Cronicuentos ejemplares

Chapter 2

Chapter 24,267 wordsPublic domain (Wikisource)

Ya vistes a Juan, Aurelia. Tan guapote que era y hora míralo nomás. Da pena. ’Ta tan viejo como nosotras, y pué que se vea más. Ha de andar ya como en los setenta. Cuando lo conocí, él tenía como veinticinco. Yo estaba en mis veinte y como Juan ganaba buena lana, pus varias veces me disparó las tortas. No te rías. Las tortas de comer; y los tacos también, para que no te andes. De lo otro sólo una vez, pero nomás me disfrutó y ya no volvió conmigo; ahí es donde entrastes tú, Gloria. No te culpo, mana; él nomás andaba de coscolino. ¿A poco no te hizo una vez lo mismo? Y todas las viejas pendejas caíamos, quién sabe por qué. Tenía labia el cabrón. Te hacía la conversación y así se la llevaba durante varios días: habla y habla y habla, todo cuatrapeado, pero a’i l’ibas entendiendo sus intenciones; hasta que terminaba su trabajo de plomo y los patrones le pagaban la lanísima. Dicen que era re’ carero. Para entonces tú ya estabas bastante cachondona con sus pláticas que dizque del placer y la copa y entre angas y mangas, algún domingo, luego de llevarte a una fiesta o a bailar, ya estabas dándolas. Y es que como te hacía buen trabajo de plomería, pos ya qué. A varias se las tronó y después, por taradas, ahí andaban viéndome pa’ ver si les decía cómo quitarse la panzota. Como la chamba del Juan no era fija, pus se largaba así nomás. ¿Quién sabe pa’dónde? Durante mucho tiempo ni se volvía a aparecer por el rumbo. Así era ése. Yo recuerdo que un día mis patrones necesitaban arreglar las tuberías de la casa en donde yo trabajaba de recamarera, pus ya estaban todas jodidas, y unos amigos de las Lomas les recomendaron un plomero buenísimo, decían. Yo tenía en ese tiempo como dieciocho años, así que cuando sonó la puerta de entrada y fui abrir, me encontré con la sorpresa de verlo. No era tan alto, pero como yo soy así de chaparra, a mí se me afiguró grandote grandote y me cisqué, cuando me saludó con catego: Buenos días, señorita. ¿Se encuentra el señor Torres? Me citó para hacer un trabajo de plomería. ¿Es tan gentil de decirle que ya llegué? Toda ciscada le dije que en un momentito. Se veía tan guapo con su oberol a raiz y con su maletín de fierro que cargaba al hombro y le dejaba ver unos brazotes que hasta el corazón sentí que se me salía. Muy amable. dijo con voz melosa y ojos tan iluminados de pispiretos que me acabó de remachar el flechazo que yo trataba de que no se diera cuenta, pero... Era re’colmilludo... Luego pasó todo como tú lo dices. Como lo vieron trabajar con esmero en la instalación de las nuevas tuberías, le dijeron que pusiera también irrigadores en el jardín, le pusiera bombas a las dos fuentes que había y colocara una tarja en el patio pa’ la limpieza. Siempre se le veía re’alegre en sus chambas. Como que tenía un don de caer bien; los señores no se apretaban para charlar con él. Un día el patrón le dijo que era muy caro lo que cobraba y el plomo le comentó que por eso él le echaba ganas al trabajo pa’ que todo saliera perfecto y no hubiera ningún reclamo; no le gustaba quedar mal, pues todo lo que cobraba era para gastárselo, no para tener que devolverlo. El patrón sonrió y dijo que lo felicitaba porque eso era saber vivir. Cuando terminó, le pagaron un buen billete y yo acabé con él, en un hotel de la Guerrero. Lo bueno es que pude abortar y nadie se dio cuenta de mi mala pata. Le dije que se casara conmigo, pero él me supo convencer que eso de los papeles mata el amor. Lo ha de haber oído en alguna telenovela pa´ zafarse. Yo ya había leído algo de eso en Historias del corazón; esa revista de monos que salía entonces. Así que... Fue cuando tú me bronqueastes porque decías que era tu novio. No sé a ti, pero él me