Part 16
La elevación del estilo y el tono patético de la inspiración han dado á las últimas frases del coro una importancia que profecía tan vaga y desprovista de todo color local jamás tuviera, si hubiese revestido la forma sencilla de una conjetura geográfica. Cuando Estrabón nos dice (I, pág. 113 Alm.; pág. 64 Cas.) que en el Océano Atlántico, en la parte del hemisferio boreal que no está ocupada por nuestra tierra habitada, podría muy bien existir otro οἰκουμένη y aun muchos, _sobre todo_ en el paralelo de Tinæ, que es el de la mayor extensión continental de Europa y de Asia, profetiza, es decir, adivina (así me parece) por modo mucho más feliz el descubrimiento de América y de las islas del mar del Sur.
El rápido desarrollo de la navegación de Myos Hormos en las orillas del mar Rojo, hacia las costas de la India, desde la conquista de Egipto por los romanos (Estrabón, II, pág. 179 Alm.; pág. 118 Cas.); los descubrimientos más allá de las Islas Británicas, y en general hacia el Norte; acaso también algunas expediciones militares de los romanos al interior de África, enardecieron la imaginación de Séneca[276], y el coro que acabamos de analizar no parece imitado de alguna de las numerosas tragedias del mismo título de Neophrón de Sicyonio, de Herillo ó de Philisco, ninguna de las cuales ha llegado á nosotros.
Acaso la rápida celebridad de este pasaje de la _Medea_, desde que se aplicó al descubrimiento del Nuevo Mundo, dió ocasión á una superchería de anticuario que sólo conocemos por la narración del geógrafo Ortelio[277]. En 1508 ocurrió á un portugués, vecino de una aldea cerca del cabo de la Rocca, hacer grabar en una losa estos malos é ininteligibles versos:
Volventur saxa litteris et ordene rectis, Cum videas Occidens, Orientas opes. Ganges, Indus, Tigris, erit mirabile visu, Merces commutabit suas uterque sibi.
La losa fué enterrada hasta que se comprendió que la humedad había atacado la superficie; desenterrada después, mostrada á los curiosos y descrita por los entusiastas como inscripción sibilina. El jurisconsulto César Orlando descubrió el fraude, y Resende lo denunció en las _Antiquitates Lusitaniæ_.
Después de la supuesta profecía de Séneca, lo que más preocupaba á los autores españoles en la época del descubrimiento de América era la gran catástrofe de la Atlántida de Solón. Cierto es que no recuerdo haber encontrado cita alguna de la Atlántida en las cartas de Cristóbal Colón ó en los fragmentos de su Tratado de la conquista del Santo Sepulcro; pero su hijo habla de la _Isla Atlántica_, confundiéndola, según manifesté antes, con la isla _Atalante_, frente á la Eubea que, por las narraciones de Tucídides[278], de Séneca y de Estrabón sabemos que la destruyeron los terremotos, hacia la Olimpiada 88.
Herrera dice que se inventó tomar la _Atlántida_ de Platón por una de las Antillas de _Barlovento_ para amenguar la gloria del descubrimiento del Almirante. Por mi parte, no he de promover de nuevo una cuestión geológica tan fastidiosamente rebatida. Los problemas de la geografía mítica de los Helenos no pueden ser tratados con arreglo á los mismos principios que los problemas de la geografía positiva, puesto que se presentan como imágenes veladas de contornos indeterminados. Lo que Platón hizo[279] para fijar estos contornos y agrandar las imágenes, aplicándoles las ideas de una teogonía y de una política más modernas, sacó el mito de la Atlántida del ciclo primitivo de las tradiciones, á las cuales pertenece el Gran Continente Saturniano (Plutarco, _De facie in orbe lunæ_, p. 941, 2), la isla encantada, en la que Briareo vela junto á Saturno dormido, y la Meropis de Theopompo. Lo que importa recordar aquí es la relación histórica del mito de la Atlántida, con Solón. En su expresión más sencilla, designa el mito la época de «una guerra de pueblos que vivían fuera de las Columnas de Hércules contra los que están al Este» (Crit., p. 108). Es, pues, una irrupción que procedía del Oeste.
