Part 5
Al lado de esta tendencia tan natural, y por lo mismo tan general, de suponer muchas tierras habitadas que los mares separaban, encuéntrase otra no menos antigua: la de considerar las islas ó los puntos de tierras nuevamente descubiertos, como contiguos y formando parte de un gran continente. En esta última forma fueron representadas primeramente las Islas Británicas (Dión Cassio XXXIX, 50; Flor., III, 10), y Ceylán (Trapobana ó Sielediv), «quæ Hipparcho[93] prima pars _Orbis alterius_ dicitur» (Mela, III, 7, 7). Esta expresión tan característica de un _otro mundo_, encuéntrase en Plinio unida á la de _tierra de los antichtones_ «Trapobanen alterum orbem esse diu existimatum est, Antichthonum appellatione». (Plin., VI, 22, § 24.)
La historia de los descubrimientos geográficos modernos nos muestra la misma inclinación á transformar, gracias á prolongaciones de contornos fantásticos y uniones imaginarias, los cabos de muchas islas y de vastos continentes. Hay más; la predilección por las ligaduras que acabamos de indicar en el trazado de los mapas, conduce á otro procedimiento, hallado lo mismo en Ptolomeo que en los geógrafos de nuestro siglo. Cuando las extremidades de las tierras que se han unido ó alineado en continentes se acercan á nuestros οἰκουμένη, abandónase la hipótesis de los continentes separados y se les une á puntos antiguamente conocidos. De este modo Marin de Tyro y Ptolomeo transformaron el mar de la India en un mar cerrado ó mediterráneo. Imaginábase que la península transgangética, donde estaba situada Catígara (Caitogora, Edrisi, pág. 57), más allá del Sinus Magnus, en la extremidad oriental del Asia, se unía hacia el Oeste por medio de una _tierra incógnita_ al promontorio Prasum (cabo Delgado), y á la costa africana de Azania (Ayan, el _Zingium_ de Cosmas Indicopleustes, Montfaucon, II, 132). Afortunadamente esta hipótesis de un mar cerrado, desconocido para Strabón, que rechaza todos los istmos desde el estrecho de Hércules hasta el mar Rojo, no estorbó ni detuvo los descubrimientos de los intrépidos navegantes del siglo XV, á pesar de que la falsa erudición ejercía en ellos más influencia de lo que generalmente se cree.
Por un procedimiento semejante, en el célebre mapa de América que Juan Ruysch añadió á la edición de la Geografía de Ptolomeo, publicada en Roma en 1508, encuéntrase, según la observación de Mr. Walckenaer, no sólo la Gruenlant (Groenlandia), sino también Terranova y los _Baccalauræ_, completamente separados de la América insular, es decir del _Mundus Novus_, de la Terra Sanctæ Crucis, y reunidos al continente septentrional de Asia (la tierra de Gog, las costas del Plisacus Sinus, y el país de Ergigaï).
Separaciones idénticas, aunque mucho más atrevidas[94], porque unen todo el Canadá y la Florida al Asia boreal, y los separan de _Brasilia_ (la América del Sud) «extendida hacia Melacha (Malacca) y Zanzíbar (costa é isla de Zanguébar, quizá la isla Akgia de los árabes)», reaparecen en 1533 en la cosmografía de Juan Schoner.
Posteriormente, Sebastián Munster, uno de los restauradores de las ciencias geográficas, une la Groenlandia á la Noruega, y aun en nuestros días, entre los meridianos del cabo de Hornos y el de Buena Esperanza, hay de vez en cuando el capricho de reunir islas próximas al círculo polar antártico en grandes masas continentales.
V.
Influencia de Pablo Toscanelli en los proyectos de Cristóbal Colón.
