Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 1 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI

Part 3

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Escojamos entre los árabes el geógrafo de la Nubia: «El mar que baña las costas occidentales de Africa, dice el scherif Edrisi, entra en el Mediterráneo (_Mare Damascenum_) por el canal que Dhoulcarnaïn, personaje heróico _bicorne_, confundido con el hijo de Filipo de Macedonia, hizo abrir en tiempo de Abraham. Este _bicorne_ ordenó la nivelación de la superficie de las aguas. Una reunión de geómetras encontró el _Mar Tenebroso_ (el Océano) algo más elevado[45] que el Mediterráneo» (rasgo de un mito geográfico; alude á la dirección de la corriente que, según Rennell, viene del cabo Finisterre á lo largo de las costas de Portugal y entra por el Estrecho de Gibraltar). El Mar Tenebroso llámase así (Edrisi[46] mismo dice el motivo en estos términos, según la versión latina): _Quoniam scilicet ultra illud quid sit ignoratur. Nullus enim hominum habere potuit quidquam certi de ipso ob difficilem ejus navigationem, lucis obscuritatem_ (singular propiedad de un mar en que Edrisi sitúa las islas Afortunadas, _el dschasajir el chalidath_, derivando de _chuld_, paraíso, islas que gozan del más bello cielo) «_et frequentiam procellarum. Nemo nautarum_ _auserit illud sulcare aut in altum navigare._ Si se han explorado algunos puntos es á corta distancia de las costas; sábese, sin embargo, que el Mar Tenebroso (el Atlántico) contiene muchas islas, unas habitadas y otras desiertas» (_non obrutæ_, devastadas, como dice la versión latina). «El mar de Sin (de la China) que baña las tierras de Gog y de Magog (la extremidad oriental del Asia) comunica con el Mar Tenebroso. Por la parte de Asia las últimas tierras son las islas Vac-vac, _ultra quas quid sit ignoratur_»[47]. He aquí, pues, mencionada por los árabes, como en el pasaje de Aristóteles (_De Cœlo_, II, 14), con tanta frecuencia citado por Colón, la unión de los mares de la China y del Atlántico tenebroso. Pero Edrisi, en vez de suponer, como los escritores de la antigüedad, muchas _grandes islas terrestres_, es decir, otras masas continentales, separadas de las que forman Europa, Asia y Africa, cree que el hemisferio opuesto al nuestro es enteramente acuático. _Oceanus ambit mediam partem terræ quasi zona, adeo ut media tantum pars terræ appareat ac si esset ovum immersum in aquam cratere contentam[48]; nam eodem modo dimidia pars terræ est obruta mari._

Sabido es que entre los cosmógrafos de la Edad Media como entre los de la antigüedad, desde Parmenides de Elea hasta los Alejandrinos, había dos opiniones respecto á la extensión de las zonas habitables. Edrisi, á quien acabamos de nombrar, y cuya influencia ha sido tan poderosa durante siglos, colocaba toda la tierra habitada en la zona templada septentrional[49]; pero cien años después de él, Alberto el Grande (Alberto de Bollstadt) no dudaba en manera alguna que la superficie del globo estaba habitada hasta el grado 50 de latitud austral[50]. Celoso propagandista de las obras de Aristóteles, que empezaban á dar á conocer los árabes de España y los rabinos arabizantes, fué Alberto para la Europa cristiana lo que Avicenas había sido para el Oriente. Sus diversos tratados son más que paráfrasis de Aristóteles: el _Liber cosmographicus de natura locorum_ es un compendio de geografía física en que expone el autor, no sin sagacidad, cómo la diferencia de latitud y el estado de la superficie terrestre producen simultáneamente la diferencia local de los climas[51]. «Toda la zona tórrida es habitable, y es una inepcia del pueblo (_vulgaris imperitia_) el creer que los que tienen los pies dirigidos hacia nosotros deben necesariamente caerse. Los mismos climas se repiten en el hemisferio inferior al otro lado del Ecuador, y existen dos razas de etiopes (negros de cabellos lanosos), los del trópico boreal y los negros del trópico austral (no necesito recordar que estas ideas las enunciaron claramente Aristóteles, Cicerón, Strabón y Pomponio Mela). El hemisferio inferior, antípoda al nuestro, no es completamente acuático; en gran parte está habitado, y si los hombres de estas lejanas regiones no llegan á nosotros es á causa de los anchos mares interpuestos; acaso también (la afición á lo maravilloso, y á lo maravilloso más raro, mézclase siempre en el siglo XIII á las observaciones más juiciosas), acaso también algún poder magnético retiene las _carnes humanas_, como el imán retiene el hierro.

