Part 7
Pero luego, al ir ganando vida, me puse lo más dengue y melindrosa. La tendencia de todo enfermo es envolver a todo el mundo en el tono de su dolencia. Mi enfermedad era la cosa más importante que había existido en el mundo. A Jorge le he mareado, afirmándole a cada momento que he estado al borde del sepulcro. Le he preguntado mil veces si lloró cuando estaba tan mal; él dice que no, porque siendo muy tierno, tiene el pudor de no demostrarlo; pero yo sé, por las sirvientas, que andaba gimoteando por los rincones. También le preguntaba si se hubiera vuelto a casar si yo llego a morirme. Su respuesta fué muda, pero elocuente. Nada espiritualiza tanto el amor como el envolverlo en la idea de la muerte, pues con ello se traslada al mismo cielo. Ya ves cómo una pequeña enfermedad puede dar sublimidad a la vida. Si la humanidad fuera inmortal se vulgarizaría de una manera deplorable.
Esta charla a grifo suelto es ya muy larga. Y no he hablado aún del interesante contenido de tu carta. Te felicito por tu actitud al encerrarte en la estancia, ayudando a Ricardo a reconstruir la fortuna. Pero de todo esto hemos de hablar despacio otro día. Entretanto, hago votos por el crecimiento de vuestros rebaños, porque tus cisnes sigan tan fastuosos, tan lindos tus patitos y tan ponedoras tus gallinas. Jorge me encarga te salude, lo mismo que a Ricardo. Y tú recibe mi más estrecho y apretado abrazo.--=Marianela=.
LAS INQUIETUDES DE PETRONA
Ayer vino a visitarme mi amiga Petrona. Tomamos té y charlamos mucho, mejor dicho, charló Petrona, porque yo apenas hice más que oirla.
Petrona es una excelente mujer; buena esposa, tierna madre, bondadosa suegra. Si las virtudes domésticas merecen la canonización, Petrona es digna de un sitio preferente en el santoral.
La economía privada de toda la familia de mi amiga gira en torno de la economía pública del Estado. Petrona está casada con un hombre de notorio talento, muy bueno además, que ha sido dos o tres veces ministro en gobiernos ya un poco remotos. Es abogado, carrera admirable que, entre nosotros, supone aptitudes para todo género de funciones. Y así el marido de Petrona lo mismo puede dirigir la Hacienda que la Instrucción Pública. Sin embargo, parece que su fuerte es la agricultura y la ganadería. Hace tiempo escribió una memoria--resumen de otras varias escritas en otros países--sobre cultivos donde no llueve, deduciéndose del luminoso estudio que es mejor sembrar donde las lluvias son regulares. Este notable descubrimiento da idea de la solidez de juicio y la serenidad reflexiva del marido de mi amiga. Suele también, de tarde en tarde, escribir algunos artículos en los grandes diarios acerca del porvenir de la ganadería, «nuestra industria madre». Estos artículos, por lo que toca a si existe o no aumento en el número de cabezas, están inspirados por un prudentísimo sentido dubitativo. La cabeza racional del ex ministro no aventura nunca afirmación alguna sobre las cabezas irracionales, mientras la razonadora estadística no las haya contado de una manera perfecta. En cambio es resueltamente afirmativo al sostener que no se deben vender ni exportar las vacas, que constituyen «la gallina de los huevos de oro». Este extracto que hago aquí de las fundamentales ideas del marido de Petrona basta para demostrar que no podía estar en mejores manos el tesoro agrario del país.
Mi amiga tiene tres hijas casadas: Margarita con un alto empleado de un ministerio; Petronila, con un secretario de legación; y María Inés, con un ingeniero burócrata que nunca vivió en carpa, lo que no le impide discutir, desde la oficina, las obras que otros ejecutan en el campo.
Descripta la familia, fácilmente se explican las inquietudes de mi amiga Petrona en este histórico momento político. Tiembla por todo y por todos. Está alarmadísima ante la idea de que el nuevo gobierno considere inexistente a su marido como ministrable: destituya al yerno empleado; declare disponible al diplomático; y, por último, haga salir de la oficina al ingeniero, enviándole a ejecutar obras y realizar mensuras y planimetrías en los desiertos.