Sin negar la influencia que las opiniones y los testimonios de los antiguos han ejercido en el ánimo de Cristóbal Colón, no diremos, sin embargo, que el descubrimiento de América se debe á Pytheas[95], á Eratosthenes[96] ó á Posidonio[97]. Colón, después de lograr su propósito, distingue con legítimo orgullo entre el mérito de la ejecución y el de los acertados presentimientos. Al llegar á Lisboa, de vuelta de su primer viaje, escribe (el 14 de Marzo de 1493) á su protector D. Luis Santángel, ministro de Hacienda por la corona de Aragón: «_Consecuti sumus quæ hactenus mortalium vires minime attigerant: nam si harum Insularum (Indiæ supra Gangem) quidpiam aliqui scripserunt aut locuti sunt, omnes_ _per ambages et conjeturas, nemo, se eas vidisse asserit; unde prope videbatur fabula_»[98].
Algún tiempo después añade el Almirante en la carta á los Reyes, fechada en la isla de Haïti en Octubre de 1498: «Todos los que habían oído (_mi_) plática, todos lo tenían á burla, salvo dos frailes que siempre fueron constantes» (probablemente el guardián del convento de la Rábida, fray Pérez de Marchena, franciscano, y el dominico fray Diego de Deza, que permanecieron constantes en sus opiniones).
A la influencia de ambos religiosos y al gran corazón de la reina Isabel[99] debió Colón la dicha de realizar su vasto proyecto, y también á la de Pablo (del Pozzo) Toscanelli, que, con sus consejos, dióle mayor seguridad de ejecutarlo. No esperaba, sin duda, la buena fortuna de encontrarse en perfecta identidad de miras con uno de los más ilustres geógrafos de su época, y el mismo Colón confiesa que esta conformidad de razonamientos le alentó en la idea que se había formado de las ventajas de un camino á la India por la vía del Oeste, y de la esperanza de encontrar islas antes de llegar á la costa de Asia. No pondré aquí el texto[100] de las dos cartas de Toscanelli, escritas primitivamente en latín é impresas muchas veces; limitaréme á llamar la atención sobre algunos conceptos de ellas, cuya importancia histórica no se ha hecho resaltar bastante, porque en cuestiones de esta índole siempre habrá que acudir á los documentos del siglo XV.
«La autoridad de los autores clásicos y otras semejantes de este autor (Pedro de Heliaco), dice Fernando Colón, fueron las que movieron más al Almirante para creer su imaginación, como también un maestro, Paulo Físico[101], florentín, hijo de Domingo, contemporáneo del mismo Almirante, el cual dió causa en gran parte á que emprendiese este viaje con más ánimo.»
Toscanelli, inclinado al estudio de las matemáticas, á causa de un convite en casa de Felipe Bruneleschi y de la ingeniosa conversación que en él sostuvo este arquitecto y mecánico, distinguióse entre todos los astrónomos de su época durante una larga carrera (llegó á la edad de ochenta y cinco años), por su constante atención á los descubrimientos náuticos y á los viajes por tierra.
Era entonces Italia el centro de las grandes operaciones comerciales que los pisanos, venecianos y genoveses hacían con el Asia austral[102], por la vía de Alejandría, del mar Rojo y de Bassora y con las costas del mar Caspio y la Sogdiana, por la vía de Azov (Tana). No se ocupaba sólo Toscanelli en la corrección de las tablas solares y lunares por las observaciones gnomónicas y de astrolabio, como de cuanto podía facilitar el empleo de los métodos de astronomía náutica, ampliamente discutidos, pero rara vez empleados hasta entonces; aplicó también su inteligencia á la comparación de la geografía antigua con los resultados de los descubrimientos modernos y con la utilidad práctica que el comercio de Europa podría sacar de este género de trabajos abriendo un camino directo al _país de las especias_ por medio de la navegación hacia el Oeste.
La prueba de este encadenamiento de ideas, de este movimiento intelectual desde la segunda mitad del siglo XV, la encontramos en las cartas de Toscanelli y en todos los escritores notables de su época. Cristóforo Landino, florentino, traductor de Plinio y comentador de Virgilio, habla del concurso de extranjeros en su patria, de hombres que llegaban de las regiones más lejanas, que _circa initia Tanais habitant. Ego autem interfui cum Florentiæ illos Paulus physicus diligenter quaque interrogaret_[103]. Estas relaçiones con los negociantes que venían de Oriente, hasta de la misma India y del archipiélago indio, como el veneciano Nicolás Conti[104], enardecieron la imaginación del anciano.
