Cronicuentos disparatados

Chapter 1

Chapter 13,327 wordsPublic domain (Wikisource)

ANTONIO DOMÍNGUEZ HIDALGO

CRONICUENTOS DISPARATADOS

Primera Edición 2006

{|width=100% |La gay |- |Ahora resulta que no hay héroes |- |La luna roja |- |El vigésimo día |- |La rosa de zafiro |- |La exhibición del Fénix |- |La walquiria vengadora |- |La guerra de los gatos sinvergüenzas |- |Hidrógeno |- |El embajador |- |La kermés del miedo |- |Sólo sé que se sabe poco |- |LOS abismoS |- |Cuestión de cientos |- |SOlo solo lo haré |- |TODAVÍA me ama… |- |La belleza INTERIOR. |- |EL AUDAZ ADVENEDIZO |- |A cazar dinosaurios |- |el origen de este hombre |- |el golpazo |- |El reno |- |Fallo de amor |- |El castillo de las maravillas |- |Aventura en Bombay |- |La noche EN que cayeron rayos |}

La gay Aquel día la ilustre y elegante madame Monalisa me recibió en la lujosa prisión de sus encantos. Yo había viajado hasta Francia patrocinada por el recién fundado Instituto Franco-Mexicano de la Feminidad Icónica Liberada, A.C. con el propósito de entrevistarla para la revista El muy, pero muy eterno femenino. Después de haber hecho todo tipo de largos e increíbles trámites burocráticos (creí que sólo en nuestro país reinaba la sandez tortuguista), por fin recibí la autorización de efectuar este curioso propósito y como consecuencia emocionante, hoy me encuentro en la gigantesca casa, toda una fortaleza, de esta famosa mujer, quien, por supuesto, me ha recibido con esa misteriosa sonrisa que oscila entre la burla y el placer; displicente conciencia sarcástica de adivinar lo que de ella se dice y de disfrutarlo rebosando de picardía. Cuando entré en el museo, un guía me indicó la sala donde se ubicaba la célebre dama y me advirtió que estaba prohibido el flash. De inmediato la vi en su gran exhibidor -vestida discreta, pero con gran elegancia, según la moda de su época -y sin perder las sonrisas, ni ella ni yo, me indicó que me acercara. Fascinada la miré luminiscente y apenas si pude murmurar, como buena caravanera mexicana: -Gracias por tener la amabilidad de recibirme, Madame. Sólo le quitaré unos minutos, que nada son, ante su perenne inmortalidad. No sabe usted cuánto anhelaba esta entrevista que me congratula hacerle porque una beldad artística como lo es usted…- Ella, sin tanto preámbulo y al grano, con una voz melodiosa, a la florentina, me contestó gentil, sin olvidar su compostura: -Sé bienvenida a mi sala, representante de los simpáticos mexicanos. ¿A qué debo la insistencia de tu visita? -Como usted es muy conocida en el mundo entero, y hay tanto que se ha comentado sobre su persona, mi revista quiere saber si se podría agregar algo más que aún no se haya dicho sobre su vida; sobretodo aclarar el más interesante dato que intriga a su multitud de admiradores, o, como se dice hoy, sus fans: Su sonrisa. ¿Por qué sonríe siempre? -(¡Ah! Come tutti scemi di sempre.) En primer lugar, porque así quedé retratada, ¿Lógico, no? y en segundo, porque Leo -tan sensible y tan erudito- siempre le gustaba inundar de símbolos su ambiente; sabía tantos códigos que iban desde Hermes Trimegisto pasando por Zoroastro, Pitágoras y Platón, hasta Marsilio Ficino o Giovanni Pico della Mirandola, sus casi contemporáneos; como siglos después lo hacía el misterioso alemán, Atanasio Kircher, y a mí me dejó como una muestra ejemplar de uno de sus refulgentes regodeos semióticos. Por eso me dicen la Gioconda, es decir, en italiano, la juguetona o la gozosa; del latín iocum cuasi sinónimo de gaudium que en occitano dio gai en el sentido de gozo y de ahí se extendió al francés y a otros idiomas, como el inglés, donde se convirtió en el comodino y eufemístico gay. Por eso a mí me ven, desde el populacho hasta los intelectualoides, como alegre y vistosa; gai, en la breve y antigua palabra provenzal; y