Part 10
Esta vez fué Filemón el que se levantó y cogió el cántaro, porque tenía curiosidad por saber si eran ciertas las maravillas que Baucis le había contado. Bien sabía que su buena mujer era incapaz de mentir, y que pocas veces se equivocaba en lo que suponía ser verdad. Pero era tan peregrino el caso, que quería verlo con sus propios ojos. Al coger el cántaro, miró hacia dentro y se convenció de que apenas contenía unas cuantas gotas. De pronto, sin embargo, del fondo brotó como una fuentecita blanca, que lo llenó hasta la boca de leche espumosa y fragante. Suerte fué, y grande, que Filemón, en su sorpresa, no dejase caer el cántaro milagroso.
--¿Quiénes sois, maravillosos viajeros?--exclamó mucho más asombrado que lo había estado su mujer.
--Tus huéspedes, buen Filemón, y tus amigos--repuso el viajero de más edad, con su voz grave y profunda, que al mismo tiempo parecía suave y melodiosa--. Dame a mí también otra taza de leche, y así tu cántaro no se vacíe nunca para la buena Baucis, para ti y para los caminantes necesitados.
Habiendo terminado la comida, los forasteros pidieron que les indicaran sitio donde poder descansar. Los viejecillos hubiesen querido estar un rato más hablando con ellos, para expresar la admiración que sentían y su alegría al ver que la cena, pobre y escasa, había resultado mucho mejor y más abundante de lo que creían. Pero el forastero de más edad les había inspirado tal respeto, que no se atrevieron a preguntarle nada, y cuando Filemón llevó a Azogue a un lado y le preguntó cómo era posible que hubiese brotado una fuente de leche dentro de un cántaro, el viajero señaló su bastón.
--Ahí está todo el misterio--dijo Azogue--. Y si le puedes descifrar tú, me alegraré muchísimo de que me comuniques lo que descubras. No puedo contarte todo lo que hace ese bastón; siempre me está dando bromas de éstas. Unas veces me trae la cena, otras me la roba. Si creyese yo en semejantes tonterías, diría que está embrujado.
No dijo más; pero les miró de un modo tan extraño, que los viejos pensaron que estaba burlándose de ellos. El bastón mágico fué tras de su amo dando saltos, cuando Azogue salió de la habitación. Cuando se quedaron solos los dos viejos, hablaron un rato de los acontecimientos de la noche, y luego se echaron a dormir en el suelo, porque habían dado su cama a los huéspedes y no tenían otra más que aquellas tablas, que ojalá hubieran sido tan blandas como sus corazones.
El anciano y su mujer se levantaron temprano por la mañana, y los viajeros también se levantaron con el sol y se prepararon a seguir su camino.
Filemón, hospitalariamente, les pidió que se quedaran un poco más, hasta que Baucis ordeñase la vaca y cociese un panecillo en el horno, y acaso hasta les encontrase algunos huevos para el desayuno. Pero los viajeros querían andar buena parte del camino antes de que apretase demasiado el sol. Por lo tanto, insistieron en marcharse inmediatamente, pero pidieron a Filemón y a Baucis que les acompañasen un rato, para enseñarles el camino que debían tomar.
Así salieron los cuatro juntos de la casa, charlando como amigos antiguos. Era, en verdad, notable lo de prisa que los dos ancianos tomaron confianza con el viajero de más edad, y cómo sus almas honradas y sencillas se perdían en la suya como dos gotas de agua se perderían en el Océano sin límites. Y Azogue, con su ingenio agudo y regocijado, parecía descubrir hasta el más pequeño pensamiento que apuntaba en sus mentes, antes de que ellos mismos le hubiesen sospechado. A veces deseaban, es verdad, que no fuese tan listo, y casi casi que tirase a cien leguas su bastón, que tenía un aire tan endemoniadamente malicioso con las serpientes, que no dejaban de retorcerse. Pero, pensándolo bien, Azogue mostraba tan buen humor, que al fin y al cabo se hubiesen alegrado de tenerle en casa a él, a su bastón y a sus serpientes, mientras les durase la vida.
