Part 15
Preciso es, además, no olvidar que tanto en Strabón como en Eratósthenes, la denominación de mar Atlántico se extiende á todas las partes del Océano. Según el primero, las costas de la India Meridional (lib. II, página 192, Alm., pág. 130, Cas.) están bañadas por el Atlántico; las regiones más orientales y más meridionales de la India (lib. XV, pág. 1.010, Alm., pág. 689, Cas.) se prolongan εἰς τὸ Ἀτλαντικὸν πέλαγος. Desde que, por los progresos de la navegación y de los conocimientos geográficos, la imagen del _río Océano_ homérico, que rodea el disco terrestre, se fué engrandeciendo y adaptando á las observaciones positivas, el nombre anterior á Herodoto y que remonta á los tiempos de Solón (Olimpiada 54), aplicado al principio al mar Exterior, á la porción de Océano próxima á las Columnas de Hércules, fué extendido á todos los mares que rodeaban los continentes entonces conocidos y les servían de mutua comunicación. De igual modo, después de la expedición de Alejandro, los nombres de Taurus y de Cáucaso se aplicaron á todas las cordilleras de Asia que se extienden al través de este vasto continente de Oeste á Este hasta las costas de Sinoe y de los Seres.
La escuela de Aristóteles (_De Mundo_, cap. 3) se expresa en el mismo sentido, y en el bello pasaje de Cicerón (_Somn. Scip._, cap. 6), que ya he tenido ocasión de citar antes, el orador dice terminantemente: «Esta tierra que habitáis es una islilla «circumfusa illo mari quod _Atlanticum_, quod _Magnum_; quod _Oceanum_ appellatis in terris.» Esta sinonimia de Atlántico y de Océano, en general, no se encuentra, sin embargo, en todos los clásicos romanos; exceptúanse Pomponio Mela y Plinio. Este último llama _Mare magnum_, no como Cicerón y Séneca (_Nat. Quæst._, II, 6), al mar que rodea el οἰκουμένη, sino especialmente á la parte próxima á las costas occidentales de Europa, ó sea al Atlántico propiamente dicho, lo cual recuerda la denominación de _Gran Océano_ que, á ejemplo de Fleurieu, dan los geógrafos modernos, con más justo motivo, al mar Pacífico.
El pasaje de Estrabón (I, pág. 11, Alm., pág. 5, Cas.) termina con una larga disertación contra Hipparco, que había puesto en duda la continuidad de los mares. Creo sin embargo que Mr. Gosselin se equivoca (en la _Geografía de los Griegos analizada_, pág. 52; en las _Investigaciones sobre la Geografía sistemática y positiva de los antiguos_, t. I, páginas 45, 133, 194, y en las notas á la traducción francesa de Estrabón, t. I, pág. 12) al atribuir tan positivamente á Hipparco la hipótesis enunciada por Marino de Tyro y Ptolomeo acerca de la cuenca cerrada ó _mediterránea_ del mar Erythreo y sobre el _continente desconocido_ que une la península de Thinæ al cabo Prasum. No encuentro prueba alguna de esta afirmación. Mr. Gosselin se funda en el texto de que tratamos y en la idea de Hipparco de que «la circumnavegación de África era imposible»; pero el párrafo citado por Gosselin no dice tal cosa, y Estrabón sólo habla «de la desigualdad del fenómeno de las mareas en las diversas regiones pelásgicas observada por Seleuco el Babilonio, y de la afirmación de Hipparco suponiendo que, aun siendo iguales las mareas, no probaría este hecho la continuidad absoluta de los mares que rodean el globo.» Este razonamiento general y vago dista mucho de la hipótesis de la unión de Thinaæ al cabo Prasum, que M. Gosselin, por lo demás tan exacto y digno de elogio, ha consignado dos veces en cartas particulares (_Rech._, t. I, Pl. I, Trad. de Strabón, t. I, Pl. 2).
