Crónicas de Marianela

Part 4

Chapter 43,918 wordsPublic domain

He consultado con mi marido el concepto económico de Chamfort sobre las modas. Mi marido, especialista, como sabéis, en la ornitología noctívaga de nuestras pampas, posee también vasta cultura en otras ramas del conocimiento humano, además de un buen juicio y un equilibrio fuera de toda ponderación. Es una gloria estar unida a un hombre tan inteligente. Quizá sea ministro de Agricultura en la próxima situación. Le sobran méritos para ello. Además, debo recordar aquí, por lo que pueda influir, que estuvo en el Parque. Bueno: pues mi marido me ha dicho que existe otro filósofo (se me ha olvidado el nombre) que retruca a Chamfort, diciendo que «las modas son el medio de que se vale el rico para alimentar al pobre». El concepto es diametralmente opuesto, y yo no sé cuál de los dos será el exacto. Mi marido, que es algo burlón, un ironista, un poco dado al titeo filosófico, que es la sal de la reflexión, dice que da lo mismo que tenga razón Chamfort o el otro, o ninguno de los dos. Y añade el muy tuno que la cuestión «fundamental» es que yo esté linda, sea cual fuere la filosofía de la moda...

LOS «TRAMITADORES»

Ya hemos hablado de la presentación en sociedad, del amor y su apariencia, del cariño, del espíritu nuevo que forma un largo convivir, del matrimonio, del «gancho», del «sí» y del «no» de las niñas, de las «planchadoras», de la moda y el diablo. Hemos tocado, en fin--tocar nada más--temas graves y temas ligeros, procurando dar un poco de gravedad a los ligeros y un poco de ligereza a los graves, siguiendo en esto el orden mismo de la vida que mezcla la alegría frívola y la tristeza profunda, el dolor y el placer, la risa y las lágrimas. Todos estos temas, tratados en forma somera e inhábil, a la buena de Dios, en parloteo superficial, de mujer exenta de ilustración y de luces literarias, son temas universales, empequeñecidos, claro está, por mi poquedad reflexiva y lo alicorto de mi espíritu de percepción. Ya sabéis que empiezo a escribir ahora. Y cuando se empieza a escribir, como cuando se comienza a hablar, es inevitable el balbuceo. Me faltan las palabras, huyen los conceptos, se eclipsan las imágenes y se me enreda el discurso. ¡Ay, Dios mío! Sufro lo indecible con este encrespamiento, con esta rebeldía de formas, rasgos, ideas y vocabulario. Y aunque el escribir tiene algo del «crochet»--y yo hago muy bien «crochet»--confieso mi desesperación al ver que el tejido de mi prosa es muy inferior al tejido de mis manteletas.

Pero, en fin, aunque desmañadamente, vamos entretejiendo estos rebeldes y dispersos hilos prosódicos. Los cuales, mal unidos y tramados, van formando, como decía, un pequeño tejido de pasiones universales. Ahora bien: anhelo que esta crónica se refiera a una modalidad de nuestra vida social, tan original en sus costumbres y rápidas evoluciones. Quiero hablar, en fin, de los «tramitadores» gracioso término aplicado a todas aquellas personas de algún viso social y mundano que tratan de introducir en nuestra aristocracia a personas sin abolengo, sin tradición familiar, a jóvenes y señoritas, y aun a familias enteras que, habiendo logrado la riqueza en estos saltos intempestivos, rápidos, insospechables, que aquí se operan en el trasiego de los bienes, desean, una vez opulentos, alternar con lo más dorado--pase el galicismo--de nuestra sociedad.

El tema es difícil, escabroso, complejo, oscuro y hasta un tanto laberíntico. Para exponerlo se requiere proceder con cierto método.

