Crónicas de Marianela

Part 8

Chapter 83,924 wordsPublic domain

Hay muchas personas propensas a convertirlo todo en misterio. Al trasmitir la más insignificante noticia exigen reserva. Proceden así por miedo. Son seres pusilánimes que temen verse comprometidos a cada instante. La recomendación de guardar reserva tiene siempre por origen la cobardía. Pero es verdaderamente curioso que los espíritus timoratos y débiles son precisamente los menos capaces de guardar un secreto. Parece natural que el temor a comprometerse debía hacerlos más reservados. La psicología humana es tan complicada, que ocurre justamente lo contrario. Un espíritu fuerte, resuelto, exento de temores, guarda mejor un secreto que un espíritu pusilánime y medroso.

Me han sugerido estas pequeñas disquisiciones sobre la psicología de los secretos dos cartas que he recibido de mis amigas Rosalía y Petrona. Recordarán mis lectoras la carta de Rosalía desde «Los Carpinchos», contándome su vida y milagros. Yo la publiqué en estas columnas, porque todo cuanto me decía mi excelente amiga constituye un ejemplo de buen juicio, de fortaleza espiritual y de perfecta casada. Según me dice Rosalía, le han escrito muchas amigas felicitándola por su buena conformidad en su reclusión voluntaria en la estancia, ayudando a su marido, con la gracia de su presencia, a reconstruir la fortuna, perdida, o muy quebrantada, en especulaciones y lujos excesivos. Parece que algunas amigas la llaman la divina pastora. Opina Rosalía que debí eliminar de la publicación algunos detalles íntimos de su carta; pero yo los dejé intencionalmente, por la pintoresca vivacidad que daban al relato. Rosalía, en resumen, está conforme con que yo haya revelado el secreto de su vida.

En cambio, Petrona está enojadísima por haber publicado su conversación conmigo. Yo siento mucho perder la amistad de esta muy querida amiga. La política no da más que disgustos... cuando se cultiva desinteresadamente. Petrona dice que he abusado de su confianza al decir que su marido, Eleuterio, aspira a la cartera de Agricultura en el próximo gobierno. Me parece que Petrona está un poco ofuscada. Yo creo que lo primero, para que un hombre llegue a ser ministro, es que se sepa que quiere serlo. Y, sobre todo, que conozca este deseo quien ha de nombrarlo. En tal sentido me parece que he hecho un favor a don Eleuterio en vez de causarle un perjuicio. Su deseo era un secreto; ya no lo es para nadie. Todo el mundo, según mi ex amiga Petrona, desea que su marido sea ministro. Pero todo el mundo no sabía si don Eleuterio estaba dispuesto a dar gusto a todo el mundo. Yo he aclarado este punto, llevando a conocimiento del país lo que necesitaba saber con toda urgencia, esto es: que don Eleuterio está dispuesto a consagrar sus luces, que son focos extraordinarios, a la agricultura y a la ganadería, puntales de la economía pública. Por otra parte mi patriotismo me obligaba a revelar el secreto de don Eleuterio, pues hubiera podido ocurrir que por desconocer su deseo quien ha de nombrarlo, que es hombre también de mucho secreto, perdiera el país la colaboración de un estadista que puede ser la lumbrera del futuro gobierno. Ya ve Petrona que en vez de una charlatana, como ella me llama en su colérica carta, he sido prudente y he obrado con suma discreción, velando por los intereses, siempre sagrados, de la patria. Lo inconveniente, por lo tanto, hubiera sido guardar el secreto, ocultando que los deseos de todo el mundo y de don Eleuterio son felizmente coincidentes.

Además, en política no hay secretos; todo acaba por saberse, aunque confusamente; y es casi seguro, aunque yo no lo hubiera dicho, que todo el mundo habría concluído por saber, o por sospechar, al menos, que don Eleuterio está dispuesto a ser ministro. Yo no he hecho más que ahorrar trámites, ganar tiempo, difundiendo la grata noticia de que el marido de Petrona aceptará la cartera de Agricultura. La misión esencial del periodismo es secundar la obra del gobierno, contribuyendo a su sólida organización. Y nada más sólido que don Eleuterio.

