Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 1 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI

Part 2

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En este _Examen crítico_ trataré sucesivamente: primero, de las causas que prepararon y produjeron el descubrimiento del Nuevo Mundo; segundo, de algunos hechos relativos á Colón y á Amérigo Vespucci, como también de las fechas de los descubrimientos geográficos; tercero, de los primeros mapas del Nuevo Mundo y de la época en que se propuso el nombre de América; cuarto, de los progresos de la astronomía náutica y del trazado de mapas en los siglos XV y XVI.

La relación que tienen entre sí los materiales empleados en las diferentes secciones de esta obra es tan íntima, que con frecuencia necesito acudir á las mismas fuentes para poner en claro la historia de un descubrimiento que ha influído hasta nuestros días en el destino de los pueblos de Europa, en el perfeccionamiento de las ciencias y en la teoría de las instituciones más ó menos favorables á la libertad.

CAUSAS

QUE PREPARARON Y PRODUJERON EL DESCUBRIMIENTO DEL NUEVO MUNDO.

I.

Lo que se proponía Colón en sus viajes de descubrimiento.

Ingeniosamente ha dicho d’Anville que el mayor de los errores[4] en la geografía de Ptolomeo, guió á los hombres en el mayor descubrimiento de nuevas tierras. De igual manera puede decirse que la tradición fabulosa, ó más bien, el mito nestoriano del preste Juan, que desde el siglo XI hasta el XV ha ido avanzando poco á poco del Este del Asia hacia la meseta de Habesch, ha contribuído poderosamente á los conocimientos geográficos de la Edad Media.

El motivo que excita un movimiento, llámese como se quiera, error, previsión vaga é instintiva, argumento razonado, conduce á ensanchar la esfera de las ideas, á abrir nuevas vías al poder de la inteligencia.

Comparando entre sí documentos de distintas épocas, nótase que Cristóbal Colón, antes y después de su descubrimiento, á medida que avanzaba en edad, emitió opiniones contradictorias acerca de los verdaderos móviles de su primera y feliz expedición. Se ha demostrado recientemente[5] que fué en Portugal hacia 1470, esto es, tres años antes de recibir los consejos del florentino Pablo Toscanelli, donde y cuando Colón concibió la primera idea de su empresa. Fundáronse entonces las esperanzas de este grande hombre, como es sabido, en lo que llamó «razones de cosmografía», en la corta distancia que se suponía entre las costas occidentales de Europa y Africa y las del Cathay y Zipangu, en las opiniones de Aristóteles y de Séneca y en algunos indicios de tierras hacia el Oeste de que había tenido conocimiento en Porto Santo, Madera y las Azores.

Fernando Colón, en la _Vida del Almirante_, nos ha transmitido en cinco capítulos[6], y conforme á los manuscritos auténticos de su padre, el conjunto de razones en que fundaba un proyecto cuya ejecución fué aplazándose durante veintidós años hasta la vejez de Colón.

Newton á la edad de veinticuatro años lo había descubierto todo, el cálculo de las fluxiones, la atracción universal y lo que llamó análisis de la luz; mientras Colón contaba cincuenta y seis años cuando, saliendo de la barra de Río de Saltes el 3 de Agosto de 1492, emprendía la carrera de los grandes descubrimientos, y había cumplido sesenta y ocho cuando su último y peligroso viaje á las costas de Veragua y de los Mosquitos.

