Cuando la tierra era niña

Part 3

Chapter 33,945 wordsPublic domain

No tengo tiempo de contaros varias cosas maravillosas que sucedieron a Perseo al volver a su casa, tales como matar a un horrible monstruo marino que estaba a punto de devorar a una hermosa doncella; ni cómo convirtió a un enorme gigante en montaña de piedra con sólo enseñarle la cabeza de la Gorgona. Si dudáis de esta última historia, podéis hacer un viaje a África, cualquier día de éstos, y veréis la montaña, que todavía lleva el antiguo nombre del gigante.

Por último, nuestro valiente Perseo llegó a la isla, donde esperaba ver a su madre querida. Pero durante su ausencia el malvado rey había tratado tan mal a Danae, que se había visto obligada a huir y a refugiarse en un templo donde unos cuantos sacerdotes ancianos y buenos la habían recogido. Estos sacerdotes, dignos de alabanza, y el pescador de buen corazón, que fué el primero en dar hospitalidad a Danae y a Perseo, niño, cuando los encontró flotando en el arca, parecen haber sido las únicas personas de la isla que se preocupasen de hacer el bien. Todo el resto del pueblo, lo mismo que el rey Polidectes, eran notablemente malos y no merecían mejor destino que el que vais a saber que cayó sobre ellos.

No habiendo encontrado a su madre en casa, Perseo se fué derecho a palacio, e inmediatamente lo llevaron a presencia del rey. Polidectes no se alegró gran cosa de volver a verle, porque casi tenía por cierto, con regocijo de su mal corazón, que las Gorgonas habrían hecho pedazos al pobre muchacho y se lo habrían comido inmediatamente. Pero al verle volver sano y salvo, puso la mejor cara que pudo y le preguntó qué había hecho.

--¿Has cumplido tu promesa?--preguntó--. ¿Me traes la cabeza de Medusa con su cabellera de serpientes? Si no, hijo mío, te va a costar caro, porque necesito un regalo de boda para la princesa Hipodamia, y sé que no hay nada en el mundo que pueda ser tan de su gusto.

--Sí, Majestad--respondió Perseo tranquilamente y como si no hubiera por qué asombrarse de que un joven como él hubiese llevado a cabo tal hazaña--. Os traigo la cabeza de la Gorgona con todos sus cabellos de serpientes.

--¡De veras! Pues haz el favor de enseñármela--dijo el rey Polidectes--. Debe de ser

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espectáculo curioso, si todos los viajeros que me han hablado de ella han dicho la verdad.

--Vuestra Majestad está en lo cierto--repuso Perseo--. Realmente es un objeto capaz de fijar las miradas de todo el que lo vea. Y si Vuestra Majestad quiere, me permitiré aconsejar que se declare el día de hoy fiesta nacional y que se llame a todos los súbditos de Vuestra Majestad para que vengan a contemplar esta curiosidad maravillosa. ¡Me parece que pocos serán los que hayan visto una cabeza de Gorgona, y acaso nunca puedan volver a verla!

Bien sabía el rey que todos sus súbditos eran haraganes rematados, aficionadísimos a espectáculos como suelen serlo todas las gentes perezosas; así es que siguió el consejo del joven y envió en todas direcciones heraldos y mensajeros para que tocasen la trompeta en todas las esquinas y en las plazas y mercados, y dondequiera se encontrasen dos caminos, y llamasen a todo el mundo a la Corte. Vino, pues, gran multitud de gentes inútiles y vagabundas, que todas, por puro amor al mal, se hubiesen alegrado muchísimo de que a Perseo le hubiese sucedido algún daño en la lucha con la Gorgona. Si algunas buenas personas había en la isla (yo quiero creer que las hubo, aunque la historia no dice nada de ellas), de seguro se quedaron tranquilamente en casa atendiendo a sus quehaceres y cuidando a sus hijos. Muchos de los habitantes, sea comoquiera, corrieron a palacio a toda prisa, y gritaron, y se empujaron, y se dieron codazos por afán de estar cerca de un balcón donde se veia a Perseo con el saco mágico y bordado en la mano.

