Part 9
Pero mucho más que la situación de una de estas islas fabulosas de los árabes que los navegantes cristianos han poblado de obispos y de monjes, importa el trazado del cabo de Buena Esperanza en un mapamundi de 1459. Los mismos que sospechan algunas adiciones posteriores[198], no las suponen más allá de 1470; de suerte que las expediciones de Díaz y de Gama son indudablemente diez y siete y veintisiete años posteriores á la ejecución del mapa que nos presenta el _Capo di Diab_. El conocimiento de la existencia de este promontorio es más notable, porque su nombre mismo parece indicar qué pueblo lo descubrió y qué en general las corrientes pelásgicas que, según nociones exactísimas adquiridas desde el siglo XIII por Marco Polo en las Indias, impulsan con extrema violencia hacia el SO. y el SSO., impedían á los árabes estacionados en las factorías desde el siglo XII en toda la costa oriental de Africa, desde el cabo Guardafuí hasta Quilloa y Sofala, llevar su navegación más allá del promontorio que los portugueses llamaron después _Cabo de las Corrientes_ (latitud austral 23° 58′).
Temíase pasar la desembocadura meridional del canal de Mozambique, porque se sabía que no era posible volver navegando contra la corriente. «Il mare corre si forte á mezzodi, que á pena se potrebbe tornare» (Marco Polo, lib. III, cap. 35). Resulta, pues, que sólo por noticias de los indígenas y por alguna atrevida expedición, semejante á la que Fra Mauro supone hecha en 1420, pudo conocerse la configuración de la extremidad de Africa. Acaso el barco indio que dobló el cabo Diab á favor de la _corriente_ del Banco de las Agujas (el _great Lagullas stream_ de Rennell) volvió[199], después de estar, como dice Fra Mauro, cuarenta días en el Océano Atlántico, á favor de la contracorriente (_southern connecting current_), que, reforzada por los vientos del Oeste en latitudes más meridionales, entre los paralelos 37° y 40°, arrastra una parte de las aguas del Atlántico hacia el Este en el Océano de la India, y constituye uno de los rasgos más notables del gran cuadro de los ríos pelásgicos.
El nombre que dió Mauro al promontorio austral de Africa exige algunas explicaciones basadas en conocimientos lingüísticos más exactos. El Cardenal Zurla ve en el cabo Diab el cabo de los _Lobos_. En árabe, _dsiáb_ (el colectivo ó _pluralis fractus_ de _dsib_) significa indudablemente lobos; pero M. Walckenaer[200] en un interesante artículo sobre el mapamundi de Fra Mauro, ha demostrado que esta etimología es menos probable que la de una derivación de la palabra malaya _dib_ ó _div_, isla.
Las comarcas de Zanguébar y de Mozambique las frecuentaron, antes que los portugueses, los barcos árabes, persas é indios. El nombre dado al cabo puede, por tanto, corresponder á dos familias de lenguas originalmente distintas, á las lenguas semíticas (armenias) ó á las lenguas indo-germánicas. La palabra que comunmente se usa en persa para decir isla, es _bendâb_ (unión de agua, en alemán _das Wasserband_); pero _duab_ (dos aguas en persa, comarca entre el Jumna y el Ganges), palabra formada regularmente por analogía con la _pendjab_ (la Pentapotamida), confúndese remontando al sanscrito con _dvîpa_ (_dvi_, dos, y _âpa_, agua), que significa á la vez isla y península[201].
Fernando Colón, aficionado á los rasgos de erudición, dice que el nombre de cabo de Buena Esperanza «ha sido sustituído al de _Agesingua_», indudablemente corrupción de Agisymba. Este nombre recuerda la problemática expedición de Julio Materno hacia el límite extremo de la Etiopía, que Maríno de Tyro (Ptolomeo, lib. I, capítulos 7 y 9) quería situar más allá del trópico de invierno, y que dió ocasión á Ptolomeo para entrar en curiosas discusiones de Geografía zoológica.