Antes de su primer viaje, en 1492, para acreditar su sistema y probar que por el Oeste y por camino más corto se podía ir «á la tierra de las especias», dió Colón importancia á motivos y sucesos de escaso valer que, después de su muerte, sirvieron á sus enemigos, en el famoso pleito entre el fiscal del Rey y D. Diego Colón, para hacer creer que el descubrimiento de América, fácil y previsto desde hacía largo tiempo, no había sido completamente nuevo. De estos sucesos insignificantes, de estos motivos deducidos de las opiniones de los antiguos, de algunos indicios de tierras, y en general de los conocimientos cosmográficos, prescindió Colón en sus últimos días. _La lettera rarisima_[7] dirigida al rey Fernando y á la reina Isabel desde Jamaica el 7 de Julio de 1503, y aun más el bosquejo de la obra extravagante de las _Profecías_, escrito en parte de puño y letra del Almirante con posterioridad al año de 1504 (diez y ocho meses antes de su fallecimiento), prueban con cuánta fuerza de persuasión se había apoderado progresivamente de su alma una teología mística[8]. «Ya dije, escribe Cristóbal Colón (folio IV de las _Profecías_), que para la esecucion de la impresa de las Indias, no me aprovechó razon, ni matemática, ni mapamundos: llanamente se cumplió lo que dijo Isías»[9]: «Nuestro Redentor dijo que antes de la consumacion deste mundo se habrá de cumplir todo lo questaba escrito por los Profetas, el Evangelio debe ser predicado en toda la tierra y la ciudad santa debe ser restituída á la Iglesia. Nuestro Señor ha querido hacer un gran milagro con mi viaje á la India. Preciso es apresurar el término de esta obra, lumbre que fué del Espíritu Santo, porque por mis cálculos, de aquí hasta el fenecer del mundo sólo restan ciento cincuenta años.»

Según Colón, debía, pues, ocurrir el fin del mundo en 1656, entre la muerte de Descartes y la de Pascal.

Sin seguir el rastro de estas ilusiones, examinaremos más de cerca lo que se relaciona con las primeras y verdaderas causas del gran descubrimiento de América. No ignoro que este asunto lo han tratado con frecuencia hábiles historiadores, aunque por lo general con una falta de crítica, de profundo conocimiento de los tiempos anteriores y de serios estudios de las fuentes y documentos originales que con pesar se nota hasta en algunas partes de la célebre obra de Robertson. La materia no está agotada, ni mucho menos, desde que el Gobierno español ha proporcionado con munificencia tantos materiales nuevos á la investigación de los hechos, y desde que los propios escritos del gran marino genovés nos han revelado perfectamente la especialidad de su carácter.

Vivió Colón en Portugal á fines del reinado de Alfonso V, desde 1470 hasta fin de 1484. En 1485 hizo un corto viaje á Génova para ofrecer sus servicios á dicha república. Estas fechas se fundan en documentos que reciente y cuidadosamente han sido examinados[10]. No se sabe de cierto si Colón fué de Lisboa á Génova, después de desembarcar en España.

Visitando sucesivamente el convento de la Rábida (cerca de Palos), Sevilla, Córdoba y Salamanca, sufrió las continuas dilaciones que se oponían á sus proyectos, hasta Abril de 1492. Dice Fernando Colón, en la _Historia del Almirante_, que en Portugal fué donde empezó éste á conjeturar que si los portugueses navegaban tan lejos hacia el Sud, podría navegarse también hacia Occidente y encontrar tierras en esta ruta. Dicha afirmación es por lo menos inexacta. Cuantos escritos poseemos de mano del Almirante, la carta del astrónomo Pablo Toscanelli y la gran _Crónica_ de Bartolomé de las Casas[11], estudiada por Herrera, Muñoz y Navarrete, prueban que Cristóbal Colón designó, como objeto principal, y pudiera decir casi único de su empresa, «buscar el _Levante por el Poniente_[12]. _Pasar á donde nacen las especerías[13] navegando al Occidente._ He recibido al Almirante en mi casa--cuenta el amigo íntimo de Colón, Bernáldez[14], más conocido con el nombre de _Cura párroco_ de la villa de los Palacios--cuando volvió á Castilla (de su segundo viaje) en 1496, llevando por devoción, y según su costumbre, un cordón de San Francisco y unas ropas de color, de hábito de fraile de San Francisco de la Observancia[15]. Traía entonces consigo el gran cacique, y refirióme cómo concibió la primera idea de buscar las tierras del Gran Khan (soberano del Asia Oriental) _navegando al Occidente_.»