En un pasaje notable de Plutarco (_De Facie in orbe lunæ_; pág. 921, 19) se notan claramente estos mismos istmos del Atlántico («del gran mar ó mar exterior»), pero reflejados en el disco lunar, si, conforme al sistema de Agesianax, que aun en nuestros días lo acepta el pueblo en Persia, la luna refleja como un espejo el paisaje terrestre y las desigualdades de la superficie de nuestro planeta. Plutarco, que pudo ver el texto de Strabón, alega en este diálogo, para combatir la verdad de un sistema catóptrico tan raro, la continuidad de los mares, todos los cuales se comunican sin istmos interpuestos. Extraño error el de buscar en la porción de la luna iluminada directamente por el sol la configuración de nuestros continentes, como, según la observación de un astrónomo ilustre, M. Aragó, puede conocerse en la luz cenicienta de la luna el estado medio de diafanidad de la atmósfera terrestre.
La vasta extensión de los mares que separa las costas occidentales de Iberia de las costas orientales de Asia, donde Estrabón, siguiendo á Eratósthenes, hace desembocar el Ganges, encuéntrase también indicada en la frase bastante impropia de que «la Iberia y la India, comarcas que sabemos son, la una la más oriental y la otra la más occidental de todas, son respectivamente antípodas.» (Estrabón, lib. I, pág. 13, Alm.; pág. 7, Cas.). Como ambas regiones están situadas en el mismo hemisferio boreal, y supuestas en un mismo paralelo, hubiera sido preciso emplear la palabra περίοικοι y no la de ἄντοικοι, como sostiene Mr. Gosselin[265], quien observa además muy juiciosamente que, según los principios admitidos por Estrabón sobre la longitud de la tierra habitable, esto es, sobre la distancia desde la Iberia á la India más oriental, la extensión del Atlántico interpuesto resulta para el paralelo del _diafragma_, es decir, el de Rodas, no de 180°, sino de 134.000 estadios en un perímetro ecuatorial de la tierra de 252.000 estadios (lo que suma más de 236°).
Debemos decir, sin embargo, que Estrabón añade prudentemente á la palabra antípodas, con que designa á los periecos, la frase «en cierto modo».
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Estrabón, lib. I, págs. 113, 114:
«Así, pues (según pone empeño en persuadirnos Eratósthenes), si no se opusiese la inmensidad del mar Atlántico, podríamos navegar en el mismo paralelo desde España hasta la India por todo aquello que resta, quitada dicha distancia (esto es, la longitud de la tierra habitada), la cual excede á la tercera parte de todo el círculo, toda vez que el círculo tirado por Thinas, donde nosotros hemos medido los estadios que hay desde la India á España, es menor de 200.000..... Pues llamamos tierra habitada aquella en que habitamos y tenemos conocida. Mas puede en la misma zona templada haber hasta dos tierras habitadas y aun más, señaladamente junto al círculo que se traza por Thinas y el mar Atlántico.»
Es este un pasaje, como hemos manifestado muchas veces en esta disertación, paralelo, por decirlo así, al que se lee en Aristóteles (_De Cœlo_, II, 14). No cabe duda de que Estrabón, al hablar de la posibilidad de la navegación desde la Iberia á la India, atribuye esta opinión al segundo libro de la geografía de Eratósthenes (Estrabón, lib. I, pág. 62, Cas.) y no á Pytheas, como supone un geógrafo moderno[266], á quien se deben excelentes investigaciones acerca de la geografía antigua.
Admitiendo Eratósthenes la esfericidad de la tierra (Estrabón, lib. I, pág. 107, Alm.; pág. 62, Cas.) debía fácilmente adquirir la opinión de la posibilidad de navegar desde Iberia á la India; pero, como era natural, la extensión del Atlántico en el paralelo de Thinæ (el _diafragma_ de Dicæarco) parecíale un obstáculo insuperable. La medida numérica de esta extensión del Atlántico resulta de la extensión en longitud del οἰκουμένη valuada en poco menos de 82.000 estadios en el paralelo de Thinæ.