En el gran siglo de los descubrimientos marítimos, los portugueses recordaron con frecuencia el nombre de Agisymba, y Barros (déc I, lib. X, cap. 1) indica, al parecer, que el nombre de Symbaoé (_corte_), que los indígenas dan á las antiguas fortificaciones al Oeste de Sofala (lat. austral 20° ó 21°) podría ser muy bien un reflexo de _Agisymba_ de Maríno de Tyro, denominación etiópica que Julio Materno y Septimio Flaco dieron á conocer á los romanos.
Acabamos de ver que la circunnavegación del África austral fué impulsada por el conocimiento de la forma triangular de este continente; por las tradiciones, verdaderas ó falsas, pero religiosamente conservadas de antiguos viajes; por las nociones que los árabes de España, de la Mauritania y de Egipto extendieron desde los siglos XII y XIII en el comercio árabe, persa é indio con la costa oriental de Africa; finalmente, por los mapamundis que, fundados en las mismas nociones, presentaban, medio siglo antes de Vasco de Gama, la configuración de este cabo, hacia el cual se dirigía la corriente de Mozambique y que bañaban á la vez el Océano Indio y el Océano Atlántico.
La analogía de forma entre Africa y la América del Sur pudo engendrar la misma esperanza de circunnavegación, cuando en 1508 Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís llegaron al grado 40 de latitud austral y vieron la inclinación de las costas de América hacia el Suroeste, desde el cabo de San Agustín, en una extensión de más de 900 leguas marinas. Balboa no había descubierto aún el Océano Pacífico; sin embargo, Colón sabía, poco antes de morir (1506), que este Océano existía y que estaba próximo á las costas orientales de Veragua: sabíalo, no por combinaciones hipotéticas sobre la configuración del Asia oriental, sino por testimonio de los indígenas, quienes, en el cuarto viaje del Almirante, le dijeron que cerca del río de Belén el otro mar vuelve (_boxa_) hacia Ciguara y las bocas del Ganges, y que estas tierras occidentales (del _Aurea_, es decir, del Quersoneso de Oro, de Ptolomeo) están relativamente en la misma posición[202] con las costas (orientales) de Veragua que está Tortosa (en la desembocadura del Ebro) con Fuenterrabía (en las Vascongadas) ó Venecia con Pisa.
Colón buscaba, como dice su hijo (_Vida del Almirante_, cap. 90), el _estrecho de Tierra Firme_; pero la palabra _estrecho_ ocasiona en todas las lenguas equivocaciones, «pudiendo ser de agua ó de tierra»; por tanto, un _paso_ ó un _istmo_. El Almirante fué con frecuencia engañado por los intérpretes que, en su nombre, se informaban de la forma de las tierras.
Sorprende ver que la analogía con Africa no infundiera la esperanza de una circunnavegación (el proyecto de dar la vuelta á la parte austral del Nuevo Continente) antes que la convicción de la existencia de un estrecho. En los documentos oficiales, sobre todo en los que datan de los años de 1505 á 1507, la vía por la cual se llegaba á _las especias_ no está verdaderamente indicada con claridad, y, sin embargo, con frecuencia se habla del _estrecho_ «por el cual los mismos portugueses deseaban buscar un camino más corto para llegar á las islas de las especias».
Cuando posteriormente (dos años después de la expedición de Balboa y del descubrimiento del mar del Sur) recibió Solís el encargo de navegar «á _espaldas_ de Castilla del Oro», es decir, de visitar las costas occidentales de esta provincia, se le prescribió ir primero al Sur, sin especificar si doblaría el cabo que debía formar la extremidad austral del continente. La palabra _abertura_ del continente no consta en la instrucción de 24 de Noviembre de 1514 (según lo expresé antes al enumerar las expediciones hechas desde 1498 á 1517), sino como medio de comunicar con la isla de Cuba «luego que llegaredes á las espaldas de donde estuviere Pedrarias enviarleeis un mensagero, con cartas vuestras para mi, con la figura de la costa, é continuareis vuestro camino; _é si la dicha Castilla del Oro quedare isla é obiere abertura_ por donde podais enviar otras cartas vuestras á la isla de Cuba, enviadme otro hombre por alli, haciendome saber lo que hobieredes hallado, _despues que me hobieredes escrito por via de Pedrarias_, é la figura de lo que hobieredes descubierto.»