Estas frases relativas al primer viaje del Almirante fueron admitidas tan usualmente hasta principios del siglo XVI, que las encontramos en la relación de las primeras aventuras de Sebastián Cabot, debida al legado Galeas Butrigarius[16]. «En Londres, cuando llegaron á la corte de Enrique VII, dice este legado, las primeras noticias del descubrimiento _de las costas de la India_, hecho por el genovés Cristóbal Colón, todo el mundo convino en que era cosa casi divina navegar por Occidente hacia Oriente, donde las especias se crian (_a thing more divine than human, to sail by the West to the East, where spices grow_).»

La idea de encontrar grandes tierras en el camino de Europa á las costas orientales de Asia era para Colón y Toscanelli un objeto secundario. En el primer viaje, encontrándose á unos 28° de latitud y á 9° al Occidente del meridiano de la isla de Corvo, el 19 de Septiembre de 1492, creyo el Almirante que estaban próximas algunas tierras[17]; pero su voluntad era (según las propias palabras del diario de ruta), «seguir adelante hasta las Indias, porque, placiendo á Dios, á la vuelta se vería todo.»

Toscanelli, que por lo menos desde el año 1474 se ocupaba teóricamente de los mismos proyectos que Colón, sólo nombra en el camino por recorrer al Occidente la isla Antilia, que se encontrará á 225 leguas de distancia antes de llegar á Cipango (al Japón). «La carta que os envió para S. M. (el Rey de Portugal), dice Toscanelli en su carta al canónigo de Lisboa Fernando Martínez, está hecha y pintada de mi mano, en la cual va pintado todo el fin del Poniente, tomando desde Irlandia al Austro, hasta el fin de Guinea, con todas las islas que están situadas en este viaje, á cuyo frente está pintado en derechura por Poniente el principio de las Indias, con las islas y lugares por donde podéis andar, y cuánto os podríais apartar del polo Artico por la línea equinoccial, y por cuánto espacio; esto es, con cuántas leguas podríais llegar á aquellos lugares fertilísimos de especería y piedras preciosas; y no os admiréis de que llame Poniente al país en que nace la especería, que comunmente se dice nacer en Levante, porque los que navegaren á Poniente siempre hallarán en Poniente los referidos lugares, y los que fueren por tierra á Levante siempre hallarán en Levante los dichos lugares.»

Según el sistema geográfico de esta época, fundado casi únicamente, en cuanto al Asia oriental y marítima, en las relaciones de Marco Polo, Balducci Pelogetti y Nicolás de Conti, figurábanse multitud de islas ricas en especias y oro en el _mar de Cin_, es decir, en los mares del Japón, de la China y del gran archipiélago de las Indias. El mapa mundi de Martín Behaim presenta, desde el grado 45 Norte hasta el 40 Sud, una serie de islas opuestas á la extremidad del Asia. Esta cadena de islas contiene el pequeño Cathay, Zipangu (Niphon), comprendido casi por completo en la zona tórrida, Argyré, colocado á la extremidad oriental del mundo conocido de los antiguos y de los árabes; Java Mayor (Borneo), Java Menor (Sumatra), donde permaneció Marco Polo cinco meses, y aprendió á conocer el sagotal y la especie de rinoceronte de dos cuernos y piel poco arrugada, propia de esta isla, Candym y Angama.

Cuando llegó Colón en su primer viaje (el 14 de Noviembre de 1492) á las costas septentrionales de Cuba, que al principio creyó ser Zipangu, maravillóle ante el Viejo Canal, cerca de Puerto del Príncipe, la belleza de un grupo de verdes cayos que en su ardiente imaginación juzgaba formar parte, según sus propias palabras, «de aquellas inumerabiles islas que en los mapamundos en fin del Oriente se ponen»[18].

