Part 17
Se ve en el libro de Job, dice Herrera (Déc. I, lib. I, cap. 1, pág. 2), el historiador de la conquista de América, que Dios ha querido tener el Nuevo Mundo encubierto á los hombres para darlo á los Castellanos. En el elocuente pasaje de Job, que sólo presenta una alegoría filosófica, sería muy difícil encontrar alusión alguna á un descubrimiento geográfico. «Quis est locus intelligentiæ? Absconditus est ab oculis omnium viventium; volucres quoque cœli latet. Deus intelligit viam ejus, et ipse novit locum illius. Ipse enim fines mundi intuetur, qui fecit ventis pondus, et aguas appendit in mensura; quando ponebat pluviis legem et viam procellis sonantibus: tunc vidit illam, et enarravit, et præparavit, et investigavit» (cap. 28, 5, 20 á 26). Algún comentador moderno[292] se ha ocupado de la interpretación de Herrera y de su desenfado para torcer el texto.
Otro pasaje se encuentra en Esdras (lib. IV, cap. 7), que hubiera llamado la atención de Colón, de estar puesto junto á la célebre profecía del coro de la _Medea_ de Séneca. El autor griego hace decir á Esdras: «et apparescens ostendetur quæ nunc subducitur terra», ó en un giro de frase más análogo aún á los versos de Séneca, según la versión etiópica, cuyo conocimiento debemos á los sabios de Oxford: «Apparebit terra quæ nunc absconditur»[293].
Dadas las ideas que gobiernan el siglo XIX y durante el prodigioso florecimiento de una civilización que sólo atiende al presente y á un porvenir inmediato, cuesta trabajo comprender una época gloriosa para el género humano en que, después de hechas grandes cosas, había complacencia en volver la vista atrás y escudriñar pacientemente si estas grandes cosas eran el cumplimiento de antiguas predicciones.
Deber del historiador es estudiar cada siglo según el carácter individual y los rasgos distintivos de su movimiento intelectual, y jamás sentiré el trabajo empleado en mis laboriosas investigaciones para seguir la dirección de las ideas de Colón y de sus contemporáneos, aunque me sean pagadas con algún desdén por parte de los que persisten en un sistema opuesto.
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En una obra de Plutarco, cuyo texto es incorrectísimo, pero está lleno de consideraciones de física y de cosmología muy notables (y en gran parte muy exactas), el diálogo _De Facie in orbe lunæ_, encuéntrase un pasaje en el que el geógrafo Ortelio en el siglo XVI[294] creía reconocer, no sólo las Antillas, sino todo el Continente americano. Esta μεγάλη ἤπειρος, situado más allá de la Bretaña, hacia el Noroeste, le recordaba sin duda las costas del Canadá y el camino que los navegantes normandos encontraron, á principios del siglo XI, hacia las partes más septentrionales de América. Inútil es detenerse en probar lo que hay de aventurado y quimérico en estas interpretaciones.
El mito que ha llegado á nosotros en el pequeño Tratado de las manchas de la luna, de Plutarco, pertenece á una serie de ideas íntimamente relacionadas entre sí, más simbólicas que corográficas, que abarcan todo el Occidente más allá de las Columnas de Hércules, llamadas antes _Columnas de Briareo ó de Cronos_ (Saturno). Es un fragmento de geografía mítica de los tiempos más antiguos, presentando, por decirlo así, imágenes que se destacan en un horizonte brumoso, y que llegan á ser movibles según las inspiraciones y las opiniones individuales del narrador.
Examinar aquí la parte que los descubrimientos reales, favorecidos por las corrientes y los vientos, ó las mentiras fenicias (los _cuentos de navegantes_ que volvían de los _mares exteriores_), han podido tener en estos conceptos cosmográficos que se repiten con bastante uniformidad á través de los siglos más lejanos, sería empeñarse en una discusión general que nos alejaría de nuestro asunto, y en la cual mi opinión particular no podría tener peso alguno. «Las ideas que la poesía antigua popularizó durante siglos, ejercieron poderosa influencia hasta en los sistemas geográficos»[295].
Para comprender primero la posición del _Gran Continente_, de Plutarco, relativamente á nuestra tierra habitada, recordaremos que, según la narración de Sila, uno de los interlocutores en el diálogo, la isla de Orgygia[296] está alejada cinco días de navegación de la Britannia hacia el Oeste. Empleo á propósito la palabra Britannia, porque en un pasaje de Procopio (_De bello Goth._, IV, 20), relacionado hace poco tiempo con el de Plutarco, háblase de Brittia, isla situada entre Britannia y Thulé.
