Crónicas de Marianela

Part 10

Chapter 103,991 wordsPublic domain

--Como ellos.

--Sí, sí; pero en el orden moral... El ciprés es un árbol triste, melancólico; sugiere ideas de muerte, de tumbas, de soledad; evoca el sentimiento del vacío y de la nada.

--Oye, Inesita: mucho más aún que en lo externo, se parecen esos jóvenes en lo moral a los cipreses. Verás... El ciprés no produce nada, ni siquiera bellotas, que es el fruto de los árboles más humildes en la jerarquía vegetal. Tampoco esos mocitos de la «haut» producen cosa alguna; por lo tanto el parecido en este punto es idéntico. El ciprés es triste y melancólico; ello proviene, no del lugar en que se halla, sino de su propia forma; puesto en un parque de rosas es igualmente triste. Este carácter lamentable procede de la monotonía de sus líneas, profundamente aburridoras. Lo mismo ocurre con los cipreses humanos, atildados, recortaditos y fililis como los cipreses vegetales. Estos últimos nos producen el sentimiento del vacío y de la nada. ¿Y acaso los otros, los cipreses humanos, no producen el mismo sentimiento de la vaciedad y de la nada? El árbol simboliza la muerte: junto a él la tumba. Esos jóvenes, ayunos de espiritualidad, de cultura, de ilustración, sin inquietudes intelectuales, de voluntad desmayada, abúlicos, son, en una misma pieza, tumba y ciprés. Ya ves, pues, que en lo moral se parecen tanto o más que en su forma externa. La única diferencia consiste en que unos son cipreses plantados y los otros semovientes. Pero hablemos de otra cosa: ¿bailaste mucho?

--Todo lo que quise. Ya advertí que se preocupaba usted de mí. Una vez que me quedé sentada, por cansancio, vi que hablaba usted con Evaristo; el ciprés se dirigió en seguida hacia mí y me invitó a bailar. Yo se lo agradezco a usted...

--Estás equivocada. Fue iniciativa suya. Tú no necesitas que la dueña de casa se ocupe de tí, porque siempre estás solicitada.

--Lo dice usted por consolarme.

--Siempre tan suspicaz, hija mía. Tu precoz espíritu crítico no hace más que martirizarte. Este agradecimiento tuyo, injustificado en este caso, me recuerda un gracioso episodio que te voy a contar. Hace dos años di otra fiesta en mi casa. Invité a mi ex amiga Petrona (ya sabes que se ha enojado conmigo) y a su cuñada Pepa. Los jóvenes atendían a ésta muy poco. Ello se explica; la pobre está ya muy metida en años (pasa de los 35), y no es muy agraciada. Petrona ha hecho cuanto ha podido para casarla y... nada ¡imposible! La criatura es incolocable. Verdad es que Petrona, con esos humos aristocráticos que tiene, la ha perjudicado más que nadie. Todo le parecía poco. Y ella misma, la misma Pepa, creía que por ser hermana de un ministro, iba a calzar con un Anchorena, como dice Del Campo en el «Fausto». Ilusiones... Pues bueno: como te digo, los jóvenes no la atendían, no la sacaban a bailar. Para una dueña de casa es un martirio que una señorita planche. Hablé a unos y otros; me ayudó también Jorge, mi marido, que recurría a su hermano Raúl, cuando ya no sabíamos a quién endosársela. Así logramos que bailara casi toda la noche. Al día siguiente vino Petrona a visitarme, y como es tan ingenua y tan pintoresco su lenguaje, exclamó, dándome un abrazo: «¡Ay, Marianela, muchas gracias por haber hecho girar a la Pepa!».

Inés se ríe del dicho de Petrona, pero noto que al punto vuelve a quedarse ligeramente triste. Trato de animarla:

--¿Y qué tal la conversación de los cipreses? ¿Muy interesante, eh?...

--Mucho. Pedrito me habló de las carreras; lleva la cuenta de los minutos y segundos que emplea cada caballo en dos mil metros.

--¡Qué interesante! ¿Estarías muy divertida con tal conversación?