--¿Pero qué va a pasar aquí, Marianela? ¿Tú no sabes nada?
--Nada.
--Ni nadie, hijita, nadie sabe nada. ¡Qué cosa! ¿no? Es una cosa tremenda. Un Presidente tan callado, tan mudo, tan metido en sí mismo, sin vérsele en ninguna parte. Yo no me lo explico. Todo el mundo, cuando obtiene un nombramiento o es objeto de una alta distinción honorífica, es comunicativo, cordial, expansivo, deseando ver amigos y conocidos para hacerles partícipes de su íntima satisfacción.
--Es verdad Petrona: la satisfacción es la única cosa que aumenta dando participación; todas las demás cosas disminuyen repartiéndolas.
--Cuando a mí me nombraron presidenta de las «Hermanas de Santa Catalina» no pude parar un momento en casa. En seguida vine a contártelo. Y de aquí me fuí a casa de otras amigas con el mismo fin. ¡Es tan grato recibir parabienes, enhorabuenas, congratulaciones! No vale la pena de obtener una presidencia si luego no gozamos de esas mil manifestaciones con que los demás celebran nuestro triunfo.
--¿Crées que lo celebran?
--Bueno; lo celebren o no, hacen como que lo celebran y nos lo dicen, y ello es siempre halagador para nuestros oídos. Por mi parte--¡qué quieres, Marianela de mi alma!--no me explico ese silencio, ni esa reclusión, sin dejarse ver de nadie.
--¿Y qué te importa?
--Pero ¡cómo no ha de importarme! En primer término, ya sabes que Eleuterio, mi marido, es de lo poquito bueno que existe entre el elemento político. Nadie puede decir nada de él. Y mira que pudo hacer cosas cuando estuvo en el gobierno. Pues, nada, salió con una mano atrás y otra adelante. Y además de honesto, ya sabes que hay pocos que sepan más que él. Todo el mundo le señala para Agricultura. Sabe todo lo que se puede hacer con la tierra.
--Excepto adquirirla....
--Cierto, hijita, excepto adquirirla. ¡Ah! ¡Si me hubiera hecho caso a mí! Bueno; pues, como te digo, todo el mundo señala a Eleuterio como ministro de Agricultura. También tú lo habrás oído decir.
--¿Cómo no? Lo dice todo el mundo, y a la vez todo el mundo lo oye. Los rumores se forman así, hablando y oyendo todo el mundo simultáneamente.
--Pero, hijita, no hay forma de saber nada. Ya sabes que yo no soy politiquera--la mujer en su casita--; pero, claro, he tratado de explorar, de averiguar algo por medio de una amiga que es muy amiga de una parienta del doctor Crotto. Nada, hijita, no he podido saber nada, porque el doctor Crotto tampoco sabe nada. Nadie sabe nada. Es horrible esta duda. Eleuterio está sereno; espera tranquilo. Ya conoces la gravedad de su carácter. Cuando alguien le habla de ser ministro, cambia de tema. Y se pone a conversar de cultivos, de riego, de sistemas colonizadores. Está lo más preocupado por la falta de buques para trasportar la próxima cosecha. También le preocupa mucho el maíz. Dice que el maíz se lo deben comer los chanchos de aquí y no los chanchos de Europa. ¿Qué más dará?
--No, Petrona; lo que quiere decir Eleuterio es que es mejor exportar carne que maíz.
--¡Ah!...
--El chancho valoriza el maíz comiéndoselo.
--Pero si se lo come, ya no hay maíz.
--Pero queda el chancho.
--Es verdad. ¡Que tonta soy!
--Se trata de una máquina viva de trasformación. Pero abandonemos este punto tan poco espiritual. Sigue, Petrona, sigue...
