Part 12
--¡Qué quieres, Marianela: así son las cosas! En este país no se sabe apreciar a los hombres; el que se mata a estudiar en silencio, se queda atrás, y el que charla, sigue viaje...
--Para nosotras, para las señoras--salta la de Esquilón--la política está aburridísima en estos momentos que, según dicen, son históricos. Yo no sé qué falta, pero algo falta.
--Falta la presidenta--dice Petrona.--elemento necesario, imprescindible, de toda presidencia completa.
--¡Cierto, Petrona!--exclama la joven viuda, dándose una palmadita en la tersa frente;--ahora caigo. Yo pensaba y pensaba: «Pero, señor, ¿qué falta aquí, qué falta?» Y no caía. Es claro: falta la presidenta. Por eso no hay fiestas, ni recepciones, ni nada. Está resultando esto más triste y más lúgubre que una capilla protestante.
--Se dice que los del gobierno son lo más ahorradores--apunta Petrona.
--¿Y para qué quieren la plata? Todos los ahorradores son gente muy triste--agrega Margarita.--Además, no se necesita mucha plata para que el gobierno dé algunas fiestas en que las señoras podamos divertirnos, murmurar algo, chismear un poquito y enterarnos de cómo andan las cosas de los políticos, hablar con ellos, que son, hijita, más chismosos que nosotras. La presidencia se debió inaugurar con un gran baile. Como yo he dejado ya el luto--las cosas ¡ay! no tienen remedio--es la fiesta que más me hubiera gustado. ¡Qué diferencia con Sáenz Peña!
--¡Ah, Roque...!--exclama Petrona.
--¡Tan culto, tan ilustrado, tan espiritual, tan rumboso!--dice la de Esquilón.--Dió a la presidencia cierta majestad amable, un tono que nunca tuvo, una distinción suprema, entre aristocracia de corte y aristocracia de estancia. Sáenz Peña se ocupó siempre mucho de las señoras.
--Mi familia por parte de padre--dice Petrona--siempre fue roquista; pero yo, últimamente, me hice roquera. Y así logré meter a Bernadito, a mi yerno, en la diplomacia. En cuanto le hablé, una noche en el Colón, «concedido, concedido», me dijo; «recuérdemelo, Indalecio»--añadió, dirigiéndose al doctor Gómez, que también es muy fino.
La viudita tiene un golpe de erudición que nos deja asombradas a Petrona y a mí. «Sáenz Peña sabía que el hombre reina y la mujer gobierna, como dice Ponson du Terrail».
--Si Eleuterio me hubiera hecho caso--afirma Petrona, siempre atenta al positivismo político--otro gallo nos cantara; pero se fue con los cívicos y... ¿qué iba a hacer con los cívicos? Buena gente, eso sí, muy respetable, digna, dignísima; pero, hijita, están siempre esperando que vayan a buscarlos con palio a su casa y que les lleven la presidencia en una bandeja de plata.
--En política hay que moverse--dice la de Esquilón--; si no, no se saca nada.
--¡Claro!--asiente Petrona.--Luego, Eleuterio fué de traspié en traspié; primero se fué con Benito, que sólo gana las elecciones del Jockey; después, con Lisandro, que en sacándole del Rosario... ¡se acabó! Yo siempre le decía a Eleuterio: «Hijito, estás obsesionado con el maíz, y no ves la realidad». Pero, nada, no conseguí nada: que la lealtad, que los principios, que los amigos son los amigos... Así nos ha ido.
--Los hombres, algunas veces, debían de hacer caso de las mujeres--afirma con aire sentencioso la de Esquilón.
--Siempre--sostiene con firmeza Petrona.--Pero lo cierto--agrega--es que falta la presidenta. Por medio de ella y de su círculo, las señoras, aunque de modo indirector, intervenimos en la política, sabemos lo que ocurre entre telones, recogemos rumores, los lanzamos y, sobre todo, siendo amiga de la presidenta, puede una hacer algo por los suyos. Porque, claro, el presidente no puede negarle liada a la presidenta.
--Así debe ser--digo yo, que, aun cuando nada me interesa la política, deseo congraciarme del todo con Petrona;--así debe ser: el presidente preside al pueblo y la presidenta preside al presidente.