En una tribuna colocada enfrente del balcón estaba sentado el rey Polidectes, con sus malvados consejeros y sus cortesanos aduladores, formando semicírculo en derredor suyo. Monarca, consejeros, cortesanos y pueblo, todos miraban ansiosamente a Perseo.

--¡Enseña la cabeza de la Gorgona!... ¡Enséñala!--gritaba el pueblo. Y había en sus gritos tal fiereza, que parecían querer hacer pedazos a Perseo, si lo que había de enseñarles no les satisfacía--. ¡Enséñanos la cabeza de Medusa con la cabellera de serpientes!

Un sentimiento de pena y de lástima sobrecogió a Perseo.

--¡Oh, rey Polidectes--exclamó--, y vosotros pueblo: no quisiera mostraros la cabeza de la Gorgona!

--¡Ah, canalla, cobarde!--gritó el pueblo, más furioso que nunca--. Se está burlando de nosotros. No tiene la cabeza de la Gorgona. Enséñanosla, si la has traído, y si no te cortaremos la tuya para hacer con ella una pelota de _foot-ball_.

Los malos consejeros hablaron al rey al oído; los cortesanos murmuraron, todos a una, que Perseo estaba faltando al respeto a su rey y señor, y el gran rey Polidectes levantó la mano y le ordenó, con la voz austera y grave de la autoridad, que enseñase la cabeza al pueblo, si no quería perder la suya.

--Muéstranos la cabeza de Medusa, o mando cortar la tuya.

Perseo suspiró.

--¡Ahora mismo!--repitió Polidectes--, o mueres.

--¡Miradla entonces!--exclamó Perseo con voz que resonó como un clarín.

Y alzó de repente la terrible cabeza. Ni un solo párpado tuvo tiempo de entornarse, y el rey Polidectes y sus malvados consejeros y sus feroces súbditos quedaron al punto convertidos en imágenes de un monarca y su pueblo. Todos quedaron fijos para siempre en su actitud de aquel instante. ¡La vista de la cabeza de Medusa les había transformado en blanco mármol! Y Perseo volvió a meter la cabeza en el saco, y fué a decir a su madre querida que ya no había por qué tener miedo al malvado rey Polidectes.

--¿Qué, no ha sido un cuento bonito?--preguntó Eustaquio.

--¡Ay, sí, sí!--exclamó Capuchina, palmoteando--. ¡Y esas viejas tan raras, que no tenían más que un ojo para las tres! ¡Nunca he oído cosa más extraña!

--En lo del diente--observó Primavera--no hay prodigio alguno. Supongo que sería un diente postizo. Pero, ¿qué es eso de haber convertido a Mercurio en Azogue, y de hablar de su hermana? ¡Es una ridiculez!

--¡Ah!, ¿no era hermana suya?--preguntó Eustaquio--. Si se me hubiese ocurrido antes, la hubiese descrito como una solterona que tenía un buho favorito.

--Bueno--dijo Primavera--; después de todo, con el cuento se ha desvanecido la niebla.

Y, en verdad, mientras el cuento se iba contando, los vapores habían desaparecido del paisaje casi por completo. Ahora se descubría un panorama, que los espectadores casi podían figurarse que había sido creado desde la última vez que habían levantado los ojos en la dirección donde ahora se extendía. A una media milla de distancia, en el regazo del valle, aparecía ahora un hermoso lago, que reflejaba una perfecta imagen de sus propias orillas, cubiertas de bosques, y de las cimas de las colinas más lejanas. Brillaba en cristalina quietud, sin huella de la más ligera brisa en parte alguna de su superficie. Al otro lado de su más lejana orilla estaba el alto monte, que parecía estar tumbado en el valle. Eustaquio le comparó a una inmensa esfinge sin cabeza, envuelta en un chal alfombrado; y verdaderamente era tan rico y tan diverso el follaje otoñal de sus bosques, que la imagen del chal no era en modo alguno demasiado exagerada de color respecto de la realidad. En el terreno bajo, entre la casa de campo y el lago, los grupos de árboles y los linderos del bosque estaban llenos de hojas amarillas o castaño obscuras, porque habían sufrido más con las heladas que el follaje de las vertientes de las colinas.