Más de setenta y siete años contaba ya cuando escribió á Colón: «Alabo vuestro designio de navegar á Occidente, y estoy persuadido que habréis visto, por mi carta, que el viaje que deseáis emprender no es tan difícil como se piensa; antes al contrario, la derrota (es decir, la travesía desde las costas occidentales de Europa á las Indias de las especias, _Indie delle-spezierie_, como decían los florentinos y los venecianos) es segura por los parajes que he señalado; quedaríais persuadido enteramente si hubieseis comunicado _como yo con muchas personas que han estado en estos países_ (la India de las especias), y estad seguro de ver reinos poderosos, cantidad de ciudades pobladas y ricas provincias», etc.
En la carta al canónigo Martínez dice también Toscanelli: «De sólo el puerto de Zaiton (Zaithun), uno de los más hermosos y famosos de Levante, parten todos los años más de cien bajeles cargados de pimienta, sin contar otros que vuelven cargados de toda clase de especias. Es grande y poblado el país; tiene muchas provincias y muchos reinos del dominio de un príncipe solo, llamado el Gran Can (Khan), que es lo mismo que Rey de Reyes. Ordinariamente tiene su residencia en el Catay. Sus predecesores deseaban tener comercio con los cristianos, y ha doscientos años que enviaron embajadores al Papa, pidiéndole maestros que les instruyesen en nuestra fe; pero no pudieron llegar á Roma y se vieron precisados á volverse por los embarazos que hallaron en el camino. En tiempo del papa Eugenio IV vino un embajador que le aseguró el afecto que tenían á los católicos los príncipes y pueblos de su país; estuve con él largo tiempo; me habló de la magnificencia de su Rey, de los grandes ríos que había en su tierra, y que se veían doscientas ciudades con puentes de mármol, fabricadas sobre las riberas de un río solo. El país es bello, y nosotros debíamos haberle descubierto por las grandes riquezas que contiene y la cantidad de oro, plata y pedrería que puede sacarse de él; escogen para gobernadores los más sabios, sin consideración á la nobleza y á la hacienda. Hallaréis en el mapa que hay desde Lisboa á la famosa ciudad de Quisay, tomando el camino derecho á Poniente, veintiséis espacios, cada uno de 150 millas. Quisay (Quinsai) tiene 35 leguas de ámbito; su nombre quiere decir ciudad del cielo: vense allí diez grandes puentes de mármol sobre gruesas columnas de una extraña magnificencia: está situada en la provincia de Mango, cerca de Catay»[105].
Es probable que las animadas relaciones del veneciano Nicolás de Conti, que vino á Florencia en 1444, después de veinticinco años de viajes por Syria, el golfo Pérsico, la India á ambos lados del Ganges, la China meridional, el archipiélago de la Sonda, Ceylán, el mar Rojo y Egipto, de igual suerte que la frecuencia de relaciones comerciales con estas ricas comarcas, hicieran muy familiar á Toscanelli el conocimiento topográfico del Asia meridional y oriental. Toscanelli vivió siempre en Florencia, y allí fué donde el papa Eugenio IV (de la familia Condolmeri de Venecia) perdonó al viajero Conti, su compatriota, la apostasía[106], imponiéndole por penitencia referir _con entera verdad_ las aventuras de sus viajes al secretario pontificio, el célebre filólogo Francisco Poggio Bracciolini. Perteneciendo también yo á la clase de viajeros, no examinaré imprudentemente si, al imponer tal penitencia, hubo más malicia que benignidad. Se concibe que la lectura de ciertos viajes pueda imponerse como ruda expiación; pero referir los incidentes de una vida de aventuras con toda verdad, _con ogni verità_ (así era la cláusula de la absolución pontificia), sólo es castigo cuando se desconfía de la formalidad del viajero[107].
