Part 13
El almirante D. Diego, persona de costumbres pacíficas, gozaba generalmente la reputación de favorecer á los indígenas; sin embargo, amigos imprudentes le comprometieron en una cuestión de frailes que tuvo mucha resonancia en la corte. Empeñóse en obtener una retractación pública del P. Antonio Montesinos, monje dominico que, en un sermón apasionado, defendió noblemente la causa de los indios, acusando á los colonos acaso con sobrada impetuosidad, de reducir á esclavitud á los que la religión y la ley declaraban libres. Ocurrió entonces lo que con frecuencia sucede cuando el poder secular exige lo que la jerarquía eclesiástica considera ofensivo á su honor y á su independencia. El P. Montesinos, excitado por el superior de la Orden, pronunció otro sermón más atrevido que el primero, fiel al sistema de sus correligionarios, que, como dice Gómara, _querían quitar los indios á los cortesanos y ausentes_, porque quienes los administraban en su nombre, los maltrataban.
En esta época (1511) sólo había en Haïti 14.000 indios, cuyo número disminuía rápidamente, sobre todo por las desatinadas disposiciones de Rodrigo de Alburquerque, que tenía el peligroso cargo de _Repartidor de Caciques é Indios por los poderes Reales_.
Causas tan graves y querellas de otra índole indujeron al almirante D. Diego á pedir su vuelta á España en 1514: el favor tardío concedido á la Virreina de poder vestir de seda (Herrera, Déc, I. lib. X, cap. 10), y de ser la única persona exceptuada de las leyes contra el lujo en las colonias, no podía satisfacerle en una posición tan embarazosa.
Permaneció en España durante seis años, obligado á defender los derechos de su familia y de su mayorazgo contra el fiscal del Rey en el famoso pleito (1510-1517), cuyas piezas, recientemente publicadas, han arrojado tanta luz sobre los primeros descubrimientos de Cristóbal Colón.
Desde la muerte de Fernando el Católico, la monarquía fué gobernada durante algún tiempo por el partido flamenco, y el señor de Gebres[238] concedió, como en feudo, los gobiernos de la isla de Cuba y del Yucatán, considerado entonces como isla, al _Almirante de Flandes_, bajo promesa de poblar dichas comarcas con personas libres y familias flamencas.
No poco trabajo costó á D. Diego Colón hacer revocar en 1517 una concesión completamente opuesta á los derechos que pretendía haber heredado sobre la isla de Cuba y, volviendo á estar en favor por algún tiempo con Carlos V, fué enviado de nuevo á Haïti (en Noviembre de 1520), recobrando su antiguo gobierno.
La viruela causaba allí horribles estragos desde hacía dos años, y una sublevación de esclavos negros, que podía llegar á ser muy peligrosa, por coincidir (en 1522) con la de los indios de Uraca, dió á D. Diego ocasión de mostrar su claro talento y grande actividad; pero el odio que le tenía Figueroa, uno de los tres comisarios enviados por el cardenal Ximénez á Haïti, y las largas cuestiones con la Real Audiencia, apresuraron su vuelta á España en 1523. Enfermo siguió á la corte durante dos años á Burgos, á Valladolid, á Madrid y á Toledo, esperando siempre ser reintegrado en el goce de sus privilegios, y murió el 24 de Febrero de 1526, sin poder alcanzar á la corte en Sevilla, porque, durante el viaje, quiso hacer una novena á Nuestra Señora de Guadalupe, de la cual era tan devoto como el gran almirante Cristóbal Colón.
La virreina María de Toledo quedó con numerosa familia (tres hijas y dos hijos) en Haïti. La mayor de las hijas, María, fué religiosa en un convento de Valladolid[239]; la segunda, Juana, se casó con D. Luis de la Cueva; la tercera, Isabel, con Jorge de Portugal, conde de Gélvez, perteneciente á una rama de la casa de Braganza, establecida en España.
