Crónica de la conquista de Granada (1 de 2)

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Estos caballeros tan descuidados eran de la órden de Calatrava, que con otros de sus compañeros de armas habian salido á una incursion contra los moros, y habiendo corrido el pais hasta Sierranevada, volvian á Alhama alegres por la presa que llevaban. Los demas que formaban parte de esta fuerza habian pasado delante, dejando á los otros en aquel valle, donde habian hecho alto para descansar. El Zagal, contemplando la negligente seguridad de estos caballeros, dijo, con una sonrisa feroz: “Ellos serán los trofeos que honren nuestra entrada en la capital.” Acercándose al valle silenciosa y cautamente, entró en él con su tropa á rienda suelta, y embistió de repente á los cristianos con tal furia, que ni aun para cabalgar tuvieron tiempo, mucho menos para defenderse. Empero hicieron una resistencia confusa peleando entre las peñas y árboles: su valor, en tan cruel trance, no les fue de provecho alguno; setenta y nueve fueron sacrificados, los once restantes quedaron prisioneros. Partieron luego algunos de los moros en seguimiento de la cabalgada, y la alcanzaron que subia lentamente por una cuesta: los cristianos que la conducian, viendo á lo lejos mayor número de moros, huyeron, abandonando la presa al enemigo.

Recogido el botin y los prisioneros, el Zagal, orgulloso por este nuevo triunfo, prosiguió su marcha hácia Granada. Llegando á la puerta de Elvira, se detuvo un momento, acordándose que aun no habia sido proclamado Rey. Esta ceremonia en breve se cumplió: pues ya la fama habia pregonado alli su nueva hazaña, embriagando los ánimos de la multitud ligera. Entró en Granada como en triunfo: delante iban los once caballeros de Calatrava; despues de estos los noventa caballos que se habian cogido, llevando las armas y arreos de sus anteriores dueños; en seguida venian setenta moros á caballo, llevando colgadas de los arzones otras tantas cabezas de cristianos: tras de estos cabalgaba Muley Audalla, rodeado de muchos caballeros principales, ricamente ataviados; y por último cerraba la marcha una multitud de vacas, ovejas y otros despojos ganados á los cristianos[37].

[37] Zurita, Mariana, Abarca.

Miraba complacido aquel feroz populacho á los caballeros cautivos y á las sangrientas cabezas de sus compañeros, celebrando este mezquino triunfo como principio feliz del reinado de su nuevo Monarca. De Aben Hazen y de Boabdil apenas se hacia ya mencion, ó solo se hablaba de ellos con desprecio; al paso que por toda la ciudad no se oian sino alabanzas del Zagal ó el valiente.

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CAPÍTULO XXVII.

_Tentativa del conde de Cabra para prender al nuevo Rey de Granada, y su resultado._

La exaltacion al trono de Granada de un guerrero activo y veterano, hacia una mudanza notable en el aspecto de la guerra, y exigia algun hecho brillante que minorase la confianza de los moros en su nuevo Monarca, y animase á los cristianos á mayores esfuerzos.

El valeroso don Diego de Córdoba, conde de Cabra, estaba por este tiempo en su castillo de Baena, guardando con vigilancia la frontera. Era ya el mes de agosto, y veia con sentimiento pasar el verano sin que se ofreciese una ocasion favorable de hostilizar al moro, cuando tuvo aviso por sus espías de hallarse la importante plaza de Moclin sin la guarnicion competente á su defensa. Fundado sobre un alto cerro, al que por una parte ceñia un bosque espeso, y por otra un rio, era este lugar sobremanera fuerte; y como defendia uno de aquellos pasos fragosos y solitarios por donde los cristianos solian hacer sus correrías contra los moros, éstos, en su lenguage figurado, lo denominaban el escudo de Granada.