Á otras tres jornadas de camino, pero hacia el Poniente del sol en el verano, es decir, al Oeste-Noroeste contando desde Europa, encuéntranse otras tres islas, «en una de las cuales, según los Bárbaros (es la glosa del texto tal y como ha llegado á nosotros), Júpiter encerró á Saturno; pero esta designación de sitio y de prisión la contradice directamente el resto de la narración.» Mi ilustre amigo M. Boeckh no duda de que el texto ha sido alterado en algunas partes. Después que los _theoros_ permanecieron noventa días en estas islas, se les vió embarcarse para ir más lejos y buscar el sitio donde Saturno dormitaba. M. Boeckh cree que la prisión, y por consiguiente el sitio de la gran fiesta, era la misma Orgygia, siendo preciso suprimir toda la glosa, que nada tiene que ver con esta exposición de distancias, y que ha intercalado, según parece, un escoliasta, en recuerdo de otro pasaje de Plutarco (_De defectu Orac._, cap. 18), de que hablaré después.
Lejos de las tres islas, pero más cerca de ellas que de la de Orgygia, está situado el Gran Continente que rodea el Océano, el gran mar Cronnieno. Desde Orgygia á este Continente hay cinco mil estadios.
La idea de una masa continental más allá del Océano, en los confines del disco de la tierra, encuéntrase también entre los Indios, en el mundo (_loka_) situado más allá de los siete mares, como en las tradiciones árabes[297] acerca de la montaña Kaf.
Advertiremos también que cuanto el narrador Sila cuenta á Lamprias (este es el nombre del hermano de Plutarco)[298] lo sabe por boca de un extranjero que, desde este país Saturniano, viene á Cartago, como positivamente se indica en el diálogo sobre la luna. El mismo mito está expuesto al fin del libro, aunque anunciado desde las primeras líneas, en las cuales comienza hoy para nosotros el texto defectuoso; también se menciona al navegante venido á Cartago, cuando Theón pregunta á Lamprias, no si el globo lunar, que es una tierra celeste, está efectivamente habitado por hombres, sino si se le puede considerar habitable.
En fin, impaciente Sila, «en su cualidad de primer actor» (como narrador del mito geográfico que el hombre misterioso, el viajero de la región transatlántica del Noroeste le ha transmitido), comienza solemnemente con el verso de Homero: «Lejos en el Océano está situada una isla Orgygia.» Con la posición de esta isla relaciona la de las otras islas Saturnianas y el Gran Continente, como antes hemos dicho. ¿Es esto puro adorno poético? Al menos en otro pasaje también muy notable (_De defectu Oraculorum_, cap. 18), donde se trata de nuevo el asunto de muchas islas encantadas próximas á Britannia, en una de las cuales el titán Briareo vigila al encarcelado Saturno, no se nombra la isla Orgygia. «El trayecto del Océano Cronnieno es lento, á causa de los aluviones de los ríos que descienden del Gran Continente, y hacen la mar _terrosa_ y espesa.» Esto es un modo de explicar por la proximidad[299] de un Gran Continente _el mare concretum, cœnosum, pigrum_ de los autores romanos, y atribuir á depósitos de terrenos movedizos lo que otros, en las regiones boreales, atribuyen á los hielos, y en los mares meridionales á las algas marinas, es decir, á los bancos flotantes de fucus.
El Gran Continente de Plutarco se prolonga hacia el Norte[300] con la regularidad de forma, á que los antiguos muestran mucha predilección, respecto del golfo que conduce al mar Caspio ó de Hyrcania[301]. El Gran Continente tiene también un ancho golfo como la Meótides y habitado por pueblos de origen griego. Estos habitantes opinan que su país es un continente, pero que nuestra tierra (Europa, Asia y la Libia) «es una isla rodeada por el Océano». El mismo concepto exactamente se encuentra en el mito geográfico de la Merópida de Theopompo. Sileno revela también á los Phrigios que los Meropienos habitan un gran continente lejano y que nuestra tierra es pequeñísima isla. Tal es también la frase de Cicerón (_Somn. Scip._, 6): «Omnis enim terra quæ colitur á vobis, parva quædam est insula.»
El Continente de Plutarco fué visitado por Hércules en su expedición hacia el Oeste y el Norte, y los compañeros de Hércules introdujeron de nuevo la lengua y las costumbres griegas, cuyo uso estaba casi olvidado. Hércules es allí, después de Saturno, el más honrado. Como el planeta Saturno, á quien llamamos Phænón, pero que los habitantes del continente Cronieno nombran el Guardián de la noche, entra cada treinta años en la constelación del Toro, este suceso se celebra con una gran fiesta, y se efectúa el embarque, en cada una de estas fiestas, de los _theoros_ que mucho tiempo antes están designados por la suerte.