Según lo que Estrabón manifiesta en el cap. 4 del lib. II y en el 15 del XI acerca de la forma general y de la dimensión de la tierra habitada, los resultados numéricos que establece, sea por el sistema de Eratósthenes ó por el de Posidonio, se encuentran con mucha facilidad y, lo que es más seguro, se les encuentra, comparando _en cada sistema_ los datos parciales, con los perímetros enteros, muy diferentemente valuados por cada uno de estos antiguos geómetras, sin necesidad de recurrir á una comparación con las medidas actuales. «La porción del hemisferio septentrional comprendida entre el ecuador y un paralelo próximo al polo tiene la figura de una _vértebra_[267] σπóνδυλος (Cod. París, 1393: σπóνδειλον que Mr. de Brequigny propone inútilmente convertir en σπονδεῖον, copa empleada en las libaciones). La superficie de esta vértebra ó zona esférica, que representa la zona templada septentrional, comprenderá dos cuadriláteros cuyas costas estarán hacia el Norte, á la mitad del círculo paralelo al ecuador y próximo al polo (1.400 estadios más allá de Ierné), y hacia el Sur, una mitad del Ecuador.»
Ahora bien; en uno de estos cuadriláteros es donde Estrabón sitúa la isla que forma nuestra tierra habitada, «doble más larga que ancha», que tiene la figura de una clámide y cuya anchura se aminora mucho hacia las extremidades, especialmente hacia el Oeste (II, pág. 177, Alm.; pág. 116 Cas.).
Como el paralelo de Thinæ, suponiendo, como Eratósthenes el perímetro ecuatorial de 252.000 estadios, no llega á 200.000 estadios (Estrabón hubiera dicho más exactamente algo menos de 203.000); y como la longitud de la tierra habitada de Oeste á Este, desde el cabo Sagrado á Thinæ es, en el mismo paralelo del diafragma, de 70.000 estadios (Estrabón, II, páginas 137 y 177; XI, pág. 789, Alm., ó II, pág. 83, 116, XI, página 519, Cas.), justo es decir, como lo hace Estrabón en el párrafo (pág. 113, Alm.; págs. 64 y 65 Cas.) que tanto preocupó en la Edad Media hasta Colón, que las tierras ocupan «más de la tercera parte» del círculo que pasa por Rodas y Thinæ, dos puntos que en la antigüedad se suponían en la misma latitud, aunque probablemente hubiese entre ellos una diferencia de 24°. Quedaban, pues, unos 130.000 estadios para el recorrido por mar, para ir de Iberia á la India «por un mismo paralelo» á aquella India[268] _Eoo adposita pelago_ (Mela, III, 17). Allí se encuentra, como dice Estrabón en otro párrafo (II, pág. 173. Alm.; pág. 113 Cas.) «la vasta extensión y la soledad de los mares que no se puede atravesar».
Pero lo que hace más notable el texto que analizamos y lo que parece que llamó más la atención de los escritores de los siglos XV y XVI (la gran época de los descubrimientos), es la afirmación de Estrabón de «que en la misma zona templada que habitamos, y sobre todo en las inmediaciones del paralelo que pasa por Thinæ y atraviesa el mar Atlántico, pueden existir _dos tierras habitadas y acaso más de dos_.» Esta es una profecía de la América y de las islas del mar del Sur, más razonada y menos vaga que la profecía de la _Medea_ de Séneca.
En el segundo libro (pág. 179, Alm.; pág. 118, Cas.) aun alude Estrabón á esta probabilidad de la existencia de tierras desconocidas situadas entre la Europa occidental y el Asia oriental. «El dar idea exacta, dice, de las demás porciones del globo, ó siquiera de la totalidad de esta _vértebra_ ó zona de que hemos hablado, es asunto propio de otra ciencia (no pertenece al campo de la geografía positiva), como también examinar si la _vértebra_ está habitada en el otro _cuadrilátero_, como en el que nos encontramos. Suponed, en efecto, que lo esté, _como es muy probable_; no lo estará por pueblos del mismo origen que nosotros, y, por tanto, esta tierra habitada debe ser distinta de la nuestra. Sólo, pues, la nuestra es la que vamos á describir.»
