Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 1 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI

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Adán de Brema[334] refiere en su _Historia eclesiástica_, después de haber hablado del descubrimiento del Vinland, que en tiempo del arzobispo Becelino Alebrando, por consiguiente antes del año 1035, hicieron los marinos de Frisia exploraciones del _Lebersee_ ó mar Tenebroso (per tenebrosa rigentis Oceani caliginem) hasta más allá de Islandia, y llegaron por fin á una isla cuyos habitantes, de colosal estatura, vivían en cavernas. Uno de los Frisones fué devorado por perros, también gigantescos, y los demás, favoreciendoles los vientos de NO., encontraron por fortuna el camino de la desembocadura del Weser. El cuento de los _grandes mastines_ parece calcado en la ferocidad de los perros de que se sirven los esquimales de la Groenlandia, y sólo lo menciono porque insensatamente se ha aplicado á la isla de Cuba[335] ó á las pequeñas Antillas, donde el mayor cuadrúpedo indígena es el aguti, que apenas tiene el tamaño de una liebre.

En la parte meridional del Atlántico no influyeron tanto en el estado de la geografía las tradiciones de los monjes como las falsas combinaciones de erudición clásica. ¡Cuántas hipótesis no ocasionó sólo el pasaje de Stacio Seboso[336] acerca del sitio de las islas Hespérides, interpretado en el sentido de situarlas á cuarenta días de distancia de las islas Gorgonias! Con la vista constantemente dirigida hacia la antigüedad, se aspiraba á encontrar lo que juzgábase conocido de los fenicios, de los griegos y de los romanos.

Ya hemos dicho antes que Cristóbal Colón estaba firmemente persuadido de que las islas de América eran las Hespérides que los antiguos conocieron[337], aunque Isidoro, muy consultado entonces, las acercaba, con razón, á las costas de Africa[338].

He aquí los elementos de esta geografía mítica de los siglos XIV y XV. De las once islas que debo nombrar, sólo dos, Mayda y Brazir-Rock, en el meridiano de las Canarias y al Oeste del golfo de Vizcaya y de Irlanda, se han conservado en nuestros mapas más modernos[339]; pero no merece por ello la mayoría de las otras el nombre de islas fabulosas. Descúbrese aquí, como en general en los mitos históricos, un fondo de verdad; aunque está velado por la incertidumbre de las posiciones relativas, los errores de configuración y de extensión y lo exagerado de las relaciones casi siempre copiadas ó procedentes de desconocido origen.

XVIII.

La isla de San Brandón.

No es de escasa importancia señalar la filiación y emigración de este _mito geográfico_.

Los viajes de dos santos, el abate irlandés de Cluainfert, Brandamis[340], y de Maclovio, ó San Malo, adornados con rasgos fantásticos, y la persuasión, muy extendida en el siglo VI, de la existencia de una isla de los Bienaventurados al NO. de Europa, reflejan las tradiciones de la antigüedad acerca de las maravillas del mar Cronieno. Los monjes buscaban el paraíso de la isla Ima en el _mare pigrum y cœnosum_ de los romanos, que es su _Klebersee_ ú _Océano viscoso_.

Plutarco describe las islas sagradas del mar Cronieno, cerca de Bretaña, «donde reina suave temperatura; donde Saturno, encerrado en un antro profundo, duerme bajo la guarda de Briareo». Este cuadro recuerda la fertilidad de Edén. (_Paradisiacas delicias, insulam amænitate et fertilitate præ cunctis terris præstantissimam_)[341] de la isla de Ima, que permanecía oculta á los mortales; recuerda al gigante Mildum, resucitado por San Brandón en la caverna que le sirve de tumba.

Procopio, que era contemporáneo de San Brandón, y Tzetzés[342], que es posterior á él en cerca de seis siglos, prueban que las antiguas creencias de las maravillas del mar Británico se conservaron en las mismas comarcas donde había entrado ya el Cristianismo; y podría añadir que en Irlanda la erudición, refugiada en los claustros, contribuía á propagar la localidad de los mitos. Bajo este punto de vista, la obra de Dicuil, que citaré con frecuencia, es un monumento notabilísimo, pues atestigua el afán con que un monje nacido en Irlanda, á mediados del siglo VIII, estudiaba á Plinio, Solino y Orosio.

