Cronicuentos disparatados

Chapter 4

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-Es urgente comenzar cuanto antes el viaje que nos lleve a la tierra perdida de los dinosaurios- dijo el capitán Aguilar. - Los he llamado en pos de organizar las acciones pertinentes. Para empezar quiero mostrarles los mapas que nos guiarán sin contratiempos hasta los parajes secretos donde se encuentran avanzando hasta nosotros. Con bazucas de rayo láser adormecedor vamos a cazarlos para mostrarlos a la humanidad en un gran zoológico que el gobierno puede autorizar construir de inmediato. ¡Sí! Ya sé que se pueden escandalizar y horrorizar ante ello. Pero si no llevamos la delantera y los dominamos, los cinco grandes saurios sobrevivientes saldrán de su hábitat y destruirán nuestras civilizaciones. Necesitamos utilizar de inmediato todos nuestros recursos para detenerlos. -No me hagas encolerizar. -interrumpió el coronel Alfaro.- ¡Puras patrañas que no logran hacerme simpatizar contigo. Tú te traes otras cosas entre manos. ¡Cómo es posible creer que exista un lugar donde dices haber visto cinco peligrosos dinosaurios, si ellos se extinguieron hace millones de años. ¡Me haces bostezar! Nuestro campamento no se ha hecho para poetizar o divinizar tus fantasías. -Pero mi coronel.-interrumpió apresurado el capitán Aguilar- ¿Acaso no ha escuchado los rugidos que se oyen cada vez más próximos por las noches? ¡Claro que están vivos! Son pocos, pero parecen organizarse. Pregúntele al cabo Rocha que ha sido testigo de sus moles en movimientos rápidos y feroces que hasta lo hicieron rezar. -¡Es cierto, mi coronel! ¡Es cierto! - agregó el cabo alarmado.- ¡Ya vienen! ¡Los oigo! ¡Preparemos las bazucas! -¿Tú también? ¡Bueno, esto me hace encrespar de enojo! Obedezcan. Por culpa de ustedes no voy a martirizar con películas de terror a quienes están escuchando tamañas pamplinas. Regresen a sus tiendas. - Los dinosaurios nos quieren esclavizar. - Gritó desesperado el cabo Rocha, mientras los monstruos antediluvianos arrasaban el campamento. Los extra abiertos ojos del coronel Alfaro no acertaban a dar por hecho cómo el Tiranosaurio Rex lo degollaba de un mordisco y lo engullía.

el origen de este hombre

El hombre apareció tirado de pronto en el desierto a orillas de este camino terroso. Éste no era el sitio adecuado para sobrevivir, así que los patrulleros de este espacio árido tuvieron que reportarlo al servicio de identificación. ¿Quién podría ser este individuo tan rubio que parecía albino? Se indagó por la red su filiación, pero nunca pudo encontrarse rastro alguno de este ser, pues éste no contaba ni con fotografías ni con huellas digitales ni ficha electrónica. Parecía ni haber nacido ni haber muerto. Se buscó en archivos del siglo pasado alguna probable acta de nacimiento, pero al ignorar su nombre, esta acción había quedado invalidada. La policía lo había recluido en el hospital de la región para ver si era posible salvarle la vida, pero todos daban por seguro que fallecería. Las enfermeras curiosas se acercaban a revisarlo y en este caso, quedaban sorprendidas por la palidez, casi transparente de su piel. -Este individuo parece que no tiene sangre.-comentaba alguna. -Y con este aspecto que se le ve, aunque parece dormido, no se le oye respirar. A mí se me hace que éste ya se murió. -analizaba otra. La junta de médicos del hospital no salía de su asombro, pues no encontraba explicación alguna para este sujeto que no estaba muerto pero que tampoco daba señales de estar vivo. -Además este color acerado claro de su piel me produce escalofrío. Es tan blanco; mas tampoco es un albino.- decía uno de los médicos -Lo que más me sorprende es que de pronto abre sus ojos y una mirada de acero fulminante parece traspasar el techo y enviar algo como un mensaje a las alturas. Sin embargo no habla, sólo parpadea de pronto. Este caso es insólito. De improviso, ante la estupefacción de todos, el hombre levitó y se dirigió acostado hasta el ventanal. Éste se abrió como por encanto y el hombre quedó convertido en una pequeña nave cósmica que a velocidad increíble se perdió entre las sombras de aquel anochecer. -¡Era un extraterrestre!- gritaron aterrados los testigos de este caso insólito. Uno de los médicos entre tartamudeos alcanzó a emitir, mientras todos desaparecían desintegrándose: -Este fue el origen de este hombre. Nos devoró la energía, sin darnos cuenta, para reponerse y regresar a su pla...ne...ta...

