Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 1 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI

Part 16

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La opinión del sabio Zurla[365], de que «la forma rectangular de la Antillia» prueba que es la Atlántida de Platón, no merece serio examen. En la extensa y verbosa topografía de la Atlántida, que presenta el Critias, jamás se habla del contorno general de esta isla, descrita como montuosa, cubierta de bosques, rica en aguas termales, donde pacen elefantes. Lo que Platón dice de la _forma tetragonal_ ó _cuadrada_ sólo se refiere á una llanura (τὸ πεδίον) de 3.000 estadios de larga y 2.000 estadios de ancha, situada en la parte meridional de la Atlántida. Esta llanura[366], que rodea la ciudadela de Neptuno, pertenece al monarca reinante; confina por el lado Sur con la mar, y al Norte, Este y Oeste linda con las propiedades de los nueve arcontes, terreno lleno de montañas y cuya forma no está designada. Además, aunque Platón dijera que la forma de la Atlántida era rectangular, no había motivo para suponer que, en el momento de su destrucción[367] se había quebrado la isla como un pedazo de espato de Islandia en fragmentos completamente semejantes y que la Antillía representaba uno de estos fragmentos.

Tampoco buscaremos los restos de la Atlántida en las formaciones que sirven de base á la creta de Inglaterra en las _arenas verdes_ y el _wealdclay_[368], ó, como se ha hecho más recientemente, «el plano de Méjico en el fortín de la Atlántida, que Neptuno rodea de fosos llenos de agua y de estrechas lenguas de tierra»[369]. La ciudad de Méjico, la antigua Tenochtitlán, fué fundada por los Aztecas en el lago Tezcuco, el año de 1325 de nuestra era, y se unía á las orillas del lago por medio de diques trazados en línea recta. Sin llegar á Solón ó al Peplum de las pequeñas Panatheneas, sería preciso atribuir á Platón, una previsión de diez y seis siglos y medio.

Digno es de notar que, á pesar de lo vivamente que impresionaron el ánimo de Colón la carta y el mapa de ruta de Toscanelli (Colón copia frases enteras de la carta en la introducción del Diario de su primer viaje), ni él, ni Gomara, ni Oviedo ó Acosta, ni los mapas de América ó los mapamundi añadidos á las ediciones de Ptolomeo desde 1508 mencionan la Antillia. Cuando Colón entra en el puerto de Lisboa el 4 de Marzo de 1493, no nombra la Antillia como punto de partida, dice que viene de Cipango.

Recapitulando cuanto sabemos acerca de los primeros descubrimientos de las islas de la India occidental, no veo en qué podría apoyarse la opinión de que Colón mismo llamó Antillia á las islas Caribes. El primer indicio de dicha aplicación lo encuentro en estas palabras de _Las Oceánicas_, de Pedro Mártir de Anghiera[370]: «In Hispaniola _Ophiram_ insulam sese reperisse refert (Colonus), sed cosmographicorum tractu diligenter considerato, _Antiliæ insulæ_ sunt illæ et adjacentes aliæ,» He aquí la denominación geográfica de Antillas en plural. Pero hay más; la única vez que se encuentra en las cartas de Amérigo Vespucci el nombre de Colón, va unido al nombre de Antillia. «Venimus ad _Antigliæ_ insulam quam paucis nuper ab annis Christophorus Columbus discooperint.» Estas palabras[371] están tomadas de la relación del (supuesto) segundo viaje de Vespucci, del que dice haber terminado el 8 de Septiembre de 1500.

La correlación que existe entre los acontecimientos prueba que el nombre de Antillia lo dió Vespucci á la isla Hispaniola, y que su relación es la del viaje que hizo con Ojeda; porque en el (supuesto) primer viaje, cuya fecha de partida fija Vespucci en 20 de Mayo de 1497 la Hispaniola se llamaba pura y simplemente _Ity_, corrupción sin duda de Aïty[372]. Bartolomé de las Casas nos dice que[373] eran los portugueses quienes aplicaban con preferencia á la Hispaniola el nombre de Antillia.