Los dos hijos de Diego Colón, _segundo Almirante de las Indias_, llamáronse Luis y Cristóbal. El primero, desde la edad de seis años, fué reconocido _tercer Almirante de las Indias_, pero sin que este título le confiriese ningún derecho real. Permaneció en Haïti por lo menos hasta 1533, y como el pleito que su padre comenzó contra el fisco no se acababa, por consejos de su tío D. Fernando Colón, y encontrándose ya en España en la corte de Carlos V, hizo un convenio con el Gobierno, que le valió el título de Capitán general de la Isla Española. Volvió á las Antillas; pero habiendo pedido permiso su madre la Virreina viuda á fines del año 1527 (Herrera, Déc. IV, lib. II, cap. 6), para colonizar la provincia de Veragua, descubierta en Octubre de 1502 por el _primer Almirante de las Indias_ Cristóbal Colón, hizo cesión al Emperador en 1540 de los derechos de su familia al Virreinato y al diezmo de todos los productos (_decena parte de cualquier mercaduría_, según dice el párrafo tercero de la capitulación de 17 de Abril de 1492), á cambio de los títulos de _Duque de Veraguas_ y de _Marqués de Jamaica_[240], y una renta anual de 10.000 doblones de oro.
Recordaremos á este propósito que Cristóbal Colón pudo adquirir en 1497 el título de _Duque de la Española_, pero que, por prudencia, no lo quiso aceptar, como tampoco la dotación de un territorio de 1.250 leguas cuadradas en Haïti.
La familia del Almirante conservó una predilección especial por la provincia de Veragua, que pareció á Colón la comarca de la tierra más abundante en oro, siendo allí donde tuvo la primera noticia de la existencia de un mar al Oeste.
También Cristóbal Colón y su hermano el adelantado D. Bartolomé habían fundado en aquella costa, cerca de la desembocadura del Río de Belén y frente al islote llamado _Escudo de Veragua_, en las tierras del poderoso _Quibian_ (cacique) _de Veragua_[241], el primer _pueblo de cristianos_[242] en Tierra Firme, especie de fortín parecido á las antiguas factorías portuguesas en África, y que tuvieron que abandonar vergonzosamente, después de una permanencia de cuatro meses, en Abril de 1503.
Ha sucedido con Veragua como con Darien, Uraba, Cubagua y la costa de Paria, cuyos nombres conoció toda la Europa civilizada hasta mediados del siglo XVI. Las primeras tierras que se descubrieron están hoy olvidadas y casi desiertas.
El _tercer Almirante de las Indias_, D. Luis Colón, primer Duque de Veraguas, cuyas costumbres no fueron muy dignas de elogio[243], encontrábase en Génova en 1568, y llevaba el manuscrito de su tío Fernando, que entregó á dos patricios, Fornari y Marini. No he podido encontrar la fecha exacta de la muerte de Luis Colón; pero es positivo que falleció sin dejar hijos legítimos, porque Cristóbal, que figura en el pleito de 1583, era hijo natural. El mayorazgo y el _almirantazgo de las Indias_ recayó, pues, en Diego, hijo del Cristóbal Colón, hermano del _tercer Almirante_, y de Isabel, condesa de Gélvez. Con el _cuarto Almirante_ D. Diego Colón, segundo _duque de Veraguas_, acaba en 1578 toda la línea masculina y legítima del gran Colón que descubrió el Nuevo Mundo.
La herencia de una familia ilustre por la gloria de este hombre extraordinario, emparentada con las casas de Alba y de Braganza, y por tanto, con Fernando el Católico y Juan I, con las casas Reales de España y de Portugal, debía excitar no pocas ambiciones y esperanzas. El acta de _institución_ del mayorazgo (22 de Febrero de 1498) disponía: 1.º, que cuando terminara la descendencia masculina de Diego y de Fernando, hijos, y de Bartolomé y Diego, hermanos del _primer Almirante_, el mayorazgo que contenía los títulos de _Almirante mayor del mar Océano, Visorrey y Gobernador de las Indias y Tierra Firme_, debía pasar en herencia á los parientes varones más próximos que tuviesen ellos y sus abuelos, siempre que llevaran el apellido de Colón; 2.º, que el mayorazgo no pasaría á las hembras sino cuando _en otro cabo del mundo_ no se encontraran descendientes varones de _linaje verdadero_. Cristóbal Colón evitó prudentemente decir cuáles eran los parientes de su _verdadero linaje_ en Italia, no nombrando ni á los Colón de Cogoleto, ni á los de Placencia, ni á los del castillo de Cuccaro.
