Cronicuentos ejemplares

Chapter 4

Chapter 43,565 wordsPublic domain (Wikisource)

Discreto y cotidiano pasaba Conrado, como siempre, por aquella playa solitaria de aún tersos polvillos áureos rumbo al malecón de sus pregones. El mar elocuente, a pesar de todo, seguía entonando con las voces monótonas de sus oleajes, ya no tan cristalinos, pero igual de constantes, la imperecedera canción de los siglos… Tranquilidad eufórica de lo infinito… Testigo murmurio del dolor y de la dicha… La mañana tropical mostraba sus encantos magnificentes, esos que para las urbes humeantes siempre están cual escondidos, temerosos de lucir, de adornar a su poseedor. Un cielo diáfano, lúcido, transparente, con su insensible cabellera azul y su cuerpo invisible de titán parecía bostezar su despertar en un espléndido lecho de proporciones descomunales. El ambiente era hermoso, como pocos…Aún los corpazos de las palmeras sostenían sus descocadas pelucas y apenas un ligero vien-tecillo les daba apariencias de enormes abanicos. Impasible e impecable la naturaleza seguía el decurso de sus indiferencias; segura de su verdadera inmortalidad; no obstante los humanos. Conrado era un buen hombre. Uno de tantos que se mantenía con la venta de sombreros hechos de palma para los turistas que iban a dis-frutar del descanso merecido o inmerecido. Moreno, como la raza del sol y de la luna, de penetrantes ojos negros como las noches en alta mar y vestido a la usanza costeña: Guayabera bien planchada, ligeramente maculada por el sudor, y huaraches más corrientes que comunes. Pero también era alegre. En los días de fandango toda la gente humilde se daba cita en la plaza principal para escucharlo cantar los alborozados y bullangueros sones y huapangos de la tierra, acompañado por su ya muy usada guitarra. Siempre, de lunes a domingo, pasaba por aquella playa, como si siguiera sus propias huellas de todos los días y se cerciorara que no hab-ían escapado. Las necesidades familiares, su esposa y sus dos hijos, le obligaban a emprender la lucha cotidiana en contra de la miseria. La temporada más importante de turismo iniciaba su final y había que aprovechar cualquier oportunidad que apareciera. Despreocupado, caminaba sin desconfianza en el éxito comercial de aquel día, cuando de repente, sus pies tropezaron con un bulto, casi oculto por la arena. A punto de caer, Conrado miró alterado al causante de su trastorno y con curiosidad lo levantó. Fue quitándole con extrañeza el polvillo amarillento. Era un pequeño portafolios. Lo observó por unos instantes y decidió abrirlo. Al correr el cierre…quedó sorprendido. Y echó a correr. Vieja… vieja… ¿’Onde’stás? Conrado llegó empujando la puerta quebradiza de su cho-za. Iba contentísimo. En sus ojos brillaba un des-concertante fulgor. Buscaba a su mujer de un lado a otro… ¿Qué te pasa? ¿Por qué llegas corriendo y pegando esos gritotes? No ves que vas a despertar a Rubencito. Una esbelta mulata le contestó. Es que mira… y le enseñó el portafolios que llevaba apretujado entre sus brazos. Temblaba… Y eso qué… Pue’mira… y lo abrió… Los ojos de la mujer se agrandaron más allá de lo normal al mismo tiempo que exclamaba admirada… ¡Oh! ¡Conrao…! ¡Sí! ¡Son más de die’mil dolare’…! ¡Somo’rico! Ya no volveremoa pasar hambre… Pero… ¿De’ónde lo toma’te’? ¿Cómo le hici’te? Me loj encontré tira’os en la playa… Al-guien lo perdió… ¿E… na’má’trae’so? No… Tiene alguno’otro’ documento’… ¿Y piensaj que no’ quedemo’ con to’? Sí… e’nue’tra oportunidá pa’ salir de pobre’ ‘ora que la suerte no’favoreció… La polecía se pué enterá y te acusaría de robo… e’mejor que váyamo’ a la inspeición y lo entréguemo’… A lo mejor no’dan una recompen-sa… ¡No! ¡Eso no! gritó furioso…Sudaba… Pero… E’ta e’la ocasión. Nue’tros hijos deben seguir la escuela, tener una profesión… No quiero que sean como no’otros… No quiero que sufran lo’male que padejco’; lo’ignorantej que somo… Tienen que ser algo… y pa’eso se necesita dinero…Lo’libro’ cue’tan caro’… Si viejo, te comprendo, pero… esa cantidá que te ha encontrao no e’ nue’tra. No la hemo’ganao con trabajo… E’inju’to que así no’hágamo’de dinero… Tal ve’…’orita mi’mo… su dueño e’t’e muy preocupao… ¡Y qué diablo’ no’ importa a no’ otros! ¿Acaso alguien se compadece cuando andamo’ urgido’ de dinero? ¿Alguien me ayudó pa’ com-prar la’ medecina’ el día en que tú tabas’ tan grave de loj frío’? ¡No! ¿Verdá? ¿Pue’entonce’? ¿Pa’ qué vamo’ a devolver lo que tanto precisamo’? ¡Eso nunca! No Conra’o… trémula, con la mirada humedecida, angustiada… ¡Sí vieja! No ha de pasarno’ na’… ¡Te lo aseguro! No te ponga’a llorá… Me duele verte así. Piensa en nue’tro’ hijo’… Allá tú… Nomá’ no me culpe’…Yo te lo alvertí…y lloró. Conrado no sabía cómo proceder. Se encontraba frente al dilema de entregar la riqueza que se había hallado o quedársela… Llegaban hasta su mente torbellinos de ideas que se atropellaban entre sí. Veía a sus hijos convertidos en esforzaos estudiantes. ¡El sueño de su vida! Se imaginaba, sin conocerlos, los marcos en los que lucirían los títulos de sus pequeños y se aferraba con desesperación a la idea de no devolver nada, absolutamente nada… Toda la noche pasó dando vueltas en la hamaca. Dormitaba, y como delirante, entablaba la tremenda lucha entre ser honrado o salir de la miseria. En la oscuridad del cuartito de palmas su mujer le habló: ¿Qué haj decidi’o viejo? ¡Noj vamo’a quedá con el dinero. No e’jujto que lo’que tienen nunca pierdan, en tanto que loj miserable’, lo’ que en verd’a trabajamo’…! ¡Oh no! ¡No debej! ¡Entrégalo…! ¡No…! ¡No…! ¡No…! continuó exasperado hasta hundirse tembloroso en el abismo de un sudor sin sol. Eterno sudor del hombre oprimi-do…

