Cronicuentos disparatados

Chapter 2

Chapter 23,730 wordsPublic domain (Wikisource)

El vigésimo día La noticia los sorprendió aquella mañana. Nunca habían creído en el viejo adagio que profetizaba el fin del tiempo. Siempre sonreían burlescos ante los rumores que desde hacía años circulaban; sin embargo, ahora las noticias confirmaban que algo terrible se encontraba a punto de suceder pues las neuralgias y cefalalgias colectivas eran cada vez más numerosas y lamentables. Un griterío de pronto se escuchaba en aquellos atacados por el mal de la energía, que con este regio calificativo se le designaba, pues su potencia había crecido tanto que el cerebro de los adoloridos parecía estallar al no poder encauzarla. En un principio se intentó realizar cirugía cerebral en los quejosos, pero esta estrategia fracasaba, ya que los afectados sentían crecer su fuerza personal aún más y ningún refugio les daba cabida; era como si una mutación imperfecta se estuviera dando en ellos. Su aparato cerebral sufría algo así como el descontrol de las computadoras desconfiguradas. La solución podría entonces radicar en alguna fórmula que la teología de la época empezaba a experimentar con bases metafísicas, pues las ciencias naturales en nada ayudaban. Algunos seres humanos se hacía muy poderosos en sus cuerpos, pero el cerebro no alcanzaba a soportar tal fortaleza. Era un prodigio aquello, mas también se asemejaba a una orgía de crueldad, ya que la cabeza de los mutantes era demasiado pequeña para controlar las nuevas apetencias del organismo. Con un dedo podían levantar un auto, pero sentían que sus neuronas les estallaban al no poder comprender el objetivo de tanta fuerza que gastaban inútilmente. Y la muscularidad de hombres y mujeres rompía ropas y muebles, aún sin proponérselo. El descontrol era la cúspide del suplicio. Así fue como se estableció un cuerpo de vigías que protegía a quienes padecían la regia transformación para la cual no se encontraba preparada la humanidad. Cientos de colegios modelo, habilitados con las principales máquinas de rayos láser, se habían erigido para intentar controlar esa evolutiva pandemia, que no mataba, pero sí hacía sentir dolores enormes. Con ese subterfugio se preparaba a los jóvenes con el propósito de adaptarlos al inminente salto cualitativo de los seres humanos, pues quienes no se encontraban preparados, sufrirían las espantosas algias hasta su muerte que para esa época se había prolongado hasta los doscientos años de vida. Tales eran sus competencias súper desarrolladas, aunque no se sabía cómo y dónde aplicarlas, a riesgo de causar destrozos. Entonces fue cuando uno de los académicos más prestigiados en ciencia ocultas, decidió que la única manera de gastar tanta energía, era construir una maquinaria que succionara las nuevas energías sobrantes y las quemara lanzando naves al espacio en donde irían los nuevos superdotados humanos que de ese modo, podrían conquistar el cosmos e instalarse en otros planetas. Como por magia, cientos de brillantes naves platinadas fueron lanzadas al espacio aprovechando toda la potencialidad de la nueva humanidad y en el vigésimo día, sintieron cómo se equilibraban sus cerebros; sólo habría que llegar a la trigésima galaxia fuera del sistema solar para que se hablaran de tú a tú con las civilizaciones extraterrestres que ya consideraban a los nuevos humanos, para entonces, y al fin, después de tanta estulticia egocéntrica, sus iguales. La humanidad imperfecta y atrofiada se había quedado en el planeta Tierra hasta el día que ésta explotara. Las altas culturas espaciales ya preparaban una elegía por aquellos que no habían sido seleccionados, por díscolos y ególatras engreídos, para cambiar su origen de simples monos. La transformación del ser humano en un ser divinamente cósmico, había costado sin duda, un gran dolor, pero los seres paridos enorgullecían a los dioses del cosmos.