La permanencia de Nicolás de Conti y de Poggio en una ciudad en que Toscanelli, según su propio testimonio y el de Cristóforo Landino, buscaba sin cesar ponerse en relación con los hombres que el comercio había conducido al _país de las especias_, debía necesariamente hacer revivir los recuerdos que Marco Polo dejó de las maravillas de Quinsay y de Cambalu, del frecuente arribo de buques al puerto de Zaithun y de las riquezas del Mango. Esta conformidad de tradiciones, la celebridad de las mismas localidades, renovada con siglo y medio de intervalo, debían influir tanto en el activo espíritu de Toscanelli, que probablemente es Nicolás de Conti el designado, sin nombrarle en la segunda carta á Colón, entre los viajeros al Asia á quienes conviene oir para comprender la facilidad y utilidad del viaje á la India por el Oeste.
No puedo creer, sin embargo, como el abate Ximénez y tantos otros autores que le han copiado, que «el embajador del Gran Can», llegado á Florencia en tiempo de Eugenio IV, y del que se habla en la carta al canónigo Martínez, sea el mismo Nicolás de Conti. En la carta se designan dos embajadores Mogoles; el uno «doscientos años antes, el otro en tiempo de Toscanelli». La primera embajada es, sin duda, la que fracasó en 1267 por la enfermedad de un señor mogol[108], Khogatal, cuando el regreso de Nicolás y de Maffeo (Mateo) Poli, padre y tío del célebre Marco Polo, conocido primeramente con el nombre un poco satírico de _Messer Marco Milione_. Éste fué quien, según la oportuna frase del viejo Sansovino, descubrió un nuevo mundo antes de Colón, y cuya admirable obra poseemos.
En cuanto á la segunda embajada en tiempo de Eugenio IV, no hay indicio alguno en el viaje de Conti de que trajera misión alguna del _Gran Can_. ¿Cómo es posible que Poggio, en el corto epílogo añadido en honor del viajero «que ha visto, dice, países por nadie recorridos desde los tiempos de Tiberio», no había de mencionar incidente tan honroso? ¿Cómo Toscanelli, que niega á Nicolás y Maffeo Poli el título de embajadores[109], y que recuerda expresamente que los encargados de la misión quedaron en el camino y sin llegar á Italia, hubiera hablado del veneciano Conti como de un embajador mogol «que ponderaba la magnificencia de _su_ rey y el afecto de _su_ país hacia los católicos?»
Nicolás de Conti, después de perder en la peste de Egipto su mujer, dos hijos y dos criados, volvió con los otros dos hijos que le quedaban á Venecia. De venir en su compañía algún embajador del _Can_, no hubiese sido olvidado en la minuciosa y detallada relación de su viaje. Ignoro absolutamente quién fuera el personaje mogol con el cual tuvo Toscanelli, según dice, larga conferencia durante el pontificado de Eugenio IV, que duró diez y seis años; pero, por las razones expuestas, creo poco probable fuera un viajero veneciano que llegaba como penitente á Florencia. Acaso hubo alguna equivocación, quizá un error originado por una de esas mistificaciones diplomáticas á que hemos visto expuestas las primeras cortes de Europa, aun en tiempos modernos, cuando algunos aventureros asiáticos ó africanos se suponían encargados de los intereses de sus príncipes.
Sea cualquiera la influencia que ejerciese en el ánimo de Colón la carta de Toscanelli, es, sin embargo, una prueba cierta (y lo recordamos en honor de aquél) de la anterioridad de los proyectos del navegante genovés. Llegó éste á Lisboa en 1470 é hizo amistad con el florentino Lorenzo Giraldi, como en Sevilla vivió en íntimas relaciones con otro florentino, Juan Berardi, jefe de una casa de comercio en la que estaba empleado Amerigo Vespucci. En todos los puertos de movimiento comercial, tanto de Europa como de las costas septentrionales de África y de Levante, había entonces establecidos negociantes italianos. Supo con certeza Colón que el rey de Portugal Alfonso V había hecho pedir á Toscanelli, por medio del canónigo Fernando Martínez, una instrucción detallada acerca del camino de la India por la vía del Oeste, y esta noticia debió alarmar á quien con grande empeño proyectaba lo mismo.
