Part 6
Mencioné antes la carta marítima que Toscanelli había dibujado para el canónigo Martínez, á fin de mostrar la ruta que debía seguirse para llegar desde las costas de Portugal al «principio de las Indias.» Este mapa, en el cual el astrónomo florentino había «pintado de su mano» todas las islas situadas en el camino, sirvió, por decirlo así, de guía á Colón en su primer viaje: en tal sentido merece mayor interés del que hasta ahora ha inspirado. Al enviar Toscanelli á Colón una copia de su carta al canónigo Fernando Martínez, dice claramente: «os envío otra carta de marear semejante á la que envié (al Canónigo)»[118]. En la carta escrita al Canónigo añade que hay «desde Lisboa á la famosa ciudad de Quisay, tomando el camino derecho á Poniente, 26 espacios cada uno de 150 millas, mientras desde la isla Antilia hasta la de Cipango, se encuentran 10 _espacios_, que hacen 225 _leguas_.»
Ignoramos á cuántos _espacios_ situaba Toscanelli el Japon (Cipango), al Este de Kanphu (hoy Hantgcheu-fu y entonces Quinsay ó Quisay); pero como esta distancia es efectivamente, tomando á Ieddo por el centro del Japón, de 16 grados de longitud, y la valuación de Behaim[119] difiere muy poco de la moderna, se deduce que Toscanelli contaba probablemente desde Portugal á Antilia un quinto y de Antilia á Quinsay aproximadamente cuatro quintos de todo el camino desde Lisboa á la China.
Más difícil es averiguar el valor absoluto de los _espacios_ del mapa de Toscanelli. Estas grandes divisiones que abarcan cierto número de grados, y que aun empleamos para no desfigurar nuestros mapas trazando los meridianos grado por grado, se usaban ya en la época de Ptolomeo. Encuéntraselas indicando un número redondo de millas marinas ó de grados de longitud en casi todos los mapas manuscritos de los siglos XV y XVI que he podido examinar, por ejemplo, en los de Ribero y de Juan de la Cosa. El geómetra de Florencia presenta dos valuaciones de los _espacios_ que emplea, una en leguas y otra en millas. Si, según él, un espacio es igual á 22½ leguas ó 150 millas, resulta que una legua equivale á 6½ millas. No se refiere, pues, á la legua marina italiana de 4 millas, usada en tiempo de Colón en Génova, y que este marino emplea en su Diario de ruta[120]; acaso sea una milla más pequeña, de 760 toesas, cinco de las cuales forman una legua geográfica de 15 al grado. Como los _espacios_ no se valúan en grados y las conjeturas del abate Ximénez, comentador de la carta de Toscanelli, son erróneas[121], es imposible encontrar salida á este laberinto de medidas con tan vagas denominaciones. No se puede reducir con precisión á grados de longitud la distancia de veintiséis veces 22½ leguas que Toscanelli supone que tendría que recorrer Colón, «derechamente al Occidente» desde Lisboa á Quinsay: sin embargo, en la hipótesis de las leguas más largas (de 15 al grado ecuatorial), no se llega sino cerca del grado 50 de longitud (para 585 leguas) en el paralelo de 38° 42′, lo que situaría la costa de la China en el meridiano del río Essequibo y de la parte occidental de Terranova.
Ocasión tendré de hablar más adelante de esta proximidad del Asia oriental, que motivaba la frase _brevisimo camino_ empleada por Toscanelli en su carta al canónigo Martínez, mientras que en la segunda carta dirigida á Colón dice sencillamente: «habréis visto que el viaje que deseáis emprender no es tan difícil como se piensa.»
En su primer viaje de descubrimiento guiábase Colón por una carta marina que llevaba á bordo, y navegaba con la seguridad propia de un hombre que sabe debe encontrar lo que busca. El Diario descubierto por Muñoz en los archivos del Duque del Infantado es buena prueba de ello.
