Chapter 3
Siempre, en la vivienda que se encontraba al fondo de la vecindad había música, pero no era la transmitida por el escándalo radiado ni por un tocadiscos o grabadora a todo volumen. No, allí no se escuchaban lo éxitos de moda ni era música para los pies ni para los genitales la que revoloteaba a todas horas del día y aún de las altas horas de la noche. Las canciones sado masoquistas no repetían sus sonsonetes neuróticos allí ni sus textos en inglés repetían las mismas cretinas alienaciones traidoras que los cantados en español. No se oía música para perpetuar el estado de las bajas pasiones que con-vienen a la industria del alcohol, del cigarro y de la droga. No, allí sólo se escuchaban diversos instrumentos musicales en vivo matizando melodías que a algunos les parecían aburridas, bastante viejas y en desuso. Los gestos de burla entre la muchachada roquera marcada con tatuajes para indicar su pertenencia a alguna pandilla, como ganado, no se dejaban esperar ni las palabrotas engreídas de juventud que vocife-raban pestes contra el ruco; también los adoradores de las tropicalerías trompeteras soltaban sus descargas insultantes al pinche viejo aburrido del fondo que diario ensayaba sus anticuadas melodías sin inmutarse, sin prestar atención a las feroces críticas de la barriada por interferir con sus antiguallas musicales. Aislado, como en estado de sitio, el músico callejero al tocar el violín hacía desprender de éste, tersas voces que parecían resurgir de sus escondidos rincones en donde habían sido arrumbadas o encarceladas. Él tocaba su instrumento con una inspiración casi celestial, como tratando de rescatar lo que si bien no se había perdido, se encontraba latente en nadie sabe qué lugar, si en un sótano o en un desván; en las plazas o en la azoteas; en las casonas antiguas o en las callejuelas centenarias de la ciudad. El músico siempre ensayaba antes de la hora de ir a dormir y sus noches eran lánguidas al ritmo de su violín o a veces apasionadas, cuando se escuchaba el clavecín vertiginoso en sus fugas emocionales. El músico, en otras ocasiones, parecía ensoñar a través de un saxofón las soledades de las calles abandonadas por la máquina y semejaba que en una breve pausa, la luna se hacía sol. En otras, un melancólico acordeón rememoraba valses, mazurcas y tangos que habían adquirido el elíxir de lo eterno. El vecindario solía comentar que aquel viejo músico era un loco, un haragán o un pobre hombre sin beneficio a pesar de que se notaba el buen oficio de sus tocadas. Y aunque las músicas comerciales arrasaban con su moda el silencio de su vivienda, ésta parecía transformarse de pronto en sinfonías que brotaban de los ensayos del maestro, como hipócritamente le decía algunos de sus vecinos. Cuando llegaba la mañana, vestido con un eterno traje negro de impecable camisa blanca, corbata de moño y chaleco gris, se le veía salir llevando algún instrumento musical. Ya sea un violín, una guitarra, una flauta, un clarinete, un sax, una trompeta, un teclado o un acordeón, siempre portaba uno diferente y nunca lo repetía en semanas, como si en sus andanzas callejeras, en sus ensueños ambulantes de mostrar distintas emociones musicales, no le gustara que su escaso público escuchara la misma voz instrumental. Por eso el asombro del viejerío chismoso se desgañitaba al calcular el número de instrumentos musicales que el maestro músico podría tocar. Algunos hasta comenzaban a admirarlo y le solicitaban que enseñara música a algunos de sus hijos. Él sonreía y decía que no tenía tiempo; que fueran a alguna academia o al conservatorio. Esto le daba una fama de viejo despectivo, carrascaloso y presumido. Sin sospecharlo siquiera, un día desapareció. Nadie supo por qué. Algunos dijeron que lo habían atropellado y había terminado en la fosa común como un Mozart de tercer mundo. Aquella música que se desprendía del fondo de la vecindad dejó de escucharse y todos sus habitantes se sintieron gradualmente como abandonados; por más que seguían con sus radios a todo volumen o sus grabadoras descomunales en su escándalo, algo faltaba ahora en el ambiente de la vecindad. Era una extraña necesidad de seguir escuchando lo que antes se rechazaba. Una noche de otoño, como pasmoso descubrimiento, de todas las viviendas comenzaron a brotar violines, clavecines, saxofones, flautas, guitarras, clarinetes, acordeones y fueron aminorándose los escándalos roqueros, cumbieros y guapachosos. Distintas ondas melódicas se paseaban como perfume por todos los vericuetos del lugar. Hasta las flores de las macetas se miraban radiantes y gatos y perros se adormecían sus eternos pleitos. El vecindario se vio entonces como más tranquilo, como más armonioso con la vida. Parecía que la música los había cambiado de estado y de sitio.
