Crónica de la conquista de Granada (2 de 2)

Part 7

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Entretanto el príncipe moro, Cidi Yahye, que habia tenido noticia de estos debates, no dudaba que el ejército sitiador alzase luego el campo y se retirase. Un movimiento que notó en el real cristiano, parecia confirmar esta esperanza; pues vió abatirse tiendas y desfilar las tropas por el valle. Pero esta ilusion lisonjera fue de poca duracion: el Rey Católico no habia hecho mas que dividir su hueste en dos reales, para mas estrechar el sitio. El uno, que se componia de cuatro mil caballos y ocho mil infantes, con toda la artillería y los pertrechos de batir, se colocó á las faldas de la sierra, entre ésta y la ciudad; y en él se aposentaron el marqués de Cádiz, don Alonso de Aguilar, y don Luis Fernandez Portocarrero, con otros caballeros distinguidos. En el otro mandaba el Rey en persona con seis mil caballos, una infantería numerosa, y las gentes de las montañas de Vizcaya y Guipuzcoa, y las del reino de Galicia. Entre otros caballeros, estaban con el Rey el conde de Tendilla, don Rodrigo de Mendoza, y don Alonso de Cárdenas, maestre de Santiago. Estaban estos dos campamentos situados á partes opuestas de la ciudad, y del uno al otro habria la distancia de media legua: el terreno de en medio estaba ocupado por las huertas; y por esto se tuvo cuidado de fortificar á entrambos con trincheras, palizadas y otras defensas.

El veterano Mohamet, miraba cuidadoso estos dos campamentos tan formidables; pero todavia se consolaba pareciéndole que estando tan separados el uno del otro, y con aquella espesura de huertas en medio, no podrian socorrerse mútuamente en caso necesario. Mas no tardó en venir el desengaño para destruir esta confianza. Apenas acabaron de fortificar los reales, cuando se dejó sentir allá en las huertas el ruido de herramientas, y el hundimiento de árboles; y con sorpresa y dolor vieron los moros de la ciudad como iban desapareciendo aquellas deliciosas arboledas, postradas por los gastadores de Fernando. Animados de un celo ardoroso, salieron á proteger aquellos sitios, que eran su placer y su recreo; y por muchos dias fueron las huertas teatro de escaramuzas y refriegas muy sangrientas. Pero entretanto, seguia la devastacion, y los taladores protegidos por la tropa, continuaban su trabajo. Era una empresa que exigia infinita paciencia, y esfuerzos gigantescos, pues era tal la magnitud y espesura de los árboles, que aunque trabajaban para derribarlos cuatro mil hombres armados con destrales, apenas lograban escombrar cien pasos en cuadro cada dia; y por otra parte, ponian los moros tanto impedimento, que pasaron cuarenta dias primero que se acabase de arrasar las huertas.

Asi quedó la ciudad de Baza despojada de aquel verdor lozano que la hermoseaba, y que constituia á un mismo tiempo su proteccion y sus delicias. Prosiguiendo los sitiadores su trabajo, lograron al fin cercar enteramente y aislar la plaza: abrieron en lo llano una zanja profunda, que llegaba del un real al otro, y por medio de ella hicieron correr las aguas de la sierra; fortificándola ademas con una gran palizada y con quince castillos que levantaron de trecho en trecho. Por la parte de la sierra se hizo otra zanja, fortificada con las mismas defensas que la primera; quedando asi los moros cercados por todas partes con fosos, palizadas y castillos, en términos que no les era posible en sus salidas exceder de esta gran línea de circunvalacion, ni recibir socorros de fuera. Finalmente, se deliberó quitarles el agua de una fuente que habia cerca de la ciudad. Á esta fuente tenian los moros un afecto particular, pues era casi indispensable á su subsistencia; y sabiendo por algunos desertores, que el Rey trataba de apoderarse de ella, salieron una noche y fortificaron sus alrededores tan eficazmente, que tuvieron los cristianos que abandonar el proyecto, y dejar á los moros este recurso.

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CAPÍTULO XX.