desconchavó y no le guardo rencor; ya qué vamos a estar reclamando, si estamos re’viejas; mas bien como que me da lástima, porque ya ves cómo se le fue la juventud; ya no es ni sombra de lo que era. Siempre pensando en el dinero. Nos la doraba al decir que no podía casarse, sino hasta que tuviera un buen capital. Si querías seguir, órale. Si no, a’i te ves. No quiero compromisos. Y se iba siempre como obsesionado en la lana que en la semana tendría. Hacía de planes que... Tú te quedabas de a seis en si debías aceptar sus condiciones o mandarlo a la fregada, y cuando ya estabas decidida, no lo volvías a ver. Se daba a desear el güey. No sé de dónde sacaba esa idea de hacerse rico, si todo se lo despilfarraba, según supe después, en el chupe y en un montonón de viejas. Según tú, en esos días, yo te lo había quitado; pero andaba también con la del puesto de periódicos, con la frutera, con la de los caldos y hasta con la de las garnachas. Eso sí, siempre todo lo pagaba él. Decía que para eso le taloneaba toda la semana. No era ningún padrote. Su orgullo, pues qué. Por cada pago que recibía, así me lo dijo una noche, encontraba algo así como la fuente de la felicidad; y se sentía como dueño del mundo y calientísimo para... tú sabes... Lo malo era que se emborrachaba mucho y luego que te cogía, se quedaba dormido. Yo en desquite, no se iba a burlar de mí, en los dos o tres meses que anduve con él, cuando ya lo veía jetón, lo bolseaba y le sacaba casi toda la lana que se había ganado en la semana. Cuando despertaba ni se acordaba. Creía que todo se lo había gastado en la borrachera y entonces yo me ponía dadivosa y le disparaba con su propia correa el caldo de gallina o el menudo y su cheve bien fría. Le hacía creer, como él a mí, que era dichosa. Y lo que sí, pa’ qué no decirlo, cuando le pagaban otra vez, me devolvía muy cumplidito la lana gastada. Decía que no le gustaba que las viejas pagaran. Así, haciéndome la loca, yo recuperaba lo que era de él, como mío. Qué bueno que no fuistes pendeja como la Chencha, ya ves, iba a poner su fonda y lo contrató para que le conectara las estufas y lo que le conectó fue una hija. Como era medio dora la píldora y con esas labias que tenía, pus casi la dejó en la calle; le cobró muy rete harto, y eso que andaba con ella, y la pobre tuvo que traspasar su negocito porque ya no pudo seguir. Decía que negocios eran negocios y ni maiz trabajar gratis, fuera para quien fuera. Sí, lo traspasó, pero no por la lana, sino por lo de la niña. Ya ves que mejor se fue a su pueblo. El cabrón de Juan no quiso casarse con ella, porque le dijo que ya era casado y que amaba a su esposa más que a todas y que no iba a destruir su hogar por una piruja rogona. Dicen que se pelearon re’duro y que ella lo maldijo pa’ que nunca le rindiera toda la lana que ganaba y que parecía que el dinero era verdaderamente su esposa. Después se supo que no era cierto eso de que era casado. Lo que si era cierto era que el dinero era la fuente de su felicidad como te dije y como plomero bien que la sabía instalar. A ningún caño le tenía miedo. Arreaba parejo. Fue cuando se desapareció para siempre, años y años, hasta que vimos hoy cómo anda, pero ya es tarde, como dice la Dúrcal. Además, qué culpa tenemos nosotras de que al final de cuentas, él no haiga hecho la fortuna que esperaba. Tú y yo siquiera tenemos hijos y nietos, pero él... quién sabe cómo le habrá ido pa’ tener que seguir aún en la camellada. Está re’flaco y re’ canoso. Ni la sombra es de lo que era. Se ve que ahora le pesa harto su maletín de fierro. ¿Crees que aún crea en su fuente? Como a todos, se le ha ido el tiempo. Toda una vida completa y ni cuenta nos damos. Pero no te culpes tú... mana. Ni tú... (sólo lávate las manos en su instalación, pinche puerca.)