Estas aplicaciones de nombres geográficos eran muy arbitrarias en los primeros tiempos de la conquista. Schoner[374] toma todavía, en 1533, la ciudad de Méjico (Temistitlán) por el Quinsaï de Marco Polo, la célebre ciudad china de Hangtcheu-fu. Gomara, que no duda de la identidad[375] de la América y la Atlántida, hace derivar este último nombre de la palabra mejicana _alt_ (agua), fantasía etimológica repetida muchas veces en nuestros días, recordando además el nombre tártaro del Volga, Attel, la _grande agua_.

Por lo demás, con la denominación de islas Antillas ha sucedido, como con la de América. Estos nombres fueron propuestos, el primero, como hemos visto, por Anghiera, en 1493, y el segundo por Ylacomylus, en 1507, y sin embargo, fué preciso que transcurriera más de un siglo para que su uso se generalizara. Cristóbal Colón no dió jamás una denominación al conjunto de las _Islas de la India_ que había descubierto. En los primeros tiempos de la _conquista_ no se conocen más que los nombres de _Islas de Lucayos_[376] (las islas Bahamas) y de _Islas de Barlovento_[377] ó _Islas de los Caribes_ y _de los Caníbales_[378] aplicadas al grupo que se extiende desde la Trinidad á Puerto Rico (Boriken).

En los mapas de Juan de la Cosa y de Rivero no hay ni rastro del nombre de Antillas. La reseña italiana de todas las islas del mundo por Benedicto Bordone[379], no lo conoce, ni tampoco el _Isolario_, de Porcaccio[380], el _Ptolomeo italiano_, de Antonio Mangini, de 1598, la _Cosmographie_, de Andrés Thevet[381] y la _Descripción de las Indias occidentales_, del historiógrafo Herrera[382], terminada en 1615.

Es verdaderamente extraordinario, que después de tan largo olvido durante todo el siglo XVI, un nombre, que por primera vez había aparecido en un mapa de 1436, sea el que al fin haya prevalecido en Europa. Este nombre era sin duda más sonoro que el de islas Camercanas que conocemos por el _Breviario geográfico_ de Bert., y por el viaje de un religioso carmelita; pero ignoro en absoluto su etimología[383]. Probablemente lo que más contribuyó á poner el nombre de _Antillas_ en los mapas de América fué la gran celebridad de los mapas de Cornelio Wytfliet y del _Theatrum Orbis terrarum_ de Ortelio[384].

En cuanto al origen del _mito geográfico_ de la Antillia, de Andrés Bianco, preciso es distinguir, como en todos los mitos, el elemento ideal y la aplicación de este elemento á una localidad determinada. Un acontecimiento verdadero, una emigración por mar, cuando los árabes invadieron la península ibérica, dejó vagos recuerdos que han sobrevivido á las desgracias públicas. Los emigrados tuvieron quizá el deseo de ir á las islas Afortunadas, de buscar un asilo, como Sertorio cuando huía de las tropas victoriosas de Sila, y la imaginación de los pueblos, que embellece las tradiciones nacionales, trasladó un hecho histórico natural al país de las ficciones. Se suponía que los fugitivos habían fundado una colonia floreciente en el centro del Atlántico, pero cuando se supo, y no tarde, que dicha colonia cristiana no estaba en las islas Canarias, archipiélago muy visitado á causa del comercio de esclavos guanches, fué preciso suponerla más lejos y asignarle una posición determinada.

Descubiertas las Azores, ó mejor dicho, encontradas de nuevo varias veces, pudieron engendrar la idea de una tierra muy extensa, porque se suponía la continuidad de la costa correspondiente á distintas islas. En este sentido, yo creo que todo el archipiélago de las Azores ocasionó que se fijara la posición de la Antillia ó isla de los Siete Obispos y de las Siete Ciudades, pues no me atrevo á conjeturar, como M. Buache[385], que la Antillia de Bianco, ancha como España, sea la isla de San Miguel, por la única razón de que los portugueses, aun hoy, dan á una parte de esta isla el nombre de _Sete Citades_. Lo único que prueba esta denominación es que los navegantes y los colonos portugueses no olvidaban las antiguas tradiciones populares. El razonamiento de M. Buache nos llevaría también á buscar la Antillia y las _Siete Ciudades_ á la península del Yucatán ó al Norte de Méjico en el seno del Nuevo Continente.

