Cronicuentos disparatados

Chapter 3

Chapter 33,911 wordsPublic domain (Wikisource)

El embajador de Robolandia había presentado sus cartas diplomáticas en aquella lejana mañana del cuatro de julio del año 3500 de la quinta era, cuando empezaba el monopolio salvaje de ese planeta sin historia. Sus ojos de mirada violeta fulminante no presagiaban paz. Desde hacía tiempo que el agresivo país que representaba, soñaba en quitarle lo pozos del ámbar energetizador que había permitido a los habitantes de nuestro planeta romper los lazos campesinos para saltar a la etapa cumbre de la irradiación cósmico-urbana y embanderar así la independencia ante las amenazantes bombas de los robolandos, pues la protección que brindaba tal cristal, columpiaba las agresiones asesinas y se las retachaba. Por eso habían optado por mantener la amistad con nuestra patria que les empedraba el camino y defendía a láser y cómputo, a los satélites y asteroides débiles en contra de los latrocinios y la nueva esclavitud que los robotes perseguían. Robolandia estaba furiosa. Cómo un planetoide insignificante, según ellos, se había atrevido a empantanarles el camino del dominio y empastarles el libro de los más fuertes. Era imposible aceptarlo, sin embargo había que hacer unas cuantas concesiones para planificar la estrategia que se emplearía con el fin de combatir a esos debiluchos hombres. Con batir tambores sin fundamentos y con prender llamaradas de petate atómico no se podía triunfar. Había que comprender el funcionamiento del ámbar y plagiarlo en un clonado tan perfecto, que sembrara la propia destrucción de Humanitas, nuestro pequeño planeta. Un enorme espejo reflejaría los rayos ambáricos y en vez de llegar a Robolandia, como en un boomerang, retornaría para destruir al pueblo total de los humanitas. Sin embargo, el rubio embajador que despreciaba maquinalmente a nuestro planetoide y nos consideraba unos imbéciles, se quedó chato en sus propósitos. No sabía de la existencia de la ampolla absorbente que nos protegería de tal acción, ya inventada por nuestros científicos, y descuidó la estratagema nuestra. Cuando con su sonrisa hipócrita de espía creyó haber entendido todo el funcionamiento de la maquinaria del ámbar protector y empezó la cuenta atrás para lograr el cataclismo, fue llamado por su presidente que se encontraba inquieto ante el retraso de resultados con el fin de comparecer ante él, sobre lo que se iba obteniendo. Seguro de su triunfo, con parecer ya ganador, no se dio cuenta que en ese instante, Robolandia comenzaba a ser destruida para siempre por los verdaderos hombres, pues el embajador y sus congéneres, sólo eran impostores cibernéticos. Las maquinarias que eran, no alcanzaron a calcular la existencia de la perfecta defensa que la ampolla absorbente de clones, representaba para la historia de la gran humanidad. Y en una estruendosa explosión, los robolandos fueron reducidos a una lámpara de cápsulas donde ni un Aladino los liberaría.