Eterna construcción inacabable.

Todas las mañanas, cuando despertaba, ya se percibía lo ronco de su voz. El niño había crecido y estaba a punto de cumplir trece años. La escuela esperaba, las puertas se le abrían; se cerraban; se volvían a abrir, pero él, nunca llegó. Era el mayor de sus hermanos y a esa edad, ya le habían nacido seis, más el que se encontraba a punto de aparecer. Por eso, ir a la escuela se convertía en un lujo que su familia no le podía proporcionar. Había que trabajar, pues el sueldo del padre era insuficiente ya; y como él era el hermano mayor...Acaso la escuela podía esperar. Algún día... en un golpe de suerte. El padre trabajaba como albañil y pacientemente salía todas las mañanas a cumplir con las obligaciones de su oficio. Chinto también marchaba con él, siempre resignado, como si una fuerza extraña le hubiera impedido rebelarse en contra de un destino que había surgido así, de pronto; como sucedió con su padre, con su abuelo, con su bisabuelo, con su tatarabuelo y así, acaso más allá de su chozno, cual un itinerario marcado para su familia quién sabe por quién; quién sabe desde cuándo. La madre los despedía con un Dios los proteja que atisbaba un amor inmenso a su señor, su dueño, su compañero de pulquito al atardecer, pues cuando él regresaba cansado, sólo el brebaje de olores antiguos los fortalecía en una especie de desesperanza irremediable que algo tenía de amorosa. Mientras, Doña Paz, se quedaba cuidando de los chamacos que crecían y daban lata; ella procuraba entretenerlos con piedritas o pedazos de madera que le funcionaban como juguetes, mientras reiniciaba el hilado perenne de sus quehaceres: lavar, planchar, barrer, preparar algunos quintoniles, unos nopalitos, frijolitos de la olla y tortillear. Ella había ido al molino con su maíz preparado y, vuelto masa, regresaba a su jacal para disponer las gorditas que intentarían entretener la alimentación de sus ya siete hijos y el que se en-contraba esperando. Por eso nunca alcanzaba el sueldo del señor.

Sin embargo, Chinto ya había crecido lo suficiente y podía ayudar a su papá en el trabajo. Un dinerito más de algo servía. -Ya va pa’ los catorce- decía orgulloso el padre. Cuando llegaba la nueva rutinaria mañana de lo de siempre, el niño despertaba y su mente como que se había preparado para la alegría de trabajar con su padre; acompañarlo como su chalán y se sentía entre contento y hasta orgulloso con un a ver qué pasa. Al lado de su padre llegaba a la construcción enorme donde éste trabajaba. Se abría el portón improvisado de madera y todos los albañi-les que allí aguardaban con sus chalanes, comenzaban el ajetreo. Ya era trabajador. Estaba en una gran obra; no era cualquier choza. Ni cuenta se iba dando que el tiempo pasaba inacabable, como en eterna y monótona construcción, y que ya eran ocho, nueve hermanos; tantas primaveras que iban dejado los chillidos de los críos conforme iban naciendo. Lo único que sabía, y muy bien, es que había que trabajar para que no faltara tanto a sus hermanos y a su madre. Siempre en esa espera, lo sabía; era lo único que sabía; él era el mayor. Se veía sencillo subir escaleras, pero le pesaban los ladrillos y el regaño de hoy: -No tires la mezcla, no seas pendejo; no dobles la espalda porque te vas a torcer. Aguanta esta carga, cabrón. Callos por la pala y al final del día, soportar el cuerpo adolorido; su cuerpo destinado para ser simple músculo de carga. Sin embargo había que continuar la chamba. Al fin de la semana, llegaba la raya y algo al-canzaría para que pudiera comprarse unos nuevos zapatos o un pantalón. No obstante, él sabía también que ni para eso sobraba. Y ya eran diez hermanos, otras primaveras más acumuladas de encueradas florecillas. La de él, pasaba como si nada. Ni atención había prestado en que las muchachas domésticas de la colonia le habían guiñado un ojo, porque él no pensaba en eso, sino en la responsabilidad de ayudar a su padre, a su madre, a sus hermanos. Para eso chambeaba; por eso ni había ido a la escuela; por eso era así; lo sabía bien, recalcitrante bien, en ese trajín, él era y seguiría siendo el hermano mayor; el hermanito querido por sus ya once hermanos que lo respetaban porque él era el mayor. Al anochecer, obvio como siempre, sin novedad en la frente, cansado regresaba. Ni una sola queja. Con una taciturna tranquilidad bebía el atole que su madre había preparado para la merienda y contemplaba al nuevo hermanito que ayer había nacido. Chinto miraba a su madre tendida en el petate dándole chiche al recién hermano. Acaso en sus adentros algo de rebeldía se asomaba por su mirada turbia y con aires de enojada: -Parece tan fácil traer hijos al mundo. ¡Cuándo han de entender que mientras más lo hacen, es más difícil sostenerlos! Su padre, al verlo así, le preguntó en aquella ocasión: -¿Ora tú, por qué lloras? -No lloro pa’, es la alegría de que mi mamá está bien y el mocoso también. Uno más, ya somos trece y yo soy el mayor, ¿o no? Ya voy a cumplir veinte años. -Sí, m’ijo, esa es la ley. Pa’ todos ha de alcanzar, además, desde que Juanito y Toño ayudan a’i la vamos pasando mejor; además Raulitoya va a comenzar a trabajar también. La escuela pa’ qué, si todo lo vamos aprendiendo en la construcción.