--Pues, nada, que no se sabe nada. Rumores y más rumores, y al fin... nada. Eleuterio estuvo en el Parque, y yo creo que esto se tendrá en cuenta. Entonces estábamos de novios, y no te puedes imaginar cómo me conmoví cuando vino desde el cantón a verme, en un ratito de armisticio. Luego, al volverse al cantón, ¡qué escena! Yo no le dejaba; lloré, supliqué. Pero él, con esa gravedad tan suya, me dijo: «Primero está el deber, Petrona». Siempre ha sido lo más esclavo del deber. Y se fué. Sufrí un síncope, y, cuando se me pasó, la figura de mi novio se me agigantó en el espíritu con proporciones napoleónicas.
--El amor es un cristal de aumento.
--Luego Eleuterio abandonó el partido. Figúrate; veinticinco años de abstención. ¿Quién está tantos años abstenido? Además, no tenía derecho Eleuterio de privar al país del concurso de su talento. Es lo que le dijo el general Roca y le repitió el doctor Pellegrini. «El país necesita de usted»--le dijo el general. Ya sabes la habilidad que tenía el general para atraerse a los hombres de valer. Y aunque Eleuterio ha sido constante en sus principios, aceptó, por patriotismo. Pero él es siempre el mismo hombre de acero.
--El cañón y el florete se componen de igual materia; y aunque el florete se doble y el cañón no, ambos son de acero. Sigue, Petrona...
--Yo creo, Marianela, que lo importante en un hombre político es su origen, lo que fué primero, no lo que fué después. Lo primero es lo primero. Y él fué revolucionario, contribuyendo con su sangre...
--Creo que exageras, Petrona.
--Bueno; si no fué con su sangre, porque tuvo la suerte de no caer herido, contribuyó con sus tiros al éxito de ahora. Y esto, unido a su talento y a lo mucho que sabe, son títulos suficientes para... en fin, hija, por algo le señala todo el mundo para Agricultura.
--Todo el mundo tiene siempre razón, Petrona.
--Es lo que digo yo.
--Y todo el mundo...
--Pero no se sabe nada. No hay forma de saber nada. Y lo que más me alarma es que los muchachos, mis yernos, se queden en la calle...
--¿Tú crées?...
--¿Y cómo no?...
--¿No están seguros?...
--¡Qué esperanza!... Se dice que en las reformas va a caer medio mundo. ¡Figúrate! ¿Qué va a ser de las muchachas?
--¿No tienen posición tus yernos?
--Ni donde caerse muertos; el empleo, y nada más. El de Margarita, el que está en el ministerio, está muy considerado; pero... ¡vete tú a saber lo que pasará! Parece que más bien ha sido demócrata. Ya se lo decía yo todos los días: «Andate con cuidado, que Lisandro no llega; se queda no más en el último recodo». El de Petronila está con ella allá, en Europa, en una legación. Si le declaran disponible, se tendrán que venir no más. ¿Y cómo ponen casa? ¿Con qué? Además. Petronila está ya acostumbrada a esa vida de las embajadas y de las recepciones. ¡Cualquiera la acostumbra a vivir en una casita en Flores o en Belgrano, después de haber alternado con princesas, duquesas y marquesas! ¡Tan luego ella!... que es de lo más aristócrata y no habla más que de gente copetuda. Cuando el Centenario se hizo lo más amiga de la infanta Isabel. Y siempre nos escribe Petronila para que trabajemos aquí, a fin de que trasladen a su marido a España. Sí, sí... adonde me parece que le van a trasladar es a Buenos Aires. Pues de la otra, de María Inés, la del ingeniero, no te digo nada. Si envían a su marido al Chaco o a Misiones, Inesita se muere. ¿Cómo se separa de él? ¡Ni pensarlo! ¿Y cómo va ella al desierto? ¡Qué esperanza! En fin, hijita, un conflicto, mejor dicho, tres conflictos. Tendremos que cargar con todos en casa. Ya se lo he dicho a Eleuterio. La casa es grande y caben todos. Pero, aunque mis yernos son buenos y las muchachas lo mismo--ya sabes lo bien que las he educado--pues, claro, nunca faltarán desavenencias, disgustillos, incompatibilidades de carácter; porque, naturalmente, donde hay tanta gente, ¿cómo entenderse todos bien? Te aseguro, Marianela, que no sé qué hacer; si traerlos a todos a casa o dejarlos que se las compongan como puedan, ayudándolos, eso sí, ¿cómo no va una a ayudar a sus hijos? con algunos pesos, no muchos, porque, la verdad, tampoco nosotros andamos muy boyantes; pues Eleuterio se metió los otros años, cuando el barullo de los terrenos, en algunas especulaciones, y al venirse todo barranca abajo, como él es así, ha pagado a todo el mundo y nos hemos quedado medio en la calle. Yo le decía que hiciera como los demás; pero ¡qué esperanza! Siempre me respondía lo mismo: «Ante todo el deber, Petrona». Claro que el deber es el deber; pero también quedarse medio fundidos cuando los demás, hijita, hacen lo que hacen, tratando de salvarse, aunque haya que clavar a medio mundo...