El viaje de estos enviados es muy peligroso. Su primer destino es á las islas que, según hemos dicho, están situadas delante del Gran Continente y ocupadas por colonos griegos, sin mezcla de bárbaros. Estas islas debían ser muy boreales, porque, durante treinta días, sólo una hora se ocultaba el sol en el horizonte, y aun en esta breve noche había una luz crepuscular. El monje irlandés Dicuil hubiera dicho que quedaba bastante claridad para _buscarse los piojos_. Después de una permanencia de noventa días, los enviados seguían adelante, con viento favorable, sin duda para llegar á Orgygia.
En esta isla se gozaba de dulce temperatura; Saturno dormía en un antro profundo, porque Júpiter le daba el sueño para tenerle sujeto. Rodeábanle genios que le habían servido cuando aun mandaba á los dioses y á los hombres, y estos genios referían los sueños proféticos de Saturno, quien á su vez soñaba lo que Júpiter meditaba.
El extranjero por quien supo Sila todas estas maravillas vivió treinta años en la misma isla sagrada, donde, sin trabajos materiales, sólo se ocupaba de filosofía.
Después de haber experimentado todas las iniciaciones y aprendido la física y la astrología, que está fundada en la geometría, tuvo vivo deseo de visitar la grande isla, que es como llaman á nuestro Continente. Habiendo pasado el período de treinta años, llegó una nueva _theoría_, y el extranjero, después de saludar á sus amigos, se embarcó y apareció en Cartago; pero la expresión «no os diré á través de qué pueblos, por entre qué hombres pasó, qué escritos sagrados aprendió á conocer y en cuántos ritos fué iniciado», demuestra bien que se trata de un viaje por tierra.
El extranjero permaneció mucho tiempo en Cartago, es decir, en la ciudad romana construída sobre las ruinas «de la antigua ciudad púnica, y allí descubrió algunos escritos sagrados «que habían sido salvados (sin duda cuando la destrucción de la ciudad de Dido por Scipión el Africano) y que estuvieron largo tiempo ocultos y enterrados». Entre las divinidades visibles dice que es la luna la que especialmente merece la veneración de los hombres, etc., etc.
Llegando al asunto principal del tratado, discute de nuevo Sila los puntos de filosofía natural, sin tocar al _mito geográfico_ del Gran Continente Cronieno que fijó la atención de Ortelio. Al final del libro es cuando el narrador afirma solemnemente que cuanto ha referido lo sabe por boca del personaje misterioso que apareció en Libia y que éste «lo aprendió de los genios que tenían á Saturno aletargado».
Seguramente este mito en su conjunto no es un entretenimiento del espíritu, una novela filosófica debida solo á la imaginación de Plutarco. Refiérese á una serie de ideas antiquísimas, á tradiciones ó, si se quiere, á un sistema de opiniones[302] de las cuales han llegado á nosotros algunos otros fragmentos en la Merópida de Theopompo y en el pasaje que contiene el diálogo de Plutarco _Defectu Oraculorum_ (cap. 18). Este último presenta una descripción pintoresca de algunas islas sagradas próximas á Bretaña y llamadas de los Demonios y de las grandes almas de los héroes, sitio de tempestades y de meteoros luminosos. En una de estas islas está encerrado Saturno, cuyo sueño vigila Briareo, porque este sueño constituye los lazos que lo aprisionan (frase empleada ya en el Tratado de la Luna). «El dios está rodeado de genios, que son sus compañeros y servidores.»
El otro mundo[303], el _Gran Continente_, lo encontramos también en el mito de la Merópida de Theopompo, cuento moral en forma cosmográfica. Las revevelaciones que hace Sileno á Midas el Phrigio tienen, al parecer, relación en su parte simbólica con antiguas tradiciones religiosas, y tuvieron celebridad mucho tiempo después de los poetas y de los filósofos alejandrinos, apareciendo como _favella de Sileno_ en Cicerón (Tusc. Quæst., I, 38) el grave filósofo estóico.