Buenoj díaj señor comisario… Conrado saludó tímido… Buenos días…¿Qué se te ofrece? un gordo bigotón y seboso contestó despótico, como con asco, con repulsión… Vengo a trata’ un asunto muy importante… Dime… con curiosidad. Fíjese que ayé, cuando caminaba por la playa, me encontré un portafolio… ¡Ah! Por fin… explotó entusiasmado ¿En dónde lo tienes? ¿Lo traes ahí? Sí señor… Aquí lo tiene… y lo entregó. ¡Qué bueno! No tarda en venir el dueño… Desde antier que vino a dar la queja… En ese momento entró un hombre corpulento, alto, rubio, y de ojos claros. El comisario se dirigió hasta él y le dijo… ¡Ya lo encontraron mister! Debe ponerse contento… ambos sonrieron Pase a mi despacho. y los dos entraron al privado… Conrado los miró… Un lapso casi sin medida transcurrió para el honrado vendedor y los individuos no regresaban de su entrevista… ¿Y el señor comisario? Conrado preguntó a un guardia que se encontraba en la puer-ta. ¡Uuuuh! Tiene rato que se fue… Lo invitó el mister a su residencia para desayunar. ¿Qué quieres? ¡Se fue! contrariado. ¡Pues qué esperabas…! respondió el guardián al momento que uno de sus compañeros se acercaba. Una gratificación por haber devue’to el portafolio que ese señor había perdío… ¡Qué! Al unísono exclamaron los gendarmes y rieron a carcajadas. Conrado dio media vuelta y se dirigió a su hogar. Temblaba de ira. Sus ojos se inundaron. Lágrimas del hombre verdadero surcaron tremulantes sus mejillas. Adiós a la quimera. Esplendores mortecinos. Perenne dolor del opreso. El mar, inicio de la existencia, a pesar de todo, seguía entonando con las voces monótonas de sus oleajes la imperecedera canción de los siglos… Tranquilidad eufórica de lo infinito… Testigo murmurio del dolor y de la dicha… La silueta de Conrado se perdía en la lejanía…