«Además los pueblos de la zona tórrida, lejos de sufrir en su inteligencia por el calor del clima, son muy instruídos, como lo prueban _los libros de filosofía y de astronomía que han llegado á nosotros de la India_»[52]. En la edición de Estrasburgo, de que me valgo, y que se publicó tres años después de la muerte de Amerigo Vespucci[53], el editor Jorge Tanstetter se maravilló tanto de las conjeturas de Alberto el Grande acerca de las tierras del hemisferio austral, habitado hasta el grado 50 de latitud, que consideró la navegación de Amerigo Vespucci como una profecía cumplida.

Estas mismas nociones sobre la posibilidad de ir directamente á la India por la vía del Oeste, sobre las partes de la tierra que son habitables y la relación entre las superficies de los continentes y de los mares (la extensión de éstos considerábase erróneamente entonces menor que la de las tierras), encuéntranse en Roger Bacon, hombre prodigioso por la variedad de sus conocimientos, la libertad de su espíritu y la tendencia de sus trabajos hacia la reforma de los estudios físicos. Continuando la vía abierta por los árabes para perfeccionar los instrumentos y los métodos de observación, no sólo fué el fundador[54] de la _ciencia experimental_, sino que abarcó simultáneamente en su vasta erudición cuanto podía aprender en las obras de Aristóteles, más asequibles desde poco tiempo antes por las versiones de Miguel Scott, y en las relaciones de dos viajeros contemporáneos suyos, Rubruquis y Plano Carpini. No rebaja el mérito de Colón el recuerdo de esta continuación de opiniones y de conjeturas, que se reconoce (á través de la pretendida universalidad de las tinieblas de la Edad Media) desde los cosmógrafos de la antigüedad, hasta el fin del siglo XV. Las tinieblas se extendían sin duda sobre las masas; pero en los conventos y en los colegios conservaron algunas personas las tradiciones de la antigüedad. Bacon mismo, reconociendo lo que llama el _poder de la erudición y del conocimiento de las lenguas_, «da cuenta de una ardiente afición al estudio que observa, sobre todo desde hace cuarenta años, en las ciudades y en los monasterios, al lado de la ignorancia general de los pueblos».

Cuando se trata de una continuación de ideas, de un enlace de opiniones, preciso es contar por algo esa parte de la Edad Media en que se agrupan, alrededor de Roger Bacon, Alberto el Grande, Scott, Vicente de Beauvais y viajeros de tanto mérito como Plano Carpini, Ascelin, Rubruquis y Marco Polo. En todas las épocas de la vida de los pueblos, lo que toca al progreso de la razón, al perfeccionamiento de la inteligencia, tiene las raíces en los siglos anteriores, y esta división de edades, consagrada por los historiadores modernos, tiende á separar lo que está ligado por mutuo encadenamiento. A veces en medio de una aparente inercia germinan grandes ideas en algunos privilegiados talentos, y en el curso de un desarrollo intelectual no interrumpido, pero limitado, por decirlo así, á un corto espacio, débense memorables descubrimientos á impulsos lejanos y casi inadvertidos.

