Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 1 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI

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Esta variedad de consideraciones, que debían conducir todas al mismo objeto, anuncia una amplitud de miras poco común. Pero en un siglo en que faltaba conocimiento preciso de los hechos, puesto que el mismo descubrimiento de Colón asentaba las bases de una geografía física, ésta extensión de miras no encontraba apoyo en la exactitud de las observaciones.

Por fortuna, los errores favorecían la ejecución del proyecto, inspirando un valor que las ideas más exactas de las dimensiones del globo, de la longitud de Catigara, del Cathaï y de Zipanga, del tamaño de los mares y de la pequeñez de los continentes hubieran quebrantado.

Colón censura á Ptolomeo por haber acortado la extensión de las tierras hacia el Este, fijada por Marin de Tyro, y rechaza todas las opiniones de los antiguos[72] sobre la relación en que están los continentes y los mares, afirmando, según hemos visto antes, que «el mundo es poco: el enjuto de ello es seis partes, la séptima solamente cubierta de agua»[73]. Este es el resultado de la geografía física que aprendió Colón en el cuarto libro de Esdras, llamado antiquísimamente en la iglesia griega el Apocalipsis de Esdras, é inventado probablemente por un judío que vivía fuera de Palestina en el siglo primero de nuestra era. Este Apocalipsis forma el primer libro de Esdras en la versión etiópica publicada recientemente en Oxford.

Á los catorce años interrumpió Colón sus estudios académicos en Pavía. Sin estar de completo acuerdo con Antonio Gallo respecto á la insignificancia de estos estudios (_parvulæ literulæ_), se comprende que la causa del desarreglo de erudición y de teología algo mística, advertida en muchos de sus escritos, data de la época de su permanencia en Lisboa[74]. A una vida aventurera, á los viajes al Levante y al Norte (á las islas Færöer ó á Islandia), sucedió algún descanso favorable á los trabajos literarios. Es probable que durante su larga permanencia en Portugal desde 1470 á 1484, desde los treinta y cuatro á los cuarenta y ocho años de edad, rehiciera, por decirlo así, sus estudios. «Para confirmarse más en el dictamen de navegar la vuelta de Occidente (dice Fernando Colón) para llegar á la tierra del Gran Kan, empezó _de nuevo_ á ver los autores cosmógrafos que había leído antes y á considerar las razones astrológicas que podían corroborar su intento.»

En las investigaciones históricas conviene descender de las generalidades á los detalles de los hechos, y como el objeto de mi trabajo es obtener por el examen crítico de los documentos que nos quedan de puño y letra de Cristóbal Colón el conocimiento íntimo de las ideas que le indujeron al descubrimiento de América, he tratado de formar juicio exacto de los libros que consultaba Colón habitualmente, procurando adivinar cuáles eran los autores antiguos que más influyeron en su imaginación, incesantemente ocupada en vastos proyectos. Reuniré los pasajes mencionados por el Almirante en los escritos que de él tenemos, y los que su hijo D. Fernando presenta como causas de la empresa (_Autoridad de los escritores para mover al Almirante á descubrir las Indias_) conforme á las memorias de su padre.

Los autores de este tiempo indican rara vez, y cuando lo hacen, con muy poca precisión, el libro y capítulo de donde toman las citas, porque años antes del descubrimiento de América los libros impresos eran tan raros, que no existía ninguna edición del texto de Herodoto, de Strabón, ó de los libros de física de Aristóteles. En general, me ha sido fácil adivinar los pasajes de autoridades clásicas en que el Almirante fundaba sus pruebas cuando, al alegar las opiniones de los escritores antiguos, las desarrollaba. Puede creerse que durante su permanencia en Lisboa y Sevilla, desde 1470 á 1492, hizo que le ayudaran los eruditos de estas poblaciones; al menos vemos que, poco después, en 1501, tuvo el buen tino de consultar al Padre Gaspar Gorricio y de conseguir le proporcionara, para el libro de las _Profecías, autoridades que hacían al caso de Jerusalén_, es decir, relacionadas con la conquista del Santo Sepulcro, objeto definitivo de la conquista de los tesoros de la India Occidental.