En la tierra _Merópida_[280] de Theopompo y en la tierra Saturniana de Plutarco vemos, como en la Atlántida, un continente en cuya comparación nuestro οἰκουμένη forma una pequeña isla. La destrucción de la Atlántida, á causa de los terremotos, relaciónase con la antigua tradición de la Lyctonia, mito geológico que se refiere á la cuenca del Mediterráneo, desde la isla de Chipre y la Eubea, hasta Córcega, y que acaso en tiempos recientes, pero á imitación de la sabia escuela de Alejandría, sirvió para formar sistemas geológicos, por las tradiciones primitivas de los Helenos, y fué celebrado en las Argonáuticas del falso Orfeo (276). Este mito de la Lyctonia, muy antiguo por cierto, que indicaba un peligro, una amenaza al continente y á las islas griegas que los Atlantes quieren conquistar, ¿sería poco á poco transportado al Oeste, más allá de las Columnas?
Es también muy notable que, entre todos los mitos cosmológicos que acabamos de citar, la Lyctonia y la Atlántida sean los únicos que, bajo el imperio de Neptuno, cuyo tridente hace temblar la tierra, queden destruídos á causa de grandes catástrofes. Los continentes Saturnianos no presentan esta particularidad, y por ello mismo la Atlántida, á pesar de su origen probablemente egipcio y extraño á Grecia, páreceme reflejo de la Lyctonia. Los grandes trastornos geológicos ó, si se quiere, la creencia en ellos, que ocasionaba el aspecto de la superficie del globo, las penínsulas, la posición relativa de las islas y la articulación de los continentes, debían preocupar los ánimos en todos las costas del Mediterráneo, aun en Egipto, que, como suponían los sacerdotes, estaba menos expuesto que cualquier otro país á que las revoluciones físicas, bruscas y parciales, interrumpieran el orden regular de los fenómenos periódicos.
La libertad extrema[281] con que Platón, especialmente en el _Critias_, trata el asunto de la Atlántida, ha hecho, naturalmente, dudoso el relacionar este mito con Solón. Platón estaba emparentado con la familia de este legislador, y á la vez con la de Critias. El bisabuelo de éste, á quien hace figurar en los diálogos, llamábase Dropides, y era amigo íntimo de Solón, que le ha citado en sus versos. El relato de Platón ofrecería menos dificultad cronológica, dado el intervalo de doscientos diez años entre la vejez de Solón y la de Platón, durante el cual se sucedieron tres generaciones de la descendencia de Dropides, si por una alteración, sin duda censurable, del texto, fuese éste y no Solón quien refiriese á Critias, abuelo del interlocutor, lo que había sabido por Solón de la catástrofe de la Atlántida. Este Critias, hijo de Dropides, contando noventa años (cuando el interlocutor sólo tenía diez), excitado por un concurso de jóvenes, que cantaban los versos de Solón, empezó á narrar la historia de los Atlantes, tal y como se expone en los dos diálogos del _Timeo_ y del _Critias_. Además se hace decir á Critias, el interlocutor, que conservaba las notas de Solón, en las cuales discutía éste los nombres propios traducidos por él, del egipcio al griego, y que quería poner en su poema. Para dar más importancia á su relato hubiera podido Platón referir todos estos hechos en una novela histórica, favoreciendo su parentesco con Solón la verosimilitud de la fábula.