Las tradiciones de griegos y romanos, y los mitos que presentaban un carácter local, podían, pues, mezclarse en el Norte á las novelas históricas de la vida de los santos.

La primera posición geográfica asignada á la isla de que tratamos, puesta en todos los mapas de la Edad Media, es en el paralelo de Irlanda, y aun en una latitud más septentrional. San Brandón, con setenta y cinco frailes que le acompañaron durante siete años, volvió por las islas Orcades[343]. Se sabe que antes de sus viajes habitó en las islas Shetland[344].

La isla de San Brandón fué llevada en el siglo XV á una latitud más meridional, al Occidente de las islas Canarias, emigración causada según creo, por el doble empleo del nombre de islas Afortunadas. Ya he dicho antes que el célebre mapa de Fra Mauro señala las _Insule de Hibernia dite Fortunate_, y que Gracioso Benincasa, en 1471, indica á la vez el _Elysium_ del Norte y el de Homero (las islas de los Bienaventurados de Hesiodo y de Píndaro). La denominación vaga de islas _Atlánticas_[345] con que designábanse á veces las Afortunadas, favorecía este doble empleo ó señalamiento de ellas.

Imaginábase ver de vez en cuando, y presentando siempre la misma forma hacia el SO. en el horizonte del mar, una isla montañosa; y Viera, historiador de las islas Canarias, ha dado extensos detalles de todas las tentativas hechas desde 1487 hasta 1759 para arribar á esta isla imaginaria. No sabemos si esta ilusión la causaban algunas circunstancias especiales de _espejismo_ en un banco de bruma parado en el horizonte, ó si alguna de esas nubes, que en su mayor dimensión son perpendiculares al horizonte, presentó accidentalmente el aspecto de una isla montañosa.

El P. Feijóo[346], cuyo _Teatro crítico_ fué durante largo tiempo muy estimado en España, compara primeramente este fenómeno á la _Fata Morgana_ de Sicilia, mal observada y mal explicada aún en nuestros días: después tomó la _tierra de manteca_ de los Canarios (esta es la frase de los marinos), por la imagen de la isla de Hierro, reflejada en una masa lejana de vapores (_nube especular_).

El Gobierno portugués cedió formalmente en el siglo XVI á Luis Perdigón dicha isla imaginaria, cuando éste se preparaba á conquistarla.

Muy confiado en el poder de las refracciones horizontales, cree ingenuamente el historiógrafo Viera que, con un viento húmedo de OSO., condición necesaria para producirse el fenómeno, se llega á ver «hasta las montañas Alpaches de la Florida». Digno es de notar que estas ilusiones no empezaron á preocupar la imaginación de los de Canarias hasta la segunda mitad del siglo XV, en cuya época del descubrimiento de Porto Santo, «punto habitado[347] por gentes tan salvajes como los guanches», y el del Archipiélago de las Azores, hecho también por los portugueses, dirigieron, por decirlo así, todas las miradas hacia el Oeste.

Pero no eran sólo los habitantes de Gomera, Palma y Hierro los que tenían esta _visión_; también la hubo por la parte del Norte en cuantos puntos se ocupaban con afán en el descubrimiento de nuevas tierras. El Diario de navegación de Colón, publicado por primera vez en 1825, presenta un curioso testimonio[348] de la simultaneidad de tan quimérica creencia. He aquí sus palabras, tal y como Las Casas las copió del Diario correspondiente al 9 de Agosto de 1492:

«Dice el Almirante que juraban muchos hombres honrados españoles que en la Gomera estaban con D.ª Inés Peraza, madre de Guillén Peraza, que después fué el primer Conde de la Gomera, que eran vecinos de la isla de Hierro, que cada año veían tierra al O. de las Canarias, que es Poniente; y otros de la Gomera afirmaban otro tanto con juramento. Dice aquí el Almirante que se acuerda que estando en Portugal el año de 1484, vino uno de la isla de la Madera al Rey á le pedir una carabela, para ir á esta tierra que via, el cual juraba que cada año la via, y siempre de una manera. Y también dice que se acuerda que lo mismo decían en las islas de los Azores, y todos éstos en una derrota, y en una manera de señal, y en una grandeza.» Aplicóse desde entonces á esta _visión_ la tradición monástica de la isla de San Brandón[349].

