Chapter 1
Ediciones del Teatrino, 1980 (primera edición).
{|width="100%" | | align="right" |Página |- | Blancos pañuelos, blancos... | align="right" | 5 |- | El asesino | align="right" | 9 |- | El papelillo de las ilusiones. | align="right" | 17 |- | La fuente de la felicidad. | align="right" | 25 |- | Eterna construcción inacabable. | align="right" | 33 |- | Vidas clausuradas. | align="right" | 39 |- | Con los mismos trapos. | align="right" | 45 |- | Estado de sitio. | align="right" | 51 |- | Semillas en el asfalto. | align="right" | 57 |- | Fenómeno. | align="right" | 63 |- | Era bueno el hijo mío. | align="right" | 69 |- | Viudez. | align="right" | 73 |- | Ladrones. | align="right" | 79 |- | Vacas | align="right" | 89 |- | Carbones. | align="right" | 97 |- | El ingenuo. | align="right" | 105 |}
Esta obrita, caro lector, cara lectora, no es un exiemplario, a manera de las antiguallas narrativas medievales europeas, como podría interpretarse por su título de apariencia moralizante, sino sólo un puñado vital y cotidiano de cronicuentos-ejemplos, o mejor designado, si te parece aceptable así decirlo, cronicuentario, de lo que aún suele suceder... realidades refractadas a través de cuentos que parecen pretéritas crónicas, pero que aún suelen aparecer a la vuelta de la esquina... aunque algunos intenten convencernos que ya no...y prometan...
Blancos Pañuelos Blancos...
Allí va Doña Eduviges, la lavandera más solicitada de mi barrio. Lleva en sus ojos colgando la ingenuidad de la esperanza, pues por fin va a cumplir uno de sus grandes afanes: Conocer al Santo Padre. Vestida impecablemente, como ya no suele usarse, camina ilusionada y como sin cansancio. Nada importan las horas, los días de arduo y redoblado trabajo entre lavaderos y planchas al quíntuple con tal de comprar el boleto para presenciar en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe la misa que según le dijeron, oficiará su Santidad el Papa. Y allí, caminando bajo la insinuada llovizna que no se decide a ser chubasco, apresura el paso entre el remolino de creyentes que también van a lo mismo por la tradicional calzada que conduce al Tepeyac. Tanta es la multitud que ni siquiera se logra apreciar el remozado camellón que luce a todo su largo, macetones de concreto donde miles de rosas perfuman el ambiente, aunque los olores dispersos por el viento se confundan con los variados de lociones y aguas de colonia de cualquier tipo.
Doña Eduviges no pierde el paso. Hay que caminar bastante. Se han suspendido los transportes para llegar directamente a la Villa. Un gran cerco de vigilancia policíaca se ha instalado y tiene que ser a pie como se arribe. Sin embargo ella continúa, no obstante sus setenta y tres años. Toda una vida dedicada a sobrevivir aquí, allá, donde el destino común de nuestro tiempo, y el de otros también, conduce a quienes, a pesar de revoluciones pasajeras, siguen siendo mano de obra barata para los astutos que tienen el poder, el dinero y la seducción ideológica. Mas a pesar de todo, la fuerza interior que sostiene a los desesperanzados cuando no hay nadie más en quien creer, la ha hecho resistir sus decenios sobre las azoteas o en los tibios, pero fatigantes cuartos de planchado. Y allí va, llena de fe, como si estuviera segura de ir al cielo. Al fin su vida tendría un poco de luz ante la bendición que durante mucho pa-recía un imposible. Felicidad andante era la suya. Ya se veía la aerodinámica capa verde de la Basílica nueva y la multitud que había a su rededor era formidable. Un hacinamiento de rostros humedecidos por las mínimas gotas de lluvia ácida que a veces caían mezclándose con el sudor bochornoso de la masa humana, daba un toque, no de paraíso, sino de infierno a lo Doré. Pero Doña Eduviges no se inquietaba. Ella había comprado un boleto bastante costoso para sus recursos humildes que le aseguraba el derecho a presenciar el sacro espectáculo. Así que sacó convencida su ábrete sésamo y como si tomara esotéricas energías, a empellones, se acercó a las puertas donde una larga formación aguardaba también con sus boletos en mano, la hora de poder entrar. Gritos de conmoción escaparon del gentío: ¡Ya viene! ¡Ya llegó! ¡Ya está aquí el Papa! ¡Viva! ¡Viva el Papa! y Doña Eduviges, como tantos otros, nada alcanzaba a ver. Sólo recib-ía codazos y empujones que ni siquiera se perca-taban de respetar su rostro adolorido de virgen, siempre santificada en su esperanza magnífica de que un dios la asistía. ¡Yo tengo boleto para entrar! ¡Déjenme! gritó como muchos también, pero nada. Ningún señor glorificaba sus ansias. Un mar de manos agitando sus boletos de entrada se quedó navegando en el aire. El Papa ha de haber creído que eran pañuelos blancos en señal de salutación a su pureza. Alguien dijo entre la bola: Es que los mexicanos son muy desorganizados... Y Doña Eduviges no tuvo más consuelo que guardar su boleto como recuerdo de un exceso de cupo y sin infracción...