¿Qué es aquí lo aristocrático? Se compone, en primer término, de los apellidos procéricos, de los que figuran en la historia de la independencia nacional. Pero estos apellidos históricos, si no están sostenidos por la fortuna, que ejerce una influencia avasalladora, se ven relegados al olvido, al ostracismo social. Así, pues, para brillar, no basta el apellido histórico; hace falta el dinero. Constituyen también aristocracia aquellas familias que, no figurando en la historia patria, tienen vieja tradición de riqueza y que se han vinculado, por entronques, con familias históricas. Por último, existe el prestigio intelectual y político moderno; nombres que han figurado en nuestra última evolución republicana, en el ajetreo gobernante, político y parlamentario. Tales son las bases fundamentales de nuestra aristocracia.

Pero junto a ella, fundidos ya en su seno, figuran otros elementos, aquellos que han logrado la opulencia en las dos últimas décadas, en las cuales, mucho más que en el trascurso de la anterior centuria, se ha desenvuelto la prosperidad del país. Así, pues, la «haut» resulta un poco heterogénea, un poco mezclada y confusa, como toda nuestra vida. En Europa la aristocracia está nítidamente definida: la componen los que pueden ostentar un título nobiliario, otorgado, justa o injustamente, por los reyes, ya sea en antiguos pergaminos, ya en moderno y deleznable papel de barba. Pero siempre «papelitos cantan». Aquí no tenemos nada de eso, felizmente. Nos limitamos a decir: «apellido conocido», «gente bien», «buena familia». Estos títulos--que acaso sean los mejores, los verdaderamente meritorios--constituyen nuestra alta clase social. Mas, como va dicho, forman una aristocracia indeterminada, indefinible en el sentido estricto, compuesta de apellidos históricos (verdadera aristocracia dentro de la democracia republicana), familias de larga tradición de riqueza, nombres políticos del último siglo y elementos opulentos de la última hornada. Yo no sé explicar mejor el fenómeno: pero creo que lo dicho basta como esbozo de nuestro gran mundo.

Y vengamos al tema verdadero de nuestra croniquilla. ¿Cómo se entra en este gran mundo? Aquí empieza la función del «tramitador». No es difícil esta entrada, pues nuestro gran mundo es fácil, abierto, asequible.

El «tramitador» es persona conocida, «mozo bien», hombre, en fin, perteneciente a uno de los grupos en que hemos definido nuestra aristocracia. Se puede «tramitar» un joven, una niña y aun toda la familia. Generalmente, aunque se empiece por una sola persona, se acaba por tramitar a todo el grupo familiar. Comienza la acción tramitadora por grandes e hiperbólicos elogios de los tramitados, antes de la presentación. El padre, el jefe de la familia a tramitar, es un hombre lleno de méritos; tiene una estancia de diez leguas, pobladas por él mismo, con alfalfares magníficos y animales finísimos. «Hombres así hacen falta al país»--dice el «tramitador». Y tiene razón: estos son los hombres que hacen falta. Luego agrega que es una persona muy educada, muy discreta, muy agradable. Habla después del hijo: «es el mejor estudiante de derecho; saca siempre diez puntos y, socialmente, es de lo más fino, de lo más culto y muy amigo de sus amigos». Para la niña, para la hija del estanciero y hermana del futuro jurisconsulto que eclipsará un día la gloria de Justiniano, tiene el «tramitador» palabras justamente ponderativas: «es una monada; muy linda; toca el piano admirablemente; habla francés como una francesa y recita versos de Rostand; interesantísima la muchacha». El «tramitador» tiene también unos conceptos oportunos para la señora, para la consorte del terrateniente: «es muy sencilla, muy buena y muy caritativa». Por último resume así las condiciones de toda la familia: «gente de lo más bien».

Preparado el terreno, vienen las presentaciones. El «tramitador» está relacionado con todo nuestro gran mundo y le es muy fácil ir dando a conocer en los altos círculos a sus nuevos amigos.