Hay una circunstancia notabilísima que merece ser examinada con los datos proporcionados en el texto, copia de puño y letra del Obispo de Chiapa: tres días después que Colón creyó haber observado por primera vez la declinación de la aguja imantada, el 13 de Septiembre de 1492, el estado del cielo, las masas de fuco flotante y otras circunstancias le hicieron creer que se encontraba cerca de alguna isla, pero no de tierra firme, «_porque la tierra firme_, dice el Almirante, _hago más adelante_»[122]. El 19 de Septiembre continuaban las señales de proximidad de tierra, y lloviznaba sin viento. El Almirante no quiso apartarse de su camino para buscar esta tierra. Estaba seguro de que por las partes del Norte y del Sud había islas, y en efecto las había, navegando por medio de ellas, porque su voluntad era ir primero á la India con tiempo tan favorable, y «á la vuelta se vería todo placiendo á Dios». Son sus palabras.
En la mañana del 20 de Septiembre vinieron á cantar en lo alto de los mástiles pajarillos que viven en tierra, y se fueron á la caída de la tarde[123]. El martes 25 de Septiembre fué el Almirante á la carabela _Pinta_ para hablar con Martín Alonso Pinzón sobre una carta que le había enviado tres días antes, y en la cual parece que el Almirante había pintado algunas islas en este mar. Martín Alonso decía que estaban próximos á estas islas, y así parecía al Almirante, añadiendo que la causa de no encontrar las islas debía ser la corriente, que llevaba los barcos á Nordeste y que no habían andado tanto (al Oeste) como los pilotos decían. Por consecuencia, el Almirante, al volver á su carabela, quiso que se le enviase la carta marina, lo cual se hizo por medio de una cuerda, y «comenzó á _cartear_ en ella con su piloto y marineros, hasta que, al sol puesto, subió el Martín Alonso en la popa de su navío, y con mucha alegría llamó al Almirante pidiéndole albricias que veía tierra.» Lo que no resultó cierto.
El 3 de Octubre, dice el Almirante en su Diario «que no se quiso detener, barloventeando la semana pasada y estos días que había tantas señales de tierra, aunque tenía noticia de ciertas islas en aquella comarca, por no se detener, pues su fin era pasar á las Indias, y si se detuviera, dice él que no fuera buen seso.»
Finalmente, el 6 de Octubre, seis antes del gran día del descubrimiento de Guanahaní (viernes 12 de Octubre), «Martín Alonso Pinzón dijo que sería bien navegar á la cuarta del Oeste, á la parte de Sudueste; y al Almirante pareció que no decía esto Martín Alonso por la isla de Cipango, y el Almirante vía que si la erraban que no pudieran tan presto tomar tierra, y que era mejor una vez ir á la tierra firme, y después (al retorno) á las islas»[124].
Comprendo perfectamente por qué entonces inquietaba á Colón y á Pinzón no ver la isla de Cipango (Zipangri, de Marco Polo), porque Colón había anunciado que era la primera tierra que encontrarían á 750 leguas al Oeste de Canarias, según lo refiere su hijo Fernando. El Diario original dice que hasta el 1.º de Octubre habían andado 707 leguas, no desde el Puerto de Palos, sino desde la Gomera, ó en general las Canarias, según la explicación del Almirante relativa á la distancia en que se encontraba el 19 de Septiembre. Ahora bien; del 1.º al 6 de Octubre, el camino andado al Oeste era, adicionando los datos parciales, de 259 leguas. El 6 de Octubre creíase Colón, por tanto, á 966 leguas de distancia, ó sean 216 más allá del punto en que calculaba la situación de Cipango.
He reunido todos los pasajes relativos á la carta marina que parece haber guiado á Colón antes de llegar á la isla de Guanahaní. Más adelante, el 14 de Noviembre de 1492, menciona el diario, con ocasión de los cabos ó islotes que bordean la costa Nordeste de Cuba, «las islas innumerables que en los mapamundos al fin del Oriente se ponen.»