Debe creerse, sin embargo, que, en general, el Almirante debió sus inspiraciones más bien á las obras de Isidoro de Sevilla, de Averroës y de Pedro de Ailly, que á las raras traducciones latinas y españolas[75] que podía consultar cuando llegó á Portugal. Confirma esta afirmación lo que antes copió de la carta de Colón de 1498, comparándola al _Opus majus_, de Roger Bacon, y á la Enciclopedia (_Imago Mundi_), del Cardenal d’Ailly.

Llego, pues, al detalle de los hechos.

Don Fernando Colón cita, conforme á los manuscritos de su padre (_Historia del Almirante_, capítulos VI, VII y VIII), como causas que indujeron á éste á emprender el viaje de descubrimiento las siguientes:

1.º Aristóteles, en el segundo libro _Del Cielo y del Mundo_, con el comentario de Averroës, dice que desde las Indias se puede pasar á Cádiz en pocos días. Es el pasaje _De Cœlo_, II, 14; pero la frase «en pocos días» es de Séneca y no de Aristóteles. También Pedro Mártir de Anghiera, en carta escrita en 1495 (Ep. 164, ed. Elzevir, 1670, pág. 93) al cardenal Bernardino, añade, después de hablar de las maravillas del segundo viaje de Colón, en el cual creyó éste no estar apartado más de dos horas (en longitud expresada por una medida de tiempo) del Quersoneso de Oro de Ptolomeo: «Hanc ergo terram Almirantus iste se humano generi præbuise, quia latentem invenerit sua industria suoque labore, gloriatur. Indiæ Gangetidis continentem, eam esse plagam contendit: nec Aristoteles, qui in libro de Cœlo et Mundo _non longo intervallo distare á littoribus Hispaniæ Indiam_ ait, Senecaque ac nonnulli alii ut admirer patiuntur.» Estos mismos recuerdos clásicos se presentaron á la imaginación de Anghiera, después del primer viaje de Colón, en una carta dirigida al Arzobispo de Braga, fechada en el mes de Octubre de 1493 (Ep. 135, pág. 74).

2.º «Séneca, en las _Naturales Quæstiones_, lib. I, dice que desde las últimas partes de España pudiera pasar un navío á las Indias en pocos días, con vientos.» Este es el pasaje de Séneca, _Naturales Quæst._, Præf., § 11, que el cardenal d’Ailly, engañado[76] por el _Opus major_ de Bacon, pág. 185, cita como perteneciente al lib. V de Séneca. Nada he encontrado en éste referente á las ideas que preocupaban á Colón, sino es en _Quæst. Natur._, V, 18, 9, donde dice: «An Alexander ulterior Bactris et Indis velit quærere quid sit ultra Magnum Mare?» Cuando Cristóbal Colón, en su tercer viaje, escribió á los monarcas españoles desde la isla de Haïti, en 1498, una carta interesantísima, induciéndoles á imitar los valerosos ejemplos de _«Nero César_, que envió á _ver las fuentes del Nilo_» (NAVARRETE, t. I, pág. 244), indudablemente tenía á la vista el texto de Séneca, en que el filósofo cortesano muestra á Nerón como noble apreciador de todas las virtudes en una época en que éste desdeñaba «_flagitiorum et scelerum valamenta_». «Ego quidem», dice Séneca (_Natur. Quæst._, VI, 8, 3) «centuriones duos quos Nero Cæsar, ut aliarum virtutum ita veritatis amantissimus, ad investigandum caput Nili miserat[77], audivi narrantes.....»