Vacas

Nació con las transparencias iniciales de una mañana de marzo. La primavera se mostraba desperezándose de las últimas nieblas de invierno. Un caos de flores germinantes y herbazales que extendían su inmensidad por las llanuras daban al paisaje un tono encantador. Los árboles se erguían omnipotentes y orgullosos de sus nuevos follajes. La tierra y el cielo unían sus ritmos cristalinos, diáfanos y puros para cantar la enigmática melodía del tiempo. El rancho chispeaba de gritos entusiasma-dos. La vaca pinta acababa de tener una hermosa becerra. Tata Nicolás se frotaba las manos al pensar que la mejor productora de leche que tenía, ahora, y era lo más probable, iba a heredar sus cualidades a un nuevo ser. Esta sí era una verdadera ganancia. Ninguno recibió la noticia con desagrado. Doña Pancha casi lloró de entusiasmo y Martha, la única de sus hijas que aún no se huía con el novio desconocido, sonrió. En el grado de pobreza al cual había llegado la familia desde que la pasada y terrible epidemia había ocasionado abundantes perjuicios en el ganado, el suceso se manifestaba como bendición de Dios, casi como un milagro de posible recuperación. Decenas de reses habían muerto y Rancho Bonito, antes tan visitado por los citadinos debido a su cercanía con la gran urbe, parecía triste, bañado de una angustiosa desolación. Pero esa mañana, como por encanto, algo se extendió en la región, alegría infinita y suprema. La única vaca que había logrado salvarse de la peste, a pesar de tener bastante edad, había tenido una robusta hija, sobre todo… ¡Hija! Así ganado podría ser recuperado poco a poco. La familia se encontraba feliz. La becerrilla prometía llegar a ser una excelente productora… la salvadora de la fama que el rancho tenía en los mercados de la ciudad. Ante esto, Martha se dedicó a cuidarla con afán. Ella, al igual que sus familiares, tenía cifradas muchas esperanzas, muchas ilusiones en ese noble animal. De esta azarosa manera, el rancho pobretón a punto de sucumbir, se transmutó. La prosperidad y la riqueza vadearon otra vez por aquellos espacios y nadie hubiera creído que habían estado al borde de tornarse una población abandonada. Ahora se veía en los corrales cente-nares de vacas y en la pradera, parvadas de gallinas escarbando la tierra. Ni decir que los huertos reventaban de árboles frutales. La abundancia era contemplable a primera vista y todo gracias a Linda, la prolífica descendiente de la Pinta. ¡Qué animal tan maravilloso! Al año y medio ya tenía su primera cría: ¡Otra hembra! Para mayor felicidad de sus dueños… Producía más leche de la esperada, espumosa y exquisita. ¡Ah! Bastaba observar cómo se deleitaban los que la compraban tan sólo con probarla. Y qué decir de la mantequilla, y del saludable queso, y de la crema. Así hasta daba gusto comer. La fama de Linda se extendió con rapidez por todos los aledaños. Hubo quien llegó a ofre-cerle a Tata Nicolás el precio de diez para que se la vendiera. Linda era una mina de carne, leche, sangre y hueso… Todos deseaban apropiarse del ganado que ella había parido. Mas como siempre, sin remedio lo joven se hizo viejo y Linda comenzó su declive. Entró en la decadencia. Sin embargo aún producía. Tanto había logrado hacer en su vida, más que muchos hombres y ciertas mujeres, que su cuerpo comenzaba a cansarse. Nueve hijas le habían nacido. Cuando todas estuvieron en edad de producir, la casta se mostró al momento. ¡Cuánta alegría para la familia! El constante trabajo lo realizaban con duro entusiasmo. Daba gusto ver aquellas escenas: Botes y más botes con leche, crías y más crías cada mes. Una vez era la Rabona, otra la Manchada, o la Enojona, o la Negra, o la Roja… Y la totalidad de esa felicidad era gracias a Linda, la vaca increíble. Martha se había cansado, aunque en nada se parecía al productivo rumiante y por ello, con la suma frecuencia de a cada rato, mostraba sus rasgos de amargura. Linda está enferma… Martha informó a Tata Nicolás No quiere salir del establo. ¿Cómo? extrañado vamos a ver-la… ambos se dirigieron hasta el sitio en donde Linda, que tenía una mirada triste, como si presintiera algo… se encontraba echada. Se me hace que ya no va a servir para nada… opinó Martha. Ya está vieja… es lo que tiene… afirmó el abuelo mientras la hacía de veterinario. Voy a decirle a Chon que la venga a matar, sirve que así tendremos carne para el santo de mi mamá… Me da lástima… Nos ha dado tanto que… ¡Ay abuelo! ¿Por qué? Si es un simple animal… Linda los miró alejarse. Las gigantescas canicas que formaban sus ojos se abrían y se cerraban. Unas como lágrimas brotaron de ellos.