LA ROSA DE ZAFIRO

Enrique amaba el cercano oriente sin saber por qué. Lo árabe le atraía pero también lo israelita y por eso no comprendía como dos culturas fundadoras siempre habían estado a la greña. Él solía reflexionar que ambas se complementaban. Abraham y Mahoma eran dos rostros de un mismo Dios, pensaba, entonces cuál era la causa de sus eternas guerras. ¿Los territorios? Pero si todos eran desérticos y bastante precarios. ¿A qué se debía la rivalidad? Fue entonces cuando cayó en sus manos un folleto que había comprado en una tienda de libros usados. Hablaba del dolor del amor perdido y que era el arma de la urbe rota por una raza antiquísima que cultivaba el rico rito de la rosa de zafiro. El folleto aclaraba que todo eso era un rumor, pero alrededor de aquello, se había tejido un subrepticio secreto que en realidad se trataba de una leyenda nunca aclarada. ¿Cuál era el amor perdido? ¿Y por qué tanto dolor? ¿Era el amor el arma de una urbe desaparecida en tiempos remotos? ¿A qué raza se refería? ¿Acaso a los habitantes de la Atlántida? Enrique lamentaba no tener tanta erudición como para saber el origen de ese misterio que se le clavaba ya como una ortiga en el cerebro o como un arenisco en la piel. Un día decidió marchar a esos lugares para investigar y ver si alguien de esas zonas podría aclararle ese intrigante enigma. En el avión hizo amistad con una rica etnóloga rusa que para su sorpresa se dirigía a esas regiones con la misma finalidad que Enrique: descubrir el secreto del amor perdido. Valentina, como se nombraba, había estudiado la ciencia de todos lo signos y sus irradiaciones de significados, la Semiótica, y había dedicado todos sus esfuerzos para aplicar tales conocimientos en un descubrimiento que sorprendería al mundo, pues decía, subrayando en ello, que el día que se descubriera la verdad del mensaje del arma del amor perdido terminarían las guerras y la humanidad ascendería para siempre a un ciclo de paz fraternal. Decía: -Por más que el mundo reza para acabar la violencia, ésta crece día con día. Hay algo que empobrece a la humanidad cada vez más pues sólo le interesa enriquecerse a costa de los pobres, sean países o personas. Es algo tan subrepticio que parece natural, pero no lo es. Y a eso voy a allá. Tengo unas claves que he descubierto al combinar diversos símbolos que me generaron un mensaje increíble. ¿Lo quiere usted saber?- preguntó a Enrique, quien, fascinado por la sabia mujer, de inmediato contestó que sí. -La urbe rota es la Atlántida, donde todos los atlantes vivían felices cubiertos por el amor de unos a otros y que se erigía en una hermosa rosa de zafiro, de la cual emanaban energías tranquilizadoras. Era una civilización perfecta y feliz que existió hace más de veinticinco mil años, pero un día su continente se hundió en el mar cuando un hombre llamado Urano y llegado de otro continente, al ver la rosa de zafiro la robó y se la llevó hacia el oriente donde la depositó en un foso que hizo en quién sabe qué parte de todas esas zonas desérticas. Allí está escondida. Los pueblos de esa región la han buscado siempre, pero no han podido hallarla y de acuerdo con la red simbólica que he descubierto, la rosa de zafiro creció hacia adentro y produjo petróleo. Acaso cuando éste se acabe, la rosa de zafiro emergerá y al fin reinará la paz, no sólo en esas regiones, sino en toda la tierra. Lo importante es saber en donde se encuentra para esperar su renacimiento… En ese momento la sobrecargo anunció el próximo aterrizaje en la ciudad de Beiruth y la sabia etnóloga y el curioso Enrique se pusieron de acuerdo para juntos encontrar el amor perdido y reconstruir la nueva urbe donde, al fin, reine para siempre.