El resto de mis revelaciones carecía de importancia. Me limitaba a decir que, según Petrona, nadie sabe nada; todo es un secreto. Los secretos perfectos estriban precisamente en que nadie sepa nada, porque en cuanto alguien sabe algo, pronto lo sabe todo el mundo, hasta que, alterado el hecho de revelación en revelación, todo el mundo vuelve a no saber nada.

Estoy afligida. La política me ha hecho perder una excelente amiga. Maldigo de la política, y juro que nunca he de volver a meterme en ella.

LA DESVENTURA DE LUISA

Mi amiga Luisa está desconsolada. Ayer estuvo en mi casa, y, al contarme sus cuitas, rompió en llanto. Su gran desconsuelo no está en relación con la causa que lo produce. Mi amiga tiene fáciles lágrimas, y no menos fácil tiene la risa. Con esto queda dicho que es muy sensible a todas las emociones. Se casó hace un año con Daniel; una boda por amor, muy a gusto, además, de ambas familias, que pertenecen al cogollito de nuestra «haut». El noviazgo fué un idilio ante el cual palidecen los deliquios de Romeo y Julieta. En los salones, fiestas y saraos no se separaban un instante. Un escritor francés, un poco irónico siempre que habla de amor, dice que la causa de que los enamorados no se fastidien de estar juntos consiste en que siempre están hablando de sí mismos. Luisa y Daniel, en el trascurso de su noviazgo, no lograron agotar el tema. Su adhesión espiritual superaba cuanto ha imaginado el más excelso poeta lírico. Pero todo ha terminado, si nos guiamos por las copiosas lágrimas de Luisa.

--¡Ay, Marianela, qué desgraciada soy!

--¿Tanto, tanto?

--¡Mucho, mucho!

--Pues ¿qué te pasa?

--Que Daniel me abandona.

--¡Cómo! ¿Qué dices?

--Sí, me abandona. Ya no soy para él lo que antes era. ¡Así son los hombres!...

--Oye, Luisita; las mujeres hablamos mal de los hombres en general, y los amamos en particular. Este es nuestro error principal; error al cual se debe nada menos que la vida del universo.

--Bueno, bueno: no me vengas con historias, ni con filosofías. Lo que te digo es que yo soy muy desgraciada.

--¿Por qué?

--Porque me abandona... ¿no te lo he dicho? ¿no lo has oído? Me abandona, me deja sola. Vuelve a casa a las cinco y a las seis de la mañana; de día casi todos los días. Y las noches que se queda en casa--muy pocas--yo sé por qué se queda. ¡Ah, le conozco! Pero casi siempre se marcha.

--¿Y a dónde va?

--Dice que al Jockey; pero ¡quién sabe a dónde irá! Y esto es lo que me mortifica y me desespera.

--¿Pero tú no tienes medios de saber si realmente va o no va al Jockey? ¿Para cuándo está el teléfono? El teléfono es el mejor fiscal de los maridos distraídos en devaneos.

--Sí, ya pregunto; y, realmente, siempre está allí. En cuanto llamo, viene él mismo al aparato. Me dice unas cuantas tonterías--porque, eso sí, es de lo más galante--pero, hijita, se queda allí.

--Entonces, tus celos...

--Tengo celos del Jockey. Porque si el Jockey está antes que yo, ¡que se hubiera casado con el Jockey! ¿No te parece?

--No, no me parece. Es más: yo creo que si no fuera al Jockey, tú no le querrías tanto. Un marido un poquitín calavera--un poquito nada más ¿eh?--es más seductor, tiene más sal. La absoluta santidad masculina no suele hacernos absolutamente felices a las mujeres. Los santos--suponiendo que los haya--no están bien más que en el cielo. Aquí, en la tierra, los calaveras--claro, con medida--son más amados que los ángeles. Un ángel terrestre está un poco fuera de su sitio.

