Crónica de la conquista de Granada (2 de 2)

Part 11

Chapter 113,959 wordsPublic domain

Acabado de fortificar el campo, vino á él la Reina, con el Príncipe don Juan y las Infantas. El dia despues de su venida, salió con mucho acompañamiento para ver el real y sus alrededores, y donde quiera llegaba, era recibida con aplausos y aclamaciones. Pero la fogosidad de la juventud granadina de ningun modo se disminuyó con la llegada de la Reina; y Muza, viendo que el Rey cristiano se abstenia de dar un asalto, procuraba empeñar escaramuzas, y promover combates singulares entre sus caballeros y los del ejército enemigo. Asi es que apenas pasaba dia en que no hubiese algun encuentro de este género: los combatientes rivalizaban entre sí en el lujo de sus armas y arreos, asi como en las proezas; y sus contiendas mas parecian ejercicios caballerescos ó justas, que combates verdaderos. Pero Fernando, viendo que estos desafios, al paso que costaban la vida á muchos de sus caballeros mas valientes, alimentaban el valor y ardoroso celo de los moros, los prohibió absolutamente; y por entonces cesaron con sentimiento de ambas partes. Mas no por eso dejaron los moros de hacer los mayores esfuerzos para renovarlos. Á veces una cuadrilla de ellos, bien montados, llegaban gineteando hasta las mismas barreras del real, y arrojaban dentro sus lanzas lo mas que podian, dejando en ellas algun rótulo con sus nombres para provocar á los cristianos; pero estos, contenidos por las terminantes órdenes del Rey disimulaban su irritacion.

Habia entre los caballeros moros uno que se llamaba Tarfe, á quien todos respetaban por su temerario valor y grandes fuerzas. Este arrogante moro, en una salida contra el real cristiano, se separó de sus compañeros, saltó con su caballo las barreras del real, y corriendo hácia el alojamiento de los Reyes, tiró su lanza tan adentro, que la dejó clavada en el suelo junto á la puerta del pabellon real. Los guardias salieron en su persecucion; pero ya Tarfe se habia reunido con los suyos, y envueltos en una nube de polvo corrian todos á rienda suelta hácia Granada. Al sacar del suelo la lanza, se halló en ella un rótulo manifestando que iba dirigida contra la Reina.

Grande fue la indignacion de los caballeros cristianos cuando supieron el temerario arrojo de Tarfe, y el insulto que se habia ofrecido á su Reina. Hallóse presente Hernan Perez del Pulgar, el de las hazañas; y resuelto á no ser excedido en valor por un bárbaro, propuso á sus camaradas una empresa de no menos dificultad y peligro. Muchos se ofrecieron á seguirle; pero él escogió solamente quince, que todos eran de gran corazon y de muchas fuerzas. En el silencio de la noche los sacó fuera del campo, y se acercó cautelosamente á la ciudad, hasta llegar á un postigo que daba sobre el Darro, y estaba guardado por algunos soldados de infantería, los cuales, no esperando un ataque semejante, estaban casi todos durmiendo. Acometieron los cristianos, forzaron la puerta, y siguióse una pelea confusa entre ellos y la guardia. Pulgar, sin detenerse á tomar parte en la refriega, hincó las espuelas á su caballo, y se entró por la calle adelante, corriendo furiosamente y sacando centellas de las piedras, hasta que llegó enfrente de la mezquita principal. Apeándose entonces de su caballo, se arrodilla delante de la puerta, toma posesion del edificio como templo cristiano, y lo consagra á Nuestra Señora. En testimonio de esta ceremonia, saca una tablilla que traia, en que estaban escritas en letras grandes las palabras, AVE MARÍA, y con el pomo del puñal la clava en la puerta. Hecho esto, monta su caballo, y á carrera tendida vuelve sobre sus pasos. Entretanto se habia alborotado la ciudad, y los soldados iban acudiendo de todas partes; pero Pulgar, atropellando á unos, derribando á otros, y asombrando á todos, volvió á ganar el postigo, y reuniéndose con sus compañeros que aun estaban peleando en la puerta, se retiró con ellos, y regresaron todos felizmente al real. Los moros, que no sabian el objeto de un atentado al parecer tan infructuoso, hacian mil discursos para comprenderlo; pero ¡cuál seria su exasperacion cuando á la mañana siguiente se ofreció á su vista aquel trofeo de valor, aquel Ave María que el intrépido Pulgar habia elevado en el centro de la ciudad! La mezquita que con tan nuevo modo santificó este héroe, se convirtió, despues de la conquista, en catedral[42].