Cuando admiró á Francisco Hernández de Córdoba (en 1517) el aspecto de los templos (_teocallis_) construídos con piedras labradas y la civilización de los pueblos del Yucatán; cuando descubrió las grandes cruces que adoraban, creíase generalmente, dice Gomara[386], «que los españoles que huyeron de su patria al ser invadida por los árabes, en tiempo del rey Rodrigo, llegaron á aquellas lejanas costas.»

En la expedición aventurera que hizo el Padre franciscano Marcos de Niza[387] á Cibola (el país de los bisontes, ó _vacas corcovadas_), más allá de los 36° de latitud, buscábanse también las _Siete Ciudades_; «al rey Taratax (especie de Preste Juan), que adoraba una cruz de oro y la imagen de una mujer, _Señora del Cielo_».

Si la isla Antillia hubiera sido igual á la de San Miguel de las Azores, no es probable que figurase en mapas que, como el de Bianco, presentan simultáneamente todo el archipiélago de las Azores[388]. Mejor se comprende que la Antillia, primitivamente señalada como una gran tierra por confundirse las costas mal conocidas de las Azores, fuera puesta al Oeste de dicho archipiélago cuando con precisión se reconoció su pequeñez y los contornos de cada una de las islas que lo forman. Para comprender bien la fuerza de este argumento preciso es recordar las fechas verdaderas de los descubrimientos hechos por los portugueses en la región templada del Océano Atlántico. Estas fechas son las siguientes: descubrimiento del escollo de las Hormigas, en 1431; de la isla de Santa María, 1432; de la de San Miguel, 1444; de Terceira, San Jorge y Fayal, 1449; de Graciosa, 1453. El descubrimiento de las islas más occidentales, Flórez y Corvo, parece ser anterior á 1449; pero esta fecha es menos precisa[389]. El mapa de Bianco estaba terminado[390] cuando el Infante, «guiado por mapas antiguos, sólo había hecho reconocer la isla de Santa María, la única cuyo suelo no es volcánico». Este mapa presenta á la vez los nombres árabes y cristianos: los de _Bentufla_[391] y San Jorge (_San Zorzi_), y sitúa con bastante corrección las nueve islas en tres grupos parciales; pero en vez de estar orientados estos grupos de Sudeste á Noroeste, se encuentran casi de Sur á Norte. El islote más lejano llámase ya _Corvos Marinos_. Los nombres de San Jorge y de Corvo no fueron, pues, dados por los portugueses en 1449, sino por otros pueblos de la Europa latina.

Los dos pueblos rivales y aventureros en la Edad Media, los normandos y los árabes, fueron, sin duda, los que entonces[392] propagaron noticias ciertas acerca del archipiélago de las Azores. Algunos historiadores[393] suponen en el siglo IX el descubrimiento hecho por los normandos. El geógrafo de Nubia, que es del siglo XII, conoce en el Atlántico (en el _mar Tenebroso_) «la isla de _Raka_, que es la de las _Aves_, habitada por grandes águilas ó buitres, que se alimentaban con pescados y volaban de continuo alrededor de la isla[394]. Ebn-al-Uardi[395] conoce, según parece, esta misma isla con el nombre de _Thouïur_ (ó de las Aves), y dice que las águilas rojas, provistas de enormes garras, se reunen allí y cazan lejos de las costas en plena mar. Un rey de los francos (según dice Hucaïli) envió á dicha isla un barco para ver aquellas aves; pero el buque naufragó».

Los comentadores de los geógrafos árabes reconocieron desde hace largo tiempo que la denominación de isla de los Azores (_Insule Accipitrum_) no es más que la traduccion portuguesa de islas de los Buitres, ó de los Halcones de Edrisi.