El Asesino.
Esa era una realidad. La totalidad de su vida, que según él ya se hacía muy larga, no obstante sus veintitrés años, estallaba en mediocridades. Todo se volvía estúpido. Y se quedaba sobre su camastro desvencijado, tan quieto, tan pensativo, como muerto mirando al infinito, copado por las láminas del techo de su barraca. Desde que su madre falleciera, se había derrumbado el orden doméstico y murmuraba para sí en sus momentos de tedio “esto es un verdadero desmadre”. El cuartucho donde vivía con lo que quedaba de su familia, le producía el dolor de la impotencia. Ansia de querer cambiarlo todo y no tener con qué. Y recordaba aquel momento de odio, cuando con su hermanita en brazos veía el sepulcro de quien se le había dado la chingada gana de dejarlos. ¡Qué poca de la vida! Y luego sus hermanos mayores. Los dos soñando con ser héroes; uno como Clint; otro como el Che. Ideologías tan opuestas y tan cerca-nas terminaban en los golpes del pleito fraterno por ser el mejor. Su padre, al día siguiente del entierro había como escapado; como si en los Estados Unidos lo aguardara la felicidad del triunfo. Sólo a veces recibía dos, tres dólares que para la maldita chingadera qué sirven. Adiós la escuela, aunque intentó continuarla, aquí, allá, la más barata, pero ni oficial ni particular le llenaban. Su voluntad no servía. Nada servía. Sólo ganarse la lana intentando ser una estrella de los talleres: mecánico, carpintero, tapicero, sastre, mecanógrafo. Fue entonces cuando apareció la idea de hacerse famoso. Sí, sólo así. Dando un gran golpe que rompiera los esquemas rutinarios de su fracaso. Pobre diablo, acapararía la atención pública... -y quien quite quede en la historia para siempre. Si no puedo de otra manera, alguien tiene que pagar. Y muy alto. Estoy harto de esta vida prángana. Nomás que la mocosa tenga edad para valerse por sí misma. Entonces... Sírveme otra cabrón. Y tú qué chingaos me ves. ¿Te gusto? Chinga tu madre. Al fin que a mí la muerte ya me chingó la mía. Pinche suerte. Y en las frecuentes borracheras era común que terminara tirado en cualquier suelo. Donde cayera. Ahora sus hermanos eran, uno policía; el otro maestro; el primero servía con el ensueño de ser Clint y el otro, el Che. Y él nada. Aquí, allá, siempre de vago. A veces con dinero fugaz de algún buen trabajo. Otras, las más, viviendo al garete. Como todos, pero dándose cuenta. Y a veces no entendía. Odiaba la lectura, pero leía; detestaba la vanidad, pero su cuerpo se había muscularizado asistiendo a practicar karate. Mas él no quería ser campeón, aunque muchos comentaban que lo parecía. Se había puesto tan galán. Un dejo de desprecio vertido por una desdeñosa mueca era lo único que manifestaba ante los comentarios con los cuales lo asechaban amigos de ocasión encontrados en los bares de la zona rosa... Pero él, ni madres. Y chúpale que se acaba. Así, hasta volver a caer. Por eso ahora llegaba la ocasión oportuna. El presidente iría a inaugurar las nuevas salas de explotación fabril. A él, por su prestancia atlética, lo habían seleccionado para que mostrara el fun-cionamiento inicial de uno de los modelos más recientes en producción computadorizada. Las cámaras de televisión, de video; la radio y la prensa; los noticieros, todos estarían allí presentes y aunque el acto sólo duraría tres minutos, él pensó que para los propósitos que se le estaban ocurriendo, eran exactos. Sin falta. Esa era la oportunidad esperada para hacerse famoso, aunque sólo por tres minutos. Había espacio suficiente en la máquina computadorizada para esconder en uno de sus recovecos la pequeña veintidós que él había comprado durante esas desesperaciones de fracaso que le entraban para acabar de una vez con su existencia de inutilidades. Nomás que la es-cuincla ya no me necesite, entonces... Pero en esa ocasión. De todos modos si me matan, por lo menos mi suicidio dejará huella y no sería una pobre rata desangrada en su cuartucho miserable que hallarían gendarmes y camilleros entre los comentarios de los pendejos chismosos del barrio o de los periodistas. Lo había decidido. Sólo debía calcularlo todo con tranquilidad. Planificarlo con exactitud... Y sorbía con una mueca de desprecio la cerveza cotidiana. Tal cual lo rumió, nadie se dio cuenta. La vigilancia, los cateos, las prevenciones que se hicieron por dentro de la fábrica y por fuera de ella ni sospecharon que desde hacía días, un revólver aguardaba