[42] En conmemoracion de este insigne hecho, concedió posteriormente el Emperador Cárlos V. á Pulgar y á sus descendientes, el privilegio de sepultura en aquella iglesia, y el de sentarse en el coro cuando se celebrase misa mayor. Este Pulgar se distinguió en la carrera literaria no menos que en la militar, y dedicó á Cárlos V. una sumaria de los hechos de Gonzalo de Córdoba, el gran capitan, su compañero de armas; pero no fue el historiador y secretario de la Reina doña Isabel. Véase la Crónica de los Reyes Católicos de Pulgar, part. III, cap. 3, edicion de Valencia, 1780.

[Ilustración]

CAPÍTULO XXXV.

_Combate que se dió á consecuencia de haber salido la Reina á mirar la ciudad de Granada; y hazaña de Garcilaso de la Vega._

Habiendo manifestado la Reina sus deseos de ver de mas cerca la ciudad de Granada, tan célebre en todo el mundo por su hermosura, previno el marqués de Cádiz una escolta poderosa, para protegerla, y á las damas de su corte, mientras disfrutase esta peligrosa satisfaccion. Todo lo mejor y mas lucido del real salió para acompañar á la Reina: la pompa de la corte se juntó en esta expedicion con el aparato de la guerra, y veíase relucir las armas del guerrero por entre las plumas, sedas y brocados de las damas.

Llegando la escolta á una aldea llamada Zubia, que está en un cerro á la izquierda de Granada, donde se descubre la Alhambra y lo mejor de la ciudad, se colocaron el marqués de Villena, el conde de Ureña, y don Alonso de Aguilar, con sus batallones, en la ladera del cerro; y el marqués de Cádiz, con otros caballeros, se puso en órden de batalla en el llano, al rostro de la ciudad. Con estas precauciones pudo la Reina disfrutar cumplidamente la vista de la ciudad desde la azotea de una casa que le estaba prevenida en el lugar. Igual satisfaccion tuvieron las damas de su comitiva, las cuales, contemplando las rojas torres de la Alhambra que descollaba sobre frondosas alamedas, anticipaban la gloria de ver entronizados en aquel recinto á los Soberanos Católicos, y brillando en aquellos salones la caballería de Castilla.

Los moros cuando vieron á los cristianos ordenados en la llanura, creyeron que se les queria presentar batalla, y se apresuraron á admitirla. Salió de la ciudad un escuadron de caballería muy lucida, cuyos ginetes regian con maravillosa destreza sus ligeros y briosos caballos. Iban los moros primorosamente armados; sus vestidos eran de diversos colores y muy vistosos, y en los jaeces de los caballos resplandecian el oro y los bordados. Este era el escuadron favorito de Muza, que se componia de la flor de la juventud granadina: siguieron otros escuadrones, unos armados de todas piezas, otros á la gineta, con solo lanza y adarga; y últimamente salieron los batallones de infantería con sus arcabuces, ballestas, lanzas y cimitarras.

Al ver las tropas que salian de la ciudad, envió la Reina al marqués de Cádiz prohibiéndole que atacase al enemigo, ni admitiese desafios ó escaramuzas, porque no queria que su curiosidad costase la vida á ningun viviente. Prometió el Marqués obedecer, aunque con poco gusto suyo, y muy corta voluntad de sus caballeros. Los moros, no sabiendo á qué atribuir la inaccion del enemigo, que al parecer los habia llamado á la pelea, se salian de sus filas, retaban á los cristianos, y llegaban bastante cerca para tirar sus lanzas dentro de las batallas enemigas. Mas no por eso se descompuso la formacion de los cristianos, que no osaban contravenir las terminantes órdenes de la Reina.