Según Theopompo, elogiado por Dionisio de Halicarnaso y maltratado por Estrabón, la tierra de los Méropes es una μεγάλη ἤπειρος más allá del Océano. También los Méropes de Sileno están persuadidos de que sólo su país es un continente y que nosotros habitamos en una isla de poca extensión. Los adornos poéticos, tales como las dos ciudades «del combate y de la piedad», los ríos del deleite y de la tristeza, el oro más abundante que lo es el hierro entre los Griegos, hombres de una raza gigantesca y de larga vida, instituciones y leyes diametralmente opuestas á las nuestras, no faltan por cierto en esta corta novela sentimental.
Ignórase si estaba comprendida en el _Liber admirabilium_ de Theopompo ó en su Historia de Macedonia (_las Filípicas_). Deseosos los habitantes de Meropis de visitar por curiosidad la pequeña isla que habitamos, al partir del Gran Continente fueron primero á las tierras de los hyperbóreos; pero volvieron poco satisfechos del estado de un pueblo que los Griegos creían tan feliz. En toda esta ficción, donde consta la antigua creencia de que existían otras tierras grandísimas, separadas de nuestro οἰκουμένη, ninguna mención se hace de Saturno y de la tierra Croniena. Sin embargo, la visita á los hyperbóreos, cuya comarca estaba más próxima al Gran Continente de los Méropes, sitúa nuevamente el mito de Theopompo hacia el Noroeste y lo relaciona también con la tradición cuyo recuerdo nos ha conservado Plutarco.
Perizonio, que es tan juicioso, ha visto también en las revelaciones de Sileno algunos indicios de América. «Non dubito quin veteres aliquid sciverint quasi per nebulam et caliginem de _América_ partim ab antigua traditione ab Ægyptiis vel Carthaginiensibus (!) accepta, partim ex ratiocinatione de forma et situ orbis terrarum (Æliano, ed. Lugd., 1701, pág. 217).
APÉNDICE III.
LAS CARTAS DE PEDRO MÁRTIR DE ANGHIERA.
La colección de las cartas de Pedro Mártir de Angleria (así llaman los españoles á este célebre hombre de Estado, natural de Anghiera, en el Milanesado) es uno de los monumentos históricos más curiosos de los dos reinados de Fernando el Católico y de Carlos V. Comprende treinta y siete años, desde Enero de 1488, en que don Íñigo de Mendoza, conde de Tendilla, condujo al autor á España, hasta Mayo de 1525, en que hace la animada narración de la batalla de Pavía. Este largo período, durante el cual escribió las cartas, contiene la embajada en Egipto, descrita separadamente con el título de _Legationis Babilonicæ libri tres_ (Basileæ, 1533).
El _Opus epistolarum_ que he leído muchas veces contiene una gran variedad de observaciones acerca de los acontecimientos políticos que agitaron á Italia y España; sobre las intrigas de las cortes, los descubrimientos marítimos y los fenómenos físicos de esta época memorable. En esta colección de cartas; en las décadas _De rebus oceanicis et de Orbe novo_, que, en parte, fueron publicadas por primera vez[304] en Sevilla en 1511; en la relación de la embajada en Egipto, donde escribe el estado de los monumentos á principios del siglo XVI, en todo muéstrase Pedro Mártir de Anghiera de superior ingenio, examinando los hechos con la impaciente curiosidad y movilidad de imaginación propias de un siglo ávido de instrucción y de gloria.
Escribiendo á los Pontífices romanos, no le asusta cualquier atrevida frase que se le escapa, y en los momentos más graves, cuando pinta con extraordinario talento la tormenta revolucionaria de Florencia y las calamidades que pusieron á Italia bajo el yugo de los extranjeros, no desdeña el maligno placer de emplear el género anecdótico. Véase en las cartas 316, 318, 324, 332, 431 y 516 la animada pintura de la demencia de la reina Juana y de la dicha que gozaba durante este estado de locura; en la carta 531, la causa secreta de la enfermedad del viejo rey Fernando, _habendæ prolis cupidissimi_, y su estancia, con la reina Germana de Foix, en Carrioncillo; en las cartas 613, 614, 615, 625, 634 y 646, la sórdida avaricia y las intrigas de los cortesanos flamencos Sres. de Crouy-Chevres y de Bures[305], durante la juventud del rey Carlos I, _de familiarium rapacitate Flamingorum, et Harpyiarum apud infelicem juvenem versantium unguibus_; en las cartas 689 y 760, escritas en Valladolid y en Vitoria en 1520 y 1522, las causas de la revolución promovida por Martín Lutero: «Infidum cucullatum tragædiæ auctorem quam monachorum odiis debemus. Lutherum ajunt suæ perfidæ institutionis habenas adeo solvisse, ut suæ professionis Augustinæ cucullatis det uxores: abbatisæ cuidam publice nupsit ipse! Secunda tragædiæ scena est pecunia á Frederico, Saxoniæ duce, magna audacia intercepta et Apostolicæ sedi restituenda.» Anghiera prevé desde entonces que este _prodigium horrendum_ de la reforma religiosa tendrá consecuencias muy graves. Vereor atque iterum vereor ne hoc malum latius serpat quam ut postea illi antidotum adhibere valeamus.