Sobre todo el paisaje brillaba alegre el sol, mezclado con ligerísima neblina, que hacía la luz imponderablemente suave y tierna. ¡Oh, qué día de veranillo de San Martín tan hermoso! Los niños cogieron apresuradamente sus cestillos, y se pusieron en marcha, saltando, corriendo, dando volteretas, mientras el primo Eustaquio demostraba lo muy digno que era de presidir la reunión, corriendo mucho mejor que ellos y dando algunos saltos tan perfectos, que ninguno de ellos podía ni imitarlos. Acompañábales también un perro, cuyo nombre era _Ben_. Era uno de los cuadrúpedos más respetables y de mejor corazón del mundo, y probablemente estaba convencido de que estaba en el deber de no dejar alejarse a los niños sin mejor guardián que aquel cabeza loca de Eustaquio Bright.

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EL TOQUE DE ORO

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ARROYO UMBRÍO

A mediodía, nuestra partida juvenil se reunió en una cañada, a través de cuya profundidad corría un arroyuelo. La cañada era angosta, y sus vertientes escarpadas desde la margen del arroyo arriba estaban cubiertas con espesura de árboles, principalmente nogales y castaños, entre los cuales crecían también unas cuantas encinas y unos cuantos arces. En el verano, la sombra de tantas ramas juntas, que se encontraban y se enredaban sobre el arroyo, bastaba para producir un crepúsculo en pleno mediodía. De ahí venía el nombre de _Arroyo Umbrío_. Pero ahora, desde que el otoño había llegado a aquel lugar oculto, todo el obscuro verdor se había cambiado en oro; así es que el ramaje incendiaba la cañada, en vez de darle sombra. Las brillantes hojas amarillas, aunque el día hubiese estado nublado, hubieran parecido conservar entre ellas la luz del sol; y tantas se habían caído, que todo el cauce y la margen del arroyo estaban sembrados de luz de sol también. Así el rincón umbrío, donde el verano se había refrescado, ahora era el sitio más lleno de sol que pudiera encontrarse.

El arroyuelo corría, siguiendo su camino de oro, deteniéndose aquí para formar un remanso, en el cual pasaban como flechas los pececillos, nadando de un lado a otro; apresurándose luego cuesta abajo, como si tuviese mucha prisa por llegar al lago; olvidándose de mirar por donde iba, tropezaba con la raíz de un árbol, que se le atravesaba en la corriente. Os hubiera hecho reir oirle hacer ruido y echar espuma contra el inesperado obstáculo. Y aun después de haberle salvado, seguía el agua hablándose a sí misma, como si estuviera perpleja. Supongo que estaba maravilladísima al ver su cañada umbría tan iluminada, y al oir la charla y la alegría de tantos chiquillos. Así es que corría lo más aprisa que le era posible, y marchaba a esconderse en el lago.

En la cañada de Arroyo Umbrío, Eustaquio Bright y sus amiguitos se habían detenido para comer. Habían traído muchas cosas ricas de Tanglewood, dentro de sus cestillos, y las habían servido sobre troncos caídos, cubiertos de musgo, y con buenos manjares y mucha alegría habían hecho, en verdad, una comida deliciosa. Cuando terminó, ninguno quería moverse.

--Aquí descansaremos--dijeron algunos de los niños--, mientras el primo Eustaquio nos cuenta otro de sus cuentos bonitos.

El primo Eustaquio tenía tanto derecho a estar cansado como cualquiera de los chiquillos, porque había llevado a cabo grandes hazañas en aquella mañana memorable. Trébol, Romero, Capuchina y Girasol estaban casi convencidos de que tenía zapatillas con alas, como las que las Ninfas dieron a Perseo; tantas veces le habían visto en lo alto de la copa de un nogal, casi en el mismo instante en que acababan de verle en pie en el suelo. ¡Y entonces, qué chaparrones de nueces había hecho llover sobre sus cabezas, para que las atareadas manecitas las recogiesen en los cestitos! En una palabra: se había mostrado tan ligero como una ardilla o un mono, y ahora, tumbado sobre las hojas amarillas, parecía dispuesto a descansar un poco.

