Part 17
Pocas semanas hace que Mr. Link me ha dado á conocer un pasaje de la _Historia del Reino de Portugal_, por _Manuel de Faria y Sousa_[425], que detalladamente refiere la tradición de la estatua ecuestre. «En las Azores, en la cumbre de un monte que llaman _del Cuervo_, fué hallada una estatua de un hombre puesta á caballo en pelo, con la mano izquierda apoyada en las crines del caballo y la derecha _señalando á Poniente_. La estatua descansaba en una losa[426] de la misma clase de piedra. Más abajo estaban grabadas en la roca algunas letras desconocidas.»
Como el historiador habla de los descubrimientos hechos desde 1447 á 1471, parece referirse su noticia á que los portugueses vieron este monumento cuando por primera vez llegaron á la isla montañosa del Cuervo. La fecha de este suceso es, sin embargo, incierta[427], pues unos suponen que ocurrió en 1447 y otros en 1460. ¿Cómo es posible creer que los contemporáneos de Cristóbal Colón, que tan minuciosamente hablan de troncos de pinos arrojados por las corrientes á las costas de las islas Graciosa y Fayal, de cadáveres de hombres de raza desconocida, depositados por el oleaje en la arenosa playa de la isla de Flores, próxima á la de Corvo, no tuvieran noticia alguna de hecho tan extraordinario?
Un viajero muy ingenuo, que hace poco publicó su viaje, Mr. Boid, disipa en parte estas dudas. Durante su larga permanencia en las islas grandes del archipiélago de las Azores, adquirió las siguientes noticias relativas á Corvo: «Es la más pequeña de las nueve islas; fórmala una montaña con dos picos gemelos, y se llama Corvo (Cuervo), porque, vista de lejos, toda ella parece negra[428]. Entre la multitud de absurdos que divulgan sus pobres y supersticiosos habitantes, es uno asegurar formalmente que á su isla se debe el descubrimiento del Nuevo Continente, porque un promontorio que avanza en el mar hacia el NO., _presenta la forma_ de una persona que alarga la mano hacia Occidente. La Providencia, añaden ellos, quiso que este promontorio de Corvo tenga dicha forma extraordinaria para anunciar (á los marinos europeos) la existencia de otro mundo. Comprendiendo é interpretando Colón esta señal, se lanzó en el camino de los descubrimientos (hacia el Oeste).» He aquí, pues, la estatua ecuestre reducida á un fenómeno natural.
Concíbese que una de esas configuraciones grotescas é _imitativas_ tan frecuentes en las rocas volcánicas de basalto, traquita y pórfido anfibolítico, pueda engendrar el cuento de una estatua ecuestre que los eruditos no tardaron en atribuir á los cartagineses ó á los fenicios, quienes, según sabemos por Strabón, no eran muy aficionados á mostrar el camino de los descubrimientos á los pueblos rivales.
Los nombres de _fraile_, _monja_, _gigante_, dados en casi todas las regiones alpinas de la América española, sea á rocas aisladas, sea á cráteres de montañas, confirman esta probabilidad, y entre marinos las ilusiones fantásticas son más comunes, porque el aspecto de un litoral les produce impresiones más fuertes y duraderas.
Corvo no es en absoluto el punto más occidental del archipiélago de las Azores, pues está á 3′ 5ʺ en arco más oriental[429] que Flores; pero al volver los buques del Brasil, de Méjico y de las Antillas, favorecidos por el Gulf Stream (corriente de agua caliente del Atlántico), pasan con preferencia á la vista de la isla más septentrional, la de Corvo.
La forma de una roca del cabo noroeste no pudo recibir su significación misteriosa sino después del descubrimiento de América y en una época en que el comercio era más activo y el mar de las Azores estaba más frecuentado. Esta circunstancia puede explicar hasta cierto punto el silencio de los autores de los siglos XV y XVI; pero también puede ser que, en un archipiélago representado ya en el mapa de Bianco con la denominación árabe de BENTUFLA, haya contribuído alguna noción vaga de tradiciones conservadas entre los geógrafos orientales (el scherif Edrisi, Ebn-al-Uardi y Abdorraschid ó Bakui) á dar celebridad á la forma rara de la roca de Corvo.