La existencia de una tierra ó de muchas tierras en el Atlántico al Este de Thinæ parecía, pues, muy probable al juicioso geógrafo de Amasia, que temía extraviarse en el vasto campo de la geografía conjetural. La relación del pasaje que citamos con el que trata de las dimensiones y de las divisiones de la tierra habitada, la expresión _otro cuadrilátero_ de la _vértebra_ (de la zona septentrional) que ha sido descrita, compuesta de dos cuadriláteros, de los cuales uno comprende nuestro οἰκουμένη, no deja duda de que Estrabón, después de elogiar las grandes expediciones de los romanos, tan útiles á los progresos de la geografía, y «de su compañero y amigo Elio Galo» vuelve incidentalmente á la existencia de las tierras habitadas, no descubiertas aún, situadas acaso en el paralelo de Rodas y de Thinæ. Este otro οἰκουμένη del hemisferio boreal era, pues, completamente distinto de la _otra parte del mundo_ que, á imitación de Crates (Estrabón, I, pág. 54, Alm.; pág. 31, Cas.), se admitía en el hemisferio austral, más allá del brazo oceánico que ocupa la zona tórrida, y era diferente del _alter Orbis_ de Mela (I, 9, 4; III, 7, 7) y de la _cuarta parte del mundo_[269] de Isidoro de Sevilla (_Orig._, XIV, c. 5, ed. Venet., 1483, pág. 71, b.)
La comparación de la forma del οἰκουμένη con una clámide se encuentra en Estrabón cuatro veces, y la analogía se funda, principalmente, al parecer, en dos circunstancias: primero en ser preciso que la longitud, la extensión de derecha á izquierda del vestido que ha de envolver al caballero y la extensión (longitud) de Este á Oeste de la tierra habitada, sean mucho más considerables, en general, que la altura de la clámide ó la extensión del οἰκουμένη de Norte á Sur. Esta circunstancia se encuentra efectivamente en la descripción de Alejandría. Estrabón compara el terreno que ocupa esta ciudad á la figura de una clámide, cuya longitud entre las dos costas bañadas, una por el mar y otra por el lago Maréotis, es de 30 estadios, mientras los istmos que determinan la anchura no son más que de 7 á 8 estadios, estando contenidos entre el mar y el lago (lib. XVII, pág. 1143, Alm.; pág. 793, Cas.). El οἰκουμένη es mucho menos ancho en las extremidades al Este y al Oeste, sobre todo hacia el Oeste. Á pesar de la desproporción de las dos dimensiones á lo ancho y á lo largo, de extensión en longitud y latitud, la semejanza de formas exige que hacia la mitad del largo llegue el ancho á su máximum. Esta condición, como juiciosamente observa Mr. de Gosselin, la establece Estrabón cuando discute dónde está colocada, en el paralelo de Rodas, la mitad de lo largo y si á este punto corresponde la mayor anchura de la clámide. La idea sistemática acerca de la forma del manto de la tierra habitada está, al parecer, geográficamente bastante justificada, porque el máximum de anchura corresponde, en efecto, entre los meridianos de Bodas y de Artemita en Babilonia. Encuentro que en la Edad Media se vió hasta los broches (fibulæ) de la clámide[270].
La discusión acerca de la clámide y de la anchura de la tierra habitada en el meridiano de Artemita ó de la desembocadura del mar Hircano-Caspiano, termina comparando la parte boreal de Asia con un cuchillo; comparación que recuerda las de hojas de plátano ó piel de pantera, tan comunes entre los geógrafos griegos, y que ha parecido ininteligible á los traductores modernos[271]; pero, según opina Mr. Boeckh, observó Estrabón la configuración del segmento de tierra comprendido entre el mar Glacial y la cordillera del Tauro que, con los nombres sucesivos de Cáucaso (de Alejandro), de Imaüs, de Émodus, de Ottorocorras y de Montañas de Seres, suponíase cruzaba toda el Asia de Oeste á Este hasta el mar Oriental (_Eoum pelagus_); compara este segmento con la forma de un cuchillo, cuyo lomo encorvado lo representa la costa del mar Boreal y el filo la cordillera del Tauro, que se prolonga en línea recta.
Si con este motivo cito al erudito é ingenioso filólogo, colega mío en la Academia, es para ofrecerle al mismo tiempo el testimonio de mi mayor reconocimiento por el cuidado con que rectifica las traducciones latinas de muchos textos de Aristóteles y de Estrabón (por Joannes Agyropoulos, Budée, Vatable y Xylandro), como también por los consejos que tuvo la bondad de darme cuando sometí á su examen trabajos que me han ocupado tantos años. Mencionar este auxilio de la crítica y de la amistad, no es hacer á Mr. Boeckh responsable de las apreciaciones, muchas veces vagas y atrevidas, que pueda contener mi obra.