Se ha dicho con bastante exactitud que Colón se mostró al defender su proyecto menos temerario y más sabio de lo que se le había supuesto[19]. La exposición de razones que alegaba, mejor hecha en las _Décadas_ de Herrera[20] que en la _Vida del Almirante_, escrita por su hijo D. Fernando, ha pasado de este último libro á todas las historias modernas del descubrimiento de América. Clasificando estas razones conforme á la naturaleza de los conocimientos que las produjeron, y comparándolas en parte á los documentos originales que podemos consultar hoy, vemos que la esperanza de llegar, buscando el _Levante_ por el _Poniente_, á las regiones de Asia, fértiles en especias, ricas en diamantes y en metales preciosos, la fundaba Colón en la idea de la esfericidad de la tierra; en la relación de la extensión de los mares y de los continentes; en la cercanía de las costas de la península ibérica y de Africa á las islas inmediatas al Asia tropical; en un grave error en la longitud de las costas asiáticas; en los informes tomados de obras antiguas, de escritores árabes y acaso de Marco Polo; en indicios de tierras situadas al Oeste de las islas de Cabo Verde, Porto Santo y las Azores, que en diversas épocas se creyó advertir ó por la observación de algunos fenómenos físicos ó por las relaciones de marinos á quienes arrastraron las tempestades ó las corrientes.

Conviene también distinguir entre las ideas que preocupaban al grande hombre antes y durante el curso de sus descubrimientos, y las reflexiones que estos mismos descubrimientos produjeron en él posteriormente. Debe comparárselas con hechos, no todos por igual comprobados ó bien interpretados, como la relación de un sacerdote budista, Hoeï-chin, sobre el Fusang y Tahan (año 500); los descubrimientos de la Groenlandia, del Vinland y de la embocadura del San Lorenzo, por Erik Rauda (985), Bjoern (1001) y Madoc ap Owen (1170); la aventurera expedición de los árabes errantes (_Almagrurim_)[21] de Lisboa (1147); la navegación al Oeste hacia la India del genovés Guido de Vivaldi (1281), y de Teodosio Doria (1292), cuya suerte se ignora; y finalmente, los viajes con tanta frecuencia comentados de los hermanos Zeni de Venecia (1380).

He colocado estos hechos y tradiciones por orden cronológico para demostrar que ascienden hasta mil años antes de Colón, quien, en un siglo de heroísmo y de erudición renaciente, aun se complacía con los recuerdos de la Atlántida de Solón y de la célebre profecía contenida en un coro de la _Medea_ de Séneca.

II.

Progreso de las ideas cosmográficas antes de Colón.

El estado de nuestra civilización europea nos conduce involuntariamente á Grecia como punto de partida, lo mismo al investigar las opiniones que contienen los gérmenes de las que hoy dominan, que al recorrer la larga serie de las atrevidas tentativas realizadas con objeto de ensanchar el horizonte geográfico.

Durante largo tiempo, la tierra, conforme á las ideas de los primeros poetas de la escuela jónica, era un disco cuyas orillas ocupaba el Océano, disco inclinado un poco hacia el Sud á causa del peso que producía la abundante vegetación en los trópicos[22].

Hacia estas orillas se situaban el Elíseo, las islas de los Bienaventurados, los Hiperbóreos y el pueblo justo de los Etiopes. La fertilidad del suelo, la templanza del clima, la fuerza física de los hombres, la pureza de las costumbres, todos los bienes eran propios de las extremidades del disco terrestre[23]. De aquí el vago[24] deseo de llegar á él, ó por el Phase[25] ó por las columnas de Briareo. La especial configuración de la cuenca del Mediterráneo, abierta al Occidente, impulsó el interés de los navegantes fenicios hacia la parte atlántica del Océano. La historia de la Geografía presenta esta serie de intentos desde los tiempos más remotos para avanzar progresivamente en la dirección occidental, intentos debidos al ansia de ganancias, á curiosidad aventurera ó al azar de las tormentas; presenta además larga serie de descubrimientos presididos por la misma idea y favorecidos por los mismos accidentes. Desde Colæus de Samos, arrastrado por los vientos de Levante fuera de su camino, en su travesía de la isla de Platea á las costas de Egipto, se llega á las gigantescas empresas de Colón y de Magallanes. El horizonte geográfico se ensancha poco á poco desde el mar Egeo al meridiano de las Syrtes, desde aquí á las columnas de Hércules y fuera del Estrecho, con Hannón hacia el Sur y con Pytheas hacia el Norte. Las atrevidas empresas de los fenicios fueron precedidas[26] de los tímidos ensayos de los marinos de Creta, Samos y Focea. El antiguo conocimiento que los fenicios tenían del río Océano, más allá de las columnas de Hércules, acaso lo pone de manifiesto el mismo nombre que adoptaron los helenos para designar el mar exterior[27].