Pero los niños no tienen piedad ni consideración para el cansancio ajeno, y si no os quedase más que un solo aliento, os pedirían que le gastaseis en contarles un cuento.

--Primo Eustaquio--dijo Capuchina--, ¡qué cuento tan bonito el de la cabeza de la Gorgona! ¿Crees que serías capaz de contarnos otro tan bonito como ese?

--Sí, hija mía--dijo Eustaquio, tapándose los ojos con la visera de la gorra, como si se preparase a echar una siesta--. Podría contaros una docena, tan bonitos o más, si me diese la gana.

--¡Oh, Primavera y Margarita!, ¿oís lo que dice?--exclamó Capuchina, bailando de contenta--. ¡El primo Eustaquio nos va a contar una docena de cuentos, más bonitos que la cabeza de la Gorgona!

--No he prometido contar ni uno. Capuchina loca--dijo Eustaquio, casi con malhumor--. Y sin embargo, temo que no haya más remedio. ¡Ésta es la consecuencia de haber logrado una reputación! ¿Por qué no seré un poco más tonto de lo que soy, o por qué habré demostrado nunca las brillantes cualidades con que me ha dotado la Naturaleza? Así hubiera podido dormir la siesta en paz y en gracia de Dios.

Pero el primo Eustaquio, como creo haberlo indicado antes, era tan aficionado a contar cuentos como los chiquillos a oirlos. Su entendimiento libre y feliz se deleitaba en su propia actividad, y apenas requería impulso exterior para ponerse en movimiento.

¡Cuán diferente este espontáneo juego de la inteligencia, de la educada diligencia de los años maduros, cuando la tarea se ha hecho fácil a fuerza de costumbre, y el trabajo del día es indispensable para la felicidad del día, aunque todo lo demás se haya desvanecido como burbuja de jabón! Pero esta observación no hace falta que la oigan los niños.

Sin hacerse rogar más, Eustaquio Bright empezó a contar el cuento siguiente, realmente espléndido. Se le había ocurrido mientras estaba tumbado en el suelo, mirando hacia arriba a la copa de un árbol, observando cómo el toque del otoño había convertido cada una de sus hojas verdes en lo que parecía oro finísimo. Y ese cambio, que todos hemos presenciado, es tan maravilloso como cualquiera de los prodigios que Eustaquio relató al contar la historia de Midas.

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EL TOQUE DE ORO

Vivió hace mucho tiempo un hombre muy rico, que además era rey. Se llamaba Midas. Tenía una hijita, de la cual nadie más que yo ha oído hablar nunca, y cuyo nombre nunca he sabido, o por mejor decir, he olvidado. Así es que, como me gustan los nombres extraños para las niñas, me parece bien llamarla Clavellina.

El rey Midas era aficionadísimo al oro. Apreciaba su corona real, principalmente porque estaba compuesta de tan precioso metal. Poseer oro, mucho oro, era la ambición más grande del rey Midas. Si algo había en la Tierra a que quisiese más que al oro, era a la preciosa niñita, su hija, que jugaba alegremente junto a su trono. Pero cuanto más la quería, más ansia le entraba de adquirir, buscar y amontonar riquezas. Pensaba, tontamente, que lo mejor que podía hacer por aquella niña, a quien quería tanto, era amontonar para ella inmensas cantidades de monedas amarillas y brillantes. Así es que jamás pensaba en otra cosa. Si por casualidad miraba por un momento las nubes doradas que se forman al ponerse el sol, sólo deseaba que fuesen oro de veras, para poder guardarlas en su caja fuerte. Cuando venía Clavellina, saltando y riendo, a buscarle con un ramo en la mano de flores amarillas del campo, lo único que le decía era:--¡Bah! ¡Bah, hijita! Si esas flores fueran de oro, como parecen, entonces sí que valdría la pena de recogerlas.