Semillas en el asfalto.
-¡Ya llegó el semillas!- Gritaban los comerciantes ambulantes de aquel tianguis dominguero. Y es que eran todo un espectáculo sus ventas. La clientela semanal acudía como hormiguero a comprarle gustosa, pues sabía que de súbito le entraban unas locuras de rematarlo todo y darlo al costo invertido, sin más ganancias. Decían que se las tronaba y por eso se alocaba de pronto. Como que tenía visiones de ser un dios, un dios regalón y condescendiente. ¡Qué le importaban sus deudores! ¡Los perdonaba! Él, como que se conformaba con un tope de lo vendido. -Hasta aquí y ya. ¿Pa’qué más? Su manera de pregonar la mercancía que comerciaba sonaba a extraña para algunos oídos mercachifles. Poseía reminiscencias de otros tiempos, cuando los vendedores cantaban sus productos para ofrecerlos por las calles y las plazas y no se habían reducido a unos simples abu-sivos del precio y majaderos del trato. Era como si hubiera heredado, sin saberlo, los rasgos de los pregoneros antiguos que tenían algo de artistas, músicos, poetas y locos a la vez, según rezaban los peluqueros. No como los piratas de hoy. Ambiciosos sin escrúpulos que exageran los precios y siendo unos perfectos burros, ganan mucho más que un gran profesor. - Ya llegó el casto arroz. Aquí están sus lentejas reinas, reinas; el garbanzo en flor. Vengan con su semillero favorito. Pasen. Rico el frijol. La avena niña, niña. Maíz de sol. Pasen, pasen.- Su cantadito peculiar era fascinante para sus clientes y para los que pasaban por ahí en sus búsquedas comerciales. Desde la madrugada se preparaba para cumplir su cometido de venta. Apenas las cuatro eran, cuando diario, en el desvencijado buró, el despertador principiaba su escandalosa alarma. -¡Despierta ya!- El semillas se decía a sí mismo y provisto de una energía de asombro se levantaba ordenándose, de modo cotidiano tam-bién:- ¡A trabajar! Hay que llegar lo más rápidamente posible por el abasto a la Central. – Y dirigiéndose a la mujer con quien dormía y que hacía el intento de levantarse con pesadez, le murmuraba con entusiasmo: -La venta de hoy promete ser de griterío en el mercado, vieja. Ya ves que ayer fue quincena.- La buena mujer amodorrada, lo oía como sin ganas e intentaba incorporarse con una cara entre escéptica y complaciente. Las cinco ya y el semillero estaba listo para salir; pronto las seis, un buen trago de cerveza como desayuno y así, por siempre desde la siete, se dirigía a comenzar su nervioso ajetreo para vender. -Adiós papá, pórtate bien. –tres niños que rodeaban a la adormilada mujer, le deseaban la buenaventura colgados casi de las faldas de la madre. El semillero daba, como insinuado, un beso en los labios a la esposa que ésta apenas parecía corresponder, medio rozar, casi evitando que se notara un fingido placer. Y allí iba, ojos de alcohol, con la voz en-ronquecida de tanto fumar, cargando sus costales... por las calles... como alegre... como ilumina-do por algo, casi feliz, hasta instalarse en el metro cuadrado que le tocaba a su puesto fugaz. -Llévelo usted, marchantita. ¡Qué voy hacer! Si no me compra, lo que he invertido se echa a perder. Téngalo sin miedo. ¡Pura calidad! Entonces le decían las clientas: -¡Muy caro está!- Regateaban y entre son-risas, cedía. –Está bien madrecita, lléveselo y apuraba la botella de su caguama que le servía de almuer-zo. Entonces se decía con gran firmeza, como retándose para un buen combate: -¡Fuerza! ¡Fuerza! Hay que alzar tanto costal y a descargar y vuelta a cargar. Ni pesan. Todo para usted cariño. Pase, mi amor. Tenga, mi amor. Compre, mi amor. ¡Barato! ¡Barato! Compre mi amor. Así las horas transcurrían con su inflexible necedad de no quedarse nunca y el semillero principiaba a recoger lo que le sobraba de mercancía. Como si estuvieran al pendiente de la escena, el rumor recorría los puestos y los mercaderes que le rodeaban parecían decir a clientes invisibles: -El semillero se va. ¡Qué bien vendió! Todo al remate. Nada quedó.- y se reían ante la imitación que hacían del estilo canturreado del semillero, que para esas horas parecía tambalearse en su ebriedad de sentirse capaz de darlo todo. -El semillero se va. Sí... ¿y a ti qué pedos?– respondía con burletas de borracho. -No más canastos. Poca ganancia, pero hay pa’l gasto. Pa’ qué más. No nos vamos a llevar nada, pendejos, cuando la pinche muerte nos agarre. Y se iba canturreando, tambaleante, con los ojos de alcohol y la voz ronca, ronca de fumador. Atardecía. Las cinco sonaban en el reloj de la iglesia de la plaza y el semillero caminaba tan briago como siempre diciéndose a sí mismo: -Otra cerveza. ¡Qué bien refresca! Hay tanto sol. Vieja llegué. Ya son las seis. Hay que acostarnos para mañana levantarnos otra vez temprano. -¿Vienes borracho otra vez? -¡Ay, viejita, pero contento? Con esto nos alcanza pa’ vivir.- y le mostraba unos cuantos pesos. -¿Pero por qué? ¿por qué nada más esto? Si puedes ganar más... ¿Puedes decirme por qué? ¿Por qué?