Desde los tiempos homéricos creían los griegos que á Poniente había parajes ricos y fértiles; pero su conocimiento exacto de la cuenca del Mediterráneo no se extendía más allá del meridiano de la Gran Syrte y de Sicilia. Toda la parte occidental de esta cuenca que los fenicios surcaban hacía ya largo tiempo, no la conocieron los helenos hasta después del viaje, cuya importancia reconoció Herodoto[28], de Colæus de Samos, que llegó hasta Tartesus y el cabo Soloé.

El Periplo atribuído á Scylax[29], compuesto probablemente en la época de Filipo de Macedonia, designa más allá de Cerne un mar de Sargazo, una abundancia de fuco que anuncia la proximidad de las islas de Cabo Verde, pero que no me parece idéntico al mar de Sargazo que menciona el pseudo Aristóteles en la compilación conocida con el nombre de _Narraciones maravillosas_[30].

Cuando no se quieren perder de vista las grandes divisiones naturales de la geografía física y su constante influencia en los destinos de los pueblos, reconócense en las épocas memorables de los progresos de la navegación del Mediterráneo de Este á Oeste las tres grandes cuencas parciales en que se subdivide la gran depresión de este mar, según he indicado ya en otra obra[31]. La cuenca del mar Egeo está limitada al Sur por una curva que pasa por Rodas, Candía, Cerigo y el cabo Meleo; la cuenca de las Syrtes tiende á cerrarse entre el cabo Bon, la isla Pantelaria, el banco que M. Smyth nombra _Adventure Bank_ y el cabo Grantola, tendencia cuya acción continua acaba de demostrar la aparición de una nueva isla volcánica (isla de Graham). No debe olvidarse que esta reseña de geografía física presenta á Cartago fundada cerca del punto en que la cuenca tirrena (de Cerdeña y de las islas Baleares) se une á la cuenca jónica (de Malta y de las Syrtes), y que la Grecia comerciante dominaba á la vez por su posición en esta última cuenca y en la del mar Egeo. La expedición de Colæus de Samos[32] fué la que abrió á los griegos la tercera y más occidental de estas cuencas, terminada por las columnas de Hércules.

Desde que á la hipótesis del disco de la tierra nadando en el agua, sustituyó la idea de la esfericidad de la tierra, idea propia de los Pitagóricos (Hicétas, Ecphantos y Eraclides del Puente)[33] y de Parmenides de Elea; expuesta y defendida con admirable claridad por Aristóteles[34], no se necesitó grande esfuerzo de ingenio para entrever la posibilidad de navegar desde la extremidad de Europa y Africa á las costas orientales de Asia. Encontramos, en efecto, esta posibilidad claramente enunciada en el _Tratado del cielo_, del Stagirita (últimas líneas del libro segundo), y en dos lugares célebres de Strabón[35]. Por ahora basta enunciar aquí que ambos autores hablan _de un solo mar que baña las costas opuestas_. No considera Aristóteles la distancia muy grande, y deduce ingeniosamente de la geografía de los animales un argumento en favor de su opinión. Recuerda los elefantes que viven en las regiones extremas y opuestas, y así confirma (sea dicho incidentalmente) la antigua existencia de estos grandes paquidermos al Noroeste del desierto de Sahara[36]. Considera muy probable que además de la gran isla que forman Europa, Asia y Africa, existan en el hemisferio opuesto otras menos grandes[37]. Strabón no encuentra otro obstáculo para pasar de Iberia á las Indias que la desmesurada anchura del Océano Atlántico.