Buenos días Panchita… ¿Cómo amaneció? desde la rústica reja de la entrada un hombre mal encarado y mugroso preguntó. Buenos días, Chon… Pasa…Te estábamos esperando… ¿No están su papá y su hija? Fueron esta madrugada para la ciudad… de compras…tu sabes… como ya se acerca el día de mi santo, a Martha se le ha ocurrido, ahora que podemos… que hagamos una buena fiesta… Sí… eso me dijo Martha…¿Y su yer-no…? Anda dándole la pastura a los animales… ¡Ah! Vine porque me dijeron que necesitaban de mí pa’… Sí… como no… Eso mismo te iba a decir ahorita. No hay mejor matancero en los alrededo-res que tú… y por eso te mandamos llamar… ¡Ay Panchita! ¡Gracias! ¿’Onde ‘stá’ l’animal? Allá en el corral. Es una vaca vieja… Ya no sirve para nada y como lo que no produce para qué estarlo manteniendo, vamos a matarla, bueno, vas… ¿Traes todos tus fierros? Sí Panchita… Va a ver que en menos que canta un gallo… y los dos fueron hasta el corral… Linda los vio acercarse. Miró que hablaban, pero como irracional no entendía lo que los humanos murmuraban. Doña Pancha se alejó y el matancero quedó observando al rumiante. Linda vio cómo Chon sacaba unos extraños instrumentos que ella nunca había visto. El se acercó y la palpó. Linda no hacía nada… Estaba muy quieta… De pronto sintió un dolor terrible, y luego otro… y otro más…La vista se le fue empañando. Sintió tambalearse… cayó. Linda aún pudo abrir los ojos y contemplar borrosamente el lugar en donde había nacido. Percibió confusamente el bramido de sus semejantes… Después ya no supo… Ni siquiera alcanzó a comprender lo que ocurría…

La música sonaba… La fiesta se extendía en su alegría rítmica hasta las cumbres de los montes cercanos. Decenas de comensales saboreaban las exquisitas viandas que la familia de la festejada les ofrecía. El rancho Bonito había superado las odiadas etapas de crisis. La prosperidad era la única que invadía el pequeño lugar. En el corral se veía colgar un zalea que recibía los cadentes rayos de las dos de la tarde…