_Hazaña de Hernan Perez del Pulgar._

El sitio de Baza, mientras proporcionaba á los generales cristianos el lucir su ciencia y conocimientos militares, ofrecia muy pocas ocasiones á la fogosa juventud española para egercitar sus brios. El tedio de una vida tan monotona y tranquila como la que pasaban en el real, se les hacia insoportable, y suspiraban por acometer alguna empresa de dificultad y peligro. Entre otros caballeros á quienes animaba este deseo, se distinguian Francisco de Bazan, y don Antonio de la Cueva, hijo del duque de Alburquerque. Estando estos dos en conversacion un dia se quejaban de la inaccion á que estaban reducidos, cuando un adalid veterano que los habia escuchado, se les presentó ofreciendo llevarlos á tal parte, que les fuera fácil ganar honra y provecho, y hacer un servicio al Rey. “Cerca de Guadix, decia, hay unas aldeas que ofrecen rica y abundante presa. Conducidos por mí, podreis dar sobre ellas de improviso; y si sois discretos como sois valientes, os llevareis los despojos á la vista misma del Zagal.” La proposicion gustó en extremo á aquellos jóvenes ardorosos. Estas expediciones eran muy frecuentes por aquel tiempo; y los moros del Padul, de Alhendin y de otros lugares de las Alpujarras, habian hecho muchas cabalgadas y correrías por el territorio cristiano. Francisco de Bazan y don Antonio de la Cueva, fácilmente hallaron otros caballeros de su edad, que se reunieron á ellos para esta empresa; y muy pronto llegó su número á doscientos caballos y trescientos peones, todos bien equipados y mejor dispuestos.

Guardando muy secreto el destino que llevaban, salieron del real una tarde entre dos luces, y guiados por el adalid, se dirigieron por caminos escusados al través de las montañas. Continuaron su marcha sin detenerse de dia ni de noche, hasta que una mañana al rayar del alba, llegaron cerca de Guadix, y entrando repentinamente en las aldeas, saquearon las casas, prendieron á sus moradores, y destruyeron cuanto no podian llevar consigo. Saliendo despues al campo, cogieron mucho ganado; y reunido todo el botin, se pusieron en retirada apresuradamente, para ganar las montañas antes que corriese la alarma, y la tierra se levantase. Pero habiéndose comunicado inmediatamente al Rey moro, por algunos pastores, la noticia de este arrojo, y del estrago cometido, mandó el Zagal salir á toda prisa seiscientos hombres escogidos á caballo y á pié para recobrar la presa, y traer á los agresores cautivos á Guadix.

Los caballeros cristianos, caminando con la prisa que permitia su cansancio y una numerosa cabalgada, empezaban á internarse en las montañas, cuando volviendo el rostro, descubrieron una nube de polvo, y poco despues los turbantes de una fuerza enemiga que venia en su persecucion. Algunos de los ginetes cristianos, viendo que los moros eran en mayor número, y que salian de refresco, al paso que ellos y sus caballos estaban rendidos de fatiga, querian abandonar la cabalgada y salvarse con la fuga. Pero sus gefes, Francisco de Bazan, y don Antonio de la Cueva, lejos de consentir una accion tan cobarde, mandaron que se apercibiesen todos á la pelea, diciendo que seria cosa indigna soltar la presa sin tirar un golpe, y abandonar los peones á la furia del enemigo; que si el temor aconsejaba la fuga, la conservacion de sus vidas dependia de una resistencia vigorosa; y que seria menor peligro acometer como valientes, que huir como cobardes.