3.º El poeta trágico Séneca, que algunos creen ser el mismo filósofo (duda expresada también por D. Fernando Colón), escribió para el coro de _Medea_: «Vienient annis sæcula seris»; profecía que el Almirante ha cumplido. Tanto fijó la atención de Colón este pasaje, que se le encuentra copiado entero dos veces[78] de su letra en el bosquejo de su famoso libro _de las Profecías_, comenzado en 1501. Añade allí una traducción española tan inexacta como la que pone su hijo, y mucho menos poética de lo que es frecuentemente la prosa del Almirante, por ejemplo, la famosa relación dirigida á los Monarcas[79] y fechada en Jamaica el 7 de Julio de 1503, relación tan animada como un drama. Una de estas copias de los seis versos de _Medea_ encuéntrase intercalada en una carta á la reina Isabel, llena de citas bíblicas; la otra está entre las observaciones de eclipses lunares hechas en Haïti y en Janahica (Jamaica) en 1494 y 1504. El historiador Herrera[80] acusa á Séneca, sin añadir la cita del texto, de un grande error, porque el filósofo romano imaginó que América sería descubierta algún día por la parte del Norte y no hacia el Oeste. Este concepto de Herrera contiene una alusión al citado coro de _Medea_. Indudablemente, Séneca no es profeta; pero Herrera se equivocó por una falsa interpretación del verso _Nec sit terris ultima Thule_. Lo que genuinamente dice el poeta es que la nueva tierra estará más lejana que la isla que se creía en su tiempo colocada en el extremo del mundo conocido, pero no que se encontrará en la dirección de Thule, á la cual Colón en sus _Profecías_ paganas y bíblicas llama, no _Thyle_[81], sino «_última Tille_», y en su manuscrito sobre las «_cinco zonas habitables_» pretende[82] haberla visitado, en Febrero de 1477, lo cual, cronológicamente, es poco probable. Antes de dejar de hablar de Séneca, más asequible que Aristóteles, y por tanto, de mayor autoridad y más universalmente reconocida en la Edad Media, debo indicar un error de los catedráticos de Salamanca en sus disputas cosmográficas con Cristóbal Colón. Sabido es que los Monarcas encargaron, probablemente hacia el fin de 1487, al Prior del Prado[83], fraile de San Jerónimo y confesor de la Reina, defender la gran causa de los descubrimientos occidentales, ante los profesores, «que eran ignorantes», dice D. Fernando Colón en la _Vida_ de su padre, «y no pudieron comprender nada de los discursos del Almirante, que tampoco quería explicarse mucho, temiendo no le sucediese lo que en Portugal», donde trataron de robarle el secreto para aprovecharlo sin su concurso, conforme á la treta aconsejada por el doctor Calçadilla, ó más bien (porque así era el verdadero nombre de este prelado) de D. Diego Ortiz, obispo de Ceuta, natural de Calçadilla, cerca de Salamanca. Con razón observa Muñoz cuán sensible es que no hayan quedado documentos de esta controversia científica, porque nos darían á conocer de un modo preciso el estado de las matemáticas y de la astronomía en las Universidades españolas del siglo XV. Sólo sabemos que Colón llevaba escritos de antemano los argumentos que debía explanar en favor de su empresa durante las conferencias tenidas en el convento de dominicos de San Esteban. Es probable que los documentos conteniendo las principales causas del descubrimiento, y que quedaron en manos del hijo de Colón, de Bernáldez, cura de los Palacios, y de Bartolomé de las Casas, estuvieran redactados conforme á las notas comunicadas á los catedráticos de Salamanca. Fernando Colón refiere que los catedráticos objetaron al Almirante con la autoridad de Séneca, que (_por vía de cuestión_) trataba si el Océano era _infinito_, de suerte que el mundo era muy grande para ir en tres años al fin del Levante, como quería. Nada, absolutamente nada, hay en las _Cuestiones Naturales_ de Séneca que pueda justificar este aserto. Al contrario, está refutado en el pasaje de Séneca (Præf., § 11) que no era desconocido á D. Fernando (_Vida del Almirante_, capítulo VII).