Las tres islas del Brasil (Brazie, Brazir ó de Mayotas), que señalan casi todos los portulanos[396] del siglo XIV (por ejemplo, el de Pizigano, trazado en 1367) entre los paralelos del cabo de San Vicente y de Irlanda, son, sin duda, también islas del grupo Raka y de las Azores[397]. Quizá el nombre mismo de Antillia, que por primera vez aparece en un mapa veneciano de 1436, es sólo una forma portuguesa dada á un nombre geográfico de los árabes. La etimología que se arriesga á dar M. Buache paréceme muy ingeniosa, y, sobre todo, resulta probable si se la adapta con alguna más precisión al carácter propio de las lenguas semíticas. «En el número de las islas desconocidas que describe Edrisi (Pars prima, Climatis tertii, p. 71), y que son, al parecer, dice M. Buache[398], las Azores, hay una llamada _Mustaschin_; Ebn-al-Uardi la llama Tinnin[399], lo cual significa isla de las Serpientes. Es creíble que la palabra Antillia tenga la misma significación, y que se derive de la palabra _tinnin_, como la de _Anjuan_ se deriva de la de _Juan_, que se encuentra en muchos mapas antiguos». La última analogía no es afortunada. La sílaba inicial paréceme mejor una corrupción del artículo árabe de Al’-Tinnin, y de Al-tin se habrá hecho poco á poco Antinna y Antilla; como, por un cambio análogo de consonantes, los españoles hicieron, de _crocodile_, _corcodilo_ y _cocodrilo_. El dragón se llama en árabe _Al Tin_, y la Antilia es quizá la isla de los Dragones Marinos[400]; interpretación que parece confirmada por la figura de hombre que es arrastrado hacia el mar por un grupo de serpientes, figura puesta por Pizigano cerca de su isla de _Brazir_, y por las grandes serpientes esculpidas en un monumento hecho de piedra, de que habla Thevet, asunto que discutiremos más adelante. También puedo citar la isla _Danmar_ (isla del vaso ó receptáculo de serpientes), que el mapa de Bedrazio, de que antes he hablado, sitúa al lado de Antillia[401].

La palabra Antillia, sustituída por _Antilha_, puede, sin duda, descomponerse en dos palabras portuguesas: _ante_ é _ilha_; pero, conforme á la analogía de Antiparos, Anticirrha y Antibacchus[402], significa, no lo que es opuesto á un continente, sino á otras islas[403]. Nunca pusieron un nombre tan general y dogmático los marinos, que _individualizan_ todo, y atienden con preferencia á las condiciones de forma, de color ó de producciones.

La lectura de los últimos capítulos de Marco Polo podía infundir esperanzas á un geógrafo teórico, como lo era Toscanelli, de que, navegando desde Portugal hacia el Oeste, se encontraría, antes de llegar al continente de Asia, la larga serie de islas que se extiende desde Zipangu á Selendiv; pero ¿por qué dar á una sola grande isla, que se suponía situada en el archipiélago de las Azores, ó cerca de él, el nombre sistemático de Antilha?

Un literato distinguido creyó descubrir recientemente la explicación del enigma en un pasaje de la obra de Aristóteles _De Mundo_[404], que antes he examinado, y que trata de la existencia probable de tierras desconocidas opuestas á la masa de continentes que habitamos. «Estas tierras, grandes ó pequeñas, cuyas orillas están frente á las nuestras, encuéntranse señaladas, dice, con la palabra _antiporthmoi_, que en la Edad Media se tradujo _Antinsulæ_.»

Esta traducción es, para mí, injustificada. La Beocia y la Eubea, separadas por un estrecho (el Euripo), son recíprocamente _antiporthmoi_, y la palabra portuguesa inusitada de _Antilha_ no tiene significación en griego. La traducción latina del libro _De Mundo_, atribuída á Apuleyo, no ha podido dar origen á la denominación de Antínsula, porque Apuleyo no fijó bien la atención[405] en la palabra ἀντίπορθμος, y su libro es, además, una paráfrasis, suprimiendo ó añadiendo lo que se le antoja[406].

XX.

La isla Bracie (Berzil). -- La estatua de las Azores. -- Las monedas halladas en la isla Corvo. -- El monumento de la Isla de San Miguel.

Ya he indicado antes las relaciones de posición y de origen que existían en la Edad Media entre el grupo de las Azores y las islas que aparecen en los mapas italianos desde 1351 hasta 1459 con los nombres de _Bracie_[407], _Brasil_[408] y _Berzil_[409].