silencioso el instante de su manifestación. Su plan secreto, más que convincente, sin molestar a nadie, iba a servir a la mirada sonriente de aquél técnico-obrero tan eficaz. Todos lo felicitaban porque iba a mostrarle al presidente las ventajas de aquellos aparatos innovantes y productivos. El se veía sereno cuando le revisaban hasta los calzones e impedían que nadie se acercara a la zona del trabajo de muestra. Total, si lo des-cubrían: Yo no sé nada. Pero las complejidades secretas de la maquinaria nunca fueron revisadas. Ningún peligro. Entre aplausos, porras, vivas, globitos y confeti multicolores llegó el señor presidente acompañado de ministros y embajadores que serían testigos del avance tecnológico logrado por el país. Los periodistas, las cámaras de televisión, los micrófonos de radio se arremolinaban con la dura vigilancia de los guardaespaldas. De pronto entre la algarabía, sin sospecharlo, cuando el presidente observaba el funcionamiento de la máquina computadorizada, y con una rapidez imprevista, se escuchó una descarga completa. El escándalo. Los gritos, los empellones. Los golpes. Por un lado los guardianes arrastraban a un hombre atlético que pálido sonreía y por otro, entraban camilleros y hombres de batas blancas. Todo el país había presenciado ante las cámaras de televisión el asesinato artero, decían los comentaristas con sus lugares comunes de siempre. ¡Castigo al asesino! Inconcebible en estos tiempos de progreso. Vuelven los crímenes políticos. Hace tanto tiempo que no se presentaban. ¿Volverán esas épocas de barbarie? Es necesario castigar a los implicados. Investigar a fondo. Caiga quien cayere. Los partidos de oposición deben ser investigados. Denuncias. La CIA planificó todo. ¡No! El sistema de espionaje de la KGB. Todo es obra del narcotráfico. Siniestras ambiciones de poder tratan de desestabilizar a la Nación. Es hora de unir esfuerzos para desenmascarar a los traidores. En el propio partido se han gestado los asesinos. El pueblo exige la verdad. Y en las noticias, en los periódicos, en las revistas, la escena brutal y el rostro satisfecho del asesino. Se declara único culpable. Nadie le cree. Hay coludidos. Los hermanos del asesino dicen no saber nada. Se encuentran recluidos sujetos a interrogatorios. Levantarán un monumento al presidente asesinado. Mártir. Héroe. El criminal será condenado a la pena máxima. Los defensores de los derechos humanos intervienen. El asesino posa para las cámaras y sonríe descaradamente ante tantas biografías de él. Pronto caerán sus cómplices. Trescientos detenidos ya... ¿Quién hará justicia? Los intereses bastardos de algunos líderes y empresarios están atrás de este crimen. Que se haga la investigación exhaustiva. Se arremolinan las noticias por todas partes. Cortes de televisión; últimas horas de radio; extras en periódicos y revistas. Explosión de publicidad. Y el asesino está ahí...
El Papelillo de las Ilusiones
Miguel salía de casa muy contento. Iba confiado en la suerte y en la benevolencia de los cielos. La noche anterior había tenido un sueño presagioso: La fortuna le entregaba el premio mayor de la lotería. ¡Cuánta emoción se le había desparramado por el cuerpo! ¡Todo había parecido tan real! ¡Tan vivo! ¡Tan palpable! Hubiera deseado nunca despertar. Al fin, después de sufrimientos, sacrificios, frustraciones y amarguras, podría cumplir sus anhelos…y Miguel se solazaba en el torbellino de sus sueños. ¡Cuánto contento! El dinero brotaba a borbollones de sus manos, como para formar un océano inconmensurable que lograra llegar más allá de barreras temporales y materiales. Y el oro, y la plata, y las pedrerías exóticas, y los billetes de mil formas y valores lo configuraban, lo inundaban, lo confundían, lo vestían… Sentía ser la dicha consumada. Los proyectos que forjara en su ya muy traqueteada juventud, esas tontas ilusiones de anuncios televisados, parecían haberse vuelto absoluta e imponente verdad. Tanta era su soñolienta riqueza que deseaba repartir un algo de alegría a los lacerados, a los ancianos, a los niños, a los jóvenes, para que no padecieran lo que él tanto había penado. Acaso para calmar en algo su frustración de siempre. Mandaría hacer albergues para huérfanos, asilos para ancianos, casas para desposeídos. Haría grandes donativos para las instituciones de caridad. Ahora era rico. ¡Sueño hermoso! No olvidaría los sufrimientos de la miseria y de estar al día. Despertó cegado