Recientemente se ha renovado la suposición[282] de que el mito de la Atlántida no lo tomó Platón de Solón, sino que lo supo durante su viaje á Egipto. Plutarco, en su _Vida de Solón_, devuelve, al parecer, al gran legislador de Atenas el poema cuya existencia se pone en duda, y se lo devolvería con irrecusable certidumbre, de no modificar sus ideas, como las modificó, en vista de los diálogos de Platón. El biógrafo nos dice, en efecto, que Solón «conferenció con los sacerdotes Psenophis y Sonchis de Heliópolis y de Saïs, de quienes supo el mito de la Atlántida que intentó, como afirma Platón, poner en verso y publicar en Grecia». Al final de esta biografía añade «que Solón no terminó su poema, cuya extensión le amedrentaba, por haber llegado á la vejez, y no por ocupaciones políticas, como Platón supone». Esta rectificación á lo que Platón afirma (_Tim._, vol. III, p. 21) y los nombres de dos sacerdotes egipcios[283], que los diálogos no mencionan, indican, en mi opinión, que Plutarco, á pesar de ser tan lejana la época, se inspiraba en fuentes que nos son desconocidas. También M. Letronne, en su juicioso _Ensayo sobre las ideas cosmográficas relacionadas con el nombre de Atlas_, 1831, dice expresamente: «La fábula de Atlántida que Platón cuenta y amplifica sin duda en el _Timeo_ y el _Critias_, fué tomada de un poema _mythico político_ que Solón compuso al fin de su vida, para despertar el valor y el patriotismo de los Atenienses y, con objeto de darla mayor crédito, supuso que los sacerdotes de Saïs eran los autores del primitivo relato. Solón murió en el año 559, antes de nuestra era, y su poema debió ser compuesto entre 570 y 560, unos setenta años después del viaje de Colæus de Samos, y más de doscientos años antes de la redacción del _Critias_».
Observa el gran helenista, mi compatriota Mr. Boeckh, que la reminiscencia de la guerra de los Atlantes en las pequeñas Panatheneas, atestigua la gran antigüedad de la tradición de la Atlántida, y prueba que no todo en este mito fué inventado por Platón. «En las grandes Panatheneas se llevaba en procesión un _peplum_ de Minerva, representando el combate de los gigantes y la victoria de las divinidades del Olimpo. En las pequeñas Panatheneas (hay que omitir el nombre del sitio donde se verificó la procesión, porque la cita es un error del escoliasta) se llevaba otro _peplum_ que mostraba cómo los Atenienses, educados por Minerva, alcanzaron el triunfo en la guerra de los Atlantes.» _Schol., in Rempubli._, I, 3, 1. (Bekkeri Comm. in Plat., II, pág. 395. Véanse también las mismas informaciones en _Proclus_ in Tim., pág. 26). Añadamos á esto un escolio conservado también por Proclus, pág. 54. «Los historiadores que hablan de las islas del mar Exterior dicen que en sus tiempos había siete islas consagradas á Proserpina, y otras tres de inmensa extensión, consagradas la primera á Plutón, la segunda á Ammón y la tercera (la de en medio, de mil estadios de extensión) á Neptuno. Los habitantes de esta última conservaban, por sus antepasados, memoria de la Atlántida, de una isla extraordinariamente grande, que ejerció durante largo espacio de tiempo la dominación en todas las islas del Océano Atlántico, y que también estaba consagrada á Neptuno.» Todo esto lo ha escrito Marcelo ἐν τοῖς Αἰθιοπικοῖς. Hay un escolio del _Timeo_ (17, 17 in Bekkeri Comm., II, pág. 427) literalmente copiado de este pasaje.
Esta reminiscencia monumental de la guerra de los Atlantes en el _peplum_ de las pequeñas Panatheneas, y este fragmento de Marcelo conservado por Proclo, indicando el recuerdo de una catástrofe física (la existencia de un mito de la Atlántida) más allá de las Columnas de Hércules, quizá en las mismas islas Canarias[284], merecen seria atención de los aficionados á penetrar en las tinieblas de las tradiciones históricas.
En el gran Archipiélago de la India existe, según observación de M. Raffles, una tradición, ó más bien una creencia análoga á la de la destrucción de la Lyctonia y de la Atlántida.
Lo que primero importa en este género de investigaciones es comprobar la antigüedad de un mito que equivocadamente se ha creído una ficción de la vejez de Platón, una novela histórica como el _Viaje imaginario_[285] de _Iambulo_ (Diod. II, 53-60), y los ochenta y cuatro libros de Antonio Diógenes _sobre las cosas que se ven más allá de Thulé_.
