Part 24
[139] Las cartas de Anghiera, interesantes como _memorias_, de una época fecunda en grandes acontecimientos, contienen una animada descripción de la muerte de este joven príncipe y de las causas secretas que la produjeron. Anghiera vió morir á D. Juan, y sorprende que un secretario del Rey Católico atribuya el valor del agonizante á sus habituales lecturas de las obras de Aristóteles. (Pedro Mártir, _Epistolæ_, lib. X, números 174, 176, 182.)
[140] La pérfida «carta de creencia» de 26 de Mayo de 1499, que los monarcas dieron á Bobadilla, sin duda por la odiosa influencia del superintendente de las Indias, Juan Rodríguez de Fonseca, que fué archidiácono de Sevilla y después obispo de Badajoz, ha llegado á nosotros entre los manuscritos de Las Casas, y la publicó Navarrete (t. II, pág. 240). Es de un laconismo aterrador (tiene cuatro líneas), y dice: «Nos habemos mandado al comendador Francisco de Bobadilla, llevador desta, que vos hable de nuestra parte algunas cosas que él dirá: rogamos vos que le deis fe é creencia y aquello pongais en obra.» Este laconismo no debe sorprender cuando se sabe, por el borrador de una carta de manos de Colón, escrita cuando llegó preso á Europa y hallada en los _Archivos del Duque de Veragua_, que Bobadilla había ya recibido, al partir, la promesa de permanecer en Haïti como gobernador «si la información tomaba carácter grave.» La causa, dice Colón, fué formada en malicia. La _fe_ (el testimonio) fué de personas _civiles_ (de bajo proceder), las cuales se habían alzado y se quisieron aseñorear de la tierra. Llevaba cargo (el comendador Bobadilla) de quedar por gobernador (de la Española) si la pesquisa fuese grave. (Navarrete, t. II, pág. 254.)
[141] Las palabras _polo ártico_ merecen especial atención: no se ha hecho caso de ellas en la historia de las tentativas hechas para encontrar el paso del Noroeste. La frase es algo irregular en su construcción («piedras preciosas y mil otras cosas se pueden esperar firmemente; _y nunca más mal me viniese como con el nombre de Nuestro Señor le daría_ el primer viaje, _así como diera_ la negociación de la Arabia feliz hasta la Meca, como yo escribí á Sus Altezas con Antonio Torres en la respuesta de la repartición del mar é tierra con los portugueses; _y después viniera á lo del polo ártico_, así como lo dije y dí por escrito en el monasterio de la Mejorada») pero claro es que expresa el pensamiento de llegar á los aromas de la _Arabia feliz_ (_thurifera et myrrhifera regio_), y á una navegación libre hacia el Polo Norte. ¿Qué es lo que pudo dar lugar á esta consideración? En mi sentir, la solución del problema debe buscarse determinando la época en que la idea del _polo ártico_ se presentó á la imaginación del Almirante. Conocemos la fecha de la carta en la que los Monarcas pedían á Colón su parecer sobre la manera de revisar y enmendar la bula del Papa relativa á la _línea de demarcación_ (la del 4 de Mayo de 1493). Esta carta es del 5 de Septiembre de 1493. En ella dicen que Colón ha sabido más que jamás supo ninguno de los nacidos. Ahora bien; Antonio Torres, que trajo estos consejos del Almirante y, lo que importaba más, hermosas pepitas de oro, partió de Haïti el 2 de Febrero de 1494 con doce barcos. Dos meses antes se había hecho el reconocimiento de la costa meridional de la isla de Cuba, célebre por el juramento pedido (el 12 de Junio de 1494) á más de ochenta personas de las tripulaciones de las carabelas _Niña_, _San Juan_ y _Cardera_, juramento de que la Juana ó Cuba era «una tierra firme».
