Crónica de la conquista de Granada (1 de 2)
Part 3
En estas circunstancias, y conociendo don Alonso que si continuaba su marcha para Alhama, le interceptaria infaliblemente el ejército moro antes que pudiese entrar en la plaza, trató de tomar una posicion fuerte en aquellos montes, y esperar al enemigo. Pero habiéndosele representado ser una temeridad el oponerse con un puñado de hombres á un ejército numeroso, hubo de abandonar esta idea; bien que no por eso prevaleció la opinion de los que aconsejaban una pronta retirada al territorio de los cristianos. En medio de estos debates, llegaron unos espías anunciando á don Alonso que Muley Aben Hazen, noticioso de sus movimientos, venia rápidamente en su busca. No quedando, pues, en tales circunstancias otra alternativa, y atendiendo á la seguridad de sus gentes, se puso don Alonso en movimiento, y mal de su grado y pesaroso emprendió la retirada sobre Antequera. Siguió Muley en su alcance alguna distancia, pero cansándose de perseguirle, revolvió con su ejército contra Alhama.
Habiendo llegado los moros cerca de esta plaza, vieron el campo cubierto de cadáveres, que habian sido arrojados alli sin enterrar, y que servian de pasto á una manada de perros que los estaban devorando.[9] Conociendo que estos cuerpos eran los de sus compañeros que habian muerto defendiendo aquella fortaleza, se indignaron por tamaño ultrage, y echándose sobre aquellos inmundos animales, los despedazaron con los alfanges. En seguida corrieron enfurecidos al asalto de la plaza, para vengarse de los cristianos, y sin órden ni concierto la embistieron por diversas partes, poniendo muchas escalas, pero sin querer valerse de manteletes ni otros medios de proteccion; pues con la muchedumbre de sus fuerzas y tan repentino acometimiento, esperaban distraer y aterrar al enemigo.
[9] Pulgar, Crónica.
El marqués de Cádiz y sus capitanes, se apercibieron para la defensa, y distribuidos por la muralla, animaban á sus gentes que descargando sobre las cabezas indefensas de los moros piedras, dardos y cuanto pudieron haber á las manos, hicieron en ellos un estrago enorme. Ciegos de cólera los moros, intentaban á veces subir á la muralla por los parages mas dificultosos; pero á proporcion que subian los mataban los cristianos, y arrojaban desde los adarves, ó trastornándoles las escalas, los precipitaban contra las peñas. Á la vista de esta mortandad, bramaba de corage el soberbio Muley, enviando un destacamento tras otro para que escalasen el muro, pero sin ningun efecto; pues no fueron de mas provecho sus esfuerzos que los embates del mar contra las rocas en que se estrellan.
La vigorosa y eficaz defensa de los cristianos, hizo conocer á Aben Hazen el error que habia cometido saliendo de Granada sin los correspondientes ingenios de batir. Trató pues, de minar la muralla, y dió sus órdenes al efecto. Avanzaron los moros á la empresa con grandes gritos; pero fueron recibidos con tan cruel descarga, que apenas empezada la obra, la hubieron de abandonar. Empero volvieron varias veces á la demanda, y otras tantas fueron rechazados con gran pérdida; pues los cristianos no solo mantenian un fuego continuo desde los adarves, sino que hacian salidas con mucho daño del enemigo. Veíanse al pié de la muralla montones de moros muertos, y entre ellos algunos de los mejores caballeros de Granada. Duró la contienda todo aquel dia, y á la noche llegó á dos mil hombres el número de moros muertos ó heridos.
Perdida ya toda esperanza de tomar á Alhama por asalto, determinó Muley obligarla á la rendicion por la falta de agua. Á este intento dispuso sacar de madre y dar nueva direccion al rio que pasaba por aquella plaza y que la surtia de agua, pues no habia en ella fuentes ni cisternas, y por esto se llamaba Alhama “la seca.”