He aquí cómo concibo el sentido de esta notable instrucción. Cuando hayáis llegado á la espalda (á la costa occidental) del gobierno de Pedrarias, comunicaréis con él (por tierra) y continuaréis vuestro camino (hacia el Norte, para llegar al paralelo de Cuba). Si entonces descubrís que este gobierno de Pedrarias (Pedro Arias de Avila) ó la Castilla del Oro es una isla y que existe alguna abertura (de la costa) por donde podáis enviar otros despachos á la isla de Cuba, haréis pasar un mensajero por este estrecho, para que yo sepa lo que habéis hecho desde la primera carta entregada á Pedrarias. Supónese el estrecho hacia el Norte del Darien «despues de haber comunicado con Pedrarias». Toda esta expedición se llama un viaje _á la parte del Sur_ (Real nombramiento de contador de la armada de Solís del 22 de Julio de 1515), y como por el Sur debe llegar la expedición á espaldas de Castilla del Oro y la _instrucción_ de 1514 sólo dice, si encontráis _otro estrecho_ (_otra abertura_) para enviar un despacho á Cuba, podría creerse que Solís esperaba rodear la extremidad austral de América para entrar en el mar descubierto por Balboa. Esta inducción me parece natural; pero Herrera[203], que muy bien pudiera no haber visto los mismos documentos, es de opinión contraria, pues dice pura y simplemente que Solís debía ser enviado (en 1515) hacia el Sur, porque, según las opiniones de los cosmógrafos, «podría haber por allí un paso para llegar á las islas de las especias».
Iguales dudas existen respecto á las instrucciones y esperanzas de Magallanes. Este marino portugués no habla de circunnavegación, de un cabo semejante al que doblaron Díaz y Gama, y sólo indica un medio de conseguir buen éxito, el de seguir la costa más allá del cabo de Santa María á la desembocadura del río de Solís (río de la Plata) hasta encontrar el estrecho que había visto señalado en el mapa de Behaim.
Hemos expuesto antes los testimonios de este hecho, tomados de los documentos coetáneos del Diario de Pigafetta y de los Diarios de los pilotos que Herrera tuvo á su disposición. Magallanes pudo atribuir equivocadamente al cosmógrafo de Nuremberg, cuyo nombre gozaba gran celebridad, lo que no era obra suya (errores de esta clase hasta hoy mismo son frecuentes); pero no se trata aquí tanto del autor de un mapamundi, como de la influencia que éste ejerció en la previsión de un descubrimiento real.
X.
Las expediciones clandestinas.
He manifestado anteriormente cómo pudo ser figurado al cabo austral de Africa en un mapa de Fra Mauro, treinta años antes de que Díaz lo doblase; pero ¿cómo explicar la indicación de un estrecho americano en un mapa portugués antes del viaje de Magallanes?
Recordaré las circunstancias que pueden haber hecho conjeturar la existencia de un paso, y debe advertirse que en la Edad Media las conjeturas se dibujaban religiosamente en los mapas, como lo prueba la Antilia, San Brandón ó Borondón, la Mano de Satán, la isla Verde, la isla Maida y la configuración de las vastas tierras australes.
Al lado de las expediciones autorizadas por el Gobierno español, y cuya lista completa hemos dado anteriormente, hubo viajes clandestinos, emprendidos por cuenta de otras naciones ó por súbditos españoles que querían engañar al fisco. Cuando Alonso de Ojeda en 1501 partió por segunda vez para reconocer la costa de Venezuela, después de haber sido nombrado gobernador de Coquivacoa, se sabía que los ingleses habían desembarcado en la parte occidental de esta costa[204].