el golpazo

A toda celeridad y sin obedecer las señales de tránsito el automóvil venía como energúmeno escapando de algo. Quien lo manejaba era un inconsciente de los daños que podía producir en caso de un choque con tal vértigo de velocidad. La gente lo miraba asombrada de no aparecer ningún agente de tránsito ni patrulla alguna. Y como se preveía, no bien habían pasado dos calles cuando un rechinido de llantas y un golpazo estruendoso hizo estremecer al vecindario que corría a enterarse de lo sucedido. Ese era el fin esperado por los testigos que habían visto pasar ese coche con tanta rapidez. Quienes llegaron primero al escenario y los que ya estaban allí, vieron salir de ese auto al manejador, que tambaleante y sangrando de la nariz, con los ojos desorbitados, sólo acertaba a decir como lleno de ese terror que muestran los que acaban de ver algo horrible: -Yo no soy causante de ese desastre. ¡Créanme! Cuando pasaba por ese caserón abandonado que se encuentra frente a la vieja estación central del ferrocarril, una hermosa mujer que se veía de parto me pidió ayuda para llevarla al hospital, a lo cual yo accedí. Pero, no bien se había subido en ese páramo, cuando vi que se transformaba en un ser monstruoso que con su mirada aceleraba el auto y con carcajadas espeluznantes me hacía desquiciarme en el manejo. Entonces, al ver ese paredón, se me ocurrió estrellarme allí, porque sabía que ese lugar no era peligroso, pues da a un terreno baldío. Vi como salía ese ser horroroso volando por la ventanilla y chocaba contra ese muro que antiguamente protegía una casa habitada por unas mujeres a las cuales les decían las beatas y que según decían, eran exorcistas. Todos escuchaban con ese aire de desconfianza que producen las palabras de un borracho. Fue entonces cuando llegó la policía. -¿Quién causó ese daño?- uno de ellos preguntó. -Ese, ese borracho. Ese le dio ese golpazo.-dijeron algunos. Entonces el herido repitió lo dicho. Cuando incrédulos los oficiales subían detenido a la patrulla al tipo, se escuchó un lamento tan terrible en el terreno baldío que a todos se les enchinó el cuerpo. -¡Muere, maldita bruja!- se oyó que gritaban y tres figuras de mujeres que apresaban a otra, se difumaron en el aire ante los ojos atónitos de los espectadores. El manejador gritó: -¡Lo decía! ¡Lo decía! ¿Ahora me creen? Ese caserón y este terreno han de ser testigos de una terrible historia de ese pasado misterioso de nuestro pueblo. Entonces todos acordaron que lo dicho por el accidentado no era un simple cuento.