En esto se acercaba el enemigo, y con la diversidad de voluntades iba creciendo la confusion. Unos, como buenos caballeros, querian batirse y esperar al enemigo: otros, que eran voluntarios y gente allegadiza, solo pensaban en asegurar sus personas huyendo. Para terminar la disputa, mandaron los capitanes al alférez que volviese la bandera, y fuese delante contra los moros. El alférez se mostró indeciso, y la tropa iba ya á entregarse á una fuga desordenada. Entonces un escudero de la guardia del Rey, que se llamaba Hernan Perez del Pulgar, y era alcaide de la fortaleza del Salar, se puso al frente de todos, y atando al extremo de su lanza un pañuelo por via de enseña, la levantó en alto, diciendo: “Caballeros ¿para qué tomamos armas en las manos, si hacemos consistir la salud en la ligereza de nuestros pies? hoy se ha de ver quien es el hombre esforzado, y quien es el cobarde: el que se hallare con ánimo de pelear, no carecerá de bandera, si quisiese seguir esta toca.” Dicho esto y ondeando aquella bandera sobre su cabeza, volvió su caballo y arremetió á los moros con denuedo. Este ejemplo animó á todos los caballeros; y movidos unos de su voluntad, y otros vencidos de la vergüenza, siguieron al valeroso Pulgar, y entraron con algazara en la pelea.

Los moros apenas tuvieron esfuerzo para resistir el primer encuentro. Arrebatados de un terror pánico, se pusieron en huida, y fueron perseguidos por los cristianos con mucha pérdida hasta cerca de Guadix. Trescientos moros quedaron tendidos en el campo, y fueron despojados por los vencedores; algunos cayeron prisioneros; y los caballeros cristianos, con su cabalgada y muchas acémilas cargadas de despojos, regresaron al real, donde entraron en triunfo, llevando delante la bandera singular que los habia conducido á la victoria.

El Rey, instruido de esta hazaña de Hernan Perez del Pulgar, le armó caballero, y en memoria de tan bizarro hecho, le dió licencia para traer por armas una lanza con una toca, juntamente con un castillo y doce leones. Por esta y otras proezas semejantes, fue muy distinguido el esforzado Pulgar en las guerras de Granada, y ganó tanta nombradía que vino á ser llamado, el de las hazañas[27].

[27] Hernando del Pulgar, historiador y secretario de la Reina doña Isabel, suele ser confundido con este caballero. Aquel tambien estuvo en el sitio de Baza, y refiere este hecho en su Crónica de los Reyes Católicos.

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CAPÍTULO XXI.

_Continuacion del sitio de Baza, y embajada que recibió el Rey._

Los quebrantos y reveses de la guerra, tenian abatido el ánimo del anciano Monarca el Zagal, y las noticias que todos los dias le venian de los sufrimientos de la guarnicion y vecinos de Baza, le afligian tanto mas, cuanto no podia ir en persona á socorrerlos, por ser necesaria su presencia en Guadix para contener á su sobrino. Empero su situacion, bajo algunos aspectos, se aventajaba á la del jóven Rey de Granada; pues mientras éste en clase de vasallo pensionado disfrutaba tranquilo del blando reposo de la Alhambra, el veterano Zagal mantenia la guerra con honor, defendiéndose hasta en el último escalon del trono. Los caballeros de Granada hacian comparaciones entre la generosa resistencia de los defensores de Baza, y la indecorosa sumision que prestaban ellos al dominio de un extrangero. Cuando se les referia alguna desgracia acaecida á sus compatriotas, se llenaban de angustia sus corazones; cuando se les participaba alguna brillante empresa felizmente acabada por los mismos, se quedaban sonrojados y confusos. Muchos salieron ocultamente de la ciudad con sus armas, y fueron á reunirse con los guerreros de Baza; los demas, conmovidos por los partidarios del Zagal, entraron en una conspiracion cuyo objeto era sorprender la Alhambra, matar á Boabdil, y reuniendo todas las tropas, marchar á Guadix, donde reforzados por la guarnicion de esta plaza, y capitaneados por el belicoso Rey viejo, podrian caer con fuerza irresistible sobre el ejército cristiano delante de Baza.

Felizmente para Boabdil se le dió con tiempo noticia de esta conspiracion; y haciendo prender á los autores de ella, mandó cortar á cuatro de los principales las cabezas, las cuales fueron colocadas en las puertas de la Alhambra. Con este castigo se atemorizaron los desafectos, cesó el alboroto, y se estableció una tranquilidad aparente en toda la capital.