--¡Ay de mí!--exclamó Filemón cuando ya se hubieron alejado un poco de la puerta--. Si nuestros vecinos supiesen lo bueno que es dar hospitalidad a los forasteros, atarían sus perros y no volverían a consentir a sus hijos que tirasen una sola piedra.
--Es un pecado y una vergüenza para ellos el portarse así--exclamó con vehemencia Baucis--, y hoy mismo he de bajar al pueblo y he de decir cuatro verdades a esos desalmados.
--Temo--observó Azogue, sonriendo maliciosamente--que no vas a encontrar en casa a ninguno de ellos.
El entrecejo de su compañero adquirió precisamente entonces tan grave, austera y terrible grandiosidad, sin perder su serenidad por ello, que ni Filemón ni Baucis se atrevieron a pronunciar palabra. Le miraron a la cara con reverencia, como si hubiesen mirado al cielo.
--Cuando los hombres no quieren portarse con el más humilde de los extraños como si fuese hermano suyo--dijo el viajero en tono tan profundo que su voz sonaba como la música de un órgano--, no son dignos de existir sobre la Tierra, que fué creada para morada de la gran hermandad humana.
--Y ahora que hablamos de eso, viejos de mi alma--dijo Azogue con la mirada más regocijada del mundo--, ¿dónde está el pueblo de que vamos hablando? ¿A la derecha o a la izquierda? Me parece que no le veo por ninguna parte.
Filemón y su mujer se volvieron hacia el valle, donde, al ponerse el sol el día antes, habían visto las praderas, las casas, los huertos, los macizos de árboles, la calle ancha, los niños jugando y todas las señales de trabajo, regocijo y prosperidad. Pero, ¡cuál fué su asombro! ¡No había allí ni asomo de aldea! Hasta el fértil valle, en cuyo hueco yacía, había dejado de existir. En su lugar se veía la superficie amplia y azul de un lago que llenaba la inmensa cuenca del valle de orilla a orilla, y reflejaba las colinas circundantes con imagen tan tranquila como si hubiese estado allí desde el principio del mundo. Un instante, el lago permaneció completamente quieto. Luego una brisa pasó sobre él e hizo bailar el agua y centellear y brillar a los tempranos rayos del sol, y chocar con agradable murmullo contra la orilla.
El lago parecía tan familiar en aquel sitio, que los dos viejos se quedaron asombrados, como si pensaran que habían estado soñando con un pueblo que nunca hubiera existido. Pero en seguida recordaron las casas desaparecidas, y las caras y los caracteres de los habitantes, y comprendieron que no soñaban. ¡El pueblo había estado allí ayer, pero ya no estaba!
--¡Ay!--exclamaron los dos ancianos bondadosos--. ¿Qué ha sido de nuestros pobres vecinos?
--Ya no existen como hombres y mujeres--dijo el viajero de más edad con su voz profunda, y un trueno pareció hacerle eco en la lejanía--. No había en sus vidas ni utilidad ni belleza, porque nunca suavizaron ni dulcificaron el duro destino de la Humanidad con el ejercicio de afectos bondadosos entre hombres y hombres. No conservaron en su pecho la imagen de una vida mejor, y por eso el lago que estaba aquí hace siglos, se ha tendido de nuevo para reflejar el cielo.
--Y en cuanto a aquellas gentes necias--dijo Azogue con su maliciosa sonrisa--, todas se han convertido en peces. Poco han tenido que cambiar, porque ya eran un puñado de pillos con escamas en el corazón y sangre completamente fría. De modo, madre Baucis, que si tú o tu marido tenéis capricho de comer una trucha a la parrilla, podéis echar un anzuelo y pescar media docena de vuestros antiguos vecinos.
--¡Ah!--exclamó Baucis estremeciéndose--. ¡Por todo el oro del mundo no pondría una sola en la sartén!
--No--añadió Filemón haciendo un gesto de desagrado--; ¡no las podríamos atravesar!
--En cuanto a ti, buen Filemón--continuó el viajero de más edad--, y tú, amable Baucis, con vuestros escasos medios habéis puesto tanta cordialidad para recibir a unos pobres caminantes, que la leche se ha convertido en inextinguible fuente de néctar, y el pan y la miel en ambrosía. Así las divinidades han tenido en vuestra casa los mismos manjares que forman sus banquetes en el Olimpo. Habéis hecho bien, queridos amigos. Por lo tanto, pedid lo que más deseéis conseguir, y está concedido.