Animados por los consejos del Conde, que proponia se combatiese á esta plaza, salió de Córdoba el Rey y pasó á Alcalá la Real, (que está cerca de Moclin) para dirigir la empresa. La Reina se trasladó á Baena, acompañada del Príncipe don Juan, la Infanta doña Isabel, y el gran cardenal de España. Reunidas en Alcalá las fuerzas destinadas contra Moclin, mandó el Rey al conde de Cabra y á don Alonso de Montemayor, fuesen delante con sus tropas, para ponerse sobre aquella villa á una hora determinada. El maestre de Calatrava, el conde de Buendia, que mandaba las gentes del cardenal, y el obispo de Jaen, en número de cuatro mil caballos y seis mil infantes, tuvieron órden de seguir al Conde, para cooperar con él y completar el cerco: el Rey habia de venir despues con toda la demas tropa, para sentar alli su Real.

En cumplimiento de la órden que tenia, partió el Conde á media noche, prosiguiendo su marcha hasta el dia siguiente, cuando se detuvo á la falda de un ribazo para dejar descansar su gente. Aqui le halló un espía que vino á informarle que el Zagal habia salido de Granada con una fuerza considerable, y estaba acampado cerca de Moclin. Era evidente que el cauto moro habia tenido noticia de este movimiento, y del ataque que se meditaba; pero semejante idea nunca le ocurrió al conde de Cabra. Se acordaba este fogoso caballero de haber hecho prisionero á un Rey, y ya le parecia que su fortuna le brindaba de nuevo con la misma hazaña. ¡Qué triunfo seria conducir segunda vez á su castillo de Baena un Monarca preso! ¡Qué gloria la de poner un cautivo semejante á los pies de la Reina su señora! Deslumbrado por este pensamiento, continuó apresuradamente su marcha para Moclin, á cuyas cercanías llegó al caer la noche, y mucho antes de la hora convenida[38].

[38] Abarca, Zurita, &c.

Estaba la luna en su creciente, y era una noche clara y serena, cuando venia el conde de Cabra conduciendo su gente por una de aquellas quiebras profundas que suele abrir en las montañas el ímpetu breve pero tremendo de las avenidas ocasionadas por las lluvias del otoño. Los trémulos rayos de la luna, penetrando hasta el fondo del barranco, se reflejaban en la tersa armadura de los escuadrones, que por alli seguian su marcha silenciosa. En esto se oyó de improviso y por diferentes partes, la voz de guerra de los moros, y el grito de, ¡el Zagal, el Zagal! resonó por aquellos cerros, acompañado de una lluvia de armas arrojadizas. Levantó los ojos el Conde, y vió todas aquellas alturas coronadas de soldados moros. Las flechas y dardos que tiraban, caian en derredor como granizo, sirviéndoles de blanco el relumbrar de las armas de los cristianos. Ya muchos de los caballeros habian caido cubiertos de heridas, entre otros don Gonzalo, hermano del Conde; y él mismo, herido en una mano, y atravesado el caballo de cuatro lanzadas, se hallaba en el mayor peligro. Acordábase del horrible destrozo de los montes de Málaga, y temia en esta ocasion igual catástrofe: no habia un momento que perder, y mandando la retirada, se apresuró á salir con sus gentes de aquel fatal estrecho. Los moros, bajando con precipitacion de las alturas, persiguieron á los cristianos que se retiraban, y fueron en su alcance por espacio de una legua. De cuando en cuando revolvian los del Conde contra el enemigo, peleaban un rato, y volvian á huir. Por este medio pudieron efectuar su reunion con las tropas del maestre de Calatrava y del obispo de Jaen, pero no sin mucha pérdida; pues ademas de un gran número de soldados, perecieron en este rebato muchos caballeros de nota, sin otros que quedaron prisioneros de los moros. El Zagal, satisfecho con los laureles que habia ganado, desistió de perseguir á los cristianos, y volvió triunfante á su campo cerca de Moclin[39].

[39] Zurita, lib. XX. c. 64. Pulgar, Crónica.