La kermés del miedo

El pueblo amaneció lleno de carteles. Por donde quiera colgaban anuncios de la próxima Kermés de Luna Llena que por primera ocasión se iba a celebrar en Villa Alegre. Una música de circo, que algo tenía de kirie, se dejaba escuchar por todos los rincones donde se habían instalado enormes bocinas. Se alcanzaba a oír en varios kilómetros a la redonda y una voz dulce de mujer invitaba a todos los niños, adolescentes y jóvenes para que conocieran en vivo a sus pesadillas televisivas y cinematográficas. El gran mago Kappa haría la presentación de su museo de cera donde se podía ver a Frankenstein, al terrible káiser Hitler de Alemania, a King-Kong, tan real, que pesaba mil kilogramos, y a otros seres terríficos y fenomenales como la Momia, Drácula, el Hombre Lobo, los Zombis, el Fantasma de la Opereta, Quasimodo, Nosferatus, la Tarántula gigante así como las hormigas destructoras y dragones. No podían faltar las reproducciones de los dinosaurios: raptores, triceratops, tiranosaurios, etcétera. El espectáculo prometía estar lleno de sorpresas, como lo anunciaban incesantemente. Lo único extraño era que la hora del espectáculo comenzaría a las doce de la noche, cuando la luna llena estuviera en su pleno resplandor. Por eso la nombraban la Kermés de la Luna Llena. Como jamás en Villa Alegre se había presentado un espectáculo tan prometedor e inquietante, los propios padres se interesaron y decidieron apoyar a sus hijos y llevarlos en un horario tan poco infantil. Y como los chicos insistían… Había puestos de todo: palomitas, algodones, manzanas rebosadas de miel roja como la sangre y puestos de tiro al blanco que obsequiaban a los tiradores lobos de juguete; murciélagos de mimbre y brujas de cartón. La alegría reinaba y la diversión se encontraba al máximo. Los dindones de los iluminados carruseles de caballitos y de las ruedas de la fortuna, extendían sus valseadas notas entre el alborozo de los visitantes que no agotaban su despreocupado regocijo. Cuando se aproximaba la media noche y la luna se veía ascendente para llegar a su esplendor, las carpas del circo se encendieron y la carga de kilovatios hizo que se fundiera el total de los focos del pueblo. Todo quedó a oscuras con tan gran apagón, pero nadie se preocupó, pues las luces que despedía el centro del espectáculo, las alumbradas carpas y los reflectores que paseaban sus luces lanzándolas al cielo, eran tan radiantes que todo se avivaba como si fuera de día. Los espectadores que ya habían entrado y abarrotaban las graderías aguardaban gustosos el inicio del espectáculo. De pronto un tremendo y aterrante aullido se escuchó tan intensamente que no hubo uno solo que no gritara asustado. En ese momento apareció el payaso Kiko de Eso, montado en un dragón volante que despedía llamas por el hocico y con el clásico jo, jo, jo gritó: -¡Ha llegado la hora definitiva! ¡Qué entren los hermanos lobos y se agasajen con carne tan fresca! Todos pensaban ver entrar a caninos amaestrados, pero lo que entró, los dejó mudos de terror. Nadie quedó a salvo en aquel poblado. Sólo yo, que desde este manicomio se los cuento. Aunque nadie me cree. Dicen que fue un terrible incendio. Pero eso no es cierto. Sólo espero que regrese la nueva luna llena para escaparme.

Sólo sé que se sabe poco

No sé si fue aquella tarde, pero los gritos surgieron de la casona abandonada que se veía en las afueras solitarias del pueblo. Algunos se preguntaban el por qué de esas espeluznantes voces que se dejaban escuchar apenas dando las seis del atardecer; cuando se oían las campanas de la iglesia llamando a misa. Varias veces me lo preguntaron los que sabían que yo vivía en el rancho cercano y se sorprendían que les contestara negativamente. -No lo sé. Cuando yo compré este rancho ya se veía desierta esa posesión. Nunca se supo quién vivía allí. Por más que lo investigué. Parecía que se trataba de una casona abandonada desde la época de la Reforma. Lo único que puedo afirmar es que por las noches aún se escuchan gritos femeninos desenfrenados de enojo: que se lo había advertido; que se cuidara de su marido; que se fueran mejor del pueblo y luego otra voz de mujer respondía: no se atreverán; se van a arrepentir si lo hacen; no sé que esperas para irnos; ya sé que no me amas; lo amas más a él y por eso no te atreves; esto se acabó… y luego sonaban unos balazos que se perdían en un extraño eco como las voces que se extinguían de igual modo. En un principio, recién llegado, me alarmé y fui a ver lo que sucedía, pero no sé lo que pasó; sólo recuerdo que mi padre y mi hermano, algo pensativos, me traían colgando de sus brazos como si me hubiera desmayado. Lo que siguió después, tampoco lo supe. Desde entonces, los gritos se han vuelto tan familiares que ya no me asustan, pues estoy seguro que no me harán daño ni a mí ni a mi familia. A su vociferar me acostumbré. Diario a las mismas horas surgen como si fuera una representación teatral donde se dice siempre lo mismo: que el engaño, que te amaba hasta arrodillarme, que no me dejes, que tienes que ser valiente, que nuestro amor es igual al de todos, que lo mataré. La gente murmura de una traición amorosa que terminó con el asesinato cometido por una amante despechada. Pero nada más. Yo vivo en mis habitaciones muy tranquilo recordando exquisitas horas de amor y espero que ya pronto regrese mi mujer para continuarlas. A veces suele sorprenderme cómo entran personas desconocidas por mí, a esta casa y luego de unos días, salen como despavoridas llevándose muebles que no reconozco como míos. No me preocupo por tales aparecidos, pues sé que abundan fantasmas en este país. Si por lo menos no me visitaran tanto y pudiera guardar reposo…