Vidas clausuradas.

-Al Chucho le fue mejor que a mí. Siquiera ése se ya se petateó. Pero yo sigo con la santa cruz. La peda nomás me distrae, pero después, ya ni la chinga, qué pinche dolorazo de tatema. Pero ni modo, güey, la vida es así. El Chucho era mucho más chavo que yo. Yo ya ando en el tostón y no me pelo. En cambio él... Si lo re-cuerdo cuando nació... Creo que tenía treinta y tres años cuando se fue, como el otro Chuchito. Nunca se supo jamás quien fue su padre. Algunos se lo achacaban al Tiñas que siempre andaba con la Matea. Como ésta le daba duro a la vida alegre, pus un día ahí está la panzota. Y hasta eso que a pesar de ser mala mujer, parecía que iba a ser buena madre. Lo quería mucho. Lástima que unas fiebres se la llevaron y el mocoso se quedó chillando en el cuarto de cartón donde lo había parido. Algunas viejas compadecidas, al ver que se lo iban a llevar las autoridades, cuando descubrieran el hecho, pus haciéndose las fuertes se lo llevaron a otros jacales. Así se fue criando entre perros y señoras que con frituras lo quisieron mantener. Doña Pelancha, la compadecida, fue la que más lo vio, pero como ya estaba re abuelita, se petateó cuando apenas el mocoso tenía un año, y de ahí pal real, el Chucho anduvo rodando como perrito de aquí pa’ allá y de allá pa’ acá. Yo bien que lo recuerdo, pus aunque yo ya tenía como veinte, el niño era simpático; nos caía bien a todos los de la barriada. Algunos lo veíamos como nuestra mascota. Así pasó como animalito su primer año y luego los dos y tres entre lástimas de ¡pobrecito!; llegó a los cuatro, pero como después me enfermé de tifo, y gracias a diosito, me salvé, lo dejé de ver mucho tiempo. Yo me fui a vivir con unas tías a Querétaro y no sé después. Luego me enteré, cuando ya harto de estar lejos de México regresé al barrio, que el Chucho, ya para entonces, como de siete años, pudo por favor ir a la escuela; así aprendió a leer, medio a escribir. Mas como sin comer no hay quien mejor aprenda y los arrimados cansan, un día la familia que le había dado cobijo en la vecindad quiso aprovecharse de él: –¡A trabajar si aquí quieres vivir!- le dijo don Sebas, que era re’ marro y que cada rato regañaba y hasta le pegaba a doña Joaquinita por tener a ese hijo de nadie en casa, viviendo a sus costillas. Así que, ni modo, pos a trabajar de mandadero con los de la tienda grande y así, aunque pequeñito, bien que servía a su patrón, el Gachupas. Qué juegos ni que juegos tuvo, sólo rayuela en alguna ocasión. Pero no lo hubiera hecho, porque el pinche gachupín lo amenazó a lo cabrón: -¡Trabajas o te largas, pero luego! Ándale, no te hagas el pendejo y haz lo que tienes que hacer. Y ante los gruñidos del patrón y sin tener más donde ir, pues allí, atrás del tendajón estaba el costal donde se quedaba a dormir, no tenía más remedio que obedecer. Bien que lo explotaba el mercachifle gachupas. Dicen que desde que cumplió cinco años lo comenzó a