Filemón y Baucis se miraron, y luego no sé cuál de los dos habló; pero lo que uno dijo era el deseo de sus dos corazones.
--Queremos vivir juntos hasta nuestro último día, y salir de este mundo en el mismo instante, cuando muramos. ¡Porque siempre nos hemos amado!
--¡Así sea!--repuso el viajero con majestuosa bondad--. Y ahora, mirad vuestra casa.
Así lo hicieron; pero, ¡cuál fué su sorpresa al encontrarse con un gran edificio de mármol blanco, con grandioso pórtico, que ocupaba el sitio donde hasta hace un momento estaba su humilde morada!
--Esa es vuestra casa--dijo el viajero sonriendo benévolamente--. Ejercitad la hospitalidad en este palacio tan cordialmente como en la pobre choza donde ayer tarde nos recibisteis.
Los ancianos se arrodillaron para darle las gracias; pero ya ni él ni Azogue estaban allí.
Así, Filemón y Baucis se instalaron en el palacio de mármol, y pasaron días y días con gran satisfacción en recibir y agasajar a cuantos viajeros pasaban por aquel camino. No debo olvidar deciros que el cántaro conservó su virtud maravillosa de no estar nunca vacío cuando hacía falta que estuviese lleno. Siempre que un huésped honrado, de buen genio y de buen corazón, bebía un trago de aquel cántaro, comprendía que era el líquido más agradable y nutritivo que hubiese bebido nunca. Pero si un pillo de mal carácter, terco o malintencionado, acertaba a beber de él, seguro estaba de hacer una mueca de desagrado, diciendo que la leche estaba agria.
Así el matrimonio, ya tan viejo, vivió en su palacio y envejeció más y más. Por fin llegó una mañana de verano, en que Filemón y Baucis no aparecieron sonrientes, como de costumbre, para llamar a sus huéspedes de la noche anterior al desayuno. Los huéspedes los buscaron por todas partes de arriba abajo, en el espacioso palacio, pero inútilmente.
Por fin, después de mucha perplejidad, vieron frente al pórtico dos venerables árboles, que nadie pudo recordar haber visto allí el día antes. Allí estaban, con las raíces fuertemente hundidas en tierra, y anchas copas, cuyo follaje daba sombra a toda la fachada del edificio: uno era un tilo, otro un roble. Sus ramas--y era extraño y hermoso el verlo--estaban mezcladas, y se enlazaban unas con otras; así es que cada uno de los árboles parecía vivir en el seno de su compañero mucho más que en el suyo propio.
Mientras los huéspedes se maravillaban viendo cómo aquellos árboles, que hubiesen necesitado casi un siglo para crecer así, podían haberse hecho tan altos y venerables en una sola noche, se levantó un poco de viento y movió las ramas entrelazadas. Y entonces hubo en el aire un profundo murmullo, como si los dos misteriosos árboles estuviesen hablando.
--Yo soy el viejo Filemón--murmuró el roble.
--Y yo Baucis--murmuró el tilo.
Y como el viento se hizo más fuerte, los dos árboles hablaron a un tiempo--¡Filemón! ¡Baucis! ¡Baucis! ¡Filemón!--, como si ambos fuesen uno solo y hablasen juntos desde lo más hondo de su corazón. Fácil era de comprender que la anciana pareja había renovado su vida e iba a pasar lo menos cien años tranquilos y deleitosos: Filemón convertido en roble y Baucis en tilo. ¡Oh, qué hospitalaria la sombra que daban! Siempre que un caminante se detenía
[imagen]
bajo ella, oía un placentero murmullo de las hojas sobre su cabeza, y se maravillaba al escuchar cómo el rumor aquél se parecía a un sonar de palabras que dijese:
--¡Bien venido, bien venido, viajero!