La Reina, que habia quedado en Baena, sabida la nueva de este desbarato, recibió un pesar profundo: la consideracion de este desastre y la muerte de tantos de sus vasallos mas leales, turbó aquella alma grande, y una negra melancolía se apoderó de su corazon. En esta disposicion de ánimo la halló el gran cardenal, que procurando consolarla, la dijo tuviese presente que ninguna conquista se hizo jamas sin que alguna vez los vencedores fuesen vencidos; que los moros eran hombres belicosos, defendidos por una tierra montuosa y áspera, que nunca se pudo conquistar por los Reyes anteriores de Castilla; y que ella en solos dos años habia ganado mas pueblos y tierras á los moros que sus antepasados en doscientos: por último, ofreció servirla con tres mil caballos suyos, mantenidos á su costa, y proveer á las necesidades de la guerra con la cantidad que por de pronto fuese menester. Las discretas razones del cardenal, calmaron el agitado espíritu de la Reina, y volvieron á su semblante la acostumbrada serenidad.

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CAPÍTULO XXVIII.

_Expedicion contra los castillos de Cambil y Alhabar._

La noticia del revés padecido por el conde de Cabra, alcanzó á Fernando en Fuente del Rey, distante tres leguas de Moclin; y aunque fue grande el disgusto que le causó la precipitacion del Conde, se abstuvo de tratarle con severidad, pues conocia bien el mérito de aquel valiente caballero[40]. Llamando un consejo de guerra, consultó el Rey á sus capitanes sobre el plan que debia seguirse en aquellas circunstancias; y despues de algunos debates, quedó determinado abandonar la expedicion contra Moclin, y marchar á ponerse sobre dos fortalezas llamadas Cambil y Alhabar, distantes unas cuatro leguas de Jaen.

[40] Abarca, Anales de Aragon.

Hacia mucho tiempo que el obispado de Jaen se resentia de la proximidad de estos dos castillos, que eran el azote y terror de aquella comarca. Estaban situados sobre la frontera del reino de Granada, en un angosto y profundo valle rodeado por todas partes de altos montes. Por medio de este valle pasa el Riofrio entre dos grandes peñas, que se levantan casi perpendicularmente en una y otra orilla, y distan entre sí como un tiro de piedra. Sobre estas peñas estaban fundados los dos castillos, que por sus muchas torres y fuertes muros, se tenian por inexpugnables. Un puente echado sobre el rio, comunicaba entre los castillos, que, como dos gigantes, guardaban aquella entrada, y dominaban todo el valle. Estas fortalezas pertenecian á los caballeros de la belicosa tribu de los Abencerrages, los cuales desde alli solian hacer aquellas correrías ó incursiones repentinas, que eran las delicias de los moros. Para este efecto, mantenian siempre en ellas una fuerte guarnicion, y abundancia de armas y mantenimientos. Era entonces su alcaide un caballero Abencerrage de los mas esforzados de Granada, llamado Mahomet Lentin-ben-Usef, el cual tenia á sus órdenes muchos soldados africanos de la feroz tribu de los Gomeles.

Conforme, pues, á la resolucion tomada en el consejo de reducir estos castillos, se envió delante al marqués de Cádiz con dos mil de á caballo, para estar en observacion de ellos, é impedir que entrase ni saliese nadie hasta la llegada del Rey con el ejército y la artillería de batir. Los escuadrones del ejército real, no tardaron en presentarse delante de estas fortalezas; y repartido el campo en tres estancias, por exigirlo asi la disposicion del terreno, vióse tremolar en aquellas cercanías el pendon de Castilla, y blanquear los collados con las tiendas de los cristianos.

Entretanto, la falta de la artillería, que habia quedado atrás á distancia de mas de tres leguas, tenia paralizados á los sitiadores, que sin ella no podian intentar operacion alguna. El alcaide Mahomet Lentin, que sabia bien la fragosidad del camino por donde la artillería habia de pasar, creyó ser imposible con ningun esfuerzo ni industria de hombres vencer tantas dificultades, y arrastrar por aquellas montañas las gruesas lombardas y otras piezas de batir. Seguro de que jamas llegarian al campo, se burlaba de los cristianos, y mirando su inaccion, decia: “Permanezcan aqui un poco mas tiempo, y las avenidas del otoño los han de arrebatar de estas montañas.”