Un historiador muy juicioso, M. Sprengel, traductor de la obra de Muñoz, no titubea en suponer que Colón se guiaba por la misma carta de ruta que le envió Toscanelli en 1474. Indudablemente, esta carta se consideraba importantísima, porque los manuscritos dejados por Las Casas dicen (lib. I, cap. XII de la _Historia de las Indias_) que este prelado, á la edad de ochenta y cinco años, época en que terminó la citada _Historia_, aun poseía tan notable monumento, «la _carta de marear_ que Toscanelli envió á Colón». Ahora bien; una carta marina conservada cincuenta y tres años después de la muerte de su autor, con mayor motivo debía encontrarse en 1492 á bordo de la carabela (capitana) _Santa María_. Observemos, sin embargo, que la que Colón envió el 25 de Septiembre á la carabela _Pinta_ estaba pintada (dibujada) por sus propias manos. Las Casas dice claramente en el extracto que poseemos del Diario: «donde según parece tenía pintadas el Almirante ciertas islas.»
La correspondencia con Toscanelli precedió en diez y ocho años á la grande época del descubrimiento del nuevo continente, y Colón aprovechó, sin duda, este intervalo para procurarse otros materiales. Seguramente no llegó á ver, como pronto probaremos, el mapamundi de Martín Behaim, pero pudo estudiar en los de Jacobo de Giroldis, de Andres Bianco ó de Grazioso Benincasa.
Cuando por primera vez escribió á Toscanelli, fundaba su razonamiento en una _esferilla que envió á maestro Paulo_, según dice su hijo D. Fernando. Es probable que después, y sobre todo cuando la famosa disputa con los profesores de Salamanca, empleara _esferas_ y _mapas_ como argumentos en favor de su proyecto de navegación hacia el Oeste. Lo que él defendía era su sistema y no el de Toscanelli, y por grande que haya sido la influencia de los consejos y de la carta del astrónomo florentino en el ánimo de Colón, sería fiar demasiado en la humildad y abnegación del genio creador, suponer que el Almirante explicó á los sabios de Salamanca, ó durante el viaje, á Martín Alonso Pinzón, la dirección de la travesía hacia la India valiéndose de una carta ó mapa de Toscanelli.
Aficionado Colón á los trabajos gráficos, dibujaría él mismo, con los datos de Toscanelli y otros materiales, una carta marina representando esa tercera parte de la superficie del globo que permanecía desconocida desde las costas de Portugal y de la Mina hasta las costas orientales y australes del Asia.
Muñoz insiste (lib. II, § 17) en que Colón supo la existencia de la Antilia por la carta y el mapa de Toscanelli; pero creo poder afirmar que en ningún escrito del Almirante, ni aun de su hijo D. Fernando, se encuentra el nombre de Antilia, que ya era conocido en el siglo XIV, ni el de Antillas que, especialmente desde el reinado de Carlos V, se dió al archipiélago tropical de América[125].
Colón conservó la costumbre de llamar á las Pequeñas Antillas «islas Caribes», ó las primeras islas de las Indias[126]. Además, el camino que siguió en 1492 no es el que Toscanelli trazó en su carta y que parecía seguir el paralelo de Lisboa («tomando el camino derecho á Poniente»), aunque la diferencia de latitud entre Lisboa y Quinsai (Hangtheufu) sea casi de nueve grados, y de que Toscanelli, al principio de la misma carta, hable también, aunque vagamente, de la distancia que en este camino «podríase apartar del polo Artico hacia la línea equinoccial». Colón determinó, sin duda por las hipótesis de la posición de Cipango, seguir una dirección más meridional. Durante más de la mitad del camino siguió el paralelo de la Gomera, con tanta mayor constancia, cuanto que, como dice ingenuamente su hijo, temía perder su autoridad si, cambiando de rumbo, pareciera no saber dónde iba.
Esta ruta, muy distinta de la que los marinos toman hoy para ir á las Antillas, condujo á Colón directamente al través del gran banco de fucus, que se extiende al Oeste del meridiano de Corvo, desde los 19 á los 22 grados de latitud; y á pesar de dos desviaciones de la ruta hacia el Sudoeste (el 24 de Septiembre y el 8 de Octubre), Colón se creía en el paralelo[127] de la isla de Hierro (latitud 27° 45′) cuando el descubrimiento de Guanahaní.
No discutiré aquí la existencia de otra carta que debió haber guiado al Almirante, y que su contemporáneo Gonzalo Fernández de Oviedo[128] atribuye á un marino portugués (Vicente Díaz, de la villa de Tabira), suponiendo que este marino, al volver de la costa de Guinea, encontró una tierra al Oeste de Madera. Este cuento de Oviedo, relacionado con las pretendidas tentativas de los hermanos Lucas y Francisco de Cazzana, no merece atención[129].