Pláceme observar la filiación no interrumpida de las ideas que desde la más remota antigüedad griega, hasta los portulanos del veneciano Pizzigani, han atravesado la Edad Media, y que los árabes transmitieron á los geógrafos de Italia; aunque sea raro poder seguir con certidumbre un mismo mito geográfico en la dirección de Oriente á Occidente. Comencemos por las columnas de Hércules, que en tiempos aun más antiguos eran llamadas de Saturno ó de Briareo.
Al hablar Strabón de la fundación de Gades por los Tyrios, discute con mucha sagacidad y despreocupación lo que debe entenderse por el nombre de _columnas_, y pregunta si fueron monumentos levantados por mano del hombre, que dió su nombre á los sitios junto á los cuales los colocó. Habla con este motivo «de altares, de torres y de columnas» á propósito para los límites de un viaje (lib. III, pág. 171); pero el geógrafo de Amasia no emplea las palabras _imagen_ ó _estatua_ de Hércules. Estas palabras pertenecen á un pasaje de un comentario que Eustathes añadió al texto de Dionisio de Charax, el Periegetes[430].
Sabido es que los árabes se ocuparon mucho de Hércules, á quien sin cesar confundían con Alejandro, ó mejor, con un personaje bicornio, Dhulcarnaïn, que abrió el estrecho de Cádiz, y cuya era asciende al tiempo de Abraham. El geógrafo de la Nubia, cuyos testimonios reuno en una sola nota[431], refiere que había seis estatuas colocadas en las orillas del mar; la más oriental en Andalucía, en Gades; las otras en las islas del mar Tenebroso, en las Canarias (_Khalidât_), haciendo señal á los navegantes para que no fueran más allá.
Yakuti, natural de Baku y que por ello se le llama Bakui, dice lo mismo: «Las islas _Khalidât_ (él las llama Dgialidat), situadas á la extremidad del Mogreb (de Africa), donde los sabios fijan el primer grado de longitud, son en número de seis. En cada una de ellas hay una estatua de cien codos de altura, que es como un fanal, para dirigir los barcos y hacerles saber que más allá no hay camino.»
Comparando estos dos pasajes de Edrisi y de Bakui con otro de la geografía de Ebn-al-Uardi[432], donde dice claramente «una de las estatuas colocadas en las islas Khalidât ó Canarias, sobre la cumbre de una montaña, por Saad Abukarb, el Hermiarita, _el mismo que Dhulcarnaïn_», se ve que el mito de los geógrafos árabes se refiere al Hércules de los orientales. Admitiendo seis estatuas ó imágenes de Hercules, se multiplicaban las _marcas ó señales_ para los navegantes, como Palephatos (cap. 32) y Hésychio multiplican las _columnas_ hasta el número de 304.
También como reminiscencia de estas tradiciones árabes, según observa juiciosamente Mr. Buache, puso Pizzigano, en el siglo XIV, en un mapa de su portulano y entre las islas _Brazie_ ó Azores, un medallón tras del cual aparece una figura con una banderola en la mano en la que hay una inscripción, y haciendo señales hacia el Este con la otra mano, sin duda para detener á los navegantes[433].
Se ve, pues, cómo el límite de estos parajes «quæ non amplius navigabiliæ sunt propter brevitatem maris et cænum et algam» ha ido retrocediendo progresivamente hacia el Oeste. La astucia de los fenicios lo colocó primero junto á las columnas de Hércules; Scylax lo señala cerca de Cerné (Gauleón); la Edad Media, siguiendo las huellas de los árabes, cerca de Azores, donde el banco de fucus (el mar de Sargazo) fué visto antes de Cristóbal Colón.