Fernando, con la noticia que tuvo de estos movimientos, tomó oportunamente sus medidas para impedir que se socorriese á Baza; colocó en los caminos partidas de caballería para interceptar los convoyes, y prender á los voluntarios que salian de Granada; y mandó erigir atalayas en las alturas, para guardar el campo, y dar aviso al momento que se presentase un enemigo.

Con estas medidas, y con aquella línea de torres y almenas erizadas de tropas que ceñia la ciudad, quedaron el príncipe Cidi Yahye y sus valientes compañeros de armas excluidos, en cierto modo del resto del mundo. Las semanas y los meses se pasaban, esperando el Rey que el temor ó la necesidad obligase á los moros á mover partidos de rendicion; pero ellos en medio de sus apuros, aparentaban cada dia mayor esfuerzo; hacian salidas frecuentes, disponian emboscadas, y daban asaltos vigorosos al real cristiano. Este, por la grande extension de sus defensas, era débil en algunas partes; y los moros dirigiéndo por alli sus ataques, entraban de rebato en el real, hiriendo y robando, para volverse en seguida á la ciudad con los despojos que cogian.

Estas salidas acarreaban á veces encuentros y escaramuzas muy sangrientas. En ellas se distinguieron don Alonso de Cárdenas, el alcaide de los Donceles, y otros caballeros. En cierta accion que se empeñó una tarde al pié de la sierra, un capitan valiente, llamado Martin Galindo, viendo á un poderoso moro á caballo, que hacia tanto estrago en los cristianos, que parecia no haber resistencia contra la fuerza de su brazo, se fue para él, y lo desafió á combate singular. El moro, que era de la valerosa tribu de los Abencerrajes, apenas oyó el reto, manifestó que lo admitia: tomaron los dos carrera, y arremetiendo el uno contra el otro, se encontraron de las lanzas con ímpetu furioso. En el primer encuentro el caballero cristiano derribó de la silla á su contrario; pero antes que Galindo pudiese volver su caballo, se levantó el moro, cobró su lanza, y embistiéndole le hirió en el brazo y en la cara. Aunque Galindo estaba á caballo y el moro á pié, era tal la destreza y valentía de este último, que Galindo se hallaba en el mayor peligro, cuando felizmente fue socorrido por algunos de sus compañeros. Á la llegada de éstos se retiró el valiente moro con serenidad, teniéndolos á raya hasta reunirse con los suyos.

Algunos de los jóvenes caballeros españoles, envidiosos del triunfo de este guerrero infiel, quisieron asimismo hacer armas con otros caballeros del ejército enemigo; pero el Rey prohibió semejantes encuentros por inútiles, y aun mandó que se evitasen las escaramuzas; porque ademas de la destreza que tenian los moros en este género de peleas, se aventajaban á los cristianos en el conocimiento práctico que tenian del pais.

Estándose asi prosiguiendo el sitio de la ciudad de Baza, llamó la atencion de todos la venida al real de un religioso que acababa de llegar de la tierra santa: llamábase Fray Antonio Millan, y era prior del monasterio del santo Sepulcro en Jerusalen. Venia este religioso como embajador del Soldan de Egipto, para tratar con el Rey Católico de materias concernientes á la guerra de Granada. La confederacion formada entre aquel potentado y el gran señor Bayaceto II para socorrer unidos á los moros de Granada, (como se dijo en otro capítulo de esta crónica) se habia disuelto, y estos príncipes volviendo á su antigua enemistad, se habian declarado la guerra. Pero el Soldan, como acérrimo musulman, creyó de su deber salvar al reino de Granada del poder de los cristianos. Con este objeto, despachó al referido religioso con cartas para los Soberanos de Castilla, como igualmente para el Papa y el Rey de Nápoles, representando contra los daños que se hacia á los de su nacion y ley, en la guerra con los moros de Granada; siendo asi que él en sus dominios, protegia muchos cristianos en la posesion de sus bienes, y en el egercicio de su religion. Por lo tanto exigia que cesase la guerra contra los moros, y que se les restituyese el territorio de que habian sido despojados; y de lo contrario amenazaba dar la muerte á todos los cristianos que estaban bajo su señorío, arrasar sus templos y monasterios, y destruir el Sepulcro santo.