--Pues me divertí. Me dió por hacerme la entendida en carreras. Le hablé de las teorías de Barey, el célebre cuidador inglés, según el cual una palabra colérica aumenta el pulso de un caballo en diez pulsaciones por minuto. Luego, ya por mi cuenta, le dije que para correr sus caballos debe elegir un «jockey» que tenga voz de tenor, porque las vibraciones de este timbre son un estímulo mayor para los animales que la voz baritonal. No se dió cuenta del titeo. Por el contrario, se quedó asombrado ante mis conocimientos y me comprometió para otras dos piezas. ¡Qué galante!...

--¡Graciosísimo, muchacha, graciosísimo!--exclamé, riéndome;--ya noté que te asediaba mucho y que estaba lo más obsequioso contigo.

--Era por los caballos. Les debo el honor de dos valses con Pedrito.

--Y los otros cipreses, ¿qué te dijeron?

--Evaristo me habló también del hipódromo; criticó mucho que la pista de Palermo no tenga césped, como las pistas de París y de Londres. Aseguró, en tono desdeñoso, que aquí estamos muy atrasados en estas cosas, que son tan importantes en todo país civilizado. «Créame, señorita--agregó con gravedad imponente:--después de haber estado en Longchamps y en Epsom, en los grandes hipódromos de París y Londres, no se puede ir a Palermo. Vuelve uno lleno de polvo, hecho un asco ¡impresentable!» A Evaristo no le llaman la atención los caballos; le interesa la pista, y, sobre todo, el verde. Está deseando que se acabe la guerra para volverse a Europa, porque aquí, sin césped en la pista de Palermo, ya no puede vivir.

--Y Enriquito, ¿qué te dijo?

--¡Ay, no me hable! Es el más frívolo y el más insulso de todos.

--Sí, hijita, ese es el arquetipo del tilinguismo.

--No me habló más que de modas femeninas y de si tal muchacha es más elegante que tal otra. Cree que la moda vuelve otra vez a la época de la Pompadour. Está conforme «en principio» con la adopción de aquel traje, pero «previas» algunas reformas que me explicó con gran riqueza de detalles. Hizo la crítica de los vestidos que llevaban varias niñas el día del premio del «Jockey Club». Parece que Clotilde se presentó con un sombrero un tanto estrambótico. Me preguntó si la había visto. Y como le dijera que no, exclamó al punto: «Era un sombrero ¡digno! de verse».

--¿Y Carlitos Nuezvana, ¿estuvo muy espiritual?

--Ese me habló de modas masculinas. Estaba muy disgustado porque, debido a la guerra, no puede hacer venir sus trajes de Londres, de donde los ha traído siempre. En Buenos Aires no hay sastres: «son talabarteros». Se hallaba molestísimo con el traje de frac que le habían hecho aquí. «Vea usted este frac; el corte es imposible; las solapas no se plegan, los faldones son cortos, ¡estoy ridículo!» Le dije que el secreto de la elegancia no está en que lo que uno se pone le mejore a uno, sino en mejorar uno lo que uno se pone. Pero no entendió el sentido de esta definición de la elegancia. Entonces le dije que es el aire de la persona y no el vestido lo que la hace ser naturalmente elegante. Y le agregué que él era muy «airoso», que era todo aire, de pies a cabeza. Me dió las gracias. Por último agregó: «Estoy lo más contrariado por estos inconvenientes de la conflagración».

--Y con Ernesto, ¿cómo te fué?

--A Ernesto le da por la aristocracia. Sólo me habló de si eran o no eran conocidas las personas que asistieron a las diversas fiestas dadas este invierno. La calidad de las gentes que concurren a las reuniones constituye su preocupación. El hombre es de un aristocratismo completamente empingorotado. Parece que hubiera nacido en medio de la corte de la casa de Austria. El pobrecito es más hueco que una caña de pescar. Se me ocurrió hablarle de política, preguntándole: «¿Votó usted por los radicales?»--«¡Qué esperanza!--me respondió;--no es gente conocida...»

--¿De manera que te aburriste en grande?

--No, eso no. La tontería tiene siempre algo de divertida.

--Tienes razón, hijita. Además la tontería es tan variada como la inteligencia. Hay tontos de muchísimas clases, como hay inteligentes de muchas maneras. Pero el tonto es siempre más perfecto como tonto que el inteligente como inteligente. La Naturaleza, cuando crea un inteligente, le deja siempre alguna falla, alguna tontería. En cambio, cuando crea un tonto, la Naturaleza es maestra; lo crea completo, sin pero, perfecto, redondo. Dios te libre, hijita, de uno de éstos.