La importancia dada á esta expedición á Cuba era tan grande que el Almirante, al volver á España, decía á sus más íntimos amigos, que sólo la falta de víveres le había impedido pasar delante hacia el Oeste, «doblar el _Quersoneso de Oro_ en el mar conocido de los antiguos, parar más allá de la isla de Trapobana y volver á Europa ó por el mar, doblando la extremidad de África, cosa que aun no habían hecho los portugueses, ó por tierra, tomando el camino de la Etiopía, de Jerusalén y del puerto de Jaffa. Washington Irving ha reconocido estos proyectos fantásticos en el precioso manuscrito del cura de los Palacios, capítulo 123; también el hijo de Colón dice en la _Vida del Almirante_, cap. 56: «Si hubieran tenido abundancia de bastimentos, no se hubieran vuelto á España _sino por Oriente_». He aquí sin duda la explicación de la esperanza de la _Arabia feliz_ de que Colón habla, según hemos visto, en las cartas que trajo Antonio de Torres.
No puede decirse lo mismo de lo relativo al _polo ártico_ que, según la construcción de la frase, no se refiere á la misma época del _segundo_ viaje, sino á otra anterior á su salida para el tercero, es decir, antes del 30 de Mayo de 1498. Ahora bien; á causa de las íntimas relaciones que existían durante el reinado de Enrique VII entre España é Inglaterra, es muy probable (Biddle, _Mem. of Sebastian Cabot_, 1831, pág. 235) que Colón conociera antes del 30 de Mayo de 1498, no solo el primer viaje de Cabot y el descubrimiento que hizo el 24 de Junio de 1497 del continente de la América del Norte, en las costas del Labrador, cerca de la isla de San Juan de Ortelio (Biddle, página 56), sino también la patente Real entregada á Cabot el 3 de Febrero de 1498 (_l.c._, pág. 85), y los preparativos de un segundo viaje, que, como dice Gómara (_Historia de las Indias_, 1553, fol. 20 b.), dirigido hacia el Norte, para llegar al Catayo (la China), debía procurar las especias en menos tiempo que por la vía del Sur que intentaban los portugueses. Este conocimiento de las expediciones boreales de los ingleses, unido á la celosa desconfianza que domina en todas las órdenes del Gobierno español de aquel tiempo, respecto á los que osaban emprender la carrera de los descubrimientos hacia el Oeste, pudo engendrar en el ánimo de Colón la idea vaga de un viaje al Norte. La expedición que le llevó años antes á Islandia, frecuentada, en aquella época, por los barcos de Brístol, debía animarle en este proyecto que designa como lejano (_viniera después_). Además, desde fin del año 1498, cuando Cabot había costeado desde la Florida al Labrador, y según Anghiera, se creía el promontorio de Paria, unido por la continuación de la tierra firme, á Cuba, el dique que se presentaba por el Oeste hacía sentir más vivamente la necesidad de un _paso_ para llegar á Calicut en la India meridional. El mapa de Juan de la Cosa, trazado en 1500, presenta gráficamente esta continuación de tierras desde el Labrador hasta más abajo del Ecuador; y, cuanto mayor era la creencia de que este dique formaba la parte del Asia oriental, donde estaba Catigara (Sebastián Munster sitúa todavía á Catigara, en 1544, en las costas del Perú) más se intentaba llegar al _Sinus Magnus_ y, por este _Sinus_, á las bocas del Ganges.
[142] Mariana, _Hist. gen. de España_, (ed. de 1819), t. XIII, p. XXXIII y 97. El Rey de Nápoles, más aficionado á los moros de lo que era honesto á cristianos, diciendo que si bien esta gente (de los moros) era de otra secta, no sería razón maltratarla.
[143] Garibay, _Compendio hist._, I, XVI, cap. 36: Irving, tomo I, pág. 140.
[144] He aquí las bases del cálculo de Colón: «Santo Agostin diz que la fin deste mundo ha de ser en el sétimo millenar de los años de la creacion dél: los sacros Teologos le siguen, en especial el cardenal Pedro de Ailiaco en el verbo XI y en otros lugares. De la creacion del mundo ó de Adam fasta el avenimiento de nuestro Señor Jesucristo son 5.343 años y 318 días, por la cuenta del rey D. Alonso, la cual se tiene por la más cierta; con los cuales poniendo 1.501 imperfeto (es la época de la redacción del fragmento sobre las _Profecías_), son por todo 6.845 imperfetos (incompletos). Segund esta cuenta, no falta salvo 155 años para cumplimiento de los 7.000, en los cuales _digo_ arriba, por las autoridades dichas, que habrá de fenecer el mundo. El cardenal Pedro de Ailiaco mucho escribe del fin de la secta de Mahoma y del avenimiento del Antecristo en un tratado que hizo de _Concordia Astronomiæ veritatis et narrationis historicæ_, en el cual recita el dicho de muchos astrónomos sobre las diez revoluciones de Saturno».