--Debía ser como las monarquías--agrega la de Esquilón;--que no hay rey sin reina. Yo hablaba mucho de esto con la infanta Isabel cuando el Centenario. Nos hicimos lo más amigas. Me dijo que a los reyes les obliga a casarse no sé quién; creo que la Constitución. Parece que la gente del pueblo, o la Constitución--no sé bien--exige que se asegure la sucesión de la corona.
--En las monarquías--dice Petrona--todo marcha sobre seguro. En cambio aquí, nadie estát seguro; siempre está una pensando: si destituirán a este yerno, si lo echarán al otro; en fin, una intranquilidad terrible.
La viuda de Esquilón, en su política de altura, no hace caso de estas angustias y sigue evocando sus' gratos recuerdos de la infanta: «Me decía doña Isabel que, una vez casado el rey, forma éste su círculo palaciego, mientras la reina forma otro. La reina madre, cuando existe, también organiza el suyo. La madre de la reina, que no es la reina madre, forma otro. Los príncipes y las princesas constituyen otros círculos menores. ¡Qué lindo! El palacio arde en pasiones. Intrigas, preferencias, luchas sordas por el favor real: los políticos y sus señoras andan de un círculo en otro, en competencia de predominio; unas veces arrimados a la reina, otras veces al rey, otras a los príncipes, según el giro de las influencias. Grandes bailes, grandes saraos, en salones suntuosísimos; las señoras vestidas de corte, los caballeros cubiertos de casacas; los diplomáticos relumbrantes de oro galonado; los militares con más cruces que un cementerio. Pasa el rey.... unos se inclinan, otros se yerguen militarmente, que es una forma de inclinarse. Pasa la reina..., reverencia general hasta el suelo. Se estudian, se analizan las sonrisas del rey y de la reina, deduciendo preferencias. ¡Eso, eso es política!--termina la joven viuda, asfixiada por la emoción descriptiva».
Cobra ligeramente aliento y prosigue: «En cambio aquí, como el presidente llega a la meta ya viejecito, la presidenta suele ser otra viejecita ya cansada, concluida, reumática, cuyo mayor deseo es que la dejen tranquila. ¡Y luego hablan de las jóvenes repúblicas! La juventud está en las monarquías. Puede ser viejo el rey, como el de Austria, pero está siempre llena toda Austria y toda Hungría de príncipes y princesas, de infantes y de infantas, de archiduques y archiduquesas, de juventud monárquica, en una palabra».
--Y menos mal--arguye Petrona--cuando, aunque viejita, hay presidenta. Pero ahora...
--Tampoco la había--me atrevo a insinuar--cuando mandaba don Victorino.
--Cierto--dice la de Esquilón;--pero era distinto que ahora; entonces estaban María Rosa y Teresa, que son muy discretas y muy distinguidas, y sabían muy bien sustituir la falta de presidenta en las fiestas sociales. Ellas daban tono al gobierno con su ingenio y con su conversación espiritual. Don Victorino podía estar tranquilo: había presidentas. Yo soy muy amiga de ambas y constantemente hablábamos de política.
--Pues yo--dice Petrona,--cuando quería saber algo de candidaturas ministeriales y altos empleos me valía de Anita. Claro que yo no soy amiga de Anita, de una ama de llaves; me lo impide mi condición social; pero me hice muy amiga de una familia modesta que tiene relación con Anita y, por ahí, lo sabía todo. De algún medio hay que valerse para estar enterada. Pero ahora ¡qué cosa! ¿no? no hay forma de saber nada.
Me canso de esta labor taquigráfica para tomar al pie de la letra una sesión política tan importante y trascendental. Y hago punto. Sólo agregaré mi satisfacción y contento por haber hecho las paces con Petrona, tan buena y tan amante de los suyos...
LA ABUELA DEL REY DE LOS CIPRESES, O EL ORGULLO ANCESTRAL
El portero me trae una tarjeta: «Es una señora vie-jita--dice--, y pregunta si la señora puede recibirla». Leo: Melchora Ponce del Ebro de Nuezvana.
Ordeno que la hagan pasar a un saloncito. «Díganla que tenga la bondad de esperarme un momento». Y en seguida llamo a mi doncella para que me ayude a ponerme un traje de circunstancias, un vestido negro, de cierta severidad, pues me parece que la entrevista va a ser grave.