Estando asi los cristianos ociosos en su campo, y encerrado el alcaide en su fortaleza, oyó éste una tarde, allá en las montañas, el ruido de herramientas, y de cuando en cuando un estruendo como el de un árbol grande cuando lo derriban, ó como el de un peñasco cuando vuela por los aires arrancado de sus cimientos. El alcaide, sintiendo estos sonidos, decia á sus capitanes: “Paréceme que los cristianos están haciendo la guerra á los árboles y peñas, pues no la pueden hacer contra nuestros castillos.” Todo aquel dia y noche se oyó el mismo ruido, sin que se pudiese penetrar este misterio hasta la mañana siguiente. Apenas los primeros rayos del sol comenzaron á alumbrar aquellas montañas, cuando desde la cumbre de un cerro inmediato á los castillos, resonó un clamor y vocería grande, á que los cristianos contestaron desde su campo, con el sonido alegre de cajas y trompetas. Sobresaltados los moros, volvieron allá los ojos, y vieron con espanto una multitud de hombres con picos, palas y azadones, trabajando en allanar el terreno y quitar estorbos, al paso que en su seguimiento venian muchas yuntas de bueyes, arrastrando lentamente la gruesa artillería y demas pertrechos de batir.

Por órden de la Reina, y bajo la direccion del obispo de Jaen, se habia llevado maravillosamente á cabo la grande empresa de abrir al través de aquellas sierras tan ásperas y fragosas, un camino para el tránsito de la artillería. Seis mil hombres, con picos, almadanas y otras herramientas, fueron destinados á esta obra, en que trabajaron dia y noche. Los montes fueron arrasados é igualados con los valles; se derribaron árboles, se volaron peñas, y en fin, se vencieron y quitaron todos los obstáculos que la naturaleza habia acumulado en derredor. Al cabo de doce dias quedó ejecutada esta obra gigantesca[41], llegó la artillería al campo, y plantados los cañones en las alturas frente de los castillos, fue grande el triunfo de los cristianos, y no poca la confusion de los moros.

[41] Zurita, Anales de Aragon. Pulgar, parte III. c. 51.

El ingeniero mayor Francisco Ramirez de Madrid, dirigió las baterías, y rompió el fuego contra el castillo de Alhabar. En breve derribó dos torres, y las almenas que defendian la puerta. Los moros que estaban dentro, ni sabian cómo defenderse, ni podian acudir á reparar las brechas, por los tiros de los ribadoquines, que mataban á cuantos osaban presentarse. Exasperado á la vista del estrago que hacia aquella nueva arma tan destructora, exclamó el valiente alcaide Mahomet Lentin: “¿De qué sirve el valor de los caballeros contra esos cobardes ingenios que desde lejos matan?” Finalmente, habiendo conseguido el ingeniero Ramirez, llevar algunas piezas mayores á la cumbre de un monte que dominaba á los dos castillos, puso á los moros en tanto aprieto, que movieron partidos de entrega. Los artículos de la rendicion se ajustaron brevemente: al alcaide y á la guarnicion se concedió paso seguro para Granada; y ambos castillos quedaron en poder de los Reyes católicos, el dia de san Mateo en el mes de setiembre; cesando asi los robos y cautiverios que hasta entonces se habian hecho en aquella comarca, cuyos naturales podian ya sin recelo salir á las labores del campo, criar sus ganados, y coger en paz los frutos de su industria.

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CAPÍTULO XXIX.

_Empresa de los caballeros de Calatrava contra la villa de Zalea._

En tanto que ocurrían estos sucesos en la frontera, la fortaleza de Alhama desatendida y falta de mantenimientos, padecia una extrema necesidad. Con la derrota del conde de Cabra, habian cesado los socorros ordinarios; la vega hormigueaba con las tropas del Zagal; y reducida la guarnicion á un corto número, no osaban apartarse de los muros para buscar de qué subsistir. Á esto se añadia el desmayo y turbacion de aquellos caballeros, por la suerte lastimosa que cupo á sus camaradas, sorprendidos por el Rey moro cuando pasaba á Granada á ocupar el trono; pero la noticia que despues tuvieron de la insolente entrada que hizo aquel en la capital, llevando en triunfo las armas y caballos de los cristianos, y pendientes de los arzones sus ensangrentadas cabezas, los llenó de indignacion, y ardian ya en deseos de vengar su muerte.