Y algún alma buena, que sabía lo que hubiese agradado a Filemón y a Baucis, construyó un banco circular alrededor de su tronco, donde mucho tiempo después, los cansados, los hambrientos y los sedientos, acostumbraban a descansar y a beber leche abundante del cántaro milagroso.
--¡Ojalá nosotros le tuviéramos aquí ahora!
--¿Cuánto cabía el cántaro?--preguntó Trébol.
--Dos cuartillos escasos--respondió el estudiante--; pero podías estar sacando leche de él hasta llenar una artesa. La verdad es que manaba sin cesar, y no se secaba ni en pleno verano, lo cual no le sucede a ese arroyito que ahora corre, haciendo tanto ruido, vertiente abajo.
--Y ¿dónde está ahora el cántaro?--preguntó el niño.
--Se rompió, siento decirlo, pero es verdad, hace unos veinticinco mil años--respondió el primo Eustaquio--. Le compusieron lo mejor posible; pero aunque siguió sirviendo para contener leche, ya nunca volvió a llenarse solo. Así es que no tenía ya más mérito que cualquier otro cántaro viejo y rajado.
--¡Qué lástima!--exclamaron a un tiempo todos los chiquillos.
El respetable perro _Ben_ había acompañado a los excursionistas, así como también un perrillo pequeño de Terranova, que respondía al nombre de _Bruin_, porque era negro como un oso. Como _Ben_ era el de más edad y el de costumbres más circunspectas, el primo Eustaquio le rogó respetuosamente que se quedase con los pequeños para guardarles de todo mal. En cuanto al negro _Bruin_, que era ni más ni menos que un chiquillo, el estudiante juzgó más prudente llevarle consigo, por temor a que en sus turbulentos juegos con los otros chiquillos les echase a rodar colina abajo, aconsejando, pues, a la gente menuda que se estuviesen quietos y sentaditos en el sitio donde los dejaba; el estudiante, con Primavera y demás niños grandes, empezó a subir, y pronto se perdieron todos de vista entre los árboles.
LA QUIMERA
[imagen]
CUMBRE PELADA
Monte arriba, por la vertiente cubierta de bosque, iban Eustaquio Bright y sus compañeros. Los árboles no estaban aún completamente cubiertos de hojas, pero tenían ya las bastantes para dar una sombra ligera, mientras el sol los inundaba de luz verde. Había rocas cubiertas de musgo, medio escondidas entre las pardas hojas secas; había troncos de árbol casi podridos, tumbados a lo largo, en el mismo sitio en que se habían derrumbado; había arbustos secos, que habían sido arrancados de raíz por los vientos de invierno, y que estaban desparramados por el suelo. Pero, aunque todas esas cosas parecían tan viejas, el aspecto del bosque era de vida nueva, porque adonde quiera que se volviesen los ojos, se encontraba algo fresco y verde que estaba brotando, dándose prisa a prepararse para el verano.
Por fin la gente joven alcanzó el límite superior del bosque, y se encontraron los excursionistas casi en la misma cumbre de la colina. No era un pico, ni una gran cima redondeada, sino una planicie, o mejor dicho meseta, bastante ancha; en ella había una casa y un cobertizo a cierta distancia. La casa era hogar de una familia solitaria, y a veces las nubes, de las cuales caía la lluvia o la nieve sobre el valle, estaban por debajo de aquella habitación, sola y desamparada.
En el punto más alto de la colina había un montón de piedras, en cuyo centro estaba clavado un gran mástil que sostenía una banderita. Eustaquio condujo allí a los niños, y les mandó que mirasen en derredor y viesen cuán gran espacio de hermoso mundo podían alcanzar con una ojeada. Y a medida que miraban, parecía que se les iban agrandando los ojos.
Se veía, al Sur, la altísima montaña que formaba generalmente el centro del paisaje, pero que parecía haberse hundido, y ahora había pasado a ser miembro de una gran familia de alturas. Detrás de ella, la sierra, que desde la casa parecía lejana y no muy alta, había crecido y se había elevado. El lindo lago se veía con todas sus pequeñas ensenadas, y no estaba solo: que había más allá otros tres que abrían al sol sus ojos azules. Varias aldeas blancas, cada una con su campanario, estaban desparramadas en la lejanía. Había tantas granjas, con sus fanegas de bosque, pastos y tierras de labranza, que los niños apenas podían hacer sitio en sus cerebros para recibir tantos objetos distintos. Allí también estaba Tanglewood, que hasta entonces le había parecido cosa tan importante en el mundo.