Lo que en los mitos geológicos puede corresponder á los antiguos recuerdos ó á especulaciones sobre la primitiva configuración de las tierras, á la ruptura de los diques que separaban las cuencas marítimas, constituye un problema distinto y acaso más insoluble. Estos Atlantes, felices porque viven muy lejos, felices hasta por carecer de ilusiones (Herodoto, IV, 184; Plinio, V, 8), son, según las ideas reinantes en la extremidad civilizada de la cuenca oriental del Mediterráneo, entre los Egipcios y los Helenos, un conjunto de pueblos del África boreal y occidental, de raza tan distinta, sin duda, como los que al noroeste de Asia confundiéronse por largo tiempo con la denominación vaga de Escytas y Cimerianos. Los Atlantes de los tiempos históricos habitan al Este de las Columnas de Hércules. Herodoto los pone á veinte jornadas de los Garamantes; pero íntimamente ligado su nombre con el del monte Atlas, pudo suponerse á los Atlantes míticos en la dirección del Oeste, más allá de las Columnas de Hércules, según que la fábula del Atlas Montaña ha ido retrocediendo progresivamente en esta misma dirección.
La guerra de los Atlantes con los habitantes de Cerné y las Amazonas, tan confusamente tratada por Diodoro de Sicilia, tuvo por campo todo el Noroeste de África, más allá del río Tritón (Herodoto, IV, 191), límite entre los pueblos nómadas y los pueblos agrícolas y de más antigua civilización, si cabe señalar localidad á una lucha en que intervienen seres fabulosos, las Gorgonias.
Añadiremos que el lago Tritón, de que habla Diodoro (III, 52 y 56), no está en las costas del Mediterráneo, sino en las del Atlántico. En esta región (y el hecho es digno de tenerlo en cuenta, porque Diodoro no menciona en parte alguna la destrucción de la Atlántida de Solón), eran numerosas las grandes erupciones volcánicas. El mismo lago Tritón lo hizo desaparecer un terremoto, desgarrando la tierra que lo separaba del Océano (Diod., III, 53, 55). El recuerdo de esta catástrofe y la existencia de la pequeña Syrte, atribuída, sin duda, á idéntico suceso, hace que los escritores antiguos (Herodoto, IV, 179) confundan el lago y la Syrte.
Algunos mitos del antiguo límite occidental del mundo pueden haber tenido fundamento histórico. Una emigración de pueblos de Oeste á Este, cuyo recuerdo, conservado en Egipto, pasó á Atenas y fué celebrado con fiestas religiosas, puede pertenecer á tiempos muy anteriores á la invasión de los Persas en Mauritania, cuyos rastros reconoció Salustio, invasión que también para nosotros ha quedado envuelta en tinieblas (Salustio, _Guerra de Yugurta_, cap. 18; Plinio, V, 8; Estrabón, XVII, pág. 828 Cas.)
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Macrobio, _Comentario al Sueño de Scipión_, lib. II, cap. 9.
«Vamos á demostrar ahora, según hemos prometido, que el Océano rodea la tierra, no en uno, sino en dos sentidos diversos. Su primer contorno, el que merece verdaderamente este nombre, es ignorado del vulgo, porque este mar, considerado generalmente como el único Océano, es una extensión del Océano primitivo, cuyo sobrante de agua le obliga á ceñir de nuevo la tierra. La primera cintura que forma alrededor de nuestro globo se extiende al través de la zona tórrida, siguiendo la dirección de la línea equinoccial, y da la vuelta entera al globo. Hacia el Oriente se divide en dos brazos, corriendo uno de ellos al Norte y otro al Sur. La misma división de aguas se verifica al Occidente, y estos dos últimos brazos van á encontrar á los que parten de Oriente. La impetuosidad y la violencia con que chocan estas enormes masas, antes de mezclarse, producen una acción y una reacción de donde resulta el fenómeno tan conocido del flujo y del reflujo que se hace notar en toda la extensión de nuestro mar, experimentándolo en sus estrechos como en las partes más dilatadas, porque no es más que una emanación del verdadero Océano. Este Océano, que sigue la línea trazada por el Ecuador terrestre, y sus brazos, que se dirigen en el sentido del horizonte, dividen el globo en cuatro porciones que forman otras tantas islas. Por su corriente, á través de la zona tórrida, que rodea en toda su extensión, nos separa de las regiones australes, y por medio de sus brazos, que abarcan uno y otro hemisferio, forma cuatro islas: dos en el hemisferio superior y dos en el inferior. Esto nos da á entender Cicerón cuando dice: «_Toda la tierra es una pequeña isla_», en vez de «_Toda la tierra que habitáis es una pequeña isla_», porque rodeando el Océano la tierra en dos sentidos diversos, realmente la divide en cuatro islas: la figura precedente da idea de esta división; veráse en ella el origen de nuestro mar, que es una pequeña parte del todo, y también el del mar Rojo, el del mar de las Indias y el del mar Caspio. No ignoro que, en opinión de muchas personas, este último no tiene comunicación con el Océano. Evidentemente los mares de la zona templada austral tienen también su origen en el gran Océano; pero como estos países nos son aún desconocidos, no debemos garantizar la exactitud del hecho.»