Mientras me visto procuro dominar el desasosiego que me ha invadido al leer la tarjeta. ¡Misia Melchora en mi casa! Es necesario dominar los nervios y ordenar las ideas. Seguramente viene a hablarme de la pretensión de su nieto, Carlitos Nuezvana, el rey de los cipreses, respecto a Inesita, mi querida protegida, mi futura hermana. Quizá me proponga que la ayude a concertar el matrimonio. ¡Pobre señora! No sabe lo que ocurre.
Confieso que la entrevista me resulta un poco imponente. No es para menos. Misia Melchora es lo más alto entre lo más eminente o empingorotado de nuestra sociedad. Sus apellidos, así los propios como el de su consorte, fallecido 25 años hace, significan doble tradición, colonial y patricia. Un Nuezvana fue virrey del Perú, caballero ostentoso que imitaba en Lima el boato borbónico, según cuenta Ricardo Palma en sus apologías de aquellos magnates. Otro Nuezvana fue obispo y dio lustre con sus austeras virtudes a la iglesia naciente de Chuquisaca. Oidor de Charcas fue otro Nuezvana. Ignoro lo que oiría en Charcas este oidor. La fama de los Ponces y de los Ebros data aún' de más antiguo. Uno de los Ponces vino de piloto en la expedición de don Pedro de Mendoza. Luego pasó al Paraguay y fundó varios pueblos que siguen casi lo mismo que cuando él puso la primera piedra. Un Ebro fue capitán de una de las «naos» de Gaboto. Otro acompañó a Alonso de Vera y Aragón en las exploraciones del río Bermejo, y se internó en el Chaco, creyendo que eran de oro los quebrachos. Por espacio de tres siglos figuran estos apellidos, llevados por frailes, navegantes, militares, corregidores, adelantados, oidores, etc., en los cronicones de los diversos virreinatos de la era colonial, advirtiéndose su andariega presencia desde Méjico hasta la Asunción, pues el antiguo español aprendía la geografía andando.
Después, en la edad moderna, los Nuezvanas, Ponces y Ebros--descendientes, naturalmente, de los anteriores--alcanzaron tanto o mayor esplendor que sus tataradeudos. Un Ponce fue coronel de la independencia y brilló por su bizarría en Ayacucho. Un Nuezvana, licenciado en derecho canónico, orador ampuloso y ergotista, figura entre los que proclamaban la necesidad de una restauración monárquica como régimen argentino. Los Nuezvanas siempre fueron algo fastuosos. Un Ebro, militar aguerrido, tuvo gran importancia en las guerras gauchas, combatiendo al Chacho y a Facundo Quiroga.
Hubo también, así en los tiempos antiguos como en los modernos, otros Nuezvanas, Ponces y Ebros insignificantes y oscuros; pero misia Melchora sólo considera como suyos a los que figuran en la historia. Y existe en su espíritu, en cuanto a legítimo orgullo, cierta dualidad: suele gloriarse a veces de su rancio abolengo y timbres hispánicos; y otras, en cambio, envanécese del justo honor dimanado de sus ascendientes patricios. Como los nombres son los mismos, originarios unos de otros, la gloria de misia Melchora asume cierto carácter de guerra civil, familiar y casi doméstica, en la cual los manes heterogéneos libran gran trifulca e histórica zarabanda. Pero misia Melchora aviene y concilia las memorias, atribuyendo a todos sus ascendientes por línea propia y marital, ya sean personajes coloniales, ya proceres argentinos, las cualidades de la hidalguía castellana, llena de soberbia altivez y de un orgullo cuyos límites alcanzan a los cuernos de la luna.
Uno de los motivos de envanecimiento de misia Melchora es la existencia actual del duque de Nuezvana, que tiene el derecho, como grande de España, de presentarse cubierto ante los reyes. Pertenece a los Nuezvanas que no salieron nunca de la península, esperando los tesoros de los Nuezvanas indianos y medrando políticamente con los méritos de sus conquistas, exploraciones y hazañas en los desiertos de Indias. Por todas estas circunstancias, misia Melchora, a semejanza del grande, de España, viene a ser «la grande» de Buenos Aires.