Fue sangriento y porfiado el debate que se siguió á las orillas del rio, pretendiendo los moros plantar estacas en su cauce para apartar la corriente, y trabajando los cristianos por impedirlo. Los capitanes españoles animaban á los suyos con el ejemplo, haciéndoles volver á la pelea cada vez que el enemigo les forzaba á recogerse al pueblo. Al marqués de Cádiz se le veia hasta las rodillas en el agua, peleando mano á mano con los moros. Corria el rio tinto en sangre, y embarazado con los cadáveres de los muertos. Por último consiguieron los moros rechazar á los cristianos y torcieron la corriente. Pero quedando todavia un hilo de agua, y forzados á aprovechar aun esta corta cantidad, salian los sitiados por una mina para proveerse de tan precioso elemento, y mientras unos llenaban las vasijas, otros tenian que protegerlos, sosteniendo las repetidas cargas y el fuego del enemigo. De dia y de noche, y con trabajo y sangre, se mantenia esta lucha cruel, pudiendo decirse que cada gota de agua les costaba otra de sangre.
Entre tanto fue creciendo la necesidad en la guarnicion, y llegaron á verse reducidos al último extremo. Los hombres y los caballos caian muertos de sed: muchos se negaban á hacer el servicio, y desesperados ó faltos de fuerzas, arrojaban las armas. Á esto se añadia que los moros, situados en una altura que dominaba la villa, mantenian contra ella un fuego continuo de arcabuces y ballestas. En tal conflicto, se apresuraron los caudillos á enviar mensageros á Córdoba y á Sevilla, suplicando á los caballeros de Andalucía que les acudiesen al socorro. Enviaron asimismo á implorar el favor del Rey y de la Reina, que á la sazon se hallaban en Medina del Campo. En situacion tan crítica, tuvieron la dicha de descubrir una cisterna con agua, que sirvió provisionalmente de remedio á sus trabajos.
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CAPÍTULO VI.
_El duque de Medina Sidonia y los caballeros de Andalucía, acuden al socorro de Alhama._
La situacion peligrosa de los caballeros á quienes Muley Aben Hazen tenia cercados y encerrados en Alhama, llenó de temor á sus amigos, y de consternacion á toda la Andalucía. Pero el sentimiento mayor era el que mostraba la marquesa de Cádiz, esposa del valiente don Rodrigo Ponce de Leon. Afligida y cuidadosa por la suerte de su marido, volvió la vista en derredor, buscando algun caballero poderoso de cuyo favor pudiera valerse en tan riguroso trance; y ninguno halló mas á propósito que don Juan de Guzman, duque de Medina Sidonia. Distinguíase este señor entre todos los grandes de España, por su poder y riquezas; pues eran muy dilatadas sus posesiones en Andalucía, y comprendian muchos lugares, puertos de mar y villas, que le reconocian y obedecian como á un soberano. Pero el duque de Medina Sidonia y el marqués de Cádiz eran á la sazon enemigos declarados. Existia entre ellos una enemistad hereditaria, que diversas veces habia sido ocasion de sangrientos choques entre las dos casas; pues todavia el poder de la corona, no habia podido despojar á aquellos orgullosos nobles del derecho que ejercian, de hacerse mútuamente la guerra con sus vasallos. Parecia, pues, que á cualquiera hubiera debido acudir la marquesa en esta ocasion, primero que al duque de Medina Sidonia; pero juzgaba esta señora de la condicion del duque por la nobleza de los sentimientos que á ella misma la animaban. Apelando, pues, á la generosidad de tan cortés y valiente caballero, imploró su auxilio en favor de su marido; y no lo hizo en valde, ni fue vana su confianza; pues apenas oyó el duque los ruegos de la esposa de su enemigo, cuando olvidando sus resentimientos determinó ir en persona á socorrerle.
Á este fin hizo circular una órden á todos los alcaides de sus pueblos y castillos, para que á la mayor brevedad se reunieran en Sevilla con toda la fuerza disponible de sus respectivas guarniciones: convocó á los caballeros de Andalucía, representándoles que se trataba de salvar de manos del comun enemigo la flor de la caballería española; y á los que le siguiesen como voluntarios, ofreció paga generosa, armas, caballos y subsistencia.