Conforme á la serie de hechos, ó mejor dicho, de opiniones que acabo de exponer, parece ser, al menos, muy probable que las imágenes de Hércules y la supuesta estatua de Corvo pertenezcan á un mismo ciclo de geografía sistemática. Pero la dirección de la mano, el gesto, debió cambiar desde que el intrépido genovés hizo desaparecer el temor á los escollos del mar Tenebroso.
Antes de terminar lo relativo al Archipiélago de las islas Azores, añadiré algunas reflexiones acerca de las monedas fenicias encontradas en la isla de Corvo y descritas por Mr. Podolyn, y del monumento de la isla de San Miguel, de que habla el cosmógrafo Andrés Thevet.
Refiere Mr. Podolyn que, durante una tempestad, la resaca de las olas puso al descubierto una gran vasija rota, dentro de la cual había algunas monedas. Las llevaron á un convento, donde, desgraciadamente, fueron distribuídas muchas entre personas curiosas. Nueve de ellas las enviaron á Madrid al P. Flores, quien las regaló á Mr. Podolyn. No cabe duda, en vista de los dibujos publicados en las Memorias de la Sociedad de Gothemburgo, que estas monedas de oro y cobre, donde figuran una cabeza de caballo, un caballo completo ó una palmera, son unas cartaginesas y otras cyrenaicas, y recientemente han sido comparados sus dibujos con los de monedas conservadas en el gabinete del Principe Real de Dinamarca. Pero aun suponiendo que el hecho de la vasija rota, descubierta en la isla de Corvo, esté bien comprobado, no es absolutamente preciso admitir que los cartagineses hubieran llevado dichas monedas. Sabemos que los árabes y los normandos visitaron las Azores durante la Edad Media, y pudieron llevar consigo desde las costas de Sicilia ó de Túnez monedas púnicas ó cyrenaicas, porque de las primeras acuñaron gran número en Sicilia, principalmente en Panormo, fundada por los fenicios. Del mismo modo se han encontrado con frecuencia monedas árabes en las islas y en el litoral del Báltico.
De estas dos hipótesis, la segunda, ó sea la del transporte de las monedas por los árabes ó por los normandos, es la que ha parecido más probable á Malte Brun[434]. Debería sorprender, sin embargo, que navegantes de la Edad Media hubieran depositado en las Azores solamente monedas púnicas y cyrenaicas, sin mezcla de ninguna otra de distinto origen. Como la fuerza de los vientos logra con frecuencia dominar la de las corrientes, no se puede negar en absoluto que, haciendo el comercio del estaño y del electrum, algunos barcos fenicios ó cartagineses se desviaran de su ruta á través del Sinus Œstrymnicus, y fueran llevados á las costas de las Azores; pero ¿cómo es posible encontrar la huella de tal suceso en la isla casi más occidental del Archipiélago, donde toca la parte del Gulf Stream que se dirige de Oeste á Este? ¿Pasaron los barcos más allá de las Azores al Norte del paralelo de 40° y entraron en la corriente al Oeste de Corvo y de Flores? La solución sería más fácil si la vasija hubiera sido descubierta en las islas de Santa María y San Miguel, las más orientales del Archipiélago de las Azores.
Al nombrar esta última isla, debo referir un hecho íntimamente ligado con el asunto que examinamos. Andrés Thevet, cosmógrafo del rey Enrique III, visitó en la segunda mitad del siglo XVI las fuentes termales de la región de San Miguel, trastornada por erupciones volcánicas en 1449, cerca de la Algoa da Sete Cidades, y con su estilo ingenuo y difuso[435] describe las cavernas donde, al llegar por primera vez los portugueses, vieron «un monumento de piedra de doce píes de largo, en el que había esculpidas dos grandes culebras y letras hebraicas, que leyó, pero no interpretó, un moro natural de España, hijo de judío.»
Como Thevet, que formalmente traduce Insulæ Accipitrum (Azores) por _Islas del Viento_, es uno de los viajeros más desprovistos de crítica, nada nos dice acerca del año en que esta caverna fué murada, y cómo pudo copiar el moro una inscripción que, como ingeniosamente observa Mr. Viken[436], podía muy bien tener algunos nombres propios numídicos ó púnicos. Inútil es, por tanto, insistir en un hecho cuya verdad no se puede comprobar. Parece natural que si el moro inventó la inscripción, le hubiese dado un sentido preciso y sentencioso, expresado en caracteres hebraicos.