Tal era la disposicion de ánimo en que se hallaban los caballeros de Calatrava, y el clavero de la órden, don Gutierre de Padilla, alcaide de la fortaleza, cuando llegó á las puertas de Alhama un moro, que solicitando hablar con don Gutierre, fue admitido á su presencia. Venia este moro con un cuévano, y mostraba ser uno de aquellos mercaderes ambulantes que seguian á los ejércitos para traficar en los despojos de la guerra, y que vendian por los pueblos, diges, perfumes y géneros de poco valor; si bien algunas veces presentaban ricos chales, cadenas de oro, aderezos y joyas de mucho precio; fruto de la rapiña de los soldados. Acercándose al clavero con aire misterioso, le dijo el moro: “Señor, querria hablar con vos á solas; tengo una joya preciosa que vender.” “Yo no he menester joyas, replicó el clavero, lleva tu hacienda á los soldados.” “Por la sangre del que murió en la cruz, exclamó el moro con tono solemne, que no os hagais sordo á mi oferta; porque la joya que quiero vender es de un valor inestimable, y vos solo podeis ser el comprador.”

Don Gutierre, movido por las instancias del moro, y entendiendo que bajo aquel lenguage figurado, propio de su nacion, se ocultaba algun sentido que pudiera ser importante, hizo una señal á los que estaban presentes para que se retiráran. Quedando solo con el clavero, dijo á éste el moro: “¿Qué me dareis si entrego en vuestras manos la fortaleza de Zalea?”

Zalea era un lugar fuerte, que distaba de alli dos leguas, y que por estar tan cerca, se habia hecho muy temible á los de Alhama; pues de continuo practicaban aquellos moros ataques repentinos y emboscadas, matando ó cautivando á los caballeros de Calatrava, que ya no podian salir de sus muros sin mucho riesgo.

Miró don Gutierre á este traficante en fortalezas con una mezcla de admiracion y desconfianza; y notándolo el moro, añadió: “Tengo un hermano en la guarnicion, que por una suma competente, dará entrada de noche en la ciudadela á vuestras tropas.”

“¿Luego por una cantidad de oro, dijo el clavero, ofreces hacer traicion á tu pueblo y á tu fé?”

“Yo renuncio á entrambos, replicó el moro; mi madre fue una cautiva castellana; su pueblo será mi pueblo, su religion mi religion.”

El prudente clavero, todavia desconfiaba de la sinceridad de éste que ni bien era moro ni bien cristiano, y continuó: “¿Qué seguridad me darás de ser conmigo mas leal, que con el alcaide de Zalea?”

“El alcaide, exclamó airado el moro, ¡es un tirano! me tiene agraviado, y le he jurado venganza.”

“Basta, dijo don Gutierre, á tu venganza me atengo; ella me asegura mucho mas que tu cristianismo.”

Entonces don Gutierre, reuniendo en consejo á los caballeros que le acompañaban, les propuso la empresa de sorprender á Zalea, que de todos fue aprobada como único medio de vengar la muerte de sus camaradas, y borrar la afrenta que padecia la órden por su reciente descalabro. Se despacharon espías para reconocer á Zalea y comunicar con el hermano del moro; se ajustó la suma en que se habia de pagar este servicio, y diéronse las demas disposiciones necesarias, para el buen éxito de la empresa.

Venida la noche que habia señalado el moro, fueron con él cierto número de caballeros; y estando cerca de Zalea, le ataron las manos por detras, amenazándole con la muerte á la menor señal de traicion. Prosiguieron entonces su camino, guiándolos el moro, y á la media noche llegaron bajo el muro de la ciudadela. Hecha la señal convenida, se descolgó por la muralla una escala, y subieron por ella primero Gutierre Muñoz y Pedro de Alvarado, siguiendo á éstos otros escuderos. Dentro ya de la ciudadela, sorprenden á los guardas, los matan, los arrollan, y se hacen dueños de una torre. Alarmada la guarnicion, se aperciben los moros á la defensa; pero confusos, atemorizados y medio desnudos, tuvieron que ceder al valor impetuoso de los caballeros de Calatrava: los mas fueron llevados á cuchillo; los otros quedaron prisioneros. En espacio de una hora, y con poca pérdida, se apoderaron los cristianos de la ciudadela, y á consecuencia se sometió tambien la villa. Hallaron en los almacenes gran cantidad de provisiones, que enviadas á Alhama, remediaron la necesidad de aquella guarnicion.