Efectivamente, de dos obras del cardenal de Ailly, que tienen por título _Vigintiloquium de concordia astronomicæ veritatis cum theologia y Tractatus de concordia astronomiæ veritatis cum narratione historica_, sacó Colón tan raras conclusiones. (Véase la edición de Lovaina, á la que están unidas las obras de Gerson, fol. 89 _a_ y 103 _b_. Esta gran edición de las obras del cardenal de Ailly no tiene fecha de impresión; pero, según Launoy en su _Historia latina del Colegio de Navarra_, París, 1677, pág. 478, parece ser de 1490.)
El primero de estos tratados tiene un título muy tranquilizador. «Como, según los filosofos, dos verdades no pueden jamás contradecirse, las _verdades astronómicas deben estar siempre de acuerdo con la teología_.» Newton era también de esta opinión, que las dinastías de Egipto obligan á poner en duda.
El verbo XI del _Vigintiloquium_, citado por Colón, habla, en efecto, de 7.000 años que tendrá de vida el mundo, pero no del rey Alfonso, á quien no se nombra sino en el verbo XII, donde se dice que este rey contaba 143 años más que Beda desde el diluvio hasta Cristo, es decir, 3.094 años, añadiendo 143 á 2.951. Sin embargo, la cita de Colón (5.343 años, más 318 días transcurridos desde Adán hasta Cristo) es completamente exacta, si se añade al tiempo que el rey Alfonso cuenta desde el diluvio hasta Adán en la _editio princeps_ de sus tablas (_impr. Erhard. Ratdolt Augustensis_, 1483), los 2.242 que los Setenta y San Isidoro (_Orígenes_, lib. V, cap. 39, y _Chronicon, ætas_ I en _Opp. omnia_, ed. Par. 1.601, páginas 67 y 376) cuentan desde la creación hasta el diluvio. Esta _editio princeps_ de las _Tablas Alfonsinas_ presenta en grupos del sistema sexagesimal, según M. Ideler, 1.132.959 días, como _differentia diluvii et incarnationis_, que hacen 3.101 años Julianos _más_ 318 días. Esta es, sin duda, sobre todo á causa de la fracción de 318 días, la cifra que entra en el cálculo presentado en el _Libro de las Profecías_ de Colón.
Verdad es que la _editio princeps_ tiene el año de la impresión con la doble cifra de 1.483 y 7.681, de la era cristiana y de la creación (diferencia, 6.198); pero en el cuerpo de la obra no se indica en parte alguna en qué año de la creación del mundo coloca el rey Alfonso el diluvio; no encuentro esta indicación más que en las _Tablas Alfonsinas_ de 1492, que juntamente con los grupos sexagesimales de los días, arroja las sumas ó deducciones en años, poniendo á Noé en el de 3882 que, con los 3.101 (desde el diluvio á Cristo), suman para el principio de nuestra era 6.983 años. (_Tabulæ astron. Alphonsi Regis_, ed. J. L. Santritter Heilbronnensis vel de Fonte Salutis, impr. Venetiis. J. H. de Landoja dictus Hertzog., fol. 39 _b_.)
He aquí una cifra que difiere en 1.640 años de la de Colón y que alteraría singularmente esta predicción del fin del mundo en el año 7000. Strauch (_Breviar. Chron._ ed. Wittemb. 1664, página 360) reduce arbitrariamente los 6.983 años á 6.484 «ex mente Alphonsi Regis Castiliæ.»
Estas observaciones bastan para probar cuán necesario es acudir á las primitivas fuentes. En la nueva edición del _Art de vérifier les dates_ (París, 1819, t. I, pág. XXIX), la cifra de Colón de 5.343 años, se atribuye á San Isidoro. Sin embargo, los _Orígenes_ (lib. V, pág. 68), y el _Cronicón_ (pág. 386) presentan al principio de la sexta edad 5.220 años. (Véase también Strauch, _Brev._, lib. IV, núm. 11.)