Carbones

Como luchando para no morir, la mañana provinciana resurgía en aquel antiguo pueblo devorado por la ciudad. Los tibios aires que la engalanaban aún, acariciaban a los esbeltos cipreses que se erguían majestuosos y desafiantes en el rústico jardín central de la ahora colonia. El risueño y apacible riachuelo, que aun no era entubado y que atravesaba el apenas naciente emporio residencial, porque no hacía mucho que había sido simple poblacho de las afueras, ahora en el adentro urbano, murmuraba un tímido cántico de rumores y de lozanías, como opacado por el ruidejo que producían las fábricas cercanas recién inauguradas. Entre las callezuelas del poblado apareció un borriquillo, seguido de su dueño. Parecía una muy bien conservada postal en movimiento del turismo barato. El hombre llevaba una vara con la que delicadamente acariciaba el trasero del animalito, como para indicarle que caminara más de prisa. Y como todos… parecía obedecer… Sobre el lomo del borrico se miraban dos voluminosos costales y aunque apenas si podía con ellos, continuaba su trote irracional. A veces el individuo gritaba con imponente y sonora voz: ¡Quién compra el carbón…! mas nadie ya le respondía en las cantidades de antes. Así, con rítmico paso, resiguiendo por las callejas donde ya se veían elevarse imponentes palacetes, el jumento hacía lo que su amo le indicaba y éste, deseoso de acabar su mercancía, se desalaba al ver que el sol volaba raudo, devorante del tiempo… En cada una de la puertas que descubría en su trayecto ofrecía sus pobretones productos. A veces llamaba la atención de las mujeres que regaba en esos momentos las plantas marchitas de improvisados jardines colgantes y tal cual se acercaba a sus balcones, se alejaba, sin tener más remedio que continuar… El rústico comerciante proseguía por su tantas veces andada y desandada ruta, sin cansancio, aunque fastidiado… ¡Qué había de hacer si era tan pobre! Ni modo, aguantarse, aguantarse siempre… además ahora, cada día, con eso del progreso… Tenía que ir pensando en cambiar de ocupación y buscar chamba en las fábricas. Al pasar por una de tantas casonas, de blanca fachada y común presencia, vio que la puerta principal se hallaba entreabierta…(Tal vez aquí sí me compren.) Pensó. Se acercó a aquella casa que fingía ser rústica, como disfrazada de pobre: ¿Quieren carbón? ¡Aquí está el carbonero! ¡Carbón…! gritó con cierta timidez y del interior oscurecido vino una extraña y aguda voz que le respondió ¡Qué bueno…! Como el individuo se percató de que nadie salía a recibirlo, a pesar de que le habían contestado, tornó a gritar… ¡Traigo dos costales de carbón! ¿Los quiere… ? y se escuchó nuevamente venir del interior ¡Qué bueno…! ¡Descárgalos…! Apenas hubo escuchado esto, cuando el hombre con gran alegría se apresuró a descargar los bultos que el paciente burro soportaba. ¿Va a querer todo lo que traigo…? contentísimo volvió a interrogar el carbonero… ¡Descárgalos…! ¡Descárgalos…! se escuchó lo mismo. El comerciante no disimulaba su regocijo. ¡Ahora sí que regresaría temprano a casa sin sobras! Por primera vez, desde hace mucho, realizaba tan ventajosa operación. Se encontraba feliz de tal manera que como nunca, metió los pesados y mugrosos costales al zaguán y empezó a despojarlos de su contenido. El piso de falso ladrillo anaranjado no tardó en ennegrecerse. (¿Para qué querrán tanto carbón? Tal vez van a tener fiesta… Mas…si fuera eso… harían la comida en la estufa de gas… Se nota que los dueños de esta casa