Fenómeno.
El altavoz, a todo volumen, con un escandaloso, pero alegrón acompañamiento de gran orquesta, anunciaba la presentación del circo Fenomenal. Adultos y niños se entusiasmaban al escucharlo y hacían una cola igualitaria en pos de las promesas anunciadas. -Pasen a ver la gran exhibición de fenómenos y no se pierdan la estrella de nuestras funciones, el Rey: dos metros treinta de altura, tres ojos en la frente y cuatro piernas; además de seis brazos potentes que parecen diez. Maravilla de maravillas, pues es el único fenómeno que ha sobrevivido ochenta años y sabe bailar. Es un anciano, pero parece joven de veinte. Pasen a verlo. Compren sus entradas ya. El público al escuchar aquella oferta se asombraba y corría a agrandar la formación en pos de comprar el boleto de entrada. Cuando el Rey aparecía en medio de un estruendo de trompetas victoriosas, percusiones impresionantes y reflectores radiantes en movi-miento de colores, el público quedaba mudo de pasmo. Apenas podían creer lo que veían. Entre el morbo y la lástima; el asco y el miedo, lo contemplaban con una triste sensación de encanto. Único entre la gente como un dios, intentaba hacer algunas revelaciones procaces de su vitalidad que de inmediato rompía el embobamiento de los espectadores y los hacían explotar de risa, aunque los niños lloraban aterrados y querían alejarse lo más rápidamente del monstruo, sin importarles sus dotes de bailarín de music hall. Ante tales manifestaciones de los chicos, de modo general sus ojos parecían inundarse de llanto y para esos instantes comprobados, se ten-ía predispuesta una enorme tina de baño que aparecía automáticamente para recibir sus torrenciales lágrimas hasta derramarse y provocar una corriente que amenazaba inundar el foro ante la risa desalmada de los espectadores. -¿De qué podría llorar este animal? - No creo que tenga sentimientos. - Es una bestia infernal. - Sólo es un simple truco. Eran los comentarios frecuentes que solían manifestar los espectadores sanguinarios y neuróticos. Ignoraban que en la mente del rey de los fenómenos aparecían imágenes que lo paseaban desde aquel laboratorio inicial donde había nacido a la vitrina mayor del circo así como de los estudios televisivos a las oficinas de gobierno, donde todos los asombros se hacían un gran ¡Oh! Aún recordaba con frecuencia, el llanto de su madre cuando lo vio por vez primera y el espanto de su padre que con ira lo rechazaba: -¡No es mi hijo!. ¡Que no! Eso no, no puede ser verdad. La culpa es tuya; sólo tuya, toda tuya, mujer, por tomar tus porquerías. Así transcurrió su abandono hasta que, entre tanto violento rechazo, el circo lo compró a sus padres. Ahora se había convertido en el rey de los payasos de un gordo empresario ruin. Y parecía triunfar. Desde entonces, como en una reiterada escena, siempre cuando lo miraban, resurgía ese constante gran ¡oh! y nadie exteriorizaba comprender al Rey en su único corazón y en sus multitudinarias lágrimas. En realidad, con tantos ojos, él veía mucho más que cualquiera; rápido era su caminar por el número de sus pies y con sus hercúleas fuerzas podía ser capaz de levantar grandes pesas, muebles, coches; acaso todo un mundo. Era sin igual. Pero lo más impresionante y a la vez gracioso, lo constituían sus piruetas en el escenario de su exhibición. A veces se le veían los gruesos labios de su boca sonreír alegres, mientras sus ojos des-pedían una euforia extraña. Era como si en ver-dad se sintiera orgulloso de no ser cual los demás; todos similares; tramposos; miserables; mentirosos; engreídos; soberbios e inútiles. Su normalidad era no tener identidad alguna; ser equivalentes a títeres recortados por una misma tijera. Normales, es decir, montones indistintos de mierda. Basura semejante. Nunca diferentes. En cambio él. No tenía parangón en el universo. Era el único. Y reía y reía con una risa tan estridente como jamás oído humano hubiera escuchado nunca. Entonces el llanto era opacado por las espantosas carcajadas que los normales le producían. Sí, ser diferente es mejor, que soportar la monotonía de lo mismo: nacer, crecer, nutrirse, reproducirse, fingir... parecía pensar en sus rictus de algazaras. De todas maneras, aunque la gente se burlara o se horrorizara de él, también, de repente, pensaba, para ellos la función terminaría.