La fantasía teológica de la influencia que ejercen las grandes _revoluciones_ de Saturno (valuadas á 300 años cada una ó á diez revoluciones simples) sobre las sectas y los imperios asciende á Albumazar y á su obra _De magnis conjunctionibus_, impresa en Venecia en 1515. Las conjunciones de Júpiter y de Saturno no sólo son temibles por el enfriamiento que en la atmósfera producen (_Joannis Werneri Norici Canones de mutatione auræ_, Norimb., 1546, fol. 15 _a_), sino que al mismo tiempo deciden también de la suerte de los individuos (_Albohali de judic. nativ._, Nor., 1546, cap. 39 y 47) y de la de los imperios. Distínguese entre _conjuntio mayor y máxima_. La última se verifica, según el cardenal d’Ailly (_Opp._, fol. 103 _a_), cada 960 años, y según otras autoridades, cada 800 años (Ideler, _Handb. der Chron._, t. II, pág. 402). Las ideas del peligro de las diez revoluciones de Saturno y de los 7.000 años las tomó Colón del libro titulado _Concordance de la astronomie et de l’histoire. (Opp._, pág. 119 _a_.)
Mi respetable y sabio amigo Mr. Ideler, miembro de la Academia Real de Berlín, que puso á mi disposición la rara _editio princeps_ de las _Tablas Alfonsinas_, ha examinado á ruego mío, las épocas de las mayores conjunciones indicadas por el cardenal d’Ailly, encontrando que la octava de dichas conjunciones corresponde al año 7040, y después de ella, uno de los grandes períodos de Saturno (uno de los grupos de las diez revoluciones del planeta) al año de 1789 de nuestra era. Desde entonces «_si mundus usque ad illa tempora duraverit quod solus Deus novit, multæ tunc et magnæ et mirabiles alterationes mundi et mutationes futuræ sunt, et maxime circa leges_». (_Opp._, página 118 _b_.) El Cardenal, que escribe en 1414, no puede predecir lo que vivirá el mundo después del espantoso año de 1789; cree, sin embargo, que el Antecristo, cuya venida esperaba Colón hacia 1656, no tardará en llegar, y si esto no es absolutamente cierto, al menos _verisimilis suspicio per astronomica indicia_. Es raro que esta coincidencia accidental de fechas, esta profecía de una revolución que tanto ha influído en la historia del género humano, no haya sido notada por aquellos á quienes complace, en nuestros días, todo lo que es místico y tenebroso.
[145] Mingnet, _Negociations relatives à la successions d’Espagne_, Introduction, t. I, páginas VI, XI, XXIII.
[146] Á pesar de lo imperfecta que era entonces la navegación, la reina Isabel manifiesta ya en Agosto de 1494 el deseo de que mensualmente vaya una carabela de España á Haïti y venga de dicha isla otra.
[147] Sólo en la toma de Málaga hizo el rey Fernando 11.000 esclavos (Washington Irving, t. II, pág. 264). Tratóse de matar á todos; pero la reina Isabel, que, según Pulgar (_Crónica_, parte III, cap. 74), oponíase constantemente á los actos de crueldad, logró salvarles la vida. (Véase Clemencín, Elogio de la Reina Católica, en las Memorias de la Academia de la Historia, t. VI, páginas 192 y 391.)
[148] Es tanto más curioso encontrar este rasgo de costumbres (_nec carnibus vescentes_) en una bula pontificia, cuanto que en el Diario de Colón no se consigna. Como en las islas de América no había, á excepción del lamantín, ningún mamífero más grande que el agutí (el mono sólo se halla en la isla de la Trinidad), los indígenas casi no podían alimentarse con más carne animal que la de aves y peces. Sin embargo, aun en la parte de la América _tropical_, donde primitivamente había cuadrúpedos de volumen y peso más considerable (tapir, lama, ciervo, pecari capybara), tenían los indígenas, según parece, una preferencia muy marcada por las sustancias vegetales.
Creo poco probable que el nombre de la India, nombre que Colón daba á su descubrimiento, y que sólo una vez, y en sentido distinto, se encuentra en la Bula de 4 de Mayo de 1493, despertara en los eruditos de Roma el recuerdo de castas á quienes repugna la carne animal. Esta Bula no nombra la India sino al hablar de la línea de demarcación: _Terræ firmæ et insulæ inventæ vel inveniendæ versus. Indiam aut versus aliam quamcumque partem_.