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Estrabón, lib. ---- pág. 161, Alm:
«Sospecha también Posidonio que la longitud de la tierra habitada mide al pie de 70.000 estadios, que viene á ser, en lo que se toma, la mitad del círculo entero. Así, dice, navegando desde el Occidente con viento de Levante, encontrarás otro tanto espacio hasta las Indias.»
Siendo el perímetro equinoccial supuesto por Posidonio de 180.000 estadios, el perímetro del paralelo de 36° («del en que se ha tomado la medida de la tierra habitada») es necesariamente de 145.600 estadios (Gosselin en la traducción de Estrabón, t. I, pág. 270, nota 1.ª), de los cuales 70.000 estadios ó la mayor extensión del οἰκουμένη de Este á Oeste son, en efecto, próximamente la mitad. Estrabón no emplea mucha exactitud en la reducción de los perímetros pertenecientes á diferentes latitudes.
Es difícil comprender por qué los comentadores han querido sustituir ζέφυρος á εὖρος; y hacer navegar desde Iberia á la India con un viento continuo del Oeste. Las palabras ἀπὸ τῆς δύσεως, en el texto cuya traducción cito, designan el punto de partida, y «ese viento continuo del Este» casi recuerda los vientos alisios de un paralelo más meridional.
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Séneca, _Cuestiones Naturales_. Prefacio:
«¡Cuan mezquinas juzga las proporciones de su domicilio terrestre! ¿Cuánto es, en efecto, el espacio que media entre las últimas costas de España y la India? Poquísimos días de navegación, si el viento impulsa la nave.»
Á primera vista parece que este párrafo alude á los de Aristóteles, _De Cœlo_, II, 14, y de Estrabón, I, página 113, Alm.; pág. 64, Cas.; pero la analogía sólo se refiere al camino por donde se puede navegar desde Iberia á la India. Colón, en su carta á la reina Isabel, fechada en 1498, confunde todos los textos de los autores antiguos para apoyar su opinión de que los mares eran poco extensos.
«El Aristótel dice que este mundo es pequeño y es el agua muy poca, y que fácilmente se puede pasar de España á las Indias, y esto confirma Avenruyz (Averrhoes) y le alega el cardenal Pedro de Aliaco, autorizando este decir y aquel de Séneca, el cual conforma con éstos, diciendo que Aristóteles pudo saber muchos secretos del mundo á causa de Alejandro Magno, y Séneca á causa de César Nero.» Mas ¿por qué inadvertencia pudo Séneca, autor tan grave y tan cuidadoso del estilo, escribir _paucissimorum dierum spatio_? He aquí una cuestión difícil de resolver. Recordando lo que precede en el prólogo de las _Quæstiones naturales_, se reconoce que Séneca ha querido presentar el ejemplo de una cortísima extensión. La tendencia moral característica del estóico ecléctico, que vivía en tiempos siniestros, explica por qué insiste en el contraste entre la pequeñez de esta tierra, «punctum[272] stud in quo bellatis, in quo regna disponitis», y la grandeza de los espacios interplanetarios, «sursum ingentia spatia sunt, in quorum possessionem animus admittitur». Cuando el hombre, espectador curioso del universo, ha contemplado el curso majestuoso de los astros y «esa región del cielo que ofrece á Saturno (velocissimo sideri) un camino de treinta años», al volver la vista hacia la tierra, desprecia la pequeñez de su estrecho domicilio. ¿Cuánto hay desde las últimas costas de España hasta la India? El espacio de muy pocos días, si el viento es favorable al barco.
Mr. Ruhkopf, en sus _Adnotationes ad Quæst natur._ (Sen. Op., t. V, pág. 11), sostiene que la India de Séneca son las islas Canarias, porque, según Ptolomeo, dice Ruhkopf, la India oriental se aproxima al África _occidental_ (?), no estando separados ambos países por grande extensión de mar, ni, por consecuencia, muy alejadas las islas Canarias de la India. Difícil es coger el hilo de este razonamiento, y en la geografía de Ptolomeo no conozco absolutamente nada que justifique la supuesta aproximación entre la India y las Islas Afortunadas. La _tierra desconocida_, ligada á la Península de Catigara, se une «al cabo Prasum, al promontorio Rhapta y á la parte austral de Azania», y encerrando la cuenca del mar Erythreo, ninguna relación tiene con la costa _occidental_ de la Libia. Ptolomeo habla tres veces de esta cuenca cerrada y de la existencia de esta _tierra desconocida_ (lib. IV, cap. 9; lib. VII, caps. 3 y 5), siempre que menciona el mar de la India (lib. IV, capítulo 8; lib. VI, cap. 5; lib. VII, cap. 2) y no designa los límites.