VI.
Cristóbal Colón y Martín Behaim.
En todas las épocas de avanzada civilización ha ocurrido á los descubrimientos geográficos lo mismo que á las invenciones en las artes y á las grandes inspiraciones en literatura y en las ciencias, por medio de las cuales intenta el espíritu humano abrirse nuevos caminos; al principio se niega el descubrimiento ó la exactitud del invento, después su importancia, y, últimamente, su originalidad. Estos tres grados de duda alivian, por lo menos durante algún tiempo, las penas que la envidia ocasiona. Tal costumbre, cuyo motivo es casi siempre menos filosófico que las discusiones á que sirve de origen, data de mucho antes de la fundación de aquella Academia de Italia que dudaba de todo menos de sus propios acuerdos[130].
«Cuando Colón prometió un nuevo hemisferio, dice el ilustre autor del _Estudio sobre las costumbres y el genio de las naciones_, decíasele que este hemisferio no podía existir, y, cuando lo descubrió, se pretendía que era ya conocido de largo tiempo atrás.»
He procurado precisar el grado de importancia que debe atribuirse á las relaciones de Toscanelli con Colón en una época en que éste había adquirido ya por sí mismo la convicción del éxito de su empresa. Toscanelli proporcionó nuevos datos, que, por ser numéricos, eran más seguros y preciosos para meditaciones de esta índole; fué, como dice D. Fernando Colón, la causa más poderosa del ánimo con que el Almirante se lanzó á la inmensidad de un mar desconocido, y, cosa extraña, la posteridad casi ha olvidado[131] esta influencia del geómetra florentino, obstinándose durante largo tiempo en colocar al lado de Cristóbal Colón otro personaje, merecedor sin duda de la mayor consideración como geógrafo, como viajero y como marino, pero que verosímilmente dirigió todas sus miras al camino de la India rodeando la extremidad de Africa.
Se ha dicho que _Martín Behaim_ ó _Beheim_ había descubierto el archipiélago de las Azores y revelado á Colón, no sólo el camino hacia el Asia oriental, sino también la existencia de un nuevo continente; y que señaló en un globo el estrecho á que dió su nombre Magallanes, por lo que con más justicia se le debía llamar[132] _Fretum Bohemicum_, como América entera _Behaimia_ y hasta _Bohemia occidental_.
Cuanto más misterioso aparece este hombre en su origen, más se le quiere engrandecer. Se le supone unas veces noble portugués, otras bohemio de raza slava, nacido en la isla de Fayal[133] (en el grupo de las Azores), otras ciudadano de Nuremberg. Encuéntrasele en Venecia, en Amberes y en Viena, ocupado durante más de veinte años en el comercio de paños; construyendo en Lisboa un astrolabio que llegó á ser de grande importancia para los marinos; viajando con Diego Cam por las costas de Africa hasta más allá del Ecuador, y trayendo la _malagueta_[134] (una de las especias más estimadas) del país que la produce. Se le halla en Nuremberg, en la Zistelgasse, en casa de su primo el senador Miguel Behaim, terminando en 1492 el globo que quiere dejar como recuerdo «á su cara patria antes de partir para el lugar donde tiene su casa á 700 millas de Alemania», mientras Colón emprende su primera expedición; está en las Azores en casa de su suegro el caballero Iobst con Hürter, mientras Vasco de Gama descubre el camino á las Indias, rodeando la parte meridional de Africa.
Nació probablemente el mismo año que Cristóbal Colón, y muere en Lisboa (según las investigaciones de Mr. de Murr), en el mismo mes que el descubridor de América, cuya gloria jamás quiso empañar. Su muerte precedió en cerca de dos años al descubrimiento del mar del Sur por Vasco Núñez de Balboa, y en trece años á la expedición de Magallanes, á quien debió confiar «el secreto del estrecho».
Vida tan extraordinaria y constantemente agitada, la gran fama de cosmógrafo de un hombre que fija su domicilio durante diez y seis años en la isla de Fayal, á la extremidad occidental del mundo conocido, debía prestarse, aun en los tiempos en que comenzaba á imperar una sana crítica histórica, á conjeturas é hipótesis especiosas.