Asi es que todos aquellos á quienes podian estimular el honor, la religion, el patriotismo ó la codicia, acudieron al estandarte del duque, que en breve se halló al frente de cinco mil caballos y cincuenta mil infantes.[10] Muchos caballeros de nombradía le acompañaron en esta empresa: entre otros el intrépido don Alonso de Aguilar, con su hermano don Gonzalo de Córdoba, despues tan célebre por sus hazañas; don Rodrigo Giron, maestre de Calatrava, juntamente con Martin Alonso de Montemayor, y el marqués de Villena; tenido por la mejor lanza de España. Con tan brillante y numerosa hueste, y rodeado de todo el aparato de la guerra, salió de Sevilla el duque de Medina Sidonia, llevando consigo el estandarte de aquella ciudad famosa.
[10] Crónica de los duques de Medina Sidonia, por Pedro de Medina. M. S.
Hallábanse los Reyes en Medina del Campo, donde se estaba celebrando con un _Te Deum_ el triunfo de la fé por la toma de Alhama, cuando recibieron el aviso del iminente peligro del valeroso Ponce de Leon y sus compañeros. En caso tan urgente, y recelando no se perdiese el fruto de aquella conquista, tomó el Rey caballos al instante, y dejando órden para que la Reina le siguiese, partió á grandes jornadas para Andalucía[11], acompañado de don Beltran de la Cueva, duque de Alburquerque, don Iñigo Lopez de Mendoza, conde de Tendilla, y de don Pedro Manriquez, conde de Treviño, con algunos otros caballeros de distincion y fama. Sin detenerse mas tiempo que el preciso para mudar caballos, continuó el Rey su carrera hasta Córdoba: tanta era su impaciencia por ponerse á la cabeza del ejército del duque. Á su llegada á aquella ciudad, y cuando se acercaban á la frontera, le hizo el duque de Alburquerque algunas reflexiones sobre la imprudencia de entrar en pais enemigo con tan poca precaucion y tan corto acompañamiento, aconsejándole dejase el socorro de Alhama al cuidado de sus capitanes, sin aventurar su real persona; “porque los Reyes vuestros predecesores, dijo el duque, nunca entraron en tierra de moros sino acompañados de un gran número de gentes de Castilla, y los reyes que tienen las gentes y los capitanes que vos teneis, basta que envien algunos de ellos á hacer las guerras.” Y á esto respondió el Rey: “duque, habiendo partido de la villa de Medina, con propósito de socorrer á aquellos caballeros, cosa seria por cierto contra mi condicion dejar de continuar mi camino, no habiendo para ello mas impedimento que el que decís.”[12]
[11] Illescas, Hist. Pontifical.
[12] Pulgar, Crónica, p. 3 c. 3.
Teniendo aviso en Córdoba que el duque de Medina Sidonia estaba ya muy adentro en el territorio enemigo, prosiguió su marcha sin descansar en aquella ciudad; y con el ansia que tenia de llevar en persona el socorro á los cercados, envió delante un correo para prevenir al duque suspendiese su marcha hasta su llegada. Pero conociendo este experimentado caudillo que en la tardanza se aventuraba el éxito de la empresa, por la gran necesidad en que se hallaba la guarnicion de Alhama, escribió á su soberano de acuerdo con sus capitanes, que le dispensase de obedecerle en aquella ocasion, por la premura de las circunstancias. Recibió el Rey esta carta en Ponton del Maestre, y haciéndose cargo de las razones del duque, y del riesgo que corria entrando en tierra de moros con tan pocos caballeros como le seguian, determinó esperar noticias del ejército en la ciudad de Antequera.