tienen bastante manera pa’vivir bien… o quizá son de esos conservadores. Pero últimamente… ¡Qué diablos me importa lo que vayan a hacer…! Yo voy a venderles… y ya… ¡Cuánta envidia le va a dar a mi compadre Hilarino! Siempre dice que vende mucho más que yo… que no le llego ni los talones… Con esto le voy a demostrar que aunque sea un merolico de primera, tengo mejor suerte que él… y como estos señores han de tener harto dinero… y según se ve, les encanta el estilo colonial, pues… voy a darles muy caro mi carboncito. ¡Mi trabajo me ha costado! Se nota que son re’presumidos y que ni repelan… Ni a verme sa-len… Son de los que les dan malo por bueno y ni se lo huelen…Con este negociazo le compraré unos buenos zapatos al mocoso y a Juana un vestido pa’que lo estrene el día de su santo…) Una voz tipluda y desafinada vino a interrumpir sus cavilaciones, sin sospecharlo siquiera… ¡Qué es lo que has hecho indio mugroso! ¡Por qué has vaciado aquí todo este carbón! ¿Acaso no te das cuenta de que has ensuciado el piso? y el carbonero miró sorprendido y confuso a quien le hablaba casi regañándolo y con tal altivez. Era una pintarrajeada y esquelética mujer declinante que manoteaba histérica para arriba y para abajo…para abajo y para arriba… Es que acaban de decirme, patroncita, de allá dentro que desean comprarme el cabrón que traigo…Por eso lo he vaciado… ¡Estás loco…! Allá no hay nadie… medio señaló Haz el favor de levantar tu porquería e irte de inmediato si no quieres que mande llamar a los gendarmes… ¡Qué asquerosidad! y miró al suelo horrorizada, como si contemplara un cadáver ¡Tan limpio que estaba hace unos instantes! ¡Oh! No le miento señora… ¡Señorita, por favor! …Señorita… Alguien me dijo que descargara aquí los bultos. Te aseguro que adentro no hay nadie ¡La sirvienta fue al mercado…! De improviso la extraña voz interrumpió la discusión… ¡Ya llegó mamita…! ¡Ya llegó mamita…! Sí, mi hijito, ya llegó tu mamita… mi vida…respondió la mujer… No me decía que nadie… y la mujer sonrió… y al momento… sin permitir que su interlocutor terminara de decir lo que quería… dejó escapar una ruidosa y chillante carcajada… De modo que… y reía… que… que… y seguía riendo… ¡Qué chistoso! Pero si… y tornaba a reír… Si el que dijo todo fue… y la risa continuaba. Fue mi lorito Amadís… ¡Qué gracioso…! y el carbonero al escucharlo se puso blanco… negro… morado y viceversa… Voy a traerlo para que lo conozcas… ¡Es único! aseveró la esquelética decli-nante ¡Es tan bonito y ocurrente! Lo tengo muy bien educado… Ya verás… y entró en la casa. El carbonero empezó a recoger su mercancía y la echó iracundo en los costales. Volvió a ponerlos sobre el borriquillo y le dio un terrible varazo. No protestó, como todos…y ambos se dirigieron calle abajo. El comerciante iba furioso y el animalillo pagaba las consecuencias de los carbones rotos. Algo murmuraba el hombre… ¡Tenía que continuar ofreciendo su mercadería para llevar el pan de cada día, raquítico, miserable y escaso, a su familia! Mientras tanto, la pintarrajeada, al salir y ver que el individuo se había marchado, dijo muy conforme y sonriendo: ¡Ni modo! ¡Se ha ido! ¡Ah, que mi lorito tan chulo! lo miró y volvió a soltar la chillona carcajada…¡Qué mono! y le hacía cariños… ¡Qué inteligente…! Se merece su pan de huevo remojadito con leche… Al oír aquello, el loro, que se encontraba posado sobre la mano izquierda de la mujer huesuda, exclamó: ¡Qué bueno! ¡Qué bueno! y abría y cerraba alegremente sus ojuelos de pícara mirada…

El Ingenuo