La gran fama que gozaba el astrónomo de Florencia engendró en Colón la esperanza de aprovechar las luces del sabio italiano para la consolidación de su empresa. Lorenzo Giraldi se encargó de que llegaran á Toscanelli las cartas escritas por Colón. Sólo conocemos las respuestas de éste en número de dos:
«Veo, dice la primera carta de Toscanelli, el noble y gran deseo vuestro de querer pasar adonde nacen las especerías, por lo cual, en respuesta de vuestra carta, os envío la copia de otra que escribí algunos días ha á un amigo mío, doméstico del Serenísimo Rey de Portugal, antes de las guerras de Castilla, en respuesta de otra que me escribió de orden de su Alteza sobre el caso referido.» Como la carta al canónigo de Lisboa está fechada en Florencia el 25 de Junio de 1474, puede creerse, á causa de la frase incidental _algunos días ha_[110], que Colón consultó á Toscanelli á principios del mismo año. Esta fecha no carece de importancia para la historia del descubrimiento de América, porque directamente contradice el cuento que refieren el inca Garcilaso, Gomara y Acosta[111], de que un piloto de Huelva llamado Alonso Sánchez, que en una travesía de España á las islas Canarias, en 1484, pretendió haber llegado á impulso de los vientos del Este hasta las costas de Santo Domingo, fué, sin duda, quien, al volver á la isla Tercera, hizo nacer en el ánimo del Almirante la _primera idea_ de su expedición. Ya Oviedo califica esta anécdota de «fábula que circula entre la plebe», y el misterioso viaje de Alonso Sánchez es posterior en diez años á la correspondencia con Toscanelli.
Pero si esta correspondencia prueba que Colón se ocupaba del proyecto de buscar el país de las especias por el Oeste mucho antes de entrar en relaciones con el célebre astrónomo de Florencia, queda indeciso cuál de los dos, Colón ó Toscanelli, fué el primero en entrever la posibilidad de esta nueva vía abierta á la navegación de la India.
Toscanelli, según antes hemos dicho, contaba setenta y siete años de edad cuando habló de su proyecto al canónigo Martínez y probablemente la persuasión de la brevedad del camino (_brevisimo camino_) á través del Océano Atlántico databa de mucho antes en su ánimo.
Dice terminantemente: «Aunque yo he tratado _otras muchas veces_ del brevísimo camino que hay de aquí á las Indias donde nacen las especerías, por la vía del mar, el cual tengo por más corto que el que hacéis á Guinea, ahora me decís que su Alteza quisiera alguna declaración ó demostración para que entienda y se pueda tomar este camino, por lo cual, sabiendo yo mostrársele con la esfera en la mano, haciéndole ver cómo está el mundo, sin embargo he determinado, para más facilidad y mayor inteligencia, mostrar el referido camino en una carta semejante á las de marear, y así se la envío á su Majestad, hecha y pintada de mi mano, en la cual va pintado todo el fin del Poniente, tomando desde Irlandia al Austro hasta el fin de Guinea, con todas las islas que están situadas en este viaje, á cuya frente está pintado en derechura por Poniente el principio de las Indias, con las islas y lugares por donde podéis andar y cuánto os podríais apartar del Polo Artico por la línea equinoccial, y por cuanto espacio, esto es, con cuántas leguas podríais llegar á aquellos lugares fertilísimos de especería y piedras preciosas.»
Este párrafo prueba suficientemente que mucho antes de 1474 había aconsejado Toscanelli al Gobierno portugués el camino que siguió Colón y que accidentalmente produjo el descubrimiento de América.
Parece natural que esta misma idea ocurriera á la vez á muchos hombres instruídos y con empeño ocupados en extender la esfera de los descubrimientos: debió nacer en la imaginación de Martín Behaim, cuyo famoso globo construído en 1492 (_Apfel_, la manzana terrestre) sitúa «el rey de Mango, Cambalu y el Cathay á 100 grados al Oeste de las Azores», como lo hacían Toscanelli, Colón y cuantos creían al Asia excesivamente prolongada hacia Oriente.