--No te apures, Petrona; todo se ha de arreglar.
--Hijita, no sé cómo. Si Eleuterio fuera a Agricultura, sí, se arreglaría todo; porque estando él en el gobierno nadie se atrevería a mover a mis yernos. Pero, hijita, no se sabe nada; no hay manera de saber nada. ¡Qué cosa! ¿no? ¡Es una cosa tremenda! Luego, Eleuterio es así; no da un paso; no hace ninguna gestión; espera tranquilo. Cuando yo le hablo del asunto mueve la cabeza con incredulidad. «Pero si todo el mundo lo dice», agrego yo. Y él responde: «En nuestro país, todo el mundo es el Presidente». Y no dice más. Se encierra y se pone a leer unos libros muy grandes en que hay pintadas plantas de trigo y de maíz, ovejas, vacas y caballos, arados y máquinas. Bueno, Marianela, me voy.
Petrona se pone el abrigo y se dispone a salir.
--Todo se arreglará--repito, por vía de consuelo.
--Tiemblo, hijita, tiemblo. No se sabe nada; no hay manera de saber nada. Y es terrible esto de no poder averiguar nada en ninguna parte.
PEQUEÑA DEFENSA DE LA MURMURACION
Toda la humanidad condena la murmuración y toda la humanidad la ejerce con gusto y la sufre con disgusto. Nadie puede decir que no ha murmurado en su vida; nadie tampoco puede asegurar que se vió libre de la murmuración de los demás. En esto somos todos, simultáneamente, victimarios y víctimas, roedores y roídos. La condición murmuradora debe tener raíces muy hondas en el espíritu humano cuando ha resistido la crítica de los filósofos y moralistas de todos los siglos y sigue resistiendo con toda lozanía la condenación general.
La murmuración es, ante todo, una cosa agradable. No hagan aspavientos ni remilgos mis lectoras. A todas nos gusta murmurar: todas murmuramos, y la vida sin murmuración sería aburridísima y tediosa. Quedamos, pues, en que es agradable murmurar. Ahora bien: ¿es conveniente? Yo creo que sí. No se escandalicen mis lectoras. La murmuración (no confundirla con la maledicencia, que es cualidad ruin) es una forma de crítica leve ejercida en tertulia sobre el carácter, gustos, aficiones y manera de conducirnos en sociedad. La idea de ser motivo de murmuración influye poderosamente en nuestro espíritu para corregirnos de muchas ridiculeces y tonterías, de muchas vanidades, de muchos pequeños defectos. Ella es un freno para dominar los impulsos de nuestro carácter, para medir nuestras palabras, para ordenar nuestras ideas, para componer armónicamente nuestras maneras y gestos. A la murmuración se debe casi todo el progreso de las costumbres y el refinamiento del trato social. La misma moda le debe su armonía; todo el mundo teme exagerar, ajustando su gusto a las convenciones generales. Suprimid la murmuración, y los impulsos individuales harán imposible la vida de relación. La murmuración nos pule, nos corrige, nos afina. El grado de perfección íntima que vamos alcanzando lo debemos, más que a nuestro propio esfuerzo, a la crítica de los demás, a la murmuración. Su mismo carácter discreto, silencioso, en voz baja, hace que sea más eficaz. Una crítica franca, clara, en voz alta, nos exaltaría, induciéndonos a la rebeldía, más que a corregirnos. A pesar de su índole cautelosa, la murmuración corre mucho. Don Quijote dice que la murmuración en voz baja tiene un alcance mucho más prodigioso que la bocina de Rolando, que se oía desde Roncesvalles hasta Zaragoza. Don Quijote rechaza la murmuración, sin duda por ser el único Caballero perfecto que ha existido en la tierra y no merecer su conducta el menor reproche. Sin embargo, fué objeto en vida de grandes murmuraciones y se murmura mucho aún de su santa memoria.