Luisita, inundados sus ojos de lágrimas, se ríe al mismo tiempo, y traduce así mis argumentos:

--Bueno; yo no querría que mi marido fuera un zonzo...

--No he dicho zonzo; he dicho ángel.

--Sí, sí, ya te comprendo, y tú también a mí. Las noches que se queda en casa, vieras, hijita, ¡qué alegría! Pero ¡se queda tan pocas!...

--Si se quedara muchas, la alegría sería menor. Si estuviera siempre a tu lado, quizá te entrara el tedio, que es el mayor enemigo del amor y la verdadera desgracia de las personas felices. Reflexiona sobre tu desazón y verás que no hay motivo para que sea tan grande.

--La verdad es que él es galante, cariñoso, espléndido. Mira qué collar me regaló el día de mi santo.

Luisita me muestra la sarta de perlas que lleva al cuello. «Pero Daniel no es bueno--agrega--porque me abandona».

--¡Magnífico collar!--exclamo.--La mayor parte de los hombres son más capaces de grandes acciones que de acciones buenas. Este regalo es una gran acción. Conténtate. Luisita, con tener un marido que, si no hace buenas acciones yéndose al Jockey todas las noches, hace grandes acciones regalándote collares como éste. Es posible que ambas acciones sean malas; pero esto pertenece al dominio de los economistas, donde no quiero meterme.

--Yo no quiero collares, yo no quiero perlas, yo no quiero más regalos que él mismo, su presencia, su compañía, que es para mí el mayor regalo. Pero se va ¡se va todas las noches y me deja sola! ¡Y es que ya no le intereso!

--No, Luisita, no. ¡Cómo no has de interesarle!

--O le interesa más el Jockey.

--Tampoco. El hombre comparte ambas seducciones: tu compañía y el trato de los amigos. Quizá distribuye mal el tiempo. Y el que lo distribuya mejor tiene que ser obra tuya.

--¿Y cómo?

--Disputándoselo al Jockey, procurando sustraerle de ese centro hípico. ¿Te enojas mucho cuando llega tarde?

--¿Y cómo no he de enojarme?

--Mal hecho. Es cuando debes ser más amable, más cariñosa. La primera y más importante cualidad de una mujer es la dulzura, una dulzura constante, inalterable, eterna. Oye, Luisita: nada hay más duro que una piedra; nada hay más blando que una gota de agua; pues bien: la gota de agua acaba por ablandar a la piedra. No seas roca, aunque tengas razón para ello, sino gota de agua, y acabarás por vencer. Nada de ira, nada de altercados y peleas. No es de hierro la mejor cadena, sino aquella que forman los blandos eslabones de nuestros brazos. La brusquedad no retiene: ahuyenta. Cuanto más tarde llegue Daniel, más tierna y más solícita debes ser con él. No hay mejor apoyo para la mujer que la propia blandura de su corazón. Esto, que parece nuestra debilidad, es nuestra fuerza. Un día Daniel reconocerá que obra mal: le remorderá la conciencia, y el grato recuerdo de tu bondad le arrancará del Jockey Club. Cultiva además tu espíritu y tu ingenio con buenas lecturas, de modo que tu conversación sea más vivaz y entretenida que la de sus amigos del Jockey, cosa que no te será muy difícil con poco empeño que en ello pongas. «El arte de la vida es hacer de la vida una obra de arte». Este concepto es de uno de mis poetas predilectos, a quien debo, en buena parte, la formación de mi pobre espíritu. Por lo demás, Luisita, el matrimonio es una serie de concesiones. En él, cada uno quiere, por medio del otro, alcanzar un fin personal; pero siendo el amor y el matrimonio la más espiritual combinación de egoísmos, la excesiva esclavitud o sometimiento de uno de los dos, refluye sobre el otro, en virtud de la fusión de las almas; de manera que tanto siente la esclavitud la esclava como la esclavizadora. Del conocimiento intuitivo de esta condición del amor, nace la tolerancia, el mutuo ceder, hasta que los egoísmos se convierten en recíproca generosidad. Cuando se quiere mucho se transige mucho.