Ahora ocupaba tan poco terreno, que buscándole no le encontraban, y su vista iba mucho más allá de donde en realidad se encontraba.
Blancas y algodosas nubes colgaban en el aire, y lanzaban obscuras y movedizas sombras aquí y allá sobre el paisaje. Pero a cada instante la luz del sol brillaba precisamente donde acababa de estar la sombra, y la sombra se había marchado a otra parte.
Al Oeste había otra serie de montañas azules.
--En aquella colina--dijo Eustaquio a los niños--había un lugar, donde unos cuantos holandeses viejos estaban jugando eternamente a los bolos, y donde un individuo holgazanísimo, llamado Rip Van Winkle, se había quedado dormido y se había estado durmiendo veinte años de un tirón.
Los niños pidieron con afán a Eustaquio que les contase todo lo que supiera de casos tan maravillosos.
Pero el estudiante replicó que ese cuento ya estaba contado hace mucho tiempo, y mucho mejor de lo que pudiera contarlo él, y que nadie en el mundo tenía derecho a cambiar una sola palabra en él, hasta que se hubiese puesto tan viejo como «La cabeza de la Gorgona», «Las tres manzanas de oro» y el resto de esas milagrosas leyendas.
--Pero, al menos, mientras estamos descansando aquí--dijo Margarita, y mirando en derredor--, bien puedes contarnos una de las historias que tú inventas.
--Sí, primo Eustaquio--exclamó Primavera--: te aconsejo que nos cuentes aquí un cuento. Elige un asunto muy elevado, y a ver si tu imaginación se pone a la altura necesaria. Acaso el aire de la montaña te ponga poético siquiera una vez. Y no importa que la historia sea extraña y maravillosa. Ahora que estamos entre las nubes, estamos dispuestos a creerlo todo.
--¿Serás capaz de creer--preguntó Eustaquio--que hubo una vez un caballo con alas?
--Sí--dijo la maliciosa Primavera--; pero temo que tú no vas a conseguir cogerlo nunca.
--Lo que es eso, Primavera--dijo el estudiante--, no me parece muy difícil. Creo que puedo apresar a Pegaso y cabalgar sobre su lomo, por lo menos tan bien como una docena de individuos a quienes conozco. Por lo menos, os contaré un cuento que se refiere a él, y el lugar más a propósito del mundo para contarle es, sin duda, la cumbre de un monte.
Y así, sentándose en el montón de piedras, mientras los niños se agrupaban a su alrededor, Eustaquio fijó la vista en una blanca nube que iba flotando, y empezó como sigue.
[imagen]
[imagen]
LA QUIMERA
Una vez, en tiempos antiguos, muy antiguos (porque todas las cosas extrañas que os cuento sucedieron mucho antes de lo que nadie pueda recordar), había en la maravillosa tierra de Grecia una fuente que manaba en la falda de una montaña. Y según me figuro, debe estar manando aún, al cabo de tantos miles de años, en el mismísimo sitio. Sea como sea, el caso es que allí estaba la apacible fuente, derramando frescura por la montaña abajo y chispeando a la dorada luz de la puesta del sol, cuando llegó junto a ella un hermoso joven, llamado Belerofonte. Llevaba en la mano una brida incrustada de piedras preciosas y con bocado de oro. Viendo junto a la fuente un anciano, un hombre de mediana edad y un niño, y también una jovencita que estaba llenando un cántaro, se detuvo y preguntó si podía refrescarse tomando un trago.
--Es un agua riquísima--dijo a la joven, mientras enjuagaba y llenaba su cántaro, después de haber bebido en él--. ¿Serías tan amable que me dijeras si tiene algún nombre esta fuente?
--Sí: la llaman la Fuente de Pirene--respondió la doncella, y añadió luego:--Mi abuela me ha contado que esta clara fuente era antes una mujer hermosísima; mas cuando su hijo fué muerto por las flechas de Diana cazadora, se deshizo toda en lágrimas. De manera que el agua que has encontrado tan fresca y tan rica, es el dolor del corazón de aquella pobre madre.