La justicia de la murmuración salta a la vista, teniendo en cuenta que ella, por abundante que sea, es siempre inferior al número de nuestros defectos. Con tener la murmuración ojos de lince, nunca los ve todos. De manera que, siendo exacto este principio, en vez de desear su abolición, debemos fomentarla. Se murmura poco todavía...
El otro día, hallándome en una fiesta social, me refería un amigo erudito esta frase de Pascal: «Si los hombres supieran lo que dicen unos de otros, no habría cuatro amigos en el mundo». No habrá muchos más. Mi amigo, como todo erudito, es algo inocente y cree que los hombres no saben que todos murmuran de todos.
Metastasio era más profundo que Pascal en cuanto atañe a la psicología del murmurador. En su «Clemencia Tito», dice lo siguiente: «Si le mueve la ligereza, no le hago caso; si es la locura, le compadezco; y si sólo son sus ímpetus de malicia, le perdono».
He ahí una sabia posición contra los murmuradores. Pero ¿y si la murmuración es justa, como sucede casi siempre? Claro que el murmurado tiende a creer que es injusta, suponiéndola muy justa cuando él se convierte, a su vez, en murmurador.
La civilización tiene su origen en un vasto conjunto de temores, desde las leyes escritas hasta las prácticas sociales. Al temor a la murmuración debemos en gran parte la lenta y trabajosa perfección de nuestra conducta. El ejercicio de la murmuración tiene sus dificultades: hay que ser espiritual, ingenioso, prudente, observador, hábil de expresión. De lo contrario el murmurador, en lugar de crucificar a los demás, se crucifica a sí mismo.
Muchas personas se alaban de no ser murmuradoras. Yo no creo que exista absolutamente nadie que no haya murmurado alguna vez. Las que murmuran poco no suele ser por virtud, sino por falta de ingenio. Además, no hay tal virtud en no murmurar, ya que de la murmuración general, como hemos demostrado, surge el progreso de las costumbres, como de la crítica estética dimana el progreso de la belleza. El mundo todo es un continuo rumor murmurador. Dios lo hizo en seis días y lo entregó a la murmuración de sus hijos por los siglos inacabables.
LOS SECRETOS
El abate Delille, traductor de las «Geórgicas» y autor de «Los jardines» y de un ditirambo para la fiesta del Sér Supremo, en los turbulentos días de la Revolución Francesa, era un hombre dulce e ingenioso. Un día quiso sorprender a la Academia Francesa, en la cual entró en 1774, leyendo unos versos de carácter virgiliano. El buen abate deseaba mantener el secreto de esta lectura hasta el momento de realizarla; pero le costaba mucho contenerse. La víspera de la recitación encontróse con un amigo y le expresó así sus temores sobre su pequeño y poético secreto: «Quisiera que nadie lo supiese de antemano; pero temo decírselo a todo el mundo».
En estas pocas e ingenuas palabras del abate Delille está encerrado el secreto de la propagación de los secretos.