explotar y cayó en sus garras como borreguito. Así entró a los seis. Cumplió los siete. No sé después. - Pus yo lo recuerdo compadrito, una vez que una ruca adinerada al pagar la cuenta, allí con Don Trini, el carnicero, tiró dos billetes de a mil. El mocoso a esa edad ya se había puesto listo para las ocasiones y se portó inteligente, a pesar de que tenía ya ocho años. No sé que pensó. A lo mejor creyó que con esa lana había llegado el final de su pobreza. Hay que ver lo que a veces imaginamos los que nunca hemos visto tanto dinero junto. Así que, yo soy testigo de cómo dejó que aquella doña se alejara y a recogerlos él llegó feliz. Pero al igual que yo había visto el negocito, los ratas polizontes también se dieron cuenta y haciéndose los muy justos lo agarraron de las mechas y lo tambalearon al pobrecito con unos gritotes disimulados como para que nadie los oyera: –¡Es un ladrón!- Gritó el Tetas, . –¡De dónde los sacastes! ¡Yo te vi! – continuó el Ñango, su pareja, -Si no quieres el bote, felpa la lana. –Chuchito obedeció y ellos como muy compadecidos, le dieron tres pesos y se alejaron dejándolo ir. Así llegó a los nueve, los diez, los once. No sé después. -Dijeron que doce años eran pocos y que trabajo no le podían dar, a menos que sólo se conformara con la comida que sobrara. Así comenzó a trabajar de garrotero en la fonda de Las Poblanas y como eran una viejas quedadas se aprovecharon a lo bonito de él. Dicen que ellas se lo disfrutaron cuando tenía trece y la supieron hacer las muy cabronas. Un día cuenta la Lupe, que era la mayora, lo emborracharon y su sexo, todavía re’tierno, pero buenote, según dice esa vieja, conoció en la borrachera Y dicen que las pinches viejas rucas se lo cogían re’ te harto y como el mocoso estaba en sus meras ganas y bien dotado, con tanta cachondería como que le llegó a asquiar, o por lo menos es que no sentía nada y ya no más lo hacía por la cabrona hambre. Nomás se movía para cumplir, pero sus ojos se hallaban como perdidos en qué sabe qué, cuenta la Lupe que también se lo disfrutó por un sabroso bisté. Después halló que el tíner consuela y que sólo allí encontraba un algo así como me vale madres todo. Luego se fue al cemento y como ya estaba macicito, se hizo cargador. Así ya no tenía que estar soportando a las viejas putas esas. Era espigadito, pero con tanto bulto la espalda se le fue doblando y luego sin tragar bien, sólo chinguirito y con tanto darse las tres y tronársela, pus ya ves. Pero siempre así decía que se sentían independiente. Parece que lo oigo decir todavía: - Total qué...¡Chingue su madre mi puto destino! Pasaron sus quince, sus dieciséis; ¡qué chavo tan traqueteado! Así anduvo, no sé después... Hoy ya es dijuntito y se quedó tirado aquí en la calle; yo, aunque sea esta veladora se la traigo; como dicen, hoy por él, mañana por mí y de seguro, algún día también por ti, güey. Nadie es eterno. Aunque presuman...

Con los mismos trapos.