LOS abismoS

El pésimo estado de la carretera causaba muchísimo miedo, pues los abismos que la ondulaban no permitían a nadie la valentonada de decir que no sentían terror. Y aún el castillo se miraba tan distante entre las curvas profundísimas que conducían a él. El camión de redilas que llevaban se tambaleaba a cada curva y parecía precipitarse a los despeñaderos. Sin embargo, a pesar de la deplorable ruta, la ambición de los aventureros era descomunal y no daba lugar a divisionismos entre ellos. El arca del tesoro esotérico tenía que ser del ambicioso grupo. Todos querían ser poseedores de aquella insólita fortuna que el vetusto mapa señalaba en las peligrosas alturas de aquella sierra. La incógnita de revelar el secreto los hacía sentirse valentísimos y no les importaba sentimentalismo alguno. Según las tradiciones asirio babilónicas, el tesoro esotérico contenía las verdades de la felicidad y las invocaciones para obtener las más grandes riquezas del mundo. Por eso, al caer en manos de Azafrán, el astuto, el mapa de su localización, pensó reunir a diversos intrépidos que lo siguieran para que lo ayudaran a rescatar el arca de plata que contenía el ambicionado tesoro. Ellos no podían sospechar que Azafrán pensaba traicionarlos y envenenarlos al brindar por el hallazgo, una vez encontrado el objeto de su búsqueda y ubicado en sitio seguro. Cuando al fin llegaron al pie del fastuoso castillo, quedaron asombrados al ver cómo aquella magna arquitectura desaparecía delante de su rostro estupefacto. Comprendieron que la promesa de la vieja leyenda era puro ilusionismo. Entonces fue cuando todos se sintieron furiosos y en un acto de vandalismo, sin saber por qué, se atacaron uno al otro hasta exterminarse sin piedad. El último en fenecer, Azafrán, vio cómo nuevamente aparecía el castillo y abría sus enormes puertas para mostrarle el arca del tesoro. Se arrastró hasta él, contentísimo, pero en un lengüetazo de lumbre fue engullido por aquel mágico artefacto que parecía decirle: la ambición nunca es buena. Cuando amaneció los aventureros se descubrieron intactos y asustadísimos, como quien despierta de una pesadilla, al ver la osamenta descarnada de quien había sido el temido jefe de ellos, dieron gracias al cielo y todos regresaron aterrados jurando no volver a creer en tesoros fabulosos.