tantas adjetivaciones semejantes que me han endilgado: animada, vital, festiva; hasta de loca disfrazada me han tratado. La verdad es que yo soy hija de la Gaya Ciencia que inspiraba a mi pintor, la ciencia de la felicidad, la filosofía hecha de amor; acaso porque él tenía ese regocijo amoroso que sus manos y sus ojos dieron forma en mí y en otras de sus obras. El deleite de la creación. El que no medita la Gaya y no la ejecuta, sólo se queda en gallo de vulgar y efímero corral. Recuerdo cuando Leonardo me leía versos del primer trovador conocido, Guillaume de Poitiers, un poeta del 1100, y los de otros, cuya regla era ser gozosos, alegres, gais. Quizás ahí radica el origen de mi dichosa sonrisa. Era tan bello escuchar en labios de Leo, cuando yo posaba para él, las realizaciones poéticas de las Leys d’Amors de los ya para entonces viejos poetas de Provenza. Éstos hacían de la íntima alegría, una de las cualidades esenciales del amor cortés; ese que se paseaba garboso entre gaias domnas, en el gai temps de pascor y en los gais auzels donde el so o sonido melódico se constituía en la primera condición para algo ser gai y poder escribir gaias razós y gaias chansós, eso que hoy no tienen ustedes, con tantas estridencias de la animalada reguetonera y rapera que hace cada vez más ligeros de cascos a los jóvenes de su siglo; pero sobre todo, cráneos vacíos con articulaciones mecánicas, como los autómatas que diseñaba nuestro Da’Vinci. En cambio nosotros… - y mostraba su sonrisa inmortal como en un suspiro de complacencia. Asombrada ante su discurso académico concluí que Monalisa era una verdadera e ilustrada dama ítalo-francesa renacentista, aunque haya, según algunos expertos, ciertas sospechas, nunca confirmadas, sobre su real personalidad. Nacida en Italia, se vio obligada a radicar en París, por culpa de los mercachifles del arte, en el famoso Museo de Louvre, desde hace siglos. -Sí, ya sé lo que estás pensando- exclamó levemente molesta, ante mi boquiabierto silencio, pero siempre con su sonriente beneplácito.- Aunque se haya dicho que fui un adolescente pre-bigotón disfrazado de mademoiselle, no fui un travesti ni novio de Da’Vinci. Ni me estaban metiendo el dedo por debajo haciéndome cosquillas. Mi sonrisa es insinuante, nada más. -¿Insinuante de qué? -De lo que quieran. Esto es lo que un buen crítico semiótico denomina indeterminación sustancial, según he escuchado a algunos de los especialistas que suelen analizarme o psico... ¿Capisci? -¿O sea que astutamente Don Leonardo Da Vinci quiso dejar esa insinuación múltiple en su retrato? -¡Claro! Como un acto concreto de la Gaya Ciencia; no saben cómo lo disfrutó. Mi sonrisa le parecía la cúspide de las Leys d’Amors. La aquiescencia, el goce interior… la síntesis de la íntima fruición y afirmaba que yo tenía una sonrisa tan enigmática que le permitiría jugar con los múltiples sentidos de ella. ¿Cómo dicen hoy ustedes? Eso de Derrida. Creo que diseminación o desconstrucción. Yo me reía siempre de él y de sus grandilocuentes disparates como los que hoy ustedes repiten como nuevos, pero que el sol ya los ha escuchado muchas veces. Lo que pasa es que la seria cara con la que se le conoce, ha destanteado a la humanidad. Soy un guiño de su relajo renacentista. A mí me divertía imaginar lo que pensarían…Y así me quedé, no sonriente en la loma, sino en mi cuasi, Santo Óleo. -Pero un señor de barbas (por eso se las dejan algunos), parece ser muy formal o ¿no?, madame Monalisa. -Eso confunde, ya ves al tal Santaclós, qué de risotadas da y eso que luce una blanca barba de anciano. (C’est un con.) De seguro por su promoción-inglesa le quitaron lo sereno de Papa Noel y lo hicieron un copión que de todo se ríe, como insulso chiste yanqui. -Pero Santa es un santo y Leonardo no lo era. -En verdad, no. Era muy