El pleito comenzó en 1583, cinco años después de la muerte del _cuarto Almirante_ D. Diego. Las partes litigantes que disputaban la herencia eran tres, no contando una comunidad de religiosas de Valladolid, ni á Cristóbal Colón, hijo natural (_Mem. di Torino_, 1805, página 191) del _tercer Almirante_ D. Luis Colón.
Un hombre poderoso en España, Jorge de Portugal, conde de Gélvez, esposo de Isabel Colón, tía del _cuarto Almirante_ D. Diego, que falleció en 1578, litigaba contra Baltasar (_Baldasarre_) Colón, de la familia de los señores de Cuccaro y de Conzano y contra Bernardo Colón, de Cogoleto ó Cogoreo. Estos últimos procuraban probar que el famoso almirante Cristóbal Colón descendía en línea recta de los señores del castillo de Cuccaro y que estos señores eran la rama de los Colón de Cogoleto, cerca de Génova y de Pradello en el Placentino. Como los nombres de Domingo, de Cristóbal y de Bartolomé se repiten con frecuencia en las distintas familias que llevan el apellido de Colón, fácil era aprovechar esta circunstancia en favor de las invenciones genealógicas. Suponíase que Domingo, el padre del _primer Almirante_, debía ser un tal Domingo, feudatario del castillo de Cuccaro, hermano de Francisco é hijo de Lancia de Cuccaro. De este Francisco descendía Baltasar, que pretendía la sucesión en el mayorazgo, porque su cuarto abuelo paterno, Lancia, era, según decía, abuelo de Cristóbal Colón. Este Baltasar, que se llamaba cofeudatario de Cuccaro, vivía pobremente en Génova, aunque estaba emparentado con la familia patricia de los Lomellini[244].
Bernardo de Cogoleto pretendía descender del _adelantado_ Bartolomé Colón, hermano del _primer Almirante_, porque su quinto abuelo Nicolás, hermano de Lancia de Cuccaro, vino á establecerse en Cogoleto á mediados del siglo XIV y dejó dos hijos, Bartolomé y Cristóbal. En esta hipótesis, el mayor se llamaba lo mismo que el _Adelantado_, y el menor como el atrevido marino conocido con el nombre de _Colombo il giovane_ (el Mozo)[245], á quien acompañó largo tiempo Cristóbal Colón en sus expediciones aventureras y belicosas.
Procurábase probar por el testimonio de un milanés, maese Domingo Frizzo, y de un monferratino, el _magnífico signor_ Bongioanni Cornachia, que Cristóbal Colón, nacido en el castillo de Cuccaro, donde vivía su padre Domingo, hijo de Lancia, se fugó siendo niño con otros dos hermanos suyos, yendo á Saona con el propósito de embarcarse allí para no volver más á su patria. Para apreciar este testimonio en su justo valor, basta recordar que Cornachia decía haber oído este suceso á su abuelo, que murió á la edad de _ciento veinte años_ (_Mem. di Torino_, 1823, páginas 158, 164, 168).
Un conde Alberto de Nemours (los documentos de la época dicen _Namors_) recordaba á los setenta y tres años que, siendo niño, cuando su maestro le explicaba Virgilio, decía que Eneas se había fugado, como el hijo del feudatario de Cuccaro, _Domingo_, cuyo hijo descubrió después las Indias para el Rey de España. Pero estas confusas reminiscencias de viejo nada valen frente á los hechos bien comprobados. Domingo, el padre del gran Almirante, vivía aún en 1494, como se sabe por su firma, á la que hay añadida la frase _olim textor pannorum_; y Domingo, cofeudatario de Cuccaro y Conzano, había muerto treinta y ocho años antes (_Cod. Colomb. Amer._, página 68), en 1456. El padre de este último era Lancia di Cuccaro, mientras el otro Domingo (padre del gran Almirante y casado con Susana Fontanarossa), era hijo de _Juan Colombo de Quinto_. Existe, en efecto, un caserío llamado Quinto, al este de Génova. Cerca de allí está la aldea de Terrarossa, y esta proximidad explica por qué Fernando Colón dijo en la _Vida del Almirante_, capítulo 10, que «había visto algunas firmas de su padre antes que adquiriese el Estado (los títulos concedidos por los monarcas españoles) en esta forma: _Columbus de Terrarubra_.»