--¡Ay, hijita, le quiero!... ¡tú no sabes cómo le quiero! Y con todo transijo, menos con que se quede toda la noche en el Jockey. Con eso no transijo, ¡no transijo y no transijo!

--Está bien, Luisita. No debes transigir. Pero la transigencia, como la intransigencia, tiene sus métodos. Se puede ser intransigente con bondad, con dulzura, con suavidad. No te pongas nunca furiosa; no seas agria, díscola, violenta. La cólera es el peor de los métodos.

--Cuando llega estoy lo más enfadada. Pero sólo con verle se me pasa el enojo. Su presencia es para mí lo que para los pájaros la aurora. Luego, ya sabes cómo es de gracioso y ocurrente. Hijita, empieza a hablar y a embromarme y... bueno, al ratito no más, ya me estoy riendo como una loca. No tengo carácter y, claro, hace lo que quiere.

--Tienes que disputárselo al Jockey.

--Sí, sí; pero, ¿cómo? ¿cómo? El otro día, no sabiendo ya qué hacer, me fuí al Socorro, a pedirle a la Virgen que me ayude a sacarle del club.

--¿Y se lo dijiste luego a él?

--Sí. ¿Y sabes lo que me contestó? Que otro día le pida a la vez que gane el premio internacional Torbellino, un caballo que ha comprado y con el cual sueña a todas horas. ¡Ay, Marianela, yo no sé qué va a ser de mí! ¡Ese Jockey!... ¡Ojalá se hunda! ¡Ojalá se quiebren las patas todos los caballos de carreras!...

Con estas maldiciones hípicas y un abrazo se despide mi amiga Luisita, que tiene fáciles las lágrimas y no menos fácil tiene la risa.

DESAVENENCIA TRASCENDENTAL

Alguna vez os he hablado de mi excelente marido y de mi felicidad inalterable desde el día en que el amor nos unió con la bendición del altar y la sanción de la ley. Por cierto que he recibido algunas cartas en que, si no censura, había cierta extrañeza por hablar yo de mi marido en estas crónicas superficiales, deleznables y pasajeras. ¿Por qué la extrañeza? Falta de costumbre en las lectoras, sin duda. Yo creo que lo que mejor se observa y sobre lo que mejor se discurre no es sobre lo extraño y lejano, sino sobre lo que está más cerca, sobre cuanto nos rodea y nos es propio. Como mejor se ven las cosas no es con telescopio ni con microscopio, sino con los ojos de la cara, directamente. Todo cristal para prolongar la vista deforma los objetos. Así, pues, estoy convencida de hablar de mi corazón con más acierto que sobre el corazón de los demás, y tengo también la evidencia de que comprendo y expongo mejor lo que pasa en mi recogido hogar que aquello que está sucediendo en los dilatados ámbitos del universo. Creo además que, partiendo de lo particular e inmediato, se ve mejor lo general, mientras que, procediendo a la inversa, quizá no logremos ver ni lo uno ni lo otro, ni lo general ni lo particular. Y en último caso procedo así porque mi alicorta inteligencia carece de vuelo para generalizar. Mis pequeñas facultades de observación no pasan del reducido mundo que me rodea, de mi casa, de mis amigas y del centro social en que--por dicha mía--me ha tocado nacer y vivir. Pero abandonemos este tema. Creo que lo dicho basta como respuesta al punto a que se refieren mis discretas y amables comunicantes. Y vamos a nuestro asunto.

Jorge, mi marido--lo diré una vez más,--es un hombre adorable. Toda palabra humana es pálida para revelar la intensidad de mi cariño. Ante su presencia mi corazón es un altar encendido para adorar su bondad, su nobleza y su inteligencia. Sin embargo, la otra noche, en la mesa, hemos disputado por primera vez, amablemente, eso sí, pues no podía esperarse otra cosa de la cultura de Jorge y del respeto que, aun estando en desacuerdo, me inspira siempre la palabra cortés y discreta de mi marido.