picarón, si supieran… Pero se creía mago y me dejó encantada, sonriendo para siempre, sin la esperanza de que venga un príncipe y me quite la dichosa sonrisita, que con la cuenta de la luz que gastan en mí, para que me vea lisa y no se le noten las arrugas a esta Mona, - a la tela de mi pintura, me refiero- se me ha hecho eterna como el título de su revista. -¿Entonces no le gusta su sonrisa? -Para ser franca, me agrada sonreírme de los que creen adivinarme… -¿Se siente cómoda en este célebre museo parisino, El Louvre? -Pues no mucho, porque que soportar a tantos mirones que intentan descubrir en mí esas sabidas no sé qué cosas. Murmuran, pontifican y lanzan exclamaciones en todos los idiomas al verme: - ¡Magnificent! - ¡Tutta una bellísima madonna! - ¡Est tres belle! -¡Voto a Dios que ésta no es lo que aparenta!- y se acercan hasta donde mi guardián lo permite y alguno que otro, aunque como sabes, están prohibidos los flashazos, me deslumbra con sus relámpagos de contrabando. La de escándalos armados por culpa de tales fanáticos míos. A veces me dan ganas de insultarlos, pero tengo que seguir sonriendo: ¡Ji!, ¡Ji! ¡Ji! (Las palabrotas sólo las pienso, porque Ich bin eine dame. No como las vulgares rockeras de hoy.) Como entenderás, únicamente cuando cierran el museo, puedo salirme de cuadro y andar de grande charla con la presuntuosa de la Milo que recupera sus brazos y manos de Venus y se siente la estrella del Louvre. Yo dejo que se lo crea, pues al fin al cabo, siempre la eclipso. A ella nunca la han sacado a pasear tantas veces como a mí, para visitar otros museos del mundo. ¡Es tan pesada! Otra que recupera su inteligencia, es decir, la cabeza y se transforma en una loca desternillada y destornillada, pues vuela para aquí y vuela para allá, como gallina recién desenjaulada, es la Victoria de Samotracia. Sólo se queda quieta cuando ve que se abren los sarcófagos egipcios y las momias salen a bailar un psycho trance para actualizarse en sus monótonos bailes orientales. Entonces ella se siente la Mata Hari y mueve como desatada, el vientre. Porque has de saber que la tal espía, sí sabía menearlo bien, no como otras… -¡Oh, el tiempo que se me ha concedido para este diálogo, se ha acabado, querida Gioconda! ¡Es una lástima! Ha sido tan breve el placer y tan largo el viaje. Sólo me dieron sus cuidadores unos minutos para charlar con usted, sin embargo, todo ha sido fantástico doña Monalisa y me gustaría permanecer un rato más, pero creo que están a punto de cerrar el museo y tengo que despedirme. Sólo una última pregunta quisiera hacerle: ¿Está celosa de las mujeres de hoy que intentan ser afamadas como usted? -¿Celosa yo? Esas ni me importan. Todas son unas fugaces y desparpajadas vendeculos. ¿Cómo voy a tenerles celos, si yo soy imperecedera? Nunca necesité más que una sonrisa para ser atrayente y no como… Apresurada corté el desenlace que se adivinaba venir y le agradecí la interesante información dada. Ya sólo dije: -Deseamos que nunca se le quite esa cara de gozosa que tanta falta hace en estos tiempos de neuróticos muy disimulados por la televisión. Ya verá como algunos payos pedantes de mi país, se van escandalizar con esta humorística y fantástica entrevista. Y los nacos ni la entenderán. Acaso los verdaderos artistas, sonrían ante los comentarios adversos de los intelectuales de capilla que se las dan de grandes cerebros, pero esté segura que no serán perdurables, como usted lo ha sido. Ella asintió con su indeleble sonrisa el comentario y yo terminé como en un sálvese quien pueda, pues ella ya se aprestaba a lanzar más disparos… -Ojalá que pronto pueda volver a entrevistarla para saborear un poco más de su humorismo gozoso, de su pizpireta charla y de la visión que tiene usted de nuestro siglo XXI. Chao. Y salí como escurrida de mi pequeñez.