Y sin embargo, el rey Midas, cuando era joven y no estaba completamente dominado por el deseo desordenado de riquezas, había sido muy aficionado a las flores. Había plantado un jardín, en el cual crecían las rosas más grandes y más hermosas que haya visto u olido ningún mortal.

Las rosas seguían creciendo en el jardín, tan bellas, tan grandes y tan fragantes como cuando Midas acostumbraba a pasarse horas enteras mirándolas y gozando con su perfume. Pero ahora, si las miraba, era sólo para calcular cuánto más valdría el jardín si cada uno de los innumerables pétalos de las dichas rosas fuese una chapita de oro fino. Y aunque también en

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otros tiempos fué muy aficionado a la música (a pesar de la historia que cuenta que sus orejas se parecían a las de los burros), la única música agradable para el pobre rey Midas era el tintín de una moneda al chocar contra otra.

Por fin (porque la gente se vuelve cada día más tonta, a no ser que tenga buen cuidado de hacerse cada día más y más cuerda), el rey Midas llegó a ser tan poco razonable, que no podía ver ni tocar cosa que no fuese de oro. Y tomó por costumbre pasar gran parte del día en una habitación obscura y subterránea en los sótanos de su palacio. Allí es donde guardaba sus riquezas. En aquel agujero feísimo, que apenas podía servir de calabozo, se encerraba el rey Midas cuando quería ser completamente feliz.

Allí, después de cerrar cuidadosamente la puerta, cogía un saco lleno de monedas de oro, o una copa de oro, grande como una palangana; o una barra de oro pesadísima, o un celemín lleno de polvo de oro, y los llevaba desde los rincones obscuros del cuarto hasta el único sitio donde caía un rayo de sol, brillante y estrecho, desde un tragaluz. Le gustaba mucho aquel rayo de sol, únicamente porque sin su ayuda no podía ver brillar su tesoro. Luego removía con las manos las monedas del saco, o tiraba la barra a lo alto y la recogía al caer, o hacía que se deslizara entre sus dedos el polvo de oro, o miraba la imagen extraña de su cara reflejada en la bruñida circunferencia de la copa, y se decía a sí mismo:--¡Oh, Midas, riquísimo rey Midas, qué hombre tan feliz eres!--. Pero era muy gracioso ver cómo la imagen de su rostro le hacía muecas desde la pulida superficie de la copa. Parecía como si aquella imagen comprendiese lo necio de su conducta y se burlase de él.

Midas se llamaba hombre feliz, pero dentro de sí mismo sentía que no lo era del todo. No podría llegar a la felicidad completa, a no ser que el mundo entero se convirtiese en un inmenso guardatesoros y estuviese lleno de amarillo metal, que fuese todo suyo.

No necesito recordar, a niños tan instruídos como vosotros, que allá en los tiempos antiguos, muy antiguos, cuando vivía el rey Midas, pasaban cosas que en nuestros tiempos y en nuestro país se nos antojarían maravillosas. Por otra parte, muchísimas cosas suceden ahora que no sólo nos parecen maravillosas a nosotros, sino que a las gentes de los tiempos antiguos les hubiesen dejado ciegas de asombro. Yo, por mi parte, creo que nuestros tiempos son mucho más extraños que los antiguos; pero, sea de esto lo que quiera, sigamos el cuento.

Un día estaba Midas gozando con la vista de sus tesoros en el obscuro subterráneo, cuando vió que una sombra caía sobre los montones de oro, y mirando de repente hacia arriba, vió la figura de un desconocido, que estaba en pie precisamente en el brillante y estrecho rayo de sol. Era un joven con cara alegre y rubicunda. No sé si porque la imaginación del rey Midas ponía un tinte amarillo sobre todas las cosas, o por cualquier otro motivo, no pudo menos de pensar que la sonrisa con que el desconocido le miraba tenía una especie de radiación dorada. Lo que sí era seguro es que, aunque la figura interceptaba el rayo de sol, los tesoros amontonados brillaban más que nunca. Hasta los más remotos rincones del cuarto participaban del resplandor misterioso y parecían iluminados cuando el desconocido sonreía, como si hubiese en ellos llamas o chispas.