El mapamundi[246] que el hermano del Almirante, D. Bartolomé, presentó al rey de Inglaterra, Enrique VII, dice así: _Pro pictore, Janua cui patria est, nomen cui Bartholomæus Columbus de Terra Rubra, opus edidit istud Londia; die_ 13 Feb. 1488.
Es probable que los padres del Almirante, que, según hemos dicho antes, poseían dos casas en la ciudad de Génova, tuvieran también en época anterior algunas fincas rústicas cerca de Quinto[247].
El cambio del apellido italiano Colombo por el de Colón lo hizo, según asegura su hijo D. Fernando, en España: «conforme á la patria donde fué á vivir y á empezar su nuevo estado, limó el vocablo para conformarle con el antiguo y distinguir los que procedieron de él, de los demás que eran parientes colaterales.» (_Vida del Almirante_, cap. 1.) Muñoz adoptó esta opinión; pero se tiene por seguro que en tiempos más antiguos, el pueblo en el ducado de Montferrato llamaba á los feudatarios de Cuccaro _Colón_ en vez de _Colombo_ (Cancellieri, páginas 127 y 129). Respecto al Almirante, encuéntrasele con frecuencia citado en los documentos del siglo xv con los nombres de _Colom_[248] y _Colomo_.
En el pleito que duró desde 1583 hasta 1608, porque excitaba la codicia, de los abogados españoles y ligurianos, el conde de Gélvez y los herederos en España no tenían interés alguno en rechazar el parentesco con la ilustre casa de los feudatarios de Cuccaro. Este parentesco, que halagaba su vanidad nobiliaria, podía ser reconocido, sin que por ello tuviera derecho á la herencia Baltasar de Cuccaro. El Consejo de Indias interpretó la institución de mayorazgo en el sentido de que no debía pasar á los agnados, sino sólo á la descendencia del Almirante[249]. Si éste se hubiera fugado, siendo niño, del castillo de Cuccaro, y si hubiese juzgado cosa fácil probar su parentesco con los feudatarios de Montferrato, seguramente hiciera valer sus derechos de nobleza cuando se estableció en España, cuando el título de _Don_ le fué prometido como futuro[250] precio de su descubrimiento, y, sobre todo, cuando fundó un mayorazgo; porque era entonces costumbre muy usada mencionar la ilustración adquirida en otro país cuando se ambicionaba una título de nobleza en la Península.
Fué preciso que transcurrieran cuatro generaciones para transformar un tejedor de paños de Génova, Domingo Colón, _textor pannorum_, cuya hija se había casado con el choricero Bavarello, en un señor feudatario de los castillos de Cuccaro, Conzano, Rosignano, Lú y Altavilla. Las genealogías no han faltado nunca á los hombres que se han hecho célebres; y cualquiera que fuese el noble orgullo y la elevación de sentimientos del Almirante, como vivía en una nación llena de preocupaciones caballerescas, hubiera desdeñado el prestigio de los mitos de la genealogía á no ser por el temor de excitar la atención hacia lo que él deseaba ocultar á los españoles.
El problema de la patria de Cristóbal Colón contiene además dos puntos completamente distintos. Aunque, según todas las probabilidades, Boccacio nació en París, no por ello se le niega la cualidad de italiano. El nacimiento de Colón en Génova, la vecindad de sus antepasados, al menos de su padre Domingo y de su abuelo Juan de Quinto en esta ciudad y en las aldeas inmediatas, no parece ser dudoso, según las pruebas que hemos presentado.
