me dices cuál es el camino más derecho para ir al jardín de las Hespérides!

Cuando el Viejo oyó quién era el que le había cogido, comprendió al instante que sería preciso decirle todo lo que necesitaba saber. Tened presente que el Viejo era habitante del mar y correteaba por todas partes, como toda la gente marina. Por de contado, había oído hablar muchas veces de la fama de Hércules, de las hazañas maravillosas que estaba realizando a cada paso y de lo decidido que era siempre para llevar a término cosa que emprendiera. Por tanto, no hizo ya más esfuerzos por escapar, y dijo al héroe cómo podía encontrar el jardín de las Hespérides, y le advirtió, además, cuáles eran las muchas dificultades que habría de vencer antes de llegar a él.

--Tienes que ir por aquí, por allá--dijo el Viejo del Mar después de marcar los rumbos--, hasta que llegues a la vista de un gigante muy alto que sostiene los cielos sobre sus hombros. Y el gigante, si es que está de humor, te dirá exactamente dónde se encuentra el jardín de las Hespérides.

--Y si por casualidad el gigante no está de humor--observó Hércules balanceando su maza en la punta de un dedo--, es muy posible que encuentre yo manera de convencerle.

Dando las gracias al Viejo del Mar y pidiéndole perdón por haberle estrujado tan rudamente, emprendió de nuevo la marcha nuestro héroe. Le ocurrieron muchas y extrañas aventuras, que valdrían muy bien la pena de que las escucharais, si yo tuviera tiempo de narrarlas tan detalladamente como merecen.