El recuerdo de las islas del Brasil ó _Brazie_, que durante tanto tiempo anduvieron errantes en los mapas, se ha conservado hasta nuestros días en _Brasil Rock_, señalado en los bellos mapas ingleses de Purdy, 6° al Oeste de la extremidad más austral de Irlanda.
En los mismos parajes, ó más bien, entre Irlanda, Terranova y las Azores aparecen desde principios del siglo XVI en los mapas de Juan de la Cosa (1500), de la edición de Ptolomeo (1522) y de Rivero (1529) con igual incertidumbre de posición, Mayda ó Asmaïdes[437] é Isla Verde. Una y otra están señaladas en los mapamundi modernos, con los nombres de Mayda y Green Roke, como _peligros_ inciertos.
XXI.
Probables comunicaciones entre ambos mundos, á causa de las corrientes atmosféricas y oceánicas.
Acabamos de ver de qué suerte se mezcla en las tradiciones geográficas y en las relaciones de los viajeros, á los recuerdos de los descubrimientos reales y positivos, lo que sólo es pura ficción, y que el imperio de ésta, basado en creencias de la más remota antigüedad, se extendió en la Edad Media sobre todo hacia el Occidente. Si dicha nueva dirección, y el inveterado error de la extensión de Asia hacia el Oriente, abrieron la vía para los descubrimientos de Colón, otras causas, poco importantes en la apariencia y hasta ahora mal explicadas, no contribuyeron menos á inspirar confianza al marino genovés.
Pongo entre estas causas que le alentaron, el hecho tan conocido de los objetos arrojados por el mar sobre las costas de las Azores, de Porto Santo, y de las islas Canarias, y considerados como indicios de la probable existencia de tierras habitadas en las regiones occidentales.
Algunas consideraciones de geografía física que el estado actual de los conocimientos nos permite exponer, aclararán de nuevo el indicado fenómeno.
«Afirmábase el Almirante en este pensamiento (el de descubrir islas ó tierra para continuar con más facilidad sus designios), dice D. Fernando Colón (_Vida del Almirante_, cap. VIII), con la lección de algunos libros de ciertos filósofos, que decían, como cosa sin duda, que la mayor parte de nuestro globo estaba seca, de que infaliblemente se seguía haber más tierra que agua. Demás que oyó decir á muchos pilotos hábiles, cursados en navegación de los mares occidentales, á las islas de los Azores y á la de Madera, por muchos años, cosas que le persuadían de que él no se engañaba, y que había tierras desconocidas hacia Occidente. Martín Vicente, piloto del Rey de Portugal, le dijo que, hallándose á 450 leguas hacia Occidente del cabo de San Vicente, había sacado del agua un madero perfectamente labrado, y no con hierro, que el viento de Poniente había traído; y concluía, que en esta parte había infaliblemente algunas islas no conocidas. Pedro Correa, cuñado del Almirante, le dijo que él había visto hacia la isla de Puerto Santo una pieza de madera, semejante á la primera, venida de la misma parte de Occidente; y añadía saber del Rey de Portugal que hacia la misma isla se habían hallado en el agua cañas tan gruesas, que de nudo á nudo cabían en ellas nueve garrafas de vino.» Herrera (déc. I, lib. I, cap. II) asegura que el Rey había conservado estas cañas y se las mostró á Colón. Ptolomeo en el lib. II[438] de su _Cosmografía_, dice, en efecto, que hay cañas enormes en las partes orientales de las Indias.