¿Por qué nos cuesta tanto guardar un secreto? Muchas son las causas psicológicas que nos impulsan a la revelación. La primera de todas estriba en que un secreto es una especie de carga, de la cual sólo nos libramos soltándola en otros oídos. La misma razón que tuvo quien nos trasmitió el secreto la tenemos, a nuestra vez, para trasmitirlo. «Se lo digo a usted en secreto». Esta frase tan generalizada es una verdadera paradoja, pues una vez comunicado deja de existir el secreto en nuestra conciencia. En realidad, un secreto es un pequeño martirio, un pequeño cilicio, un leve hormigueo de la memoria, una ligera y constante inquietud del espíritu. En medio de la multiplicación de nuestras ideas, de sus vuelos y revuelos, de nuestros anhelos diarios, de nuestros quehaceres, de nuestras tristezas y alegrías, el secreto está clavado en nuestro cerebro, ocupando una gran parte de su actividad. Esta fijeza, esta permanencia concluye por ser molesta. Necesitamos desembarazarnos de este estorbo. Y ello no se logra más que con el olvido. Ahora bien: para olvidar una cosa, el único medio eficaz es comunicarla. Así, pues, los secretos van corriendo de boca en oído por la necesidad psicológica de olvidarlos. La reserva, la incomunicación, hace que el secreto acabe por convertirse en idea fija, en obsesión, en manía. Los mismos criminales prefieren la cárcel y la horca al peso de su secreto. De ahí que acaben siempre por declarar su barrabasada. Edgard Poe tiene un cuento espeluznante sobre este punto. Un marido ha emparedado a su mujer; pasan muchos años; nadie sospecha que haya cometido tal delito. Un día el propio marido señala a la policía el muro donde se halla el esqueleto de su cónyuge. El hombre no podía aguantar por más tiempo su propio secreto.
La variedad de los secretos es infinita. Y los que más cuesta guardar son aquellos de carácter pintoresco, aquellos cuya revelación sabemos que ha de regocijar a quienes los trasmitimos. La idea de divertir a los demás implica cierto altruísmo que disculpa la divulgación. El prurito de mostrarnos enterados nos induce otras veces a lanzar la noticia que nos comunicaron con toda reserva. La comunicamos también «reservadamente», y, poco a poco, de reserva en reserva, la noticia acaba por convertirse en el secreto del Polichinela. Frecuentemente, el deseo de dar una prueba de amistad nos impulsa a romper el sigilo que prometimos. Como con la familia no debe haber secretos, he ahí otro motivo justificado para la revelación. Siempre, en fin, hallamos una causa aprobatoria de nuestra indiscreción. Pero, en realidad, el verdadero origen radica, como hemos dicho, en que un secreto abarca una zona excesiva de nuestra memoria y de nuestro espíritu, acabando por sernos insoportable su peso. La comunicación, aunque sea a una sola persona, con las «reservas» del caso, nos liberta de esa especie de tiranía que el secreto ejerce en nuestra conciencia. Una vez soltada la noticia, parece que nuestro espíritu y nuestra memoria se aligerasen, como si se levantara la piedra que obstruía el aleteo de nuestra vida interior. Respiramos...
Un secreto nunca se trasmite como se recibe. Siempre se le agrega algo. Aquí el arte se complica con el problema moral. Porque toda persona es un artista de sus propias narraciones. Al trasmitir un secreto, conservando lo fundamental, le añadimos el cúmulo de nuevos detalles que nos sugiere la fantasía. Y así, de trasmisor en trasmisor, de cuentero en cuentero, o de chismoso en chismoso, la noticia o secreto llega a trasfigurarse casi en absoluto. Por esto en la Historia, que es, como dice Galdós, la destilación del rumor de los siglos, todo es discutible. Cada historiador, con unas cuantas verdades--si acaso las halla--arma su cuento como le parece. Yo entiendo poco de este vastísimo problema por la insuficiencia de mis conocimientos y mi alicorta reflexión; pero mi marido, que gusta leer a los filósofos, dice que hay uno--no recuerda cuál--que no cree en la historia antigua, desde que ha visto escrita la historia moderna.
Por virtud de los agregados, un secreto divulgado puede volver a ser un secreto perfecto. No hay paradoja. Me explicaré. Un secreto, un verdadero secreto, supone un hecho cierto, un suceso ocurrido. Los agregados que cada indiscreto le va poniendo pueden alterar completamente el hecho, trasformarlo en absoluto. Con esta alteración radical de la verdad, el hecho vuelve a quedar en secreto. Más claro: los secretos vuelven a serlo por la mentira armada entre todos los reveladores. De manera, pues, que cuanto más se divulga un secreto mayores son las probabilidades de que sea guardado. Cuanto más se propala más se conserva, porque al fin queda sepultado bajo la balumba de agregados embusteros. Y así, en suma, el mayor secreto es el secreto a voces.