Como Midas sabía que había cerrado cuidadosamente la puerta con llave, y que no había mortal capaz de penetrar en el cuarto donde guardaba sus tesoros, sacó en consecuencia que el visitante era algo más que un mortal. No hace falta deciros su nombre. En aquellos días, cuando la Tierra era relativamente nueva, se suponía que debían venir a visitarla de cuando en cuando seres dotados de poder sobrenatural, que tenían la costumbre de interesarse por las alegrías y las penas de los hombres, las mujeres y los niños, medio en broma y medio en serio. Midas había tropezado ya antes con seres de esa índole, y no le disgustaba encontrarse con ellos. El aspecto del forastero era tan regocijado, tan amable, ya que no demasiado bondadoso, que hubiese sido poco razonable sospechar que venía a hacer daño. Era más que probable que viniese a hacer un favor al rey Midas. ¡Y qué favor podría ser, sino aumentar sus montones de tesoros!

El desconocido miró por todo el cuarto. Y cuando su brillante sonrisa hubo centelleado sobre todos los objetos de oro que allí había, se volvió hacia Midas.

--Eres un hombre rico, amigo Midas--observó--. Me parece que no habrá en la Tierra otras cuatro paredes que contengan tanto oro como el que tú has conseguido amontonar en esta habitación.

--He hecho lo que he podido... lo que he podido...--respondió Midas en tono descontento--. Pero, después de todo, esto no es nada si se considera que he gastado la vida entera para reunirlo. Si pudiera uno vivir mil años, tendría tiempo para llegar a ser rico de veras.

--¡Cómo!--exclamó el desconocido--. ¿Todavía no estás satisfecho?

Midas movió la cabeza.

--¿Y con qué te contentarías?--preguntó el forastero--. Sólo por curiosidad me gustaría saberlo.

Midas se puso a meditar. Tuvo el presentimiento de que aquel desconocido, con su lustre dorado en la cara y su sonrisa de buen humor, había venido allí con poder y con intención de satisfacer sus mayores deseos. Por consiguiente, había llegado el feliz momento, y no tenía más que hablar para obtener todo lo posible, o al parecer imposible, que se le ocurriese pedir. Así es que pensó, y pensó, y pensó, y amontonó en su imaginación montaña sobre montaña de oro, sin llegar a figurarse una lo bastante grande para satisfacerle por completo.

Por último, se le ocurrió una idea luminosa. Parecía, en realidad, tan brillante como el esplendoroso metal que tanto amaba.

Levantando la cabeza, miró al desconocido cara a cara.

--Ea, Midas--observó el visitante--, veo que por fin has pensado cosa que pueda satisfacerte por completo. Dime lo que deseas.

--Sólo esto--respondió Midas--. Estoy cansado de que me cueste tanto trabajo reunir mis tesoros y de ver que después de tanto cansarme aumentan tan despacio. ¡Deseo que todo lo que yo toque se convierta en oro!

La sonrisa del desconocido se hizo tan amplia, que pareció llenar la habitación, como el sol que centellease en un sombrío y hondo valle, donde las amarillas hojas del otoño (porque esto parecían los pedazos de oro) estuviesen esparcidas por el suelo y brillasen a la luz.

--¡El Toque de Oro!--exclamó--. En verdad, amigo Midas, te digo que eres hombre de imaginación. Pero, ¿estás completamente seguro de que con eso te quedarás satisfecho?

--¡Completamente!...--dijo Midas.

--¿Y que nunca te arrepentirás de poseer ese don?

--¿Por qué había de arrepentirme?--preguntó Midas--. Es lo único que pido para ser completamente feliz.

--Entonces, hágase como deseas--respondió el forastero, moviendo la mano en señal de despedida--. Mañana, al salir el sol, te encontrarás dotado con el Toque de Oro.

El rostro del desconocido, se puso entonces extraordinariamente brillante, y Midas, a pesar suyo, tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos de nuevo, no vió más que el único rayo de sol en el subterráneo, y alrededor suyo el centelleo del precioso metal que había empleado toda la vida en reunir.