Cuestión de cientos

El día de la votación había llegado. Todos los partidos concurrentes se habían reunido desde temprana hora en las casillas y esperaban que seiscientos mil electores les repartieran el queso político. Los de la Revolución Partida se conformaban con trescientos mil para ganar y estaban seguros de ello. Otros, los de la Evolución Rotante pensaban que con doscientos mil les iría bien. Algunos escépticos del Partido Involucionario calculaban que los enemigos recibirían unos veinticinco mil trescientos. Pero los que siempre perdían, los del Partido de los Justicieros Solitarios, temían que no llegarían ni a mil doscientos cincuenta votos. Es que eran tan poco sus partidarios. Quienes vigilaban el acto democrático se conformaban con los doscientos pesos que el comité económico les iba a otorgar por sus servicios, aunque algunos protestaban y exigían seiscientos. Por fortuna la República de Cocolandia era pequeña y no tenía más que un millón doscientos mil habitantes. Al final, esta pequeña democracia lunática contabilizó el triunfo pronosticado y como siempre, los del PJS, lloraron su peor desolada derrota: sólo consiguieron doscientos un votos. Una vez transcurrida la jornada ejemplar, tutti contenti disfrutaron del millón doscientas mil tortas que el gobierno en el poder repartió entre todos los votantes, exceptuando los antipatrióticos abstinentes quienes se fueron a brindar a la Súper Hot Cola para celebrar que todo seguiría igual y no aceptaron componendas. Sus principios ideológicos no se compraban ni con trescientos denarios.

SOlo solo lo haré

El soldado Pérez sabía de los peligros de los terrenos que habían quedado minados en la recién acabada guerra. Solo él conocía los vericuetos del bosque y del valle donde el enemigo había puesto explosivos. Sin embargo, sus superiores iban a mandar a soldados inexpertos que no solo estarían en riesgo de morir sino también en causar bajas inútiles en el ejército; ya muy mermado para entonces. Muy temprano se dirigió al capitán con el propósito de ponerse él solo a su disposición para efectuar maniobra tan riesgosa que solo requería tener un conocimiento adecuado de los obvios lugares donde había bombas. El soldado Pérez había descubierto un mapa del enemigo derrotado que señalaba los sitios en se ubicaban los artefactos destructivos y se lo llevó a su superior. Un subordinado quiso enterarse del contenido de aquel documento, pero Pérez le advirtió: -Esto solo se lo puedo mostrar a mi capitán. Es mejor que me permita entrevistarme con él. - molesto, el oficial, entró a la oficina del jefe militar y al poco rato salió para decirle que pasara. El soldado Pérez entró con firmeza, como solo puede hacerlo quien está seguro de su proceder. -Diga, soldado Pérez. ¿Qué documento tan importante me tiene?- entonces Pérez le mostró el mapa y no solo se lo fue explicando, sino a la vez, le iba detallando las estrategias necesarias para desactivar cada una de las minas ubicadas malévolamente en aquellos lares. El capitán se le quedó mirando y dijo: -Admiro su discreción y su valentía para salvar a muchos de sus compañeros. Pero usted tiene que ir acompañado de un batallón con el propósito de hacer más rápida y efectiva la desactivación. -Perdóneme, mi capitán, pero mientras más vayamos se corre el riesgo de cometer equivocaciones y volar todos juntos; por eso solo solo lo haré. Conociendo el lugar donde se encuentran los explosivos, evitaré poco a poco las detonaciones.- El capitán se quedó pensativo solo unos segundos y le dio la orden de hacerlo. El soldado Pérez cumplió lo explicado y no hubo necesidad de lamentar más desgracias. Solo lo hizo, lástima que la última mina descubierta no hubiera podido controlarla. El gobierno lo reconoció con una medalla al mérito que no se pudo entregar a alguien, pues el fallecido no tenía familiares cercanos y le erigió una estatua en medio del bosque. A veces muchos, solo estorban. Más vale solo que mal acompañado. Recordó el capitán las palabras de su subordinado. Al abandonar el sitio, contempló estremecido la soledad de la estatua del héroe.