El reno

La cacería iba a ser muy exitosa, según decía aquel hombre de barba larga. El rey quería que ese día fuera recordado como uno de los momentos más gloriosos de su deporte favorito. Sin embargo, aquel que observaba desde lejos, planificaba otro suceso. Tendría que interponerse para que no cazaran al príncipe de los renos que en ese día se paseaba por el bosque seleccionado para el evento de caza. Las huestes del soberano aparecieron entre los ladridos de los perros que husmeaban en pos de descubrir el sendero de las presas. Aquel terreno lleno de árboles frondosos dificultaba un tanto los logros que se perseguían. Cuando el rey miró tantos obstáculos se sintió molesto, pues no había ordenado que se cazara en aquel lugar, sino a campo traviesa con el fin de facilitar los movimientos de los cazadores y sobre todo, los de él, que se hacía llamar, aquel que siempre es triunfador; como profería con ese orgullo del que se cree superior: -Si no hay un soberano triunfante siempre, el pueblo se decepciona, desconfía de él y se hace fácil blanco de rebeliones. Aquí el pueblo soy yo. Y el pueblo quiere líderes como yo. Así que aquel día le pareció al gobernante uno de esos que no tenía previstos. Sin embargo, como no quería dar muestras de debilidad ni de temor que acobarda, continuó con las acciones y penetró entre los árboles de aquel territorio casi inexplorable. De pronto sus arqueros señalaron entre la maleza la aparición de un espléndido reno que parecía coronado con cuernos de plata y oro. El rey fue el primero en encabezar el ataque, pues prohibió que nadie más que él, se apropiara de aquel trofeo. Ya lo miraba colgado en su gran sala de premios. El rey penetró entre los árboles sin prestar atención a que sus acompañantes se habían enredado por extrañas lianas que les impedían continuar por aquel espacio. Sin darse cuenta, el soberano se encontró en el centro de un pequeño claro del bosque y llamó a sus acompañantes, pero nadie le respondió. Se encontraba solo, abandonado en aquel extraño sitio que parecía irse cerrando por plantas amenazantes y que en aquel momento, se acercaban a devorarlo. En ese preciso instante, apareció el rey de los renos y hablándole con la solemnidad de un soberano, le dijo: -¡Qué bien! Hoy pondré un nuevo trofeo en la sala de premios de mi castillo. Aquel rey humano quiso escapar, pero en medio de filosos ramazos, le cortaron la cabeza cual a aquel rey de Francia. Como nadie supo explicar la extraña desaparición del soberano y sus huestes, el país se hizo democrático y la cacería fue prohibida.

Fallo de amor

Esta es la historia de un amor imposible. Sucedió que una vez una polla y un caballo se enamoraron. La polla era muy bella y el caballo despedía un gran destello en su pelaje. Cuando la mamá gallina se enteró, armó una bulla de escandalosos cacareos. Era aquello una barbaridad y le decía: -Tú sabes que las pollitas son pequeñas y tu talle no le llega ni a la rodilla de sus patas. Los caballos son altos, muy altos y están acostumbrados a correr por el valle a gran velocidad. Tú apenas si medio alcanzas a treparte a una olla, mientras que el cuello de él, resopla como un fuelle; a su lado sólo eres como un capullo. No insistas en esa locura. Así pasó la primavera y los días del verano y sus cosechas llegaron. La pollita era linda como un pimpollo y el caballo se alegraba mucho al verla. Cuando los dueños del rancho lo sacaban a pasear, la polluela se subía en su lomo y se les veía muy contentos. Esto daba mucha risa a los pequeños hijos de los amos que los conducían rumbo al mar. Así llegaban hasta el muelle cercano y los dos contemplaban el atardecer, mientras los niños jugaban en la arena a poner sus huellas. Cuando regresaban todos muy alegres, encerraban en el corral a la pollita y al caballo lo metían en el pesebre. Mamá gallina le repetía lo de siempre: -Tú sabes que los caballos son altos, altos, y tú eres pequeñita; muy pequeñita. Naciste polluela y no yegua, qué quieres hacer. Entonces la polluela estallaba en llanto y ante la tragedia de la realidad, se pasaba la noche en vela, esperando que amaneciera para ver a su amado caballo; esto mismo le acontecía a él, cuyo padre también lo reprendía diciéndole: -Tú sabes que los caballos son altos, altos, y ella es pequeñita; muy pequeñita. Naciste potro y no gallo, qué quieres hacer. Lo único que pudieron lograr, fue vivir vasallos de un amor, que les unía el alma, pero nunca el cuerpo. Como los verdaderos trágicos amores…