En este curioso pasaje, tan pesadamente escrito, manifiesta el gramático, á la vez, una división de las tierras del globo en cuatro masas continentales, separadas unas de otras por brazos del Océano; una exposición de corrientes pelásgicas, y una teoría de las mareas, fundada en el choque de corrientes opuestas.
Cicerón no admitía más que dos porciones de tierras habitables (_Sonm. Scip._, cap. 6), una al norte y otra al sur del Ecuador. Si Cristóbal Colón hubiera tenido noticia del comentario de Macrobio (y en 1492 se habían publicado ya tres ediciones), le llamara poderosamente la atención esta «terra quadrifida», de la cual hay dos masas en el hemisferio boreal, casi conformes á las conjeturas de Estrabón (lib. I, pág. 113, Alm.; pág. 64, Cas.); masas continentales de las cuales un navegante que se dirigiera del Oeste al Este de la Iberia á las costas Orientales de Asia, debía necesariamente encontrar en su camino la que aun no había sido[286] vista por los habitantes de nuestro οἰκουμένη.
Si se figura al África austral separada de la Septentrional por una irrupción del Océano y el istmo de Panamá roto, casi se encuentra la tierra _quadrifida_ de Macrobio formada por la América del norte y la del sur; el Asia, uniéndola su península occidental, que es Europa, y el África austral. La existencia de un brazo del río Océano[287] ocupando la parte media de la zona Ecuatorial, había sido afirmada desde los tiempos de Alejandro, primero por Crates, después por Arato, Cleanthes y Cleomedes; pero cuatro revulsiones _refluxiones_ de las aguas del E. y del O. hacia el N. y el S. que están señaladas en un pequeño mapamundi añadido á los manuscritos de Macrobio (ed. Biponte, pág. 154, tab. II), y que, desprovisto de los cuatro golfos adoptados por todos los geógrafos griegos, no es el que Macrobio tenía á la vista, ¿proceden de la imaginación del comentador, ó están tomados de alguna fuente desconocida?
La idea de explicar las mareas por las corrientes opuestas estaba muy generalizada en la antigüedad, dando ocasión á ello la observación del movimiento de las aguas en los estrechos, sobre todo al noreste de Sicilia y en el Euripo que separa la Beocia de la Eubea. El sabio autor de la _Geografía física de los antiguos_, Mr. Uckert, observa además, con razón, que la teoría de Macrobio, contemporáneo de Avieno, tiene alguna relación con las del retórico Eumenio y del poeta Claudio Rutilio Numantiano, naturales ambos de las Galias, uno de Autum y otro de Poitiers ó de Tolosa, y familiarizados por tanto, según creo, con los fenómenos de las altas mareas en las costas occidentales de Francia.
Eumenio y Rutilio consideran también como causa principal de las mareas el choque de las aguas pelásgicas á la salida de los canales (amnes Occeani. Virgilio, _Geórg._, IV, 233; Oceanus refusus. Æ., VII, 225) que separan «las diversas masas de tierras continentales». Admiten también, pues, muchas tierras habitables en cuyas costas chocan las corrientes; pero entre Eumeno, el panegirista de Constancio Chloro, muerto en el año de 311, y el poeta Claudio Rutilio, sólo el primero es indudablemente anterior á Macrobio.