Familias del mismo apellido pueden no tener ninguna clase de parentesco, si el apellido es _significativo_, si expresa oficio, ó cargo, ó producción de la naturaleza. Las armas son entonces frecuentemente _parlantes_, es decir, jeroglíficos de un nombre, y su identidad fija hasta cierto punto la identidad de las razas. Los feudatarios de Cuccaro tienen _palomos_ en sus armas, y casi sorprende ver que los _Colombos_ de Génova han reemplazado (_Cod. Col. Amer._, pág. 88) los _palomos_, signos de un nombre de familia, por una barra azulada en fondo de oro. Si no es absolutamente preciso admitir el parentesco de todas las familias de un mismo apellido de Génova, Cogoleto, Placencia y Montferrato, hay, sin embargo, por la proximidad de los lugares, alguna verosimilitud de que este parentesco exista en grado más ó menos lejano. Fortalece esta creencia un testimonio de Cristóbal Colón relativo al almirante _Colombo el Mozo_, de Cogoleto, de quien he tenido ocasión de hablar muchas veces. El fragmento de una carta citada por Fernando Colón (_Vida del Almirante_, cap. 11) contiene estas notables palabras. «No soy el primer Almirante de mi familia; pónganme el nombre que quisieren, que al fin David, rey muy sabio, guardó ovejas, y después fué hecho rey de Jerusalén; y yo soy siervo de aquel mismo Señor que puso á David en este estado.»
Esta carta, dirigida al ama ó nodriza del infante don Juan[251], por las pocas líneas que de ella han llegado á nosotros, parece probar que Cristóbal Colón se justificaba de algunas censuras «acerca del obscuro nacimiento del extranjero». Como su hijo D. Fernando dice claramente en el cap. 5.º de la _Vida del Almirante_, hablando del célebre marino llamado _Colombo el Mozo_, que era de su familia y apellido; y como además refiere haber estado en Cugureo (Cogoleto), porque se decía que los Colombos de este castillo eran algo parientes del Almirante (cap. 2.º), no cabe duda que el fragmento de la carta alude á _Colombo el Mozo_, natural de Cugureo. Ahora bien; los Colombos de Cuccaro fijaron su residencia desde 1341 en Cugureo, lo que ignoraba probablemente el mismo Almirante, y en esta circunstancia se funda el admitir que el grande hombre, creyéndose tener, por sus antepasados, _algún parentesco_ con la rama de Cugureo, era también, sin saberlo, de la rama de Cuccaro ó de Montferrato. Estos débiles lazos de parentesco, esta presunción de descendencia de un tronco común anterior á la mitad del siglo XIV, no quebrantan en mi concepto la antigua creencia que considera genovés á Cristóbal Colón.
El fallo que transmitió toda la herencia de D. Diego Colón, _cuarto almirante_, al marido de su tía Isabel, el conde de Gélvez, fué publicado el 2 de Septiembre de 1602. Baltasar Colombo de Cuccaro recibió dos mil doblones de oro[252], suma módica en comparación de los gastos de un pleito que duró veinticinco años. Gélvez tomó los apellidos y títulos de _Colón de Portugal y Castro_, _Almirante de las Indias_, _Adelantado Mayor de ellas_, _Duque de Veragua y de la Vega_, _Marqués de Xamaica_, _Conde de Gélvez_.
Cuando en tiempo del protectorado de Cromwell, en 1655, tomaron los ingleses posesión de Jamaica, la familia de Colón pidió al Gobierno una indemnización por las perdidas rentas de su marquesado. Después de largas y vanas gestiones, obtuvo Pedro de Portugal en 1671 una indemnización pecuniaria. La memoria que publicó con este motivo contiene el elogio del _primer Almirante_ Cristóbal Colón, «al cual hizo Dios el favor, poco necesario á causa de las grandes cualidades que poseía, de que descendiera en línea recta de los ilustres feudatarios del castillo de Cuccaro». Ya no era peligroso reconocer esta genealogía que, antes de 1602, ponía en litigio la herencia. En 1712 Felipe V concedió la grandeza de España á la familia del duque de Veragua[253].
LA FIRMA DE CRISTÓBAL COLÓN.
Los españoles han conservado hasta nuestros días, en la vida ordinaria, la firma con rúbrica, acompañada frecuentemente de rasgos complicadísimos y repetidos con completa igualdad.