Mientras prevalecia esta tranquilidad violenta en toda la línea cristiana, salió de la ciudad un caballero moro de gran cuerpo y estatura, y armado de todas piezas; rodela espaciosa, enorme lanza, alfange damasquino, y una daga primorosamente guarnecida. Venia con la visera calada; pero en su divisa se echó de ver que era Tarfe, el mas insolente, pero tambien el mas intrépido, de los guerreros de Granada, y el mismo que habia arrojado su lanza contra el pabellon de la Reina. Sugetando un fogoso caballo que parecia participar de la fiereza de su dueño, se acercó el moro, y pasó sosegadamente por delante de la línea cristiana. Pero ¡cuál seria la sorpresa de los caballeros españoles, cuando vieron atada á la cola del caballo, y arrastrada en el polvo, la misma tablilla con el Ave María que Pulgar habia fijado en la puerta de la mezquita! El horror y la indignacion se difundieron por todo el ejército. Pulgar no se hallaba presente; pero Garcilaso de la Vega determinó substituirle, y partiendo á toda prisa á Zubia, se echó á los pies de la Reina, é impetró su permiso para vengar este insulto. Volviendo entonces á cabalgar, embrazó su broquel flamenco, empuñó su fuerte lanza, y calada la visera, salió al encuentro del moro, y lo desafió al combate. Trabóse la pelea á la vista de ambos ejércitos, y en presencia de la Reina y de su comitiva. El choque fue terrible; las lanzas, hechas astillas, saltaron en el aire, y Garcilaso, derribado sobre el arzon de la silla, se vió en el mayor peligro; pero felizmente pudo cobrar las riendas, y poniéndose bien en su caballo, revolvió contra su enemigo. Acometiéronse entonces con las espadas. Las grandes fuerzas del moro, y la ligereza de su caballo, que le obedecia con maravillosa prontitud, le daban la superioridad sobre Garcilaso; pero éste se le aventajaba en la destreza, y en la facilidad con que paraba los golpes del alfange, que relumbraba en derredor de su cabeza. Empezaba á correr la sangre y á desfallecer el esfuerzo de uno y otro combatiente, cuando el moro, confiando en su mucha fuerza, se arrojó sobre su contrario, y se asió con él á brazos para arrancarle de la silla. En esta lucha vinieron los dos al suelo: cayendo el moro encima, paso una rodilla en el pecho de su víctima, y levantó en alto un puñal en ademan de clavárselo por la garganta. Los guerreros cristianos prorumpieron en un grito de desesperacion; pero en el mismo instante vieron al moro caer exánime en la arena. Garcilaso habia aprovechado la ocasion en que su contrario alzó el brazo para herirle, y acortando su espada, se la clavó hasta el corazon. Asi terminó este combate en que se observaron cumplidamente las leyes del duelo, pues nadie intervino en favor del uno ni del otro. Garcilaso despojó á su contrario, cobró la tablilla, y poniéndola en la punta de su espada, volvió en triunfo al ejército, que le recibió con gritos de alegría.

En esto habia llegado el sol al meridiano, y los capitanes moros irritados por el vencimiento de su campeon, determinaron atacar al enemigo. Empezaron á hacerles fuego con dos tiros de artillería, que muy pronto produjeron alguna confusion en las filas cristianas. Notándolo Muza, mandó avanzar á la carga, y dieron sus tropas con tal furia en los cuerpos avanzados de los cristianos, que los hicieron retroceder hasta las batallas del marqués de Cádiz. No pudiendo ya evitar la batalla, se adelantó el Marqués con mil y doscientas lanzas que mandaba, y dióse principio á un combate general. La suerte se declaró muy brevemente contra los moros, que batidos y atemorizados se entregaron á la fuga, huyendo unos á la ciudad, otros á los montes. Los cristianos siguieron el alcance hasta las mismas puertas de Granada, causando al enemigo una pérdida de mas de dos mil hombres: ganaron asimismo los dos tiros de artillería, y no hubo en aquella jornada lanza cristiana que no se bañase en sangre mora[43].