Pero todos estos timbres valdrían muy poco socialmente en nuestra democracìa si no estuviesen fortalecidos por una fortuna colosal. Y esta fortuna se debe precisamente a un Nuezvana oscuro y a un Ponce y un Ebro insignificantes. En tiempos de Carlos III, este Nuezvana grís y opaco se apañó, por concesión real, los mejores campos, ahí no más, junto a las casas de Buenos Aires. Un Ponce fué abastecedor de los ejércitos que realizaron la conquista del desierto. El estado le pagó en tierras que después han valido un dineral; se adueñó de media Pampa Central. Y un Ebro, casi contemporáneo, hombre de matemáticas, educado en Inglaterra, obtuvo, al iniciarse las empresas ferroviarias, diversas concesiones de caminos de hierro, que luego cedió a los ingleses por sendas libras esterlinas. Este Ebro no construyó ningún camino, pero hizo el suyo admirablemente.
Las tres ramas--Nuezvana, Ponce y Ebro--fueron poco fecundas y todo vino a caer en manos de mi distinguida visitante y de dos hermanas estériles, ya difuntas, a quienes heredó misia Melchora. Esta excelente señora hubo de su matrimonio un hijo, padre de Carlitos Nuezvana, y varias hijas, casadas con lo mejorcito de nuestra sociedad. Así, pues, misia Melchora es archimillonaria. Sus estancias no tienen fin. Mi cuñado Raúl, a quien le da por hacer ironías con las matemáticas, ha hecho un cálculo, según el cual, puestos en línea recta los alambrados de los campos de misia Melchora, resultan más largos que las vallas de alambre electrizado de las trincheras europeas, que llegan desde Bélgica hasta el Danubio.
Por lo demás, misia Melchora es una distinguidísima matrona. Su defecto principal, el orgullo, está, en parte, justicado por su grande y doble abolengo y el resto, que es mucho, procede de la atmósfera de adululación en que vive, pues tanto sus hijas (su único hijo, el padre de Carlitos, murió) como sus nietos y yernos--sobre todo los yernos--se desviven por complacerla, persiguiendo, según malas lenguas, que nunca faltan, el quinto testamentario, que constituye un pico superior al de la Mirándola. Todo esto ha estropeado un poco el carácter de misia Melchora, haciéndola adquirir una idea desmesurada de sí misma. Por Carlitos siente verdadera idolatría, entre otras razones, por ser el único nieto que lleva el apellido de Nuezvana, ilustrado por un virrey del Perú, por un obispo de Chuquisaca, por un oidor de Charcas, por un duque y grande de España y por la propia misia Melchora.
Calculad ahora mi inquietud ante esta entrevista. Yo la conozco un poco; pero he mantenido siempre con ella un trato ceremonioso. Acabada de vestir, me doy un par de vueltas en el espejo, ensayando gestos y posturas de cierta gravedad; procuro, a la vez, serenarme, y me dirijo al saloncito con paso firme, no exento de parsimonia.
--¡Misia Melchora! ¡qué sorpresa!...
--¿La sorprende a usted mi visita?
--Me sorprende y me halaga que usted se haya servido honrar mi casa con su presencia.
--Muchas gracias, Marianela.
--Está usted cada día más joven--la digo, aunque, en realidad, parece una pasita, pero encendida y vibrante aún por el calor del orgullo.
--No me diga, Marianela; estoy ya concluyéndome, llena de achaques, hecha una ruina. Por un lado, los años--¡76, Marianela!--; por otro, los disgustos, que nunca faltan.
--¿Disgustos, usted, misia Melchora?...
--Disgustos, sí, hija mía, disgustos. Precisamente vengo a hablar con usted de un asunto que me trae profundamente disgustada. Y es más: vengo a pedirla que me ayude a resolver el problema.
--Si tiene solución y yo puedo, cuente usted conmigo, misia Melchora.
--Puede usted... es decir... yo creo que puede ayudarme. Y vamos al asunto. Sabe usted, como yo--mejor que yo quizá--que Carlitos, mi nieto, se ha enamorado como un loco de Inesita, la niña de Clotilde Rodríguez de Garaizábal. Mi nieto no vive, no duerme, ni descansa, pensando en ella. Está desesperado, aunque ello sea impropio de la compostura y serenidad propias de los Nuezvanas. Pero el amor es el amor, y avasalla y enloquece a todas las clases sociales. Imagínese cómo estará el muchacho, que ya ni se peina, que era antes su principal cuidado. No sale de casa, y se pasa el día en sus habitaciones, en pijama y desgreñado. Apenas come; ha perdido no sé cuántos kilos. Está pálido como la cera y tiene un mirar entre loco y moribundo, unas veces lánguido, otras furioso. Yo no sé ya qué hacer. Me he asustado mucho, porque... ¡le viera usted!... da pena; se ha quedado como un hilo. He llamado a Güemes; pero ¡qué va a hacer Güemes en esto! Después de verle, al irse, me ha palmeado a mí--ya sabe usted que Güemes es lo más cariñoso--y me ha dicho, riéndose, que el diagnsótico lo haría, mejor que él, alguna muchacha, y que la más eficaz medicina para Carlitos está en el sacramento con música de marcha nupcial.