Ya hemos visto que Toscanelli y Colón distinguen en sus escritos el objeto principal de la empresa (encontrar el camino más corto para ir á la India) del secundario (el descubrimiento de algunas islas). Toscanelli distingue además «las islas que se encontrarán en el camino (_que están situadas en este viaje_), por ejemplo, la Antilia, de las próximas á la India continental, por ejemplo, Cipango, y las islas con las cuales trafican los negociantes de diferentes naciones».
Hasta la misma nota histórica que Colón puso al frente de su Diario de navegación, terminado en 15 de Marzo de 1493, da por motivo del viaje el deseo de los Reyes Católicos de conocer las inclinaciones de un poderoso príncipe de la India, el _Gran Can_, en favor de la religión cristiana, «y ordenaron, añade, que yo no fuese por tierra al Oriente, por donde se acostumbra de andar, salvo por el camino de Occidente, por donde hasta hoy no sabemos, por cierta fe, que haya pasado nadie»[112].
No se trata (en este preámbulo del Diario de Colón) de las _islas_ y de la _Tierra Firme_ por descubrir en la _Mar Océana_, sino como resultado probabilísimo de una empresa cuyo principal objeto es dirigirse _con la armada suficiente á las dichas partidas de India_. (_Las del Gran Can._)
La expedición proyectada no fué, pues, en un principio, propiamente hablando, un viaje de descubrimiento de tierras nuevas, sino un viaje que debía comprobar la existencia del paso libre á las Indias por el _Oeste_, como Magallanes, Parry, Ross y Franklin comprobaron ó intentaron los pasos por _Suroeste_ y el _Noroeste_[113].
La influencia que Toscanelli ejerció en el ánimo de Colón recuerda involuntariamente la cuestión promovida por Vincent, de si el descubrimiento de la navegación á las Indias doblando el cabo de Buena Esperanza se debe á Corvilham ó á Gama. No cabe duda de que Corvilham, después de vivir en Calicut, en Goa y entre los árabes de Sofala en la costa oriental de Africa, escribió á Juan II, rey de Portugal, por mediación de dos judíos, Abraham y Josef[114], que los barcos portugueses, si continuaban costeando el Africa occidental hacia el Sud, llegarían á la extremidad de este continente, y al llegar á este extremo debían dirigir la ruta en el Océano oriental hacia Sofal y la isla de la Luna[115] (Madagascar). Renovaba también Corvilham, fundándose en las recientes experiencias de los navegantes árabes de Sofala y de toda la costa de Zanguébar y de Mozambique, las ideas expuestas por muchos en la antigüedad sobre la forma triangular del Africa austral, aumentando así la confianza de Gama; pero hay gran distancia de la posibilidad del éxito, probado con argumentos irrecusables, á la atrevida ejecución de los proyectos de Colón y de Gama. Por lo demás, este último tenía una ventaja que no podía ofrecer Toscanelli al navegante genovés. Cuando el 20 de Noviembre de 1497 llegó á la extremidad de Africa[116], sabía ya que encontraría al otro lado una costa en dirección del Oeste-Sudoeste al Este-Nordeste, puesto que el cabo Tormentoso, que el rey Juan con feliz presentimiento llamó cabo de Buena Esperanza, no sólo lo descubrió Bartolomé Díaz, sino también lo _dobló_ en Mayo de 1487. Esta circunstancia, á que no se ha dado el valor que tiene, la expresa claramente Barros en el tercer libro de la primera Década: «Bartholomeu Díaz (con sus compañeros de fortuna) per caus dos perigos é tormentos que em dobrar delle pasaram, Ihe puzeram nome Tormentoso»[117]. Gama fué, pues, por decirlo así, precedido en una empresa que, para la prosperidad comercial de los portugueses, fué el principio de nueva vida.