--Pues hay uno que...

--¿Te persigue? ¡No me digas! ¿Le conozco yo?

--Sí; estaba aquí anoche.

--¡Qué me dices! Cuenta, cuenta...

--Otro día. Ahora tengo que irme. Van a venir a buscarme. Ya le contaré, porque necesito su consejo. Mamá--ya la conoce usted--en siendo rico y persona conocida... Pero yo no quiero ¡no quiero! Y habrá lucha. Y tiene usted que ayudarme, porque yo no me caso con un tilingo, por mucha plata que tenga y por muy conocido que sea. ¡Eso no, eso no!...

Vinieron a buscarla y se fué. Pero quedamos en que vendrá a verme uno de estos días y me expondrá su problema. Me ha dejado llena de curiosidad y un poco intranquila.

LA FIESTA HÍPICA

Una tarde clarísima, luminosa, radiante; el cielo azul, altísimo, límpido, traslúcido. La primavera ha cubierto de verde follaje la desnuda vegetación invernal. Se oyen entre la enramada píos de amor. Todo es vitalidad, alegría, florescencia.

La muchedumbre urbana invade el hipódromo, a presenciar la gran carrera del año. La tribuna popular forma una masa compacta, densa, apretada, inmóvil casi por falta de espacio para moverse, rebullendo sobre sí misma. En el otro extremo, en la tribuna del «paddock» la clase media ofrece su nutridísimo concurso a la fiesta. En medio, entre el vasto tinglado para el pueblo y el «paddock» de los pudientes, la tribuna del Jockey, atestada igualmente de selecto público: aristocracia, alta burguesía, «sportsmen», «clubmen», «dandys», numerosos «cipreses», embajadores extranjeros que han venido a presenciar la trasmisión del mando presidencial, los cuales llevarán a sus respectivos países, tendidos a lo largo del Continente, la impresión de la brillante vida bonaerense. De retorno en Lima, Asunción, La Paz, Río, Méjico, etc., estos embajadores contarán las maravillas de nuestra rápida evolución social y económica, el refinamiento de nuestra vida, nuestros progresos sorprendentes. En los círculos sociales y políticos de sus respectivos países--un poco remisos al progreso, lentos en su desarrollo, un poco estrechos en su economía, trágicos en su política, caóticos y confusos en su total existencia--narrarán lo que vieron en Buenos Aires, dando a sus oyentes la sensación de haber contemplado en el Sur el foco civilizador del Continente, un foco en que, por virtud del progreso, de la cultura y de la riqueza colectiva, por la tolerante convivencia de todas las ideas, en sólida y arraigada paz, es ya su luz fija y segura, irradiando sobre todos los pueblos que moran en lamentable turbulencia entre el mar Caribe y el río de la Plata.

También asisten a las carreras dos miembros de nuestro flamante gobierno, en representación, según me dicen, del excelentísimo señor Presidente de la República, hombre poco dado a lo ostentatorio de los grandes festivales, sobrio en sus costumbres, un tanto cartujas. El hecho de esta representación oficial se comenta favorablemente entre los socios del Jockey, interpretándose como un puente de plata entre las tres tribunas o tinglados que dividen las clases sociales en el hipódromo. El suceso se interpreta como un indicio de que no será modificado el régimen existente, ni se producirá, como en Babel, una deplorable confusión de las gentes. La ligera intranquilidad de los «clubmen» ha desaparecido con la presencia de la representación oficial.

Un rumor sordo, de muchedumbre lejana, llega de las tribunas populares a las del Jockey: un vocerío compacto de emoción, de alegría, de ansiedad, al ver cruzar los corceles alígeros, raudos como flechas disparadas por arcos a máxima tensión.

Los gorriones, tranquilos moradores del tejaroz o alero de las tribunas, han saltado al centro del campo que circunda la pista. Estos animalitos, los más sabios de la fauna volátil, han descubierto el secreto de combinar su libertad salvaje con su integración en la sociedad humana. Son domésticos hasta donde quieren y libres sin limitación. Al poco rato, volando sobre la muchedumbre, vuelven a los aleros, solicitados por tierna prole, amor que les infunde coraje para cruzar a ras del aliento y de la gritería de cien mil personas. Allá, en el tejado, ágiles y voluptuosos, disponiendo de la casa del hombre y del cielo azul, se ríen de toda aquella muchedumbre pendiente de las patas de los caballos, inferiores a la ligereza de sus alas.