LA EXHIBICIÓN DEL FÉNIX

La malvada hechicera Alkurniax había sido capaz de cometer las más grandes fechorías de la Edad Media. En su castillo, construido con acero inoxidable sobre una altísima e impresionante cumbre, guardaba los seres y objetos más preciados en la historia antigua de la humanidad. Decir guardaba, es un eufemismo; los había robado descaradamente por obra y gracia de sus poderes máximos. Dotada de la maravillosa varita de flux podía levantar a su deseo toda cosa que le interesara y transportarla flotando a través del aire. Nadie podía oponerse porque la propia vara fluía en energías nefastas y quienes intentaban impedir el latrocinio, eran convertidos en estatuas de ónix y llevadas presas también al castillo de metal. Así, en una desordenada sintaxis, tenía la estatua de Hércules Farneso, cuyo gran tórax le fascinaba a la malvada; se había apoderado de Pegaso que lo exhibía en una jaula de oro; tenía al titán Prometeo, encadenado exánime, para obligarlo a confesar el gran secreto que él poseía sobre la caída de Zeus; en un exhibidor especial tenía la célebre manzana de la discordia por la cual habían muerto tantos héroes en la guerra de Troya como Áyax; pero sobre todo guardaba con malévolo entusiasmo las cenizas del Fénix. En su desmedida locura de poder, quería ser la primera emperatriz de aquellos siglos y reinar sobre chinos, hindúes, asirio-babilonios, caldeos, persas, hebreos, egipcios y todos los bárbaros del mundo. Sólo esperaba que el Fénix reviviera de sus propias cenizas para que ella alcanzara el más alto dominio, pues estaba predicho que quien salvara al ave inmortal, adquiriría a su vez la inmortalidad y el imperio mundial. Por eso Alkurniax se la pasaba contemplando los residuos del Ave Fénix y le imploraba que ya era hora de resurgir. Lo exhortaba con toda la falsa ternura que podía manifestar, a que comenzara su renacimiento, pero nada. Un día de verano, en que hacía un exagerado calor, ella, tan encerrada en su castillo de acero inoxidable, se le ocurrió abrir la enorme ventana de su habitación, ubicada en la torre más elevada de la construcción, para refrescar un poco el ambiente cálido y miró que una tormenta bienhechora se aproximaba. “Esto refrescará el ambiente”. Pensó de mal modo y volvió nuevamente a contemplar las cenizas del Ave Fénix, que “no se le daba la gana de volver”, se exaltaba. De improviso, sin dar tiempo a sospecharlo, penetró por el ventanal abierto una fortísima racha de aire y dispersó las apreciadas cenizas. Alkurniax pareció enloquecer; corrió tras de ellas para reunirlas, pero el viento las había succionado y se las llevaba por las nubes que ya soltaban el estruendo de su lluvia. La hechicera, desesperada, se lanzó al aire, como acostumbraba cuando portaba su varita de flux, pero olvidó que no la llevaba en ese momento y dando un alarido, cayó hasta el fondo del abismo dándose un golpe mortal en el roquerío. Entonces se miró que el aguacero menguaba, las nubes se abrían como si fueran un telón celeste y entre el azul infinito del cielo recién lavado que aparecía, se vio volando ágil y majestuoso, al Ave Fénix que así, y sólo así, al sentir la libertad, renacía.

LA WALQUIRIA VENGADORA

El señor Wagner, músico muy conocido del siglo XIX, le gustaba salir a pasear por los bosques cercanos a su mansión, allá en la Alemania de l880, luego de haberse dedicado durante muchas horas a componer sus sinfonías y sus óperas. En aquel atardecer, un extraño silencio había invadido las zonas de su paseo y se sorprendía que no escuchara el trino de los ruiseñores que tanto le fascinaba. Pensaba componer un gran wals para el impresionante final de una de sus majestuosas obras, pero no encontraba la inspiración. Su estilo musical, solemne y grandioso, al que los críticos denominaban ya wagneriano, debía encontrar una melodía que con gran suntuosidad estremeciera al público cultísimo que lo apreciaba en todo el mundo, pero nada. Caminando entre la soledad de las arboledas de pronto sintió que todo se le nublaba y caía a un vacío espectacular. La potente y hermosa voz de una soprano coloratura lo iba acompañando en su precipitarse. Cuando se estrelló sobre la tierra, sin dolor alguno, cual si hubiera caído flotando como una pluma, se encontró en un prado iluminado por la luna que parecía sonreírle. Allí lo esperaba una mujer robusta y gigantesca, provista de un cornudo casco en su cabeza y trenzas al aire, que lo tomó guerrillera entre sus brazos y tratándolo como a un nene, lo acurrucó en sus enormes pechos e intentó darle de mamar. El señor Wagner, cuya patilla creciente le daba cualquier carácter, menos el de niño, se recuperó del susto y como pudo, gritó encolerizado, ya que era fama en él, su temperamento arrebatado de genio. ¡Bájame! ¿Qué te crees, gigantesca criatura? A lo cual ella respondió cantando con todo su potente registro: -No me creo, pequeño. Soy la Walquiria mayor y vengo a vengarme de tus horrendas arias que nos haces gritonear. La gente se sorprende con tanta espectacularidad, pero ni yo ni todos los Nibelungos, ni Sigfrido, ni Crimilda ni nadie, estamos contentos con las tranformaciones que has hecho de nuestras hazañas, hoy legendarias, por eso he venido a castigarte para que ya no tengas inspiración tan aberrante y no escribas más. El señor Wagner, una vez puesto en su pastoso lugar, se le encaró a la terrible mujer y le dijo: -Debían agradecerme que no los he dejado morir; hoy todos se acuerdan de ustedes por la música extraordinaria que yo he hecho para darle arte a sus hazañas, porque de leer los mamotretos de libros que hablan de los dioses y heroes germánicos, a oirlos representados por grandes cantantes, hay horas de aburrimiento. Además, Los Nibelungos casi nadie los leerá con el tiempo, pues para eso tendrán al Señor de los Anillos que se los habrá fusilado de modo más digerible; o hasta Harry Potter, que aún no se escribe, pero que una astuta ansiosa de dinero lo inventará a fines del siglo XX con el pretexto de su amor por los niños que serán deteriorados por un invento quita tiempo que se llamará tele. Narnjia y ortros parecidos pirateos, vendrán después. Lástima que ya no estaré para darles una correcta musicalización. Y para que lo sepas de mi viva voz, el Washington Post, periódico de gran prestigio siempre reseña con grandes elogios cada una de mis obras maestras; y eso que los gringos no son más cultos que una niñera, y más, cuando Hollywood les vaya inventando su propia cultura. Sin embargo, las ricas damas newyorquinas o washingtonianas se acicalarán para aplaudir entre ¡Oouhs!, y ¡Wonderfuls! las obras maestras de mi culta música, aunque acaso no la entiendan como no comprenderán toda la pujanza germánica que yo contagio con entusiasmo. Así que estás equivocada y regrésame a mi mundo. La Walquiria, ante tal perorata, se puso a llorar entre dos de pecho y fiorituras que salían de sus dos gigantescas tetas y su bien afinada garganta. El señor Wagner, se liberó triunfante de la Walquiria vengadora y siguió escribiendo sus óperas que hasta en los vagones del metro, hoy las escuchan.