La libertad con que el hombre de Estado trata la política de las cortes, hasta de aquella en la que gozaba de gran favor, no llega sin embargo á objetos que debieran conmover todos los corazones generosos, á las persecuciones religiosas en los pueblos conquistados, y proporcionar el bienestar á las clases inferiores. En este punto Pedro Mártir demuestra toda la impasibilidad moral y todas las preocupaciones de su siglo; aplaude las vejaciones impuestas á los judíos y á los moros, y elogia á España por ser el país clásico de estas atroces persecuciones; agrádale mostrar el mayor desprecio á las ínfimas clases sociales. (En las cartas 5, 6 y 9: «Quid in ipsa Hispania de Hispania sentiam, cupis á me, Pomponi, cognoscere. De populo quem semper floccifaciendum censui, nihil mihi curæ; placet Hispania nabilitas. De rege et regina qui duo consortes Hispaniæ utrique æqua lance imperitant, hoc tibi possum ex bimestri experimento referre, si unquam uno spiritu inter mortales duo corpora fuisse afflata licuit disputare, hæc duo sunt corpora qæe unica mente, unico spiritu, gubernantur. Nihil unquam ita unum in natura Philosophi comperere, quod horum unitatem superet.») Esta admiración por Fernando é Isabel alcanza después naturalmente al emperador Carlos V, á quien, sin embargo, censura ingenuamente á causa de sus relaciones con el rey cautivo, después de la batalla de Pavía, «por la excesiva bondad de su carácter.» _Nimis mitis est Cæsar_ (Epist. 813).
Aunque aplaudiendo las persecuciones contra judíos y musulmanes, muéstrase, sin embargo, Pedro Mártir de Anghiera algunas veces humano y compasivo cuando el Tribunal de la Inquisición, que califica de hermosa y laudable invención (_præclarum inventum et omni laude dignum_; Ep. 295), perseguía á los cristianos. Su pintura de las atrocidades cometidas por el inquisidor de Córdoba, Luzerius, que por burla llama _Tenebrerius_, es muy notable (Cartas 333, 342, 370, 385: «Astu partim, partim cruciatibus creditur á testibus in damnatos accusationes extorsisse. Væ miseris ademptis! Spero equidem fore ut ego aliquando in Tenebrerium iratos Cælites omnes ac terrestres commotos ad vindictam tanti sceleris videam).»
Este sentimiento compasivo del alma lo manifiesta poco cuando trata de la libertad de los aborígenes de América. La intolerancia religiosa se une entonces á la fría y prudente reserva del hombre de Estado (Carta 806: «Audi quid inter nos versetur de Indorum libertate, super qua variæ sunt opiniones diu discussæ. Nihil adhuc repertum conducibile. Jura naturalia Pontificiaque jubent ut genas humanum omne sit liberum. Imperiale distinguit (!). Usus adversus aliquid sentit. Longa experientia hoc censet, ut servi sint, non liberi hi, quod á natura sint in abominabilia vitia proclives; ad obscænos errores, ducibus et tutoribus deficientibus, illico revertuntur. Accitos in Senatum nostrum Indicum bicolores Dominicanos fratres et pede nudos Franciscanos illarum partium longo tempore colonos, quid fore putent, satius consuluimus. Nihil á re magis alienum sanxerunt, quam quod liberi relinquantur.» En esta carta, fechada en 1525, hay esta bella frase sobre los peligros que cercaban á Cortés: «Frustra omnia, Cortesii genius supereminet.)»
Lo que presta particular encanto á la lectura de las cartas de Anghiera es la viveza con que el autor describe los acontecimientos que ha presenciado, como la toma de Granada (carta 92), de esta ciudad cuyo clima parécele preferible al de la _Ciudad eterna_ (cartas 95 y 131); la tentativa de asesinato de Cañamares contra el rey Fernando (carta 125); el recibimiento de Cristóbal Colón en Barcelona, etc. La frescura de estos recuerdos debió inducir hace tiempo á algún literato versado en la historia del siglo de Alejandro VI, de Julio II y de León X, á publicar un extracto de dicha obra en alguno de los idiomas modernos.