por las primeras luces del alba. Un algo nuevo parecía que le había impregnado hasta los más hondos y escondidos parajes de su ser. Se presentía radiante, como si una distinta e insospechada luminosidad a la que aún no se acostumbraba, hubiera convertido las sombras que siempre lo habían atormentado, en soles espléndidos. La cotidiana y despiadada pobreza no le había permitido realizar la mayoría de sus deseos: Progreso para su familia, ascenso de sus hijos a la fama; no para sembrar discordias, sino todo lo contrario, decía, para esparcir las ideas que su progenitor les había inculcado: Sean bondadosos, compasivos, amables, gentiles, caritativos, humildes, sencillos; alejados de la estúpida egolatría, de la torpe presunción, de la cretina fatuidad, de la imbécil manía de sentirse superior, aunque en el fondo se reconozca que se es peor de lo que se predica… ¡Ah! ¡Cuánta felicidad a la hora del desayuno! ¡Con qué inmenso afán les comunicó a sus hijos y a su esposa el bello sueño de aquella larga espera de la noche al día! Los niños no le dieron importancia y la mujer, aunque parecía que lo tomaba en cuenta, hacía otro tanto. (Otra vez lo mismo. Siempre delira con su famosa lotería. ¡Qué bueno que así sucediera! Con la falta que nos hace, pero…¡Bah!). El día anterior Miguel había comprado un billete para el sorteo de los millones. Se mostraba confiadísimo en la suerte. Iba a ganar el premio mayor. El sueño así lo había previsto y sus cálculos así lo habían concluido. Era el número obligado a salir. Su esposa ignoraba que había gastado la mitad del sueldo quincenal en aquella aventura. Y él, para nada se atrevía a comunicárselo porque sabía que ocurriría una estruendosa escena intrascendente, la común tragedia griega hogareña, sin otros resultados que una afonía temporal y las malditas amígdalas… Además de unas cuantas lágrimas de su telenovelera mujer. No obstante, a Miguel no le importaba; sabía que iba a obtener muchísimo más de lo que había invertido. Y rodeado por su euforia se dirigió hasta la tienda de billetes de lotería. Abrían apenas. Un empleado colocaba la lista de premios en el momento cuando llegaba el soñador. El jugador se acercó sonriendo. Su rostro feliz fue tornándose lentamente sereno hasta terminar en una mueca desgarrante de indefinida e impenetrable tristeza. Buscaba y rebuscaba ansioso el número aguardado. Algo había salido mal. Tal vez se habían equivocado los impresores de la lista. Por más que exploraba, reexploraba y volvía a explorar con penetrante mirada, la cantidad marcada en el papel de lotería no daba señal de aparecer en la relación del sorteo y de los afortunados… (Ni modo…) pensó (Tal vez no era esta ocasión…) Y decepcionado rompió el papelillo de la suerte... y el de las ilusiones... en mil pedazos… (se hace tarde para el trabajo. Me van a reportar…) Continuó meditando al mismo tiempo que miraba su avejentado reloj de pulso. Y se fue a sus labores diarias como cualquiera, las únicas que le dejaban algo… poco, pero seguro, recordó las palabras de su mujer. Parece que mi vieja siempre me echa la maldición. refunfuñó.
Sonaban las dos de la tarde. Miguel regresaba de su empleo: Ya vine… Sí… ya te oí… En un momento te sirvo la comida… Mientras me lavaré… y se encaminó hacia el cuarto de baño. ¿Sacaste algo en la lotería…? Interrogó con frialdad la mujer desde la cocina. ¡Fíjate que mala pata! ¡Nada otra vez! Te digo que ya no juegues. Es una estafadera, pero tú sigues necio en ello. No escarmientas. A pesar de tus fracasos…¡Ah! Se me olvidaba, en la mañana saliste tan de carrera que no me diste el gasto de la quincena. ¡Oh! Ssssi… sí… Después te lo doy. Para mañana ya no tengo dinero. Tenemos que pagar la renta, van dos veces en la semana que el cobrador pasa por ella y yo siempre le salgo con la misma disculpa. Nnnno, no nos va a alcanzar para pagarla. Será hasta la otra quincena… ¡Qué! ¡Pero si ya son dos meses que debemos! Es que con el billete de la lotería… ¡Ah! ¡Cuándo no! ¡Siempre lo mismo! Es peor que… No te preocupes. Al salir del trabajo compré un huerfanito… Vas a ver como ahora sí me la saco. Primero Dios… y salimos de esta si-tuación… Ahora espero obtener un premiecito… La mujer frunció el seño y con un suspiro estrafalario dejó escapar su ira. Miguel siguió hablando entusiasmado mientras se sentaba a la mesa… Ahora sí estoy seguro que le pego al premio mayor. Ya lo verás… ya lo verás...
La fuente de la felicidad.