Recibida esta embajada, tuvo el Rey algunas conferencias con el religioso, y en ellas se trató del estado de la iglesia en los dominios del Soldan, y de la conducta y política de este príncipe para con ella. Y contestando á las quejas del Soldan, entró Fernando en una relacion detallada de las causas que justificaban aquella guerra, cuyo objeto, decia, era recobrar el territorio usurpado antiguamente por los moros, y satisfacer los muchos agravios y ofensas que de éstos habian recibido los cristianos. Al mismo tiempo encargó que se informase al Soldan del buen tratamiento que daba á los moros que se reducian á su obediencia.

Con esta respuesta, y despues de recibir del Rey las atenciones mas lisongeras, se despidió Fray Antonio Millan, y partió para Jaen, para visitar á la Reina. Doña Isabel le recibió con todo honor y cortesía, y haciéndole venir á menudo á su presencia, escuchaba con interés la relacion que le hacia de las cosas de Palestina. Compadecida de los sufrimientos de los cristianos en aquellas partes, dió al monasterio del santo Sepulcro una renta de mil ducados cada año; y al despedirse Fray Antonio para Jerusalen, le dió un velo bordado por sus propias manos para poner encima de la santa sepultura del Señor[28].

[28] Conviene manifestar el resultado de la mision de este religioso. Algunos años adelante, enviaron los Soberanos Católicos por embajador cerca del Soldan de Egipto al célebre historiador Pedro Martir de Anglería. Las representaciones de este sábio, no solo dejaron enteramente satisfecho al potentado oriental, sino que le movieron á conceder la remision de muchas extorsiones que se practicaban contra los peregrinos cristianos que visitaban el santo Sepulcro. Pedro Martir escribió una relacion de su embajada al gran Soldan; obra muy apreciada de los eruditos, y que contiene noticias muy curiosas: se intitula _De Legatione Babilonica_.

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CAPÍTULO XXII.

_De las disposiciones que tomó la Reina para proveer de bastimentos al ejército._

En tanto que don Fernando, con la nobleza del reino, se mantenia constante en su real de Baza, esperando dar nuevos blasones á las armas de Castilla; la Reina doña Isabel, que realmente era el alma de esta grande empresa, discurria con sus consejeros en el palacio de Jaen, los medios de proveer á la subsistencia del ejército y del Rey. Los suministros de víveres y dinero no cesaban, y eran continuos los reemplazos que exigia la pérdida de la gente de guerra. Pero de las obligaciones de Isabel, era esta última la menos difícil de cumplir; pues era tanto el amor que se le tenia en todo el reino, que á su llamamiento no quedó grande ni caballero de los que habian permanecido en sus casas, que no acudiese á servirla, ya en persona, ó ya enviándole sus gentes. Las casas antiguas de Castilla pusieron sobre las armas hasta el último vasallo; y los moros de Baza veian llegar todos los dias nuevas tropas al campo de los sitiadores, y ondear en él nuevas enseñas con armas y divisas bien conocidas en la guerra.

La mayor dificultad era el suministro de provisiones; pues no solo habia que abastecer al ejército, sino tambien á las guarniciones de los pueblos conquistados. La conduccion de lo que diariamente exigia el consumo de tan gran número de gentes, era un trabajo inmenso, en un pais donde apenas habia caminos de rueda, ni menos comunicaciones por agua. Todo se tenia que llevar á lomo, y por caminos escabrosos, ó por sendas al través de las montañas, donde no habia seguridad contra la rapiña y continuos asaltos de los moros. Los mercaderes que tenian costumbre de abastecer al ejército por contrata, suspendieron las remesas de mantenimientos en vista de las dificultades y pérdidas que habia para conducirlos. Para suplir esta falta, alquiló la Reina catorce mil bestias, mandó comprar todo el trigo y cebada que habia en Andalucía y en las tierras de los maestrazgos de Santiago y de Calatrava. La administracion de estos recursos se confió á personas de probidad; que los unos se hacian cargo del grano que se compraba, otros cuidaban de su elaboracion en los molinos, y otros de su conduccion al campo. Para cada doscientas bestias habia un oficial que dirigia á los conductores de las recuas, á fin de que no hubiese entorpecimiento en las remesas. Los convoyes estaban en continuo movimiento, y las acémilas no cesaban de ir y venir, guardadas por escoltas competentes, para evitar que fuesen interceptados por los moros; y en estas operaciones no hubo un solo dia de intermision, porque de ellas dependia la subsistencia del ejército. Cuando llegaban al campo las provisiones, se vendian á la tropa á un precio tasado, que ni subia ni bajaba.