En sus sabias investigaciones acerca del _Milione_ de Marco Polo, el conde Baldelli ha hecho renacer la idea de que el nombre de Bracie, convertido en Brasil, se refiere al fuego volcánico de las Azores, y por ello véome precisado á entrar sobre este punto en algunos detalles etimológicos. Procuraré ser breve, recordando, sin embargo, que el examen filológico á que el geógrafo somete los nombres de las islas, de los ríos y de los pueblos, sirve frecuentemente para descubrir su identidad en gran número de mapas y para impedir la duplicidad de denominaciones[410].

Tres siglos antes de la expedición de Gama, cuando el comercio con la India hacíase por la vía terrestre, en Italia y en España era conocida con los nombres de _bresill_, _brasilly_, _bresilji_, _braxilis_ y _brasile_ una madera roja á propósito para teñir las lanas y el algodón. Muratori[411] ha comprobado este hecho por medio de las tarifas de la Aduana de Ferrara de 1193 y de las de Módena de 1306.

Los documentos publicados por el Sr. Capmany[412], relativos al antiguo comercio de los catalanes, no permiten dudar de la importación de la madera de tinte ó brasil en España desde 1221 á 1243, y desde el siglo IX era conocida esta preciosa producción del Malabar y del Archipiélago de la India. Abuzeid-el-Hacen, natural de Siraf, uno de los dos viajeros árabes cuyos itinerarios ha publicado Renaudot, elogia la madera roja de la isla Ramni ó Sumatra. El geógrafo de Nubia[413] menciona también la misma madera de tinte entre los objetos de comercio de la isla Alrami que se cree sea la misma Sumatra, aunque la sitúa á tres días de navegación de Ceylán ó Selan-dib (Sarandib). El texto árabe llama _bakkam_[414] lo que las traducciones latinas denominan _bresillum_.

Marco Polo conoció la madera colorante llamada _verzino_, pero sólo la nombra una sola vez, y no para indicar el sándalo rojo, del cual dice que hay bosques en la isla de San Lorenzo (Madagascar), sino para comparar al _verzino_ una planta de Sumatra que se cogía cada tres años y de la cual sembró semilla, sin buen éxito, en el territorio veneciano[415].

M. Marsden supone[416] que la madera de Bresil de la Edad Media, la de las Indias Orientales, era el _sapang_ de los malayos (Cæsalpinia sapan); pero creo probable que los árabes introdujeran en el comercio muchas especies de madera roja con el nombre de _bakkam_, sobre todo la madera de _chandana_ (Pterocarpus santalinus), que en Bengala lleva también el nombre persa de _bukhum_[417] y de la cual ha extraído M. Pelletier la verdadera laca roja.

Vimos anteriormente que desde el siglo XIV las islas del Atlántico, pertenecientes probablemente al Archipiélago volcánico de las Azores, aparecían en los mapas con los nombres de Bracie, Berzil y Brasil. Pedro Coppo da Isola supone en su Portulan[418] de 1528 que Cristóbal Colón, antes de llegar á las costas de América, tocó «en las islas Ventura, Columbo y Brasil.» A primera vista parece seguro reconocer en uno de estos nombres geográficos el de un bosque de madera roja de la India; pero ¿cuál puede ser el árbol que, en un grupo de islas cuya flora se parece á la de Portugal, ocasione tan extraña equivocación?

Como el mapa de Pizigano de 1367 dice _yxola Brazie_ (no Brazir) _seu Mayotas_, M. Buache opina, en su Memoria relativa á la Antillia, «que Mayotas, Braçir y Tercera son sinónimos y designan país arrasado por los volcanes.» Confieso no adivinar la etimología en que puede fundarse para suponer que la primera y la tercera de estas denominaciones significan país arrasado por los volcanes.

Los portugueses creen generalmente (y doy su opinión sin garantizar la exactitud) que el nombre de _Terceira_ indica la _tercera isla_ descubierta (en 1449) después de las islas Santa María y San Miguel. En esta interpretación no se cuentan para nada las Hormigas vistas por Gonzalo Velho Cabral en 1431.

El conde Baldelli ha hecho revivir la opinión del geógrafo francés, declarando más probable la explicación vulgar, la de la analogía de nombre con una madera tintórea de la India. Yo no veo nada _ardiente_ en los nombres de Mayotas y de Tercera; pero convengo en que Brazie recuerda las palabras de la Europa latina, braise (francesa), braza y braseiro (portuguesas), brasero y braciere (española é italiana)[419].