TODAVÍA me ama…

Ricardo había desaparecido desde aquel día en que le había jurado amor eterno a Blanca. ¿Qué podía haberle pasado? Ella aún lo amaba, no obstante el tiempo transcurrido. Siempre le había mostrado un amor tan intenso y lleno de respeto. Entonces ¿por qué se había ido? Todavía recordaba aquella maravillosa noche en la que le había prometido matrimonio y entre el susurro de unos besos, ella se había dejado atrapar incondicionalmente de la pasión. No era posible que la engañara. Su romanticismo la cegaba en esta evidente traición. Desesperada, se le veía llorar en los sitios más notables: en la Alameda, por las calles de su barrio, en la facultad. Cuando, Gabriela, su amiga íntima, la miró en tal estado, no tuvo más remedio que tratar de desengañarla y le hizo una cruel confesión: -Blanca, Ricardo se fue porque sus padres le obligaron a casarse con otra. Siempre fue el juguete bonito de ellos, quienes lo utilizaban como gancho para obtener contratos con las empresarias divorciadas o con los capitalistas homosexuales. El giro dado ahora, iba encaminado a las chicas adineradas. Como estaban en quiebra y aun podían salvarse, le exigieron dar tal paso, como un modo de salvar el honor de la familia y evitar la ruina. Ricardo no se negó, pues es un licencioso corrupto, y le pareció apropiado hacer esa concesión. Creo que para nada pensó en ti. -¡Ay, Gabriela! Lo que dices me hace tanto daño, pero lo creo, porque tú eres mi amiga y nunca me harías sufrir. Sin embargo sé dentro de mi alma que eso fue por una obligación, como has dicho, y no por amor. Yo sé que me amaba y presiento que esto le ha dolido tanto como a mí. Aún tengo la certeza de que un día regresará y yo lo estaré esperando. -Desengáñate, Blanca. No volverá porque se fue a vivir a Europa donde su actual esposa es dueña de una cadena de suntuosos hoteles, en la Riviera francesa. Blanca siguió llorando por varios días. Al recordarlo, sus lágrimas se volvían tan abundantes que formaban un pozo muy profundo donde ella creía sumergirse y se ahogaba. Era mejor morir así que saber el imposible retorno de su Ricardo. Por las noches le brotaban alas y se escapaba volando muy alto hasta llegar al lugar donde Ricardo estaba y lo veía haciéndole el sexo a su rival, que por ningún lado, era hermosa. De pronto sus vuelos de ángel se tornaban de furia y de sus ojos se desprendían rayos asesinos que fulminaban a la pareja en coito. No hubo más remedio que someterla a un tratamiento para curarle de esas fantasías psicópatas. En el manicomio donde está recluida desde entonces, suele oírsele repetir en silencio: -Sí, todavía me ama. La otra soy yo, transferida de espacio, pues he escuchado por las noches sus palabras amorosas, su aliento febril y los quejidos gozosos de su eyaculación. Alguien, envidioso de nuestra felicidad, me embrujó y me recluyó en este castillo. Pero un día vendrá a rescatarme mi amado y les hará pagar a todos esta felonía. - y su mirada vidriosa explora el horizonte que aparece entre las rejillas de la ventana de su cuarto como esperando la aparición de ese alguien que sigue extrañando. A veces lo ve que viene y sonríe impregnada de una casta felicidad. Él entra y la abraza con gran ternura y ella parece recuperar momentáneamente la razón. Luego vuelve a hundirse en sus recuerdos pasionales. Nunca supo que Ricardo había muerto en un accidente automovilístico en Mónaco.

La belleza INTERIOR.