4.º Aristóteles, «en el libro de _Las Cosas Naturales_, habla de haber navegado por el mar Atlántico algunos mercaderes cartagineses á una isla fertilísima, la cual ponían los portugueses en sus mapas con el nombre de Antilia, fuera ella, ó una de las islas que se veían todos los años (á favor de ciertas circunstancias meteorológicas) al Oeste de las Azores, de Madera y de la Gomera.» Este es el pasaje de las _Mirabiles Auscultationes_ del pseudo Aristóteles, libro que Mr. Niebuhr cree escrito hacia la 130 Olimpiada, es decir, seis Olimpiadas después de la muerte de Theophrasto. Tómase gran trabajo Fernando Colón para probar, contra Oviedo, que esta isla de los cartagineses no era Haïti ni Cuba, ni ninguna de las descubiertas por su padre, y cuyo número, en la época más desventurada de su vida (en 1500), en un fragmento de carta autógrafa (NAVARRETE, _Colección diplom._, t. II, pág. 254), exagera hasta 1.700. Verdad es que en esta controversia quéjase D. Fernando de que, ignorando el griego, su adversario no haya podido leer el pasaje de Aristóteles sino en los libros de fray Teófilo de Ferraris; pero él mismo en esta ocasión no daba pruebas de una erudición muy sólida. Confunde la isla de _Atlanta_, al Norte del Euripo, en el canal, entre la Lócrida y la Eubea, separada del continente por un terremoto (Thucydides, III, 39; Plinio, II, 88), con la _Atlántida_ de Solón y de Platón[84]; convierte en dos personas distintas á Statio Seboso[85], que permaneció algún tiempo en Cádiz para adquirir noticias de las islas del _mar exterior_, y toma las islas Azores, cuyas minas nadie ha elogiado, por las Cassitérides[86].

5.º Strabón, «en el lib. primo y secundo de su _Cosmografía_», habla de la extensión desmesurada del Atlántico, única causa que impide el paso de España á la India (es el texto lib. I, pág. 113 Alm., páginas 64 y 65 Cas., y la opinión de Posidonio sobre la navegación del Atlántico cuando es favorecida por los vientos de Sudeste, lib. II, página 161 Alm., pág. 102 Cas.).

6.º Strabón, en el lib. V, por la inmensa prolongación de la India hacia el Este, según Ctésias, Onesicrito y Nearco. La cita del lib. V es falsa, porque en este libro sólo se habla de Italia; pero el testimonio invocado de tres viajeros á la India da á conocer fácilmente que Colón quiso alegar el texto de Strabón, lib. XV, pág. 1011 Alm., pág. 690 Cas.

Casi superfluo es repetir aquí que una parte de estos pasajes (los de Aristóteles, Séneca y Ptolomeo) se encuentran también mencionados en la carta del Almirante del año 1498 y en su _Libro de las Profecías_. Este último, si se exceptúa el coro de la _Medea_ de Séneca, sólo contiene citas de Profetas, de Padres de la Iglesia y de algunos rabinos convertidos, mezcla de teología mística y de erudición cosmográfica que, al parecer, caracteriza la vejez de Cristóbal Colón. En efecto, cuanto no toca al círculo estrecho de los intereses materiales de la vida, se eleva en el alma ardiente de este hombre extraordinario á una esfera más noble, á un espiritualismo misterioso. En su opinión, la conquista de la India recién descubierta no debe tener importancia sino en cuanto realiza las antiguas profecías y conduce, por los tesoros que da, á la conquista de la tumba de Cristo (_á la restitución de la Casa Santa_). Todas las cartas del Almirante expresan su ansiedad por acumular oro. Aunque duda, hasta la época de su muerte, que América esté separada del Asia Oriental, escribe ya en 1498 á la Reina que Castilla posee hoy otro mundo y que recibirá pronto barcos cargados de oro, el cual servirá para extender la fe en el universo, «porque el oro es excelentissimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, _hace quanto quiere en el mundo_, y llega á que echa las animas al Paraíso.» Extraña mezcla de ideas y de sentimientos en un hombre superior, dotado de clara inteligencia y de invencible valor en la adversidad; imbuído en la teología escolástica, y, sin embargo, muy apto para el manejo de los negocios; de una imaginación ardiente y hasta desordenada, que impensadamente se eleva, del lenguaje sencillo é ingenuo del marino á las más felices inspiraciones poéticas, reflejando en él, por decirlo así, cuanto la Edad Media produce de raro y sublime á la vez.

IV.

Opiniones de los antiguos sobre la geografía física del globo y manera de figurarla.

En el _Apéndice_ á esta obra publicaremos los textos citados en los escritos de Colón y que por confesión propia influyeron en su empresa. Creo que su reunión tendrá además otro interés: el de aclarar la historia de la geografía en general.