El ardimiento con que un profesor de Altorf, Cristóbal Wagenseil, había atribuído á Behaim el descubrimiento de América, excitó el interés patriótico de Leibnitz, según se ve en un párrafo de una carta suya á Tomás Burnet, del año 1697. Los trabajos de Federico Stuven[135] (en Giessen), de Doppelmayr y de Mr. Otto[136], han obedecido á las mismas ilusiones, y puede creerse que las disertaciones juiciosas de Tozen[137], profesor de Gœttinga, del conde Rínaldo Carli[138], de Mr. de Murr[139], compatriota de la respetable familia de los Behaim, aun floreciente en Nuremberg, habrían sido suficientes para refutar cargos tan vagos contra Colón y Magallanes. Pero han aparecido posteriormente las mismas dudas en obras que son, por otra parte, muy dignas de estimación.
Creo, pues, que aislando menos los hechos que presenta la biografía del cosmógrafo, suficientemente desenredada hoy de la serie de descubrimientos de los españoles y de los portugueses en el mismo período, se puede llegar á algunas consideraciones más satisfactorias que las presentadas hasta ahora.
No ha sido por causa de la analogía de los sonidos el llamar á Behaim Martín de Bohemia en el _Diario de Navegación_ de Pigafetta y en las _Décadas de Barros_. La familia del cosmógrafo pretende descender de la antigua familia bohemia de Schwarzbach, en el círculo de Pilsen. He visto que el magistrado de la ciudad libre de Nuremberg, en una carta al rey D. Manuel de Portugal (del 7 de Junio de 1518), usa indistintamente los nombres de Martinus Behaim y de Martinus Bohemus. También advierto que el cosmógrafo, al firmar una carta de Amberes (del 11 de Marzo de 1494), _Martein Beheim_, quiere que sus parientes le escriban á las islas Flamencas (Azores), con las señas _Domino M. Boheimo militi_. No cometen, pues, error ni Pigafetta ni Barros confundiendo un nombre de país con otro de familia[140]. Los parientes y los contemporáneos del hombre célebre hablan en el primer documento que acabo de citar «de _Bohemorum_[141] familia in civitate Nurinbergensi ultra ducentos[142] annos perdurante.»
Es también probable que el nombre de Behaim ó Beheim, que esta familia ilustre empleaba indiferentemente á fines del siglo xv, sea sólo una designación étnica (_aus Böheim ó Böhem_, natural de Bohemia), como los nombres tan comunes en Alemania de Schwabe, de Sachs y de Preuss.
Resulta del conjunto de estos hechos, minuciosamente expuestos, ser verosímil que nuestro gran cosmógrafo dió ocasión por sí mismo á la costumbre seguida en Portugal y en España de llamarle Martín de Bohemia. Herrera, añadiendo á su nombre el elogio de _cosmógrafo de gran opinión_, le llama dos veces[143] _portugués_ _nacido_ en la isla de Fayal. No debe sorprender este error, considerando que Behaim estuvo al servicio del Rey de Portugal en una célebre expedición marítima á las costas de Africa; que en 1485 fué nombrado caballero de la Orden de Cristo, y que en unión de los dos médicos del rey D. Juan II, «maese Rodrigo y el judío maese Josef, se le nombró miembro de una _Junta de Mathematicos_ encargada de indicar el medio de navegar con arreglo á la altura del sol[144], y que pasó más de veinte años de su vida en Lisboa ó en una colonia portuguesa, en la factoría flamenca de Fayal».
Cristóbal Colón y Martín Behaim, tan próximos en las épocas de su nacimiento y de su muerte, presentan en su vida privada otra identidad de situación que contribuyó singularmente al desarrollo de sus aficiones á los descubrimientos geográficos. Uno y otro entraron por casamiento en familias que poseían por herencia el gobierno de islas consideradas entonces, aunque por error, como nuevamente descubiertas y situadas en los confines del mundo conocido, en el _Mare Tenebrosum_ de los geógrafos árabes _ultra quod nemo scit quid contineatur_[145].