Ignoramos de qué idioma de Asia en la Edad Media se tomó el nombre de la madera de tinte _brazilli_ ó _braxilis_, ó si estas denominaciones, como las de índigo, de campeche ó de jalapa, indican localidades de origen. Lo extendida que estuvo en los antiguos tiempos la civilización de la India en el gran Archipiélago de Asia, induce á acudir á las raíces del _sanscrito_, raíces en las cuales la significación de _rojo_ y de _fuego_ se confunden[420]. Revisando los diarios de ruta y las cartas de Colón, ni una sola vez encuentro el nombre de _palo del brasil_. Es seguro, sin embargo, que desde 1495, y, por tanto, mucho tiempo antes del descubrimiento de la _Terra Sanctæ Crucis_, que hoy llamamos Brasil, una cæsalpinea de Santo Domingo (la _cæsalpinia brasiliensis_) fué tomada por el _braxilis_ de las Grandes Indias; el _bakam_ del comercio de los árabes.

Cuenta Anghiera, en el lib. IV de la primera década de las _Oceánicas_, que en el segundo viaje de Colón encontróse en Haïti «Sylvas inmensas, quæ arbores nullas nutriebant alias præterquam coccineas quarum lignum mercatores Itali _verzinum_, Hispani _brasilum_ apellant.»

En el tercer viaje de Colón (déc. I, lib. 9, pág. 21), cargaron en la costa de Paria tres mil libras de Brasil «superior al de Haïti».

Vicente Yáñez Pinzón, de cuyo itinerario nos ha conservado Grinæus un fragmento, llama en 1499 estos árboles vistos en Paria (Payra) «bosques de sándalo rojo».

A medida que los descubrimientos se extienden al Sur del cabo de San Agustín, sobre todo después que Pedro Alvarez Cabral tomó posesión en Mayo de 1500 de la _Tierra de Santa Cruz_, aumentó la actividad del comercio de madera roja del continente americano.

En la cuarta expedición de Vespucci, en la que naufragó uno de los barcos en los escollos que rodean la isla de Fernando Noroña, tomaron en 1504, cerca de la bahía de Todos los Santos, un cargamento de madera de bresil[421]. Tan importante llegó á ser ya este comercio en 1510, que el Gobierno español[422] prohibió la importación de todo _brasil_ que no procediera «de las Indias (occidentales) pertenecientes á los dominios de Castilla.»

Todo el mundo sabe que poco á poco, en la primera mitad del siglo XVI, la abundancia de esta madera tintórea hizo cambiar el nombre de _Terra de Sancta Cruz_ dado por Cabral en _Terra de Brasil_. «Cambio inspirado por el demonio, dice el historiador Barros[423], porque la vil madera que tiñe el paño de rojo no vale lo que la sangre vertida por nuestra salvación.» De esta suerte el nombre _Brasil_ pasó desde el Archipiélago de Asia á un cabo de la isla Tercera[424], y desde aquí á las costas australes del Nuevo Continente.

Con estas investigaciones acerca de la isla de Brasil, del archipiélago de los Azores, se relaciona la tradición tan vulgarizada de una estatua ecuestre que los portugueses hallaron en la isla de Corvo, señalando con un dedo al Oeste. Todos los libros, hasta los más elementales, que tratan del descubrimiento de América, refieren esta tradición, sin indicar documento alguno histórico, portugués ó español, que la mencione. En vano he buscado este «cuento de marineros» en las obras de los escritores de la _Conquista_, quienes con tanta extensión discutieron los indicios que guiaron á Colón hacia las tierras del Oeste. Martín Behaim, después de vivir tanto tiempo en las Azores en casa de su suegro Iobst de Hürter, ninguna mención hace de este hallazgo en su globo. Barros tampoco habla de él, ni Grinæus (1532), ni Sebastián Münster (1550), ni Ortelio (1570), ni Andrés Thevet (1575). El silencio de este último paréceme tanto más extraordinario, cuanto que observó por sí mismo (como pronto veremos), en la isla de San Miguel, una inscripción que creyó hecha «por el pueblo de Judea».