-Mmmm...hora de levantarse, si no el camión se me va. Apenas si cabe uno.- Murmura Pedro entre bostezos con un cansancio de eternidad –Chigados, qué flojera tengo. A pujidos se levanta, se medio peina, se limpia las chinguiñas, se pone los trapos de siempre y sale entre la neblina de la madrugada. -Pinche frío de este invierno.- Sigue como gruñendo. -Ni modo. A trabajar, qué se le puede hacer. Apretujado en el autobús, que por lo menos calienta algo, llega a su destino: la fábrica resuena su señal que revolotea en la oquedad de la callejuela. Parece decir: ¡No hay que descansar! En el radio de pilas del vigilante que lo esculca para ver si no viene armado, se escucha la voz comodona del locutor que comenta las recientes declaraciones del secretario de trabajo: -La patria requiere una gran producción de conformidad con el convenio que se ha establecido con las grandes potencias del mundo. - Aquel que nos vende presume que ya hizo la gran cosa. Esclavizarnos para servir a los extranjeros. Pinches políticos aprovechones.–Resigue sus comentarios para sí. – Sin embargo, parece recuperar el buen humor al encontrarse con algunos de sus compañeros que hablan de que ahora sí habrá horas extras. Como inyectado de entusiasmo llega hasta su maquinaria; se le ve contento. Acaso piensa en cuánto va a ganar con un poco más de esfuerzo. Esta semana parece que tendrá mejor jornal. -Si sigue esto, piensa, podré juntar un poco de dinero para casarme con Esthercita. Estoy harto ya de vivir solo. Necesito estar con ella; es la mujer que me comprende y no sé porqué, pero parece que coincidimos en todo. También ella quiere ya formar un hogar conmigo. Sólo espera que me vaya mejor. La sacaré de trabajar y seremos felices. -Despierta, Pedro. Se hace tarde para el trabajo. Te quedaste dormido otra vez. –Se oye un voz que le hace levantar nuevamente los párpados tan fatigados. ¡Cuánto sueño se ve que tiene. -Si, Esther, ya voy. Me quedé dormido. Cómo crees que soñaba que apenas nos íbamos a casar. ¡Qué chistoso! - ¡Ay, viejo! Siempre con tus sueños. Ya tus hijos te ganaron y han de estar llegando a la fábrica. Ya ves que con las horas extras de madrugada que pagan mejor, se completa lo de los gastos de la renta, la luz, el gas y la comida. Levántate. No seas dormilón. -Sí, no se puede de otra forma. Ya ves que duras nos las vimos cuando nos casamos, pero con las horas extras, ahí la fuimos pasando. Qué bueno que nuestros chavos las aprovechen. Dame mi ropa. Pedro se levanta, sesenta años le pesa el cuerpo, pero aún insiste en su fábrica. Como año tras año, el mismo oberol. A veces pregunta si un sueño se podría comprar como en las ofertas. Si se pudiera, no hay que descansar. - ¿Nuevamente, Pedro?. Despierta. - Sí, ya voy. Déjame otro minutito... Con los mismos trapos sale del trabajo. 18 horas diarias. ¡Cuánto ganará! La ley dice ocho. Él se echa diez más. El mínimo es tan poco. ¡Qué oportuno extra! Pasaron diez siglos, donde se quedó. La vida se ha ido y el va hacia el montón con los mismos trapos. En el triste asilo crecieron sus hijos; y obreritos le han heredado: pero qué sucede hombres maquinarias, la vida no alcanza ¡De qué le ha servido! Los demás se quedan, él ya descansó. Me siento como muerto. ¡Qué ilu-sión de chamba! No se salvan. Con los mismos trapos salen de mañana apenas las cinco y ya a trabajar; la fábrica suena muy de madrugada la misma señal que vuela. ¡No hay que descansar! La patria requiere grande producción. Aquél que los vende ya ha presumido a los crédulos y allí van contentos. ¡Cuanto ganarán con las horas extras! Tendrán buen jornal con las horas extras como las horas extras de su papá. Con las horas extras más hijos habrá para alquilar. Con las horas extras. ¿Pero qué sucede? También le preguntan si se puede un sueño comprar; siempre se queda en medio de ofertas. Las puertas se cierran. ¡No hay que descansar! Con los mismos trapos salen sus hijos del trabajo. 18 horas diarias ¡Cuanto ganarán! La ley dice ocho. Ellos hacen más. El mínimo es poco ¡Qué oportunidad! Pasarán diez siglos con la misma canturreta: la vida es proceso y ellos a la balumba de los pobres diablos que les hacen creer en los engaños del progreso, la democracia y la solidaridad. Con los mismos trapos, los nietos, los bisnietos... que larga cadena hasta que los premie una revolución. -Ahora sí, despierta, Pedro. Se te está haciendo tarde. Levántate. ¿Qué te pasa? ¿Estás muy cansado?

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