Según el testimonio de un tal Rodríguez Serrano, de Sevilla, que se alababa de haber estado en el Cabo de San Agustín con el comendador Mendoza, parece que ya en la época del viaje de Diego de Lepe, del que antes he hablado, había «expediciones obscuras y furtivas». Quizá á expediciones de esta índole corresponden las que Vespucci debe haber hecho por cuenta del Rey de Portugal desde 1501 á 1504 á las costas del Brasil, aunque el piloto Nuño García, que dibujaba las cartas de la América occidental y supo por Vespucci la verdadera latitud del Cabo de San Agustín, advierte que si este viajero florentino hubiera ido allá «clandestina y maliciosamente» por cuenta de los portugueses, no se atreviera á alabarse de ello en España[205].
Podrá dudarse respecto á Vespucci y á la problemática serie de sus viajes marítimos; pero es seguro que las expediciones clandestinas fueron frecuentes desde que Colón descubrió la tierra firme de Paria y las corrientes llevaron á Cabral á las costas del Brasil.
En Septiembre de 1501 se juzgó indispensable publicar una ordenanza[206] especial para Sevilla, la isla de Gran Canaria y Haïti (la Española), imponiendo severas penas á las personas que, sin permiso particular, intentaran «descubrimientos en el mar Océano y en la tierra firme de las Indias». Vasco Núñez de Balboa[207], en las curiosas relaciones que hace á la corte de los resultados de los descubrimientos de las costas del mar del Sur, donde encuentra «perlas en forma de pera de una pulgada de largas» é indios que son «_buena gente y de buena conversacion_», indica las incursiones hechas en la costa de Veragua y de Nombre de Dios por capitanes «que van á descubrir y que han sido enviados no se sabe por quién y con qué autoridad».
Estos ejemplos, que podría multiplicar, prueban que los documentos oficiales, los que sólo dan cuenta de las expediciones hechas á costa del Gobierno español, no ofrecen absoluta certidumbre de que en determinada época sólo llegaran los descubrimientos á tal ó cual límite. Corrían en Sevilla y en Lisboa noticias comunicadas por viajeros clandestinos, y los autores de los mapas que se hacían entonces con grandísima actividad en todas las ciudades marítimas, aprovechaban estas noticias verdaderas ó falsas, desnaturalizándolas con arreglo á combinaciones conjeturales.
En los primeros tiempos de la conquista de América existía la costumbre de considerar cada parte nuevamente descubierta como una isla más ó menos grande. Poco á poco se iba conociendo la unión des estas partes, y cuando las observaciones faltaban, había el atrevimiento de reunir y prolongar las costas en los mapas, ateniéndose á vagas indicaciones.
Antes de partir para su cuarto viaje, ya anunció Cristóbal Colón que encontraría un estrecho en la costa de Veragua, en la región Suroeste del mar de las Antillas[208]. Cuando llegó el 26 de Noviembre de 1502 al término más oriental de su navegación, al puerto del Retrete (Puerto Escribanos), en el istmo de Panamá, tenía á la vista, según sus propias palabras, «algunas cartas de navegar de algunos marineros»[209], que unían la tierra que él acababa de descubrir á la costa de las perlas que Ojeda y Bastidas habían recorrido.
Comparando atentamente las fechas de todas estas expediciones (y sólo las conocemos[210] desde hace cuatro años por la publicación de los documentos que contiene el tercer volumen de la _Colección de Navarrete_), se ve que Bastidas había estado en Puerto del Retrete un año antes que Colón, pero que no volvió á Cádiz hasta Septiembre de 1502. Ahora bien; Colón emprendió su cuarto viaje el 11 de Mayo de 1502, y no pudo, por tanto, haber adquirido en España los mapas que prolongaban las costas tan lejos hacia el Oeste, más allá del golfo de Uraba. Los debió encontrar en Haïti, donde se detuvo durante algunos días en Julio de 1502, un año después de haber llegado allí Bastidas de vuelta de su viaje á la costa noroeste de Venezuela.