Entre los autores que consultaba Colón y que después examinaremos, á ninguno cita con tanta predilección como al cardenal Pedro de Ailly[55], ó como se le llama en latín, Petrus de Alliaco. Probablemente el Almirante aprendió en el tratado _De Imagine Mundi_ cuanto sabía de las opiniones de Aristóteles, de Strabón y de Séneca sobre la facilidad de ir á la India por el camino de Occidente. Un hecho raro parece probar especialmente la profunda impresión que dejó en su ánimo la lectura del octavo capítulo del tratado de Alliaco que se titula _De quantitate terræ habitabilis_. Sorprende encontrar un largo extracto, y casi la traducción de este capítulo, en una carta de Colón escrita desde la isla de Haití (Hispaniola) á los Reyes Católicos, pocas semanas después de volver de la costa de Paria[56]. Forman las obras de Alliaco doce trataditos, cuatro de ellos de cosmografía, reunidos todos en un solo volumen de unas 350 páginas[57], al cual hay añadidos algunos escritos del canciller de la Universidad de París Juan Charlier de Gerson. Es probable que este tomo no fuera impreso hasta 1490. Como en las _Profecías_ cita también Colón páginas enteras de las obras de Alliaco[461], y al mismo tiempo cita también á Gerson, es probable que poseyera el tomo indicado, ó que llevara consigo á bordo del buque en su tercer viaje una copia manuscrita[58] del _Imago Mundi_ sólo, y que la mención simultánea de los nombres de Alliaco y Gerson sea puramente accidental. He observado, comparando diferentes textos, que el párrafo traducido por el Almirante en su carta á los Monarcas, lo tomó casi literalmente Alliaco del _Opus majus_ de Roger Bacon. Verdad es que el Cardenal dice al final del _Imago Mundi_: «_scriptura ex pluribus auctoribus recollecta anno MCCCCX_»; pero entre tantos nombres de autores clásicos y de cosmógrafos árabes, jamás cita el nombre célebre de Roger Bacon.

Puede creerse que Colón tenía también á la vista el final de este mismo pasaje de Alliaco, cuando al principio de la carta de 1498 excita á los Monarcas á continuar las grandes empresas, á imitación «de Alejandro, que envió á ver el regimiento de la isla de Trapobana en India, y Nerón César á ver las fuentes del Nilo y la razón por qué crecían en el verano, cuando las aguas son pocas, y de Salomón, que envió á ver el monte Sopora»[59].

Es verosímil que la obra de Roger Bacon, ciento cuarenta años más antigua que los tratados cosmográficos de Pedro d’Ailly, no la conociera el Almirante; sin embargo, el _Opus majus_ contenía muchas más noticias sobre el interior de Asia y la extremidad oriental de este continente que el _Imago Mundi_.

De igual suerte que Vicente Beauvais en el _Speculum_ _majus_, especie de _Djihan numa_ (espejo del mundo), compuesto por orden de San Luis y de la reina Margarita de Provenza, nos ha conservado, conforme á las relaciones de Simón de Saint Quentin los viajes de Ascelin, Roger Bacon presenta los preciosos extractos de las relaciones oficiales de Juan de Plano Carpini, y sobre todo de Ruisbroek ó Rubruquis, que generalmente llama _frater Willielmus, quem dominus rex Franciæ misit ad Tartaros_. El viaje del monje de Brabante al Este de Asia precedió en diez y ocho años al de Marco Polo, y confirmó la exactitud de las primeras nociones de Herodoto, Aristóteles, Diodoro y Ptolomeo acerca de la existencia del mar Caspio como mar interior. Fué el primero que dió á conocer la analogía del alemán con un idioma indogermánico, que habían conservado en Crimea algunos restos de tribus de godos ó de alanos. Atravesó la Gran Hunnia ó Hungría (Yugria), pasando el Volga (Ethel) hacia la extremidad del Ural Baschkir (tierra _Pascatyr_, corrupción del nombre _Bachghird_), y por lo que creo poder deducir de mis conocimientos de estas comarcas, es probable que recorriera las planicies de Guberlinsk y de Orskaja. Es el primero de todos los geógrafos cristianos que da una idea exacta de la posición de China, la cual designa con el nombre mogol de Khathay (_Cathaia_), de sus fábricas de seda y de su papel moneda, en el que hay _impresos algunos signos_ «Ultra Thebet qui solent comedere parentes suos causa pietatis, ut non faceret eis alia sepulchra nisi viscera sua, est Magna Catahia[60] quæ Seres dicitur apud philosophos; et est in extremitate orientis á parte aquilonari respectu Indiæ, divisa ab ea per sinum maris et montes. Hic fiunt panni sericci, et istorum _Cathaiorum moneta vulgaris est carta de gambasio in qua imprimunt[61] quasdam lineas_.»