Entre tanto Muley Aben Hazen, noticioso de la salida del duque de Medina Sidonia con una hueste formidable, y de las disposiciones del Rey Fernando para venir en persona al socorro de la plaza, conoció que era ya preciso hacer el último esfuerzo, y recobrar á Alhama por un asalto general y vigoroso, ó abandonarla á los cristianos. Sabiendo la intencion del Rey, se le presentaron algunos caballeros jóvenes, de los mas calificados y valientes de Granada, ofreciendo intentar una empresa, que de salir bien con ella le aseguraba la posesion de aquella plaza. Obtenida la licencia del Soberano, se dirigieron estos pocos hácia la villa, la mañana del dia siguiente al rayar del alba, y por la parte mas enhiesta y agria, llegaron á la muralla, que elevándose sobre las peñas en que estaba sentada, parecia inaccesible al mas atrevido escalador. Empero aqui pusieron las escalas, y lograron subir á las almenas sin que nadie lo notase, porque en el intermedio Muley Aben Hazen, para distraer á los cercados, ordenó una zalagarda, y fingió un asalto por otra parte. Con este ardid llegaron á introducirse en la villa hasta setenta moros, antes que se alarmase la guarnicion; y en apoyo de aquellos empezaba á escalar la muralla un número mayor, cuando advertidos del peligro corrieron los españoles á las almenas para contener al enemigo. Trabóse alli una contienda encarnizada, y hombre á hombre y cuerpo á cuerpo, pelearon moros y cristianos con mucha pérdida de ambas partes; bien que no tardaron estos últimos en ganar el ascendiente, pues desprendiéndose las escalas con el peso de la gente que venia en ellas, dieron consigo los moros en el suelo, y fueron rodando sus cuerpos de peña en peña hasta la llanura: á los demas que habian ganado lo alto del muro, los llevaron á cuchillo, y muertos ó heridos los arrojaron por los adarves. Debióse en gran manera este buen suceso al esfuerzo y valor del animoso caballero don Alonso Ponce, y del bizarro escudero Pedro Pinedo, tio aquel, y sobrino este del marqués de Cádiz.
Libre ya de moros la muralla, partieron estos dos caballeros en persecucion de los setenta moros que habian efectuado su entrada en el lugar, y que, por estar ocupada casi toda la guarnicion en defender aquella parte que Muley amenazaba combatir, habian recorrido muchas de las calles sin hallar oposicion, y se encaminaban ya á las puertas para abrirlas al ejército[13]. La muerte iba guiando sus pasos, y se les podia seguir el rastro por la sangre de sus huellas, y por los cadáveres de los que inmolaban de camino. Llegaron á una de las puertas, embistieron la guardia, y ya la fatal cimitarra tenia postrados á la mayor parte de los soldados de ella, cuando fueron alcanzados por don Alonso Ponce, con Pinedo y sus camaradas: un momento mas que tardáran, Alhama quedaba abierta al enemigo. Viéronse entonces los moros acometidos de frente y por las espaldas: al punto forman un círculo, y puestos espalda con espalda y la bandera en el centro, presentan animosamente los pechos á sus contrarios. De esta suerte pelearon largo tiempo con desesperada resolucion formándose en derredor un parapeto con los cuerpos de los que mataban. Vinieron contra ellos nuevas tropas, y crecieron los apuros, mas no por eso dejaron de batirse, ni pidieron jamas cuartel: conforme se disminuia su número, estrechaban mas y mas el círculo, defendiendo con inimitable constancia su bandera, hasta que muertos todos los demas, pereció el último moro abrazado con el asta de su estandarte. Este estandarte se desplegó en seguida sobre la muralla, y las cabezas de los moros muertos fueron arrojadas al campo del enemigo.[14]
[13] Zurita, lib. XX. c. 43.
[14] En premio de su valor, armó el Rey caballero á Pedro Pinedo. Zúñiga, Anales de Sevilla, lib. XII. an. 1482.
Muley Aben Hazen, viendo frustrada esta tentativa y muertos tantos de sus mejores caballeros, se mesaba las barbas en los arrebatos de su dolor. Para mayor confusion suya, se le avisó que desde las alturas se veia relumbrar las lanzas y ondear los pendones del ejército cristiano, que venia á socorrer á Alhama. Cediendo pues al rigor de su fortuna, alzó Muley el sitio, movió el campo sin tardanza, y al tiempo que se oian los últimos acentos de los añafiles del ejército moro, que se retiraba de los infaustos muros de Alhama, se vieron desembocar por las montañas las espesas columnas del duque de Medinasidonia.