[43] Cura de los Palacios.

Tal fue esta corta pero sangrienta accion, denominada por los vencedores la escaramuza de la Reina. En conmemoracion de esta victoria, fundó doña Isabel en la aldea de Zubia un monasterio de Franciscanos, en que se ve un laurel que dicen fue plantado por ella misma[44].

[44] Tambien se ve en el dia la casa desde la cual miró la Reina esta batalla. Está en la primera calle á la derecha, entrando en el lugar por el lado de la vega, y tiene las armas reales pintadas en los techos. Habita en ella un honrado labrador, llamado Francisco García, que enseña su casa á los que quieren verla, y que rehusa con noble orgullo tomar recompensa alguna, ofreciendo al contrario la hospitalidad al forastero. Sus hijos están muy versados en los antiguos romances, relativos á las hazañas de Hernan Pulgar y de Garcilaso de la Vega.

[Ilustración]

CAPÍTULO XXXVI.

_Incendio del real, y última tala de la vega._

Era una tarde calurosa del mes de julio, y á la roja luz del sol que se ponia, presentaba el real cristiano un aspecto magestuoso. Las tiendas de los capitanes con sus gayadas telas, sus colgaduras y caireles, formaban al parecer una ciudad de brocado y seda; y elevándose en el centro de esta pequeña metrópoli el suntuoso pabellon de la Reina, coronado de banderas y divisas, parecia querer competir con los palacios de Granada. Este precioso pabellon era del marqués de Cádiz, que lo habia cedido á la Reina, y era el mas completo y magnífico que se conocia en la cristiandad. Levantábase en el centro de él un alfaneque al gusto oriental, cuyas ricas colgaduras estaban sostenidas por columnas de lanzas, adornadas con emblemas militares. En derredor de este alfaneque habia otros aposentos, unos de lienzo pintado, otros forrados de seda, y todos separados unos de otros con cortinas: era en fin un palacio de campaña, que se podia erigir y deshacer en un momento.

Iba entrando la noche, y disminuyéndose el bullicio de los preparativos que se hacian en el campo para la última tala que debia darse en la vega al dia siguiente, cuando se retiró la Reina á un gabinete para rezar sus horas antes de recogerse al lecho. Estando asi ocupada en sus oraciones, se vió de improviso rodeada de una luz muy viva, y de un humo denso que iba llenando toda la tienda; un momento despues ardia el pabellon en vivas llamas. La Reina, en tan gran peligro, se salvó apenas con una fuga precipitada, y temiendo por el Rey, corrió á su tienda. Pero el vigilante Fernando estaba ya en pié: saltando de su cama á la primera alarma, y creyendo fuese un rebato del enemigo, se habia salido á medio vestir, y sin mas armas que una lanza y una adarga.

Impelido por el aire que corria aquella noche, fue cundiendo el fuego y comunicándose de tienda en tienda, hasta envolver el campo en un incendio general. Al triste resplandor de las llamas se veia esparcidos por el suelo ricos muebles, armas diferentes, y vasos preciosos, que cediendo al rigor del fuego, empezaban á correr en arroyos de oro y plata. Todo era confusion y espanto; las cajas y trompetas tocaban al arma, las damas medio desnudas se salian despavoridas de sus tiendas, y los soldados, sin armas ni gefes, corrian desafinados por el real sin saber á que parte acudir.

La sospecha de que todo fuese una estratagema del enemigo, se desvaneció muy pronto; pero quedando el recelo de que aprovechasen los moros esta ocasion para intentar un asalto, salió el marqués de Cádiz con tres mil caballos para contenerlos. Cuando salieron del real, vieron iluminado todo el firmamento por el resplandor de las llamas, que parecia querian subirse al cielo, y llenaban el aire de centellas y cenizas. Caia sobre la ciudad una claridad tan grande, que toda ella se descubria patentemente con sus torres, almenas y baluartes: los turbantes de infinitos espectadores coronaban las azoteas de las casas, y las armas de los soldados relumbraban á lo largo de la muralla; pero ni un solo guerrero se veia salir por las puertas, porque los moros recelando tambien algun ardid por parte de los cristianos, no osaron apartarse de sus muros. Poco á poco fueron extinguiéndose las llamas, volvieron á prevalecer el silencio y la oscuridad, y el marqués de Cádiz regresó con su gente al campo.