Era bueno el hijo mío.
-¿Y qué le dio por andar con nosotros, Don Cande? -¡Ah, muchachos! El parecido que ustedes tienen con las ideas de mi hijo. Él siempre me decía: Padre mío, no te preocupes, el tiempo todo lo alcanza. Verás que un día todo cambiará. ¡Era tan bueno! ¡Siempre lleno de esperanzas! No sé de dónde se le ocurría pensar así, pero el caso era que se esforzaba en todo para lograr que saliéramos de la pobreza en que estábamos. Tenía diecisiete apenas y ya todo su camino se lo había diseñado con eso que para mí sólo eran ilusiones: Llegaría una época en la que todo se transformaría. Habría más equidad; la gente pensaría más en el nosotros que en el individualismo del yo ambicioso. Se equilibraría la sociedad. Parece que aún oigo sus palabras entusiasmadas: -Padre mío. Botaremos la miseria. Iremos a la ciudad. Dejaremos esta tierra tan reseca y llena de salitre y tendrás lo que tú y mi madre necesi-tan. Descanso y salud; tranquilidad. Poco a poco organizaremos una nueva comunidad. Así, cuando mi vieja murió y yo me encontraba muy derrumbado, me llevó a la ciudad atraído por el trabajo que se requería en la industria. -Padre mío, trabajando noche y día rinde más lo que se gana. Ya verás, ¡oh padre mío! pronto vas a descansar. Lástima que ahora mi madre ya no haya podido acompañarnos. Pronto hizo muchos amigos en la fábrica y formaron algo así como un club para discutir planes de mejora grupal. Cuando yo platicaba con ellos, algo confundido por lo que decían y se proponían, siempre me exclamaban: Es muy bueno su hijo. Nos gustan sus ideas de ir cambiando con lo que cambia y trabajar duro para ser fuertes y lograr que nadie explote a nadie, sino todos, al parejo, echarle ganas para dar un salto al verdadero progreso social: cultura para todos, responsabilidad para todos, conciencia de ser sólo parte de todos y juntos colaborar para la felicidad de todos: salud y amor. Todo iba bien muchachos, hasta que un día tuvo un extraño accidente al ajustar las válvulas del motor que arreglaba y caérsele encima. Algunos de sus amigos dijeron que había sido provocado por los del sindicato en confabulación con el consejo empresarial, debido a su fuerte personalidad y a eso que decían que era una ideología peligrosa, exótica y nefasta que iba en contra de la libertad, de la religión y de la patria, pero no se pudo probar nada. Discúlpenme si mis ojos se me rasan de llanto; pero es que las lágrimas ayudan a que después se sea más fuerte. Como les contaba, muy cansado en su lecho de hospital, mi hijo murmuraba como para no preocuparme: que había sido un mínimo accidente, que ya se repondría y seguiría en la lucha para lograr que todos entendieran lo estúpido del comportamiento social capitalista y aplicaran el capital al bien de todos. -Cuando se trabaja tanto y el dinero no te rinde, qué vas a tener cuidado sabiendo que hay que comer, que hay que vestir, que hay que cubrir necesidades que a los patrones les tienen sin cuidado. Pero no te preocupes padre... tú también eres parte de esta batalla... Por eso ando aquí en la sierra, como ustedes muchachos, para ver si ahora sí puede haber justicia. Yo se lo prometí a mi hijo cuando lo vi en su caja al descubierto. Lo sentía tan vivo, aunque para todos sus compañeros ahora sólo era un bello cadáver. Era tan guapo mi hijo. Alto, bien formado, inteligente, sensible, piadoso. Por eso cuando le di el beso de despedida le estampé una promesa: que a pesar de mi cansancio lucharía por una nueva tierra. Era tan bueno mi hijo. ¡Siempre lleno de esperanzas! Por eso me ven aquí, no obstante mis años y aunque me siento a veces muy enfermo, lo recuerdo cada día mientras voy con ustedes, en la guerrilla. Entonces me siento poderoso y como que vuelvo a ser joven. No nos vamos a dejar. A pesar de la muerte, triunfaremos, porque también ellos estarán muertos.