Cuando los cristianos de Alhama vieron retirarse por una parte á sus enemigos, y avanzar por otra á sus libertadores, prorrumpieron en gritos de alegría; pues se les volvia á la vida en el punto mismo en que pensaban ser presa de la muerte, y cuando la hambre, la sed y todas las privaciones, los tenian reducidos al estado de esqueletos. La escena que pasó entre el duque de Medinasidonia y el marqués de Cádiz, fue la mas interesante y tierna. Al recibir á su magnánimo libertador, se le asomaron al Marqués las lágrimas á los ojos, y lleno de admiracion y reconocimiento, le estrechó entre sus brazos. El duque, su contrario antiguo, ahora su amigo mas afectuoso, le correspondió con iguales demostraciones, y le ofreció generosamente para en adelante una amistad sincera, y el olvido de sus diferencias.
Mientras esto pasaba con los gefes, se suscitó entre la tropa una contienda sórdida, sobre la particion de los despojos; pues pretendian los soldados del duque participar del fruto de aquella victoria, en premio de su trabajo y del socorro que habian prestado. De las palabras hubieran llegado á las armas, á no intervenir el duque que decidió la cuestion con su magnanimidad característica, diciendo á los suyos: “Quédense con los despojos, aquellos á quien la fortuna se los dió; que nosotros solo hemos tomado las armas por la honra, por la religion y por la salud comun. Por de presente sea éste el premio de nuestro trabajo: para en adelante, yo os aseguro que serán vuestras, con vuestro valor y esfuerzo, todas las riquezas de los moros y del reino de Granada.” Aplaudieron los soldados las razones de su general, apaciguáronse los ánimos, y terminó felizmente aquel tumulto.
Despues de haber descansado de sus fatigas, y participado abundantemente de las provisiones que la diligencia de la amante esposa del marqués de Cádiz habia prevenido, se retiraron los veteranos de Alhama, dejando en guarnicion de su conquista á una parte de las tropas recien venidas, y volvieron á sus casas cargados de un botin precioso. El duque de Medinasidonia y el marqués de Cádiz, con los caballeros sus allegados, se dirigieron á Antequera, donde fueron recibidos por el Rey con mucha distincion y señales particulares de favor. De alli partieron juntos para Marchena, villa del Marqués, cuya esposa, agradecida á la gentileza que habia usado con ella el Duque, hizo celebrar su venida con fiestas y regocijos, y se honró á tan distinguido huésped con un espléndido banquete. Cuando partió el Duque para su casa en san Lucar, le fue el Marqués acompañando hasta algunas leguas, y su despedida fue como la de dos afectos hermanos que se separan. Tal ejemplo dieron al mundo estos dos ilustres rivales, ganando entrambos la estimacion general; el uno por haber conquistado la fortaleza mas importante y fuerte del reino de Granada, el otro por haber subyugado á su mayor enemigo por un acto de magnanimidad.
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CAPÍTULO VII.
_Acontecimientos en Granada, y principios del Rey moro, Boabdil el chico._
Confuso y pesaroso volvió Muley Aben Hazen á su capital, despues de esta expedicion infructuosa, para ser testigo del descontento general y para oir las quejas y acusaciones de su pueblo. El desafecto que se manifestaba en el comun, fermentaba con mas secreto, pero mas peligrosamente entre los nobles. El reinado de Muley habia sido tiránico y sanguinario; y muchos de los gefes de la tribu de los Abencerrages, la mas ilustre entre los moros, habian sido víctimas de su política ó de su venganza: circunstancias que, unidas á las disensiones que existian en la familia real, prepararon una conspiracion cuyo objeto era el de desposeerle del trono, y libertar al pueblo de tan opresivo yugo.