El castillo de las maravillas

Cinco enormes y altísimas torres de ladrillo se levantaban sobre un cerrillo que hacían ver más gigantesco de lo que era, al legendario Castillo de las Maravillas. Su elevada construcción no le quitaba lo sencillo de su porte que seducía a todos lo viajeros que por ahí cruzaban, pero que jamás, quién sabe por qué, se atrevían a llamar a sus impresionantes portones en forma de tablillas de dura madera. Muchos rumoraban que al girar sus perillas se abrían pasillos tan enrevesados que quienes habían entrado, jamás habían vuelto a encontrar la puerta de salida. Esto llevó al colmilludo aventurero Miguelón de Zevacó a intentar penetrar en los secretos de aquella edificación que desde hacía siglos, por lo menos desde el comienzo de la Edad Media, se hallaba abandonada en la cordillera de los Alpes, en medio de un paisaje conífero espléndido. Así que, dotado de un mochilón con muchas armas y herramientas, el valiente explorador llegó hasta el portón y jaló un arillo que parecía ser de la campana de llamada. Para su sorpresa, apenas lo hubo jalado cuando apareció un gigantón en calzoncillos que le llegaban hasta las rodillas, como recién despertado, que le preguntó con voz de trueno: -¿Quién eres y qué buscas? -Soy un vendedor de productos de limpieza y ando ofreciendo pocillos para la leche, parrillas para el asado, cepillos para la limpieza, hornillos para calentar el ambiente y hasta morcilla, que es un deleite. ¿Gustarías comprarme algo? Quedarás muy satisfecho. Si quieres te puedo mostrar mi mercancía en tu sala. -¡No me interesa comprar nada! Aquí tenemos todo de sobra.- y dio tamaño portazo que Miguelón se quedó casi desnarigado. Entonces se acercó a la orilla de un ventanal y le ofreció un anillo que decía mágico, pero nadie respondió. Sin lograr su propósito de entrar, se disponía a retirarse molesto, cuando escuchó que salía de la ventana una bella voz de dama que le pedía ver el anillo. Miguelón se estiró lo más alto que pudo, mostrando el anillo mágico y una tersa mano le envió una canastilla para colocarlo allí. De inmediato lo hizo y la canastilla desapareció. Un estruendoso ruido combinado con un fulgor amarillo incendió la base del castillo y se elevó hacia el infinito como si fuera una nave espacial. El aventurero quedó sorprendido y sólo vio que un librillo caía como hojas flotantes entre un estribillo deliciosamente musical que decía: La vida es un folletón de aventuras. Se agachó a recogerlo y en ese preciso momento, Miguelón se hizo tan Miguelito que se estampó en una de las páginas del libro que ahora se elevaba para ser parte de la biblioteca del maravilloso castillo volante.

Aventura en Bombay

Ruy Godoy, nacido en Acambay, México, había descubierto en sus andanzas de aventurero, un libro incunable muy antiguo que hablaba de un tesoro enterrado en los bosques de India. Lo había comprado en las márgenes del río Sena, en París, a precio irrisorio. Como estaba escrito en sánscrito, antigua lengua sagrada de aquel país misterioso, el librero no tuvo reparo en casi regalárselo. Monsieur Goduá, como le decían en Francia, aún tuvo la osadía, como buen mexicano, de regatear: -Déjamelo más barato. - dijo al vendedor, claro que en francés.- Soy sólo un curioso que quiere tener en su biblioteca un libro en sánscrito, pues en realidad sólo me importa lo gracioso de sus rasgos, pues ni sé de qué trata. Y como voy de paso…pero si no quiere- dijo lanzándole un tramposo reto. Ante el temor de perder a un cliente, el librero rebajó el precio y se lo dio a la mitad. Mentira del muy pícaro comprador, pues era un lingüista consumado, de esos que había en el siglo XIX descifrando textos para encontrar tesoros y venderlos a los ricos coleccionistas estadounidenses, que fue cuando sucedió nuestro relato. Bien que dominaba tal antigua lengua y de inmediato se dio cuenta de la importancia de aquella obrita. El mismo título lo decía: El secreto del buey de la montaña. Sin más tiempo que perder, compró los boletos del tren que, de escala en escala, lo conduciría, en primer lugar, a Bombay y hacia allá se dirigió. No bien hubo llegado, y siguiendo las instrucciones que se daban en aquel fabuloso documento, alquiló una carreta y un guía para que lo condujera por aquellos parajes lujuriosos de vegetación e insectos. No era un convoy poderoso, pero servía para atravesar pantanos e ir ascendiendo hacia la cordillera del Himalaya que se veía aún muy lejana. Según había leído en el precioso librito, llegaría en tres días hasta una montaña, no muy alta, y allí, en la cúspide encontraría una cueva donde se ocultaba la “sorpresa áurea”, como se decía en el capítulo uno. Y así fue. Una pequeña caverna se vislumbró, al cabo del tiempo calculado para llegar hasta ella, y cuando nuestro aventurero, con esfuerzo subió para penetrarla, descubrió que el fondo no era muy profundo y que una pared con signos en sánscrito daban un mensaje que él se puso a descifrar sonriente. -¡Aquí está la lana!-pensó entusiasta. -Este es el Recinto del Buey de la Montaña. Empuja la losa que ves al frente y se moverá.- Así lo hizo y la enorme piedra se desplazó. Apareció entonces una pequeña estancia donde se veía un trono labrado en piedra iluminado por misteriosas velas. Una voz macabra se escuchó de pronto salir de las paredes: -Siéntate. Ahora tú eres el rey y este espacio te pertenece por ley para siempre: Bienvenido, oh, Gran Buey. En ese instante se cerró herméticamente la losa. El guía, que esperaba a la puerta, aterrado salió despavorido de allí, pidiendo la protección de Brahma. -¡Ay, de mí! ¡Que el Atman me proteja! Nadie supo más de Ruy Godoy.