Es curiosísimo reunir y comparar las opiniones que los antiguos se habían formado de la posibilidad de comunicaciones entre las extremidades opuestas de la tierra habitada, como de la existencia de algunas otras masas continentales separadas de ella. Estas opiniones fueron transmitiéndose en no interrumpida serie al través de la Edad Media.

Desde los _Orígenes_ de Isidoro de Sevilla hasta la _Margarita filosófica_ de Jorge Reisch, prior del convento de los Cartujos de Friburgo, libro que tan grande influencia ejerció en el estado de los conocimientos en el siglo XVI[87] y cuyo nombre está hoy casi olvidado; los hombres más célebres, Vicente de Beauvais (Vincentius Bellovacensis, autor del _Speculum majus_), Juan Salisbury (Joannes parvus Sarisberiensis), Roger Bacon y Pedro d’Ailly tomaron de Aristóteles, de Plinio, desgraciadamente más conocido que Strabón, y de Séneca lo que se relaciona con la cosmografía y la física del globo. Por esta continua filiación, las indicadas ideas se conservaron y dominaron los ánimos cuando el ardiente deseo de las empresas marítimas sucedió al no menos ardiente de las largas peregrinaciones por el interior de las tierras.

Al llegar á las cuestiones que ofrecen importancia é interesan á los estudios filológicos, no puedo pasar en silencio lo que pertenece menos á la descripción del mundo real que al ciclo de la _geografía mítica_.

Sucede al espacio lo mismo que al tiempo. No se puede tratar la historia bajo un punto de vista filosófico, dejando en completo olvido los tiempos heroicos. Los mitos de los pueblos, mezclados á la historia y á la geografía, no pertenecen por completo al mundo ideal; si uno de sus rasgos distintivos es la vaguedad: si el símbolo cubre en ellos la realidad con un velo más ó menos espeso, los mitos, íntimamente ligados entre sí, revelan, sin embargo, la raíz de las primeras nociones cosmográficas y físicas.

Los hechos de la historia y de la geografía primitivas no son sólo ficciones ingeniosas, puesto que reflejan las opiniones formadas acerca del mundo real. El gran continente más allá del Mar Cronieno y esa Atlántida de Solón que preocupaba á los contemporáneos de Cristóbal Colón, jamás tuvieron la realidad local que se les asigna; ¿pero es preciso, por ello, considerarlos _sentina fabularum_ y desdeñar como á los Cabiros, los misterios samotracios y cuanto se refiere á las primeras formas de creencias, relativas á los cultos, lo que atañe á la configuración del globo y á la filiación de los pueblos y de las lenguas, creencias que son el producto instintivo de la inteligencia humana?

La idea de la probable existencia de una masa de tierra separada de la que habitamos por vasta extensión de mares, debió ocurrir desde los tiempos más remotos. Es tan natural al hombre franquear con la imaginación los límites del espacio y soñar la existencia de algo más allá del horizonte oceánico, que aun en los tiempos en que se creía la tierra un disco de superficie plana ó ligeramente cóncava, podía imaginarse que más allá de la cintura del Océano homérico existía alguna otra habitación de hombres, otra οἰκουμένη, el _Lokaloka_ de los mitos indios, anillo de montañas situado más allá del séptimo mar.

Este concepto debía tomar más desarrollo conforme se iba extendiendo la navegación al Oeste de las columnas de Briareo ó de Ægænon, multiplicándose los _cuentos de los viajeros fenicios_; y cuando se pudo formar alguna idea de los contornos, ó, mejor dicho, de la forma limitada de nuestra masa continental. La _gran tierra_ situada hacia el Noroeste, que, como Meropis, está indicada en los fragmentos de Theopompo y como _continente cronieno_ en dos pasajes de Plutarco que después examinaremos, corresponde á una serie de mitos que, á pesar de los sarcasmos poco ingeniosos de los Padres de la Iglesia[88], es de remota antigüedad en la esfera de las opiniones helénicas, como todo lo que se relaciona con Sileno, adivino y personaje cosmogónico, ó á ese imperio de los Titanes y de Saturno, progresivamente rechazado hacia el Oeste y Noroeste[89].