Es digno de notar que en la Bula más incompleta de 3 de Mayo de 1492, de que antes he hablado, y que está sacada de los archivos de Simancas, las palabras _versus Indos, ut dicitur_, han sido añadidas donde se habla del viaje de Colón á través del Océano, mientras la misma Bula es más reservada en los elogios tributados al Almirante. He aquí las _variantes lectiones_. Se lee en el documento del 3 de Mayo: «Dilectum filium Christoforum Colon, cum navigiis et hominibus destinastis ut terras remotas et incognitas, per mare ubi hactenus navigatum non fuerat, diligenter inquirerent: qui tandem Divino auxilio per partes occidentales, ut dicitur, versus Indos, in mari Oceano navigantes certas insulas remotissimas et etiam terras firmas invenerunt.» La Bula de 4 de Mayo dice: «Dilectum filium Christoforum Colon, _virum utique dignum, et plurimum commendandum, ac tanto negotio aptum_, cum navigiis et hominibus destinastis ut terras remotas et incognitas...»
[149] En el Diario del primer viaje (15 de Enero de 1493) presenta ya Colón como sinónimo de _Carib_ la palabra _caniba_, latinizada más tarde por él mismo en las instrucciones dadas á Antonio Torres, y convertida en _caníbales_.
[150] Este fué el envío que tanto excitó la colera de Las Casas. Inclinado Navarrete á defender el carácter de Colón, ha reunido con grande imparcialidad cuanto se consigna en la _Historia de las Indias_ de Las Casas (lib. I, cap. 102; lib. II, caps. 11 y 24) sobre indios esclavizados por orden del Almirante.
[151] Carta de 2 de Junio de 1495 (Navarrete, t. II, páginas 177 y 178): la Reina emplea la frase _nueve cabezas de indios_, como aun se usa en la trata de negros, por analogía con las frases _cabezas de ganado_, _cabezas de bueyes_.
[152] Su hijo D. Fernando (_Hist. del Almirante_, cap. 63) es quien hace esta observación acerca de los _vientos vendarales hacia el Norte_. Al volver de su primer viaje fué cuando Colón subió más hacia el Norte, hasta el grado 37 de latitud. La vuelta de las Antillas por el canal de Bahama fué desconocida hasta la muerte del Almirante; pero después frecuentaron este canal hasta los buques que iban de Europa á las costas de Virginia. Bartolomé Gosnold fué el primero que, en 1603, cruzó directamente desde Falmouth al cabo Cod.
[153] Mientras en la corte se censuraba la dureza con que Colón establecía la servidumbre de los indígenas, escribían los colonos á España «que no permitía sirviesen los indios á los cristianos, y que los halagaba para hacerse independiente con su apoyo ó para formar _una liga con algún príncipe_.» (Barcia, tomo I, pág. 97.)
[154] _Historia general de las Indias_, parte I, lib. III, cap. 6. El célebre explorador del Marañón, Mr. Poeppig, acaba de descubrir en la biblioteca de la universidad de Leipzig la _editio princeps_ de Oviedo (Salamanca, 1547, por Juan de Junta), á la que están añadidos: primero, el raro _Libro último de los naufragios_, por Gonzalo Fernández de Oviedo, segundo, la _Verdadera relación de la conquista del Perú enviada á S. M., por Francisco de Xerez, natural de Sevilla, secretario del capitán en todas las provincias y conquista de la Nueva Castilla_. La _Relación_ llega hasta el año de 1533.