Las valerosas expediciones que como humildes monjes hicieron Plano Carpini, Rubruquis, Bartolomé de Cremona y Ascelin á las comarcas más lejanas de Asia, pusieron en circulación nueva serie de ideas en la época de Bacon. El funesto desbordamiento de los mogoles á través de Polonia hasta más allá del Oder, donde les detuvo la batalla de Wahlstad (9 de Abril de 1241), debilitando sus fuerzas, dió ocasión á estos viajes extraordinarios en que la diplomacia monacal se ocultaba bajo el velo del proselitismo y de la piedad. Era aquella la época memorable entre la muerte de Tchinghiz y de Kublaï-Khan, en que el gran imperio Mogol, que acababa de dividirse entre los descendientes del fundador, aun conservaba alguna unidad por la supremacía de la dinastía de los Yuan, residente en la extremidad oriental del mundo conocido.

Esta unidad de voluntad y de instituciones facilitaba el acceso, en condiciones no reproducidas posteriormente de una vasta región del Asia central al Sud del Altaï y al Norte de la cordillera de Kuenlum ó Kulkun, que rodea el Tibet septentrional, desde la depresión del mar Caspio, desde el Djihun (Oxus) y el Sihun (Jarxates), hasta la embocadura de Huang-ho y las costas de Quinsaï y de Zaitun. Las obras cosmográficas escritas en esta época anuncian ese crecimiento de ideas que acompaña siempre al ensanche físico del horizonte. Favoreció los largos viajes de los Poli (Maffio ó Mateo, Nicolás y Marcos, de 1250 á 1295), el estado del Asia central, en donde, por las relaciones y comunicaciones rápidas entre pueblos pastores y semisalvajes y pueblos letrados ó instruídos desde hacía largo tiempo, la barbarie y la civilización por extraño modo se tocaban.

Roger Bacon terminó su larga y gloriosa carrera un año antes del regreso de Marco Polo; no podía, pues, tener conocimiento alguno de este viaje extraordinario.

La segunda mitad del siglo XIII, fecundada por tantos gérmenes de conceptos nuevos, poniendo por el comercio de los pisanos, de los genoveses y de los venecianos el Occidente en contacto con las regiones de Oriente, tan interesantes por las producciones de su suelo, los progresos de las artes industriales y la variedad de las instituciones sociales, dió poderoso impulso al movimiento de ideas, al ardiente deseo de atrevidas empresas que ilustraron la era del infante D. Enrique, de Colón y de Gama.

III.

Ideas cosmográficas de Colón y causas que le impulsaban al descubrimiento de las Indias.

El cardenal d’Ailly, cuyas obras tanto estimaba Colón, ocupábase desgraciadamente más en trabajos de erudición clásica que de las relaciones de los viajeros inmediatos á su época. Aunque escribió ciento cuarenta años despues de Roger Bacon, jamás cita los trabajos de Marco Polo, consignados desde 1320 en un manuscrito latino de Franco Pipino de Bolonia: ignora los vastos proyectos de Sanuto Torsello, encaminados á cambiar la dirección del comercio de la India, la existencia de las islas Antilia y Brasil (Bracir) revelada por Picigano, y los viajes de los Zeni á las regiones septentrionales del Atlántico. No fué en los tratados cosmográficos del Cardenal donde Colón aprendió las nociones de las tierras occidentales que según Toscanelli ofrecían abrigo en el camino de la India por el Oeste. Pedro d’Ailly ni siquiera conocía el nombre de Cathaï, y su geografía, á excepción de algunas citas árabes, recuerda menos el siglo de Ptolomeo que el de Isidoro de Sevilla. Únicamente insiste con frecuencia (y quizá por ello era el afecto de Colón á compilaciones tan medianas) en la gran extensión del Asia hacia el Oriente, y en lo próximas que estaban la India y España. Al notable párrafo (_Imago Mundi_, cap. VIII) tomado literalmente de Roger Bacon, y que antes cité, pueden añadirse los siguientes: «Multo major est longitudo terræ versus Orientem quam ponat Ptholomeus, et secundum philosophos Oceanus qui extenditur inter finem Hyspaniæ ulterioris, id est Africæ á parte Occidentis, et inter principium Indiæ á parte Orientis, non est magne latitudinis. Nam expertum est quod hoc mare navigabile est paucissimis diebus si ventus sit conveniens, et ideo illud principium Indiæ in Oriente non potest multum distare á fine Africæ.--Frontem Indiæ meridianum alluit maris brachium descendens á mari Oceano quod est inter Indiam et Hyspaniam inferiorem, seu Africam.--A polo in polum decurrit aqua in corpus maris et extenditur inter finem Hyspaniæ et inter principium Indiæ non magnæ latitudinis, ut principium Indiæ possit esse ultra medietatem æquinoctialis circuli sub terra valde accedens ad finem Hyspaniæ. Et Aristoteles et ejus comentator, libro _Cœli et Mundi_, adhuc inducunt rationem quod elephantes esse non possent: ideo concludit hæc loca esse propinqua et mare intermedium esse parvum»[62]. Se concibe que una misma idea, tantas veces repetida, debía agradar grandemente á los que, como Toscanelli y Colón, meditaban de contínuo pasar desde España á las costas orientales de Asia (_ad illam partem sub pedibus nostris sitam_) por la vía de Occidente.