Los habitantes (colonos) de las Azores decían que, cuando el viento soplaba del Oeste, el mar arrojaba, especialmente en las costas de las islas Graciosa y Fayal, pinos de una especie desconocida. A estos indicios añadían algunos que un día encontraron en la playa de la isla de Flores dos cadáveres de hombres con facciones y fisonomía completamente distintas de los de nuestras costas. (Herrera, acaso tomándolo de los manuscritos de Las Casas, dice que aquellos cadáveres de cara larga no parecían ser de cristianos.)
Los habitantes del cabo de la Verga[439] dijeron también á Colón «que habían visto _almadías_ ó barcas cubiertas, llenas de hombres de una raza de que nunca oyeron hablar.»
El transporte de estos objetos (bambúes, troncos de pino, cadáveres humanos, barcas llenas de personas vivas), depositados por las aguas del Océano en las playas de las islas Azores, fueron atribuídos, según hemos visto en el párrafo copiado de la _Vida del Almirante_, á la acción de los vientos del Oeste. Esta explicación no es satisfactoria, por no fundarse en hechos bien observados. La verdadera causa del transporte es la gran corriente de agua caliente conocida con el nombre de _Gulf_ ó _Florida Stream_. Los vientos del Oeste y del Noroeste no hacen más que aumentar la velocidad media del río pelásgico, prolongar su acción hacia el Este, hasta el golfo de Vizcaya y mezclar las aguas del _Gulf Stream_ con las de las corrientes del estrecho de Davis y del Africa septentrional[440]. El mismo movimiento oceánico que en el siglo XV arrojaba bambúes y pinos en el litoral de las Azores y de Porto Santo deposita[441] anualmente en Irlanda, en las Hébridas y en Noruega semillas de plantas tropicales (Mimosa scandens, Guilandina bonduc, Dolichos urens), algunas veces hasta toneles bien conservados llenos de vino de Francia, restos de cargamentos de barcos naufragados en el mar de las Antillas. Los restos del buque de guerra _The Tilbury_, que se incendió cerca de Jamaica, llegaron por el _Gulf Stream_ á las costas de Escocia. Y aun hay hechos más notables: barriles de aceite de palma que formaban parte de un cargamento de barcos ingleses, naufragados en cabo López, en las costas de Africa, fueron arrojados á las mismas costas después de atravesar dos veces el Atlántico, una de Este á Oeste entre los grados 2 y 12 de latitud á favor de la corriente ecuatorial, y otra de Oeste á Este, por medio del _Gulf Stream_, entre los 45° y 55° de latitud. Durante las calmas, esta última corriente, viniendo del cabo Hatteras, termina en el meridiano de la gran banda de sargazo (Fucus natans), colocado un poco al Oeste de Corvo; pero cuando empiezan á dominar los vientos del Oeste ó por otras causas meteorológicas eleva la corriente el nivel de las aguas en el golfo de Méjico ó en el canal de Bahama, _Gulf Stream_ envuelve las islas de Corvo y de Flores, dividiéndose en dos brazos, uno que va hacia el NE. y otro hacia el SSE.[442].
Las islas Graciosa y Fayal, que nombra Colón particularmente como puntos donde el mar arrojaba troncos de pinos de una especie desconocida, son las más próximas á las de Corvo y Flores, y, por tanto, las primeras que reciben lo que la corriente lleva, cuando á los 30¾° y 32½° de longitud occidental se inclina hacia el SSE. Estos pinos procedían, sin duda, ó de las pequeña _Isla de Pinos_ en el banco de la Tortuga al Oeste de las _Mártires_, ó de la parte NO. de la isla de Cuba, donde cerca de Cayo de Moa[443], vió Colón por primera vez, y con grande admiración, la primera conífera de los trópicos, ó de las costas de Santo Domingo donde, según la observación de M. Barataro, cerca del cabo Samana, descienden los pinos hasta la llanura.
Más sorpresa podrían causar las cañas de bambú (_guadua_ de las Antillas y de toda la América equinoccial), llevadas por las corrientes á las costas de Porto-Santo, porque alrededor de esta isla las aguas se mueven generalmente hacia el S. y SSE. y reciben la misma dirección desde el paralelo del cabo de Finisterre.