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Esdras, IV, 6:
«Y el tercer día ordenaste á las aguas reunirse en la séptima parte de la tierra.»
Interesado Colón en persuadir á los monarcas españoles de que el mar tenía poca extensión, llamóle la atención este pasaje de Esdras, y habla extensamente de él en su carta de Haïti de 1498. Por el _Imago Mundi_ (cap. 9) del cardenal de Ailly conoció la opinión de que el mar sólo ocupaba una séptima parte de la superficie del globo; opinión manifestada tres veces en la historia de la creación del mundo, como Esdras la refiere; pero Colón equivoca la cita, al suponer este pasaje en el libro tercero.
Como pudiera suceder que la reina Isabel no tuviese muy en cuenta la autoridad de Esdras, el Almirante, según antes vimos, añade: «La cual autoridad es aprobada por Santos, los cuales dan autoridad al 3.º y 4.º libros de Esdras»; y presenta por ejemplo San Agustín y San Ambrosio. Igual opinión sobre la santidad de los libros de Esdras tienen d’Ailly[288] y Pico de la Mirandola; cosa tanto más sorprendente, cuanto que, en los siglos posteriores á San Agustín, siempre ha sido considerado apócrifo el libro 4.º de Esdras[289]. Posteriormente M. Lücke ha explicado la probabilidad de que este libro haya sido redactado, no en el cuarto, sino en el siglo primero de nuestra era, por un judío griego, fuera de Palestina, y que pertenece al grupo de escritos apocalípticos cuyo origen asciende á las pretendidas poesías de los magos y á los oráculos sibilinos, en parte inventados, según las investigaciones modernas, hasta en el cuarto y quinto siglos.
Es extraño encontrar en períodos del cristianismo en que la gran extensión de las navegaciones al Noroeste y en el mar de la India había hecho desaparecer de largo tiempo atrás la idea del Río Océano rodeando el disco de la tierra, y cuando todos los geógrafos griegos y romanos hablan ya de la _inmensidad_ del Atlántico, esta falsa idea de la relación de los continentes y de los mares, y encontrarla en un libro apócrifo, llamado antiquísimamente en la iglesia griega el Apocalipsis de Esdras. Este sexto capítulo que cita Cristóbal Colón pertenece más especialmente al ciclo de las visiones cosmológicas.
Según la opinión de uno de los sabios más versados en las creencias de los pueblos armenios ó semíticos, M. Rosenmüller, de Leipzig, á quien he consultado acerca del pasaje de Esdras, «los Hebreos en sus antiguos libros no tienen absolutamente ningún dato numérico sobre la extensión relativa de los continentes y de los mares, y ni se encuentra tampoco en las paráfrasis caldeas, ni en los escritos talmúdicos y rabínicos. Pero como los Judíos acostumbran á dividir la superficie del globo _en siete climas_, y como el Génesis, I, 9, indica que las aguas fueron _reunidas en un solo lugar_, no parece contrario al espíritu de la _exegesis_ talmúdica relacionar este lugar de la reunión de las aguas con una de las siete zonas.» Añadiré á esta ingeniosa explicación que la división en siete climas tiene sus raíces en las más antiguas tradiciones míticas de la India.
Según una de las diferentes fases de la geografía[290] completamente sistemática conservada por los Puranas, el disco terrestre está también compuesto de siete zonas ó círculos concéntricos (_Dwipas_) con siete climas[291] correspondientes; pero entre los Indios las siete zonas terrestres están separadas por _siete mares_. Este arreglo no disminuye seguramente la extensión de la masa total de las zonas líquidas, que se distinguen con los nombres, más bien raros que poéticos, de _mares_ de _leche cuajada_, de _azúcar_, y de _manteca clarificada_.
Probablemente por ignorar la importancia dada á este pasaje de Esdras, en la serie de ideas y de ilusiones que condujeron y siguieron al descubrimiento del Nuevo Mundo, ninguno de los comentadores de los libros escritos originariamente en griego fijó su atención en esta séptima parte de la superficie del globo que debía ser la única cubierta por las aguas del Océano.