Este ejemplo prueba cuánto se apresuraban entonces á poner en los mapas lo que podía servir de enseñanza en los progresos de los descubrimientos más recientes. Conocíase la importancia de estos documentos gráficos, y Ojeda mismo, en el primer viaje que hizo con Amerigo Vespucci, fué guiado (su propio testimonio da fe de ello en el pleito del fiscal contra Diego Colón) por un fragmento de mapa (pintura de tierra) dibujado por el mismo Colón y comunicado indiscretamente por el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, enemigo del Almirante y protector de su rival Alonso de Ojeda[211].
Réstame dar cuenta del ejemplo más sorprendente de los conocimientos vulgarizados por los mapas, y fundados en la tradición de expediciones clandestinas.
He encontrado en la bella edición de la _Geografía_ de Ptolomeo, hecha en Roma en 1508, indicio de navegaciones portuguesas á lo largo de las costas orientales de la América del Sur _hasta 50° de latitud austral_. Dícese al mismo tiempo «que no llegaron á la extremidad del continente». Esta edición, impresa por Evangelista Tosino, y redactada por Marcos, de Benevento y Juan Cotta, de Verona, contiene un mapamundi de Ruysch (Nova et universalior orbis cogniti tabula Joan, Ruysch Germano elaborata), en el cual está representada la América meridional como una isla de inmensa extensión, con el nombre de Terra Sanctæ Crucis sive mundus novus. En una nota se añade lo siguiente: «Hæc regio á plerisque alter terrarum orbis existimatur.»
Entre la grande isla y el Yucatán (llamado Culicar) hay un paso libre[212]. Se reconocen en el litoral de la América meridional, comenzando por el Noroeste y siguiendo el trazado hacia el Suroeste: la península Chichivacoa (Coquivacoa) con una isla inmediata, Tamaraque (Aruba ó quizá Curaçao?); el golfo de Vericida (golfo de Maracaybo ó golfo de Venecia, llamado así por Ojeda en 1499); la tierra de Pareas (Paria) con el río Formoso (Orinoco?), y finalmente el cabo Sanctæ Crucis, que está en la misma posición del cabo de San Agustín. Desde este cabo la costa continúa al Sur, leyéndose la nota siguiente: «Nautæ Lusitani partem hanc terræ hujus observarunt et usque ad elevationem poli antartici 50 graduum pervenerunt, nondum tamen ad ejus finen austrinum.»
Esta misma edición romana de 1508 contiene una disertación, cuyo título es: _Noba orbis descriptio ad nova Oceani navigatio qua Lisbona ad Indicum pervenitur pelagus_, Marco Beneventano monacho Cælestino edita. El cap. 14 dice: Terra Sanctæ Crucis decrescit usque latitudinem 37° austr. quamque archoploi usque at lat. 50° austr. navigaverint, ut ferunt; quam reliquam portionem descriptam non reperi. Véase, pues, un monje italiano que en 1508 sabía que los portugueses habían reconocido las costas patagónicas hasta los 37°, y fiando en los se dice ó de oídas (_ut ferunt_) hasta 50° de latitud austral, esto es, dos y medio grados al Norte de la entrada del estrecho de Magallanes. Parecíale importante este resultado, porque lo repite dos veces, en el mapa y en la memoria.
Ahora bien; en 1508 y en expediciones autorizadas sólo habían llegado los españoles[213] poco más allá del cabo de San Agustín (lat. austr. 8° 20′); y cuando Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís partieron para la expedición en la que llegaron hasta los 40° de latitud austral, hacía muchos meses que estaba publicada la edición de Ptolomeo á que me refiero.
El descubrimiento del Brasil hecho por Cabral (de 10° á 16½° de latitud austral) produjo tan grande impresión en los ánimos que, desde aquella época, hasta la corte de Lisboa fijó sus miras en un paso hacia el Oeste. Paréceme, por tanto, muy probable que haya habido desde 1500 á 1508 una serie de tentativas portuguesas[214] al Sur de Puerto Seguro en la Terra Sanctæ Crucis, y que las vagas nociones de estas tentativas han servido de base á la multitud de cartas marinas que se fabricaban en los puertos más frecuentados.