La noche EN que cayeron rayos

Desde que sus reyes se habían vuelto tiranos y aplicaban las leyes mercúricas según su ambiciosa conveniencia para obligarlos a cumplir el proyecto de invadir a todos los planetas del sistema solar, muchos mercurianos habían preferido salir huyendo de su Mercurio querido y explorar la Tierra con la esperanza de encontrar el yodo mágico salvador que existía en ella, en pos de sobrevivir, pues esa era la única manera de obtener un antídoto que contrarrestara el calor agresivo que les estaba destruyendo el yeso del cerebro a sus guías y los hacía perversos. Los mercurianos querían vivir en paz en su hoyudo planeta. Nada de invadir a nadie. Pero como los reyezuelos ya no resistían el estar tan cerca del Sol, cual en viejos ayeres, se les incendiaban las yemas de sus cuarenta dedos electrónicos y enloquecidos lanzaban rayos destructores sin ton ni son. Aterrados la mayoría, desoyendo a las computadoras que los controlaban, salieron de los hoyos donde vivían y abordaron las naves disponibles para huir lo más pronto posible y evitar una catástrofe planetaria. Fue entonces cuando yo, Súper-Yáñez, el pirata del aire, destructor de extraterrestres, me di cuenta del trayecto que seguían los mercurianos y me dispuse a ser nuevamente un héroe. Vi cómo cinco enormes naves cayeron como rayos cerca de los pantanos de Florida; el observatorio astronáutico afirmó que se trataba de una lluvia eléctrica. En cuanto terminó el informe transmitido por las videofonográficas, tomé mi licuado de súper guayaba atómica y de inmediato me poseyó un entusiasmo descomunal. Me puse mi traje enjoyado de pedrerías láser y me lancé a la defensa. De un salto estuve frente a miles de criaturas que parecían gotas de agua, por tan pequeñas, que con sus cuarenta dedos, como arácnidos, succionaban los terrenos lodosos por donde estaban. Cuando me vieron lanzaron un zumbido como agudo relincho de yegua y me ataron con extraños lazos invisibles. Inmovilizado como quedé, los vi cómo emocionados extraían una sustancia morada que los hacía despedir chispas cada vez más brillantes. Cuando habían alcanzado una luminosidad cegante, abordaron sus refulgentes naves y desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. El cielo nocturno se iluminó con tantos rayos que semejaba una aurora bellísima. Cuando el fenómeno terminó, quedé como por encanto, desatado. La videofonográfica internacional seguía comentando el maravilloso espectáculo observado en aquella noche en que cayeron rayos. Nadie quiso creer mi narración. No me bajaban de payaso, sólo mi tocayo, Clark, oyendo mi relato, asintió su veracidad y los que me están leyendo y acaban de terminar, al fin, estos cronicuentos disparatados, acaso también me crean.

Categoría:Obras de Antonio Domínguez Hidalgo Categoría:Cuentos Categoría:P2006