AHORA RESULTA QUE NO HAY HÉROES La noticia llegó a los cielos con la rapidez del rayo de Zeus, quien se despertó en su cunita de anciano furioso porque no lo dejaban permanecer en su sueño eterno desde que el tierno de Joshua le había dado su lección de amor y paz. Por fortuna, sonreía Zeus, las guerras entre los estúpidos humanitos proseguían y parecían no tener fin, aunque los teóricos del eros lanzaran manifiestos, sentones y marchas. Pero resulta que las más recientes novedades traídas por el de los pies alados, Hermes, indicaban que ya de nada servían las hazañas de sus notables hijos e hijas; ni Hércules ni Aquiles ni Héctor ni Odiseo; es más, ni Homero que los engreídos historiadores daban también por inexistente, debía ser tomado en cuenta en las escuelas. Era tan complejo y descontextualizado leer la Ilíada y la Odisea; y aún más, el Mahhabaratha y el Ramayana. Las tragedias ni mencionarlas; indescifrables y malos ejemplos de violencia para la juventud. Era el colmo: tanto que había costado ganarse de boca en boca la fama de inmortales para que ahora... ¡Nefastos historiadores del estúpido siglo XXI que se creen con el derecho de parcharlo todo! Renegados de Herodoto, de Hesíodo, de Apolodoro, de Ovidio, de Isidoro de Sevilla, de Alfonso X, el sabio; hasta de César Cantú, de Will Durant, de Veit Valentin, de Jacques Pirenne, de Walter Goetz y muchos otros profundos investigadores de nuestro pasado. En cambio con estos ligeruchos iconoclastas, proseguía Zeus, rojo de energumenia, adiós Palas Atenea, Afrodita y Artemisa, las tres gracias que se habían quedado como en un engarróteseme a’i convertidas en estatuas de mármol y más frías que el Eneas despreciador de Dido. -¡Tan buena que estaba! (se interfirió a sí mismo, como en uno de sus relámpagos irascibles, el enojón libidinoso máximo jerarca del Panteón, del Parnaso y del Olimpo). No era posible tanta pedantería, dizque intelectual, de los endiosados espulgadores de la historia. Todos los héroes eran solo mentira. Ensoberbecidos preconizaban: Inventos para darles atole con el dedo, en términos de Huitzilopochtli, a los creídos humanitos siempre explotados por los poderosos asaltantes de los tronos y hacerlos vivir en el engaño de sentimientos de admiración que ayudaban a mantener el equilibrio psicosocial a los estados esclavistas, feudales, mercantilistas, capitalistas o comunistas que han existido en el chismoso planeta Tierra. Zeus confirmó que era necesario efectuar una junta urgente donde reunidos en mesas de discusión, los hermanos Bharata, el desconfiado Rama, Gilgamesh y su íntimo Enkidu, Sinuhé, el Egipcio, Moisés, el gran literato, el divino poeta David, el macanudo de Sansón, el caballeroso Roldán, el atlético Sigfrido, Rodrigo Díaz de Vivar (que seguía viviendo en su película, aunque lo mataron) y hasta Sherezada… y aún Safo, se pusieran todos ellos y ellas de acuerdo en las medidas por tomar para acallar a los historiadores hocicones. Zeus exclamó en el lugar honorífico de la mesa de debates: Resulta ahora que todos los héroes son invenciones, tanto que se equiparan a esos simplones de Tarzán, Superman, Batman y muchos otros manes inventados por mentes frívolas y sin grandiosidad, empeñadas en distraer y ofrecer alivio a las frustraciones de los insignificantes hijos de la prole y de sus explotadores. Imagínense que no hay niños héroes ni pípilas ni libertadores.- continuaba Zeus en su perorata celestial- Según ellos, historiadores chafas, todos son personajes que cumplieron una vida incoherente con su contexto y por eso contrastaron su época. Dicen. Todos se encuentran tan llenos de impurezas como cualquier hijo de vecindades malditas; si eran curas, tuvieron hijos; si eran revolucionarios tuvieron sus defectillos sexuales; hasta Sor Juana resulta que murió rica por tantos poemas que vendía y que la promotora virreina negoció en la corte virreinal y reinal como premio a los favores recibidos... Esos historiadores de los nuevos regímenes merecen un hasta aquí. Aunque, según recién me informa Mercurio, últimamente algunos sesudos se empeñan en demostrar que aún existen los Santos Reyes, pues muchos de ellos se han ganado su mirra, su incienso y su oro con las nuevas tendencias políticas y educativas de la trans. Acaso porque piensan que por lo menos ese mito hay que rescatarlo en bien de la ingenuidad terrenal. Ante el acabóse de la modernidad y el neoliberalismo, hoy los Santos Reyes son esperados como los salvadores del mundo. -¡Pamplinas!- gritó fúrica Palas Atenea.- Hay que quitarles tanta educación mecánica y convenenciera para reeducarles la imaginación y la fantasía. Sin ellas sólo son piedras rodantes. En coro- griego, por supuesto- los participantes míticos y heroicos se pusieron sus prosopones y sus coturnos y volaron por los espacios rumbo a todas las ciudades de la tierra. Pero llegarían ya tarde. La DEOQIS, con la SeCoSe, en combinación con la FUNESCO, RISA y ENSALCE, habían logrado cambiar los currícula para no hacer caso de imaginerías improductivas en la sociedad globalizada: Esto y nada más debe enseñarse. Lo demás para nada sirve. El enciclopedismo es una basura. La memorización idiotiza. Como muñequitos recortados por la misma tijera de la ignorancia, se comenzaron a producir alumnados competentes para el bienestar de los señores del poder. Entonces fue cuando los dioses, los héroes y los semihéroes desaparecieron de la mente humana. Había triunfado la nueva ley de educación utilitarista en el mundo. Zeus y los demás testimoniaron el borrón y la cuenta nueva. Pero el gran Dios miró fijamente a todos los de su asamblea y recuperando sus historias, esperaron la catástrofe. Cuando las jóvenes generaciones tomen conciencia de lo que les robaron los enajenados por los ismos. Un día retornarían…