En la Edad Media, para diferenciarse de los moros y de los judíos, tan numerosos en la Península antes del sitio de Granada, precedían á la firma, por devoción, algunas iniciales de un pasaje bíblico ó el nombre de un santo de la especial devoción del que firmaba.
El Almirante firmó siempre, aun en las cartas familiares á sus hijos:
S. S. S. A. S. S. A. S. X M Y ó X M Y XPO. FERENS. El Almirante.
La segunda forma sólo se encuentra una vez[254], en la firma del testamento y de la institución del mayorazgo, el 22 de Febrero de 1498. La palabra _Almirante_, puesta en lugar de _Christoferens_, acaso fué á causa de la condición impuesta en el mismo documento á don Diego y á su descendencia directa de firmar solamente _el Almirante_, aunque tuvieran otros títulos[255].
Admira, seguramente, al ver las cartas de Colón, la pedantesca uniformidad con la que el grande hombre pintaba esta larga firma, separando con puntos solo cuatro de las siete misteriosas iniciales. La autenticidad de un documento firmado por Colón se pone en duda (Navarrete, t. II, pág. 307) cuando las iniciales X M Y tienen también puntos; y si, en el XPOFERENS, el XPO no está separado del FERENS.
La imitación de esta larga y fastidiosa firma, en la que desaparece el nombre de Colón, está expresamente prescrita á los sucesores en el mayorazgo. «Quiero que D. Diego, mi hijo, ó cualquier otro que heredare este Mayorazgo, firme de mi firma, la cual agora acostumbro, que es una X con una S encima, y una M con una A romana encima, y encima della una S, y después una Y griega con una S encima, con sus rayas y vírgulas, como yo agora fago, y se parecerá por mis firmas, de las cuales se hallarán muchas, y por ésta parecerá.» La expresión _rayas y vírgulas_ es para mí poco inteligible, porque las quince firmas que poseemos en las cartas de Cristóbal Colón publicadas en Génova en el _Códice Colombo Americano_ y en Madrid en los _Documentos diplomáticos_ de Navarrete, no tienen vírgulas, sino los cuatro puntos[256], cuya importancia acabamos de mencionar.
La recomendación que el Almirante hace á su hijo relativamente á las _iniciales_, objeto de recientes y graves polémicas, prueba de un modo claro que las letras S. A. S. son accesorias en relación con las X, M é Y. Los puntos indican, al parecer, la terminación de las tres palabras _Christus_ (X----S.), _María Sancta_ (M----A.) y _Yosephus_ (Y----S.). La última letra de las desinencias está colocada por encima de X, M, Y, como algebráicamente se coloca un _exponente_. Para llegar al misterioso número de las siete letras, la S de _María Sancta_ se encuentra encima de toda la firma cifrada del Almirante.
Spotorno explica también la cifra _Christus Maria Yosephus_ (Mr. Irving prefiere Jesús, t. IV, pág. 438) ó por _Sálvame Christus_, _Maria_, _Yosephus_ (Códice Colombo, pág. 67). Bossi encuentra aventuradas todas las tentativas de explicación (_Vita di Crist. Col._, pág. 249).
La devoción del Almirante llegaba á tal extremo, que aun en lo alto de la página escribía con frecuencia la fórmula: _Jesús cum Maria sit nobis in via. Amén._
Así, en efecto, la encontramos en el principio del libro de las _Profecías_ (Navarrete, t. II, pág. 260). El hijo elogia, además, la elegante forma de la letra de su padre. «Con tan buena letra, dice (_Vida del Almirante_, cap. 3), que bastara para ganar de comer.»
En vez de estas largas fórmulas que en la Edad Media se ponían á la cabeza de un escrito, los eclesiásticos de la Península y de la América española tienen la prudencia de poner una cruz «para arrojar al diablo que se apodera de todo papel».
DISPOSICIONES TESTAMENTARIAS DE COLÓN.
Existen de Colón dos testamentos y un codicilo; tres documentos que frecuentemente han sido confundidos y cuya autenticidad ponen en duda algunos historiadores.