También en el _Cuadro del mundo conocido_[63] de Pedro d’Ailly pudo aprender Colón que, según Alfragan, el valor absoluto de los grados expresados en leguas es menor de lo que generalmente se admite. Alfragan, ó más bien Al Fergani, llamado así por el sitio donde nació (porque el verdadero nombre del astrónomo árabe es Ahmed Mohammed Ebn Kotahir, ó Kethir, de Fergana en Sagdiana), no da en rigor más que el resultado de la célebre medida de algunos grados terrestres que el califa Almamum hizo practicar en la llanura de Sindjar. En vez de expresar este resultado por _codos negros_, lo expresa por millas, y el Almirante, sin fijarse en la perfecta ignorancia en que hasta Ebn Iouni, el más ingenioso astrónomo de aquel tiempo, nos dejaron, relativamente al valor del módulo empleado, tomó las millas de Alfragan, por las millas italianas de que habitualmente se servía en sus viajes. Don Fernando Colón, al conservarnos el extracto del tratado[64] de su padre «sobre la posibilidad de habitar todas las zonas», y también otro manuscrito[65] que comprende las causas en que el grande hombre fundaba las esperanzas en el buen éxito de su expedición, nos muestra la importancia que entonces se daba á la opinión de Alfragan sobre el verdadero tamaño de la tierra. «Lo que hacía creer más al Almirante, dice Fernando Colón, que aquel espacio (la distancia entre España y Asia) era la opinión de Alfragano, y los que le siguen, que pone la redondez de la tierra mucho menor que los demás autores y cosmógrafos, no atribuyendo á cada grado de ella mas que 56 millas y dos tercios, de cuya opinión infería que, siendo pequeña toda la esfera, había de ser por fuerza pequeño el espacio que Marino dejaba por desconocido, y en poco tiempo navegado, de que infería asimismo que, pues aun todavía no estaba descubierto el fin oriental de la India, sería aquel fin el que está cerca de los otros por Occidente (de la parte más occidental de Europa y de África).» Pero hay más aún; en otro sitio (en el _Tratado de las zonas habitables_) dice expresamente el Almirante: «Navegando muchas veces desde Lisboa á Guinea, encontré[66], observando con atención, que el grado corresponde en la tierra á 56 millas y dos tercios».

Si estas nociones no las aprendió el Almirante en las obras del cardenal d’Ailly, las obtendría por vía menos indirecta, por alguna de las traducciones árabe-latinas, á las que, según parece, recurría con frecuencia durante sus estudios cosmográficos en Portugal y en España.

Después de largas consideraciones acerca de Ptolomeo y Marín de Tyro, Catigara y la Etiopía, el Ganges y la posición del Paraíso terrestre, añade Colón en una carta dirigida á los reyes Fernando é Isabel y fechada en Jamaica el 7 de Julio de 1503: «El mundo no es tan grande como dice el vulgo, y un grado de la equinoccial está 56 millas y dos tercios; pero esto se tocará con el dedo.» Véase, pues, la importancia que el Almirante daba á la idea de la pequeñez del globo y de la brevedad del camino por donde se llega á la tierra aurífera de Veragua, «de que Vuestras Altezas, dice, son tan señores como de Xerez y de Toledo».