El suegro de Colón, Bartolomé Muñiz Perestrello, tuvo en Porto Santo la misma posición política que Iobst (Jodocus) de Hürter, señor de Murkirchen (Moerkerken) y Harbrck (en Flandes), suegro de Martín Behaim, tenía en Fayal. Cristóbal Colón vivió algún tiempo en las posesiones de su esposa D.ª Felipa Muñiz Perestrello en Porto Santo, donde nació su hijo Diego Colón; de igual manera Behaim habitó con su esposa Juana de Macedo en Fayal, donde ésta dió á luz un hijo que, poco después de la muerte de su padre, fué preso á causa de un homicidio involuntario.
Discútese si estos dos hombres célebres (y la celebridad de Behaim precedió sólo en doce años á la de Colón) se vieron en las islas Azores, y si Behaim dió á Colón las noticias de troncos de pinos, cadáveres y hasta canoas cubiertas de pieles y llenas de hombres de raza desconocida que las corrientes y los vientos habían llevado á las costas de Fayal, de la Graciosa y de Flores; noticias que, unidas á las que el Almirante adquirió en Porto Santo, le alentaron en sus esperanzas de grandes descubrimientos.
Cierto es que su hijo D. Fernando dice (_Vida del Almirante_, cap. VIII): «Los moradores de las Azores le contaron (á Colón) que cuando soplaba viento de Poniente.....»; pero el Almirante podía adquirir estos informes en cualquier puerto de Portugal ó de España, pues sabemos positivamente por la _Historia de las Indias_, de Las Casas, que en España y en el monasterio de la Rábida fué donde conoció Colón el viaje de Pedro de Velasco, natural de Palos, que, partiendo de Fayal y después de navegar al Poniente 150 leguas (lo que debió situarle más allá del borde oriental de la gran banda de fucus), reconoció la isla de Flores.
Antes del descubrimiento de América sólo estuvo Behaim en Fayal durante los años 1486 y 1490, y en este intervalo no salió Colón de España; pero los dos marinos vivieron en Lisboa desde 1482 á 1484. En este último año fué cuando Behaim partió con Diego Cam para un largo viaje á Africa, y Colón, enojado por los desdenes del Gobierno portugués, fué á Sevilla. El conocimiento positivo y sincrónico[146] de los hechos puede únicamente disipar las dudas que suscita la historia de esta época. No negaré que Colón haya tocado anteriormente en Fayal, porque se ignoran las fechas de sus expediciones lejanas á Tyle (Islandia?), á San Jorge de la Mina[147] y á la costa de Guinea, ya fueran antes de 1470, ó entre 1470 y 1482. En su Memoria «sobre las cinco zonas habitables», dice positivamente Colón, aunque merezca el dicho poco crédito, «que estuvo en el mes de _Febrero_ de 1477 cien leguas más allá de Tyle, cuya parte austral está á 73 grados de latitud.» En su vida, tan llena de aventuras, no sería sorprendente que Colón hubiera tocado en las Azores.
En cuanto á que Behaim y Colón tuvieran relaciones personales, la cosa es muy probable, aunque no exista ninguna prueba directa. Estos dos hombres célebres se encontraron en Lisboa en los mismos años y ocupados en proyectos náuticos. Los mismos médicos del rey Juan II, maese Rodrigo y el judío maese Josef, que recibieron encargo de Diego Ortiz, obispo de Ceuta, de examinar el proyecto de Colón relativo á un viaje á Cipango[148], y en general hacia el Oeste, trabajaron con Martín Behaim, según he dicho antes, en la construcción de un astrolabio adaptado á la navegación. Parece natural que médicos del Rey á quienes «era costumbre consultar en todos los asuntos de cosmografía» pusieran á Colón en relaciones con Behaim: también Herrera, sin que sepamos en qué otro motivo se funda, dice que Colón fué alentado en sus ideas sobre la proximidad del Asia por su amigo Martín de Bohemia. Debo, sin embargo, hacer constar aquí que estos consejos fueron seguramente muy tardíos, porque vemos por las cartas de Toscanelli que, seis años antes de la llegada de Behaim á Lisboa, preocupaba ya á Colón tenazmente su expedición.