Cuando Casilda llegó a la adolescencia y miró que su belleza era notable, comenzó a exagerar en su limpieza personal, pues de niña era muy descuidada en su aspecto físico, y se fue convirtiendo en una joven presuntuosa, sobre todo, cuando descubrió que los chicos le hablaban con linduras: que si descendía de la realeza, que si era de sangre noble, que tanta beldad los tenía alelados. Quizá por ello, su carácter asumía una agresiva fiereza ante las demás muchachas del poblado, sobre todo con la no muy guapa Margot, y las humillaba diciéndoles que por no ser tan bonitas como ella, nunca superarían su pobreza y jamás se toparían con un buen partido. Y es que ella ambicionaba encontrar un rico prospecto que le pudiera ofrecer grandes caudales. Tanta crueldad en su trato parecía distanciarse de lo que los jóvenes decían de ella, pues bien que se guardaba de no revelar mordacidad cuando se encontraba con ellos en las fiestas, sobre todo cuando sabía que eran hijos de ricos, y aparentaba una gran tibieza de carácter. En una de esas ocasiones conoció a Álvaro que venía precedido por las finezas de ser sobrino de Don Alfredo de los Montes, gran hacendado y amigo de Madero, y ella tuvo la flaqueza de decirle que lo amaba a primera vista, sin embargo, el joven le contestó con entereza que ya tenía prometida y que venía por ella para casarse y llevársela a la ciudad de México. Casilda preguntó con acento vil: -¿Quién puede ostentar más belleza que yo? A lo cual, el mancebo respondió con vigor: -Margot, que aunque no es tan bonita como tú, posee una belleza íntima superior a ti. Sé que es una rareza a tu lado, pero la prefiero por bondadosa, amable, sencilla y amorosa. No le importa la probable riqueza que yo herede, sino el pensar que estaremos juntos durante toda la vida sea en la abundancia o en la miseria. Casilda sintió por primera vez vergüenza de su hermosura que sólo le había hecho cometer una tremenda torpeza y se disculpó con Álvaro, pero éste sólo le dijo: -Yo no tengo de qué disculparte.- y se alejó. Casilda recuperó el color de su rostro y su mirada adquirió un tinte vengativo. -Esto no se va a quedar así. Ya me la pagará. Un día me vengaré. -murmuró y haciendo ademanes de rabieta se reincorporó a la fiesta. Parecía más alegre que nunca y su coqueteo enloquecía a más de cuatro. Todos querían bailar con ella. Sólo Álvaro platicaba feliz con Margot en el fondo del enorme salón de fiestas. Unos balazos estremecieron el ambiente y corrió el grito de ahí vienen los pronunciados. Hombres y mujeres salieron huyendo del gran salón de baile, pero muchos cayeron heridos. Los invasores tomaban las joyas de las damas y las armas de los caballeros caídos. Ataban a los sobrevivientes más jóvenes y se los llevaban. Álvaro y Margot habían alcanzado a escapar por la puerta del corral, mientras a lo lejos creían percibir las vociferaciones de Casilda que se la llevaba por la fuerza uno de aquellos rebeldes, montado en brioso caballo.

EL AUDAZ ADVENEDIZO

El planeta rojizo aparecía frente a la nave. Esa era la meta que Gaspar, el audaz astronauta, tenía fijada en sus propósitos desde que había salido de la Tierra aquel día de lluvia escarlata. De acuerdo con las computadoras, había descubierto que allí, en un terreno enorme y movedizo, existían enormes cantidades de oro que lo podrían volver millonario cuando regresara al planeta. Así que se dispuso a descender sin avisar al centro de control cosmonáutico, pues quería hacerse el perdidizo y realizar sus maniobras sin que nadie se diera cuenta. Tal era su caprichosa ambición. El piso de aquel planeta era demasiado blando, por lo cual el asentamiento de la nave no era posible y debía permanecer flotando estática. Gaspar decidió ponerse sus alas plegadizas, tomó el bebedizo que lo protegería de aquella atmósfera desconocida y salió volando de la nave, sin embargo, el movimiento de su vaivén se vio desequilibrado pues el artefacto plegadizo comenzó a fallar. Y es que como Gaspar no había colocado la energía fugaz programada para ello, se estaba agotando. De improviso, surgió del terreno flexible un espantoso monstruo que con mirada agraz y cinco furiosos hocicos se abalanzaba hacia él para devorarlo. Y las alas habían dejado de funcionar. ¡Adiós sus sueños de oro! Habría pensado. A punto estaba de caer ante el monstruo del planeta rojizo, cuando apareció la nave guardiana que él había rehuido y lanzó un estrepitoso rayo súper láser que destruyó a la bestia. Sin embargo, Gaspar no pudo evitar caer en aquel suelo lodoso que de inmediato lo transformó en otro monstruo guardián como el eliminado. Ya no era un advenedizo en aquel extraño planeta, pues ahora éste le permitiría gozar de todo el oro derretido que lo devoraba.

A cazar dinosaurios