Cuando al otro dia salió el sol sobre el real cristiano, no quedaba ya de aquel hermoso conjunto de tiendas y pabellones, sino montones de escombros y cenizas, cascos, coseletes, y arreos militares abrasados, y masas de oro y plata derretida. La recámara de la Reina fue destruida enteramente; y la pérdida de los grandes y caballeros en vajilla, joyas, y otros efectos preciosos, fue incalculable. Al principio se atribuyó el fuego á una traicion; pero despues se averiguó haber sido puramente efecto de una casualidad. La Reina, al retirarse á sus oraciones, habia mandado á una moza de cámara que apartase una vela que ardia en su gabinete, porque no le estorbase el dormir. Colocada la luz en otra parte de la tienda, se puso por un descuido muy cerca de unas colgaduras, á las cuales prendió el fuego, y se siguió el desastre referido.

Conociendo el ardoroso temperamento de los moros, se apresuró el Rey á destruir la confianza que les hubiese inspirado el suceso de la noche anterior. Aquella misma mañana se puso en movimiento el ejército cristiano, y saliendo de entre las ruinas del real, se adelantó hácia la ciudad con banderas tendidas, y sonido de cajas y trompetas, como si nada hubiese ocurrido.

Los moros habian mirado el incendio con asombro y perplejidad: al dia siguiente vieron el campo cristiano hecho una masa negra que humeaba todavia, y llegando sus espías, supieron en toda su extension la desgracia acaecida á los sitiadores. No bien habia corrido por la ciudad esta noticia, cuando vieron al ejército cristiano que marchaba hácia ellos. Creyeron los moros que era un ardid con que los cristianos querian encubrir su desesperada situacion, y facilitar su retirada; y Boabdil, movido de un impulso de valor, determinó salir en persona al campo para segundar el golpe que Alá parecia haber descargado sobre los cristianos.

Habia llegado el ejército enemigo hasta debajo de los muros de Granada, y estaba dando la tala á los jardines de los ciudadanos, cuando salió Boabdil con todo lo que quedaba de la flor y caballería de su capital. Pelearon los moros aquel dia con increible esfuerzo; ¿y qué mucho, si peleaban en los umbrales de sus casas, donde el mas cobarde se hace valiente, y en defensa de aquellos amados lugares que eran teatro de sus amores y placeres, y á la vista de sus esposas é hijas, de sus ancianos y doncellas, y de todo lo que el corazon del hombre estima y ama? No era esta una batalla sola, sino muchas reunidas en una; pues cada jardin era la escena de una contienda mortal; cada palmo de terreno era defendido con agonías de desesperacion, y cada paso que adelantaban los cristianos, les costaba su sangre y prodigios de valor. La caballería de Muza aparecia en todas partes, y donde quiera que llegaba daba nuevo ardor al combate; pero la infantería, cuya falta de firmeza habia sido fatal á los moros en tantas ocasiones, se dejó apoderar en esta de un terror pánico, y huyó en desórden, dejando al Soberano, con un puñado de caballeros, expuesto á una fuerza irresistible. Estuvo Boabdil á punto de caer en manos del enemigo, y á no haber sido tanta la velocidad de su caballo, no escapára de aquel peligro[45]. Hizo Muza los mayores esfuerzos para detener á los fugitivos, y ordenar las hazes; pero fueron inútiles: creció el tumulto, y llegó á ser general la derrota de los moros. Muza, pesaroso y desesperado, hubo de retirarse con los demas, pues con la caballería sola no podia mantener el campo. Entrando en la ciudad, mandó cerrar las puertas, y asegurarlas con cerrojos y cadenas, por la poca confianza que tenia en los archeros y arcabuceros encargados de defenderlas. Entretanto tronaba la artillería desde los baluartes de la ciudad, y Fernando, detenido en sus progresos por el vivo fuego que se le hacia, recogió sus tropas, y volvió en triunfo á las ruinas de su campo.