La causa de la discusión fué nuestro hijo, Jorgito, un niño de cuatro años, que es el doble eslabón de nuestra eslabonada vida, un eslabón de rulos rubios que nos da la sensación de unir apretadamente nuestros corazones aquí, en la tierra, mientras dure nuestro aliento mortal, y allá, en el cielo, cuando nuestras almas se desprendan de la materia transitoria.

Estábamos en los postres. El niño jugaba con una manzana, haciéndola rodar, una vez en dirección hacia su padre, otra vez hacia mí. La diversión del chico consistía en engañarnos, amagando hacia mí y dirigiéndola hacia Jorge, o viceversa. Nosotros nos dejábamos engañar, resonando en nuestras almas las risas alborozadas de Jorgito. Mi niño se ríe como deben reirse los ángeles cuando salen en el cielo las auroras. De pronto dijo mi marido:

--Se va a parecer a mí, en carácter y en todo.

--No lo creo--respondí.

--¿No lo crees, o no lo quieres?

--Ni lo creo ni lo quiero.

--Entonces quieres decir que no soy yo un modelo digno de seguirse.

--No quiero decir eso. Yo creo que tú eres un modelo; para mí, al menos, lo eres; quizá para otra no lo fueras, a pesar de tu bondad ingénita y de todas las condiciones morales con que prendaste mi corazón. Pero los gustos no son iguales y hasta se dan muchos casos de aberración en el gusto, gustando lo peor. Hay hombres de cualidades detestables que son muy amados por mujeres inteligentes. La psicología humana, la femenil sobre todo, es un arcano de complicaciones. Hay mujeres que aman más profundamente cuanto más irregular es la conducta del marido. El martirio es para ellas un estimulante espiritual. La perfección les produce tedio. Sólo hallan la felicidad por contraste con los disgustos. Un marido un poco calavera, algo donjuanesco, un poco embrollón en sus justificaciones, tiene para ellas una seducción misteriosa. Son imaginaciones perturbadas, una manera de ser que no se vence con la educación ni con ninguna pedagogía. Ya ves que para una de éstas tú no serías un modelo, aunque para mí lo eres, que es lo principal.

--No comprendo cómo, teniéndome tú por un modelo de hombre, no deseas que nuestro hijo se me parezca.

En este momento Jorgito rompió a llorar, porque no hacíamos caso del rodar de su manzana. Ambos le cubrimos de besos. Luego quiso sentarse en mis rodillas, como de costumbre, después de cenar. Levantó sus ojitos hasta los míos, en una tiernísima mirada de despedida, precursora del sueño, y recostando su cabeza sobre mi pecho, se quedó dormido. Su pequeño corazón latía sobre el mío, fundidos ambos en ritmo de amor inefable.

--Es ilusión de todos los padres querer que sus hijos se parezcan a ellos. Este deseo lo sienten igualmente los esposos modelos, los padres ejemplares, como tú, que aquellos otros que carecen de estas virtudes. Pero esta ilusión sale siempre frustrada, tanto para aquellos que pudieran erigirse en ejemplo, como para los que están muy lejos de ser modelos dignos de imitación. La paternidad, como la maternidad, anhela, no sólo la reproducción de su imagen física, sino también de la espiritual. Ello es una quimera. La Naturaleza no se repite; nada hace igual; la más absoluta variedad es su principio creador. Yo, en mi ignorancia, no sé dar una explicación científica; posiblemente no habrá ninguna ciencia que lo explique. Pero sin auxilio alguno de los libros sabios, a simple vista no más, podemos ver esta milagrosa variedad de los seres. Y bastan unos simples rasgos para producirla. El rostro humano se compone de tres elementos: unos ojos, una nariz y una boca. Y cada ser que integra la humanidad es distinto. No cabe con menos recursos una diferenciación mayor. Ni con los siete colores del prisma, ni con las siete notas del pentágrama, en sus combinaciones innúmeras, se puede producir en los colores y en los sonidos una variedad tan asombrosa como la existente en las fisonomías humanas. En la misma manera de andar, en el aire, nos diferenciamos. Las aves de una misma especie se diferencian igualmente; cada tero, cada chimango, tiene personalidad en su vuelo; cortan el aire y cruzan el espacio de una manera propia, haciendo giros y piruetas que caracterizan la particularísima idiosincrasia de sus alas y la gracia individual del espíritu que en el ámbito azul las mueve.