Al aventajado estudiante le apadrina en su presentación de socio en el Jockey y le inicia en la vida de los clubs. Quizá le organice un banquete íntimo para celebrar sus triunfos universitarios, banquete al que asisten jóvenes muy conocidos, aunque estudian poco. No solo por estudiar son conocidas las personas. A la niña la recomienda mucho a sus relaciones femeninas y muy especialmente a unas parientas del propio «tramitador», señoritas distinguidas que figuran mucho en sociedad, las cuales toman bajo su protección a la neófita, logrando que sea invitada a las principales fiestas de nuestro gran mundo. El «tramitador», que todo lo prevé, tiene buenos amigos entre los cronistas sociales de los diarios. De manera que la señorita desconocida empieza a ser mencionada constantemente en las crónicas, entre lo más dorado de nuestra sociedad. Tiene también el «tramitador» algún pariente que ocupa alta posición en la política o en el gobierno. Y un día le presenta a su amigo, el rico estanciero. El terrateniente habla con el personaje político de problemas ganaderos y agrícolas, de la situación del país, de exportaciones e importaciones, de frigoríficos, de novillos y pastos, etc. Discurre con sensatez y equilibrio, aunque sin ciencia. Nutrido de realidad, su visión directa de las cosas suple con ventaja a los libros. El que siembra diez leguas de alfalfa es un economista que nada tiene que aprender de Leroy-Boulieau. Nuestro terrateniente queda muy complacido de haber alternado con el personaje. Al poco tiempo es nombrado por el gobierno para que forme parte de una comisión informadora sobre la extensión de la aftosa. Los diarios dan cuenta de sus interesantes opiniones sobre el punto. Con tal motivo el estanciero, oscuro hasta entonces, se torna conocido para todo el país, justamente conocido y respetable, pues tanto su labor como sus palabras contribuyen al progreso patrio. El «tramitador» no olvida nada. Por medio de unas parientas, matronas muy distinguidas y muy dadas a la caridad pública, hace que la señora del terrateniente sea incluída en la comisión directiva de una tradicional institución de beneficencia. Con esto la excelente señora alcanza también aquella figuración correspondiente a su edad, a su posición y a sus gustos.

Detalles más o menos, he ahí el proceso que lleva al brillo social a una familia que vivió siempre en una discreta penumbra. En breve tiempo su nombre, repetido por los diversos conceptos ya señalados, viene a formar parte de nuestra indefinida aristocracia, de nuestro gran mundo. Quizá algunas personas dadas a lo tradicional y castizo, apegadas a la ranciedad, no vean con buenos ojos estas improvisaciones. Sin embargo, es una de las condiciones más simpáticas de nuestra modalidad social, pues prueba su poder asimilativo en estos rápidos procesos de remoción que caracterizan nuestra vida colectiva. Pero este es un problema de sociólogos y economistas que no me corresponde ni puedo yo tratar. Quizá alguna vez cuente lo que mi marido, hombre de mucho seso, que lleva además un apellido de largo abolengo, piensa sobre este punto.

Entretanto, terminemos estos ligeros apuntes descriptivos con unas pocas palabras más sobre el «tramitador». ¿Qué móviles le inducen a ejercer estas tramitaciones? ¿Son ellas desinteresadas?

Muchas veces, sí. Una pura simpatía le guía. Otras veces, el espíritu democrático, latente en nuestra sociedad, no obstante ciertos anhelos de diferenciación de algún reducido grupo, lleva al «tramitador» a convertirse en lazo entre la burguesía que se forma rápidamente y la ya constituída. Pero hay también «tramitadores» interesados. Nuestro gran mundo se va volviendo un poco complejo. Y existen ya figuraciones difíciles en el orden económico, estrecheces doradas, angustias domésticas por no renunciar al brillo social, mantenido con arduos apuros y apreturas tristes, ocultas y silenciosas. De aquí que haya algún «tramitador» interesado. Alguna vez el jefe de la familia tramitada, hombre de gran poder económico, puede ayudar al «tramitador» en sus negocios vacilantes con sus influyentes relaciones bancarias y por los mil medios que tiene a su alcance la sólida opulencia. Otras veces, el «tramitador» se convierte en heredero de las diez leguas alfalfadas por medio de un matrimonio un tanto morganático, si vale expresarse así, en que se unen el brillo del nombre y el más opaco que da el campo bien alfalfado, aunque exento de gules. La vida es una serie de mutuos apuntalamientos, de combinación de anhelos, de asociación de aspiraciones diversas. Unos allegan o ponen el nombre; otros la sustancia. El que tiene nombre y no sustancia, quiere sustancia. El que tiene sustancia y no nombre, quiere nombre. En el fondo lo queremos todo: nombre y sustancia, y también amor. El equilibrio y la felicidad surgen de la obtención de lo complementario, de aquello que nos falta. En saber conseguirlo reside el secreto de la felicidad. Y por eso no debe decirse que existen matrimonios desiguales, ya que cada uno pone en esta sociedad divina y humana lo que al otro le falta, coordinándose así los deseos dispares.