[155] _Historia del Almirante_, cap. 85. Siempre me ha llamado la atención que la patética escena de la primera entrevista de los monarcas con Colón el 17 de Diciembre de 1500, después de quitar á éste los grillos y ponerle en libertad, escena tan noblemente descrita por Herrera (_Déc._ I, lib. IV, cap. 10), no se encuentra en la obra de su hijo, quien se limita á decir que el Almirante fué llamado á Granada, «donde Sus Altezas le recibieron _con semblante alegre y dulces palabras_ (Las Casas dice _palabras muy amorosas_), diciéndole que su prisión no había sido hecha con su orden ni voluntad». Fernando Colón, que conocía la astucia y disimulo del viejo Rey, no tuvo, según parece, confianza en los efectos de una escena sentimental representada en la corte, porque alaba á la Providencia divina que hizo perecer en una tempestad al comendador Bobadilla, Roldán y otros enemigos del Almirante, pues estaba seguro de que, llegados á España, lejos de sufrir castigo, hubieran «_recibido muchos favores_». Este elogio de la Providencia, cuando se trata de la muerte de alguno en tiempo oportuno, según las inseguras miras humanas, recuerda otro elogio más extraño aún, consignado en los verbosos escritos de Las Casas. Refiriendo la muerte de Colón, procura demostrar que las _adversidades, angustias y penalidades_ que sufrió fueron justo castigo de su conducta con los indígenas. Cuando mandó prender al cacique Caonabo (fin de 1494) y lo metió, con gran número de esclavos indios, en los navíos dispuestos á darse á la vela para España, «para mostrar Dios, dice Las Casas, la injusticia de su prisión y de todos aquellos inocentes, hizo tan deshecha tormenta, que todos los navíos que allí estaban, con toda la gente que había en ellos y el rey Caonabo, cargado de hierros, se ahogaron» (lib. I, cap. 102; libro II, cap. 38). Respecto al cacique Caonabo, el hecho, referido también por Herrera (Déc. I, lib. II, cap. 16), no es cierto, como lo prueba Pedro Martín de Anghiera (Déc. I, libro IV), y el _Cura de los Palacios_, cap. 131.
[156] La Memoria está á continuación de la _Brevísima Relación de la destrucción de las Indias_ (Llorente, _Obras de Las Casas_, t. I, páginas XI y 172).
[157] Por estas palabras pudiera creerse que Bartolomé de Las Casas había estado ya en dicha época en las Antillas. Llorente, en el mismo tomo, le hace partir, en efecto, por primera vez, unas veces en el segundo viaje el 25 de Septiembre de 1493, otras con su padre el 30 de Mayo de 1498, otras en la tercera expedición de Colón (_Obras de Las Casas_, t. I, páginas XI, 255 y 306); pero sabemos por la _Historia de Chiapa_, de Remesal, que el padre de Bartolomé partió en la segunda expedición, volvió riquísimo á Sevilla en 1498, y el mismo Bartolomé, lejos de haber ido en el segundo viaje, como dice Ortiz de Zúñiga, ó en el tercero, como asegura Llorente, no llegó á Haïti sino con Ovando en 1502.
El esclavo indio de que se habla en el texto lo dió Colón al padre de Bartolomé (Francisco de Casaus ó de Las Casas, de origen francés), y el padre cedió este esclavo á su hijo cuando fué á estudiar á Salamanca. Parece que esta circunstancia, tan poco importante en sí misma, contribuyó mucho á excitar el celo de Bartolomé por la suerte de los indígenas de América é imprimió á toda su vida una dirección, continuada con valerosa perseverancia. Bartolomé nació en Sevilla en 1474, y murió en Madrid en 1566, á los noventa y dos años de edad. Él y su compañero Toscanelli, nacido en 1397, y muerto á los ochenta y cinco años (en 1482), abarcan, por sí solos, con su prolongada existencia á través de tres siglos, el principio y fin de todos los grandes descubrimientos marítimos en África, América, el mar del Sur y el Archipiélago de las Indias.
[158] Tenía una de las grandes encomiendas de Alcántara, y frecuentemente se le designa en los documentos oficiales con el nombre de _Comendador de Lares_.
[159] _Provisión_ del 20 de Diciembre de 1503. (Navarrete, II, Doc. CLIII, pág. 298).
[160] La forma de esta medalla (señal de moneda) debía cambiarse después de cada pago de la capitación. Los indios que no tenían medalla eran presos y sometidos á una pena liviana, como lo dice la ley de 23 de Abril de 1497 (Navarrete, t. II, Doc. CIV, pág. 182). Este género de contabilidad, bastante complicado, recuerda la medalla que, en el reinado de Pedro el Grande, llevaban los que habían comprado el derecho de usar barba.
[161] La ley prescribió primero seis y después ocho meses de trabajo consecutivo. Este término, rebasado pronto por los colonos, se llamaba una _demora_ (Herrera, Dec. I, lib. V, capítulo 11).