Era Aben Hazen apasionado al sexo y tenia muchas mugeres, de las cuales se dejaba dominar alternativamente. Entre ellas habia dos reinas, á quienes amaba con extremo: la una se llamaba Aixa, á quien, en obsequio de su honestidad y pureza, dieron los moros el sobre nombre de la “Horra”, en arábigo la casta. Ésta en su juventud, tuvo de Aben Hazen un hijo, á quien todos consideraban como el heredero presuntivo del trono, y que se llamó Mahomet Audalla, si bien los historiadores le conocen mas generalmente por el nombre de Boabdil. Á su nacimiento los astrólogos, segun costumbre, formaron su horóscopo; y el terror y el espanto se apoderaron de sus ánimos, al notar los fatales portentos que su ciencia les revelaba. La vana ciencia de la astrología judiciaria, era muy comun entre los moros; y la supersticiosa costumbre de sacar horóscopos, parece haberse observado en el caso que aqui se cita. “¡Alá achbar! Dios es grande, exclamaron: él es quien pone y quita los imperios: en el cielo está escrito que este príncipe ocupará el trono de Granada, pero que en su reinado se consumará la perdicion del reino.” Desde este punto concibió contra él su padre una aversion decidida, y fue tan constante en perseguirle, que por esto y por la prediccion ominosa que le amenazaba, vino Boabdil á llamarse el “Zogoibi” ó el desgraciado.
La otra reina favorita de Muley, era Fátima, á quien dieron los moros el título de la “Zoroya” ó luz del alba, por lo resplandeciente de su hermosura: era cristiana de nacimiento, hija del comendador Sancho Jimenez de Solis, y siendo aun niña habia quedado cautiva de los moros.[15] Enamorado el viejo Rey de esta bella española, la hizo su sultana, y se entregó enteramente á su gobierno. El fruto de este amor fueron dos príncipes, á quienes desde su nacimiento tenia determinado la Zoroya elevar á la autoridad suprema, por cuantos medios estuviesen á su alcance; pues la ambicion de Fátima no era menor que su hermosura, y el objeto de sus mas ardientes deseos era el de colocar á uno de sus hijos sobre el trono de Granada. Para este fin se valió del ascendiente que tenia sobre el ánimo cruel de su marido, y haciéndole entrar en sospechas contra sus demas hijos, á quienes achacaba los mas siniestros designios, logró perderlos en el afecto de su padre. Tanto pudieron al fin sus artificios, que mandó Muley dar públicamente la muerte á varios de sus hijos en la fuente de los leones, que está en el patio de la Alhambra, lugar muy señalado en la historia de los moros como teatro de tantos hechos sanguinarios.
[15] Crónica del gran Cardenal, c. LXXI.
No satisfecha con esto, pasó á indisponer al Rey con la virtuosa sultana Aixa, su rival, cuya belleza no era ya la misma que en su juventud primera, ni ofrecia tantos atractivos como antes á su marido; y por esto no le fue dificil persuadir á Muley que la repudiase y la encerrase con su hijo en la torre de Comáres, una de las principales de la Alhambra. Por último, viendo en Boabdil, que ya iba entrando en la edad viril, un obstáculo á sus designios, despertó de nuevo en el pecho feroz de su padre los recelos y las sospechas, recordándole la prediccion que fijaba la pérdida del imperio para cuando llegase á reinar este príncipe. Á esto, desafiando el influjo de las estrellas, decia Muley: “La cuchilla del verdugo probará la falsedad de estos horóscopos, y atajará la ambicion de Boabdil, asi como ha castigado la osadía de sus hermanos.”
Advertida secretamente de la intencion cruel del viejo Monarca, la sultana Aixa, muger de resolucion y talento, se concertó con algunas damas de su servidumbre para facilitar la fuga de su hijo. Á un criado de toda su confianza se dió el encargo de apostarse á la media noche en las orillas del rio Darro, prevenido de un ligero caballo árabe. Y al tiempo que yacian todos en un profundo reposo, y reinaban en palacio el silencio y la oscuridad, atando por los cabos los mantos y tocas de sus criadas, descolgó la sultana al jóven príncipe desde la torre de Comáres.[16] Bajando á tientas aquella áspera cuesta, llegó Boabdil á las márgenes del Darro y saltando en su caballo, partió á carrera tendida para Guadix, en las Alpujarras. Aqui permaneció oculto algun tiempo; pero despues, reuniendo sus partidarios y fortificándose en aquella plaza, pudo declararse abiertamente y desafiar las asechanzas de su padre.
[16] Salazar, Crónica del gran Cardenal, c. LXXI.