Para ocurrir á estas atenciones fue menester un gasto enorme; pero con los subsidios del clero, y los préstamos de los pueblos y particulares, se vencieron todas las dificultades. Muchos comerciantes ricos, caballeros, y aun señoras, anticiparon de su voluntad cuantiosas sumas sin exigir garantías: tanta era la confianza que tenian en la palabra de la Reina. Asimismo se enagenaron ciertas rentas de la corona, para que las tuviesen por juro de heredad los compradores. Y no bastando todo esto para tan grandes gastos, envió doña Isabel su vajilla de oro y plata, con todas sus joyas y pedrería, á Valencia y Barcelona, donde se empeñaron por una cantidad crecida, que luego se destinó á cubrir las necesidades de la guerra.

Asi pues con su talento, actividad y espíritu emprendedor, consiguió esta muger heróica mantener aquella numerosa hueste, y abastecerla de todo lo necesario, en el centro de un pais enemigo, donde no se podia llegar sino por montañas ásperas, y caminos escabrosos. Ni eran solamente las cosas necesarias á la vida las que abundaban en el real, sino las de comodidad y lujo. Bajo la proteccion de las escoltas, y atraidos por su interés, los comerciantes y artífices acudieron de todas partes á este gran mercado militar, donde en breve se establecieron almacenes de toda clase de géneros, y talleres en diversos ramos: armeros que labraban aquellos suntuosos cascos y ricas corazas, que eran la gala de los caballeros cristianos: silleros y guarnicioneros, con arreos de montar relucientes de oro y plata; y mercaderes, en cuyas tiendas habia abundancia de preciosas sedas, brocados, lienzos finos y tapicería; en fin, cuanto podia alhagar el gusto de una juventud afecta á la magnificencia. Asi es que en el adorno de sus tiendas, y el esplendor de sus vestidos y jaeces, rivalizaban entre sí los grandes y caballeros, sin que el ejemplo ni las insinuaciones del Rey, bastasen para contenerlos.

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CAPÍTULO XXIII.

_De los desastres que ocurrieron en el real._

A proporcion de la abundancia que habia en el real cristiano de todas las cosas de necesidad, y aun de lujo, conducidas por una multitud de acémilas que dia y noche no cesaban de bajar de las montañas, era la escasez que se padecia ya en la guarnicion de Baza, donde la falta de mantenimientos y la mengua de los recursos, amenazaba los horrores de la hambre.

El príncipe Cidi Yahye se habia conducido con mucho valor y espíritu, en la defensa de la ciudad, mientras hubo esperanzas de triunfar de los sitiadores; mas ahora empezaba á declinar de la constancia que solia animarle, y se le veia pasear con aire pensativo los adarves de Baza, volviendo muchas veces los ojos ansiosamente hácia el campo cristiano, y quedando luego absorto en una meditacion profunda. El veterano alcaide Mohamed Ben Hazen, á cuya penetracion no se ocultaban los pensamientos del jóven príncipe, procuraba reanimarle y le decia: “La estacion de invierno se acerca; con las lluvias crecerán los arroyos, y las avenidas de la sierra inundarán la vega. El Rey cristiano ya vacila, y no podrá detenerse mucho mas en estos sitios. Un solo temporal que sobrevenga, arrebatará con ímpetu irresistible ese conjunto de alegres pabellones, y los desparramará de la misma suerte que el viento esparce el polvo de las eras.”