En estos casos, salta a la vista que el «tramitador» se está tramitando a sí mismo...

LOS AFEITES

Los viajeros y turistas que visitan Buenos Aires con propósito de estudiar nuestra sociedad y nuestras costumbres suelen maravillarse de lo general que es aquí la belleza femenina. Llámales igualmente la atención la extraordinaria variedad en la hermosura. No existe, como en Europa, la uniformidad de tipo: rubias en el Norte, morenas en el Sur. En los viejos pueblos europeos se ha consagrado una copiosa literatura a la apología de estas distintas formas de belleza. Los poetas del Sur dicen que Dios concedió la mujer rubia a los pueblos del Norte para consolarlos de la ausencia del Sol. Los vates del Norte, por su parte, ven el infierno en los ojos negros de las mujeres del Sur. Pero sabido es que la poesía es el arte de la simplicidad y de la exageración, o de la exageración simplista, pues las pasiones, como todo fenómeno individual, nada tienen que ver con el color del pelo o el matiz del cutis. Y así, hay rubias muy exaltadas y volcánicas que viven entre las neveras y témpanos de Siberia, mientras no es raro ver en los cármenes del Mediterráneo morenas lánguidas y desmayadas, como sumidas en sueño letárgico a compás del vaivén de las hamacas. Así como las tormentas se producen en todos los puntos de la tierra, hay también ciclones pasionales en todas las zonas del espíritu universal. Lo único cierto es que la pasión es en el Sur más gritona, más aparatosa, más visajera; pero ello no quiere decir que sea más intensa. El loro alborota más con sus pasiones que el mudo pingüino, sin ser por esto más apasionado.

Como iba diciendo, la belleza es aquí variadísima. Difícil sería decir si hay más rubias que morenas, o más morenas que rubias. Lo que puede afirmarse es que cada una, en su tipo propio, es trasunto y dechado de la hermosura femenina. Se atribuye ello a la fusión de razas heterogéneas en este crisol argentino. Mi marido que, como sabéis, es muy inteligente, suele disertar de sobremesa acerca de este tópico, teniéndome a mí por amable auditorio. Según él, lo esencial de la hermosura es la salud, que ya por sí misma es una belleza. Y esta salud originaria la traen consigo los montañeses de todas las latitudes europeas que constituyen la mayor parte de la inmigración, montañeses no contaminados de la vida urbana y decadente de los viejos pueblos. A juicio de mi marido, este proceso social va creando en Buenos Aires el arquetipo de la belleza física. La atención que presto a cuanto dice--pues no tenéis idea de la elocuencia y solidez razonadora de mi esposo--es para él un estímulo intelectual, y así sus disertaciones sobre la belleza de la mujer argentina participan de la profundidad de la ciencia y del encanto del arte. Yo le escucho con gran gusto, y al sorprenderme de sus arrebatos líricos, me dice que lo atribuye al modelo que tiene delante... ¡Si es lo más gentil!...

Pero nuestras beldades, o algunas de ellas, se han empeñado en estropear o destruir con los artificios de afeites y pinturas su propia hermosura natural. Esta pésima costumbre, que ya estaba casi desterrada, vuelve a renacer ahora en forma alarmante.