Pero un ejemplo que data del principio de mi viaje á América prueba que de vez en cuando el _Gulf Stream_ de las Azores comunica con la _corriente de Guinea_ ó del Norte de Africa, y lleva troncos de árboles del nuevo continente hasta las islas Canarias. Poco antes de mi llegada á Tenerife el mar había depositado en la rada de Santa Cruz un tronco de Cedrela odorata, cubierto de corteza y líquenes, árbol americano que no puede confundirse con ningún otro, que sin duda había sido arrancado de la costa de Paria ó de la de Honduras siguiendo el gran _vortex_ del golfo de Méjico y del canal de Bahama.
En el estado medio de los movimientos del Atlántico[444], los ríos pelásgicos, que distinguimos con los nombres un poco vagos de _Gulf Stream_, corriente equinoccial y corrientes del golfo de Guinea, del Brasil y del Africa meridional, están separados por aguas tranquilas ó estancadas que sólo obedecen al impulso local de los vientos; pero por la reunión fortuita de causas meteorológicas á veces muy lejanas, se ensanchan y prolongan los ríos pelásgicos, inundando, por decirlo así, espacios de mar faltos de movimientos propios de translación. En estos casos las corrientes de distintos nombres se mezclan temporalmente entre sí, y producen fenómenos que debieron sorprender en época en que la geografía física de la cuenca del Atlántico era menos conocida que ahora.
En la _Historia del descubrimiento de las islas Canarias_, de Jorge Glas, publicada en 1764, leemos que, pocos años antes de su publicación, un barco pequeño cargado de trigo, al pasar de la isla de Lanzarote á la rada de Santa Cruz de Tenerife, fué arrastrado por una tormenta fuera del archipiélago de las Canarias. La corriente equinoccial y los vientos alisios le llevaron hacia el Oeste, encontrándole un barco inglés á dos días de distancia de la costa de Caracas y salvando á los marineros canarios que habían sobrevivido, á quienes surtió de agua y condujo al puerto de la Guaira[445].
Suceso semejante ocurrió en 1731 á un barco cargado de vino y de algunos comestibles que iba desde Tenerife á la Gomera: durante muchos días lucho con vientos contrarios, y abandonado á las corrientes, llegó con seis hombres de tripulación á la isla de la Trinidad, frente á la costa de Paria[446]. La comunicación establecida entre la corriente del África septentrional, dirigida hacia el Sur, y la corriente equinoccial dirigida hacia el Oeste, obraban, pues, en sentido diametralmente opuesto al que llevó en los siglos XV y XVIII los troncos de bambú y de cedrela á Porto Santo y á Tenerife[447].
Respecto al hecho que más llama la atención, el de las _barcas cubiertas_, tripuladas por hombres de una raza de que nunca se había oído hablar, vistas en las islas Azores, la historia presenta muchos ejemplos exactamente iguales. James Wallace refiere en su _Historia de las islas Orcades_, que algunas veces, impulsados por las corrientes y los vientos del Noroeste, llegaron groenlandeses á aquellas islas, cuyos habitantes les llamaban _Finn-men_. Vióse uno de ellos en 1682 en la punta meridional de la isla de Eda, reuniéndose mucha gente para gozar de tan extraño espectáculo; pero cuando se le quiso coger, el groenlandés logró escapar. En 1684 apareció también un pescador americano, quizá el mismo, cerca de la isla Westram.
En la iglesia de la isla Burra se conserva una de estas canoas de esquimales, arrojada por una tempestad[448]. La distancia del trayecto debe calcularse en cuatrocientas leguas marinas, distancia que con una velocidad de siete á ocho nudos por hora, en tiempo tempestuoso, puede recorrerse en menos de siete días.
El cardenal Bembo, en su _Historia de Venecia_, cita el caso de un barco lleno de indígenas americanos, hallado por un buque francés que navegaba en el Océano, no lejos de las costas de Inglaterra[449].
Cuatro años antes, en 1504, algunos pescadores de Bretaña fueron sin duda llevados accidentalmente á las costas del Canadá[450].