--El doctor Güemes no sólo es un gran clínico, sino también un gran psicólogo.
--Está en todo, hijita. ¡Qué hombre! En cuanto le ha visto, le ha adivinado el mal. Pero, claro, es un mal en que él no puede hacer nada.
En los ojitos apagados de misía Melchora tiemblan dos lágrimas.
--¿Y ella?--preguntó.
--Pues ahí está el cuento. No le ha desairado del todo. Pero no le hace tanto caso como al principio. Ahora parece que le rehuye. ¿Qué pretenderá esa niña? No tiene en qué caerse muerta y...
--Todos tenemos en qué caernos muertos, señora. Si no ¿dónde iríamos a parar? Y el desinterés, sobre todo en esta época, es una virtud bastante rara.
--Ya sé que la quiere usted mucho.
--Cierto; la quiero; es una niña muy interesante.
--Y que la protege usted.
--Yo, señora, puedo proteger muy poco. Además, Inesita no necesita protección. La protegen su propia belleza y su alma incomparable.
--Pues yo protejo a toda su familia. Si no fuera por mí, ya estarían fundidos. Cierto que Clotilde y sus hermanas, las tías de Inesita, me corresponden, haciendo cuanto pueden por vencer la resistencia de la muchacha y arreglar esta boda en que se halla comprometido mi amor propio y el de toda mi familia. Ningún Nuezvana ha sido nunca desdeñado en la sociedad de Buenos Aires. Carlitos podría dirigirse a la principal niña argentina, a la primera fortuna y al primer apellido, en la seguridad de que no sería rechazado. Pero se le ha metido en la cabeza que ha de ser con esa muchacha, «¡O ella, o la muerte!»--me ha dicho con una firmeza que me ha dejado aterrada. Yo no sé qué hechizo, qué seducciones, qué encantos encuentra en esa niña.
--¡Ah, es encantadora!...
--Sí... no es fea; pero, vamos, no es ninguna cosa del otro mundo.
--No, señora, es de este mundo; una belleza mortal, pero digna de ser inmortal.
--Además, carece de fortuna.
--El poco caso que hace Dios de la plata se nota por la gente a quien se la concede--respondo gravemente y un poquito amostazada; pero misia Melchora no comprende este concepto místico, escudo con que los pobres se defienden contra la vanidad de los ricos.
--Carece, igualmente, de apellido.
--No, misia Melchora, eso no; lleva uno muy bonito, muy sonoro, muy armonioso: Garaizábal. Además, con cualquier apellido es posible la vida. La aristocracia, bien mirada, es lo mismo que la democracia. Todo surge de la nada y vuelve a la nada, misia Melchora.
--Pero mientras se vive, conviene ser alguien en el mundo.
--Nacemos, sufrimos, morimos y nos olvidan. He ahí todo. El resto es espuma, aire, humo, ruido. Pero, Inesita es alguien. Y si no, pregúnteselo usted a su nieto.
--El amor es loco, Marianela.
--Es la única locura sensata. Hay otras, el orgullo el envanecimiento, la soberbia, que son mucho más insensatas. Pero todos padecemos estos defectos. Ahora bien: debemos aplicar la reflexión a reprimirlos todo lo posible; porque, si la vanidad de los demás resulta intolerable cuando lastima la nuestra, pasa igual a los otros cuando la nuestra lastima la suya. El trato social se hace posible a fuerza de limarnos todos un poquito.
--Bien, Marianela. Volvamos a nuestro asunto.
--Volvamos, misia Melchora.