En la explanada y tribunas del Jockey daban la nota de su gracia y de su belleza numerosas damas y señoritas ataviadas con trajes primaverales, de vistosas muselinas, espumillas y otras telas ligeras. No había lujo excesivo ni ostentoso. Cierta parquedad en el adorno personal denotaba, al par de un gusto depurado, los efectos de una crisis un tanto pertinaz. El buen gusto y la economía tienen íntima relación. Al estrecharse un poco los presupuestos destinados al atavío, la mujer aguza su ingenio para suplir con el arte los adornos costosos. Y entonces está mejor, porque no consiste la elegancia en gastar mucho, sino en gastar bien. El único lujo ostentoso que se veía el domingo era el de los «cipreses». Estos pintureros y pisaverdes examinaban atentamente los trajes de las señoritas. A uno de ellos muy presumido le oí decir, refiriéndose a una niña cuya elegancia no se ajustaba a sus cánones: «¡es cache!». El pavipollo revoleó la varita y siguió al encuentro del rey de los cipreses, de Carlitos Nuezvana.

Los dos motivos de conversación general eran las carreras, sus accidentes y sorpresas, y los puestos de significación política que aún faltan por llenar. Se hablaba al mismo tiempo de «Vadarkblar» y del futuro intendente, de «Saint Emilion» y del nuevo jefe de policía, de «Sangre Azul» y del que llenará la vacante de la dirección de Correos. La carrera tras de estos puestos era, según el decir de la gente, tan competida y disputada como la que dentro de unos momentos se realizaría en la pista entre los aristócratas de la sangre hípica. En una y otra carrera había favoritos. Pero entre los corceles esta condición de favoritos dimanaba exclusivamente de su valer, demostrado en carreras anteriores, mientras que en la carrera tras de los puestos no era el valer demostrado la condición esencial para ser favoritos, sino otras circunstancias humanas, en que el mérito deriva de los codos para abrirse camino en las competencias de la política.

Las damas y señoritas ponían gran interés en las carreras, examinando el programa, las cotizaciones, los dividendos de las ya corridas, y pidiendo y dando «pálpitos» para las que iban a correrse. En un grupo, una señorita muy espiritual ofrecía un «pálpito» a un mozo, ligeramente atezado, miembro de la embajada del Brasil. «Muito obrigado--repuso éste, agregando, con el fino y galante romanticismo de su país--; pero a ese «pálpito» prefiero, hermosa señorita, el órgano con que usted palpita».--«¡Ay, qué gracioso!»--exclamó la muchacha--«¡Es una declaración en toda regla!»--añadieron a coro los del grupo, celebrando aquel rasgo espiritual.--«¡Aceptado! ¡aceptado!»--decía ella, riéndose y siguiendo la broma. El fino y gentil brasileño, dirigiéndose alternativamente a la niña y al grupo, repetía: «Obrigado, muito obrigado...».

Pasó un señor muy elegante, con traje gris, galera gris, polainas blancas, muy expresivo en sus ademanes y gestos. «¿Quién es?»--pregunté a mi marido.

--El Payo.

--¿El payo Roqué?

--El mismo que viste y calza.

--Viste y calza muy bien.

Evoqué recuerdos de mi infancia, ya un poco lejana. Con todo, el Payo estaba aún resplandeciente, conservando su ingénita gallardía y aquel garbo propio de los buenos mozos.

Cruzó el Ministro de Agricultura. Y me acordé al punto de mi ex amiga Petrona. Su marido, Eleuterio, se ha quedado sin cartera. Siento cierto remordimiento pensando en que quizá aquella malhadada croniquilla que escribí, relatando la conversación que tuvo conmigo, haya podido influir en la postergación de un hombre de los méritos agrícolas de Eleuterio.

En el «buffet», Julia Elena, como esposa del presidente del Jockey, hace los honores de la casa, con la discreción, la finura y el buen gusto en ella habituales. Los embajadores y diplomáticos besan su mano al entrar. Esta costumbre, tan arraigada en los altos círculos sociales europeos, es objeto de controversia entre el elemento argentino que circula por los pasillos. Yo no me atrevo a dar una opinión definitiva sobre este punto. Me parece, sin embargo, que no arraigará entre nosotros esta forma de rendir homenaje a la mujer.