¿Qué móvil puede guiar a la mujer que se pinta? ¿Engañarse a sí misma? Esto es pueril, pues dentro de nuestra propia conciencia sabemos que la belleza pintada--suponiendo que esta pintura lo sea--es una belleza pegadiza, falsa, histriónica. El anhelo de íntima perfección se funda, por otra parte, en no ensañarnos a nosotras mismas, ni en pensamiento ni en obra. ¿Engañar a los demás? Tampoco, ya que a la legua se ve que está pintada una cara. Y aunque no se viera, la intención del engaño no sería menos censurable. Entre la mujer que se pinta y la máscara no hay más diferencia que de grado de enmascaramiento. La que es linda no necesita pintarse, pues nada añade la pintura a su lindeza, antes la deforma y destruye. La que es fea, o poco agraciada, no conseguirá con inanes y fútiles ingredientes químicos aquella hermosura que le fué negada por la Naturaleza.

Esta tendencia de la mujer al afeite es muy remota y tiene raíces psicológicas o instintivas difíciles de descubrir. Ya en las cuevas de los trogloditas la mujer se pintaba, creyendo agregar con ello encantos a su figura. Las indias se pintaban también. Según Miranda, el historiador del Uruguay, las mujeres charrúas se hacían unas rayas azules perpendiculares, desde la frente a la mandíbula. No es, por lo tanto, el tocado pinturero fruto de nuestra civilización moderna y refinada. Tiene un origen salvaje. Esto debía bastar para que la tendencia fuera desterrada de nuestras costumbres. En este sentido, los hombres han progresado más que las mujeres. Entre los hombres existe también la pintura en forma de tatuaje. Pero ningún hombre distinguido la emplea. Sólo los marineros se pintan un ancla en los brazos o se estampan en el pecho el velamen y la arboladura del bergantín, la imagen náutica, en fin, del barco en que viven. Y esto es pasable, ya que tal pintura es el símbolo de su oficio, el emblema de su lucha épica con los elementos trágicos de la Naturaleza.

Pero ¿es posible pintar la belleza en un rostro en que no exista? Se simulará, por unas horas, la frescura, el color; mas no las líneas, que es donde reside la verdadera belleza. La contextura orgánica de un rostro, la armazón ósea, no hay pintura que pueda trasformarla, como los dorados de un chapitel no reforman la arquitectura de un templo torcido o contrahecho.

Me anticipo a reconocer la inutilidad del razonamiento en su aspecto fundamental estético. La mujer vana y superficial seguirá pintándose, con arreglo a los cánones que en la moda imperen. Porque también en esto de la pintura existe la moda. Nos lo demuestran unos versos clásicos de la comedia de Calderón de la Barca titulada «Eco y Narciso».

«--Un tiempo se dieron En usar ojos dormidos; No había hermosura despierta, Y todo era mirar bizco. Usáronse ojos rasgados Luego, y dieron en abrirlos Tanto, que de temerosos Se hicieron espantadizos. Las bocas chicas, entonces Eran de lo más valido, Y andaban por esas calles Todos los labios fruncidos. Dieron en usarse grandes, Y en aquel instante mismo Se despegaron las bocas, Y, dejando lo jasifo De lo pequeño, pusieron Su perfección en lo limpio De lo grande, hasta enseñar Dientes, muelas y colmillos.»

En estos versos del clásico dramaturgo castellano está encerrada la evolución de la moda del afeite en el trascurso de su vida.

Se ha repetido hasta la saciedad que la cara es el espejo del alma. Este dicho vulgar tiene vida permanente por la verdad que encierra. Efectivamente, el rostro y, sobre todo, los ojos, constituyen, digamos así, el reflejo de nuestra vida interna. Las manos, los brazos, los componentes todos de nuestro cuerpo, no revelan nuestra personalidad psíquica. La revelación está en la cara y en la mirada. Ahora bien: ¿qué género de personalidad pueden acusar un rostro y unos ojos pintados? No será una personalidad real, con su espíritu revelado, sino una personalidad de farmacia o de fabricación química, esto es, lo menos personal que puede existir. De aquí que, el pintarse la cara, espejo del alma, equivalga a pintarse el alma misma.