[45] Zurita, lib. XX. cap. 88.

Tal fue la última salida que hicieron los moros en defensa de su amada capital. El embajador francés, que se halló presente, quedó maravillado del modo de pelear y del esfuerzo y osadía de los moros. Verdaderamente la resolucion y constancia que manifestaron en todo el discurso de esta guerra, tiene pocos ejemplos en los anales de la historia. Despues de una lucha de diez años, y de una larga série de batallas en que la fortuna casi siempre se mostró contraria á las armas moras, despues de haber perdido sucesivamente casi todas sus plazas y fortalezas, y de haber muerto ó quedado cautivos tantos de sus hermanos, todavia perseveraban defendiendo cada castillo que les quedaba, cada peñon, cada palmo de terreno, con una tenacidad sin igual; y ahora que la metrópoli se hallaba sin apoyo y sin socorro, y que toda una nacion se habia agolpado bajo sus muros, tambien querian resistir, como si esperasen que la providencia intercediese en su favor con algun milagro. En su obstinada resistencia (dice un antiguo historiador) mostraban bien el dolor con que se despedian de aquella tierra y vega, que eran su cielo y paraiso, porque valiéndose de toda la fortaleza de sus brazos, parece que se abrazaban de aquella su carísima pátria, de la cual ningunas caídas, ningunas heridas ó muertes, los podian apartar; antes estuvieron firmes peleando por ella con las fuerzas juntas del amor y dolor, que merecia tan gran causa, mientras hubo manos y fortuna[46].

[46] Abarca, Reyes de Aragon, rey XXX. c. 3.

[Ilustración]

CAPÍTULO XXXVII.

_De la construccion de la ciudad santa Fé, y de la capitulacion de Granada._

Los moros, aunque desanimados por el descalabro que acababan de sufrir, todavia se lisonjeaban que el incendio del real y las próximas lluvias del otoño, pondrian al Rey Católico en la necesidad de levantar el campo y de retirar sus tropas. Pero las medidas que tomó Fernando, destruyeron muy pronto esta esperanza. Para convencer á los moros que su resolucion era perseverar en el asedio de la plaza hasta rendirla, mandó construir una ciudad formal en el mismo sitio que ocupaba el campo. La ejecucion de tan árdua empresa se encargó á nueve ciudades principales que rivalizaron entre sí con un celo digno de tan justa causa. En muy poco tiempo se vieron subir fuertes muros, poderosas torres y sólidos edificios, donde antes no habia mas que ligeras tiendas y humildes chozas. Cuatro calles principales atravesaban la ciudad en forma de cruz, terminando en cuatro puertas que miraban á los cuatro vientos. En el centro habia una plaza espaciosa, donde cabia un ejército entero. Á esta ciudad se habia determinado dar el nombre de Isabel, nombre tan amado del ejército y de la nacion; pero esta piadosa princesa no quiso sino que se llamase santa Fé, que es como se denomina al dia presente. Hecha la ciudad, acudieron á ella los comerciantes con todo género de mercancías, establecieron sus almacenes con abundancia de efectos muy preciosos, y dieron á aquella poblacion un aire de prosperidad que contrastaba singularmente con el silencio y soledad que reinaban en la capital vecina.

Entretanto, los rigores de la hambre empezaban á estrechar á los sitiados. Un convoy de víveres y dinero que venia para Granada desde las Alpujarras, cayó en manos del marqués de Cádiz, y fue conducido por él al campo sin que los moros, que lo veian, se lo pudiesen estorbar. Llegó el otoño, pero no habia cosechas; se acercaba el invierno, y ya la escasez de provisiones iba haciéndose muy sensible en la ciudad. Empezaron á desmayar los ánimos, y á desfallecer las fuerzas, y el pueblo, en sus recelos, recordaba los vaticinios de los astrólogos cuando nació su malhadado Monarca, con todo lo que se habia pronosticado de la suerte de Granada cuando la toma de Zahara.