La guerra de los gatos sinvergüenzas

Los gatos eran ahora los dueños de la tierra. Desde que la humanidad había sido exterminada por el ungüento de biznaga mezclado con higuera de lagos volcánicos, que habían promovido los visionarios de la Galaxia Perruna, los sinvergüenzas gatos se pusieron a incrementar su aguda inteligencia, que desde siempre habían demostrado, pero que no daban a conocer con el fin de no perder ni su comodidad ni su libertad. Holgazanes, siempre se echaban en tibios lugares para dormir la siesta y por las noches salían a reproducirse entre escándalos diabólicos, pues la gente que creía en agüeros, así lo pregonaba, y en los más secretos escondrijos, las crías cada vez con mayor cociente intelectual, adelantándose a los perros, crecían. Un porvenir halagüeño comunicaba a los suyos el Gran Cerebro Gatuno, quien informaba que pronto el imperio felino se impondría en el planeta, ya que se había detectado lo que los perros tramaban e iba a impedirlo. La humanidad se había quedado atorada en el angosto esquema del salvajismo egoísta y cada uno de los hombres y mujeres sólo pensaba en su vanidad física y monetaria, con lo cual se descuidaba, el fomento del gusto por la sabiduría. El estancamiento de la humanidad lo evidenciaba el producto de una educación para la ignorancia. Gozosos de menjunjes, nada más se la pasaban en las estéticas, que ya no eran parte de la gran filosofía, sino Centros de Fomento a la Belleza Fatua (antes peluquerías). Y esto fue lo que aprovecharon los perros para intentar vencer a la degastada humanidad. En sus husmeos cotidianos habían descubierto un tipo de biznaga que triturada en jugo de higuera de cráteres volcánicos tenía la virtud de untarse como gelatina en todo el cuerpo y lograr rejuvenecer al usuario. Los canes, al estar siempre como domésticos de hombres y mujeres, habían aguzado la conciencia adquirida con ellos y habían decidido dejar de ser viles lame pies o lame manos de sus amos. Hacia fines del siglo XXX, habían evolucionado con rapidez, como poco a poco iban evolucionando también todas las demás especies. La ley cósmica se imponía: quienes no se transformaban, serían destruidos por su inadaptación a las nuevas ganancias del universo en constante expansión hacia un más allá que no se sabía hasta dónde abarcaba su final. Entonces fue cuando los perros enseñaron las garras y se agazaparon para dar un golpe a los humanos y fulminarlos para siempre. El producto naturista Jubizehig (Juguito de Biznaga e Higo), fue distribuido en todos los pueblos y ciudades del planeta con el propósito de exterminar a la humanidad y volverse los dueños de todo el globo terráqueo. Cuando todos se untaron con galanura aquel líquido a sus cuerpos, sintieron rejuvenecer día tras día y su entusiasmo se hizo enorme. Los ancianos se hicieron maduros, los maduros se convirtieron en jóvenes, los jóvenes se volvieron niños y los niños se hicieron nenes que se empequeñecían hasta volverse otra vez fetos y terminar desapareciendo evaporados. Al ver el retroceso, muchos se aterraron, mas ya era tarde. Cuando pareció haberse terminado hasta el último homo sapiens, los perros pregonaron su imperio y se establecieron como dueños absolutos de pueblos y ciudades. Sin embargo, no sospechaban siquiera que los gatos, atentos a ese guion, también tenían preparada una agüita que serviría de antídoto a la destrucción de lo humano y permitiría que aquel vapor se revitalizara y se generara el proceso inverso. Pronto los fetos volvieron a ser nenes; los nenes, niños; los niños, adolescentes; los adolescentes, jóvenes; los jóvenes, adultos maduros y los adultos maduros, ancianos dispuestos a dejar su memoria a las nuevas generaciones que engrandecerían otra vez a la humanidad. El gordo visionario de la Galaxia Perruna, fue el primero en ser rasguñado por la multitud guerrera de gatos que aparecieron por todos los rincones de la tierra y le pusieron una argolla en el pescuezo para controlarlo en su poder. Todos los perros revolucionarios fueron controlados y los humanos vivieron agradecidos a los gatos que los habían salvado del holocausto. Como los gatos ya hablaban español, confesaron a sus amos que aunque muchos creían que esos felinos eran ingratos, siempre mostrarían gratitud con la humanidad que nunca había dejado de protegerlos. En el fondo, el Gran Cerebro Gatuno, comunicaba a sus socios: Es mejor seguir tan cómodamente mantenidos y acariciados que aguantar el angosto espacio que una sarta de perros agachones podría darnos. ¡Somos unos sinvergüenzones! Y maulló una carcajada como sólo los gatos pueden hacerlo. Nunca recibieron más zapatazos.