Diversas combinaciones pueden haber inducido á los geógrafos á situar un estrecho en los primeros mapas de América. Subsistió en la Edad Media la opinión de Cratés, de Strabón y de Macrobio acerca de la comunicación de todos los mares. El Océano Pacífico lo vió Balboa en 1513, cuatro años antes de que Magallanes expusiera en España su convicción de la existencia de un estrecho al sur del Río de la Plata. Desde el año 1511 los descubrimientos de Antonio Abreu en la parte Sureste del archipiélago de las Indias, habían vulgarizado la idea de las _grandes tierras australes_. Viendo que la tierra de Santa Cruz se prolongaba indeterminadamente hacia el Mediodía (el monje de Benevento dice que no se la encontraba fin á los 50°), debía imaginarse que este dique continental, cuya continuidad impedía la libre comunicación de los mares, debía estar roto en alguna parte. Acaso también el mapamundi de Fra Mauro, del que poseía Portugal una copia en 1459, produjo en el ánimo de algunos geógrafos sistemáticos la hipótesis de que existía analogía de configuración entre las dos extremidades de Africa y América. El canal que separa el Diab[215] de la gran masa continental, y acerca del cual he llamado antes la atención del lector, podía repetirse en el Nuevo Continente. ¿Debe admitirse, por los indicios que he encontrado en la edición de Ptolomeo de 1508, que, antes de Solís, fueron más allá de la desembocadura del Río de la Plata algunos navegantes aventureros portugueses? Esta suposición, por lo menos muy probable, deja entrever el modo de fundamentar combinaciones hipotéticas en hechos positivos, sea que se sospechara la existencia del estrecho á causa de la fuerza de las corrientes que hacia él se dirigen, como lo cree Varenio[216], sea porque en las latitudes más meridionales se adquiriera, por comunicación con los indígenas, alguna noción confusa de un paso hacia el _otro mar_.
Bastaba llegar hasta el golfo de San Jorge, á una costa antiguamente habitadísima, como lo prueban las numerosas sepulturas de Patagones[217], para saber que los habitantes del archipiélago de Chayamapu y del de Chonos[218] remontan algunas veces el litoral del Océano Pacífico en la dirección de Este á Oeste por brazos de mar (ciénagas) y canales naturales, aproximándose de esta suerte á las costas del Océano Atlántico.
La idea de que podía existir en estos parajes (latitud 45°-47°) una comunicación entre ambos mares, se perpetuó de tal modo, que todavía en 1790, siendo virrey del Perú D. Gil de Lemos, ocasionó la expedición de D. José Moraleda, quien entró en el Estero de Aysent (lat. austr. 45° 28′) hasta ochenta y ocho leguas marinas de distancia del litoral oriental del golfo de San Jorge. Pude examinar, durante mi estancia en Lima, las instrucciones dadas á este piloto de la marina Real, recomendándole «el más profundo secreto» respecto á una tentativa cuyo buen éxito hubiera abreviado en seiscientas ó setecientas leguas el camino que se seguía, dando la vuelta al cabo de Hornos[219].
Cuando se está versado en la lectura de los documentos que tratan de los descubrimientos desde 1492 á 1525, se advierte lo que aprovechaban á los marinos de entonces los informes de los indígenas. El Cacique de Tumaco[220] trazó á Balboa, cuando éste llegó á la bahía de Panamá, la _figura_ de las costas de Quito, describiéndole al mismo tiempo la riqueza del oro del Perú y la forma extraordinaria de las llamas que transportan los minerales en las cordilleras, y que los españoles creyeron eran camellos. Hay, sin embargo, muchos centenares de leguas desde el istmo hasta las regiones que el Cacique conocía con tanta exactitud.