--¡Nunca hubiera soñado--dijo el joven forastero--que tan clara fuente, con su alegre fluir y borbotear de la sombra a la luz, tuviera lágrimas en su seno! ¿Y ésta es Pirene? Gracias, linda doncella, por haberme dicho su nombre. Precisamente vengo de muy lejanas tierras buscando este sitio.
Un campesino de mediana edad (que había llevado una vaca a beber de la fuente) miró fijamente al joven Belerofonte y a la magnífica brida que llevaba en la mano.
--Por fuerza que las fuentes andan muy escasas por tu país--observó--, si vienes de tan lejos en busca de la Fuente de Pirene; pero, dime, ¿has perdido tu caballo? Veo que llevas la brida en la mano, y bien bonita es con esa doble hilera de piedras relucientes. Si el caballo era tan hermoso como la brida, es para compadecerte por haberte quedado sin él.
--No he perdido ningún caballo--dijo Belerofonte, sonriendo--, pero voy buscando uno muy famoso, que según me han informado los sabios, sólo por aquí se puede encontrar. ¿Sabéis si Pegaso, el caballo con alas, sigue frecuentando la Fuente de Pirene, como solía en tiempos de vuestros antepasados?
El campesino se echó a reir.
--Algunos de vosotros, amiguitos míos, habréis oído, probablemente, que este Pegaso era un caballo blanco como la nieve, con hermosas alas plateadas, que pasaba la mayor parte del tiempo en la cúspide del monte Helicón. Jamás águila alguna atravesó las nubes tan veloz, tan impetuosa en su vuelo, como él por los aires. No había nada igual en el mundo. No tenía compañero; nunca había sido montado ni guiado por un amo, y en muchos y dilatados años vivió solo y feliz.
¡Oh, qué hermoso es ser caballo con alas! Durmiendo de noche, como él lo hacía, en la cima de una alta montaña, y pasando la mayor parte del día en el aire, Pegaso apenas parecía criatura de la tierra. Dondequiera que se le veía a mucha altura, sobre la cabeza de las gentes, con el reflejo de sus alas plateadas, hubierais pensado que pertenecía al cielo, y que habiendo descendido demasiado bajo, se había extraviado entre nuestras nieblas y vapores, y andaba buscando el camino para volver. Era muy bonito mirar cómo se hundía en el seno lanoso de una brillante nube, perdiéndose en ella por un momento y atravesándola para salir al otro lado. En medio de un sombrío aguacero, cuando por todo el cielo había un pavimento gris de nubes, sucedía a veces que el caballo alado bajaba a plomo a través de ellas, y la luz alegre de las regiones superiores brillaba tras él. Verdad que un instante después, tanto Pegaso como la gozosa luz habían desaparecido; pero el que había tenido la fortuna de ver aquel maravilloso espectáculo, estaba animado todo el día, y más si duraba más la tormenta.
En verano, en lo más hermoso de la estación, solía Pegaso bajar a tierra, y cerrando sus alas de plata, se entretenía en galopar por valles y colinas con la rapidez del viento. Más a menudo que en ningún otro sitio se le había visto junto a la Fuente de Pirene, bebiendo su agua deliciosa o revolcándose por la blanda hierba de la orilla. También algunas veces (pues Pegaso era muy delicado para la comida) pacía unos cuantos brotes de trébol de los más tiernos.
Por consiguiente, los tatarabuelos de las gentes que entonces vivían, habían tenido la costumbre de ir a la Fuente de Pirene (mientras eran jóvenes y seguían creyendo en caballos con alas), llevados por la esperanza de ver un instante al hermoso Pegaso; pero en los últimos años se le había visto muy rara vez. Tanto, que mucha gente del campo, cuya casa estaba a menos de media hora de paseo de la fuente, no había contemplado nunca a Pegaso, ni creía en la existencia de semejante criatura. Y ocurrió que el campesino a quien se dirigió Belerofonte era una de esas personas incrédulas.
Y ésta fué la razón de que se riese.