Hidrógeno

Los dioses animales vivían felices en el desierto del Sahara. Apenas un pueblo llamado egipcio había empezado a dar muestras de avance y con una mirada indiferente, las divinidades de las arenas, los miraban pasar en sus rústicas caravanas de camellos llevando piedras traídas de las distantes montañas. Dicen que estaban levantando enormes construcciones en forma piramidal para rendir homenaje al hipócrita mandamás que los engañaba diciéndoles que era hijo de los dioses y representante de ellos en la tierra. Los dioses del desierto original, junto con todos los animales del hábitat, hipopótamos, cocodrilos, garzas y muchos más, lanzaban estruendosas carcajadas ante tanta hipocresía. Nunca hubo comidilla tal entre los dioses y animales del África que se burlaban de esa ostentación. Los pobres humanos no sabían la hipótesis del clorhidrato que en abundancia era el creador de la basura humana. Los dioses no habían creado a los hombres y a las mujeres sino que sólo eran producto ocasional del sudor salado que les brotó a las divinidades al construir la animalidad terrestre. Ellos jamás habían pensado en crear un animal inteligente con la intención de hacerlo rey de la tierra, -Hemos cometido un error.- decían en sus debatidos cónclaves celestes. - Estos humanos lo tergiversan todo y dentro de pronto, por culpa de nuestro sudor, habrán de inventar tantas cosas que se creerán como nosotros. Ya verán: harán sudar a nuestros hermosos caballos en hipódromos absurdos donde correrán dando vueltas y vueltas a lo tonto para que un faraón del dinero se quede con fabulosas ganancias en estos torneos hípicos; luego explotarán nuestros ríos con maquinarias hidráulicas para generar luceros que compitan con nuestras estrellas en las noches de sus ciudades. Habrán destruido las sombras que Set procura y hasta Osiris será burlado cuando le hagan pasar, en su mera cara, hidroaviones regando agua en el desierto. -También he pensado.- dijo Isis- que si Amón Ra no hubiera hipotecado nuestra creación a la hidra sedienta de agua, habríamos detectado que el producto de nuestro sudor acarrearía tanta hipocondría en nosotros. Yo ya me he sentido mal en pensar cómo los humanos destruirán nuestra naturaleza. Sobre todo la hidrografía que ha de verse afectada con tanta contaminación, pues el hidrógeno habrá de desplazar poco a poco al oxígeno y ni nuestro desierto resistirá... De pronto quedaron aterrados al ver cómo una bomba de hidrógeno francesa explotaba en pleno Sahara, como si nadie viviera en él. Moribundos, y en una gran hipérbola de magia, a una sola voz, lanzaron rayos que se veían como hipotenusas brillantísimas sobre la humanidad, pero para entonces ya dioses y faraones se habían convertido en momias. Los animales quemados por las radiaciones que alcanzaron a huir del desierto, se refugiaron en las aguas del río Nilo. Desde esa época inmemorial, los hipopótamos se volvieron caballos de río y los cocodrilos sólo sacan a la superficie del agua, sus ojos aterrados; pero cuando ven a un ser humano nadando por allí, vengan con sus fortísimas mandíbulas a sus dioses creadores.

El embajador