--Mi nieto es bueno; usted le conoce. Yo le he educado muy bien, en Inglaterra y en Francia. Es un muchacho sin vicios. No ha estudiado una carrera porque, gracias a Dios, no la necesita. Comenzó a ir a la Facultad; pero le daban vahídos, sobre todo cuando estudiaba derecho romano. Entonces yo le dije que lo dejara. De todos modos, no había de defender pleitos. Así que, ¿para qué estudiar? Luego, el país está lleno de doctores, y ya es más distinguido no serlo. Desde entonces se dedicó a leer novelas francesas; las conoce todas. Y así ha completado su educación, que no deja nada que desear. Yo había pensado, si se casara con esa niña, regalarles «Los Chajales», un campo de veinte leguas, con quince mil vacas; esto para sus gastos, aunque no gastarían nada, porque yo desearía que vivieran conmigo, en mi palacio de la Avenida Quintana, pues no quisiera que mi nieto saliera de mi casa. De todo esto he hablado con Clotilde y está encantada de la idea. Yo necesito compañía, Marianela, y, claro, aunque quiero profundamente a todos mis nietos, siento cierta preferencia por Carlitos, porque es el que ha de perpetuar un gran apellido; es un Nuezvana, y con esto está dicho todo: Por otra parte--ya se lo he dicho a Clotilde,--una vez casados los muchachos, todas nuestras cuentas quedarían arregladas; todo se quedaría en casa, unidas para siempre las dos familias. Clotilde me asegura que su hija se casará con mi nieto. Ella, claro, hace todo lo que puede, por respeto a mí y porque, realmente, le parece bien la boda. Pero... no sé... me parece que la muchacha no está decidida. Y yo quiero salir de una vez del paso. Por eso he venido a verla a usted.
--¿Y qué puedo hacer yo?
--Clotilde me ha dicho que usted tiene mucha influencia sobre su hija.
--Ignoro la influencia que pueda yo ejercer en esto sobre ella. Y diga usted, misia Melchora: si Clotilde, a viva fuerza, quieras que no quieras, obligara a su hija a casarse, ¿usted aceptaría para su nieto un matrimonio así formado?
--Todo, menos un campanazo; todo, menos que mi nieto, un Nuez vana, quede desairado y en ridículo.
--¿De manera que usted cree que es más ridículo que Inés no acepte a su nieto, suponiendo que no le quiera, pues yo no lo sé, que casarse con él no queriéndole?
--Yo no puedo aceptar una situación ridícula ante todo Buenos Aires.
--¿Y qué culpa tiene Inés en ello?
--Es cierto; no tiene ninguna culpa. Pero, en fin, yo he venido a verla a usted, por consejo de Clotilde, para que influya sobre la voluntad de la muchacha. ¿Quiere usted hacerme este favor? ¿Le parece a usted mi nieto digno de ella?
--Dignísimo, misia Melchora. Por lo demás, yo sólo prometo a usted hablar a Inesita y contarla todo lo que usted me ha dicho, lo de «Los Chajales», que es seductor, y lo de vivir con usted una vez casada, que aun es mucho más seductor que «Los Chajales». Respecto a influir en su espíritu, ya no respondo; eso es muy delicado, pues si no fuera todo lo feliz que merece, mi tormento duraría toda mi vida.
--¿Y cree usted que existe alguna niña que no sea feliz con el apellido y con la fortuna de un Nuezvana?
--Sí, señora, lo creo; es posible, aunque parezca absurdo. Porque nos casamos, antes que con el apellido y la fortuna, con la persona. El matrimonio es, ante todo, un negocio espiritual, y puede haber apellido y fortuna, y no haber espíritu.
--Si ha existido espíritu en los Nuezvanas, la historia lo dice.
--Sí... pero Inesita no se va a casar con la historia, con un Nuezvana pasado, sino con uno viviente, que acaso no llegue a entrar en la inmortalidad, como sus antepasados.
--Bueno; lo que deseo, en resumen, es una respuesta definitiva, porque, con Clotilde, ya no me entiendo; no sé a qué atenerme; ella dice que sí, lo desea, lo sé; pero nunca me trae la respuesta de la muchacha. Y esto es lo que yo deseo. ¿Se compromete usted a darme esta respuesta?
--Me comprometo. Hablaré con Inés, y la sacaré a usted de dudas.
--Gracias, Marianela.
--No hay de qué, misia Melchora. Tengo el mayor gusto en servirla a usted en esto y en todo lo poco que yo pueda.
--Gracias, gracias.