La gran carrera va a empezar. En el marcador aparece favorito «Vadarkblar». Existe un detalle que hace subir la cotización. Su dueño ha asistido siempre a las carreras con indumentaria democrática, de saco y sombrero flexible. Hoy ha venido de jaquet y galera, con el empaque elegante de quien está seguro de concentrar las miradas. Esta «paquetería» en un hombre habitualmente sencillo y demócrata, aunque adversario de Lisandro, es objeto de abundantes comentarios. «Vadarkblar ganará»--repite todo el mundo;--el jaquet y la galera del propietario son prendas de seguridad. Corre la voz, y, en vista de estos signos infalibles, la cotización sube como la espuma. «Es una fija». Yo me fijo también en el distinguido propietario, y ante su aire de ganador, me animo con unos boletitos que le hago sacar a mi marido. Siento cierto remordimiento, pues me parece que los del Jockey jugamos con ventaja sobre los de la tribuna popular, porque ellos no han visto, como nosotros, al propietario, y les falta, por lo tanto, este «dato» seguro del jaquet y la galera, infalibles detalles de ganador que nos ofrece nuestro distinguido y simpático consocio. Pero en las carreras, como en los demás juegos, es difícil no prevalerse de cualquier circunstancia favorable, de cualquier ventaja más o menos legal. Tiendo mi vista con lástima a toda la colosal muchedumbre de la tribuna popular. ¡Pobrecitos, no saben nada! Sólo aquí, en la tribuna del Jockey, estamos en el secreto. Yo acaricio mil boletos entre la mano y el guante. «¡Vamos a ganar, Jorge, vamos a ganar!» Y haciendo una confusión lamentable entre política y carreras, añado: «¡No hay que hacerle; los radicales se lo llevan todo por delante! ¡No se puede con ellos!»

¡Ay, nuestro favorito derrotado! «Vadarkblar» sólo da que hablar como perdedor. He estrujado mis boletitos. ¡Y yo que creía tan seguro el «dato» del jaquet y la galera!...

Al salir para tomar nuestro automóvil nos cruzamos con un amigo. «¿Y... cómo les fué?»

--¡Al tacho!--responde mi marido.

Yo le aprieto el brazo y le digo: «¡Jorge, qué palabra tan inelegante!...»

LAS ANGUSTIAS DE MI PROTEGIDA

Mi protegida Inesilla--ya os he hablado varias veces de ella--vino a verme la otra tarde. Apenas entró en casa, noté en su gracioso semblante cierta turbación, un estado de inquietud y desasosiego que me alarmaron.

--¡Ay, Marianela, mi buena amiga, mi querida protectora, las cosas que a mí me pasan no le pasan a nadie!...

Y rompió a llorar sobre mi hombro en forma acongojada y angustiosa.

--¡Muchacha! ¡Me alarmas! Sosiégate, ¿Qué te pasa?...

--¡Es horrible, horrible! ¡Quisiera no haber nacido!...

--¡No digas eso, criatura! El mundo hubiera perdido la gracia de tu presencia en él. Pero cálmate, no te sofoques, no te aflijas. Siéntate y... cuenta, cuenta. ¿Qué te sucede?

--Que se me ha declarado... ¡ay de mí!...

--¿Ay de tí? ¡Ay de él, en todo caso!... Pero ¿quién?

--¡Quién ha de ser! ¡¡El rey de los «cipreses»...!!

--¡Hijita!... Me habías asustado. Creí que se trataba de alguna desgracia.

--¿Y le parece a usted poca desgracia?--dijo llorando y riendo a un tiempo, momento de transición en que mi protegida se torna verdaderamente divina.

--No creo que la declaración de un rey, ¡de un rey nada menos! sea causa de aflicción. Ninguna mujer llora ante un matrimonio morganático.

--Sí, ríase usted...

--Es un honor que haya descendido un rey hasta tus plantas.

--Gracias, gracias.

--Pero, vamos, cuenta, cuenta, hija mía, con ese graciosísimo pico que Dios te ha dado. Me tienes impaciente. ¿Cómo fue la cosa!...