Jorge se ríe de este pequeño, empírico y trivial curso de historia natural.

--Pero hablábamos--me dice--del orden moral.

--Ocurre otro tanto. El espíritu y la razón tienen tantos grados y diferencias como criaturas existen en el mundo. Tampoco hay caracteres iguales, como no hay un timbre de voz igual a otro, ni una mirada igual a otra mirada. Nuestras almas son tan distintas como nuestros rostros.

--Yo no he hablado de una identidad absoluta entre Jorgito y yo, sino de un parecido moral. ¿Por qué no quieres que se me parezca?

--Porque quiero que sea original, único. Yo deseo que sea bueno, tan bueno como tú, pero con una bondad propia, con la suya. Porque así como hay muchas maneras de ser malo, hay también muchas de ser bueno. En todos los libritos de mística, en todos los devocionarios, leerás estas sencillas palabras: «las vías del Señor son innúmeras», queriendo expresar con ello que los caminos para llegar al cielo son infinitos; que hay, en fin, muchas formas de ser buenos y de practicar el bien. Y yo quiero que Jorgito tenga su camino propio, hecho por la huella de su alma, como deseo que tenga en el mundo un puesto digno, conquistado por su propio esfuerzo, aunque, claro está, nosotros hemos de ayudarle; pero quiero decir que mi deseo es que en su lucha por la vida tenga armas propias, suyas, originales, obtenidas por medio de una interpretación personal del mundo. Y si Dios, en su infinita bondad, se dignara concedernos la suprema merced de besarle en la frente e iluminar su inteligencia con los destellos del genio, desearía igualmente que fuera la suya una genialidad única, personal, sin parecido alguno con las demás lumbreras que han florecido en la tierra. Quiero, pues, que sea un modelo, pero no imitado ni imitable. Deseo para él el don de la máxima personalidad.

--¿Tú no sabes que los seres muy originales no suelen ser los más felices?

--Yo creo que lo más desdichado es no tener personalidad.

--Ya que no quieres que se parezca a mí, supongo que, en algo, desearás que se parezca a tí.

--En una sola cosa. Deseo que cuando se case tenga por su compañera la intensidad de amor que yo siento por tí. Es algo difícil...

--No, no; en esto no transijo. Quiero que su amor sea como el mío por tí.

--Bueno: arreglemos este punto; que acumule en el suyo el de los dos. ¡Vaya una suerte que espera a la futura!...

Jorgito seguía dormido con placidez encantadora. Le llevamos a acostar. Su padre arregló el almohadón de la cuna. La cabecita de rulos rubios parecía una rosa dorada. Nos quedamos mirándole, mudos y conmovidos.

--Después de todo lo que hemos hablado--dijo Jorge--quién sabe la suerte que le espera en el mundo.

--¡Ay, sí, quién sabe, quién sabe! ¡Que Dios te proteja, alma de mi alma!...

LAS REINAS EN LA GUERRA

En medio de la tragedia de los pueblos, los reyes continúan en perfecta salud. «Y esto es lo principal», como decían los cortesanos de Versalles en tiempos de Luis XIV.

La salud del rey, en momentos de hondas perturbaciones y cataclismos sociales, es de una importancia fundamental. En las guerras, como en el ajedrez--que es el remedo más perfecto de las batallas,--el desastre definitivo está en el jaque-mate al rey. Mientras no se pierden más que alfiles, peones, caballos, torres, o la dama, la partida, con todos sus accidentes, tropiezos, errores tácticos y estratégicos, no está aún perdida. Pero, cuando se pierde el rey, cuando sufre jaque-mate, todo se acabó de una manera irremediable y definitiva.