En el archipiélago de las Canarias la isla _afortunada_ de Ima, que al principio fué colocada al Oeste de Irlanda (de Ierné, _isla sagrada_ de Festo Avieno), se confundía con el _Apropósitos_ de Ptolomeo, que, según este geógrafo, era la más septentrional del grupo de las Canarias, la _Encubierta_, la _Nontrovada_ ó _Nublada_[350] de los marinos españoles de la Edad Media. Cito estos sinónimos porque recuerdan por modo notable la interpretación que antes me atreví á dar del nombre dado por Theopompo á esta tierra más allá del Océano, «cuya existencia revela Sileno al Rey de Frigia». La tierra Merópida[351] de Theopompo había quedado _nublada_, como la Pléyade que se había unido á un mortal; pero la tierra Merópida era boreal, como las islas Afortunadas en los mares de Irlanda, de Sanuto Torsello (1306) y de Fra Mauro.

En el mapa del veneciano Pizigano (1367), conservado en la Biblioteca de Parma, y mal copiado por M. Buache, al pequeño grupo de las islas de la Madera, señalado en el paralelo del cabo Cantin, se le llama _Isole dicte Fortunate S. Brandany_[352], y el Santo mismo está figurado alargando los brazos hacia las islas[353] que llevan su nombre. Andrés Bianco (1436) presenta en su mapa Porto Santo, Madera y la Dexerta (Desierta), que es la Caprazia (Capraria) de Pizigano. La isla de San Borondón no está; pero el caballero Behaim (1492), en su célebre globo, sitúa esta isla tan al SO., que se encuentra casi en la latitud de Cabo Verde. «Esta isla, dice, es donde San Brandón arribó en el año 565, y la encontró llena de cosas maravillosas.»

Queda, pues, demostrado que el progresivo cambio de lugar de Norte á Sur de este mito geográfico, estuvo relacionado durante nueve siglos con el desarrollo de la navegación y la dirección impresa al comercio del Mediterráneo.

XIX.

La Antillia y la isla de las Siete Ciudades.

Siempre que afligen á una nación grandes calamidades fascinan los espíritus ilusiones supersticiosas, y presentan, á pesar de la diversidad de tiempos y de climas, el cuadro uniforme de las mismas creencias y de las mismas quiméricas tradiciones.

Después de la caída del Imperio de los Incas fué general la persuasión de que el hermano de Atahualpa había huído hacia las llanuras del Este, más allá de los bosques de Vicabamba, para llevar allí el culto nacional y fundar un nuevo Estado. Los indígenas del Perú conservaron la esperanza de que los descendientes del príncipe fugitivo saldrían alguna vez de su salvaje retirada y restablecerían la teocracia de Cuzco.

De igual suerte cuando los árabes, después de la victoria de Guadalete, donde pereció Rodrigo, invadieron casi toda la Península ibérica, se extendió la creencia popular de que seis obispos, guiados por el Arzobispo de Oporto[354], se refugiaron con grandes tesoros en una isla del mar del Oeste, fundando en ella, según la tradición, siete ciudades, donde se establecieron los emigrados españoles y portugueses. Esta isla de los obispos fué nombrada en portugués de _Septe (Sete) Cidades_, nombre singularmente desfigurado en los mapas del siglo XV. Los eruditos vieron en ella el asilo que, según Aristóteles y Diodoro de Sicilia, se habían preparado los cartagineses en el seno del Atlántico, y como las tradiciones de este género no indican ninguna localidad determinada, el nombre de la isla de las _Sete Cidades_ fué probablemente aplicado al principio al archipiélago de las Azores desde que se empezó á tener alguna idea de su existencia.