Las ideas que acabamos de exponer se conservaron y propagaron entre gran número de hombres notables á través de la Edad Media hasta la época de Colón. Verdad es que los escrúpulos teológicos de Lactancio, de San Juan Crisóstomo y de algunos otros Padres de la Iglesia, contribuyeron á impulsar el espíritu humano en un sentido retrógrado. Repetíanse las objeciones y las burlas que emplearon los epicúreos para combatir el dogma pitagórico y la esfericidad de la tierra. Por fortuna la generalidad no asintió á estas ilusiones. La _Topografía cristiana_[38] vagamente atribuída á un mercader de Alejandría, que se hizo fraile en el reinado del emperador Justiniano, y al cual llaman Cosmas Indicopleustes, nos da á conocer en forma sistemática las extrañas opiniones de los Padres de la Iglesia. Vuelve á ser la tierra una superficie plana, no un disco, como en tiempo de Thales, sino un paralelógramo rodeado de las aguas del Océano y simétricamente recortado por cuatro golfos (el mar Caspio, los golfos de Arabia y de Persia y el _Romanorum sinus_, es decir, nuestro Mediterráneo).

Según la enumeración que Strabón hizo clásica[39]: «Más allá del Océano que circunda los cuatro lados del continente interior, el cual representa el _área_ del tabernáculo de Moisés, hay situada otra tierra que contiene el paraíso y que habitaron los hombres hasta la época del diluvio.» Equivocadamente se ha querido comparar á América, esta tierra antediluviana, opuesta no á la Europa occidental, sino á toda la isla de forma cuadrilonga del antiguo continente.

Se ha supuesto que al llegar Cristóbal Colón á la embocadura del Orinoco reconoció en esta región el paraíso terrestre, según los dogmas de la _Topografía cristiana_; pero el Almirante no menciona para nada á Cosmas, ni en la carta que en 1498 dirigió á los Reyes Católicos, fechada en la isla de Haïtí, carta llena de rasgos de pedantesca erudición, ni en el libro de las _Profecías_. Para situar el paraíso en la América del Sur no tuvo otros motivos que la abundancia de las aguas dulces que la riegan, la belleza de un clima que, sobre el mar, parecióle singularmente templado y la extraña hipótesis[40] de una protuberancia irregular de la tierra hacia Occidente, donde «la costa de Paria está más próxima á la bóveda celeste que España».

Acaso sea más exacta la conjetura de que en la cosmología de Dante (mezcla de ideas cristianas y árabes) esta tierra habitada sólo por la _prima gente_, y á la cual se llega saliendo del Estrecho y navegando entre Sibilia y Setta (Sevilla y Ceuta), primero de Este á Oeste _dietro al sole_, y después al Sudoeste, está relacionada con la cosmología de algunos Padres de la Iglesia, del modo que Cosmas (si efectivamente hubo un monje así llamado) la sistematizó. Pero Dante, muy erudito y filósofo, admitía la esfericidad de la tierra, y el paraíso que coronaba la cima de la montaña del _purgatorio_ está situado, según él, en medio de los mares del hemisferio austral, en los antípodas de Jerusalén[41].

El mapamundi del Indicopleustes llama la atención por su ingenua y bárbara sencillez. Producto del siglo VI, apenas presenta la imagen de los primeros ensayos geográficos de los griegos, y muy bien puede creerse que, á pesar de ser más de trescientos años posterior á Claudio Ptolomeo, es muy inferior al Pinax de Hecátea que el tirano Aristagoro[42] llevó á Esparta.

El autor de la _Topografía cristiana_, á quien se debe la interesante inscripción del monumento de Adulis, tuvo, no obstante, el mérito de saber que las costas del país de los Tzines[43], de donde viene la seda, están opuestas al Levante y bañadas por un mar oriental. Este fué el primer paso dado para rectificar las ideas acerca de la posición de la India y de la China (país de los Tzines) y de la dirección de las costas de Asia, hacia las cuales bogaba la expedición de Colón[44].

Inspirado por los árabes, por los cosmógrafos italianos y alemanes, por las narraciones de Marco Polo, que le transmitió Toscanelli, y sobre todo por las obras del cardenal Pedro d’Ailly, el gran navegante bebía en fuentes que le proporcionaban abundantes motivos para la ejecución de su proyecto y le animaban á buscar el Levante y las preciosas especias por la vía de Poniente.