Asi se ganó la fuerte villa de Zalea por los caballeros de Calatrava, que con esta hazaña restauraron la gloria de su órden, algun tanto ofuscada por el fatal encuentro que poco antes tuvieron con el Zagal. Este peregrino suceso, ocurrió por el mismo tiempo que la toma de Cambil y Alhabar; terminando asi prósperamente los variados eventos de tan importante año. Fernando é Isabel se retiraron á Alcalá de Henares, donde la Reina, el dia 16 de diciembre, dió á luz á la Infanta Catalina, despues esposa de Enrique VIII de Inglaterra.

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CAPÍTULO XXX.

_Muerte de Muley Aben Hazen, y concordia entre el Zagal y Boabdil._

El nuevo Rey de Granada, con sus proezas, con la rota del conde de Cabra, y el destrozo de los caballeros de Calatrava, se habia conciliado el favor del pueblo, á quien procuraba conservar en este buen sentido con torneos, fiestas y otros regocijos públicos, á que los moros eran en extremo apasionados. Entre tanto la experiencia que tenia del carácter veleidoso de su nacion, le hacia temer alguna nueva revolucion en favor de Muley Aben Hazen, su hermano desposeido. Postrado en cama y ciego, estaba entonces este anciano Monarca retirado en Almuñecar, donde se lisonjeaba de pasar tranquilo el resto de su vida; pero en breves dias una órden dictada por los recelos del Zagal, vino á turbar este sosiego, y le obligó á trasladarse á Salobreña.

Este pequeño pueblo estaba situado en medio de un hermoso y fértil valle, sobre un montecillo, cerca de la costa del mediterráneo. Su defensa era un fuerte castillo, edificado por los Reyes de Granada para depósito de sus tesoros. Aqui tambien enviaban aquellos sus hijos y hermanos cuya ambicion les inspiraba algun recelo; y estos príncipes reducidos á los límites del valle, ni bien presos ni del todo libres, pasaban la vida entregados al ócio y á los placeres, gozando de un cielo el mas sereno, de un clima suave, y de un pais delicioso. Su palacio estaba adornado de muchas fuentes, floridos jardines y baños perfumados: la música y el baile hacian transcurrir las horas; y en fin, cuantos deleites podian proporcionar el arte y la naturaleza, se les permitia sin restriccion. Nada se les habia negado sino solo la libertad; y á no faltar ésta, fuera aquella morada un paraiso verdadero.

Apenas llegó aqui el viejo Aben Hazen, se agravó su enfermedad, y pasados pocos dias pagó el tributo á la naturaleza. Este acontecimiento nada tenia de extraño; pues ya tiempo hacia que estaba extinguiéndose en él la llama de la vida: pero las medidas que inmediatamente tomó el Zagal, despertaron las sospechas del público. Apoderándose con prisa poco decorosa de los tesoros del difunto, los mandó conducir á Granada, y se los apropió en perjuicio de sus sobrinos. La sultana Fátima y sus dos hijos, fueron encerrados en la torre de Comáres; la misma que, á instancias suyas, habia sido en otro tiempo prision de la virtuosa sultana Aixa la Horra, y de su hijo Boabdil. El cuerpo del viejo Aben Hazen fue tambien trasladado á Granada, pero no con la pompa que exigia la consideracion de haber sido un Monarca poderoso, sino conducido ignominiosamente en una mula. Sus restos fueron llevados á la sepultura por dos cautivos cristianos, sin ninguna manera de honras fúnebres, y depositados en el Osario real[42].

[42] Cura de los Palacios, cap. LXXVII.