LA LUNA ROJA Aquel cosmonauta atrevido había salido de nuestro bien ubicado planeta Tierra, un día muy de madrugada. Quería llegar a la luna en una súper cápsula espacial preparada para ello, por la ANSA (Astronáutica Nacional S. A.) e iba con dos compañeros igual de valientes. Formaban el trío volátil, según los noticieros sensacionalistas de las cadenas televisivas. No sospechaban siquiera lo que iba a suceder… Después de algunas semanas de peligroso viaje, alunizaron sin ningún contratiempo. Como si aquel acontecimiento hubiera sido ensayado con bastante previedad y de modo meticuloso, cual pregrabado en video tape, por lo que había salido a la perfección. Los tres viajeros espaciales querían descender al suelo lunar al mismo tiempo (Yo quiero ser el primero, pensó para sí cada uno), pero sus escafandras no podían salir simultáneas por la pequeña escotilla de la nave, así que se sortearon, y por fortuna, el señor Louis Armstrong ganó la partida y bajó. Cual no sería su estupor que cuando sus gruesas y pesadas botas para vencer la gravedad, y no flotar, se posaron en un suelo arenoso de color rojo, un tumulto de seres (¿Qué está pasando?), pequeños como duendes, lo amenazaron con fulgurantes rayos atómicos y le dijeron en perfecto lenguaje terrestre (inglés, obvio): ¡Welcome to Mars! El señor Armstrong quedó como hipnotizado y ,compulsivamente, de inmediato se comunicó a la Tierra diciendo que la huella humana se había estampado en la luna (¿Por qué estoy diciendo esto? Si no es…). Las cámaras de televisión a control remoto que traían aquellos tres astronautas, difundieron la portentosa imagen mediatizada por aquellos extraterrestres (Tenían que utilizar esta estrategia para impedir sospechas). Sin embargo, la realidad era más fantástica. Fue en ese momento cuando los Gobernadores Marcianos Unidos (Curiosamente exclamaron en español: ¡Acabemos con los terrícolas!) comenzaron a planificar la invasión a nuestro planeta. Los patrocinadores de los atrevidos navegantes del espacio se sintieron orgullosos de ser ya (habían llegado primero que la competencia…) los dueños de la luna (Marte), y próximamente, en un extremo de la ambición y triunfalismo (Somos invencibles.), del Universo y todas sus galaxias. Según su nacionalismo arrasador. Nadie se dio cuenta que las banderolas plantadas en aquella superficie, creída de la luna, por una extraordinaria manipulación que había alterado el curso original del vuelo, era la de Marte. Entonces el navegante atrevido y sus compañeros fueron clonados por los marcianos y aprisionaron a los originales (¡Déjenos!). Los clones se mostraron abiertamente y en la Tierra los jactanciosos terrestres se enorgullecieron de la victoria; esto les impidió apreciar que las estrellas de la bandera presuntuosa se habían vuelto rojas y sanguinolentas. Pronto sería conocida como la bandera de la invasión... (Y ya estamos en tu casa…)