Viudez.
Vivía tan solo desde que había llegado a allí, con unos cuantos bultos, una preciosa cama y un enorme arcón, que mucha gente del condominio lo compadecía; otros por lo contrario murmuraban venenos: se me hace que es de los otros, de los de costumbres raras; sin embargo, él parecía feliz y ni siquiera saludaba a quienes pasaban a su lado. Su rostro se veía tan luminoso cual los de amor correspondido. Sin embargo, nunca se había visto que entrara a su departamento acompañado con alguien; ni mujeres ni hombres. Era todo un caso para descifrar, pero por más que curioseaban los chismosos del edificio, no lograban indagar ni un poco. Sólo murmuraciones de quienes lo habían espiado cuando recorría las cortinas de su ventana durante el día, o en la noche los visillos transparentaban escenas que no se alcanzaban a distinguir con claridad, pero que daban rienda suelta a la imaginación de las habladurías. Todos creían haber visto la realidad que acontecía en el interior, sin embargo, nadie podía afirmar un testimonio válido. Siempre al amanecer, solo, en su lecho, le complacía observar cómo un Fujiyama se erigía bajo su sábana y ésta se levantaba como una pequeña carpa. Parecía erupción de adolescente. Entonces se revolvía bajo aquellas sábanas ya compactas, cual almidonadas en medio de su placentera humedad. Miraba los almohadones que lo rodeaban y exclamaba con una voz temblorosa de tierna pasión: Amada, tus almohadas siguen blancas, tierna luna. ¡Qué infortunio! No hay ninguna como tú. Luego de acariciarse unos momentos y pa-recer abrazar a una de las almohadas, se levantaba y su piyama a tras luz, revelaba una mancha enorme de semen. Él dentro de sí decía: El que ama no puede pecar. Más allá de la muerte dura el amor. Otro cuerpo no puede sustituir al cuerpo amado cuando un alma lo ha encontrado como su pareja inmarcesible. Ya hace cinco años de tu deceso y cada vez es más fuerte la pasión que me inspiras. Sin mi dama, triste suerte, no me importa morir. Luego se abrazaba como a sí mismo y derramaba copiosas lágrimas, mientras decía trémulo: El que ama tendrá que llorar en las flamas de su amor subterráneo y en su infierno habrá de aguardar paraísos en su más allá. Ya levantado, recorría la fina sábana para descubrir el esqueleto que ahí reposaba con él mientras dormía y sin espanto a su silueta, imaginaba lo que había sido aquella osamenta a su lado y con ojos que parecían mirar en retroceso, imaginaba aún la fresca rosa de su piel; lo hermosa que era. Entonces decía: -Es mejor que estés aquí conmigo que en esa tumba fría de donde te saqué. Quien me viera en este nido macabro no imaginaría que para mí es un santuario de virtud. Tal vez pensaría que estoy loco y desvarío, pero yo les diría: Diga quién no ha sentido tanta gelidez en la soledad, si no buscó hacer eterno su amor cuando logró encontrarlo. Muchos, jamás lo hallaron y perecieron en el dolor del vacío y la angustia por lo inalcanzable. El que ama no puede temer; sus espectros sólo son placentera alegría; si un misterio hay que descorrer sería explicar por qué cuando un alma murió en delectación amorosa, debe permanecer alejada del amado. Por otro lado, amor mío, ya no hay celos ni desconfianza porque estás siempre conmigo y no te separarás jamás de mí. Yo te amo. Te amo como esperaba amar. Tu silencio me confirma en tu abandono de mujer, que tú también... Nadie sospechó nada, pero cuando vieron que transcurrían meses sin que el hombre aquél apareciera, los vecinos llamaron a la policía y ésta, cuando pudo penetrar al departamento, lo encontró muerto, abrazando con ternura a un esqueleto, al parecer femenino. Los especialistas dijeron que la muerte había sucedido hacía varios meses, aunque el cuerpo del hombre se había conservado en perfecto estado, sin putrefacción, como si estuviera desecándose en esencia.
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