Además, no hay prueba alguna de que la hipótesis de la escuela de Alejandría acerca de la contigüidad del África al Sur del cabo Prasum con Catigara sea de Hipparco, y, en general, anterior á Séneca, que vivió más de un siglo antes que Marino de Tyro y Ptolomeo. La explicación que del pasaje de Séneca da Mr. Ruhkopf es, por tanto, inadmisible, y debe creerse que el filósofo de la corte de Nerón presentaba á veces sus ideas algo exageradas, como frecuentemente apela á la hinchazón y al énfasis en la forma de expresarse.
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Séneca, _Medea_, act. II, v. 371 et seq. _Chorus in fine_, página 281:
«Nil, qua fuerat sede, reliquit Pervius orbis. Indus gelidum potat Araxem: Albim Persæ, Rhenumque bibunt. Venient annis sæcula seris Quibus Oceanus vincula rerum Laxet, et ingens pateat tellus, Tethysque novos detegat orbes, Nec sit terris ultima Thule.»
«En este orbe accesible, nada permanece donde estuvo; el indio bebe el agua del helado Araxe, los Persas las del Elba y el Rhin. Vendrán siglos en que el Océano abrirá sus barreras y aparecerán nuevas tierras; Tetis descubrirá nuevos orbes, y no será Thule la última tierra.»
Este es el pasaje tantas veces citado por Cristóbal Colón, Pedro Mártir de Anghiera, Oviedo y Herrera. Es inútil discutir aquí, como lo hizo Fernando Colón, quién sea el verdadero autor de _Medea_[273], porque un texto de Quintiliano (_Inst. Orat._, IX, 2, § 9) la adjudica terminantemente, según parece, al filósofo preceptor de Nerón, L. Annæus Séneca, y un rasgo satírico de Tácito[274] indica además «que el preceptor componía con frecuencia versos, desde que se aficionó á ellos el discípulo». Lo que aquí importa es fijarse en la relación de las ideas que conducen al poeta á hacer la profecía, por cierto bastante vaga, «de las nuevas tierras» que serán descubiertas en los siglos venideros; profecía que, según el geógrafo Ortelio, se aplicaba á América, con tanto más motivo, cuanto que Séneca había nacido en Iberia.
Comienza el coro celebrando el valor de los navegantes (_Audax nimium, qui freta primus_, etc.) en una época en que ni se guiaban por los astros, ni los vientos tenían aún nombres especiales; pero desde que los Argonautas hicieron su gloriosa expedición, la mar está abierta por todas partes y no se necesita el navío _Argos_, construído por mano de Minerva. Cualquier barco recorre la alta mar; el mundo entero llega á ser de acceso fácil (permeable, _pervius orbis_). El Indio llega hasta el helado Araxes (sin duda el de Herodoto, I, 201, t. V, páginas 200-204, Schwigh, que forma el límite de Persia y del país de los Massagetas, es decir, el Iaxantes ó Sir Daria), el Persa bebe las aguas del Elba y del Rhin.
En este cuadro de las comunicaciones de los pueblos, sobradamente magnífico, aun para el reinado de Nerón, el poeta, siguiendo la costumbre de los griegos, presta los conocimientos de su época á los tiempos de Medea. La idea del contraste entre las primitivas y tímidas navegaciones (_sua quisque piger littora tangens_), y esta comunicación rápida desde la India hasta las orillas del Rhin, conduce á la profecía que termina el coro. «Cuando el Océano haya roto los lazos (_vincula rerum_) con que sujeta, según la Geografía homérica, el orbe terrestre[275], y este orbe quede libre á toda comunicación (_ingens pateat tellus_), entonces, en los siglos futuros, Thetis descubrirá las nuevas tierras (_novos detegat orbes_), y no será Thule el punto más lejano del mundo conocido».