La identidad de las dos islas, _Antillia_ y de las _Siete Ciudades_, se determinó claramente por Martín Behaim en una rota puesta en el globo que construyó en 1492, y en esta frase de la carta de Toscanelli al canónigo Martínez: «La isla Antillia, que vosotros llamáis isla de las _Siete Ciudades_», si bien parece que esta frase se ha considerado en España un simple escolio[355] que intercaló Ulloa en la traducción italiana de la vida de Cristóbal Colón, escrita por su hijo D. Fernando, porque Barcia y Navarrete la suprimen al publicar la carta de Toscanelli en español.

En todos los mitos es preciso distinguir cuidadosamente la fecha que indica el mito _historiado_ y la época de su origen. Si es cierto que al principio del siglo VIII, después de rendir á Mérida el jefe de los godos Sacaru «embarcáronse los fugitivos para buscar asilo fuera de su patria, subyugada por los moros» (lo que no es inverosímil), no por ello se ha de deducir que la tradición fabulosa de Antillia tenga la misma antigüedad. En los mapas del siglo XIV aun no vemos aparecer la isla con este nombre ó con el de Siete Ciudades, porque Zurla niega terminantemente que en el mapamundi de Pizigano (1367), conservado en Palma, se vean escritas cerca de la figura de una estatua de hombre que tiene una cinta de papel en la mano derecha, en el seno del mar del Oeste, estas palabras: _Ad ripas Antilliæ ó Atullio_, que Mr. Buache creyó leer en un calco enviado á París por la cuidadosa solicitud del general Clarke[356]. Este mismo mapa de Pizigano presenta ya, sin embargo, las _Isole dicte Fortunate_, _S. Brandany_ y la _Insula de Brazie_ (Brazir, Brasil).

La indicación más antigua de la isla Antillia que conocemos hasta ahora con exactitud parece ser la del Atlas veneciano de Andrés Bianco (1436), acerca del cual llamó Formaleoni la atención[357] de los geógrafos desde el año de 1782. Este Atlas, conservado en la Biblioteca de San Marcos, contiene diez mapas dibujados en pergamino, folio pequeño de nueve pulgadas y seis líneas de alto por un pie y dos pulgadas de ancho. Al Oeste de la isla de las Azores aparecen en la quinta carta dos islas de considerable tamaño en la dirección SSE.-NNO. y de forma rectangular muy regular. Tomando por escala (porque el mapa no está graduado), la distancia del cabo de San Vicente al de Finisterre (5° 51′) encuentro la de 153 leguas marinas (en vez de 247) desde las costas de Portugal al centro de las islas Azores de Bianco, y de las Azores á Antillia la de 87 leguas. Esta última isla estaría, por consiguiente, situada á 240 leguas marinas al Oeste de las costas de Portugal, es decir, á los 27° 55′ de la longitud occidental de París (en el meridiano de la isla de San Miguel de las Azores), entre los 33° 20′ y 38° 30′ de latitud.

La longitud de Antillia, que llega á ser la de Portugal y de Inglaterra, y su forma de un paralelógramo muy alargado (la base está en relación con la altura de 1 á 3), llaman la atención á primera vista en el quinto mapa de Bianco. Los golfos y las sinuosidades de los contornos están indicados como si la figura de esta tierra hubiese sido conocida de un modo exacto; pero esta apariencia de exactitud no debe, sin embargo, sorprendernos, pues la encontramos durante los siglos XVI y XVII en todas las tierras imaginarias, siendo trazadas las costas alrededor del polo Sur con sinnúmero de detalles y una uniformidad imperturbable.

Al norte de Antillia, á unas 70 leguas de distancia, aparecía otra isla más pequeña y de semejante figura rectangular. Ésta, según Bianco, era la _isla de la Man Satanaxia_. El quinto mapa del Atlas presenta sólo la extremidad meridional de esta _Mano de Satán_, á los cuarenta y dos y medio grados de latitud. Pero en el planisferio de Bianco, que se cree copiado en parte de un mapa del siglo XIV y que acaso era anterior á los viajes de Marco Polo, las grandes islas de Antillia y de la _Man Satanaxia_ están figuradas por completo á la misma distancia de las Azores que el mapa núm. 5. Reconócense estas tierras por su forma y su posición recíproca, aunque en el planisferio no están indicadas por sus nombres.