Las deducciones que de estas premisas se desprenden son un poco escabrosas. No hemos de hacerlas. Sólo diremos que ni el enmascaramiento físico, ni el moral, duran en la vida, ni puede fundarse felicidad alguna en tales y tan deleznables artificios.

Con todo, puede admitirse en las jóvenes este pueril error de pretender acentuar con afeites su propia belleza. El deseo de agradar implica siempre una forma de generosidad. También supone egoísmo (los instintos son muy confusos y contradictorios) ya que pretende acrecer con este recurso falso la hermosura natural. Pero ¿qué decir de las señoras de edad, casadas, con prole, quizá con nietos, que se pintan? Una dama, entrada en años, luchando con el tiempo en su tocador, constituye el espectáculo más grotesco y risible que pueda darse. Las canas y las arrugas ennoblecen a quien sabe llevarlas. ¡Anular el tiempo con afeites! Debajo de la pintura está visible la realidad; y el aparentar treinta años, cuando se tiene cincuenta, sólo revela que los veinte de diferencia no han dejado en nuestro espíritu la gravedad de pensamiento que da el tiempo. La impresión de ridiculez que nos produce una vieja pintada dimana de que sus ideas no concuerdan con el reposo y la serenidad correspondientes a los años que tiene. En las jóvenes la pintura es, en el fondo, una coquetería, y queda muy mal el coqueteo a cierta altura de la vida. El rasgo esencial de la vejez es un tranquilo desengaño, y causa risa ver una mujer engañándose a sí misma de que aun no está desengañada. Según Schopenhauer (la cita va por cuenta de mi marido, que lee filosofía alemana) las ideas y los sentimientos deben ser concordes con la edad y la experiencia adquirida en la vida. El afeite en las viejas viene a ser algo así como una chochera pictórica. Y la chochez, respetable cuando es natural, resulta risible cuando se opone vanamente por medio de estos artificios a los estragos del tiempo, pidiendo a la química de tocador la juventud y la belleza que huyeron.

Nada más bello que el rielar del alma en el rostro, revelando nuestro estado emocional, el pudor, el sonrojo, la dulce alegría, todos los movimientos espontáneos de nuestro espíritu. La pintura es una ficción teatral, histriónica, cosa, en fin, de la farándula. Todas las artistas se pintan, a fin de dar la sensación de los distintos personajes representados. Pero una señorita distinguida no debe representar más que un solo papel, el suyo, el natural, el que le asignó la Providencia al crearla. Su carrera natural es el matrimonio, y la vida íntima y familiar no debe convertirse en una comiquería. Si yo fuera hombre no me casaría con una señorita que cambia de color su pelo. Tendría mis sospechas de que un día pudiera cambiar también su condición espiritual, y aun su misma adhesión; que quien no es constante consigo misma, con su propia naturaleza, con sus propios atributos físicos, puede extender a cosas más graves su frívola veleidad. En la propensión a lo teatral hay siempre algún peligro. En la Edad Media se hacía un mundo aparte del mundo teatral. No todo era absurdo en los tiempos medioevales, digan lo que quieran los historiadores y sociólogos modernos.

La mayor hermosura es la sinceridad, en la cara y en el alma, en la figura moral y en el espejo que la refleja. Y vaya, para terminar, este humilde consejo: el mejor afeite es el agua fresca. Nos la echan para cristianarnos. Usémosla siempre cristianamente...

LAS PACES

Las paces, así, en plural, constituyen un problema no menos arduo que la paz, en singular.

La paz se refiere al retorno a la tranquilidad y al sosiego de dos o más naciones en lucha, o de varios partidos enzarzados en guerra civil y fratricida. Las paces aluden a la avenencia y reanudación del amor en el matrimonio después de la discordia.