--Pues verá usted. ¿Se acuerda de la conversación que tuvimos al otro día de la fiesta que dió usted para presentar en sociedad a sus sobrinas Carmen y Lucía?

Hago memoria. Ante la suspensión de mi mente, Inés agrega con verba rápida:

--¿No recuerda usted que, al irme, la dije que había un ciprés que me perseguía y que...?

--¡Sí, hijita! ¿Cómo no? Ahora caigo. Estaba trascordada. Me había olvidado, porque creí que era una broma tuya.

--Sí, sí... broma... no está mala broma. Bromazo ha resultado.

--Pero... vamos a ver: ¿Quién es el rey de los cipreses?

--¿No lo sabe usted?...

--¡Hay tantos que pueden aspirar a esa corona!... Entre los cipreses, como todos son iguales, cualquiera puede ser el rey.

--Pues es Carlitos Nuezvana.

--¡No me digas! Está bien puesto el nombre. Merece el cetro. ¿Y se te ha declarado? ¿Cuándo? ¿Dónde? Cuenta, muchacha, cuenta...

--La cosa empezó la noche de la fiesta que usted dió, dedicada a sus sobrinas. Comenzó por insinuaciones, no muy ingeniosas. Ya sabe usted que el pobrecito carece de sal en la cabeza.

--Sí, hijita; no tiene más que agua de lino y cosmético, con cuyos elementos se plancha el pelo. Por dentro y por fuera, todo es plancha. Sigue...

--Las insinuaciones fueron muy directas, por dos razones. La primera, porque sus recursos de palabra son muy pobres.

--El mozo «tilinguea» en cuanto abre la boca. Claro; no estudia, no lee, no cultiva su espíritu y...

--Y la segunda... La segunda razón es la que más me hiere. El hombre...

--El ciprés.

--Bueno. El rey de los cipreses no puso cautela ni parsimonia en sus insinuaciones, porque creía... así me pareció a mí... que me hacía un honor ofreciéndome su amor.

--Y así es, hijita; se trata del rey nada menos, de Nuezvana I...

--Como lleva un apellido tan conocido y es además tan rico, pues... claro... no se imagina que alguien pueda decirle que no, y mucho menos yo, que en apellido le puedo igualar, pero en plata...

--El apellido, hijita, vale cuando se sabe elevarlo. El que no sabe abrillantarlo, o, por lo menos, mantener su brillo, valdría más que no lo hubiera heredado. Y en cuanto a la plata, no se necesitan millones para ser feliz.

--Tenía la seguridad absoluta de que yo le aceptaría encantada. Y por eso me hablaba con un descaro frío, sin esa emoción que en tales trances produce la duda. Sus galanterías, exentas de espiritualidad, me produjeron un efecto deplorable. Bailábamos un vals, y me pareció que iba enlazada a un muñeco que le habían dado cuerda. Le miraba el pelo renegrido, hecho una pasta, como un casco de alquitrán. No se le movía un cabello, y no pude menos de pensar que su inteligencia y su espíritu eran lo mismo, inmóviles.

--Pero ¿cómo se te declaró? ¿qué te dijo?

--Después de elogiar mi elegancia (ya sabe usted que no habla más que de elegancia) me dijo que él «estaba dispuesto» a iniciar relaciones conmigo. Luego agregó que «se atrevía a suponer» que no sería rechazado. Esto lo dijo con un airecito de seguridad impertinente, en el cual adivinaba yo este pensamiento: «¡qué he de ser rechazado!...»

--Y tú... ¿qué le dijiste?

--Estuve por darle allí mismo unas calabazas más redondas y más duras que su cabeza. Pero me contuve. Me daba cierta lástima apabullarle en su doble orgullo de rico y de aristócrata. Sólo me limité a decirle: «No hay atrevimiento en su pretensión». Y agregué, con cierto retintín que él no podía pescar; «ya que usted «está dispuesto» (recalqué mucho esta frase) veré si yo me dispongo. En estos casos las disposiciones deben ser mutuas. Y aunque usted me honra mucho con su inclinación, necesito pensarlo...»

--Muy bien, hijita, muy bien dicho. ¡ Si eres más viva!... ¿Y él, qué dijo ante esa filigrana de respuesta?

--Dijo que él no lo había pensado; que...

--¡Claro! ¡qué va a pensar él!...