M. Formaleoni se limita á suponer que la Antillia de Andrés Bianco y de Toscanelli indicaba un descubrimiento de las islas Caribes, largo tiempo anterior al de Colón; y el autor de las voluminosas compilaciones geográficas, Mr. Hassel, ha ido mucho más lejos en sus conjeturas. Según él, la isla de la Mano de Satán y la Antillia figuran las dos partes del continente americano, separadas, según se creía, por un estrecho; el mismo estrecho que á principios del siglo XVI buscaban vanamente en el Veragua y en el istmo de Panamá[358].

En vista de la importancia que por largo tiempo se atribuyó á la existencia de las dos citadas islas, es interesante dar á conocer una carta marina que posee la biblioteca del gran Duque de Weimar[359]. Siendo anterior en muchos años al mapa de Bianco, presenta también los contornos de Antillia y de la Man Satanaxia. No tiene nombre de autor, pero es del año 1424, y doble de grande que el Atlas de Bianco. Comprende casi la misma extensión de países que los mapas núm. 5 y núm. 8 de este Atlas, pero difiere esencialmente de éstos, á juzgar por la pequeña parte que del núm. 5 han publicado Formaleoni y Buache. He aquí las diferencias más notables que he observado, examinando el original, mientras permanecí últimamente en Weimar en 1832, y los calcos exactísimos que debo á la amistad de Mr. Froriep:

1.º El mapa de 1424 no representa más que la parte septentrional de la isla Antillia y toda la isla rectangular del Satán. La distancia desde las costas de Portugal al centro del grupo de las Azores, que los mapas de la primera mitad del siglo XV señalan casi en la dirección del meridiano, es de 110 leguas marinas. En el mapa de 1436 es de 153, según dije antes. La distancia desde las Azores á Antillia es casi igual en ambos mapas.

2.º Un poco al Norte de Madera, entre esta isla y las Azores, se lee en el mapa de Weimar: _Insule Sancti Brandani_. Es el sitio donde el mapa de Pizzigano de 1367 pone, lejos de las Canarias, las palabras _Isolæ dictæ Fortunatæ_. Andrés Bianco no nombra ni las islas Afortunadas ni las de San Brandán. En el mapa de 1824 aun hay rastros del mito _septentrional_ de las islas de los Bienaventurados, cerca de Irlanda, la _Insula Sacra_ de Avieno. Al Norte de Limerick está indicado un gran golfo, sin duda el de Galway, lleno de infinidad de islotes, junto á los cuales hay la siguiente inscripción: _Lacus fortunatus ubi sunt multæ insulæ quæ dicuntur Insulæ San.... (Sancti Brandani?)_ En el planisferio de Bianco, que es más antiguo que su Atlas, este golfo circular de angosta entrada (_Lacus_ ó _Locus fortunatus_) está figurado, pero sin nombre. En el mapa de Weimar, los contornos de _Irlanda_ y de _Inghelia_ y _Escocia_ están bastante bien figurados, pero los países puestos al Noroeste, por ejemplo, la Escandinavia, el Báltico, la _Alamagna_, la provincia de _Pursia_ (Prusia) y la _Polana_ (Polonia), prueban la misma ignorancia que se advierte en las obras de Bianco, Fra Mauro y Rivero.

Conocíase mejor el noroeste de Africa que el norte de Europa. Desde la desembocadura del Escalda hasta la extremidad de Jutlandia, la costa en el mapa de Weimar está figurada sin interrupción de Norte á Sur, de suerte que _Holanda_, _Frixa_ (Frisia) y Dinamarca (_Dana_) se confunden en una misma península.

3.º Frente á la isla de Chanaria está situado el gran cabo _Buçdor_ (Bucedor), nombre que con frecuencia se daba en la Edad Media al cabo Bojador. Encuéntrase también en el mapa general de Bianco; pero en la hoja número 5, que es la que comparamos aquí al mapa de 1424, confúndese al cabo Bojador con el cabo Non (Formaleoni, pág. 20). El calco, grabado por M. Buache, es inexacto en este punto.