El mito de la Atlántida ó de un gran continente occidental, aunque no se le crea importado de Egipto y sí debido exclusivamente al genio poético de Solón, data por lo menos del siglo VI antes de nuestra era. Cuando la hipótesis de la esfericidad de la tierra, producto de la escuela de los Pitagóricos llegó á extenderse y á apoderarse de los ánimos, las discusiones sobre las zonas habitables y la probabilidad de la existencia de otras tierras cuyo clima era igual al nuestro en paralelos heterónimos y en estaciones opuestas, convirtiéronse en materia de un capítulo indispensable en todo tratado de la esfera ó de cosmografía.

Los que como Polibio y Eratósthenes no habían observado que la elevación de las tierras, el decrecimiento de la marcha aparente del sol al aproximarse á los trópicos y el alejamiento de dos pasos del sol por el zenit de la localidad, hacían la zona ecuatorial y el Ecuador mismo menos cálidos que las regiones más próximas á los trópicos, sumergían, por efecto de una corriente ecuatorial, esta parte de la superficie del globo, que, quemada por el sol, no la creían en manera alguna á propósito para ser habitada.

Propagaron principalmente esta cuestión el estoico Cleanthes y el gramático Cratés. Refutóla Gemino, pero reapareció con gran crédito á principios del siglo V en la teoría de las impulsiones oceánicas que Macrobio expuso como una explicación del flujo y reflujo del mar. Mas allá de este brazo del Océano ecuatorial que atraviesa la zona tórrida, más allá de nuestra masa de tierras continentales, extendidas en forma de _clamyde_ y aisladas en una parte del hemisferio boreal, suponíase la existencia de otras masas de tierras, en las cuales se repiten los mismos fenómenos climatéricos que observamos en las nuestras. No parecía probable que la gran porción de la superficie del globo no ocupada por nuestro οἰκουμένη estuviera toda cubierta de agua. Ideas de equilibrio y simetría cuya falsa aplicación han producido, hasta en tiempos modernos, muchas ilusiones geográficas, oponíanse, al parecer, á ello.

Bajo la influencia de estas ideas empezaron á aparecer grupos aislados de continentes en el hemisferio opuesto, indicados por Aristóteles y su escuela (_Meteorologica_, II, 5; _De Mundo_, cap. III); los dos pueblos etíopes de Cratés, uno de los cuales habitaba al Sud del brazo de mar ecuatorial; el _otro mundo_ de Strabón; el _alter orbis_ de Pomponio Mela; una verdadera tierra austral[90]; las dos zonas (_cinguli_) habitables[91] de Cicerón (_Somn. Scip._, cap VI), una de las cuales es la de nuestros antípodas insulares; en fin, la tierra _quadrífida_ ó las _quatuor habitationes vel insulæ_ (cuatro masas de tierra separadas entre sí) de Macrobio (_Comm. in Somn. Scip._, II, 9).

En el sistema pitagórico de Philolao, conforme al cual el sol es un inmenso _reflector_ que recibe la luz de un cuerpo central (Hestia), la tierra y el Antichthon de Hicetas de Siracusa (Nicetas, según algunos manuscritos de Cicerón, _Academ. Quæst._, VI, 39; Œcetes, según Plutarco, _de Plac. Phil._, III, 9), movíanse paralelamente conforme á su órbita común; pero el Antichthon era el hemisferio opuesto al nuestro, hemisferio que los geógrafos poblaban á su gusto[92].

He creído deber dar esta reseña general de las ideas que constantemente se han formado los hombres acerca de la existencia de _otro mundo_ ó de continentes _transoceánicos_ desde los tiempos más remotos. Los Padres de la Iglesia, de quienes el monje Cosmas fué intérprete, desfiguraron estos conceptos primitivos del modo más extraño, suponiendo una _terra ultra Oceanum_ que encuadraba el paralelógramo de su mapa mundi. Viviendo la Edad Media sólo de recuerdos que suponía clásicos y sin fe en sus propios descubrimientos, si no creía encontrar en los antiguos indicios de ellos, estuvo hasta los tiempos de Colón agitada por todas las ilusiones cosmográficas de los siglos anteriores.