Es muy interesante observar el desarrollo progresivo de una grande idea y descubrir una á una las impresiones que determinaron el descubrimiento de un hemisferio entero. La permanencia en puntos situados, por decirlo así, en el límite del mundo conocido, en Lisboa, en las Azores, en Puerto Santo; la costumbre de ver partir con frecuencia expediciones de descubrimiento por una ruta que se desaprueba; la posibilidad de oir de boca de los mismos marinos los hechos ó las ilusiones que les proporcionaron las aventuradas expediciones hacia el Oeste; finalmente, el atento examen de las cosmografías de las diversas épocas, fueron las circunstancias que excitaron, vivificaron, por decirlo así, en el alma ardiente de Colón tan grandes y nobles proyectos. No se debe atribuir á una sola causa lo que pertenece al conjunto de inspiraciones que recibe un hombre superior durante los largos años que preceden á un descubrimiento.

En un tratadito[67] escrito probablemente hacia 1499 por el genovés Antonio Gallo (_De Navigatione Columbi_ _per inaccesum antea Oceanum Conmentariolus_) se afirma que el «mundo de la India» (_mundus quem Indiam vocitabant_) fué adivinado, no por Cristóbal Colón, sino por su hermano Bartolomé, «que concibió la idea de una navegación hacia el Oeste al fijar en Lisboa los descubrimientos hechos por los portugueses más allá de San Jorge de la Mina en los mapamundis que dibujaba para ganarse la vida». El autor habla con algún desdén de Cristóbal Colón (_intra pueriles annos parvis literulis imbuti_). Este mismo aserto repite el obispo Agustín Giustiniano, que de la proyectada edición de una Biblia políglota completa, solamente imprimió en Génova en 1516 la colección de los Salmos. Sabiendo que el Almirante se vanagloriaba de haber realizado las profecías del salmo diez y ocho, Giustiniano, que era obispo de Nebbio, en Córcega, y monje de la orden de Santo Domingo, aprovechó esta ocasión[68] para dar una biografía de Cristóbal Colón y noticia de sus descubrimientos. Don Fernando Colón[69] ha probado con los manuscritos de su padre que fué éste quien enseñó á Bartolomé, «hombre poco letrado», el arte náutico y el dibujo de cartas de marear, y rechaza[70] con la urbanidad que en todos tiempos ha caracterizado las disputas literarias «las trece mentiras de Giustiniano». La magistratura de Génova empleó otra refutación más directa; con penas severas confiscó la obra. Por lo demás, vemos en documentos encontrados en los archivos, que, aun durante sus viajes, acostumbraba Cristóbal Colón á trazar la configuración de las costas. Una carta de marear de la isla de la Trinidad y del golfo de Paria, dibujada durante su tercer viaje (probablemente en Agosto de 1498), llegó á ser célebre en el pleito entre el fiscal del Rey y los herederos del Almirante. Éste hace mención de ella al fin de la carta dirigida á los Reyes á su vuelta á Santo Domingo. Es la _pintura_, ó, como dice Alonso de Ojeda, _la figura de lo que el Almirante había descubierto_[71]; carta que guió á los navegantes á quienes el fiscal quería atribuir el mérito del descubrimiento del continente americano.

Adviértese en lo poco que nos ha quedado de los escritos de Colón, sea en lo que conservó su hijo, ó en su correspondencia con los soberanos ó con personas de la corte de Isabel, ó, en fin, en el bosquejo de la obra de las _Profecías_, que lo que más atormentaba la imaginación del grande hombre y lo que buscaba con mayor empeño en las obras de los antiguos y en los cosmógrafos más inmediatos á su siglo era la proximidad entre la India y las costas de España; el conocimiento de la grande extensión de Asia hacía el Oriente; el número de islas ricas y fértiles que rodeaban las costas orientales del continente asiático; la pequeñez absoluta de nuestro planeta, y la relación que en general presenta el _área_ de las tierras y de los mares en la superficie del globo.