Cerca del _cabo Non_, del mapa de Bianco, en el paralelo de la isla _Chanaria_, desemboca el _fluvius Citarlis_, que nace de un gran lago circular, situado en el interior de Africa. En este lago hay una gran isla también circular. Créese estar viendo el lago Jamdra ó Palte (propiamente Paldhi) del Tibet al Sur de Lassa. De este lago de diez y ocho leguas de diámetro, llamado lago Citarlis, salen tres ríos; uno es el _fluvius Citarlis_, que va al Oeste; el segundo corre hacia el Este, y es quizá uno de los brazos del Nilo, según la opinión reinante en la Edad Media; el tercero vierte sus aguas en el Atlántico con el nombre de _Favia_ (_fluvius?_). _Demain_, al norte de cabo Agilón (Augulón, Agulah), Citarlis ó Cintarlis, parece ser una reminiscencia de Cirta Julia de Ptolomeo, capital de Numidia, indudablemente la Constantina de hoy (_Edrisi, Africa_, ed. Hartmann, página 241). La interpretación intentada derivando _Cintar-lis_ del Angra de Antonio González da _Cintra_, bahía situada á tres y medio grados al Sur de Bojador, paréceme menos cierta.

Los mapas más antiguos de Agathodæmon, donde hay lagos puestos en el país de los Melano-Gétulos, pueden haber sido el origen de estos extraños sistemas hidrográficos de la costa occidental del África y de esas dobles líneas de agua que desembocan en lagos del interior del Continente. La parte del mapa de 1424 que he hecho gravar, prueba que, en la configuración, no está por cierto copiada del Atlas de Andrés Bianco.

Continuando el orden cronológico, en que aparece la Antillia en los mapamundi de la Edad Media, preciso es nombrar, á continuación del mapa de origen italiano de la biblioteca de Weimar, y el núm. 5 de Andrés Bianco, los mapas de Bedrazio y del cosmógrafo Martín Behaim.

Existe en Parma un mapamundi del genovés Beclario ó Bedrazio, que tiene dos pies y dos y media pulgadas de largo y dos pies de ancho. Antes que Zurla, ya hicieron mención de él Pezzana y Paciaudi[360]. Se ven en él las formas rectangulares de las islas Antillia y Sarastagio (Mano de Satán?), y cerca de Sarastasio (Satanaxio) una islita en forma de hoz (_isola falcata_), llamada Dammar. Este grupo tiene la notable inscripción siguiente: _Insule de novo repte_ (repertæ.)

Como más al Oeste de este grupo sitúa Bedrazio otra isla cuadrada con el nombre de _Royllo_, el bibliotecario Paciaudi ha creído ver en estas cuatro islas un principio del archipiélago de las Antillas.

Este notable mapa es de 1436, por tanto del mismo año que el Atlas de Bianco y no anterior á éste, como asegura el cardenal Zurla[361]. La isla en forma de hoz encuéntrase también cerca de la Man Satanaxio (un poco al Norte) en el mapa de 1424.

Cítanse con frecuencia, como conteniendo también la isla Antillia, los postulanos de Gracioso[362] Benincasa de Ancona y de su hijo Andrés (1463-1473); pero se ha tomado, según parece, un mapa mucho menos antiguo, de Blaze Voulodet, redactado en 1586, donde se encuentra, al Oeste de Irlanda, una tierra llamada Scorafixa ó Stocafixa (Bacallaos?), por una obra de Andrés Benincasa[363].

El globo de Behaim ofrece dos particularidades respecto á la Antillia. La sitúa á los 24° de latitud, mientras Toscanelli, en su carta á Colón, asigna á esta isla el paralelo de Lisboa[364] y la figura redonda y pequeña, como la isla San Miguel, del archipiélago de las Azores; mientras la isla de San Bradán tiene en el globo de Behaim la forma rectangular que llama la atención en el mapa de Andrés Bianco, pero que también tienen la isla de Royllo de Bedrazio, la _Giava maggiore_ de Fra Maura, y el Japón (Zipangut) del geógrafo de Nuremberg.